Mauretania de "Su Gracia"

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., Tokio, 1976. Usados en este fic sin fines de lucro.

Capítulo 6. Octubre de 1916. Hamlet.

Era difícil para el joven aristócrata asimilar el cúmulo de emociones que se arremolinaban dentro de él. La tenía sobre su pecho desnudo, ajena a cualquier imagen bélica que la memoria del británico conservara hasta ahora. Ella había correspondido a sus besos de tal manera que no tenía ni un poco de duda sobre los sentimientos albergados en la chica de sus sueños. Había sido dulce y cruel casi al mismo tiempo. Lo había llevado al cielo y de pronto había abierto las puertas mismas del infierno que lo tragaban con tal glotonería que asustaba. Se sentía atraer por tales fauces con una burla inmisericorde.

La contempló dormir con una sonrisa adornando su rostro; estaba serena, tan diferente a lo que él sentía.

La había llevado al camarote que le había sido asignado, el que había sido la Regent Suit, pues aún en tiempos de guerra, los británicos se esforzaban por cumplir los protocolos y esta era la suit a la altura de su gracia.

La había besado tan apasionadamente que estuvo a punto de perder los estribos, quería tomarla, quería hacerla suya. Quería, asegurarse que nada habría capaz de arrebatarla nuevamente de sus brazos. ¿Era eso demasiado pronto? No la había visto en años y de súbito se presentaba de nuevo en su vida como un cálido y pacífico oasis.

Sin embargo, no había tenido opción, ella había tenido que dar una estocada en el pecho de Terry. Él no podía creer que ella descansara tan plácidamente; percibía que ella se sentía segura entre sus brazos ¿Cuándo habría sido la última vez en que ella descansara tan profundamente? Estaba delgada y ojerosa; seguramente, había pasado mucho tiempo desde que ella hubiese tenido un sueño placentero. Terry hizo a un lado un travieso rizo que se posaba sobre el rostro de Candy y lo colocó suavemente tras de su oreja, cuidando de no perturbar su sueño. Sonrió cuando ella movió su pequeña nariz como respuesta y se acurrucó.

-Estoy comprometida – le había confesado justo cuando sentía que no había retorno para una entrega inminente – lo siento, yo… yo… no debí… -apenas había podido escuchar el susurro de su voz.

Su gracia tardó un poco en asimilar las palabras que recién escuchaba. Eran un balde de agua fría que apagaba el fuego en el que estaban a punto de arder.

La liberó casi de inmediato, como si ella tuviese espinas, sin embargo, tan pronto la liberó, la tomó de nuevo entre sus brazos y continuó con el escrutinio de sus labios. Sus manos fueron más demandantes incluso. "Estoy comprometida", había confesado, pero él se encargaría de borrar en este instante cualquier compromiso; sus besos no podían mentirle. Sus manos comenzaron a desabrochar los botones del vestido, besó su cuello y se deleitó con sus eróticos gemidos, se esforzó por borrar tan crueles palabras, por olvidarlas… jamás las había pronunciado, ella era suya y solo suya. ¿Comprometida? Sí, pero con él y solo con él.

Sus besos y caricias se tornaron tan despiadados como despiadadas habías sido sus palabras. ¿Es que acaso ella no conocía la palabra compasión?

Ella entonces se dejó llevar, quería demostrarle que sus pensamientos eran certeros: él era todo lo que ella deseaba, él era el deseo de su corazón y esta noche, él era el deseo de su cuerpo. Correspondió con tal ímpetu a los besos, las caricias y las intromisiones del hombre que la tenía en sus brazos que se olvidó de toda cordura. Él había casi terminado con la sensual tarea de liberar los botones de su vestido sujetos al frente. El delicado corsé era todo lo que había entre los labios aristócratas y la blanca piel que lo bendecía y torturaba al mismo tiempo. Ella no puso resistencia cuando el joven, sin dejar de castigarla con sus besos la dirigió a su cama y se posó sobre ella. La tomó de las muñecas y la sujetó sobre su cabeza, las manos masculinas se tornaron en los más sensuales grilletes; ella no quería escapar, le permitiría hacer con ella lo que quisiera. Sus besos la mareaban, le impedían pensar, él era todo lo que siempre habría deseado.

