Mauretania de "Su Gracia"
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., Tokio, 1976. Usados en este fic sin fines de lucro.
Capítulo 9. 1935.
Chicago en diciembre es realmente hermoso.
Las calles se llenan de luces navideñas y las personas se refugian en sus hogares preparando las fiestas de fin de año.
Archie respiró profundo, con el periódico en las manos tras de la bella puerta de caoba de la oficina de William Albert Andrew. Siempre que hablaban del tema que pensaba abordar, su tío se ponía a la defensiva.
Albert había hecho un gran trabajo criando a Terry. Lo amaba mucho y seguía muy enamorado de Candice, aunque nunca había intentado nada con ella. Escondía siempre sus sentimientos porque lo que sentía por ella era imposible. Él era su tutor legal.
Archie, se lo había reprochado muchas veces, él estaba feliz con una pseudo familia. Ni siquiera se esforzaba ahora por buscar una esposa y tener hijos; él ya tenía una familia en su interior, aunque solamente él lo supiera… y Archie por supuesto. Al parecer ambos ignoraban que la tía abuela comprendía perfecto la dinámica de la vida entre Candy y Albert. La única que no lo sabía, era Candice.
Albert era un hombre noble, por supuesto que había noches en que no podía dormir porque su conciencia le reclamaba lo que hacía, pero se había metido tanto a Candice y Terry en su alma que renunciar a ellos era imposible. Y no es que careciera de bondad, simplemente, era un hombre, sin súper poderes, un hombre maravilloso y deslumbrante como el que más, pero un hombre como todos, con defectos y desafíos. Así era como lo había descubierto Archie, que también sabía que tenía sus defectos y en ocasiones se juzgaba a sí mismo con mucha dureza, sobre todo, por no lograr la felicidad plena porque así él mismo lo había decidido al atarse a un amor no correspondido.
Archie tocó la puerta con mucha cortesía. No quería que su carácter impulsivo lo traicionara una vez más. Llevaba la edición matutina del Chicago Tribune en la mano y estaba seguro de que Albert debía tener su propio ejemplar cerca de él, quizás por eso no había salido de su despacho en toda la mañana.
—Supongo que te has enterado— expresó con rostro serio al abrir la puerta tras escuchar la autorización para entrar.
—Por supuesto… — fue la única respuesta. Albert se enfrentaba ahora a una inesperada realidad.
—Es increíble que la esposa del heredero aparente del duque de Grandchester haya muerto y los periódicos subrayen únicamente que Terrence G. Grandchester es ahora el soltero más codiciado de Europa, en lugar de hablar más sobre Susana Marlowe.
—Recuerda que fue un matrimonio morganático; el pueblo inglés nunca le dio importancia a Susana Marlowe. Nunca fue la futura duquesa. Terry tiene no sé cuántos títulos y ni siquiera pudo ella portar alguno de cortesía.
—En fin… —Archie suspiró profundo, con seriedad, mientras se sentaba frente a su tío —supongo que sabes lo que esto significa. Supongo que sabes de lo que vengo a hablarte.
—Lo sé— respondió en tono derrotado — y supongo que tienes razón. Llegó la hora.
—¿Estás listo? —Archie amaba a su tío. Él había tomado el lugar de su hermano hasta donde pudo. Gracias a Albert, Archie había salido de su soledad.
—No creas que soy tan testarudo, Archie. Tú siempre me lo advertiste. Siempre te escuché; recuerdo cada palabra y estoy dispuesto a enfrentar lo que venga si eso significa que Candy por fin puede ser feliz.
—¿Y qué piensas hacer, Albert?
—Yo no puedo hacer nada más allá que estar ahí siempre para ella. No será fácil —resopló.
—Tienes razón. La única que puede hacer algo, es ella.
