Mauretania de "Su Gracia"
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., Tokio, 1976. Usados en este fic sin fines de lucro.
Capítulo 11. 1936.
❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀
Y es que en aquel momento no había a dónde ir. Europa estaba sumido en una serie de disturbios políticos y económicos que dificultaron la búsqueda de una salida conveniente para todos. El 23 de octubre de 1929, la bolsa perdió hasta veinte puntos, al siguiente día se perdieron hasta cuarenta y fue entonces cuando los grandes empresarios reunieron 240 millones de dólares para intentar rescatar la economía, pero solo consiguieron un poco de respiro, porque, el 28 de octubre se produjo un nuevo descenso de hasta cincuenta puntos. En aquel martes negro, Wall Street perdió hasta el cuarenta por ciento.
George y William Albert estaban seguros de que la bonanza del Big Bull Market iniciado en 1924 descansaba sobre un mercado débil, donde la oferta comenzaba a superar a la demanda y donde, los pequeños inversionistas apostaban lo que incluso no tenían. Se esforzaron por ser prudentes, sin embargo, la caída de Wall Street se había convertido en un huracán y ellos estaban precisamente en el vórtice. No hubo manera de evitar pérdidas. El dinero de su familia se había convertido en una pluma que era llevada por los vientos irremediablemente. La fuerza del huracán originado en Wall Street cada vez se hizo más potente hasta alcanzar Europa y luego, todo el mundo. Definitivamente, no había a dónde ir.
A los Grandchester tampoco les había ido bien. Europa tardó mucho más tiempo en recuperarse, así que las grandes fortunas de antaño hoy eran tan solo una sombra, sin embargo, era una que para 1932 había comenzado a fortalecerse, primero en América y luego en Europa. Albert se había esforzado por mantener la clínica feliz prósperamente y Candy se afanaba por ayudar a los fondos del Hogar de Pony que, como toda la población, tenían muchas carencias, entre ellas, el hambre.
Le entristecía profundamente la lánguida actitud de varios de los chicos y chicas en el hogar. Los mayores se habían visto forzados a abandonar el lugar seguro para buscar subsistir por sí mismos principalmente en las grandes ciudades. Un par de chicas incluso se habían visto obligadas a trabajar en burdeles de mala muerte para poder llevarse algo de comida a la boca, al menos eso era lo que Candice había escuchado y, por más esfuerzos que hacía para localizarlas, no era suficiente.
Llegó casi a la desesperación cuando colocó la misiva de tristes noticias sobre su tocador.
Habían tenido que enviar a los niños a otros orfanatos porque el terreno le había sido decomisado el señor Cartwright debido a una deuda bancaria extremadamente grande. Candice sabía que Albert no podría ayudarle; él tenía sus propios problemas así que, aunque quisiera, no podría cubrir esa deuda que para 1935 era exponencial. Los Andrew eran banqueros, sin embargo, estaban solos, el gobierno no los estaba apoyando; definitivamente, Candice no podría poner una carga más sobre los hombros de Albert. Ya había gastado mucho dinero en el último viaje a Europa. Se esforzaba porque el estilo de vida de su familia no se viera afectado, pero Candice sabía que eso era un esfuerzo titánico para un hombre como Albert, que prefería dormir bajo las estrellas en lugar de una oficina bancaria durante tan tremenda depresión.
Se limpió las lágrimas de sus mejillas cuando su hijo entró en su alcoba. Pronto volvería de nuevo a Escocia, con su padre, había pasado un par de semanas en Chicago para las fiestas de fin de año y al día siguiente tomaría el tren que le llevaría a Nueva York. Le dolía separarse de su madre, de sus tíos, de sus primas y la tía abuela, pero también sufría al recordar la amarga soledad de su padre. Ojalá que ese par pronto pudiesen arreglar sus diferencias y mal entendidos.
—Madre, hay y un hombre francés que pregunta por ti — le fue imposible esconder sus celos.
—¿"Francés" has dicho? — la mirada de Candice reveló su afán por adivinar de quién se trataba.
—Es un militar —aclaró aún receloso — pero debo admitir que ha sido bastante afable al presentarse y preguntar por ti.
—¡Michael! — súbitamente una linda sonrisa apareció en el rostro de Candice — debe ser él — agregó mientras se apresuraba a buscar su polvo de arroz y su perfume favorito.
Terry la contemplo salir presurosa mientras hilvanaba constreñido las escenas recientes. Ella había ido del llanto casi taciturno a una espléndida sonrisa.
—Sabía que mamá estaba loca, pero me atrevo a pensar que está más loca de lo que yo imaginaba — el joven levantó los hombros y se sentó con desazón en el tocador de su madre. No tenía interés alguno en ser presentado a ese tal Michael.
No fue su intención leer la correspondencia de su madre, la carta estaba ahí, abierta frente a él y aunque se esforzó, no pudo evitar enterarse de las noticias que albergaban las líneas.
Decidió pasear hasta el lago detrás de la mansión. Si permanecía cerca seguramente su madre querría presentarle al caballero recién llegado y por alguna razón extraña Terry había sentido una aversión inmediata por él cuando su madre sonrió tan repentinamente al saber que él la esperaba.
