Mauretania de "Su Gracia"

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., Tokio, 1976. Usados en este fic sin fines de lucro.

Capítulo 5. El rompecabezas

Terry sonrió ensimismado.

Ella lucía un bello vestido blanco con una banda roja y ello condujo a su gracia a un viaje al pasado.

Tras salir de la suite del señor Stanford sus pasos caminaron sin rumbo fijo. Cuando se dio cuenta, estaba en el centro del salón de fumadores de la primera clase; el aire estaba contaminado y no se sintió cómodo.

Decidió dirigirse entonces hacia la sala de lectura, que regularmente estaba vacía. Terrence disfrutaba de la soledad que encontraba en el recinto; tomó un libro y se sentó en un cómodo sillón al fondo de la estancia, continuo a la chimenea, sin embargo, todo era inútil, su mente iba irremediablemente hacia la sonrisa deslumbrante de la señorita pecosa.

Dejó incompleta la lectura de Hamlet; el príncipe de Dinamarca no era precisamente su principal interés por el momento. Dedujo que era tiempo de dejar de engañarse, así que con una sonrisa devolvió el libro en el estante y se dijo que iría en la búsqueda de ella, de Candy.

La presencia de la chica de la gaviota había logrado distraerlo de sus tribulaciones; si contabilizaba, el último par de días no se había detenido a pensar en el rechazo de su madre.

Terry llegó a la cubierta A; fue fácil distinguir la risa de quien buscaba. La brisa marina era suave y el rubio cabello de la joven bailaba acompasado por los dedos del viento que se inmiscuían traviesos en sus rizos. Ella elevaba sus brazos al cielo y sus verdes ojos brillaban como nunca antes.

-¡Quién fuera viento! – pensó. Se prometió que algún día serían sus dedos los que bailaran en su pelo.

Su gracia levantó la vista en la misma dirección de Candy. Descubrió a la gaviota extendiendo sus alas al viento. El ave volaba dando círculos alrededor de la joven hasta que finalmente decidió que había llegado el momento de alejarse del barco.

Los ojos zafiros profundos del joven prestaron poca atención al vuelo recién emprendido por el ave, estaban ocupados viajando por la franca sonrisa de la chica, deleitándose con su voz y, tenía que aceptar, reconfortándose.

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-¿Te pasa algo, Terry? – las verdes esmeraldas lo miraban curiosas. Candice podía adivinar que, por un momento, Terry se había distraído – ¿hay algo que te preocupe? – su sonrisa había desaparecido. La joven mostraba un rostro interesado.

A su gracia le pareció sumamente linda y le sonrió con ternura infinita.

El inicio de una lluvia vespertina pasó desapercibido para la pareja; y era normal, pues solo algunas gotas se precipitaban aquí y allá sobre el barco.

-No pasa nada, Candy – respondió. Su sonrisa espontánea y sincera reconfortó la mirada de la chica.

-Aquí fue donde nos vimos por primera vez – comentó ella. Un suspiro profundo acompañó su aseveración. Ella entonces sintió su piel erizarse ante su recuerdo – lo primero que escuché de ti fue una pregunta "¿Hay alguien ahí?" – ella trató de imitar su voz en aquella noche vieja de 1912.

Los ojos de Terry se iluminaron.

-Y luego dijiste que te pareció que yo estaba muy triste… - Terry hizo una pausa – ¿nunca pensaste que eso era ser demasiado entrometida?

-No estaba pensando – confesó; tenía que detenerse. No le confesaría que, entre la bruma, lo había confundido con Anthony.

Terry la observó con escrutinio delicioso. Ella siempre sacaba lo mejor de él. Nuevamente era más ligero solo porque ella estaba cerca. Ella lo llenaba de ternura; con ella saboreaba su adolescencia y evocaba el despertar de sus más bajas pasiones pensando en ella cuando comenzó a convertirse en un adulto.

-Estaba seguro de que te vería aquí.

-Siempre vengo. No hay un mejor lugar para estar en este barco.

-¿Y por qué lo dices?

-Ya te lo dije: fue aquí que nos vimos por primera vez – respondió, percibiendo cómo se sonrojaba hasta las orejas.

