LA ROSA DEL VIKINGO
7 Laguz
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Ciertamente se respiraba cierta magia en la sala, un profundo encantamiento. Ella arrojó unos polvos al fuego central, y este pareció brillar con colores especiales. La música continuaba sonando, etérea e hipnótica.
Hinata estaba bañada por el extraño resplandor del fuego, y sus cabellos eran un aura sedosa alrededor de su cuerpo. Y se contoneaba como Salomé para obtener la cabeza del Bautista.
—¡Lindesfarne!
Tras pronunciar el nombre, procedió a describir a los monjes que moraban en ese antiquísimo y venerado monasterio. Habló de aquel tiempo, y su baile fluía para ofrecer la imagen de la paz del lugar.
Después su voz se elevó, el sonido de la música se tornó discordante y se produjo un ruido atronador en el suelo, como el de una tormenta.
—Y llegaron los rayos, la lluvia y los crueles vientos para avisarles. La gente, asustada, se preguntaba de qué manera habían ofendido a Dios, porque ese monasterio, indefenso en una isla de la costa de Northumbria, era el lugar de peregrinaje más sagrado de toda Inglaterra. San Cutberto había vivido, trabajado y sido abad allí el siglo anterior. Corría el año 793 de Nuestro Señor, y de nuevo se oyeron los truenos.
Hinata giraba y giraba; una exótica beldad envuelta en el fiero torbellino de sus cabellos, en las gemas plateadas de sus ojos, en el movimiento sensual y leve de su elegante y joven figura. Después permaneció en silencio un momento y cayó al suelo, y el sonido de trueno aumentó y aumentó. De pronto cesó.
De nuevo alzó la voz para contar que las hordas habían asaltado Lindesfarne. Describió cómo se habían cometido asesinatos con la hoja del hacha, cómo se habían cubierto de sangre los campos, cómo las páginas de enseñanzas habían sido arrojadas al eterno infierno de los paganos que habían aparecido. Se interrumpió.
—Vikingos, mis señores. No daneses. Noruegos.
Extendió los brazos, blancos y hermosos. Se levantó lentamente. No se oía ni un solo murmullo en la sala. Naruto no se movió, aunque sabía que ella estaba poniendo en juego sus últimas artimañas para desacreditarlo ante su anfitrión inglés.
Hinata lo miró a los ojos a través de la nebulosa de la oscuridad, y él adivinó que ella jamás le perdonaría por haber irrumpido en su vida y transformado su destino.
Deseó levantarse y golpearla con furia. No creía que deseara un derramamiento de sangre. Aquella joven deseaba que él sufriera por ser lo que era: un vikingo.
Al parecer no le reconocía ni una gota de su sangre irlandesa. Pero no importaba. Él era vikingo, sin duda, y ella lo había ofendido profundamente. Tal vez suponía que él nada podía hacer.
Si se levantaba furioso, la sangre correría, porque sus hombres no dudarían en seguirlo. Ella relataba aquella historia de penalidades para que todos los ingleses recordaran los saqueos que habían sufrido y se unieran en la venganza y el odio.
Se había atrevido a mucho. Naruto advirtió que el rey estaba colérico.
Sin embargo, ella tenía poco que temer por el momento. La sala continuaba en silencio; todas las miradas estaban fijas en ella. Sus cabellos formaban una cascada que la enmarcaba, y cuando se detuvo ante ellos, aprovechando el dramático silencio, estaba increíblemente hermosa y magnífica, una mujer por la cual a un hombre no le importaría morir.
Bien, ella deseaba que él muriera, pensó Naruto. Sin embargo, él no tenía la intención de darle ese gusto.
Hinata comenzó otra vez a moverse y hablar en voz baja. Naruto, al contemplarla con los ojos entornados y meditabundo desde su asiento junto al rey, se preguntó cómo osaba desafiar de nuevo a Iroha, cuando ya había sufrido por ofenderlo. De pronto ella cambió tranquilamente el tema del relato.
A pesar de su enojo, Iroha esperaría; no incitaría a sus hombres en la sala. La joven era lista, peligrosamente lista, porque mientras los hombres la observaban, hipnotizados por su increíble belleza y la rara inocencia que rodeaba su narración, desvió la historia hacia el abuelo de Iroha, su padre y hermanos.
Con palabras grandilocuentes relató el mayor desafío de la carrera del rey: el enfrentamiento con el danés Orochimaru. Era el año 878; los daneses habían conquistado Northumbria, habían asesinado a Edmundo de East Anglia y marcharon hacia el sur para atacar a Iroha de Wessex.
