LA ROSA DEL VIKINGO
8 Teiwaz E Inguz
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Aturdida, Hinata trató de recuperar el aliento y durante varios segundos permaneció inmóvil, casi incapaz de pensar. Él sonrió con los ojos entornados; en ese fugaz instante ella comprendió que él recordaba con claridad todas las heridas que le había infligido; desde la mortífera andanada de flechas hasta el insulto de su cita con Kiba.
Lo observó anonadada, trémula, mientras él continuaba desvistiéndose sin dejar de mirarla con aquellos ojos fríos, azules y rebosantes de vida. Calzas, túnicas y fina camisa de hilo abandonaron su cuerpo y cayeron donde quedarían. Y ella era aún incapaz de moverse; de hecho, apenas podía respirar.
Las llamas iluminaban los músculos de los hombros y el torso de Naruto. El pecho aparecía cubierto por vello dorado, y los tendones se marcaban como oro y bronce a la luz del hogar.
Hinata trató de clavar la vista en sus ojos, pero la desvió hacia abajo y se estremeció. El vello dorado de su pecho se estrechaba en la cintura y continuaba hacia abajo, formando una alfombra masculina para la poderosa vara de su sexo.
Miró el turgente pene, y se le secó la garganta. Deseó gritar, negarse, desaparecer. Cada vez más aterrada, volvió a mirar sus ojos y se sobresaltó al percibir en ellos cruel burla e inflexible orgullo.
El hombre poseía una belleza salvaje y extraña; se apreciaba en su porte, en la manera de sostener su hermosa cabeza e incluso en el abrasador escarnio de sus ojos; estaba en la gracia ágil, felina, de su repentino movimiento al acercarse a ella.
—Una noche memorable, mi querida… esposa.
—¡No! —murmuró ella.
De un salto se puso de rodillas, afligida y aterrada, porque estaba segura de que él pretendía vengarse de la manera más brutal. No podía permanecer quieta esperando ver qué tortura se proponía infligirle.
Trató de saltar de la cama, pero él la detuvo cogiéndola por los hombros y volvió a tenderla. Sin piedad ni esfuerzo se colocó sobre ella a horcajadas y le inmovilizó las manos aprisionándolas en sus muslos.
Hinata no opuso resistencia, consciente de que la fuerza de él era muy superior. Gotas ardientes se deslizaron por su espalda cuando él la tocó con sus manos osadas y duras, cuando sintió su mirada, como una daga que la perforó y dejó clavada su alma.
—¿Qué hago primero? —preguntó él—. ¿Golpearte o violarte?
—Suéltame…
Logró liberarse las manos, pero él las atrapó de nuevo, presionándolas a los lados de su rostro e inclinándose sobre ella. El aliento de Naruto le acarició los labios y la penetró. Se sintió llena de su aroma, extrañamente limpio, atractivamente masculino y tan incitante como su contacto. El vikingo le susurró, y su barba le rozó la piel:
—¡Ay, señora! Hubo un tiempo en que pensé tratarte con prudencia. Demostrarte, milady, más allá de toda medida, que soy producto de una ley más antigua que cualquier norma inglesa. Quería ser el modelo de caballero, señora, desplegar la faceta más delicada de mi sexo.
Hinata ignoraba adónde conducirían sus burlas, pronunciadas con un tono que no era en absoluto tierno. El cuerpo masculino la hacía arder. Incluso mientras lo escuchaba era consciente de su espléndida figura, la fuerza de su cuerpo sobre ella, el abrasador miembro viril que descansaba sobre la gasa de su camisón, ofendiéndola más que cualquier palabra que él dijera.
No le habría importado morir para escapar de él, de esa íntima agitación de su cuerpo y del terrible desprecio de su voz, que convertía en mofas sus palabras. No deseaba sentir el suave roce de su barba, no podía soportar la vibración de su pecho al moverse y contraerse sus músculos sobre ella.
—Por favor —gimió.
Una niebla gris la envolvió. Anheló perder el conocimiento y entrar en un mundo de la nada donde no estuviera a su merced, donde supiera que él no la desgarraría, monstruoso y cruel.
Moriría, pensó; él la mataría.
—Ay, sí, hubo un tiempo en que me propuse ser amable. Me habías lanzado tus flechas, habías luchado contra mí como una gata montesa, y sin embargo estaba dispuesto a creer en tu inocencia. Incluso cuando te sorprendí, ya prometida a mí, con tu amante en el bosque, traté de comprender. Pero cuando bailaste, señora, cuando cantaste con tanta elocuencia, atormentaste mi alma y mi corazón. Y pensé en esos lejanos antepasados míos que atacaron y saquearon con tanta crueldad. Pensé en los gritos de batalla, la sed de sangre y la tenebrosa y rapaz necesidad de violar que nace en nosotros. Hinata…
Pronunció su nombre en un susurro; tal vez incluso fue dicho con ternura. Podría haber sido solo una lejana ola del mar o el ávido crepitar de una llama azotada por el viento.
