Mauretania de "Su Gracia"

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., Tokio, 1976. Usados en este fic sin fines de lucro.

Capítulo 8. 1923 Moscú.

William Albert Andrew no podía comprender muy bien lo que escuchaba del otro lado la línea. Decían que era la Cruz Roja Internacional, llamando desde Moscú, explicándole que Candice White, una enfermera norteamericana declaraba ser de Chicago y ser de la familia Andrew.

El joven patriarca apenas pudo decir "Sí". Buscó de inmediato su sillón presidencial y se dejó caer. La voz femenina le explicaba que Candice no tenía recursos para volver a casa y le preguntaba si él estaría dispuesto a enviarle recursos o a ir por ella.

—Sí, sí… — lo escuchó repetir Archie. El semblante de Albert estaba pálido como un papel.

—¿Qué debo hacer? —preguntó impaciente la mujer con acento ruso —¿le digo que enviará recursos o le digo que espere por usted? Si quiere un consejo, será mejor que venga por ella. Está algo débil para hacer un viaje.

—Sí — repitió.

—Señor, Andrew, por favor, sea más específico.

—¿Qué te sucede, Albert? — Archie se puso alerta —. Dame el teléfono. Yo tomo la llamada.

Albert, por supuesto no le dio el teléfono, pero su sobrino lo había puesto en la realidad. Suspiró profundo y por fin pudo pronunciar más que un monosílabo.

—¿Puedo hablar con ella, por favor? — dijo en ruso.

—Imaginé que diría eso —resopló la mujer. Lo siguiente que Albert escuchó fue la voz más dulce y maravillosa que guardaba en su memoria y corazón.

—Albert — y eso fue suficiente para que las lágrimas los traicionaran.

—Candy — respondió Albert. Obviamente Archie corrió presuroso y puso su oído en el auricular para llenarse de esa añorada voz.

—Candy, Candy, soy Archie — dijo imprudente interrumpiendo la charla.

—Archie, Albert…

Albert recuperó pronto su cordura y le instruyó.

—Escucha Candy, no te muevas de Moscú. ¿Estás en la sede de la Cruz Roja verdad?

—Sí, sí… ¿Enviarás a George por mí, por favor?

—¡No, no, iré yo personalmente! — respondieron Albert y Archie al mismo tiempo y Candice sonrió.

—Por favor, no me hagan preguntas, necesito que Terry sepa que estoy bien. Quiero verlo. Hablen con él. Estoy segura de que vendrá con ustedes.

—¿Terry? — la voz de Albert se apagó de inmediato. Tragó saliva.

No entendía nada. Terry, su amigo, su hermano más bien, había pasado los años más difíciles durante la post guerra. Él no había dado explicaciones de su agonía en la búsqueda de Candice. Todos sabían lo que sentía por ella, pero no comprendían por qué el joven aristócrata había necesitado de tantos años para seguir adelante con su vida.

—¿Me escuchaste, Albert? ¿Archie, sigues ahí? ¿Qué sucede? ¿Está todo bien con Terry?

—Candice, la llamada no puede durar tanto tiempo, no importa que el cargo sea para su familia.

—Lo siento… — respondió ella y volvió a la llamada —¿Archie, Albert?

—No vamos a mentirte, Candy. Terry no podrá acompañarnos, pero él está bien. Quédate tranquila por favor, te lo suplico, no hagas nada imprudente.

–¿Imprudente? No. No puedo hacerlo. No tarden.

—Candice, ahora mismo sacaremos del hangar el avión de Alistar y volaremos a Nueva York. Zarparemos en el primer barco que encontremos rumbo a Europa.

Albert cumplió su promesa. No estuvieron en la mansión ni quince minutos mientras hacía llamadas y tomaban solo lo necesario para el viaje, ya irían comprando lo que fueran necesitando en el camino.

Seis días después estaban en Southampton, un par de días más tarde en Berlín y en cinco días más llegaron a Moscú en una mezcla extraña de agotamiento y adrenalina. No habían descansado ni un solo minuto desde que bajaron del Mauretania. Se habían trasladado día y noche. Averiguar la sede de la Cruz Roja Internacional se convirtió en juego de niños después de su travesía.