No dejó de pensar en esa extraña visita durante su viaje. Había sido discreto; evitó hacer preguntas y ahora se arrepentía. Quizás hubiese sido mejor someter a su madre a un largo interrogatorio. El joven sonrió meditabundo; por supuesto que eso habría sido una locura.
❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀
A Terry los viajes entre Escocia y Chicago comenzaban a cansarle. Le parecía que ya había pasado tiempo suficiente para que sus padres arreglaran sus diferencias. Ahora el orgullo que comenzaba a desaparecer en Terrence crecía lentamente en la cabeza de Candice. Para su hijo era ya una exageración. Había notado que su madre ya no hacía preguntas sobre su padre. De hecho, evitaba el tema cada vez que su hijo intentaba hablar de él. Y para colmo, ese hombre desconocido le había provocado una sonrisa que no había borrado en las últimas horas que él permaneció en Chicago. ¿Por qué se preocupaba por sus padres? Ya estaban bastante mayorcitos para tomar sus decisiones. Si querían seguir dejando el tiempo pasar, o, peor aún, si querían seguir viviendo con la posibilidad de rehacer sus vidas lejos uno del otro era algo que no podría evitar.
—Que cometan errores y vivan con sus consecuencias — se dijo exasperado.
Se sorprendió el descubrir a su padre y a su abuelo en el muelle esperando por él. Tenían sus rostros tristes y preocupados; estaban vestidos de luto. Terry se había enterado ya, antes del desembarque, de la reciente muerte del rey. Su excelencia y su gracia permanecerían en Londres para el funeral y la proclamación del nuevo monarca. El joven supo que, por supuesto, la charla de bienvenida con su padre sería para más tarde… o quizás para nunca jamás. De pronto se puso de mal humor.
La existencia de Terry aún era un secreto para la aristocracia. Presentarse, en la capilla ardiente de su majestad, con su abuelo y su padre, fue un acto de total rebeldía. La duquesa de Grandchester no daba crédito a lo que veía: su esposo, hombro a hombro con su heredero aparente y con un joven que, era la viva imagen de Terrence; de inmediato, como todos los presentes, descubrió la verdad, pero se abstuvo de hacer preguntas. El momento era demasiado solemne para ensuciarlo, según ella, con chismes de cotillón. El silencio fue absoluto durante la vigilia de los príncipes para su padre.
El duque de Grandchester había insistido en que Terry apareciera con ellos. De hecho, su objetivo era precisamente ese: que la aristocracia supiera que su heredero aparente tenía un hijo y que se formara un halo de misterio alrededor de él. Terrence había estado casado, así que, por el momento, las murmuraciones podían ir en cualquier dirección. Su gracia no comprendía muy bien el plan del duque, pero le estaba permitiendo que tomara las riendas. Su excelencia se sentía orgulloso de Terrence y su nieto. Su gracia conocía muy bien los protocolos, por mucho que se hubiese rebelado a ellos; vestían en estricto luto tal como se dictaba. Su nieto era por demás inteligente, hizo todo lo que su padre y su abuelo le instruyeron sorprendiéndolos hasta cierto grado pues el joven había sido educado estrictamente en las costumbres aristócratas por la tía abuela así que no había mucho por enseñarle. Incluso fue cortés con la duquesa y caminó detrás de ellos en todo momento, tal como indicaba el protocolo. Aquella noche en el palacio de Westminster sería un parteaguas para la familia del duque de Grandchester.
Los días pasaron tras la proclamación del nuevo monarca, quien había sido recibido con cierto recelo porque era bien sabido que estaba locamente enamorado de una mujer que había sido divorciada y, además, era casada; aunque esto parecía no importarle demasiado a su majestad.
Su majestad no dio muestras de preferir el trono, con sus tradiciones y protocolos, sobre su enamoramiento. Su excelencia, el honorable Richard Grandchester —viejo lobo de mar—, comenzó a seguir el comportamiento del monarca con interés personal y, por supuesto, político; pero el interés personal era el de mayor ponderación para él.
El inicio de la primavera en Escocia siempre alegraba el solitario corazón de su gracia. También se esforzaba por guardar el interés que tenía por Candice, sin embargo, quizás fue Perséfone quien le hizo perder el control. Era quinto domingo y cabalgaba con su hijo a la orilla del lago. Su memoria lo transportaba a épocas más felices, al lado de una dulce chiquilla que lo sacaba de sus casillas desde entonces hasta el día de hoy. Su hijo cabalgaba lentamente a su lado, eso le transmitía una paz hasta entonces desconocida.
El sol estaba en su punto más alto del cenit, sin embargo, no producía un calor abrasador, el pasto reverdecía y el viento danzaba cortejando las hojas de los árboles suavemente. Terrence levantó la vista al cielo, curioso por el chillido de un águila pescadora que regresaba de África por esta época para anidar cerca del lago.
—¿Padre, me has escuchado?
—Lo siento… ¿me decías?
—Te preguntaba si querrías acompañarme al Festival de Mayo.
Terrence guardó silencio, se sintió sinceramente confundido. Podía sentir el balanceo de su cuerpo mientras cabalgaba, pero su mente ahora viajaba hacia una joven disfrazándose de Julieta en una añorada arboleda.
—Vi, pero no miré — susurró al viento con una media sonrisa y un suspiro.
