Mauretania de "Su Gracia"
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., Tokio, 1976. Usados en este fic sin fines de lucro.
Capítulo 10. 1935.
"¡El barco expreso está esperando sus órdenes!
Encontrarás el Mauretania en el muelle,
hasta que su capitán gire la palanca de su mano
y la monstruosa ciudad de nueve pisos se hace a la mar."
Rudyard Kipling "El secreto de las máquinas" poesía —fragmento—.
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—Bienvenido, hermano — Mark comprendió de inmediato que no era el mejor momento para entablar conversación con Terrence. Reconoció su actitud. Era obvio que estaba encerrado en sus pensamientos y, aunque al parecer la presencia del joven que le acompañaba lo reconfortaba, Mark adivinaba que su amigo pasaba por un mal momento. Su rostro era de seriedad absoluta, sus hombros estaban caídos ligeramente y su mirada ausente.
Él y su joven acompañante se sentaron a cada extremo del sofá frente a la chimenea.
Mark se dedicó en silencio a encender el fuego y luego, fue donde su madre para anunciar la inesperada llegada del señor de la villa con un acompañante, o quizás un viajero del tiempo… sí, quizás era su hermano Terry que había viajado desde mil novecientos catorce para darle alguna extraña advertencia a su futuro yo.
—Parece que ese físico, ese tal Einstein, no está tan loco — se descubrió pensando. Estaba sin palabras por el excepcional parecido físico y de actitud—.
Poco tiempo después, la madre de Mark entró en silencio y tras saludar con discreción también, colocó las viandas en una pequeña mesa, cerca del sofá principal frente a la chimenea. Ella conocía la rutina cuando su gracia, el honorable Terry Grandchester, se encerraba en sí mismo.
Sin embargo, ninguno de los dos hombres en la estancia sabía cómo actuar en esta situación. Pese a que habían compartido ya más de medio día, no habían intercambiado palabra alguna durante el viaje de Londres a Escocia y la situación ahora se prolongaba frente al crepitar del fuego.
No estaban incómodos mutuamente. Eran tan iguales que ambos sabían que el otro necesitaba espacio, que estaba meditando y sufriendo tal como lo habían aprendido a hacer: en silencio. Se preguntaban una y mil cosas, no respecto al otro, sino respecto a ella… a Candice. Respecto al otro lo tenían más que claro: estarían juntos para siempre. Ahora estaban complementados y ninguno podía imaginar un futuro lejos del otro. Habían hecho un pacto tácito al respecto.
Terry siempre supo que su padre faltaba en su vida, era obvio; las pocas veces que se atrevía a preguntar por él su madre solo tenía halagos y terminaba escondiendo sus lágrimas. Por eso trataba de evitar averiguar más. Odiaba ver llorar a su madre, aunque, sin importar cuánto él evitara indagar sobre su origen, de cualquier forma, de vez en cuando la descubría llorar a escondidas y sin dudarlo, él sabía que era a causa de su padre.
—¿Lo extrañas, mucho, verdad, mamá? — le preguntaba con frecuencia.
—Mucho…
—¿Lo amas todavía? — ella nunca respondía. Pero él lo sabía bien: Si lo extraña, es porque lo ama.
Terry sabía que la Hermana María y la Señorita Pony habían explicado a su madre que el Señor había enseñado que "cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" en las mañanas, cuando enseñaban las escrituras a los niños mayores en el Hogar de Pony. "También aplica para las mujeres que miran a hombres casados para codiciarlos" había sentenciado la hermana María.
Y no, Candice no quería ser llamada de tal manera. Pensar y desear estar cerca de Terrence sería algo que jamás permitiría que sus labios confesaran, ni siquiera al viento. Sabía que Archie y Albert conocían los sentimientos de su corazón, pero jamás hablaban de ello. Era una regla no escrita.
Por su parte, Terrence estaba más tranquilo.
Sus manos aún le quemaban con el contacto de la piel de Candice.
La había escuchado. Él la conocía y eso lo colocaba en una cruel disyuntiva. La había amado por la bondad en su corazón, por su valor y la singular forma de enfrentar las adversidades.