—Albert, Archie… — la joven se arrojó a los brazos de Albert y él la dejó llorar todo lo que quiso. Luego Archie, el paladín sobreviviente, la arropó también.

Para Archie era más difícil esconder sus sentimientos. Los sentimientos del amante desesperado se desbordaron en su interior, pero ella no lo percibió, estaba demasiado ensimismada en el reencuentro.

—Cof, cof —un hombre alto, con un uniforme viejo interrumpió el momento.

—Albert, Archie, él es Edward. Nos hemos hecho grandes amigos. Le prometí que si se quedaba conmigo tú le ayudarías a llegar a casa.

Los Andrew habían adivinado que no podían averiguar demasiadas cosas. Sabían que Candice no podría hablar mucho sobre su situación, así que solamente la escucharon mientras estrechaban la mano del recién llegado con agradecimiento.

—Edward es médico, lo conocí en París.

Tras del médico se escondía la figura de un pequeño, que, a pesar de estar muy desnutrido, tenía un brillo en su mirada. Era un brillo retador, curioso y al mismo tiempo expectante.

—Y este pequeño es… —dijo Archie, agachándose para que sus ojos estuvieran a la altura del pequeño.

—Yo soy Terry — dijo con voz infantil y con acento ruso — Terry White— la fuerza que ahora tenía el pequeño en la mirada y la obvia revelación dejó a Archie pasmado, pero de alguna manera se las arregló para sonreírle, aunque no encontraba nada de Candy en el pequeño más allá de sus pecas que eran muy suaves y para nada tan incontables como las de su madre. Archie calculó que el pequeño solo debía tener unos tres años.

—¿Así que Terry? — Albert se unió a la pequeña charla y le sonrió dulcemente. No iba a preguntar nada, era un caballero y sabía que tampoco su sobrino cuestionaría a Candy —Sí, Terry White — remarcó el infante orgulloso.

Albert sonrió. Reconoció a su amigo en cada movimiento, en cada mirada.

—Albert, lleva mi segundo nombre como apellido, no quise abusar de ti. La tía abuela moriría —dijo Candy un tanto avergonzada.

—La tía abuela morirá de amor con el pequeño Terrence W. Andrew.

—Terry, nosotros somos tus tíos, Albert y Archie – Archie lo tomó en sus brazos —. Y hay en Chicago un par de primas que quiero que conozcas. Tú eres el mayor, tendrás que cuidar de ellas.

El pequeño abrió los ojos como platos, pero sonrió.

—Yo siempre cuido a mi mami, cuidaré a mis primas — prometió solemne.

—Entonces, vamos para que las conozcas. Practiquemos: ¿Cómo te llamas?

—Terry White…

—Muy bien Terry, pero de ahora en adelante serás Terrence W. Andrew.

—¿Puedo ser solo Terry W. Andrew?

—Por supuesto. Puedes — dijo Albert sonriendo mientras les indicaba la salida para comenzar el viaje de regreso a casa.

Durante todo el trayecto Archie no liberó al pequeño Terry. Albert concluyó que lo hacía para aceptar la realidad. Ese pequeño le haría comprender que Candice amaba a otro hombre, que él estaba casado con una de sus mejores amigas y que debía sacarse del corazón el amor que sentía por Candy, aunque le costara toda la vida.

Cuando llegaron a Southampton decidieron descansar un poco en Londres. Se hospedaron en el Savoy, donde George ya los esperaba con un guardarropa para el viaje pues Albert y Archie habían viajado tan de prisa que habían usado la misma ropa desde que dejaron el Maury.

Estaban agotados. Albert hizo traer un médico para que examinara a los tres recién liberados prisioneros. Ahora sabía un poco más de la historia de Candy, Edward y Terry. En realidad, no había mucho que pudieran decir, solo transmitieron la información que ellos poseían. No habían pasado muchos días en Siberia, quizás un par de semanas, así que fueron capturados prácticamente al llegar, Candice ni siquiera había descubierto su embarazo en aquel momento.

Los viajeros durmieron por horas.

Candice, Edward y Terry se alimentaron según las instrucciones médicas y, aunque Edward protestaba, Albert lo había convencido de que él también necesitaba seguir las instrucciones de un médico, debía ser paciente.