—¿Qué dijiste? — preguntó confundido — ¿cuento contigo?
—No lo sé hijo. Creo que te divertirás más sin mí. Sabes que la hermana Grey no es de mi agrado.
—Ella siempre está recluida en su habitación, no la verás.
—Nunca me gustó participar… seguro que alguna chica linda estará haciendo todo lo posible porque la elijas como pareja de baile. Créeme, será mejor que yo no vaya.
—Ya tengo una pareja de baile…
—Eso no me lo habías comentado nunca — Terrence sonrió curioso — ¿Es linda?
—Es hermosa. Es rubia y tiene la sonrisa más sincera del mundo. Además, me ama padre.
—¡Vas muy rápido muchachito! ¡Ni siquiera he podido reconocerte aún! ¿Ella lo sabe?
—¿Te refieres a si ella sabe que soy tu hijo? ¡Por supuesto que lo sabe! ¡Es mi madre!
—¿Así que tu madre vendrá al Festival de Mayo? — de pronto todos los colores se le vinieron al rostro y una estúpida sonrisa se dibujó en sus labios. Terrence sintió su piel erizarse mientras que un escalofrío recorría su cuerpo.
—Ella dice que cuando estaba en el colegio deseaba con todas sus fuerzas que el tío la acompañara y que considera que yo tengo el mismo deseo: estar acompañado por mi familia. Así que está dispuesta a venir.
—Entiendo…
—Espero que ese tal Michael la deje bailar conmigo porque yo ya cuento con que ella será mi pareja de baile.
Y ahí estaba una reacción más que lo delataba. Terry había pasado mucho tiempo tratando de encontrar la manera de hablarle a su padre sobre su madre y su amigo Michael; por fin lo había logrado y de una manera que parecía más que casual. De pronto la sonrisa había desaparecido del rostro de su padre y en su lugar se formaba una fingida mueca de indiferencia. El joven aprovechó para seguir estocando el corazón de su gallardo padre.
Terry le habló a su padre sobre su último día en Chicago, sobre la visita que había recibido su madre y sobre la carta que había en su tocador y las tristes noticias contenidas.
La reacción de su padre fue la que esperaba. Apretó la rienda de su yegua, pero no dijo absolutamente nada; aunque eso era suficiente para Terry, sabía que había logrado su objetivo. Ahora todo estaba en manos de su padre, si es que aún le interesaba su madre.
Sin previo aviso, su padre hizo correr a su yegua. Terry estaba a punto de ir tras de él, sin embargo, dejó que el viento, el ejercicio y el sol hicieran lo suyo con su atolondrado padre. El joven no pudo evitar sonreír con triunfo, tenía un buen presentimiento y, sabía que si quería que su padre fuera al festival de mayo lo último que debía hacer era precisamente insistir. No volvería a hablar del tema.
❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀
Los Andrew contemplaron entusiasmados y con cierta nostalgia la algarabía del Real Colegio San Pablo. Las flores, la música, los carros alegóricos y las hermosas jóvenes que este año representarían el espíritu de la flor.
Archie y Annie esta vez viajaban sin sus hijas, así que de cierto modo se sentían un tanto fuera de lugar, aunque hacían un esfuerzo por confiar en que la señorita Pony y la Hermana María cuidarían bien de ellas; a decir verdad, no sabían muy bien… quizás las niñas tuvieran que cuidar de las damas.
Un poco lejos de ellos, una elegante mujer los contemplaba ensimismada, sin tener el valor de acercarse. Los había visto llegar al colegio un par de horas atrás y aún permanecía en la disyuntiva de reunir el valor para saludarles. Finalmente, con pasos nerviosos y pesados se acercó lentamente, tratando de encontrar en su interior una sonrisa.
—Archie — dijo tímidamente. Se sintió sorprendida, se suponía, había preparado el nombre de Candy en su mente, pero sus labios la habían traicionado y se vio parada justo frente a los ojos de miel que la miraban con infinita ternura y cariño.
—Patty — la abrazó sin dudarlo y ella se sintió reconfortada — mi pequeña y dulce Patty, mi hermanita querida — susurró en su oído sin dejar de presionarla dulcemente hacia él.
Candy, Annie y Albert sonrieron envueltos en la misma dulzura y esperaron pacientemente a que las emociones les permitieran liberarse mutuamente para poder abrazar a la recién llegada.
Ella los puso al día: era la maestra de música. Había pensado tomar los hábitos al finalizar la Gran Guerra y se acercó al colegio como novicia, sin embargo, al final se había arrepentido y las hermanas le permitían formar parte de los catedráticos del colegio.
A pesar de que el swing estaba en todo su apogeo en esa época, para el desfile, las monjas continuaban con el tradicional vals. La banda inició el recorrido y tras de ellos continuó el desfile que abría la celebración del Festival de Mayo.
En la acera trasera, el honorable Terrence Grandchester se debatía todavía en su decisión de aparecer o no en el festival. Se moría de ganas de ver a Candice, pero no se imaginaba darle un dolor nuevamente a Michael; eso sería demasiado. Quizás solo se conformaría con contemplarla desde lejos. Su hijo no le había hecho llegar la invitación. Por supuesto, él la había rechazado. Y, aunque su padre era un benefactor del colegio, no quería usar su influencia para entrar por la puerta grande. Además, sería mucho más discreto si entraba como de costumbre.