El estómago de Terry comenzó a protestar y su padre se sintió perdido. ¿Cómo haría para cuidar de su hijo? Tuvo mucho miedo de la responsabilidad, pero al menos ese extraño ruido logró arrancarlo de sus pensamientos y una triste sonrisa apareció en su rostro.
—Lo siento, hijo — trastabilló. No estaba seguro de que al joven le agradara que lo llamara así. ¿No sería demasiado pronto? La tímida respuesta de su hijo lo desarmó.
—Lo siento, padre. No he consumido alimentos desde esta mañana — confesó sintiendo todos los colores en el rostro.
—Será mejor que comamos algo — Terrence no se sentía capaz de formular frases largas. Aunque nada se le apetecía, tuvo el tino de adivinar que, si él comía, su hijo tendría mayor confianza para probar alimentos —ayúdame.
Se levantaron para mover la mesa con las viandas cerca de ellos. No estaban en el comedor, así que tuvieron que maniobrar la pequeña mesa hacia el sofá en que estaban sentados.
—Soy un hombre simple… sin complicaciones… y mi ama de llaves lo sabe, por eso trajo estas viandas hasta aquí en lugar de preparar el comedor — explicó nervioso, espero que no te moleste.
—En lo absoluto — esta vez la sonrisa era mayor — mamá me enseñó a comer incluso en las ramas de los árboles cuando quería escapar de las normas de etiqueta y nos escabullíamos de la tía abuela para estar solos.
Ambos comenzaron a sentirse cómodos. Alejarse de Candice les estaba ayudando a tranquilizarse.
—Sí; esa es tu madre. Una mona pecas. No dudo que lo hiciera — la nostalgia y añoranza de su rostro delataron su estado de ánimo.
Fue hasta que terminaron con las viandas que descubrieron cuán grande había sido su apetito. El estómago satisfecho les puso de mejor humor.
—Así que… tú eres mi padre — el chico se levantó del sofá haciendo a un lado la pequeña mesa y comenzó a explorar las fotografías sobre la chimenea. No había muchas, un par de fotografías de Eleonor Baker, una del Duque de Grandchester y nada más.
—Terry — la voz aterciopelada de su padre lo hizo girar para verlo — toda la tarde he tratado de encontrar la manera de preguntar por tu nombre — la voz le tembló ligeramente.
—Mi nombre es Terry W. Andrew.
—Así que Terrence W. Andrew…
—No. Terry. Solo Terry — aclaró ya sintiéndose más cómodo.
—¿Solo Terry? ¿Por qué?
—Mamá dice que yo se los pedí y que nadie se opuso — el joven terminó de explicar el origen de la W y al final, el uso de su apellido.
Terrence sonrió complacido. Le gustó la idea. "Solo Terry", masculló con gracia.
—Pero entonces, ¿Albert te adoptó? — indagó molesto.
—No. Mamá cuenta que se lo propuso, pero eso significaría negar su maternidad y ella nunca haría tal cosa — Terry fue envolviéndose del recuerdo del amor de su madre —. El tío le dijo que lo que no permitiría sería que mi madre no me diera su apellido, y aquí estoy. ¿Me darás tu apellido? — de pronto lo golpeó la realidad y su sonrisa se desvaneció. Él mismo se sorprendió de su pregunta, que consideró atrevida.
Hubo una pausa parecida a la eternidad, pero al final la voz de Terrence profunda y aterciopelada, con un nudo en la garganta, logró decir "Por supuesto, tú eres mi hijo. Eres un Grandchester".