Los viajes del Mauretania eran semanales, zarparía el martes de Liverpool rumbo a Nueva York y solo faltaban un par de días.

—Candice, necesitamos hablar — invitó Albert con aire ceremonioso.

—Lo sé, Albert — ella bajó la mirada y se sentó frente a él en el vestíbulo del hotel.

—Aquí no. Ven conmigo — la tomó de la mano y la llevó a una cafetería cercana.

—Supongo que vas a preguntarme por mi hijo — ella se sonrojó hasta las orejas, tenía los brazos cruzados para protegerse inconscientemente.

—Oh, no, por supuesto que no — respondió aún más sonrojado — no lo haré. Es más que obvio — recuperó la compostura y prosiguió — pero en unos días estaremos en Nueva York y hay algo que debes saber.

—Terry no murió. Me lo habrías dicho cuando me hablaste de Stear — dijo ella en voz baja y mirando al suelo — si no murió, entonces se ha casado, de otro modo, tú le habrías dado mi mensaje.

Albert la miró en silencio. Ella siempre lo sorprendía. Era tan inteligente. Le había ahorrado el discurso que tenía preparado para ella, para reconfortarla.

—Terry está aquí, en Escocia. Abandonó el teatro. Quiso retomarlo, pero no pudo. Estaba destrozado Candy. Te buscó por años… — Albert detalló a Candy la incansable búsqueda de Terry, su caída, su desesperación, su lucha y su último esfuerzo por honrar su vida.

—Hizo lo correcto. Entiendo —masculló sin ocultar su tristeza.

—Archie opina que debes buscarlo. Dice que debe saber. Dice que tiene derecho a decidir…

—No lo creo, Albert — le interrumpió.

—Él es el padre de un hijo hermoso. Opino igual que Archie: Tiene derecho a saberlo. Tiene derecho a decidir sobre su propia vida — remarcó.

—Tú sabes tan bien como lo sé yo… sabes que si Terry se entera hará lo posible por buscar un divorcio y, cuando los lores se nieguen, entonces querrá estar con nosotros contra toda ley. Yo podría quizás pasar sobre las leyes de los hombres, pero ¡Oh, Albert, tú lo sabes! No puedo pasar sobre las leyes de Dios y estoy segura, que Terry lo haría. Él lo haría.

—Pero Candy… él podría…

—No, Albert, no voy a exponerlo al oprobio. Él tiene deberes que debe cumplir.

—¿Pero y tú? ¿Qué vas a hacer soltera, con un hijo?

—Vamos, Albert. ¿Crees que eso me preocupa? Eso déjaselo a la tía abuela — por primera vez Albert vio un sentimiento de cólera combinado con miedo y desafío en la mirada de Candy.

—Yo puedo adoptar a Terry, si me lo permites.

—¿Y esconder ante la alta sociedad de Chicago que yo soy su madre? Por supuesto que no — se exaltó y luego se recuperó — lo siento, Albert. Te lo agradezco mucho — suavizó su voz — no puedo hacerlo. Terry es mi hijo y no voy a negarlo nunca. Vi a su padre sufrir porque su madre no lo reconocía; si yo le hiciera eso a nuestro hijo, su padre jamás me lo perdonaría. Lo amo, los amo a ambos y voy a protegerlos. Confía en mí.

—De acuerdo. Pero lo que jamás aceptaré es que no lleve tu apellido. Eso no está en negociación.

—Gracias, Albert.

—Entonces, ¿segura que no quieres viajar a Escocia?

—Estoy segura, Albert. Vayamos a casa, por favor.

—Entonces, a casa. Y una cosa más: Te necesito a mi lado — hizo una pausa, temió haber sido descubierto — vivirás conmigo y ocuparás tu lugar en la familia y en la sociedad. También debes confiar en mí, yo te protegeré.

Para la sorpresa de Candice, la tía abuela no armó un alboroto. No le ocultaron quién era el padre del pequeño Terry y por alguna razón, en su viejo corazón, que había sufrido ya demasiado por la pérdida de Anthony y Stear, ella encontró amor para el pequeño Terry. Mucho amor. Más aún del que le había prodigado incluso a Albert; quizás porque a este pequeño no tenía que exigirle, por el contrario, solapaba sus travesuras y en ocasiones, incluso se convertía en su cómplice. El pequeño tenía sangre aristócrata, era un secreto, pero nadie en Chicago osaría jamás hablar mal de su origen, la tía abuela se encargó de ello.