-Eso no es del todo cierto – espetó Terry – quizás fue la primera vez que tú me viste, pero era imposible que yo no te hubiese visto antes.

Semejante confesión tomó a Candice por sorpresa. Rio con incredulidad, como retándolo a explicarse más claramente.

-Te vi tomar a la gaviota bajo tu protección y desde ese momento no pude ya dejar de prestar atención en ti, te vi buscar ayuda por ella y finalmente, fui testigo cuando la liberaste.

-Nunca me habías dicho eso, Terry, ¿por qué?

-No lo sé… es difícil para mi hablar, tú lo sabes.

-Debiste haberlo hecho – le reprendió algo decepcionada.

Él sonrió. Sabía que con esa confesión ella se sentía halagada, así que tomó valor para continuar:

-Fui donde Stanford para advertirle que debía reivindicarse contigo. Una mañana te seguí como loco por todo el barco, quería abordarte, pero tú eres imposible de alcanzar – él se sentía descubierto y vulnerable, pero no le importaba – tenía ganas de estar contigo, me gustabas y mucho; pero me atraía más la idea de conocer algo totalmente diferente a todo lo que yo hubiese conocido antes. No era solo conocer a alguien nuevo, eras, además, la puerta a un sinfín de cosas que yo desconocía por completo. Me tenías intrigado e hipnotizado. Actué como un tonto durante todo ese viaje.

Terry se acercó a ella olvidándose de los protocolos de la época. Invadió gustoso su espacio y descubrió la emoción en las verdes esmeraldas que lo miraban fijamente.

El dialogo se detuvo. Es decir, el diálogo oral, porque entonces, la pareja comenzó con el diálogo de sus miradas. Su lenguaje corporal se gritaba que se sentían cómodos y felices.

Terry alargó su mano para acariciar muy sutilmente el sonrojo de las mejillas de Candy. Ella no puso resistencia, se sentía en una nube. El dorso de la mano aristócrata apenas rosó la piel de Candy, pero eso fue suficiente para que una corriente eléctrica recorriera a ambos. Se sentían nerviosos pero muy cómodos.

-¿Qué haces, aquí? – preguntaron al mismo tiempo, tratando de adivinar la respuesta.

Rieron y luego Terry, haciendo gala de su caballerosidad, le pidió a Candy que ella hablara primero.

El sonrojo de la chica se incrementó. Ella inclinó su cabeza y dudó. Trató de encontrar una mentira para justificar su presencia como enfermera de guerra, pero no se le ocurría nada. Los ojos de la Candy estaban clavados en la unión de las hojas de madera de la cubierta. Suspiró profundo y ello ocasionó el nerviosismo de su gracia. Había esperado ya más que suficiente por una respuesta; el hecho de que ninguna palabra saliera de los labios de Candy ocasionó que el joven buscara la respuesta a su pregunta. No le costó demasiado llegar a la conclusión correcta.

-¿Desde cuándo te diste de alta como voluntaria, Candy? – Terry tomó valor, su rostro era serio y preocupado. De pronto se sintió culpable.

La joven no dejaba de mirar el piso de la cubierta. Tratando de negar la pregunta y la respuesta; inconscientemente, comenzó a contar el número de clavos que habían servido para unir las tablas. Se sentía nerviosa. Terrence descubrió que ella estaba temblando, aunque se esforzaba por ocultarlo.

La lluvia empezaba a tener más fuerza, pero solo un poco.

-Candy, mírame – le pidió con ternura.

Ella dio un par de pasos y colocó sus manos en el barandal, de pronto se sentía mareada, aunque quiso disimularlo. Su vista ahora estaba en la inmensidad del mar. Ni siquiera se esforzó ya por inventar alguna mentira. Pasaron unos segundos más sin que su gracia tuviera su respuesta.

-Candy… entonces… ¿Desde cuándo te diste de alta como voluntaria? – repitió. En su voz se percibía cierto temor a la respuesta.

Ella se giró. Ahora su vista estaba nuevamente en el piso de la cubierta.

-¿Qué sucede, Candy, por qué no me respondes? En realidad, solo habían pasado algunos segundos desde que Terrence lanzara su pregunta, pero a la pareja ya le parecía una eternidad.