Una oleada de paradigmas cayó sobre Terrence: ¿En verdad su hijo era un Grandchester, es decir, oficialmente podría reconocerlo? Por supuesto que sí; las cámaras de los lores protestarían, pero le era lícito reconocer un hijo bastardo. Bastardo, cómo odiaba esa palabra. La duquesa de Grandchester se había encargado de etiquetarlo así. ¿Cómo había sido tan estúpido para embarazar a la mujer que amaba y exponerla al escarnio? ¿Cómo lo vería la sociedad, la aristocracia? ¿Perdería él a partir de ahora su honorabilidad? Hasta el momento su vida era honorable. Oficialmente era hijo de los Duques de Grandchester, era el primogénito, el heredero aparente; su padre había cubierto muy bien su origen, ¿Qué sucedería cuando la aristocracia supiera que su gracia, el honorable Terrence G. Grandchester había engendrado un hijo fuera del matrimonio? No es que le preocupara su reputación, sino la de la madre de su hijo. ¿Cómo recibirían a su hijo? ¿Qué dirían de Candy? Seguro la harían trizas. ¿Y si se lo quitaba en secreto para no exponerla? ¿Y si lo adoptaba? ¡Pero qué estupideces estaba pensando! Él no sería como su padre. Pero quizás eso sería lo mejor: adoptarlo. Darle el apellido que le corresponde… aunque, ¿qué caso tiene? Jamás Terry podría ser el heredero aparente de Terrence; era un hijo nacido fuera del matrimonio, sin importar que algún día se casara con su madre, su primogénito jamás podría heredar sus títulos, propiedades y tratos. ¡Rayos! Odiaba haber llegado a comprender la forma de actuar de su padre. ¿Entonces su padre lo había amado, a su manera, pero lo había amado toda la vida? ¿Su padre había protegido a su madre, Eleonor, al arrebatarle a su hijo? ¿Qué era todo aquello? Era un lío total, indescriptible e infinito.
Todo se le había venido encima a Terrence.
Estaba molesto —y mucho— con Candice. Pero… quizás ella se había hecho las mismas preguntas que él ahora se hacía. Quizás ella había tenido que poner en una balanza cada uno de los probables escenarios… quizás ella había llegado a la misma conclusión: La historia tendrá que repetirse. Y no, ella no renunciaría a su hijo. Si su excelencia se hubiese enterado cuando Terry fue liberado con su madre seguramente habría hecho lo suyo para arrebatárselo y obligar a Susana a reconocerlo como suyo, tal como lo hizo con la cara de cerdo. Candice no era Eleonor… ella moriría antes de permitir que le arrebataran a su hijo. ¿Entonces Candice mantuvo a su hijo en secreto no solo por ella, sino también por él? Nunca el peso de su apellido había sido tan gravoso de llevar como esta noche.
—¿Padre?
—¿Uhmm? — respondió ausente.
—Te has distraído. No has contestado mi pregunta.
—¿Pregunta? — se sintió abrumado — lo siento, no escuché tu pregunta.
—Entiendo. Te preguntaba si querrías ir a descansar. Mañana tendremos la cabeza fría y podremos seguir charlando. Sinceramente, quiero estar solo y supongo que tú también.
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Los días pasaron en la Villa Grandchester en completo aislamiento. En el fondo Terrence agradecía que Candice y los Andrew se hubiesen mantenido aparatados de ellos. Necesitaban tiempo a solas, necesitaban conocerse y necesitaban asimilar su historia.
Una tarde, mientras regresaban de una cabalgata por el bosque, su gracia reconoció el doble R de su padre estacionado frente a la villa. El escudo de armas de la casa Grandchester lucía orgulloso en las puertas del flamante auto.
—Te tardaste — se dijo buscando el brío que necesitaría dentro de él.
—Parece que tenemos visitas…
—Así, es hijo. Es su excelencia, el honorable Richard Grandchester, Duque de Grandchester —arrastró el título con ironía—, tu abuelo. Parece que no soportó seguir sin noticias mías.
—¿El abuelo? ¿Qué debo hacer?
—Venir conmigo, por supuesto — lo miró son seguridad mientras desmontaban sus bellos corceles — levanta la cabeza…
Eso estaba de más, por supuesto; su hijo ya caminaba erguido y orgulloso hacia la casa, aunque se detuvo a medio camino, se volvió hacia él, que lo contemplaba enaltecido y le sonrió dueño de la situación.
—¿No vienes, padre?
Su gracia no respondió. Estaba deslumbrado por su hijo.
—Por supuesto, no me lo perdería por nada del mundo.