A pesar del poder del invasor, los sajones se negaron a aceptar la derrota, y las fuerzas combatientes resistieron en las espesuras de las marismas. Los galeses de Cornualles se habían aliado con los daneses, y la situación era desesperada.
Pero los nobles y ciudadanos de Devon acudieron a la llamada de Iroha, dispuestos a confiar su destino al rey de Wessex, el hombre que había decidido conservar la independencia de una parte de Inglaterra.
Se libró la batalla de Ethandune, y no fueron los sajones quienes se vieron obligados a pedir un acuerdo, sino los invasores daneses. Orochimaru juró abandonar Wessex por la tierra de Danelaw en el norte. Fue bautizado a la fe cristiana, pero, en fin, la promesa vikinga se rompía fácilmente, y Orochimaru amenazaba de nuevo a los sajones.
Hinata se quedó en silencio. Levantó lentamente los brazos, elevándolos hacia el cielo, alzándose como un cervatillo hasta formar una graciosa línea. Después cayó teatralmente al suelo y bajó la cabeza poco a poco hasta permanecer inmóvil. Por último levantó el mentón y la vista hacia los presentes y exclamó:
—¡Salve, Iroha, rey de Wessex!
Refulgió el fuego y volvió a iluminar la sala. Tras un instante de silencio resonó un atronador aplauso, y una veintena de hombres alzó sus picheles de cuero hacia el rey.
Se hizo el silencio.
La actuación había sido tan provocativa y seductora que todos habían olvidado cómo se inició, así como el insulto que se había lanzado contra los nórdicos. Todos los guerreros de Naruto, irlandeses, nórdicos y de diversas nacionalidades, como él, la ovacionaron encantados.
Pero poco a poco recuperaron la memoria, y los aplausos se apagaron. Naruto, reclinado en su silla al lado del rey, supo que todos lo observaban, expectantes. Por honor estaba obligado a desafiarla, a castigarla de alguna manera.
Pero si golpeaba a la joven que acababa de alabar con tanta elocuencia al rey de Wessex, los mismos hombres que la habían condenado por desobedecer a su protector se precipitarían violentamente a defenderla. La muchacha lo había colocado en una situación muy precaria y peligrosa; en silencio juró que algún día la haría pagar su astucia.
Ella permanecía en el suelo, elegantemente envuelta en sus ropas, todavía hermosa en su postura. Su mirada estaba posada en Naruto, quien percibió en sus ojos el brillo plateado, el destello felino. Hinata conocía exactamente las consecuencias de lo que había hecho y saboreaba su triunfo sobre él.
El príncipe irlandés se puso en pie, imponente, descollando sobre la asamblea, majestuoso con su capa carmesí guarnecida con el blasón del lobo. Se apartó de la mesa y caminó hacia la doncella.
No se oía ni el más leve susurro en la sala. Cuando ella lo vio acercarse, una sombra de recelo sustituyó al centelleo triunfal en sus ojos. Se levantó rápida y ágilmente, y Naruto se percató de que no estaba tan tranquila como simulaba, porque vio el palpitar de su pulso en su suave y blanca garganta y sus pechos alzarse y bajar agitadamente con cada respiración.
Se detuvo ante ella, dibujó una sonrisa en sus labios y después hizo una profunda inclinación. No era eso lo que ella esperaba. Había estado segura de que él perdería los estribos y exigiría que rectificara, y el rey no podría obligarla a hacerlo porque no había dicho nada que no fuera cierto.
La primera incursión importante se había producido en Lindesfarne, y fueron los noruegos quienes saquearon y asolaron la santa casa de san Cutberto. Nadie podía negarlo, y aquellos que lo recordaban ciertamente considerarían que el nuevo tratado era una alianza impía.
La sonrisa se ensanchó, y ella vio los músculos tensos en su mandíbula. Se miraron fijamente, y Hinata, que poco antes había conseguido hipnotizar a los presentes, quedó presa en la mirada de él.
Ningún polvo químico tocó el fuego, pero pareció que la sala se oscurecía y que ellos, los dos solos, estaban atrapados en una extraña y refulgente llamarada.
El aire pareció crepitar, como con el portento de una tormenta, como si relampaguearan rayos sobre ellos. Transcurrieron segundos, igual podrían haber sido eones, porque ella no podía apartar la vista del letal poder de los ojos de él.