Entonces él se levantó sin soltarla y la arrastró hasta el hogar, donde la dejó de pie ante el fuego.
—Me has llamado bárbaro y, ¡ay de mí!, ha surgido el lado primitivo y tosco de mi naturaleza. Te he visto en toda la gloria de tu desnudez. Vi cómo te desvestías para tu amante, como la más experimentada ramera, y después tus movimientos cuando bailabas. Contemplé el sinuoso contoneo de tus caderas y el sensual alzarse de tus pechos, y latió en mí la sed de sangre hasta que no pude soportarlo más. Entonces supe que debía comportarme como lo hicieron mis antepasados: de un modo brutal, cruel, ávido…
Al oír aquellas últimas palabras murmuradas con un tono ronco, sobrecogedor y apasionado, Hinata recobró el coraje.
—¡No!
Desesperada, dio un tirón y se soltó. Pero enseguida descubrió que no había ganado la batalla. Él la había liberado a propósito para volver a cogerla, atrayéndola hacia sí. Naruto deslizó los dedos por la redondez de sus senos al tiempo que desgarraba la tela del camisón.
Hinata trató desesperadamente de juntar los trozos, pero él no le permitió cubrirse. Con escaso cuidado y sin piedad alguna, rompió el resto de la gasa arrancándole el camisón por los hombros. Ella lo maldijo e intentó golpearlo, pero él se lo impidió y la lanzó sobre la cama, esta vez desnuda. Frenética, trató de aplacarlo:
—¡No eres un bárbaro! Eres irlandés, eres cristiano. Yo he estado equivocada respecto a ti desde el principio. Ahora descubro que eres amable.
—¿Me consideras amable? ¡Ah, no, señora, mientes! —tronó él y cayó sobre ella.
Ella percibió todos los matices de su cuerpo guerrero porque él se encargó de que los notara. Le rozó los labios con los suyos, y ella se revolvió, histérica. Ya no deseaba calmarlo.
—¡Bestia! ¡Maldito lobo! ¡Maldito perro!
—¡Ay, tus palabras avivan la llama, mi increíble beldad! Estamos gobernados por la pasión y la lujuria; nada más.
Enloquecida, intentó golpearlo, pero él aprisionó sus manos bajo el cuerpo de la muchacha. Ella continuó maldiciéndolo; porque era lo único que podía hacer para vencer el miedo.
—¡Un lobo, un perro, una bestia salvaje! —Naruto repitió los insultos que ella había proferido—. ¿Qué pretendías despertar en mí cuando bailaste esta noche, milady?
Ella se quedó quieta, temerosa de contestar. Sus ojos la miraron con una extraña fuerza, tan poderosa como los músculos de sus brazos y piernas. Sus labios dibujaron una severa sonrisa.
Naruto le acarició los senos, cubriéndolos totalmente con las manos. Hinata sacudió la cabeza y cerró la boca para no gritar cuando él comenzó a deslizar las manos por sus suaves pechos, acariciándolos, apretándole los pezones hasta que estos se endurecieron y se convirtieron en duras puntas.
Sintió horror y humillación porque su cuerpo respondía así a las caricias. Despreciaba a ese hombre, lo odiaba profundamente. Pero el fuego continuaba propagándose por todo su cuerpo y, aunque deseaba gritar, no podía; solo podía permanecer tendida y rogar que su rostro no delatara su confusión.
Él la observaba como un halcón, mirándola a los ojos y esperando su reacción. Hinata lanzó una feroz maldición y se debatió con furia desenfrenada. Lo único que consiguió fue sentirlo más firmemente instalado sobre ella, más seductor e íntimo. Notó su pene entre sus muslos, percibió el impío ardor y el salvaje pulso, y pensó que caería en un torbellino.
—Hinata…
Otra vez su nombre, ese suave y ardiente crepitar de una llama, susurrado, apenas pronunciado. Él movió los pulgares sobre sus pezones y le acarició los senos. Recorrió delicadamente con el dedo el valle entre los pechos, y ella sintió ese suave roce como si fuera un cuchillo que le atravesaba la carne.
—¡Ay de mí, soy un vikingo, un bestia, como tú deseabas! Soy tu creación. Pero hay más; tu belleza, señora, tu increíble belleza. Pretendía mostrarme amable y tierno. Me había propuesto sufrir tus ofensas en silencio. Quería olvidar que habías buscado los brazos, y algo más, de otro hombre cuando eras mi prometida. Deseaba alejarme de ti hasta después de la batalla, pero tu seductora belleza me subyugó. Estoy librando una batalla ahora. ¡Esos ojos! Son la plata de las estrellas por la noche, los acianos que crecen en los campos en primavera; relampaguean de pasión, suaves cuando ríen, sugerentes y astutos para después mostrar una expresión de dulce inocencia. Y tu cabello, negro como la fría noche, con sus fascinantes destellos de azul con el brillo del sol. Y estos pechos que acaricio, coronados por rosas, llenos, firmes y hermosos. Soy un vikingo, como tú dices, salvaje y brutal. ¡Y estoy ardiendo de deseo, señora! Me muero por introducirme dentro de ti, poseerte con total y ciega pasión.