Esa misma mañana le dieron la noticia a Candice y todo lo que obtuvieron fue silencio. Un profundo y penetrante silencio. Las palabras se ahogaron en sus labios y en su alma. Ahora tendría que hablar, tendría que decir la verdad. Ya no tenía ningún motivo para guardar silencio. Quizás perdiera a Terrence —porque ella sabía que aún se pertenecían mutuamente—, o quizás perdiera a Terry, o peor aún, quizás los perdiera a ambos.
Los meses pasaron sin que Candy tuviera el valor para enfrentar al padre de su hijo. Albert estaba igual que ella, el único impaciente era Archie. Archie no soportaba la situación y la tía abuela estaba tan impaciente como Archie.
En abril recibieron la invitación para la subasta de los artículos del Maury organizada por Hampton and Sons. Había dos estolas que Candice había dejado olvidadas en su habitación, una era de seda y la otra era de vicuña. La Cunard White Star Line preguntaba también sobre el interés de recuperarlas o donarlas para la subasta.
Archie se tomó la libertad de responder: Donarían las prendas y participarían en la subasta.
—¿Qué es lo que hiciste Archie? — reprochó Albert — ¿No te das cuenta de lo que eso significa?
—Sí, lo sé; es justo lo que estaba esperando. La naviera va a describir los objetos y su historia, Candy debe saber qué tanto está dispuesto a pagar el duquesito malcriado por la verdad —Archie se estaba soliviantando y no daría un paso atrás.
Albert desvió la mirada, tenía un brillo desafiante a la vida en sus verdes ojos.
—No se la pondré fácil —amenazó Albert.
—Haz como quieras, tío. Me llevaré a Candy y a Terry a Londres esta misma semana —sentenció decidido mientras abandonaba el despacho sin prestar atención al pesar en el corazón de Albert.
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Londres, mayo 1935. Tras la subasta.
—¿Qué es lo que quieres, Cornwell? ¿Has venido a burlarte de mí?
—Imbécil— respondió —. De verdad, no lo comprendo…
Archie se detuvo de cualquier cosa que quisiera expresar y se hizo a un lado para que la visión de Terrence quedara libre hacia un árbol no muy lejos de ahí. En cuestión de segundos una hermosa figura femenina salió de detrás del tronco del árbol visiblemente nerviosa.
Era mayo… como aquella primavera de mil novecientos catorce, antes del estallido de la guerra. Y nuevamente estaban ahí, en el zoológico.
—No lo eches a perder— le advirtió Archie antes de dejarlos solos, pero su gracia ya no lo escuchó.
Por un momento Terrence no supo ni qué hacer, ni qué decir. Se quedó ahí de pie, sin que ninguna de sus extremidades le obedeciera. Parecía un adolescente; el mismo adolescente de más de veinte años atrás, solo que tuvo cuidado de esta vez no abrir la boca para decir tonterías. Sus ojos apenas parpadeaban, se habían quedado perplejo ante la esplendorosa visión frente a él. Esa mujer había estado muerta para él; se martirizaba en el desconsuelo de no haber encontrado su cuerpo y de pronto aparecía, tan gloriosa como un ángel.
Afortunadamente no era el único que se había quedado pasmado, pues la mujer a unos cuántos pasos estaba en el mismo estado. Era claro que estaba tan sorprendida como lo estaba su gracia. Y sí: Tenía la misma mirada que aquella adolescente en el Mauretania.
—Siento mucho la muerte de tu esposa—, eso jamás fue lo primero que habría querido decirle después de tantos años. Se sintió estúpida.
La voz de Candy lo trajo a la realidad, ella no había estado muerta, ni era un ángel. Terrence se sentía perdido, no lograba comprender absolutamente nada.
—No importa— Terrence quiso regresar las palabras. Siempre las había pensado, pero haberlas dicho en voz alta, le pareció demasiado cruel.