Terrence permitió que fuese su hijo el primero en entrar a la estancia. Su excelencia estaba impaciente, mirando hacia la puerta; ver aparecer a ese joven con tal porte a pesar de usar un traje de montar, perderse en la fuerza de su mirada y en su personalidad le abrió por entero el entendimiento.
—Terry… — susurró incrédulo. Este joven era su hijo, 20 años más joven. El aristócrata obviamente estaba perplejo.
Con pasos algo temerosos se acercó al recién llegado y, contrario al encuentro de Terry con su padre, su abuelo lo acogió en sus brazos. Lo asió con tal fuerza que el joven sintió que el aire le faltaba. Los brazos de su abuelo eran fuertes y, nunca, ni siquiera con Albert, Terry se había sentido tan seguro y protegido.
Detrás de él Terrence contempló la escena con incredulidad. Su excelencia lloraba emocionado.
—¿Es que acaso mi padre ha sido embrujado? — pensó.
El Duque de Grandchester necesitó algunos minutos para vaciar sus emociones antes de liberar a su nieto.
—Terry — le dijo al joven — necesito hablar con tu padre, por favor, ¿puedes conseguirle a tu abuelo un vaso con agua?
—Por supuesto — el joven trató de recuperarse de la emoción recién vivida, secó sus lágrimas y fue en busca de la madre de Mark.
Terrence no se atrevió a decir nada. Era obvio que para su padre la existencia de su hijo no era una sorpresa y era seguro que su excelencia había viajado porque tenía mucho qué decir.
El Duque de Grandechester le explicó a su hijo que había recibido la visita de Sir William Albert Andrew y de su pupila, Miss Candy. Ellos lo pusieron al día con la historia. Querían que Terry supiera que era libre de elegir lo que quisiera hacer con su vida. Su madre estaba sufriendo, más comprendía el derecho de su hijo de tomar las riendas de su futuro.
—Terrence, debiste haber acudido a mí en primera instancia — reprochó.
—No sé qué hacer, no puedo pensar en nada, le he dado vueltas y vueltas al asunto y no logro encontrar una salida que no lastime a nadie. No quiero exponer a Candy, pero no quiero separarme de mi hijo.
—¿Le propondrás matrimonio?
Terrence evadió la pregunta. No tenía una respuesta. Estaba muy enojado y dolido todavía.
—Vine, porque tengo una idea — su excelencia le sonrió con suficiencia y seguridad — vamos, es urgente. Trae a tu hijo, dile que se olvide del vaso de agua. Apresúrate. No permitiré que te alejes de tu Eleonor.
El rostro de su excelencia tenía un entusiasmo desconocido. De pronto se había quitado treinta años de encima.
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El Rolls Royce entró al caer la tarde en la vieja Londres y se detuvo frente a las oficinas de la Cunard White Star.
—¿Por qué hemos venido, aquí? — Terrence no podía unir los puntos. Su corazón estaba atribulado, en esas condiciones no pensaba claramente.
—Ahora verás — respondió su padre —. Lleva a Terry a casa y regresa por nosotros en un par de horas — ordenó al chofer.
Salieron a prisa y caminaron por los estrechos pasillos del edificio.
—Terrence, sin importar lo que decidas más adelante, si alguna vez decides tomar a Candice por esposa, es ahora cuando puedes protegerla al estar preparado si llega ese día. Por lo pronto nos urge un documento que conste que Terry es tu hijo legítimo.
—Pero eso es imposible, eso no es verdad, Candice no es ni ha sido nunca mi esposa.
—Eso ya lo sé y al igual que tú me sentí muy decepcionado cuando escuché la historia de su nacimiento, hasta que Candice me habló de la forma en que se rencontraron. Busqué al capitán Smith, el mismo que fue el capitán de la "White Lady" cuando era un buque hospital, ya sabes que el desaguase de Maury trae a toda la sociedad sumida en la tristeza y todo mundo ahora está en Londres en torno al evento ¿Sabes que incluso el presidente Roosevelt escribió una carta de protesta tratar de evitarlo?
—Sigo sin entender…
—Aquí debe ser — su gracia y su excelencia se detuvieron frente a una elegante puerta membretada como "Sala de capitanes".