Echó la cabeza hacia atrás y deseó desafiarlo, prometiéndose que no se arredraría ante el vikingo. Reinaba un silencio cargado de tensión entre ellos. El fuego crepitó, subió y danzó en las paredes y en el interior de Hinata; no era el fuego, comprendió ella, sino el poder que él irradiaba.
La piel de los brazos de Naruto, bronceados, desnudos bajo los pliegues de la capa, se rizaba con el ondular de los músculos a cada pequeñísimo movimiento. Ella percibió su majestad guerrera, la ardiente determinación de su fuerza y su salvaje seguridad.
Sintió también un poder diferente que emanaba de él; el de su mente, y en esos instantes comprendió que no había iniciado una batalla con un tonto, sino con un hombre que siempre reflexionaba, juzgaba y sopesaba cuidadosamente sus opciones.
Si él decidía que debía vengarse, lo haría y, una vez resuelto, no cambiaba de opinión. Siempre estaría preparado para repeler todos sus ataques.
Él continuó con la vista clavada en los ojos de ella, que no titubeó ni desfalleció. Naruto miró por encima de la joven y habló al rey:
—En verdad, Iroha, me has ofrecido la joya más bella de Sajonia. Supera a los senescales del país de mi madre y los bardos de Noruega, porque ningún hombre puede relatar una historia con voz tan melodiosa y con un despliegue de baile y movimientos tan gráciles y hermosos.
Le cogió la mano. Ella se dio cuenta demasiado tarde de que habría sido más prudente retirarla y sintió sus finos dedos aprisionados en la enorme y fuerte mano masculina. El príncipe frotó lentamente el centro de su palma con la callosa yema del pulgar. Ella no pudo apartar la vista de los de él.
El rey se puso en pie. La tensión continuaba crepitando en el aire, tangible como una neblina, como el fiero calor que fundía a la joven y el vikingo, separándolos de los demás.
—Verdaderamente es maravillosa —prosiguió Naruto—. Me habría levantado de un salto, ansioso por batallar contra mis propios antepasados, si no fueran ahora fantasmas que surcan los vientos. Te aseguro, Iroha de Wessex, que me ha seducido. Esta hermosa dama, este aliento de belleza con la cual me has dado la bienvenida a tu tierra, es tan exquisita que me ha cautivado.
De pronto, con tanta fiereza que ella casi lanzó un grito, Naruto clavó sus dedos en la mano de ella. Sus ojos brillaron con verdadero fuego, con el salvaje frío de los vientos del norte, y entonces se volvió rápidamente hacia el rey, sin soltar a la joven.
—Buen Iroha, estoy tan enamorado que no podría esperar un momento más para hacerla mi esposa. Arrojemos las semillas de la discordia del pasado a las rocas, donde no puedan germinar. Olvidemos lo ocurrido antes y sellemos nuestra alianza aquí, en este mismo momento. Yo nunca deshonraría tu casa, pero no podría vivir otra noche sin disfrutar de este precioso bocado de paz y buena voluntad.
Hinata sintió que la sangre se le congelaba y no pudo encontrar voz para protestar. Había obtenido su triunfo, sí, había saboreado sus momentos de victoria, pero él se los había arrebatado horrorosamente.
Iroha estaba ceñudo. De la mesa se elevó un rugido; sonaron las risas de los vikingos y con ellas la atronadora aprobación de los ingleses.
—¡No! —musitó ella.
La propuesta del irlandés no era ni decente ni apropiada. Ciertamente no podía celebrarse una ceremonia en aquellos momentos. Era tarde, la luna ya había salido; incluso había truenos. A la mañana siguiente los hombres partirían, y ella tendría un respiro.
Iroha continuaba con el entrecejo fruncido. Shiho le susurraba al oído. Hinata estaba segura de que la reina le decía que, si aceptaba, aprobaría una práctica pagana, no una boda cristiana.
—¡No! —repitió la joven.
Diligentemente trató de soltarse, pero resultaba imposible. Él tenía su mano cogida como con una tenaza de hierro, implacable e inflexible. A su pesar, Hinata se estremeció de miedo.
Cuando él la tocara, lo haría sin ninguna ternura. Ella lo había contrariado una y otra vez y sabía muy bien que cualquier hombre la habría despreciado por la situación en que la había descubierto.
Naruto parecía un vikingo de verdad, un hombre que no atendía ni a la corrección ni al cariño, sino que luchaba por obtener lo que deseaba, se apoderaba de ello brutalmente y luego lo desechaba.
El rey vacilaba.
—¡Eso no puede hacerse! —exclamó el padre Iruka irguiéndose en un lado de la mesa—. No puede hacerse aquí, en este momento.