Sus besos eran veneno puro que corría por su sangre encendiéndola, sus caricias, al mismo tiempo, quemaban su piel; era indescriptible, él podría tomarla en cualquier momento, podría hacer con ella lo que deseara.

Sin embargo, no era así como Terry Grandchester había soñado su primer encuentro. Contra toda naturaleza, se esforzó por recuperar la cordura.

"Estoy comprometida", resonaba en sus oídos, como la más grande amenaza recibida.

Interrumpió sus besos y levantó su torso para mirarla. Ella era simplemente hermosa. Sus ojos lo miraban apasionados, su pecho, descubierto para él lo enloquecía con el rítmico vaivén de su agitada respiración. Sus brazos continuaban sujetos pero ella no hacía el menor esfuerzo por liberarse.

Ella lo miró decidida y alcanzó los varoniles labios para continuar besándolo en el frenesí del que era presa, levantó su cadera para alcanzarlo, para invitarlo a continuar, él se sintió perdido. Correspondió al placentero escudriño que ahora ella ejecutaba, percibió la búsqueda urgente de la cadera de Candy por encontrarse con la suya, los besos de la joven fueron más demandantes, más fieros, más exigentes y él supo que estaba perdido. Él liberó las manos de Candy y ella de inmediato las usó para desabrochar también la casaca militar que estorbaba para acariciar su pecho, quería sentir sus brazos, quería arañar su espalda, quería besar la desnudez de cada uno de sus bien formados músculos.

Sintieron calor, mucho calor. Terry reconoció la natural reacción de su cuerpo. Ella era suya, ella no estaba comprometida, él se lo demostraría ahora mismo.

Se puso de rodillas y luego le ayudó a ella para ponerse de rodillas frente a él, sus labios buscaron su cuello mientras que sus traviesas manos juguetearon con el listón y los ojales del corsé; aún no había liberado la pieza, pero ya era suficiente para deleitar su vista con los montes juveniles que había soñado por años. Eran blancos, sensuales y coronados por un botón rosa que se moría por llevarse a la boca. La miró a los ojos y de pronto se detuvo.

Él la abrazó como quien abraza su más cara posesión.

La realidad le cayó de súbito y se aferró al delicado cuerpo con más fuerza. No deseaba perderla nuevamente, aún tenía presente el dolor de aquel invierno y no estaba dispuesto a revivirlo.

Había deseado no pensar en ello, su primera impresión fue evadir lo que ella había confesado ¿Qué pasaría mañana, cuando él tuviera que despedirse? ¿Ella seguiría comprometida? ¿Si la besaba hasta entregarse mutuamente, ella y él estarían juntos? Otra vez… ¿Qué era toda aquella tontería? Terry no percibió que sus lágrimas se estaban escapando. Ella sintió la desnudez de sus hombros humedecerse. Ambos temblaban, pero ya no por la pasión latente de sus deseos, sino por el temor de su realidad.

Se mantuvieron abrazados por un largo tiempo, era casi de madrugada, pero ellos no se percataron.

Terry logró el control de sus emociones; al final sabía que no podía dejar de hablar, debía preguntar…

-¿Entonces, te vas a casar? – su voz sonó incrédula, en un susurro en el oído de la joven. El rostro de Terry seguía hundido en el cuello de Candy, la atrajo a él posesivamente.

No hubo respuesta. Ella no se atrevía a decir nada y es que estaba tan confundida como él. Su gracia la sintió temblar y al mismo tiempo aferrarse a él.

Supo que no había verdad en ese compromiso, la única verdad de ambos era que se amaban y nuevamente estaban en una disyuntiva. ¿Por qué la vida se tornaba tan cruel en ellos?

-¿Quién es, Candy? ¿Por fin el elegante se salió con la suya? ¿Cómo es que te permite estar aquí?

-Archie no sabe que estoy comprometida.