Haciendo gala de su buena condición física, Terrence saltó la barda con facilidad y se escabulló confundiéndose entre los invitados. Cuando llegó al salón principal se sorprendió por la guirnalda de flores silvestres que había hecho con sus propias manos. ¿Por qué rayos él estaba actuando como un idiota enamorado? Debía ser por ella, por supuesto. Sintió un revoloteo en su estómago y apresuró sus pasos hasta donde sabía que encontraría la algarabía.
Cuando la vio no podía creer lo que había hecho con su cabello. ¿Por qué había caído en la tentación de peinarse con las tan de moda ondas de agua cuando ella tenía el cabello rizado natural más hermoso que había visto? Aunque tenía que aceptar que lucía hermosa. Le venía bien haber domado por una tarde al menos sus incontenibles rizos pero él la despeinaría con mucho gusto en su cama esta y todas las noches.
Terrence pasó una buena parte del baile contemplando a Candy, Annie y Patty bailando con Albert, Archie y Terry. No había rastro de Michael por ningún lado y por supuesto que eso le alegraba. Las horas pasaron hasta casi caer la tarde y su gracia no encontraba el valor para acercarse a la mujer pecosa de buen ver que hacía que su corazón se acelerara como un adolescente.
Ahora el swing se había apoderado de la pista de baile, pese a los rostros nada complacidos de las monjas y los curas. Las parejas de los jóvenes invadían el lugar con extraños movimientos donde las parejas parecían disfrutar alejándose mutuamente en complicados giros al ritmo de una extraña mezcla de clarinete, saxofón, corneta, piano, contrabajo, guitarra y batería.
—Seguramente la hermana Grey debe pensar que esa música y esos movimientos son del diablo — pensó Terrence mientras evadía a una jovencita girando de un lado a otro.
La chica tarzán —porque sin importar su edad, para él seguía siendo una chica — no estaba por ningún lado. Terrence miró el horizonte y sin pensarlo dos veces se dirigió a su otrora colina, la que ella llamaba "Segunda colina de Pony". Su gracia no se percataba que en sus manos seguía sosteniendo la guirnalda de flores.
Y ahí estaba ella. Sobre su rama favorita, quizás extrañando a Clint… mirando el atardecer.
Terence escondió la guirnalda tras de su espalda y se dio tiempo para recorrer el viaje que adoraba por las curvas de la mujer que lo enloquecía. Había ganado solo cierto volumen, pero no mucho, sus pechos eran más grandes y su cadera ligeramente más ancha. Sintió que enloquecería si seguía mirando. Finalmente encontró el valor para saludarla.
—No creo que tan bello vestido deba ser tratado tan livianamente, sobre todo en esta época… no es usual que las monas vistan tan elegantemente.
—Basta Terry, no empieces —le advirtió. Decidió bajar. Él tenía razón. Con un ágil salto Candice estaba a unos cuantos pasos de su gracia.
La química entre ambos era imposible de negar. Con ella Terrence no tenía títulos, con ella él era un hombre; sus virtudes se potencializaban y sus defectos prácticamente desaparecían.
Con él, ella dejaba de ser la chica huérfana y solitaria; podía dejar incluso de ser fuerte porque él estaría ahí para protegerla. Ambos lo sabían: se complementaban. Lo sentían, casi podían palparlo como la espesa bruma sobre ellos que amenazaba con rodearlos en poco tiempo, pero por el momento estaba a tal altura que les permitía ver el atardecer.
—Ahora viene mi parte favorita — subrayó Terrence.
Los colores del atardecer invadieron la colina. El dorado, el naranja y amarillo se posaron sobre el cabello suelto de Candice y luego iluminaron su piel. Él sonrió… ella era simplemente hermosa ante sus ojos.
Candice se sintió desarmada, ella también adoraba el zafiro de los ojos que la contemplaban salpicarse de tonos dorados.
Terry titubeó un poco, pero finalmente tomó valor y colocó casi con adoración la guirnalda de flores silvestres sobre el cabello de Candice.
—Me parece que esta guirnalda ha estado esperando por su dama desde hace muchos años — le dijo emocionado y luego remató —: Feliz cumpleaños, Candy.
—¡Hoy es siete de mayo! ¡Terry, lo recordaste!
Candy se colgó de su cuello en un maravilloso impulso. Fue como si le hubiesen quitado veinte años de encima en esos pocos segundos de charla.
Él la recibió encantado. La conocía bien. No sabía qué pasaría después de esos instantes, así que por el momento la abrazaría con fuerza hacia él, hasta que ella se lo permitiera. El sol acarició cálidamente a la pareja, más allá de su piel, sus corazones se sintieron cálidos. De pronto, los candados con que ambos se habían encerrado se abrieron reconociendo el poder del otro para abrirse paso a través de ellos.