—Iremos a la iglesia; allí reside siempre Dios, ¿no es así, padre? —repuso Naruto—. Ya se han leído las amonestaciones al pueblo, y la boda es válida. Fui yo quien decidió posponerla, y ahora exijo mis derechos.
Se golpeó con fuerza el pecho con el puño e hincó teatralmente una rodilla en el suelo, sin dejar de sujetar fuertemente a Hinata. Inclinó la cabeza. Ella le vio los ojos y comprendió que en aquel gesto no había humildad, sino pura y pujante furia.
—Ante Dios combato por el gran y noble rey sajón, Iroha de Wessex. Enfrento la muerte con entusiasmo para servirlo, pero dado que esta noche he visto la belleza de mi prometida, quiero hacerla mi esposa antes de partir a la lucha.
Los noruegos comenzaron a golpear la mesa con las jarras. Muchos estaban borrachos, al igual que sus camaradas irlandeses. Y también muchos sajones estaban ebrios, pensó Hinata con amargura.
Y esa fue su perdición. El clamor se elevó. La muchacha observó al rey y por su semblante dedujo que estaba sopesando las alternativas. Al día siguiente partirían para expulsar a Orochimaru.
No podía poner en peligro la camaradería y buena voluntad de todas sus fuerzas. La boda se había postergado a petición del príncipe irlandés, quien, comprendió el rey, acababa de actuar del único modo posible para conseguir que la paz continuara reinando entre los guerreros.
Hinata había avergonzado a todos, y el príncipe de Uzushiogakure había aceptado magnánimamente a la novia a pesar de ello. Después de que la joven intentara sutilmente dañarlo, él expresaba su deseo.
Nadie, aparte de sus más íntimos, intuía la rápida actividad de su mente ni conocía la magnitud de su ira, porque su dominio era inmenso, su rabia calculada y fría.
Nadie, aparte de sus más íntimos… y Hinata.
El ruido de la sala se tornó más estrepitoso, hasta convertirse en un estruendo discordante que hizo pensar a Hinata que todo estallaba alrededor.
—¡Así sea, pues! —El rey había hablado por fin—. La boda se celebrará inmediatamente.
Todos aclamaron la decisión. Shikamaru se puso en pie, alzando su puchelo.
—Una boda. ¡Comamos, bebamos y divirtámonos mientras la novia se prepara!
La luz iluminaba las facciones del rey. No le complacía la apresurada ceremonia, pero se veía obligado a aceptarla.
De pronto Hinata sintió que sus dedos estaban a punto de quebrarse. El vikingo la observaba con una glacial advertencia en los ojos. Mientras todos gritaban, él le susurró, y ella oyó claramente sus palabras.
—No más problemas, señora. No más oposición. ¿De verdad te preocupan tan poco los hombres que deseas sean masacrados?
—¡No!
Él levantó el brazo, señalando toda la sala. —Estos irlandeses, estos ingleses, estos noruegos están entrenados para la guerra. Los corazones y mentes pueden cambiar muy fácilmente, y en esta sociedad cada insulto debe ser vengado. He obrado como era preciso. Ahora representarás el final de este drama que has interpretado.
Ella forcejeó, pero no pudo liberar su mano. Varias mujeres se acercaron a ella. Por lo visto estaba destinada a ser vestida para la boda a pesar de la escena que Naruto de Uzushiogakure había presenciado a su llegada a Wareham.
Pensó en la presión censuradora de los dedos del vikingo sobre los de ella y se sintió débil. Él parecía hecho de bronce y acero; ningún hombre sería capaz de vencerlo en un combate cuerpo a cuerpo, y ciertamente ninguna mujer. Su odio por ella era inmenso, y su ira pasmosa.
—¡No deseas hacer esto! —se apresuró a decir Hinata—. Sé que no quieres casarte conmigo. Impide que esto suceda, ¡puedes hacerlo! —Observó que sus mandíbulas seguían apretadas y sus ojos fríos y severos. Desesperada, lo provocó—. ¿Y qué hay de tus temores de que esté embarazada de otro hombre? Los médicos se equivocan a veces. Tal vez te traicioné. Detén las cosas ahora y yo me quedaré con las hermanas santas y…
—Y rezarás para que muera en la batalla, no lo dudo. Señora, no importa. No he olvidado nada. No albergo temores respecto a ti.
—Me viste en el bosque.