-Al menos no seré el único decepcionado… -intentó bromear, pero su tono fue totalmente falso - ¿Entonces, no? ¿Alistar, acaso?

-¿Qué tonterías estás diciendo, Terry? Stear es mi amigo, mi hermano… por supuesto que no.

-¿Acaso es Albert? – por alguna razón, su gracia sintió muchos celos. Albert sería un rival difícil; aunque por supuesto, su amigo no le permitiría estar en la guerra si ella fuera su prometida.

-No trates de adivinarlo, sería imposible – la joven suspiró profundo – se trata de Michael.

-¿Michael?

-Lo conoces, vino contigo.

-El médico francés – Terry se sintió un joven bachiller de nuevo. Sus entrañas se llenaron de celos y se sentía incapaz de controlarse. Ponerle rostro a una verdad que se negaba a aceptar había sido un duro golpe –. Pero no llevas una argolla de compromiso – señaló mientras con delicadeza tomaba entre sus manos la mano izquierda de Candy.

-No uso mi argolla – explicó tímida – ralentiza mi trabajo.

-Tú no estás comprometida, Candy – sentenció volviendo a abrazarla con posesión – debes entenderlo, tu único compromiso es conmigo. Tú serás mi esposa y no puedes aceptar la argolla de nadie más.

-Pero, Terry:… Susana… - su gracia posó su dedo índice sobre los labios de Candy para callar su protesta.

-Ya te lo dije, tú serás mi esposa, así lo he decidido, no hay nada más que decir… - Terry descubrió la incertidumbre en los ojos de Candy y tuvo miedo – a menos, claro – murmuró nervioso – que estés enamorada de Michael, pero, a juzgar por tus besos y … - él hizo un viaje visual por el cuerpo semidesnudo de la joven; sintió la lujuria apoderarse de sí mismo, sus ojos se tornaron fuego nuevamente – …a juzgar por tus besos y por… por los límites que me has permitido cruzar – él recorrió con la punta de su dedo la línea media desde el cuello hasta el nacimiento de los pechos – es obvio que a quien amas es a mí.

Terry había colocado su frente sobre la de Candy. Ella se bebía la calidez de su aliento. Quería que se callara y la tomara de una vez por todas. Lo invitó por medio de nuevos besos más candentes para que terminara lo que habían dejado inconcluso y él estuvo a punto de perder el control.

-Lo siento, Candy – le dijo mientras correspondía a sus besos, tratando de controlar la lujuria, la pasión, el deseo… - no es así como he imaginado nuestra primera vez.

-¿Quieres que ya sea tu esposa cuando suceda? – preguntó casi con incredulidad sin dejar de besarlo, quería seducirlo, atraparlo.

-Eso me gustaría mucho, pero no es imprescindible. Lo único que quiero, es estar seguro de que solo piensas en mí, que no hay nada que se interponga entre nosotros. No te haré el amor mientras estás comprometida con otro. Soy un caballero, no puedo hacerlo.

Y era la verdad, su gracia había crecido con principios bien plantados. Tomar a una mujer comprometida con otro, aunque la amara más allá de toda cordura, era una línea que no podía cruzar.

-¿Arreglarás este desastre, Candy? Por favor, dime que lo harás… tu compromiso es falso… ¿Cómo te metiste en eso?

-Yo… yo… no tengo noticias de occidente. No sabía nada de ti. A estas alturas, según yo, estabas casado. Al principio imaginé que sería suficiente para dejar de pensarte, pero es imposible – ella abrió sus brazos – mírame… ¿no te das cuenta? ¿crees que esto es solo un impulso? ¿lo tuyo, ha sido un impulso? Yo también soy una dama, un poco loca, pero entiendo las buenas costumbres, ya no te diré más. Haz un esfuerzo por comprender por qué estoy aquí en estas condiciones.

-Candy – Terry ya no resistió la tentación, la besó como si no hubiese un mañana mientras terminaba de liberar el listón de los últimos ojales del corsé.