Para sorpresa de los recién llegados, dentro había tres caballeros, de mirada amable y vestir elegante. Richard resopló, esto sería difícil habiendo testigos de lo que quería solicitar, sin embargo, no se dio por vencido.
—Gracias por venir, Capitán Smith — su excelencia le extendió la mano con cortesía — me parece que ya conoce usted a mi hijo — Terrence se acercó aún sin comprender los planes de su padre.
—Por supuesto, ¿Quién puede olvidarse de un héroe de ese calibre? — el capitán extendió la mano a Terrence —. Es un placer volver a verlo, su gracia — expresó sinceramente.
—Lo mismo digo, Capitán Smith — Terrence le devolvió la cortesía.
Uno de los caballeros era el anciano capitán Wold, a quien Terrence había saludado durante el último viaje del Maury y el otro caballero era Sir Vincent Brown*, un amigo de la infancia de Richard. Sir Vincent Brown había sido capitán del RMS Olympic; el eterno rival del Mauretania. Todos estaban retirados.
—Me trae con usted una situación delicada — los caballeros fueron invitados a tomar asiento.
Terrence comenzó a comprender la idea de su padre; este era su problema, él mismo lo resolvería. Con cierta reserva y discreción narró a los capitanes su historia y los hombres lo escucharon con interés sincero, compenetrándose con la historia, sobre todo, por los títulos nobiliarios de su gracia, por su honor y el de la joven a quien él se refería. Cuando se refería a ella su voz tenía un tono especialmente vibrante. Para el Capitán Smith, la joven era la más valiente enfermera que sirvió bajo su mando y para el Capitán Wold, era la dulce chica de la gaviota que había dejado una historia maravillosa, digna de poner en su diario. El nombre de la joven no había salido a la luz, pero los capitanes pudieron extraer el dato con las experiencias narradas por la melodiosa voz del narrador. Estaba atribulado, con el peso de sus responsabilidades sobre sus hombros.
—Lo que deseo — su gracia buscó su voz más segura — es que, Capitán, por favor firme un acta de matrimonio en el Mauretania con fecha de octubre de mil novecientos dieciséis, durante nuestro servicio en la Gran Guerra.
Hubo un silencio casi sepulcral en la sala. Los tres capitanes se miraron unos a otros. Se sintieron incómodos ante semejante solicitud. Esa joven había dejado una excelente impresión en sus vidas, pero lo que su gracia le estaba pidiendo era prácticamente un delito.
—Su gracia — titubeó el Capitán Smith — eso, no puedo hacerlo. Sería fácil firmarlo ahora mismo pues los documentos sin usar de Maury no han sido destruidos, pero lo que me pide va en contra de todo principio.
—Conozco la naturaleza de lo que le pido — replicó Terrence — pero amo a la madre de mi hijo y los quiero a mi lado sin que nadie se atreva a juzgarlos.
—La señorita Candy Andrew es una mujer muy fuerte, seguro encontrarán juntos la manera de enfrentarlo — el Capitán estaba firme en su resolución.
—Por favor, Capitán, usted sabe que ella y mi hijo jamás serán aceptados…
—¿Cómo dijo que se llama la dama? — por primera vez, el Capitán Brown se atrevió a decir palabra.
Nadie respondió. Los caballeros se sintieron avergonzados por haber sacado a la luz el nombre que se había guardado con discreción.
—¿Nadie me escuchó, acaso? ¿Cómo dicen que se llama la dama?
Otra vez, silencio, evasión de miradas, bochorno en la sala.
—¿Están hablando de Miss Candice White Andrew? ¿Es de ella de quien hablas? ¿Cómo te atreviste grandísimo idiota?
El Capitán Brown tomó a su gracia por la solapa y lo levantó. Aún era un hombre fuerte, solo tenía cincuenta y cinco años.
—Cálmate, Vincent ¿Qué es lo que te pasa? — exclamaron sorprendidos Richard Grandchester y el capitán Wold.
—Estás hablando de mi hija…
—¿Tú hija, Vincent? ¡Tú solo tuviste un hijo y murió hace muchos años! — le dijo Wold con voz apacible.