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Mauretania, 1934.

"The Grand Old Lady" —como le llamaban ahora— estaba en el puerto de Nueva York a punto de zarpar en su último viaje. Había conservado el "Blue Riband" hasta 1929, pero ahora sus servicios decaían proporcionalmente con su envejecimiento y zarparía para ser amarrado en el muelle 108 de Southampton a fin de pasar sus últimos días junto al RMS Olympic tras casi 28 años de servicio. La CUNARD y la White Star se habían fusionado para formar la Cunard White Star Line y habían tomado la decisión de retirar a Maury debido a los altos costos de mantenimiento.

Para este último viaje había invitados de primera clase. Clientes frecuentes que habían pasado grandes jornadas a bordo y hoy la compañía tenía la cortesía de hacerlos partícipes de lo que consideraban un evento histórico de los navíos de línea.

Archie había aceptado a regañadientes la invitación en lugar de Albert, pues su tío se había tomado unos días en su adorada África. Dijo que el Serengueti era más atractivo que los negocios y él necesitaba vacaciones, sin duda.

Candice miró el Mauretania desde el muelle y no pudo evitar que su piel se erizara. Ahí había pasado los mejores momentos guardados en su memoria. Ahí había conocido al amor de su vida, ahí se había reencontrado con él, ahí se había convertido en mujer. Extrañamente, parecía que sus días de servicio como enfermera militar eran todos opacados por esos pocos días en que la figura del joven aristócrata estaba a su lado.

—Vamos Candice, te llevaré al camarote – Archie resopló. Annie no había podido acompañarlos tampoco. Tenían demasiadas hijas y no podrían controlarlas a todas ellas durante el viaje. Además, estaba embarazada; definitivamente, no tenía entusiasmo por viajar a Europa.

–¿Tío, te parece bien si voy a conocer el barco? — Terry jamás había estado en el Maury, había ya otros navíos, más bellos y rápidos, como el Bremen y él lo prefería — quiero saber por qué tanto alboroto por "The Queen of the ocean" — exclamó sin esperar la respuesta de Archie. Se dio la media vuelta y se fue.

—De tal palo, tal astilla — se quejó Archie mientras tomaba el equipaje de mano de Candice.

—Gracias, Archie…

—No lo agradezcas, tu equipaje de mano es muy ligero. Deberías un día cargar el equipaje de mano de Annie, ese sí que me tortura.

—No lo digo por el equipaje —, le dijo mientras entraban al elevador que ambos conocían muy bien—. Es por Terry, le tienes mucha paciencia. Sé que en ocasiones lo quieres regañar, pero te detienes.

—Solo la tía abuela puede regañar a tu hijo, Candice. Ni siquiera Albert puede con él. Aunque lo ve como un hijo, simplemente no puede…

Llegaron a la suit que les había sido asignada en la cubierta de primera clase. Esta vez no era la Regent Suit, pero sí era una de las mejores del barco. Candice decidió salir a la terraza de su suit para mirar el abordaje.

—Hicimos bien en abordar temprano. Pronto el muelle estará repleto y eso será un caos completo – observó Archie.

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Terry llegó hasta el pasillo de observación, su madre le había dicho que esa era la mejor vista. Era un joven inquieto y curioso, vivaz por naturaleza y muy cortés. Las chicas enloquecían por él, aunque solo tuviera catorce años y sus tíos le decían que eso era de familia.

Estaba entusiasmado por alguna razón desconocida por estar en ese viejo barco. Aunque había cruzado el Atlántico en barcos más modernos, se sentía como en casa a bordo del Maury. Su sonrisa se nubló cuando notó a un hombre que había llegado antes que él al mirador del pasillo de observación. Tenía nostalgia en su rostro. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, no en el barullo que comenzaba a formarse en el muelle, sino en algún punto distante, quizás incluso en otra época. Terry no quiso ser indiscreto, pero ese hombre le atraía, era magnético. Se sintió incómodo cuando descubrió que una lágrima resbalaba por su apuesto rostro. Ojalá que el hombre no percibiera su presencia, se daría la media vuelta y volvería más tarde.