Él ya no le pidió permiso. Se lo concedió a sí mismo. Ella temblaba en sus brazos, la supo suya, siempre suya. Levantó el rostro adorado tiernamente con su mano y buscó sus labios. Se olvidó de la ternura y la besó de tal manera que provocó una erótica danza de sus lenguas, explorando, entregando y recibiendo lo que les pertenecía mutuamente. Terry se supo presa de su naturaleza y fue disminuyendo el tono de su encuentro, era apasionado, y mucho, pero no quería olvidarse de esa parte romántica que también formaba parte de él. El romance que había aprendido de Shakespeare, pero, sobre todo, el que ella despertaba en él.
Se arrodilló delante de ella, tratando de controlar su desbocado corazón. Ahí, en su lugar. En donde fueron cómplices de mil conversaciones, en donde dejó que su enamoramiento madurara hasta ser capaz de dejarlo todo por su seguridad.
Sacó de su elegante saco un pergamino abrazado por un anillo con el diamante más hermoso y grande que ella hubiese visto. El diamante estaba sostenido por dos manos finamente labradas sobre oro blanco. Terry extendió el pergamino hacia ella y sintiendo el rubor en sus mejillas finalmente encontró las palabras que había soñado mil veces.
—¿Serás mi esposa, Candy?
—Ni en mis más locos sueños te vi arrodillado ante mí —apuntó ella sonrojada— eso es completamente nuevo.
—No. No lo es. Es un deseo antiquísimo —respondió— ¿podrás perdonar mi inmadurez para enfrentar el regalo más maravilloso que he tenido, mi hijo? —balbuceó avergonzado. Él estaría de rodillas todo el tiempo que fuese necesario si ella lo escuchaba.
Ella entonces se arrodilló también y él se sorprendió.
—¿Perdonarás también que haya tomado sola la decisión de ocultarlo? — sus palabras casi no se escuchaban. Estaban escondidas tras las lágrimas que le impedían formular las palabras con fluidez.
—Has hecho un maravilloso trabajo con Terry, por supuesto que te perdono. ¿Me perdonarás tú a mí? ¿Serás mi esposa?
—Sí… —sonrió enjugándose las lágrimas— por supuesto que sí.
Terrence deslizó el anillo que abrazaba el pergamino con la emoción a flor de piel y lo depositó elegantemente en el dedo de Candy. Casi podía escuchar su corazón. Volvió a besarla una y otra vez, se recostaron en el pasto y continuaron besándose hasta que la noche los envolvió.
—Creo que debemos volver. Seguramente me están buscando — apostilló Candy mientras se acurrucaba en los brazos de Terry porque no estaba convencida de querer abandonar el lugar.
—Pero aún no eres mi esposa — protestó con enigmática seriedad.
—Lo sé. Nos casaremos cuando digas.
—Ahora mismo, Candy — urgió con una sonrisa mientras de su bolsillo interior extraía un elegante estilógrafo bañado en oro — solo tienes que firmar. Yo ya firmé — ahora se había convertido en un travieso joven que tenía la sartén por el mango.
—No comprendo — ella tomó el estilógrafo entre risas, dispuesta a seguirle el juego. Seguramente era algún acto de buena fe que Terry quería llevar a cabo. Tomó la mano de Terry y se atrevió a firmarla.
—Ahí lo tienes, ahora soy tu esposa — le dijo mientras le devolvía el estilógrafo y extendía su mano para que él la firmara.
Terry sonrió divertido e hizo lo que ella esperaba. Luego besó su mano casi ceremonialmente.
—Muy bien, ahora estamos casados, prometo serte fiel, amarte, respetarte, cuidarte, contarte las pecas, besarte incansablemente — él la atrajo suavemente hacia sí y depositó castos besos sobre su rostro — también prometo sujetarte, libertarte, poseerte, molestarte, halagarte, desesperarte y hacerte reír todos los días de mi vida.
—Terry — susurró extasiada, suplicando porque el aristócrata loco que la tenía en sus brazos por fin encontrara de nuevo sus labios…
—No lo haré — se burló — no te besaré hasta que firmes — volvió a extenderle su estilógrafo, pero esta vez también le ofreció el pergamino que tenía en sus manos.
Ella lo leyó y lo leyó y lo leyó hasta que ya no fue posible por la densa obscuridad.
Ojalá que Patty estuviera ahí para que le explicara qué era todo aquello.
Terry la dejó sacar sus propias conclusiones, pero ella era un poco distraída, así que tuvo que explicarle todo lo que había hecho para conseguir lo que ahora ella tenía en sus manos.
—¿Esto es legal, Terry?
—Sí. El documento es legal. La forma en que lo obtuve, no. No lo es. Pero lo volvería a hacer si fuese necesario — explicó.
—Las firmas, los sellos, el membrete, todo es absolutamente legal. El capitán Smith dijo que en cuanto tuviera tu firma bastaría con pedir una copia en la compañía, entonces ellos se disculparían con nosotros por haberlo extraviado, pero darían fe de que el documento que poseemos es totalmente oficial. En tiempos de guerra solo necesitaba la autorización que mi padre me ha dado con la fecha apropiada y mira… incluso nuestra acta tiene el reconocimiento de su majestad — explicó mientras señalaba el escudo real al calce — eso anula cualquier protesta que pudiéramos tener de las cámaras. El rey tiene ese poder. Terry sería entonces un hijo legítimo y nuestra historia real será bien vista.
—Pero Terry, no lo sé, eso es mentir…
—Tú siempre has sido mi esposa en mi corazón Candy, por favor, acepta… — suplicó.