—Y estaba enamorado de ella. Sería su esposa. Me lo dijo en cada carta que me escribió. Candice White Andrew sería mi hija, la esposa de Anthony Brown Andrew. No puedo verla de otra manera.
—¿Tu Anthony y la señorita Andrew? — el Capitán Wold sonrió —. Seguro fueron una bella pareja. Pero tranquilízate, eso no pudo ser. Ella no es tu hija.
Smith, quien era tan fuerte como Brown y su excelencia lograron que el capitán liberara a Terrence. El aristócrata acababa de ser sacudido no solo física, sino emocionalmente.
—Escúchame, Smith. Vas a ir ahora mismo y con toda la discreción del mundo traerás aquí un acta de matrimonio en el Mauretania y la firmarás. No quiero que mi hijo esté preocupado.
—No puedo hacerlo, Vincent, tú lo sabes. Además, por la cuna de su gracia, no pude haberlos casado sin la autorización de las cámaras de los lores, no solo de una, sino de las dos cámaras — el capitán comenzaba a ponerse nervioso.
—Yo me encargaré de eso — garantizó su excelencia — Terrence es mi hijo y yo era su superior en durante la guerra, yo escribiré mi autorización para su boda. Sé que tendré problemas, pero serán mis problemas.
—Hazlo, Smith — le pidió el capitán Wold — si mi hijo me hubiese encargado cuidar de alguna joven, yo haría exactamente lo mismo que Vincent.
El capitán Smith suspiró resignado, no tenía opción.
—Lo haré solo por Anthony. Ese jovencito merece descansar en paz.
—Hágalo por quien usted quiera, pero hágalo — suplicó Terrence mientras lo miraba salir incómodo de la sala de capitanes.
Dos horas después, en la soledad de su habitación en Londres, Terrence seguía contemplado el elegante documento. La fecha era correcta, la firma del Capitán Smith estaba perfecta, el sello del Mauretania había tenido que ser usado y conseguirlo fue tarea difícil… pero el espacio para las firmas de los contrayentes estaba vacío. De hecho, Terrence no se atrevía a firmarlo, sabía que algún día lo haría, pero seguía debatiéndose entre la decepción y el profundo amor por Candice. Quería firmarlo en un momento en que su alegría se le escapara del pecho, quería disfrutar el momento que no lograba alcanzar todavía.
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1 julio 1935
—Papá — Terry entró con cierta tristeza a la recámara de su gracia — hoy llevarán a "The Queen of the ocean" a Rosyth, pensé que te gustaría asistir conmigo. Por favor, acompáñame.
—No me atrevo, me dará mucha tristeza verla partir para ser hecha pedazos. Ese barco es muy valioso para mí.
—Quizás mis tíos y mi madre estén por ahí —sonó como un reto—, escuché que toda la sociedad se está reuniendo para la despedida.
—¿No han vuelto a Chicago?
—No lo sé, pero sinceramente, yo pienso que no. Mamá no se irá hasta hablar conmigo. Seguro está esperando que vaya a buscarla. Quizás el tío Archie sí haya vuelto a casa, pero, si el tío Albert fue tan amigo tuyo como dices, seguro que también está esperando. No la dejaría sola.
—De eso estoy seguro — dijo sarcástico, presa de los celos. Su hijo prefirió no hacer comentarios — Te diré algo, Terry, iremos a Tyne, ahí nació Maury y el itinerario indica que se detendrá media hora.
Terrence no deseaba encontrarse con los Andrew todavía. Era muy probable que ellos estuvieran en Southampton, siendo testigos de la triste despedida del Mauretania de su rival eterno, el RMS Olympic.
Así que Terrence manejó hasta Tyne, bajo el sol veraniego. Ahí presenciaron los cohetes que la despidieron y escucharon todos los mensajes de despedida. La siguieron, manejaron a Newscatle y luego llegaron al pequeño puerto marítimo de Amble, el último, el que siempre despedía a Maury en sus viajes transatlánticos. Ahí se enteraron de que el ayuntamiento local envió un telegrama al barco que decía: "Sigue siendo el mejor barco de los mares", a lo que el Mauretania respondió con "Al último y más amable puerto de Inglaterra. Saludos y gracias". Hasta el día de hoy, todavía se conoce a Amble como "el puerto más amable".