Afortunadamente, la mujer frente a él parecía comprender todos sus lenguajes y se sintió aliviado cuando notó que ella no lo juzgaba, sino que, además, una ligera línea curva de compenetración se dibujaba en sus labios; ella comprendía perfectamente a qué se refería. Susana había muerto unos meses atrás, siempre sola, allá en Nueva York, mientras que su flamante esposo se las arreglaba para huir continuamente de ella, poniendo como pretexto sus responsabilidades en los negocios y hacia los últimos años había sumado la vejez de su padre y su necesidad de soporte en los asuntos de su título en la cámara de los lores. Terrence ahora prefería la soledad de su rústica villa que el ajetreado mundo de Broadway, pero se había asegurado de visitar a su esposa al menos cada tres meses, de proveer para ella todo lo que necesitaba y de que el tiempo que la visitaba su atención fuera exclusiva para ella. Eso sí: esquivando los audaces avances de ella para que la llevara a vivir a Escocia, con él. Susana jamás conoció la villa de su esposo ni en Londres, ni en Escocia.
Finalmente, Terrence logró que sus pies se movieran y vio cómo Candy se ruborizaba por su cercanía. Su corazón irremediablemente comenzó a latir con rapidez y con audacia presionó la pequeña naricita de ella ocasionando que la mujer sonriera como una estúpida y tartamudeara su nombre.
—No entiendo nada, ¿Cómo es que estás viva? ¿Por qué no te comunicaste conmigo? ¿Qué haces aquí? —la mente rápida de Terrence lo puso a la defensiva.
—Archie… él me trajo— su voz sonó desconcertada, ella tampoco sabía muy bien qué estaba haciendo ahí. Aunque tenía una idea. La verdad es que Archie le había ocultado todo desde el principio; la había llevado a Londres con engaños y, como esta vez Annie viajaba con ellos, no tuvo objeción.
—¿El elegante?
—Archie, Terry — lo corrigió.
—Terry… — él murmuró su hombre, como queriendo atraparlo para siempre. Ella lo decía diferente. Solo Terry.
—Llegó a la villa Andrew después de la subasta, dijo que yo debía aceptar que te lo habías ganado y que esta vez debía hacer lo que él me había insistido por tantos años. Y aunque Albert protestó un poco, Archie prácticamente me tomó del brazo, le exigió a Albert que le dijera dónde encontrarte, me metió al auto y manejó hasta aquí. No eres nada difícil de localizar, por cierto.
—¿Y por qué el elegant… Archie —corrigió— quería que hablaras conmigo? ¿Por qué él tuvo que traerte? ¿No podías venir por ti misma? —hubo un silencio incómodo —¿O no querías? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué?... —Terrence estaba como loco, pero trataba de controlarse, sus palabras eran nerviosas, sus pensamientos iban de un lado a otro; no se atrevía a sacar sus propias conclusiones. "No lo eches a perder", le había advertido Archie, así que trató de calmarse. El elegante conocía muy bien sus arrebatos, ambos eran iguales. Terry pensó que seguramente necesitaba esa advertencia.
—Dijo que habías llegado al precio. Dijo que debías saberlo todo —ella estaba nerviosa. Su voz fue tan solo un hilo.
—¿Al precio? ¿Diez mil libras esterlinas era todo lo que tenía que pagar para hablar contigo? —preguntó indignado —. Pues vaya que el elegante te tiene en alta estima — usó tal tono de sarcasmo que a Candy se le erizó la piel. Luego Terrence, con delicadeza, le ofreció su brazo para invitarla a caminar con él.
Era muy extraño ese reencuentro. Él había imaginado que jamás la volvería a ver. Pero cuando se atrevía a soñar despierto, imaginaba que le haría el amor de inmediato, en esa banca en que había estado sentado, por ejemplo, a plena luz del día, cuando el zoológico hubiera cerrado, por supuesto. Sin embargo, Terrence sentía cosas completamente distintas a la pasión en este momento. Los ojos de Candy eran de temor y todo lo que lo embargaba era el deseo de protegerla.
—Lo mismo le dijo su esposa… eso de las diez mil libras esterlinas.
—¿Su esposa?
—Por supuesto, su esposa; eso dije. Archie y Annie tienen ocho hermosas hijas y al final, un pequeño y guapísimo Alistar aún en los brazos de su madre.