Ella tembló en sus brazos. El aroma de Candy era agradable. No usaba perfume, sin embargo, el aroma natural que emanaba de ella lo atraía infinitamente. Terry se apoderó del par de montes que recién había desnudado, los masajeó con sus manos mientras deleitaba su mirada; la recostó de nuevo sobre la cama y se posó sobre ella. Ya no podía esperar más… lentamente viajó al sur con sus besos hasta que su lengua se topó con uno de los botones rosas coronando los pechos; comenzó a lamerlos, a succionarlos, a besarlos, sus oídos se complacieron con los suaves y apasionados gemidos de Candy; ella lo aprisionó entre sus manos y lo presionó hacia sus pechos. Su pezón estaba duro, erecto y los besos apasionados de Terry le provocaban un placer infinito e indescriptible. Terry hurgó por debajo de su falda y ella correspondió acercándose más a él; estaba a punto de deslizar la bombacha por las piernas femeninas, quería descubrir su máxima intimidad y no encontraba resistencia alguna; sabía que si lo encontraba estaría en un punto sin retorno.

Buscó un poco de cordura dentro de él y renunció a su escrutinio mientras disminuía la pasión de sus besos…

La pasión de sus caricias se tornó en la más pura ternura. En sus ojos de zafiro había un torbellino deseando aplacarse.

-Por favor, Candice – él casi nunca la llamada de tal forma, pero inconscientemente deseaba crear una línea entre ellos – por favor, prométeme que vas a componer este desastre. Hazlo hoy mismo – casi le suplicó.

-¿Y qué sucederá con Susana? -indagó.

-¡No puedo pensar en ella! ¡Ya te expliqué que no logré el permiso para desposarla!

-También dijiste que a los veinticinco años puedes solicitarlo nuevamente.

-Si voy a desafiar a las cámaras para que acepten a mi esposa, no será por Susana. Estoy muy agradecido con ella, por su sacrificio, sin embargo, no siento nada más.

-Ambos sabemos que no aceptarán tu relación conmigo: Eres hijo del más alto noble inglés y yo soy una huérfana que por la buena fortuna ha sido adoptada por una familia de abolengo, pero nada más.

-Tienes razón, jamás te aceptarán. Ni siquiera como un matrimonio morganático – Terry la acercó hacia él. La calidez de sus pechos desnudos los reconfortó – el único interés que tengo en que te acepten proviene de mi padre, aunque, a decir verdad, no renunciaré a ti; antes, prefiero renunciar a mi título y al privilegio de ser el heredero aparente del Duque de Grandchester.

-No puedes hacer eso, Terry…

-Claro que puedo, de hecho, mi padre sabe que no tengo interés… Mi hermano se muere por heredar el título, algo que a mí nunca me ha entusiasmado. Yo me muero por tenerte a ti – Terry depositó un suave y casto beso en la frente de Candy.

-¿Estás seguro, Terry?

-Siempre lo he sabido – confesó – y desde que decidí que serías mi esposa supe que nada más me importaría.

La joven se quedó dormida en su regazo. La luz del sol los sorprendió inmiscuyéndose por las pequeñas ventanas de la Regent Suit; Terry no había dormido, él pasó la noche contemplando el suave dormitar de la joven en sus brazos, peinó su cabello con sus dedos, besó su sien innumerables ocasiones, acarició la espalda desnuda y reconoció las suaves curvas que se amoldaban perfecto a su cuerpo.

Ella se despertó poco tiempo después. Lo descubrió mirándola y acarició su mejilla dulcemente. Le sonrió y se incorporó lentamente hasta sentarse en el borde de la cama buscando su corsé y su vestido. Terry se colocó tras de ella y rodeó su cintura con sus brazos. Colocó su cabeza sobre su hombro y susurró nuevamente su deseo de que el tiempo se detuviera con una voz de terciopelo llena de deseo.

-Vuelve a la cama, pecosa – le pidió – concédeme este deseo. Vuelve a la cama, solo un poco más.

-No puedo, Terry, debo presentarme a trabajar en una hora…

Los labios tibios de su gracia se desplazaron por el hombro de la chica y las manos aristócratas subieron lentamente hasta cubrir cada uno los pechos, despertando su deseo. Ella levantó uno de sus brazos para acariciar el cabello de Terry, mientras ladeaba su cabeza para permitir el libre acceso de los besos que le prodigaba.