Tan pronto giró sobre sus talones, escuchó una voz aterciopelada, masculina y educada que penetró hasta su alma misma.

—¿Quieres mirar? — el joven se sorprendió por eso. No encontraba su voz, pero se giró lentamente para disculparse.

—Lo siento, yo… no quise ser entrometido… —zafiro con zafiro estuvieron frente a frente. El alma misma de ambos se conmovió profundamente con la cercanía.

Terrence sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. El joven frente a él tenía el mismo brío en su mirada que él había tenido cuando tenía su edad. Era alto para su edad, su pelo castaño contrastaba hermosamente con su piel blanca. Su mirada le recordaba la de Eleonor, su madre. Guardó silencio y luego escuchó al joven decir…

—Vi que estaba muy triste, no quise interrumpir, señor, me disculpo.

—No estaba muy triste, estoy muy triste — su gracia rio dejando escapar un par de lágrimas más y se apresuró a secarlas con su elegante pañuelo. Extrañamente no se sentía avergonzado ante este jovencito.

Sin embargo, Terry sí se sintió incómodo. No sabía qué hacer o qué decir. Claramente este hombre era distinguido, seguro era de alta cuna, se notaba a todas luces. ¿Sería descortés dejarlo ahí? Decidió esperar a que el hombre se tranquilizara sin decir palabra alguna.

–¿Así que… viajas a Londres, pequeño pecoso?

—¿"Pequeño pecoso"? —esa era la forma en que su madre le llamaba cariñosamente, pero en la voz aterciopelada de este caballero sonaba delicadamente familiar.

—Sí. ¿No te habías dado cuenta acaso? Siento informarte que tienes el rostro lleno de pecas.

–Creo que el señor está exagerando. Solo tengo unas cuantas y se han desvanecido mucho con los años. Ya casi no se notan.

—Quizás personas comunes no noten tus pecas ya, pero para un conocedor, para un experto en pecas como yo, es imposible que pasen desapercibidas.

—Pues a mí me gustan mis pecas —respondió sin darle importancia.

—¿Y por eso las coleccionas?

Terry iba responder, pero un marinero interrumpió la charla. El joven dio gracias por eso porque estaba a punto de ser grosero.

Su gracia — dijo ceremonioso el marinero — todos los capitanes de Maury están a bordo y el Capitán Wold se ha enterado de su presencia, me envió a preguntarle si aceptaría tomar el té con él esta tarde.

—El Capitán Wold. Por supuesto, dígale que será un placer para mí —Terrence sonrió con nostalgia y agradecimiento.

—Así lo haré. El capitán me ha enviado a buscar a alguien más, su gracia, con permiso.

Terry aprovechó el momento para escabullirse. No entendía para nada el marasmo de sentimientos que tenía. Era totalmente raro. Quería estar cerca de ese hombre y al mismo tiempo quería salir corriendo. Estaba fascinado por el porte y presencia del caballero.

Llegó presuroso a la suit de su madre y relató exaltado lo que le había ocurrido cuando su madre le preguntó qué le había parecido el mirador del corredor de observación.

El joven se sentía tan extraño por la inquietante atracción que sentía hacia ese desconocido caballero que no notó la palidez en el rostro de su madre, aunque ella trató de controlarse, tenía que averiguar exactamente qué había ocurrido.

—No lo entiendo mamá, estaba llorando, y después se rio de mis pecas.

—¿Y qué respondiste hijo? —ella estaba muy nerviosa. Archie sintió la presión de la mano femenina sobre su brazo —¿Ese caballero te dijo su nombre, le dijiste el tuyo? — estaba temblando. En realidad, Candy no necesitaba averiguar el nombre; podía sentir la presencia de Terrence desde que había puesto un pie en el Mauretania —. Si respondiste lo que siempre acostumbramos, seguro que Terry lo descubrió todo, no es un estúpido — pensó.