—Eres una estúpida al recordármelo —dijo, con voz tan suave y escalofriante que fue como si una daga fría le recorriera la columna—. Siempre he dicho, milady, que yo llevaría las riendas en mi casa. Puedo descubrir fácilmente lo que se le encargó averiguar al médico. Y si has engañado a la casa de Wessex y estás preñada, entonces parirás ese hijo. —Se le iluminaron los ojos, y su voz se tornó ronca. Ella no acertó a discernir si se burlaba de ella o hablaba en serio—: Esta noche has desplegado ante mí tu enorme conocimiento del pueblo noruego. Ah, ¿o es a los vikingos a quienes conoces tan bien? No importa, yo te hablaré sobre esas gentes. Te niegas a reconocer mi sangre irlandesa y a considerarme cristiano. Así pues, debo pensar como pagano, como vikingo. Y en el norte, cuando nace un hijo indeseado, el asunto se soluciona muchas veces de forma muy fácil. Sencillamente se arroja al bebé a la nieve, y los dioses de Hel acuden a tomar lo suyo.
—¿Matarías a un bebé inocente?
—Simplemente acabo de explicarte qué se hace en el norte. Tal vez puedas aprovechar esta información para tu próxima sesión de relato dramático.
—Pero…
Se quedó mirándolo con perplejidad, sin saber qué decir. Aún se alzaban las llamas tras ellos. Le flaquearon las piernas, y le pareció que una terrible sensación de calor los rodeaba, solo a ellos dos.
Deseó golpearlo, herirlo, pero sintió miedo de tocarlo, porque el fuego se apoderaría de ella; no acababa de comprender esa sensación. No había hombre a quien odiara con más intensidad, y sin embargo jamás en su vida ningún hombre la había afectado tan profundamente.
Era como si entre ellos descargaran violentas tormentas cuando el aire estaba despejado. El corazón le latía desbocado, y le costaba respirar. Notaba la ira del vikingo y lo odiaba mortalmente.
Más que nada en el mundo, temía la noche que la aguardaba.
—Te aborreceré hasta la eternidad —juró. Él sonrió e hizo una rígida reverencia.
—Por las salas del Valhalla, milady, te invito a hacerlo. Sin embargo, no conseguirás impedir que se celebre la boda… ni librarte del lecho nupcial esta noche.
Comenzó a alejarse.
—¡Espera! —exclamó ella, y él se apresuró a regresar a su lado—.¿Arrojarías a la nieve a tu propio hijo para que muriera? ¡Jamás lo sabrás, si… si…! —balbuceó.
—¿Si me acuesto contigo esta noche? —preguntó él—. Señora, al parecer tienes más dificultad para las palabras íntimas que para los actos íntimos. ¿Te referías a eso?
—¡Sí! —respondió ella, furiosa—. Si te acuestas conmigo, jamás sabrás de quién es el hijo.
—En fin, ya sabes que tengo sangre vikinga —dijo él—. La violación y el asesinato son mi legado. Estoy resuelto a pasarlo bien, señora, no temas.
—Pero…
—No hay peros que valgan, milady. Sea cual sea la verdad, la descubriré.
—No, espera, escucha. No soy una esposa adecuada. He yacido no solo con Kiba, sino con una larga lista de amantes.
Tan grande era su terror que casi no se daba cuenta de las tonterías que estaba balbuceando. Súbitamente él la apretó contra su pecho, y ella dejó escapar un suave gemido de sorpresa y dolor. Se vio obligada a echar la cabeza hacia atrás, sintiendo retumbar su corazón contra la dureza del torso masculino.
—Basta, milady, basta. Nuestro matrimonio se consumará esta noche. Y no se te ocurra ponernos en ridículo a todos en la iglesia, porque mi paciencia comienza a agotarse. Y si realmente sabes algo sobre la venganza vikinga, ¡atrévete a ponerla a prueba!
Le costaba respirar. Sentía la vigorosa fuerza de las piernas masculinas, la vibrante energía de sus brazos, el pasmoso poder de sus ojos.
Sintió vivamente el contacto sobre la piel desnuda de sus brazos y se estremeció, consciente de que muy pronto él tendría todo el derecho de poseerla y usarla como le diera la gana.
Hinata tenía la impresión de que era arrastrada por un viento intenso y tempestuoso contra cuya fuerza no podía luchar. Aterrada, observó las manos del hombre, vigorosas, con dedos muy largos y hermosos.
Se preguntó si alguna vez esas manos habrían tratado con amabilidad a una mujer, y empezó a temblar de nuevo porque sabía que él jamás la trataría amablemente. De pronto comprendió que su destino había sido entregado a aquel vikingo, hasta el fin de sus días pertenecería a ese implacable gigante dorado.