Terrence ya no hizo ningún comentario. Era obvio que el elegante había sido muy inteligente para esconder sus sentimientos de la señorita pecosa, pero no los había ocultado de él. La mirada de esta mañana en la subasta no era la de un amigo o la de un hermano, él lo sabía, pero le guardaría el secreto —al menos fue lo que él pensó—.
—¿Qué fue ese teatro de la subasta? ¿Por qué no recuperaste esa estola cuando te enteraste de ella? La naviera publicó una lista de los objetos perdidos que aún poseía antes de subastarlos. Si tanto la querían recuperar, solo era cuestión de tomarla.
—Yo no sabía nada de esa estola hasta esta mañana. En realidad, eran dos, una de seda y la de vicuña. Ni siquiera las recordaba. Pero ahora recuerdo cómo olvidé la estola que llevaron a casa hoy. Aquella ocasión de desembarque la tomé, sin embargo, finalmente decidí usar…
—Un abrigo —la interrumpió Terry— un abrigo rojo.
—Lo recuerdas… — ella sonrió con cierta satisfacción, su vanidad había sido alimentada, su ego se fue al cielo.
—Imposible de olvidar — fue la única respuesta, pero la profundidad de la voz penetró en Candy.
—Tía Candy — una pequeña tiró de su vestido.
—¡Linda! ¿Qué haces aquí?
—Mamá dijo que era buena idea visitar el zoológico. Papi dijo que viniera aquí para cuidarte.
—¿Annie los trajo? — Candy se inclinó para tomar a la pequeña en sus brazos. Mientras levantaba a Linda buscaba a su familia; los vio cerca, pero no tanto como para evitar la privacidad de la pareja.
—¡Hola, Terry! — Annie saludó a Terrence a lo lejos, agitando la mano, como si fueran buenos amigos. Su gracia se sintió cómodo. Se había negado a ir a las reuniones de exalumnos del San Pablo, precisamente para evitar encontrar a los Andrew; ahora entendía que quizás había sido un error.
Annie tenía una sonrisa dulce, era muy femenina. La maternidad la había convertido en una mujer muy atractiva. Terry le devolvió el saludo haciendo una reverencia para ella.
—Entonces… me decías: La estola.
—La carnada.
—¿La carnada?
—Eso dijo Archie, así la llamó. No sé si era una carnada para ti, o para mí, pero al final logró ponerme frente a ti. Sin embargo, de verdad, yo no sabía hasta que venía en el auto y le pedí a Archie que me explicara. Él insistió en que yo debía comprender que habías pagado el precio y yo quería saber por qué decía eso.
—A las diez mil libras — concluyó Terry mientras la guiaba hasta una banca cercana, a la vista de la familia Cornwell.
—No exactamente — Candy sentó a la pequeña Linda en la banca y luego, con el atrevimiento de siempre llevó su mano al bolsillo del abrigo de Terry.
No encontró nada en el primer bolsillo, así que continuó buscando en el otro. Era obvio que Terrence extrañaba esos atrevimientos y que los disfrutaba. Puso sus manos en alto, permitiendo la intromisión de la pecosa casi divertido. Era igual que siempre, bastaba que ella estuviera cerca para sentirse más ligero.
—Esto… — le dijo mostrando la estola en su mano.
—Me descubriste. Soy culpable —sonrió fingiendo clemencia.
—¿Cómo la obtuviste?
—Se te cayó al salir de la suit del señor Stanford durante el viaje en que te conocí. Quise devolvértela —sonrió antes de corregir—. En realidad, no quería devolvértela, pero me pareció un pretexto perfecto para abordarte cuando me sintiera listo.
—Neal y Archie dicen que, si has guardado mi estola por casi veintiún años, entonces, mereces saberlo todo. Dice Archie que pagaste un alto precio y Neal parece apoyarlo.
—Sigo sin entender… pero sí quiero saberlo todo: Merezco una explicación —de pronto su rostro se puso serio.