-Terry… - el nombre se escapó ardiente de los labios de Candy.

-Vuelve a la cama… ahora mismo… - fue pronunciado prácticamente como una sentencia a la que no pudo negarse más.

Terry había pasado toda la noche arrepintiéndose de no haberla hecho suya. Estas pocas horas eran solo suyas y no podía detenerse a pensar ya en lo que dictaban las buenas costumbres. Volverían a apartarse pronto, pero no sería como aquel crudo invierno neoyorquino. La amaría hasta que no quedara nada de ella para nadie más. Él bebería todo de ella, mordería y succionaría cada centímetro de la blanca piel que idolatraba. Sabía que ella estaría dispuesta si él insistía, tenía que lograrlo.

La tendió sobre la cama y luego se recostó a su lado. Los ojos de la chica estaban curiosos y a la vez apasionados. Terry se llenó de valor y deshizo el amarre de la bombacha bajo las enaguas que no había retirado la noche anterior. El contacto de sus atrevidas caricias encendió la piel de Candy a su paso. Ella sintió los poros de su piel erizarse; él la había aprisionado con uno de sus brazos mientras que el otro continuaba la dulce exploración de sus piernas en la búsqueda de su más íntimo rincón. Sus dedos finalmente encontraron la húmeda selva de su entrepierna, era como una fuente continua de un dulce fluido que lo atraía con fuerza invitándolo a hundirse hasta ahogarse. Salvaguardando el torrente húmedo, como un centinela, encontró la dureza de un tercer botón que de solo rozarlo provocaba delicadas convulsiones en respuesta; él adoraba eso, adoraba que ella enloqueciera, adoraba que le permitiera invadirla, adoraba que hubiera olvidado cualquier otro nombre en sus brazos.

¿Sería correcto desnudarla? Él quería hacerlo. Quería llenar su vista de lo que estaba seguro, sería la espectacular desnudez de la mujer que temblaba en sus brazos con sus rizos desordenados, con sus suaves pecas, con la pasión que sus ojos develaban. Aún con temor a ser detenido, se llenó de valor y mientras la mareaba explorando su boca con la intromisión de su lengua, Terry deslizó la bombacha por las piernas de Candice; para su beneplácito, lo que encontró fue la marcada cooperación de la chica porque ella hizo lo suyo deslizando también el pantalón de Terry. Disfrutaron del ritual de desnudarse mutuamente. Ya no estaban en este mundo, no se percataron del ambiente bélico que les rodeaba, eran solo ellos en esa cama, con el deseo reprimido escapándose sin la menor intención de detenerlo. Sucumbieron a lo que ambos deseaban: la mutua exploración, la mutua entrega, el mutuo recibir.

Cuando finalmente Terry penetró el cuerpo de Candy, entre convulsiones y jadeos, se supo el hombre más afortunado del mundo. La barrera natural del himen femenino fue una deliciosa tortura para ambos, él no deseaba lastimarla, sin embargo, no podía detenerse, necesitaba saciarse de ella y en ella. Ella lo recibió totalmente inexperta, la única palabra que salía de sus labios era "Terry, Terry, Terry" y nada más… entonces él la adoró más. Su nombre en los labios de Candy era todo lo que necesitaba por siempre. Liberó su pasión dentro de ella sin detenerse a pensar si era prudente o no, simplemente, no había lugar para la cordura en ningún sentido. Estaba temblando, él tampoco había estado jamás con ninguna mujer, pese a los constantes coqueteos de las mucamas en el castillo de su padre durante su adolescencia, o de los abiertos ofrecimientos de más de una de sus admiradoras durante su tiempo en la actuación, incluso, resistió los constantes y abiertos avances de Susana. Solo había deseado a una mujer en su cama y esta mañana, finalmente, había terminado la odisea de su búsqueda.