Los hombros de Candy estaban caídos. Terry sentía que no tenía tiempo para esto. Estaba consciente de que solo estaría un par de días en el Mauretania y él quería deleitarse con el brillo de los ojos de Candy, con su sonrisa, con su voz optimista.

El joven soltó el barandal y se colocó frente a Candy. Lentamente se agachó para poder mirar los ojos verdes que añoraba. Los descubrió ausentes, evocando quizás recuerdos enterrados. A pesar de que Terry se había agachado buscando su mirada, Candy trató de desviarla para esconder el huracán de sentimientos que él había desatado con esa pregunta.

Terry le sonrió con dulzura y se levantó lentamente.

-Entiendo… ahora lo entiendo… - la voz del aristócrata sonó más aterciopelada que nunca. Su acento inglés, refinado y educado se metió en cada fibra de la joven que ya no pudo evitar la atracción de los encendidos zafiros frente a ella.

Terry extendió su brazo para atraerla con delicadeza absoluta. Ella no pudo resistirse al dulce contacto del cuerpo varonil de Terry Grandchester. Era alto, fuerte, guapo y muy masculino. Su pecho se había ensanchado, sus manos estaban ligeramente maltratadas por las campañas en que había participado, su uniforme era de un alto oficial, limpio y pulcro, al menos por el momento.

Candy se sintió en las nubes al sentir los fuertes brazos de Terry rodeándola; sus manos estaban depositadas en su espalda y la llenaban de caricias tiernas, su aliento era cálido, ella lo percibía en su oreja mientras él susurraba un delicado "lo siento, lo siento mucho". Todo su cuerpo se llenó de calor al sentirse arropada. Su pecho estaba en contacto con el de Terry, podía escuchar su fuerte corazón latiendo y ese sonido la reconfortó inesperadamente.

Se quedaron así, unidos, percibiendo la lluvia que comenzaba a tomar fuerza sobre ellos.

Terrence sabía exactamente cuánto tiempo había transcurrido desde aquél horrible abrazo: ochocientos noventa y tres días y casi veinte horas. Recordó su desesperación al correr detrás de ella. Parecía que su silueta se perdería para siempre en un dolor infinito y eterno y él no quería enfrentarse a ello. Él había corrido, había cerrado la distancia con ella, la había atrapado en un abrazo por el que desesperadamente rogó que jamás terminara, que el tiempo se detuviera, que no se la llevara, que no se la arrebatara. Pero no pudo ser… sin embargo, hoy estaba ella aquí, en sus brazos, el tiempo no se había detenido, pero el tiempo se la había regresado. Y junto con ella, le había regresado la mitad de su corazón, la que ella se había llevado bajo la tormenta invernal.

Y tiempo era lo que menos tenía ahora mismo. Así que no podía darse el lujo de perder un solo minuto, quizás era precipitado, pero él debía precipitarse.

-Yo no quería que te fueras – confesó, sin poder ocultar sus lágrimas.

-Yo no deseaba irme – escuchó por respuesta.

-Desde el momento mismo de ese accidente he estado atrapado. No en Susana, sino en mi añoranza. Candy, tengo tantas cosas qué decir, tengo que explicarte, quiero que sepas por qué no te dije nada antes de tu llegada a Nueva York.

-Si te hace sentir mejor, está bien, pero no es necesario que lo hagas – ella lo miró. Había dulzura detrás de sus lágrimas.

-Estaba entre la espada y la pared. Yo no quería estar con Susana. Quería estar contigo… - Terry se acercó más hacia él cuerpo de Candy – trataba de encontrar una manera para que eso fuese posible y temía que, si te enterabas, me dejarías. Yo no quería que me dejaras.

-Terry… -fue la débil respuesta de Candy.

-Candy, yo… yo… sufrí mucho del otro lado de la puerta cuando estuviste charlando con Susana. Yo… sentía que me ahogaba. Estaba seguro de que saldrías de ahí para marcharte. Acababas de salvarla del suicidio y conociéndote… te marcharías… lo sabía. Yo deseaba entrar y sacarte de ahí, esconderte, resguardarte, mantenerte solo para mí, me sentía como un loco… me quedé hecho pedazos cuando te fuiste.