Mauretania llegó a Rosyth, Escocia la mañana del 4 de julio, a las 6:30 am, durante un vendaval, mientras que un gaitero solitario tocaba un lamento fúnebre para el barco. John Maxton-Graham, un historiador, escribió que la última vez que se apagaron los motores de Maury ella dio un "oscuro estremecimiento final".
Unos días más tarde, el domingo 8 de julio, más de 20,000 personas visitaron por última vez a la vieja dama. Terrence no se resistió a la oportunidad de una última vista desde el mirador del pasillo de observación. Esperó pacientemente a que la multitud fuera desapareciendo y ya para el anochecer dirigió sus pasos a su lugar favorito. Ahora era él quien llegaba tarde, pues en el mismo lugar, una dama elegante, con los dedos del viento jugueteando con su vestido de seda, penetraba su verde mirada hacia un pasado que no volvería jamás.
Terrence se escondió como la primera vez que la vio, como lo había hecho tantas veces.
La contempló. Ella estaba asida firmemente al barandal del mirador; sus manos iban y venían, sabedora de que algunas veces su Terry se había detenido en ese lugar. ¿Cómo se atrevían a borrar la huella de su historia?
—Lo siento, Maury, lo siento vieja amiga — lloriqueó — si yo pudiera evitarlo, lo haría —. Gracias por ser mi cómplice, gracias por llevarme a mi destino, gracias por mostrarme al amor de mi vida y luego reunirme nuevamente con él.
Candice se secó las lágrimas caminó por la cubierta de primera clase en busca de la mejor ruta para abandonar el agonizante barco. Terrence la siguió con su mirada desde su escondite, sin atreverse a acercarse. Todas las emociones le robaban el equilibrio. Aún no estaba listo para enfrentarla, aunque esta fuera la última vez que estaban juntos en tan preciado y precioso lugar. Él no quería convertir ese santuario en un mal recuerdo y, si ahora mismo la abordaba, quizás en eso se convertiría. Prefería quedarse por el momento, con el íntimo dialogo que escuchó de la coleccionista de pecas.
Cuando estuvo seguro de que Candice había abandonado el barco, Terrence disfrutó del decorado edwardiano, clasificó los veintiocho tipos de madera diferentes, miró el mármol y los tapices, acarició la mesa octagonal en el salón de fumadores que aún no había sido desmontada, se deslumbró con los varios niveles de roble rojizo del comedor de estilo Francisco I y finalmente, dirigió una última mirada a su gran claraboya abovedada.
Volvió sus pasos hacia el mirador del pasillo de observación y se permitió llorar con nostalgia. Aún sonaban en sus oídos las dulces palabras de Candy, así que él también se despidió.
—Gracias por guardar muchos de mis secretos, mi Lady — apretó su barandal favorito e hizo una profunda reverencia antes de abandonar el barco.
Comenzó a preocuparse por su hijo; hacía un par de horas que se habían separado. Albert tenía razón: controlarlo era como tratar de controlar a sus padres juntos. Para su sorpresa, al caminar por la última rampa, divisó a los Andrew; ahí estaba su hijo abrazado con fuerza a Candice. Terrence tuvo miedo de perderlo. Mientras que Candice lloraba, haciendo un esfuerzo por sonreír, su hijo se guardaba todas sus emociones, pero Terrence sabía que más tarde, en la soledad de su alcoba, sus almohadas estarían húmedas. Lo había escuchado llorar varias noches; de hecho, su hijo le había permitido que le diera consuelo.