—A mi no me importa lo que digan de mí…
—A mí tampoco me interesa lo que digan de mí. Pero me importa lo que digan de ti y me importa el trato que le darán a mi hijo… por favor, Candy… — Terry no se había detenido a pensar con anterioridad en la extrema honestidad de Candy. Tuvo miedo de que lo que más admiraba en ella se convirtiese en un obstáculo.
—Estoy segura de que Terry tampoco está interesado en el qué dirán, ni le importa ser reconocido como hijo legítimo o natural…
—Sí. Sí me importa — interrumpió una voz juvenil — mamá, quizás esto no lo heredé de ti, ni de papá, quizás lo heredé del abuelo Richard o quizás lo aprendí de la tía abuela— su voz era de mando y decisión — la verdad es que a mi sí me importa que sepan que soy hijo del amor legítimo entre mis padres. Más allá de los documentos que lo avalen, yo quiero poder levantar la cabeza donde quiera que vaya y quiero lo mismo para ti.
—Terry — Candice se ruborizó — ¿hace cuánto tiempo que estás ahí?
—No hace mucho llegamos. Estábamos buscándote y el tío Archie recordó cuánto te gusta este lugar. Escuchamos lo suficiente para comprender lo que papá te está proponiendo…
—Por favor, vuelve con tus amigos, este es algo que debemos resolver nosotros, hijo…
—Deja de darle vueltas al asunto — Patty fue la única que se atrevió a intervenir — deja de pensar en los demás, en lo que está bien o lo que está mal. Tú y Terry debieron estar juntos desde hace muchos años. Se han reencontrado y separado. Y ahora lo tienes aquí, delante de ti… él salvó todos los obstáculos para ofrecerte algo digno, aunque para ti no sea importante; lo es para él. Tú bien podrías saltar de felicidad porque el hombre que amas te ama y está a un paso de ti rogándote por una vida juntos. ¿Sabes lo que yo daría por poder levantar mi brazo y tocar a Stear? ¿Tienes idea de eso? Tú puede levantar la vista y encontrarte con los ojos de Terry, ahora mismo puedes estirar tu mano y tocar la de él ¿Y aún así no eres capaz de valorar lo afortunada que eres por eso? Yo quisiera que en este momento Alisar Cornwell estuviera en este baile. Sería capaz de bailar swing con él si me lo pidiera. Yo quisiera que él llegara con una tonta historia tratando de explicar su ausencia; pero eso no sucederá, Candice. Stear está muerto y jamás podrá poner un anillo en mi dedo o tomar a nuestros hijos sobre sus hombros, o tomarme de la mano cuando estemos viejos y tú tienes a tu Terry frente a ti y lo sigues pensando… no puedo creerlo, Candy — la voz de Patty estaba quebrada por las lágrimas, ella apretaba la falda de su vestido con los delicados puños de sus manos y su rostro miraba solamente hacia abajo, tratando de esconder sus obvios sentimientos. Sin decir más se dio la media vuelta y sus amigos fueron tras ella.
Candy tomó el estilógrafo y finalmente puso su firma en el elegante documento.
Terry supo que debía dejar solos a sus padres.
—Estaré con los tíos, si deciden o no estar con nosotros, búsquenme con ellos cuando estén listos.
—Conozco un lugar que me muero por enseñarle desde que la conozco señorita pecosa — susurró seductor — aunque la última vez que estuvimos ahí nos descubrieron — advirtió entre besos, mientras se atrevía a levantar lentamente la falda del elegante vestido para acariciar las piernas de su esposa.
—Sí, me parece recordarlo — respondió jadeando, sintiendo la temperatura elevarse en sus mejillas al sentir los besos de Terry recorriendo su cuello.
—Quizás sea mejor no arriesgarnos — sonrió con un brillo triunfante — ven conmigo.
Candy y Terry dejaron el San Pablo por la barda trasera, escapando juntos, como habían soñado años atrás. Él tenía preparada la suit nupcial del Savoy y le hizo el amor toda la noche hasta que se rindieron al cansancio.
A la mañana siguiente, durante el desayuno le dio su regalo de bodas: las escrituras del terreno del Hogar de Pony. Ella cayó rendida de nuevo y le recompensó gratamente con la más atrevida felación que su gracia hubiese imaginado; después de eso, ella fue víctima del más seductor verdugo durante todo el día.
A partir de esa mañana el Duque de Grandchester comenzó a esforzarse por mostrarse con su heredero aparente y su familia en todo evento social, aunque permanecieron herméticos a dar explicaciones todo era parte de un plan para preparar a la prensa y al pueblo a recibir información a cuenta gotas para darles tiempo de asimilarlo. La información no vino por parte de la oficina de su excelencia sino desde las pocas entrevistas autorizadas que Annie Cornwell ofrecía de vez en cuando para Vogue, a las que la aristócrata familia daba el visto bueno. En muy pocas ocasiones los Grandchester coincidieron con su majestad y el monarca les favorecía con sus atenciones mientras que, por otro lado, su trágica historia de amor, de encuentros y desencuentros se ganaba el corazón del pueblo.
FIN
❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀
Cortinilla :P
¿Cómo y por qué su gracia consiguió el sello real en su partida de matrimonio?