—Pues esas son las piezas que tengo del rompecabezas de esta mañana. Supuse que tú tendrías más piezas.
—No. Yo no tengo nada, puedes volver a manosearme… no encontrarás nada — le dijo socarrón — puedes revisar hasta el último rincón.
—Archie, Albert y Neal esta mañana, con el desarrollo de la subasta, pensaron en la posibilidad de volver a América igual que como vinimos, pero cuando sacaste la estola para burlarte de ellos los desarmaste. Llegaste al precio. Al menos eso fue lo que me dijeron Archie y Neal. Ya habías hecho mucho pujando por la estola, pero lo que hiciste al final le dio la razón a Archie. Así que me tomó del brazo y me trajo hasta aquí.
—Tía Candy. Voy con mamá, ¿puedo cuidarte desde lejos?
—Claro que sí. Ve con tu mamá. Y gracias por cuidarme — la pequeña hizo maniobras para bajar de la banca y luego caminó hacia sus padres. Archie la recibió envolviéndola en sus brazos y llenándola de besos.
—¿Y qué es lo que quiere el elegante que me digas? ¿Qué es lo que debo saber?
—Mi historia.
—Por supuesto, quiero saber qué fue lo que sucedió. Yo te busqué…
—Lo sé, lo sé… no tienes que explicarme nada — ella cambió su tono. De pronto se puso muy nerviosa.
—Entonces, si conociste mi historia. Si sabías que yo te pensaba muerta… —su rostro se endureció— ¿Qué pasó contigo? — Candy descubrió un tono de reproche. El lenguaje corporal de Terrence era de emociones contenidas —. Quiero saber tu historia.
—No es tan sencilla, en realidad. Yo estuve varios años alejada de la familia. Albert y Archie fueron por mi cuando me liberaron los bolcheviques hace doce años.
—¿Fuiste prisionera en Rusia? — Terry se enojó tanto consigo mismo. ¿Por qué no se le ocurrió esa posibilidad? Se sentó y luego se recargó con pesadez en el respaldo de la banca.
—Así es…— Candy explicó su historia, desde que salió de París, hasta que fue hecha prisionera y luego liberada —. No me atreví a buscarte, tú te habías casado… y así pasaron catorce años sin verte.
—Quince, casi dieciséis — interrumpió Terry — siete de agosto de mil novecientos diecinueve.
—Otra vez… lo recuerdas — nostalgia pura era lo que había en las palabras de Candy.
—No sé cómo te dejé permanecer en la guerra después de lo que pasó entre nosotros.
—Queríamos estar juntos, esa era la única manera — ella no pudo soportar la intensidad de los zafiros que la miraban y bajó la cabeza.
—Habían pasado cinco años sin vernos y de pronto estabas ahí. Todo explotó en cuando te vi. Descubrimos que no había tiempo ni distancia que acabara con lo que sentíamos. Ya habíamos pasado cinco años separados y estábamos más enamorados. Te entregaste a mí y me hiciste el hombre más feliz del mundo.
—Tuve que irme sin despedir. Salimos furtivamente. Nadie sabía de la misión hasta que estuvimos en ella. Cuando me liberaron tú eras un hombre casado y yo no podía enfrentarme a eso.
—Cada mañana, después de que te supe perdida, fueron las peores de mi vida —Terrence trató de ocultar un nudo que tenía en su garganta —. Lo perdí todo nuevamente, pero ya no estaba dispuesto a volver a perderme a mí mismo. Lo único que tenía era mi palabra empeñada a Susana años atrás, así que cumplí con mi promesa.
—Lo supe desde siempre, no tienes que explicarlo — ella estaba preocupada.
—Tía Candy. Dijo el tío Albert que ya están aquí — la pequeña había vuelto con una sonrisa, se veía feliz de ir a buscar a su tía Candy. Era obvio que la adoraba.