Durante más de un mes, Terry había charlado con su padre sobre su madre. Le habló de cuánto la amaba, le narró más de una ocasión en que ella no se sintió con el valor de enfrentar los cuchicheos de la alta sociedad debido a su presencia —la de ambos—, por lo regular trataba de ser fuerte, de permanecer indiferente y con la frente en alto, sin embargo, había ocasiones en que la voluntad la abandonaba. Le explicó que seguía ejerciendo la enfermería en el único lugar que la había acogido, pero que ella se sentía realizada en la Clínica Feliz del doctor Martin, para la que los Andrew hacían frecuentes donaciones y hoy en día proporcionaba uno de los mejores servicios en Chicago. Terrence lo escuchaba con sincero interés, en ocasiones se llenaba de cólera por el rechazo de la alta sociedad de Chicago a Candice, ese rechazo implícito que significaba que la toleraban tan solo porque era hasta el momento, la heredera principal de William Albert Andrew. En otras ocasiones, su gracia incluso reía a carcajadas con las ocurrencias de Candice y su empeño en enseñar a su hijo sus manías: las de su padre y las de ella. Y sí, se conmovió profundamente con las revelaciones del amor callado que la envolvía diariamente.
Terry tenía muy buena memoria; aunque eran pocas las imágenes que lograba obtener completas, narró a su padre sus días en cautiverio. Le habló del frío de Moscú, de las pocas viandas que recibían y de los brazos de su madre para mantenerlo tibio. Por supuesto que no recordaba más que esos pocos detalles, pero fueron suficientes para que el corazón de Terrence se sintiera culpable y deprimido.
Su gracia aprovechó la imagen frente a él para tomar una fotografía y guardarla en su memoria, también para disfrutar de la silueta de Candy. Tenía treinta y siete años, pero parecía más joven, mucho más joven. Su vestido urbano estaba a la última moda, verde esmeralda, como sus ojos, de pequeñas mangas abombadas, con canesú y un alto cinturón remarcando su cintura. Usaba también un delicado sombrero de seda que no lograba esconder sus risos. Terrence sonrió con discreción. Sí… tenía ganas de llevarla ahora mismo a su habitación y enseñarle en la cama cuánto la había extrañado, pero también tenía ganas de gritarle y torturarle. Era exasperante lo que sentía.
Cuando el abrazo terminó, Candice levantó la mirada y entonces lo descubrió: Ahí estaba él, también, siguiendo la moda, con ese traje azul obscuro de hombros anchos y cintura esbelta, con pantalones delicadamente más entallados. Y es que… la enloquecía no solo el hermoso traje, sino el porte y la clase de Terrence.
Él se acercó despacio, sin decir palabra, no quería amedrentarla, aunque tampoco deseaba confundirla haciéndola sentir bienvenida todavía.
Pero era un caballero, así que tomó el inmaculado pañuelo blanco que adornaba el bolsillo externo de su saco y lo extendió hacia ella con cortesía.
—Buenas noches, Candice — ella se estremeció. Jamás la había llamado así.
—Buenas noches, Terrence — fue el turno de su gracia para sentirse incómodo. Él adoraba ser solo Terry para ella.
—Necesito hablarte…
—No ahora…
—Por favor, permite que Terry me visite de vez en cuando — dijo apresurada haciendo caso omiso de la negativa recibida.
Como única respuesta, Candice obtuvo una falsa sonrisa de desinterés de su gracia.
Él miró a su hijo y se apartó del grupo con indiferencia para seguir su camino; el joven de inmediato se despidió de su madre. Terrence le llevaba ventaja, así que Terry apresuró sus pasos y lo abrazó. Era como si el joven también pudiera adivinar las necesidades de su padre sin que él tuviera que comunicárselas. Terry sabía que su madre estaba rodeada de gente que la amaba y le daba su soporte; él prefería por el momento quedarse al lado de su solitario padre.
El tiempo estaba haciendo lo suyo y la decepción, el enojo y el orgullo comenzaban a disiparse como la bruma matutina en un bosque de niebla. Aunque eso sí, hay de decir que su gracia halló cierta satisfacción en el ruego de Candice: Ahora ella sufría por su hijo, no lo tenía, estaba sola, tal como él lo había estado. Una maliciosa sonrisa se dibujó en su rostro.
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De mi escritorio: No terminé el capítulo. Yo creí que este sería el último, pero necesitaré otro…
Muchas gracias por su apoyo.
Maly
Torreón, Coahuila, México; a 18 de febrero de 2021.