El duque de Grandchester se preocupaba demasiado; ya había pasado suficiente tiempo para que su vástago diera señales de olvido o de reconciliación, sin embargo, Terrence no encontraba aún la manera de acercarse a Candice. Su excelencia estaba comenzado a perder la paciencia; había sopesado todas las posibilidades al darse esa unión y ahora estaba listo para cualquier situación. Había cubierto cada flanco, aunque el testarudo de su hijo parecía haberse acobardado.
—Menudo momento has encontrado para hacerte el tonto — le decía constantemente y Terrence simplemente languidecía cada día.
Ya no estaba dolido. Ahora, lo que le avergonzaba, era haber necesitado tanto tiempo para concluir lo que sabía desde el principio: Quería a su familia a su lado. Últimamente se había convertido en un ser meditabundo; las palabras de su hijo sobre Candice recibiendo visitas masculinas sacudieron su corazón.
Su hijo le había comentado que eso era algo nuevo; su madre jamás había recibido ese tipo de visitas. Cada vez que los caballeros hacían un esfuerzo por cortejarla eran rechazados firmemente por la mujer. Para su gracia, Candice y Terry eran su familia, sin importar si ella fuese o no su esposa y ningún hombre debía tener el campo libre para sentir que podía atreverse a cortejarla. Si él pudiera les abriría su sucia cabeza para sacarles esas ideas. ¡A saber qué otras cosas se atrevían a imaginar esos donjuanes! Solo de pensarlo le hervía la sangre.
Su padre lo había citado y a pesar de estar abatido, se reunió con él. Hacía ya algunos años que llevaba su cabello corto, como dictaba la moda de los años 30´s, lacio y perfectamente peinado; eso añadía una atractiva mezcla de seriedad a su gesto curioso por naturaleza.
—Ya tuviste suficiente tiempo, Terrence — le decía su padre con gesto adusto mientras disfrutaban de un brandy en el White´s Gentlemen´s Club, el más privado y antiguo de Londres, además, el más exclusivo del mundo.
Era apenas medio día y su excelencia había insistido en que visitaran el lugar, algo que le pareció totalmente extraño a Terrence.
Su gracia, había bajado la guardia, ya no estaba a la defensiva. El ir y venir de su hijo también le había preocupado, aunque ahora le había dado un respiro porque que el joven se había empeñado en matricularse en el Real Colegio San Pablo alegando que deseaba conocer las experiencias que sus padres vivieron para comprenderlos mejor. La verdad era que Terry también se había cansado de estar en el centro de sus padres y quería darse un respiro, mientras que a Terrence, las ganas de estar con la mujer que amaba lo consumían. Candice White Andrew siempre había sido su mundo y él quería comerse el mundo… quería comerse a Candice. Soñaba con ella en todas sus facetas, pero últimamente se torturaba en su cama con sus deseos por ella, por poseerla y entregarse al mismo tiempo. En eso pensaba, ignorando a su padre cuando una voz de la infancia lo distrajo:
—Terry Grandchester — los hombres se pusieron de pie tan pronto reconocieron la voz del caballero que se había acercado hasta su mesa y tenía un vaso también de brandy en la mano.
—Su majestad — respondieron ambos con una inclinación de cabeza.
—Richard— saludó el recién llegado con una sonrisa radiante y traviesa —. Vamos Terry, casi tenemos la misma edad. Siempre me has llamado por mi nombre, crecimos juntos.
—Sí, pero antes no eras mi rey — en realidad su gracia seguía odiando los protocolos, solo que había aprendido a disimularlo.
Su majestad gozaba del tiempo en el club. Solía frecuentarlo y Richard Grandchester lo sabía.
—Pero qué aburrido te has tornado, Terry. Yo quería que me deleitaras con alguna de tus andanzas de juventud, supe que perteneciste a una compañía de teatro de Shakespeare en Nueva York, recuerdo haber leído que eras muy aclamado, no tienes idea de cuánto lo disfruté, te convertiste en mi modelo a seguir…
—Su majestad, por favor, ni lo diga…
—También me enteré de tus actos heroicos en la guerra. Mi hermano me comentó que te escuchó de ti mientras él participaba en la batalla de Jutlandia. Vamos, Terry, cuéntame alguna de tus historias. El amor platónico de las neoyorquinas, o héroe de guerra, lo que quieras… aunque la verdad, yo prefiero las historias de la farándula — su majestad no encontró el menor atisbo de entusiasmo en la mirada de Terrence Grandchester pese a que lo animaba con una enorme sonrisa. Se sintió decepcionado, aunque debía aceptar que en realidad ellos no habían sido tan íntimos. Miró con cierta desfachatez a los caballeros y resopló —: Me voy, no quiero una mesa en la que tengamos que tratarnos como "Su majestad" y "Su gracia".
—No, por favor, acompáñanos, charlemos — se atrevió a decir Richard Grandchester, con un cierto brillo de interés en los ojos.
—Ahora sí nos estamos comunicando, Richard — su majestad se sentó y colocó lo que al parecer no era su primer brandy sobre la mesa.
—Y dime ¿Cómo te sientes con tus nuevas responsabilidades?