—Gracias. Dile que espere un poco, por favor — Candice vio a Archie tomar a su hija en sus brazos nuevamente y luego a los Cornwell los dejaron completamente solos.
—¡Vaya! Toda la familia Andrew está aquí.
—Ten por seguro que estar aquí es lo último que Albert hubiera querido. Archie lo acusa constantemente de que él prefiere el estatus quo. No está del todo de acuerdo con Archie, pero como siempre, termina por dejarnos hacer lo que consideremos mejor y me parece que ahora está confiando en Archie.
—Cada vez entiendo menos.
—Terry… —los ojos de Candy se tornaron atemorizados. Como si lo que tuviera que decir la estuviera matando.
—¿Qué sucede, Candy? — por alguna razón Terrence se sintió invadido por los nervios y la emoción. Se acercó a ella y la obligó a mirarlo a los ojos enmarcando delicadamente el rostro pecoso que adoraba entre sus varoniles manos. Ella sintió que sucumbía de nuevo ante las reacciones que ese hombre provocaba en ella.
Los ojos de ambos se comunicaron por un largo tiempo. Terrence hurgó en la mirada de Candice al punto de que fue capaz de descifrar el mensaje; las verdes esmeraldas fueron perfectas para decir lo que los labios no se atrevían. Ella sabía que él no podía creer lo que había encontrado en su mirada. Ambos estaban temblando. Terry temblaba de alegría, de plenitud… de rabia, de todo al mismo tiempo. Candice temblaba de arrepentimiento, de miedo y de vergüenza. Ella tenía sus manos aferradas a los antebrazos de Terry que seguían sujetando su rostro con decepción y reproche. Sintió el repentino cambio en la forma en que Terrence sujetaba su rostro; antes había sido de curiosidad, de amor reprimido, ahora percibía fuerza, intolerancia, rechazo; aunque ella sabía perfectamente que sus ojos brillaban diferente, allá, detrás del orgullo y el enojo, había esperanza y regocijo lastimados.
—¿Es eso cierto, Candy? — apenas pudo preguntar. No se desmoronaría. No delante de ella — ¿dónde está? —.
Ella no podía articular palabras, estaba asustada. Las advertencias de Archie rodaban hacia ella como una avalancha que la dañaría. Terrence no tenía tiempo para las guerras internas de Candice, se levantó para ir en busca del elegante, estaba seguro de que él le diría lo que la pecosa no podía decirle.
—¡Espera, Terry, él no sabía nada de esto hasta hace un par de horas!
—¿Él? ¿Es un varón? — volvió sobre sus pasos con enojo, pero solo medio camino; ya no quiso acercarse a ella. Sus ojos eran fuego abrasador — ¡Tengo un hijo! ¡Por favor, Candy! ¿Cómo crees que yo puedo pensar en otra cosa? ¡Te exijo que me digas dónde está mi hijo!
—Está con Albert. Archie dejó estacionado el automóvil en la entrada principal. Albert y Terry deben estar allí con ellos.
—Terry… – susurró al viento y apresuró su paso sintiendo su corazón latir desbocado.
Terrence caminó con paso decidido y presuroso. Buscaba dejar de sentir la ausencia que reconocía ahora. Sabía que Candice estaba pisando sus talones y podía sentir todavía el temblor de su cuerpo percibido recientemente. Trataba de encontrar dentro de sí un poco de cordura, algo que le ayudara a tranquilizarse y a poner las cosas en su sitio; pero su cabeza estaba tan fuera de sí que no lograba poner en orden ni sus ideas ni sus pensamientos.
Obviamente no tardó en encontrar los lujosos autos de los Andrew. A lo lejos reconoció a Albert, quien no tenía la sonrisa de siempre y junto a él, vio a aquel joven pecoso que conoció en el Maury ocho meses atrás. Lo reconoció de inmediato. Esos ocho meses habían provocado una metamorfosis en el jovencito: era aún más alto y ligeramente más corpulento. Se vio a sí mismo. Nuevamente, a pesar de la distancia, zafiro con zafiro estuvieron frente a frente. Terrence reconoció rebeldía y sufrimiento en el lenguaje corporal de su hijo. Estaba como un león enjaulado pero entrenado, sumiso y agresivo al mismo tiempo… a la defensiva.