—Estaba a punto de decirle que él estaba celoso de mis pecas mientras que yo estaba averiguando cómo conseguir más… ¡vamos, mamá! Tú sabías que respondería eso, ¿por qué me lo preguntas? — hablaba atropelladamente, el joven seguía reviviendo el extraño encuentro y seguía sin notar la sorpresa en el maternal rostro — pero no tuve oportunidad, mamá. Un marinero llegó, lo llamó "Su gracia" y le dijo que el capitán Wold lo invitaba a tomar el té con él. ¿Lo ves mamá?, qué bueno que no fui grosero porque parece alguien de mucha importancia. Aproveché ese momento para escabullirme. Sentía que quería escapar de él y al mismo tiempo quería conocerlo mejor. Estoy desconcertado.

Candy ya no lo escuchó, las fuerzas la habían abandonado, sus rodillas doblaron y Archie la sujetó. Mil recuerdos aparecieron en su memoria, pero, sobre todo, el peso de no haber compartido su mayor tesoro con el hombre que amaba.

—¡Mamá! ¿Qué sucede, mamá?

—Terry, en el baño hay un botiquín, busca algo para tu mami. Es solo un mareo, hace tiempo que no viaja en barco.

—Sí, tío.

—Tranquila, Candy — Archie susurró en su oído — creo que ha llegado el momento. Tienes que aprovecharlo y ser fuerte.

—No, por favor, Archie, sácame de aquí.

—No, Candy, ya no es momento de huir. Hazlo de una vez por todas.

—No, Archie, no — Candy estaba temblando y su palidez preocupó a Archie — si no vienes, me iré yo sola.

—Terry, creo que tu mami no podrá viajar —se resignó molesto—. Deberíamos volver a casa — explicó Archie mientras la sostenía. Él sabía que tarde o temprano esto debía ocurrir.

—Sí, tío, por supuesto. Mamá debería visitar un médico.

—Sí, cuanto antes, mejor. ¿Cómo te sientes, Candy, puedes caminar?

—Sí, Archie, solo dame un momento.

Archie dio tiempo suficiente para que Candice se repusiera de la sorpresa. Afortunadamente, la misma muchedumbre que había evitado al abordar, sería el escondite perfecto para su escape. Instruyó a Terry para que buscara a su mayordomo a fin de que ambos se encargaran del equipaje mientras que él se aseguraba de llevar a Candy muy lejos del Mauretania.

—Te veremos en el Plaza Hotel, estoy seguro de que James encontrará la mejor forma para reunirte con nosotros.

—Sí, tío. Por favor, cuida de mamá —suplicó preocupado antes de comenzar a correr por los pasillos para buscar el camarote de su mayordomo.

Archivald estaba ayudando a una dama a subir a un taxi cuando su gracia lo descubrió desde el pasillo de observación.

—Cornwell — masculló por lo bajo mientras que una extraña corriente eléctrica recorría su cuerpo. Había procurado alejarse de los Andrew. Su cercanía lo entristecía profundamente. Se había enterado de la muerte de Alistar y lo había lamentado. El último contacto que tuvo con Archie había sido en 1922, antes de su boda con Susana, cuando hizo una última búsqueda y Archie decidió ayudarlo una vez más —. Su gracia alcanzó a ver un rizo dorado bajo el sombrero de la pasajera dentro del taxi —. Parece que no has abandonado tu gusto por las rubias; yo tampoco, sigo loco por una graciosa rubia que perdí hace muchos años, en el último bombardeo de París —.

Sintió un vuelco en el corazón, pero no se detuvo a pensar demasiado en él porque ahora el joven pecoso que recién había conocido corría desesperado de un lado a otro. Su mayordomo no estaba en su camarote y era urgente sacar sus pertenencias antes de que Maury zarpara. Afortunadamente, su madre no había desempacado.

—Detente, pequeño pecoso — utilizó su voz de mando — ¿por qué corres tan desesperado? —Terrence no comprendía por qué le preocupaba ese jovencito. Nunca se había inmiscuido en la vida de nadie, ¿por qué comenzar ahora?

—Es mi madre, señor — explicó presuroso — ella ha tenido que abandonar el viaje y debo encontrar a nuestro mayordomo para instruirlo de sacar nuestras pertenencias.