—No quiero hablar de eso, Richard… el tema me ahoga. Hablemos de algo más interesante: el amor, las mujeres, el arte, la música, la moda ¿has visto que ahora todos los caballeros anudan su corbata como yo? ¿puedes creerlo? ¡un nudo de corbata lleva mi nombre!… —su majestad rió divertido.
—Tienes razón… mira nuestras corbartas: tu nudo — Richard estaba encantador y eso le pareció totalmente extraño a Terrence.
—Excelente, caballeros — había cierta complacencia en monarca —. Me pareció ver que estaban muy serios y eso no puede ser posible en este club —de pronto frunció el ceño con genuino interés —¿Qué es lo que te pasa, Terry?
—No es nada…
—Ya lo conoces, Terry siempre ha sido muy reservado —negoció Richard—. En realidad, mi hijo sufre de amores —su excelencia exageró el tono trágico de su voz.
—Padre, no por favor… — protestó Terrence, pero su padre continuó…
—Mi hijo está profundamente enamorado de una mujer americana — detalló Richard ignorando a su hijo.
—¿Tú también, Terry? Por supuesto que no será mi novia, ¿verdad?
—Claro que no… por favor, padre, detente.
—No, no, continúa Richard, te lo ordena tu rey — bromeó su majestad, Sus ojos brillaron curiosos como los de un adolescente.
Ante las protestas de Terrence, Richard Grandchester narró los hechos principales de la historia de su hijo, sus encuentros y desencuentros, sus desventuras y mala suerte; tuvo que agregar algunos íntimos detalles para atizar el interés de su majestad. Terrence se sentía muy avergonzado; no entendía para nada la actitud de su padre. ¿Desde cuándo Richard Grandchester era tan comunicativo? En unos minutos, Terrence se sintió desnudo sobre la mesa, su padre no había omitido ningún hecho. Su majestad lo escuchaba compenetrándose con la historia. Hacía preguntas, se interesaba, daba sus puntos de vista y de vez en vez se emocionaba.
—¿Ahora entiendes por qué mi hijo está tan apesadumbrado?
—Por supuesto que lo comprendo —su majestad miró a Terry con tristeza—. A ti, como a mí, los lores jamás permitirán un matrimonio con las mujeres que amamos. Quizás a ti te permitan un nuevo matrimonio morganático, pero a mí ya me lo han negado. Tu primogénito no podrá ser tu heredero aparente y lo que es peor: todos los van a señalar. Tendrás que renunciar a todo si quieres estar con ellos, Terry. Irte lejos…
—No creas que no lo he pensado… —se animó a decir.
—Pues no comprendo qué es lo que estás esperando —le desafió con un brillo en los ojos. Por su parte, su excelencia tuvo que fingir una sonrisa ante la idea. Su plan no estaba saliendo como había esperado.
—Tienes razón, tomaré a mi hijo, me iré a Chicago, me casaré con la mujer que amo y enviaré mis responsabilidades aristocráticas al diablo —Terry se levantó de la mesa con un nuevo brío, apretando los puños con resolución, sus bellos ojos zafiro jamás habían lucido tan espléndidos.
Un viejo sentimiento y recuerdo, celosamente guardado en la memoria de su excelencia le dio un vuelco a su corazón.
—O… —su majestad se levantó con la misma resolución— me das la oportunidad de vengarme y me permites reconocer tu matrimonio en el Mauretania —cierto aire de triunfo embargó al monarca.
—¡Tú puedes hacer eso! ¡Es verdad! No necesito la aprobación de las cámaras si tú legalizas ese matrimonio —ahora, una gran sonrisa de complicidad apareció en ambos hombres y Richard Grandchester suspiró aliviado.
—Envía a tu hombre de confianza mañana mismo a mi oficina y tendrás lo que deseas. Tu nombre está en los primeros 20 a la sucesión al trono, por supuesto que te ayudaré. Ahora brindemos por tu marquesa y tu condecito. ¡Salud!
Richard se puso también de pie con una amplia sonrisa. Había triunfado y brindó por la felicidad de su hijo y la bienvenida de su nieto al que ya adoraba.
❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀.:*°*:.❀✿❀
De mi escritorio: Muchas, muchas gracias por su paciencia. No sé si lo sepan, pero soy catedrática en dos universidades y eso absorbe mi tiempo, entre investigaciones, revisiones de tesis, horas frente a grupo —para colmo, en línea— tutorías y producción académica, es muy poco el tiempo que me queda libre. Además, como madre divorciada, sin ayuda en casa, tengo mucho trabajo criando un par de adolescentes maravillosas que mueven mi motor cada día. Mis jefes me distinguieron, por si fuera poco, con tres certificaciones y un diplomado durante este cuatrimestre, así que mi cabeza no se detiene. Confieso que la primera semana de vacaciones me dediqué a hacer nada, solo leer y mirar películas y series de época e históricas que me encantan.
Sabía que tenía pendiente el final de esta historia, así que me di a la tarea de no quedar mal, porque de hacerlo, creo que habría tenido que esperar hasta el verano para poder escribirlo y eso es mucho tiempo.
De nuevo, muchas gracias por viajar conmigo a través de estas líneas. Son maravillosas.
Malinalli.
Torreón, Coahuila, México; a 9 de abril de 2021.