—¡Por favor! —murmuró desesperada—. ¡Piénsalo! ¡No debe ocurrir! Nos esperan largos años…
—Señora, sí, nos esperan largos años. Y comienzan esta noche.
La soltó bruscamente, se volvió y se alejó. Las criadas sajonas, que aguardaban a discreta distancia, se aproximaron para escoltarla hasta el solar de las mujeres.
Mientras la bañaban y vestían para la boda con esmero y delicadeza ella quería hincarse de rodillas, golpearse el pecho y arrancarse los cabellos como una loca.
Imaginó la escena, y sospechó que el vikingo irlandés proseguiría con la ceremonia a pesar de todo. Él deseaba algo… y ella formaba parte de su deseo, eso era todo.
Shiho le cepilló el cabello mientras las otras mujeres, arrodilladas a sus pies, le arreglaban la cola del vestido. La reina le había servido vino para que se calmara.
Hinata no tardó en descubrir que la jarra que le habían ofrecido contenía algo más que vino. Se alegró, porque de pronto dejó de temblar y, aunque sus sueños de redención continuaron, se tranquilizó; tal vez porque le habían administrado algún sedante.
Podía caminar por el pasillo de la iglesia y negarse a pronunciar las palabras. Podía esperar hasta estar ante el altar y entonces rechazarlo. En cualquier caso, supuso, él insistiría en que la ceremonia se celebrase, y todos los presentes harían caso omiso de sus palabras si estas no eran las adecuadas.
Los matrimonios solían concertarse, y el suyo no sería una excepción. Nadie se compadecería de ella, ni siquiera Shiho, porque esta había pertenecido a la casa de Mercia, y su matrimonio con Iroha había sido de conveniencia.
Era una suerte que con los años hubieran llegado a amarse. Sabía que la pareja había atravesado períodos difíciles, porque la reina había descubierto que el rey era a veces justiciero, en lugar de bueno y piadoso, y una vez lo había condenado con vehemencia por su naturaleza rencorosa.
A medida que el tiempo transcurría, menos le importaba todo. Al cabo de una hora, estaba callada, quieta y elegantemente hermosa con la túnica tan primorosamente confeccionada para la ocasión.
Sus cabellos brillaban, y le habían perfumado la piel con agua de rosas. No protestó cuando la sacaron de la casa señorial y la condujeron por el patio hacia la iglesia. Parecía seria, consciente de la solemnidad de la ocasión.
Fuera cual fuera la poción que la reina le había administrado, fue un regalo celestial porque caminaba con la cabeza erguida y la dignidad intacta. Aunque detestaba al rey, no discutió cuando él le cogió el brazo.
También despreciaba al vikingo, ¡vikingo, a pesar de que se vistiera de irlandés!, que la esperaba ante el altar con expresión tan seria como la suya, aunque al verla se dibujó una ligera sonrisa en sus labios y un destello de curiosidad iluminó sus ojos.
Tuvo que admitir que el príncipe estaba magnífico. Debido a su estatura, destacaba entre los congregados allí, y su cabeza, brillante y dorada, sobresalía por encima de las demás. Sus ojos eran penetrantes; ningún hombre podía ocultarle la verdad. Su rostro era bello y orgulloso; un novio seductor.
Era dorado porque era vikingo, se recordó ella, y fuerte y poderoso porque descollaba en la lucha, en sembrar la muerte.
El padre Iruka estaba hablando. Hinata sintió la mano del rey y le pareció polvo. Cuando la entregó al vikingo, ella se sobresaltó porque su piel la quemó. Miró alrededor y vio las teas encendidas y la multitud de caras que la rodeaban, compatriotas de ella y de él; el rostro de Shiho, el del rey, Momoshiki, Toneri, y los vikingos e irlandeses vestidos con extraños justillos.
Una cara le llamó la atención, y casi sonrió porque pertenecía a un hombre tan viejo que tenía la piel muy arrugada y curtida como cuero, y un cabello que le llegaba casi hasta las rodillas. Él la observaba con una curiosa expresión bondadosa. A ella le dio un vuelco el corazón cuando le devolvió la mirada. Casi sin darse cuenta le sonrió, y él asintió a modo de extraño saludo.
El padre Iruka se aclaraba la garganta una y otra vez. Hablaba de la fe cristiana y la importancia del sacramento del matrimonio. Seguramente al vikingo el sermón le parecía demasiado largo.