Se contemplaron sin poder asimilar el túmulo de sensaciones del que eran presos, todo era nuevo para ellos; en sus ojos había cierta confusión, como si no supieran qué hacer con todas las emociones dentro de ellos, buscando ser reconfortados por el otro. En un hecho femenino pocas veces presentado, Candy se sentía confundida porque había tenido un orgasmo húmedo, estaba avergonzada en el derrame ardiente de sus fluidos que la habían llenado de un placer incontenible. Terry aún estaba dentro de ella y la contemplaba con la adoración más pura, alcanzó sus labios y volvió a besarla, percibiendo cómo sus músculos se relajaban y su cuerpo encontraba sosiego.

Se posó al lado de ella y la atrajo atesorando el momento más sublime y verídico de su existencia. Nadie, la arrebataría de sus brazos, absolutamente nadie. No le complacía hacer sufrir a Michael, quien le había dado una buena impresión, sin embargo, primero estaba la felicidad su pecosa y la de él.

-Debemos hablar con Michael – le dijo a Candice.

-No, Terry, soy yo quien debe hablar con él. Se sentirá humillado si tú lo haces.

-Pues, la verdad es que tendrá motivos para sentirse humillado y yo debo asumir esa responsabilidad.

Ella guardó silencio. No estaba segura de que llevar al amor de su vida para terminar con su compromiso fuera la mejor idea.

-Por favor, no Terry, déjame hablar con él.

-¿Le hablarás de mí? Dime que lo harás… - Terry quería asegurarse que Michael sabría que no debía insistir con ella. Era ese antiguo instinto de macho de marcar su territorio.

-No creo que sea prudente.

El aristócrata no supo esconder su decepción. Se moría por decirle a todos, conocidos o no, que esa bella joven lo amaba a él y que él estaba loco por ella. Ella tradujo la decepción y suspiró profundo:

-De acuerdo, le hablaré de ti. Le diré la verdad sobre nosotros.

-Gracias, Candy, gracias – Terry la abrazó nuevamente por unos minutos. No tenía ni la menor idea de cómo haría para salir de la cama y comenzar con sus labores.

-Terry, ¿tú me amas, verdad? – en la mirada de Candy se reflejaba esperanza y amor puro.

-"Duda que ardan las estrellas, duda que se mueva el sol, duda que haya verdad, mas no dudes de mi amor1" – murmuró en su oído.

Ella le sonrió enamorada, como respuesta.

-Debo irme, no puedo retrasarme. Tengo que tomar un baño.

-¡No! – exclamó casi con súplica.

-Ya no puedo quedarme más. Pareces un parvulito – bromeó.

-Está bien… te dejaré, pero prométeme que no te bañarás.

-¡Terry! – sonrió la joven –. En mi trabajo no tengo opción, debo ser limpia si no quiero enfermarme.

-Es una lástima… quería que tuvieras mi aroma durante todo el día – confesó inocentemente.

-¡Qué cosas dices, Terry! – ella sintió el rubor invadir sus mejillas; sabía que tenía una sonrisa casi estúpida en su rostro.

Él besó la frente de la rubia, acarició su cabello y tomó todo el valor que poseía para liberarla de su abrazo. Ella se levantó de la cama, se vistió presurosa y le sonrió mientras abandonaba la suit.

Poco antes del primer turno, Terry la encontró en la escalera que llevaba a la cubierta B. Estaba recibiendo instrucciones del médico en jefe. Por cortesía, la buena costumbre indicaba que debía esperar a que la estrecha escalera estuviese desocupada antes de usarla, sin embargo, él aprovechó el poco espacio para pasar tras de la joven acariciando su cintura con disimulo por la espalada. Ella sintió su piel erizarse al contacto de los dedos de su gracia. Con temple disimuló las locas sensaciones que le provocaron y fingió el continuo interés en las instrucciones del médico.

Cuando Terry finalmente estuvo en la cubierta B, rumbo el pabellón médico, vio la sonrisa cómplice del capitán Smith tras de su pipa.

-Parece que a los capitanes no se les va ningún detalle – expresó Terry al saberse descubierto. El amor le brotaba por cada poro.