—Consigue un mozo.

—No señor, debo poner a mi mayordomo sobre aviso, de otro modo, cruzará el Atlántico solo, porque mi madre y mi tío han ya abandonado el barco — el chico no se detuvo a conversar, continuó su frenética carrera mientras se despedía del caballero con su mano en alto y una sincera sonrisa — disfrute su viaje.

Su gracia devolvió el saludo y extrañamente se sintió vacío.

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—No, Candy, no… — Archie ya no podía más — lo que haces es incorrecto. ¡La vida te está gritando que debes darle una oportunidad de decisión a Terry y tú simplemente sales huyendo!, ¡Y eso no es todo, además, me has convertido en tu cómplice una vez más!

—Archie, no puedo…

El conductor del taxi no había recibido la orden todavía. Y esperaba pacientemente por las instrucciones sin intención de intervenir.

—Al Plaza Hotel — dijo exasperado. Luego guardó silencio durante todo el trayecto. Tenía muchas cosas que quería decirle a esta testaruda, pero esperaría por el lugar apropiado.

Cuando se instalaron en la suit del hotel Archie simplemente explotó. Los años de amor callado se volcaron sobre él. No era justo tanto sacrificio. Él había buscado el divorcio cuando Candy apareció, pero Annie se lo había negado rotundamente y tenía dos hijas con ella, no podía abandonarlas. Al final se había resignado, pero odiaba tener solo sexo con su esposa; era lo único su único escape, y tanto había escapado que estaban llenos de hijas.

—No te comprendo, Candy. Para mí siempre fuiste la mujer que no se daba por vencida ante nada. No comprendo por qué no luchas por tu plenitud.

—¿Crees que me sentiré plena haciendo desdichada a una mujer?

—Creo que te sentirás plena con el hombre que amas y que después del relato de tu hijo no puedes ignorar, pensando que te ha olvidado y ha dejado de amarte.

—¿Crees acaso que ha sido fácil para mi vivir sin él?

Archie se acercó amenazante. Había fuego en sus ojos. La tomó de los hombros y se acercó peligrosamente a ella.

—¿Crees que yo la he tenido fácil? ¿Acaso crees que ha sido fácil para mi vivir sin ti?

—Archie… — ella se sorprendió por su audacia. No se lo esperaba.

—¿Crees que tú y Grandchester son los únicos que saben amar a una sola persona en su vida? — él acercó su rostro para buscar sus labios. Estaba en el límite de su cordura, pero ella no. Archie la alejó de él casi con violencia cuando ella escondió su rostro —. Te amo Candy — dijo por fin — y no quise perderte por ese malcriado, pero al final la vida decidió que tú y él deberían estar juntos y yo tuve que conformarme con lo que la vida tenía para mí. Pero eso no significa que no sufra por no tenerte. Cada día, cada noche es un sacrificio para mí y tengo que saciar mis ganas de ti en alguien más.

Candy no comprendía a qué venían las audaces confesiones de Archie, por supuesto que había notado sus miradas, pero le reconfortaba saber que él jamás haría nada para incomodarla. ¿Por qué de pronto estaba tan decidido a cambiar el estatus quo?

–Si yo tuviera la más mínima esperanza de una oportunidad contigo, hace mucho tiempo que serías mía — los ojos de miel estaban encendidos; las eternas confesiones nocturnas, eróticas, tiernas, lujuriosas y desesperadas que había hecho al viento durante años explotaban dentro de él —. Yo no me habría detenido a pensar en lo que la sociedad diría, quizás soy un monstruo egoísta, pero tú me importas más que nadie, más que todo en el mundo. Y te veo a ti, sintiendo lo mismo que yo siento por ti hacia alguien más… te veo consumiéndote en los años, sin aquélla hermosa sonrisa que recuerdo, te veo sin la determinación que me enamoró, ¡Y tú sabes mejor que nadie que una sola palabra tuya sería suficiente para que el duquesito malcriado lo dejara todo por ti! Estoy decepcionado, Candy… decepcionado porque no tienes el valor para ir por lo que quieres y te pertenece. ¿El ducado, Susana, la aristocracia? ¡Por favor, Candice! Hace muchos años que Terry había renunciado a todo solo por ti. ¿Lo has olvidado? ¿Ya olvidaste que dejó a su padre y renunció a ser el heredero aparente solo para que permanecieras en el San Pablo y conservaras el apellido Andrew? ¿Qué no dejaría por ti si él supiera que tiene un hijo contigo? Yo no tengo un hijo contigo, pero si viera la más mínima oportunidad, el más mínimo interés, ya lo habría dejado todo por ti.