—¡Continúa con la ceremonia, hombre! —interrumpió.
Entonces pidieron a Hinata que prometiera que lo honraría como a su esposo y le obedecería.
—¿Honrar? ¿Obedecer? ¿A un vikingo? ¡Oh, vamos, me niego! —dijo ella muy dulcemente.
Se produjo un silencio largo y mortal. De pronto la muchacha sintió que la giraban y apretaban con fuerza contra la capa carmesí con el emblema de un lobo amenazador. El novio le tocó la mejilla, no con suavidad, pero tampoco con rudeza. Sintió sobre todo el poder cobalto de su mirada.
—Señora, me honrarás, lo juro, y me obedecerás. —Miró al padre Iruka—. Continúa.
La ceremonia prosiguió. Ya nadie esperó las respuestas de la joven.
Enseguida fue declarada esposa de Naruto de Uzushiogakure.
Aunque había sido una boda cristiana, concluyó con un coro de chillidos y provocaciones paganas. Su marido la cogió entre sus brazos, y durante un instante sintió de nuevo su mirada y luego sus labios, fuertemente apretados contra los suyos.
Pensó en resistirse. Posó las palmas sobre el pecho del príncipe, pero fueron como motas de polvo en el aire; deseó volver la cabeza, pero no pudo porque él había hundido los dedos en su cabello, inmovilizándola sin piedad.
Él se tomó su tiempo; no fue un beso fugaz, un simple roce. Naruto la avasalló con la maestría de su beso. Le acarició con la lengua los labios y la obligó a abrirlos. Ella sintió que la consumía. Introdujo decididamente la lengua en los oscuros recovecos de su boca y la poseyó.
Presionó para que separara más los labios y la llenó con la ardiente exigencia de su boca y su lengua. Cuando ella logró respirar, percibió su aroma, limpio y masculino, peligrosamente masculino.
Trató de liberarse, pero los brazos de él eran demasiado fuertes, su beso demasiado potente, una invasión lenta, segura y completa de su boca, saboreando, ahondando, explorando y exigiendo con tal insinuación que despertó en ella un arrollador ardor, como si le clavaran una flecha hasta el vientre.
Estaba a punto de desvanecerse, atrapada en la subyugadora fuerza e intimidad del beso, cuando súbitamente él la soltó.
Hinata habría caído si él no la hubiera sostenido por el brazo. Miró el extraño fuego azul de los ojos de Naruto y se tocó los labios hinchados con dedos trémulos.
Los congregados continuaban gritando, entonando cánticos paganos, cuyo volumen aumentaba cada vez más. Los hombres comenzaron a dar cordiales palmadas a Naruto en la espalda; Shiho y muchas esposas de los nobles ingleses se acercaron a Hinata para besarla en la mejilla.
Todavía experimentaba aquella dulce sensación de aturdimiento, así como el horrible e inquietante calor producido por el beso.
Cuando él la tocaba, ella lo despreciaba. Recordaba la infamia que había arrojado sobre ella y lo que él era por nacimiento, y por elección al parecer. Pero también se había dado cuenta de que cuando él la tocaba, ella ardía. Se sentía como un animal enjaulado; desesperada, deseando liberarse de rejas y barreras invisibles.
Él desapareció de su vista, y las mujeres la rodearon y escoltaron por el pasillo. Los guerreros la abrazaban y besaban en la mejilla, alegres y bulliciosos, ebrios de vino, cerveza y el entusiasmo de la noche.
Después salieron de la iglesia hacia el fresco aire primaveral. Entonces se oyeron risas, tañer de laúdes y un lento y cautivador redoble de tambor. De pronto, bajo la luna, se inició el baile, y ella fue obligada a participar en él.
De nuevo corría el vino, ahora en los cuernos vikingos, y cuando le ofrecieron uno, Hinata apuró el contenido.
No supo adónde la conducían hasta que se encontró en una de las pequeñas dependencias apartadas de la larga casa señorial.
Se trataba de una habitación de madera pintada, donde había una cama grande con sábanas nuevas, grandes almohadones de plumón y cortinas de gasa. Al ver el lecho, la muchacha palideció y quedó paralizada.
Las mujeres que se hallaban con ella comenzaron a reír y comentar sus noches de boda. Una de ellas se preguntó en voz alta si el guapo guerrero vikingo estaría tan bien dotado bajo la cintura como en los hombros, mientras las otras se revolcaban de risa.