-Su gracia, es nuestro deber saber todo lo que pasa en nuestra nave – explicó con falsa modestia, luego suspiró profundo –: Cuando le di la bienvenida le comenté que estaba seguro que disfrutaría su estancia con nosotros. Pensaba precisamente en presentarle a la señorita Andrew, pero me parece que se me han adelantado.

-Conocí a Candy en el pasillo de observación – Terry señaló con sus ojos el lugar al que se refería – fue durante el último viaje del capitán Wold – continuó mientras levantaba los hombros inocentemente; por alguna razón no podía borrar su sonrisa – viajamos de Nueva York a Southampton. Por casualidad ella se matriculó ese invierno en el colegio que yo atendía y bueno… la historia es larga.

-Entiendo… El capitán Wold se retiró hace cuatro años. La historia debe ser muy larga.

Ambos hombres miraron desde lejos cómo Michael se acercaba a su prometida para saludarla con un beso en la mejilla. Era obvio que Candice estaba nerviosa. Michael la abrazó sin interrumpir las indicaciones del jefe que parecían no tener fin. Nunca el tiempo pasó tan lento para Terry. Apretó los puños con disimulo, aunque fue imposible que sus ojos escondieran el cúmulo de sentimientos nada cordiales dentro de él.

Se movió con la intención de acercarse, sin embargo, el capitán Smith lo detuvo.

-En tiempos de guerra hay dos cosas que deben cuidarse: el amor y el hambre. Yo no tengo amor, pero tengo hambre – sonrió compenetrado – venga, lo invito a desayunar conmigo.

Terry comprendió las intenciones del capitán para alejarle del lugar y lo siguió justo en el momento en que el médico en jefe le pedía a Michael que ahora él atendiera sus indicaciones y enviaba a Candice para que se adelantara al pabellón.

-De pronto se me fue el apetito – dijo Terry – la sonrisa había vuelto a él. Era una sonrisa traviesa y desafiante.

-Imaginé que diría eso. Espero que comparta mi mesa antes de volver a sus deberes, su gracia.

-Será un placer – respondió antes de marcharse a toda prisa hacia lo que había sido el comedor de segunda clase.

Descubrió a Candice no muy lejos de la improvisada estación de enfermeras, tratando de amarrar el moño del delantal de su uniforme. Tenía los ojos cerrados, como si estuviese orando mientras comenzaba sus labores. Él se acercó con el mayor disimulo desde su espalda; ella reconoció de inmediato su presencia aún con los ojos cerrados. Terry se inclinó para hablarle al oído:

-No me gusta que te abrace – había celos en el terciopelo de su voz – termina con esto, me estás torturando.

-Encontraré el momento, te lo prometo.

-Candy, no dejaré que pases por esto sola, yo debo dar la cara.

-Parece que no te haré desistir de la idea…

-Adivinaste.

-No. No adiviné. Te conozco, Terry.

Terry sonrió complacido, sus ojos brillaron y se acercó peligrosamente a sus labios.

-Adoro ser simplemente Terry. Adoro mi nombre cuando viene de tus labios.

Terry alcanzó a ver por el rabillo del ojo la presencia de Michael en el pabellón, quien se entretuvo con la revisión de un enfermo y su gracia aprovechó para esconder a Candice tras un biombo y robarle un beso furtivo.

-No me gustan estos juegos, Candice, no son propios de un caballero – murmuró en el oído de la chica. Después cambió el tema abruptamente –. Hueles a mí – no se resistió a olfatear el cuello que adoraba –. Es hora, hablemos con Michael, si es un caballero, tendrá que entenderlo.

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Shakespeare, W., Hamlet, Hamlet a Ofelia. Acto II, Escena II.

FE DE ERRATAS: Tengo un error en el título del Capítulo 4. En realidad, debería estar localizado en 1916, unas semanas después a la batalla de Somme. Quise cambiarlo, pero el sitio solo me miente: Me dice que el cambio se ha hecho, pero no es así, de tal forma que he tenido que anexar esta FE DE ERRATAS.

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Malinalli

Torreón, Coahuila, México. 17 de septiembre 2020.