Fue igual que la comunicación que tuvo con Candice previamente. Terrence lo entendía perfecto; sabía exactamente lo que su hijo le estaba pidiendo y estaba dispuesto a dárselo.
Padre e hijo se encontraron en la distancia y en silencio.
Terry caminó hacia su padre sin que nadie se atreviera a detenerlo y, cuando estuvieron a tan solo un brazo de distancia no se produjo el añorado abrazo. Ambos tenían miedo a lo que se gritaban con los ojos y, sin decir palabra, dieron la espalda al grupo que los miraba e iniciaron la exploración de una vida que era desconocida para ambos.
Candice detuvo su carrera estupefacta. No encontró su voz al momento. Las siluetas de los dos hombres de su vida cada vez eran más pequeñas. Por fin, después de mucho tiempo un grito se escapó de su garganta, pero ninguno de los dos respondió al llamado.
—Candy… — Annie se acercó a ella cariñosa — no deberías dejar que Terrence se lo lleve.
—¿No lo viste, Annie? No se lo llevó. Terry se fue con él.
—¿Y no harás nada, no irás tras ellos?
Candice recordó el sufrimiento de Terrence en Escocia y el enorme rechazo con el que se encontró Eleonor cuando trató de hablarle. Recordó cómo él se aisló en su recámara sin querer ver a nadie. Había mucho de Terrence en su hijo; de hecho, era más parecido a él que a su madre por dentro y por fuera. Supo que no había nada que pudiera hacer por el momento.
Era la primera vez que Albert no tenía palabras de consuelo. Vio el reproche y el enojo en los ojos de Terrence, además, había percibido un cambio en su trato con Terry y se sentía tan culpable como Candy. Fue Archie quien se atrevió a decir:
—Muy bien Candy, creo que ahora serás tú quien tendrá que esperar cuando ellos estén listos.
—¿Y lo estarán?
—No lo sé. Tú los conoces mejor que nadie. ¿Lo estarán?
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De mi escritorio: Mil gracias por sus mensajes para retroalimentarme. Me siento humilde de saber que están ahí, del otro lado, tomando tiempo para leer estas ocurrencias.
Leo sus mensajes y solo quisiera comentar que estamos situados en las primeras tres décadas del siglo pasado. Estoy segura de que saben que muchas de sus abuelitas no piensan igual que ustedes; imagínense la brecha de pensamiento con sus bisabuelas o tatarabuelas. Estoy tratando de pensar como alguien de principios del siglo pasado, nos guste o no como actuaran, sus principios, su educación, sus paradigmas.
Me sorprende la facilidad que tenemos para juzgar y cuán prestas estamos para no perdonar y guardar rencor desde una época en la que nos guiamos con modelos diferentes.
La mente humana es tan pero tan compleja: lo que para uno está bien, para otro puede estar mal, muy mal… creo que la tolerancia es la clave. Todos somos un tanto egoístas y bondadosos, todos hacemos cosas buenas y de pronto nos vemos haciendo algo incorrecto, en todos nosotros cohabitan el mal y el bien. Encontrar el equilibrio es nuestra lucha.
En cuanto a las ganas de hacerlos sufrir: Esta historia está clasificada como drama.
Y sobre el amor de Archie: Vivir como él lo hizo hoy eso sería una locura. Pero la historia está situada en las primeras tres décadas del siglo pasado, por eso fue fiel a sus responsabilidades familiares y sociales.
Mil gracias por leer. Ya solo me falta el final y procuraré que sea rápido; me apena haber tenido tantos inconvenientes para desarrollar este compromiso.
Maly. 10 de febrero de 2021. Torreón, Coahuila, México.
Para mis memorias: Celebré mi cumpleaños escribiendo este penúltimo capítulo.