-Terry – Candy trató de zafarse lentamente del abrazo de Terry, sin embargo, él se lo impidió. Escondió su rostro en el cuello de Candy, no quería que ella descubriera que lloraba – Terry… – la joven insistió en liberarse. Levantó la vista al cielo y vio las gotas de la lluvia cayendo, reveladas por las luces rojas que bajaban desde las chimeneas hasta la cubierta.

-No digas nada, Candy, por favor. No ahora.

-Terry – su voz tembló ligeramente – ya no tiene caso recordarlo. Mejor, dime… ¿cómo está Susana? – su débil sonrisa no podía ser más fingida.

-¿Susana? – Terry finalmente abandonó el cálido cuello para mirarla a los ojos – no lo sé. Supongo que bien – se rehusó a dejar de abrazar a Candy, aunque sabía que ella estaba incómoda en cierta medida.

-¿Por qué no sabes cómo está? ¿No se supone que te casarías con ella?

Él la liberó sorpresivamente. De pronto sentía que su contacto le quemaba. ¿Había reproche implícito en la pregunta de Candy?

-No tuve el permiso para desposarla – respondió. Desvió sus ojos. Odiaba descubrir el reproche en los ojos de Candy.

-No comprendo.

-En América, debía ser mayor de edad para casarme. Un joven menor de edad necesita de la autorización de sus padres y ni mi madre ni mi padre accedieron a darme el permiso, incluso le pedí a mi madre que me reconociera como su hijo; por otro lado, no importó cuántas veces lo pedí, no hubo manera de que los duques de Grandchester me lo permitieran – Terry se quitó su gabardina para vestir a Candy con ella y protegerla de la lluvia mientras explicaba –: Oficialmente, soy hijo legítimo de los duques de Grandchester y, por supuesto que jamás mi padre permitiría que su heredero aparente hiciera algo que evitara la sucesión de su noble título – Terry puso los ojos en blanco. Odiaba tener que hablar de Susana, pero sabía que era un tema obligatorio si quería estar con Candy.

-Entonces, Susana…

-No tienes que preocuparte por ella, Candy – él alcanzó su mano y comenzó a dibujar pequeños círculos en su dorso – tú la salvaste sin pedir nada a cambio, no tienes ninguna deuda con ella. Mi padre llegó a un acuerdo con la señora Marlowe; ellas viven muy cómodamente, Susana tiene todo lo que necesita y más.

-Pero Terry… - ella no podía negar que sentía alivio. ¿Se había convertido ya en un ser egoísta?

-¿Candice, por qué tú no pediste nada a cambio cuando salvaste la vida de Susana?

Ella se escandalizó. Sus mejillas se sonrojaron sobrecogedoramente.

-Eso no habría estado bien. Habría sido egoísta y mezquino.

-Ahí tienes tu respuesta. Ya no quiero seguir hablando de Susana. Me siento agradecido con ella, pero no quiero atarme a nadie que no amo.

Ella entonces guardó silencio. Nunca se había detenido a pensar lo que había ocurrido aquélla, noche. En su memoria solo resonaban las palabras de las mujeres en el teatro cuchicheando los deseos de Susana para obligar a Terry a casarse con ella, resonaban las palabras de Susana sobre querer vivir si Terry estaba con ella, mas no se había atrevido a analizar lo que Terry y ella sintieron.

Terry no desvió su vista los ojos de Candy. Ahora había una tímida sonrisa en su rostro y sus ojos desprendían una profunda paz. Él tomó de la solapa la gabardina que ella usaba y la acercó hacia él, distinguió de inmediato el suave posar de las manos de Candy sobre su cintura y eso lo llenó de dulces sensaciones. Supo que se había ruborizado, ella sabría de inmediato que él la amaba todavía al percibir la forma en que temblaba delante de ella.