La despojaron de las galas nupciales. Quedó desnuda unos segundos y después le pusieron un camisón casi transparente. Cerró los ojos, sintiéndose más desnuda y vulnerable que nunca. El camisón no ocultaba nada, sino que más bien resaltaba las sombras de las curvas y montículos de su cuerpo.
El dulce aturdimiento que la había sostenido durante la boda se disipaba. La reina no se encontraba entre las mujeres, y Hinata anheló verla, suplicarle que le sirviera más poción para poder soportar el horror de la noche que la aguardaba.
De pronto se hizo el silencio. Las mujeres se callaron. Hinata se giró, ataviada con su camisón, y vio que él estaba de pie en el umbral de la puerta.
Naruto tuvo que agacharse para entrar en la habitación. Detrás de él había hombres, animando con voz chillona al recién casado. De pronto Hinata sintió, como antes aquella noche, junto al fuego, que el mundo conocido se eclipsaba y que entraba en un lugar remoto poblado de magos, druidas o dioses.
El mundo entero se desvaneció, y ella solo veía al vikingo. El corazón le retumbaba porque estaba asustada, pero se sentía viva, abrasada por el fuego azul de su mirada.
Lo odiaba, sí. Y allí estaba él, indómito, siempre majestuoso como un dios. Hinata no había logrado borrarlo de su mente desde la primera vez que lo viera. Y ahora era su esposa; ciertamente no para ser amada, sino para ser poseída.
Naruto la observó y ella sintió que su mirada la recorría como una llamarada y penetraba en su ser. Los hombres que se hallaban tras el príncipe irlandés guardaron silencio.
—Buenas noches, amigos —dijo él sin volverse.
Nadie se movió. Naruto miró intencionadamente a las mujeres, quienes tampoco hicieron ademán de marcharse.
Todos parecían estar pasmados, dominados por un temor reverencial hacia él.
—¡Salid! —ordenó.
Avanzó un paso. Una mujer chilló y después todas abandonaron la habitación y siguieron a los hombres de Naruto. La puerta se cerró tras ellas. Durante varios segundos se oyeron las risas y cuchicheos de los invitados a la boda; después, silencio. El mundo desapareció.
Solo existía el vikingo.
Con las manos apoyadas en las caderas, él esbozó una sonrisa tan glacial como el color de sus ojos.
Ella juró en silencio que no demostraría el miedo que sentía. Se prometió que lo despreciaría con orgullo y dignidad, ocurriera lo que ocurriera. Sin embargo, esa sonrisa le crispaba los nervios.
Sin dejar de observarla, Naruto se quitó la capa real y la dejó a un lado con gracia y resolución. Ella empezó a temblar a pesar de su determinación. Deseó que Shiho le hubiera ofrecido más poción.
—¡Señora… esposa! —musitó él. Se deshebilló el cinturón de que pendía su espada envainada y lo dejó caer descuidadamente al suelo.
Hinata perdió el valor al ver la expresión burlona de sus ojos y sus musculosos brazos desnudos.
Entonces Naruto dio un paso hacia ella, y la joven observó que su sonrisa era implacable.
Se le escapó un gemido. Ya había desaparecido por completo aquel dulce embotamiento de los sentidos, y el pánico se apoderó de ella, electrizando todo su ser. Comprendió, cuando ya era demasiado tarde, que lo había provocado mucho.
Había luchado contra él, lo había herido, traicionado, y hecho lo posible por desacreditarlo. Sí, lo había provocado muchísimo; demasiado, quizá.
«Maldita sea la valentía —pensó—. Malditos el orgullo, el honor, e incluso Wessex.» Solo deseaba huir, no importaba adónde.
Él avanzó otro paso hacia ella. Hinata lanzó un grito y echó a correr, decidida a pasar como un rayo junto a él y buscar refugio en la oscuridad de la noche. Pero no consiguió escapar.
Él la agarró por la cascada de sus cabellos y la atrajo hacia sí, como si de una marioneta se tratara. Ella sintió el impacto de su cuerpo como el azote de una vara de acero, y el furioso viento de su aliento contra la suavidad de su mejilla.
—¡Ah, señora! ¿Piensas evitarme esta noche? No, creo que no. El dulce ajuste de cuentas ¡es mío, por fin!
Rodeándola por la cintura, la levantó sin esfuerzo, apretándola contra sí. Sus ojos la perforaron con sus dagas de hielo.
Después la arrojó con fuerza sobre el limpio y blanco lecho conyugal.
Laguz
Laguz revela tu rechazo a lo que no conoces, tu desconfianza y el trato hostil que le das a las novedades inesperadas.