—No sigas, Archie, por favor.

—Lo siento, ya comencé y no voy a detenerme hasta que me prometas al menos que lo pensarás. Deberíamos estar volviendo al Maury para permitir que el viaje tome su rumbo. Pero no, aquí estoy, como siempre, dejándote hacer lo que quieras. Yo podría decirte perfecto, sin equívoco alguno, lo que Terrence siente. Podría hablarte de las noches que no duerme buscando tu aroma, tu cuerpo, tus caricias. Estoy seguro de que se tortura recordándote porque solo le ha quedado tu ausencia. ¿Quieres que sea más explícito y te hable de sus deseos lujuriosos? ¿Del vacío que posee porque no sabe dónde canalizar sus eróticos momentos? ¿O prefieres que te explique cuánto extraña la familia que soñó contigo?

—Nunca pensé que intercedieras por él.

—También con él estoy molesto y mucho, a él sí podría llamarlo imbécil de frente. Si no se hubiese alejado de nosotros ya te habría descubierto y yo no tendría que cargar con el pesar de este secreto.

—Lo siento, Archie. Nunca pensé que fuera tan gravoso de llevar para ti.

—No, porque solo has pensado en lo que has querido. Estás perfecta —había incluso sarcasmo en su tono y reproche—. Tu hijo tiene una figura paterna en Albert y él está feliz con la familia que le arrebató a quien se atreve a llamar hermano.

—¡Archie! ¡Cómo te atreves! —la mano de Candy estaba a punto de precipitarse en una bofetada, pero Archie fue más rápido y la detuvo.

—¿Crees que no le he dicho lo que pienso a Albert? He estado a punto varias veces de viajar a Escocia porque muchas veces he discutido con él. Candy, esto te va a caer encima y no quiero que te destruya. Piensa en lo que te dijo tu hijo: ¡Lo encontró casualmente! ¡Terry sintió algo! ¡Tú lo viste! ¿Crees que Terrence no sintió nada cuando lo tuvo a menos de un metro? ¿Qué derecho tienes de impedir que padre e hijo se abracen? Si él te hubiese hecho algo. Si él te hubiese abandonado, decepcionado, engañado… entonces yo comprendería. Pero me consta, y a Albert también, que él te buscó; nos consta cuánto sufrió por ti. ¿Cómo quieres que siga guardando silencio cuando la vida te grita a todo pulmón que tienes que hacer lo correcto? Si tú no quieres nada con Terrence, me parece bien, está casado, lo puedo comprender; pero no me pidas que siga siendo tu cómplice. Adoro a tu hijo, lo amo tanto como si fuera mío y sé que él lo sabe. Estoy orgulloso del joven en quien se está convirtiendo y no dudaría ni un minuto en permitirle cortejar a cualquiera de mis hijas si él quisiera; así es como lo amo. Y ya no quiero que siga viviendo en una mentira, mientras le niegas el derecho natural de saber quién es su padre, su abuelo, su abuela, que seguramente lo amarán tan pronto lo conozcan. Comprende, Candy: La verdad siempre encuentra su camino hacia la luz. Si tú no le dices la verdad a Terrence y él lo descubre por sí mismo, eso jamás te lo perdonará… y créeme, Candice, Terrence descubrirá a su hijo tarde o temprano. ¿Qué harás, Candy, cuando eso suceda?

—Nunca me habías hablado así, Archie — ella bajó la mirada desconcertada.

—Lo hago porque te amo, no me obligues a repetirlo.

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De mi escritorio: ¡Gracias por leer! Y muchas gracias por sus comentarios. Realmente los aprecio. Ya solo me faltan un par de capítulos o quizás solamente uno, depende de la longitud.

Maly.

Torreón, Coahuila, México., a 9 de febrero de 2021.