Su rostro se fue acercando con trémula avidez al de la joven. Sus ojos no perdieron de vista los de ella. La vio entonces cerrar sus ojos y humedecer sus labios. Él se sintió complacido. Hizo a un lado sus miedos y por fin alcanzó la gloria de los labios tantas noches soñados. Soltó la solapa de la gabardina y con cierta timidez rodeó a la joven con sus brazos. Ella se acercó a él y eso le dio valor para atraerla aún más a su cuerpo. Sintieron la gloria en ese delicado beso. Sus labios estaban sellados al principio, pero él se atrevió a masajear con su lengua los virginales labios de Candy, como si estuviera pidiendo permiso para invadirle, para reconocerla, para declararse su dueño. Ella abrió sus labios con timidez provocando la intromisión añorada. Sintió marearse, el equilibrio la traicionó, se aferró a los brazos que la arropaban y en respuesta, Terry la atrajo casi posesivamente. Ella sintió que él tomaba su nuca con una de sus manos para profundizar el beso, se sintió femenina, se sintió deseada, se sintió completa.

Él tenía la otra mitad de su corazón y ella poseía la mitad del corazón de él. Hoy habían acomodado las piezas, como quien coloca en su lugar las piezas de un rompecabezas. Un triste y absurdo rompecabezas.

La lengua de Terry estaba imparable. No podía controlarse. Iba de un lado a otro descubriendo la húmeda y sensual boca que lo recibía en éxtasis total. Sintieron la temperatura de sus jóvenes cuerpos elevarse, se estremecieron; su respiración se agitó indómita, sus bocas comenzaron a abrirse tanto que ni si quiera ellos sabían que tuvieran tal capacidad, aunque ahora parecía poca porque lo único que deseaban en fundirse en uno solo. No había cordura en su beso; si en algún momento alguno de ellos quisiera recapacitar, la pasión del otro encendía de nuevo el fuego aún más todavía. La ternura del inicio era historia, Terry y Candy estaban envueltos en tal voracidad que el mundo entero podía terminarse ahí mismo y ellos no lo percibirían. Estuvieron en ese intercambio por varios minutos, sin siquiera hacer un esfuerzo por terminar tan ardiente encuentro, sino por el contrario, ambos colaboraron en el paulatino incremento del fuego voraz que fue consumiendo cualquier rastro de cordura. Afortunadamente, la lluvia y el espectáculo de teatro impedía que hubiese alguien en la cubierta, todos estaban resguardados, ajenos totalmente a la pasión que poseía en ese momento a su gracia y la hermosa enfermera.

Ninguno deseaba detenerse. No querían hacerlo por temor a volver a la cruel realidad que los había separado. Se negaban a tener que pensar más; ya habían pensado suficiente. No querían dar oportunidad a que alguno de ellos recuperara la cordura, así pues, la locura era el refugio perfecto para la pareja, la locura de su encuentro que, extrañamente, sabía a un nuevo desencuentro. Tendrían que separarse una vez más, pero hoy estaban más juntos que nunca y eso era lo único que importaba.

Por fin, cuando el cabello de Candy entre los dedos de Terry empezó a sentirse pesado por el agua de lluvia que albergaba, Terry hizo un esfuerzo sobre humano y trató de disminuir la intensidad de sus besos. No pudo hacerlo de un solo golpe, pues a cada intento, él necesitaba volver a intensificar el beso; poco a poco, muy lentamente, el beso se fue extinguiendo, sin embargo, la pareja no podía despertar a su realidad, Terry colocó suavemente su frente en la frente de Candy, su nariz besaba la de ella y sus labios aún se bebían el cálido y dulce aliento de la boca que adoraba. Siguió acariciando el cabello de ella, enredando sus dedos en sus rizos, acariciando el cuello de ella atrapado entre sus manos. Le sonrió con infinito placer, no podía creer aún el momento que recién había vivido. Se esforzó por esconder la natural excitación de su cuerpo que deseaba tomarla, hacerla suya ahí mismo si fuera posible.

-Ven, Candy – él la tomó de la mano. Ella iba en silencio; asida valientemente a la mano que la guiaba. Iría con él al fin del mundo si se lo pidiera. Lo haría, seguro lo haría.

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De mi escritorio: ¡Muchas gracias por leer! Gracias también por el tiempo que se han tomado para dejarme su retroalimentación. Nos vemos en la siguiente entrega.

Maly.

Torreón, Coahuila, México. 23 de agosto de 2020.