El tono de su voz era hipnotizador, su cuerpo como el acero, y sus ojos como un fuego azul. Su voz penetraba profundamente en el interior de Hinata, que se estremeció y tembló de un modo que él no pudo dejar de advertir. En el rostro de Naruto, sombrío y grave, se dibujaba una sonrisa de desprecio.
No podía ser tan cobarde, pensó ella. Había sido capaz de participar en una batalla sin sentir miedo, sin experimentar esa sensación cruda y trémula expectación. Le horrorizaba lo que provocaba en ella el contacto con aquel hombre, las agradables y ardientes espirales que creaban aquellas manos en su interior.
No podía soportar el palpitar de su protuberante miembro, ni el calor de su piel desnuda, ni el poder de su cuerpo contra el suyo.
—¡Acaba de una vez! —exclamó—. Golpéame, viólame, haz lo que gustes, pero acaba de una vez.
Él permaneció absolutamente inmóvil. Después volvió a acariciarle los pechos, deslizando la palma sobre ellos de una manera que casi la hizo gemir a causa del placer recién descubierto que la mortificaba más que el peor de los dolores.
—No —se limitó a decir él.
Después se incorporó para quedar acuclillado y la miró.
—¿Qué? —preguntó ella en un susurro.
—¡Ay, Hinata! No tengo la menor intención de golpearte ni violarte. Eres una seductora, señora mía, y te aseguro que esta noche despertaste pensamientos salvajes en muchos hombres, sajones, vikingos y súbditos de Uzushiogakure. La fría verdad, milady, es que, por bárbaro que sea, estoy haciendo los mayores esfuerzos por tratarte con violencia.
Y era cierto. Masculló una maldición, se levantó de la cama y comenzó a pasearse por la habitación. Había planeado burlarse de ella para vengarse y después darle la espalda y abandonarla.
Sin embargo, no resultaba fácil. Hinata era su esposa y había encendido en él todos los fuegos del infierno. Tenía todo el derecho sobre ella, y probablemente merecía que la violara como la más brutal bestia rabiosa que hubiera pisado la tierra.
No deseaba que esperara piedad de él; era una luchadora demasiado intrépida, una mujer demasiado peligrosa, y jamás debía cuestionar la furia y la férrea determinación de la voluntad de su marido.
Aquella joven lo obsesionaba, incluso cuando se encontraba junto a ella, cuando miraba la increíble y plateada belleza de sus ojos. No podía olvidar que la había visto desnudarse para su amante. Tal vez habían sido interrumpidos antes de consumar el acto, pero él había visto sus ojos brillantes como las estrellas y su rostro lleno de ternura.
¡No la amaba!, se recordó. Él no necesitaba esa ternura. Tampoco deseaba cargar con una esposa que se encogiera de miedo cada vez que él se acercara.
En realidad ella no se encogía de miedo. Jamás dejaba de resistirse, se recordó también, medio admirado, medio cansado; incluso en ese momento. Con el rabillo del ojo vio que ella estaba preparándose para saltar de nuevo.
En el preciso instante en que ella se disponía a levantarse, él se aproximó a la cama. Sus dedos se hundieron despiadadamente en los cabellos de la joven.
—No; no se te ocurra intentar escapar. Aunque volaras a los confines de la tierra, señora, te encontraría y te arrastraría hasta aquí. Ahora eres mía, como la espada que llevo y el caballo blanco que monto.
—¡O sea, que para ti soy como un caballo!
—No, milady, porque el semental blanco es una buena montura, y tú todavía tienes que demostrar que lo eres.
Ofendida, levantó la mano y con sorprendente fuerza le propinó una bofetada que resonó en el silencio de la habitación. Hinata vio las marcas rojas que sus dedos habían dejado en el rostro del vikingo.
Su reacción la asustó más que si él le hubiera devuelto el golpe. Él no se movió ni cambió de expresión; en realidad, si ella no hubiera estado lo suficientemente cerca para apreciar el furioso palpitar de su pulso en la garganta, habría pensado que él ni siquiera había sentido su mano.
Pero se hallaba a su lado y comenzaba a conocerlo, a interpretar el hielo que se formaba en sus ojos, a percibir en la rápida tensión de sus facciones la rabia que no delataba de ninguna otra manera.
Creyendo que iba a golpearla, trató de apartarse, pero él la tenía firmemente agarrada de los cabellos. Medio sollozante, forcejeó para liberarse.
Sus senos desnudos rozaron el pecho de Naruto, quien al notar sus pezones, duros y sugerentes, contra su piel, y a pesar de su ira, o tal vez debido a ella, sintió una nueva excitación de deseo. Intenso, rápido y compulsivo, su anhelo de poseerla superó el control que se esforzaba por conservar. Los labios de ella estaban muy cerca de los de él.
—Señora —murmuró—. Aunque no deseo hacerte daño, ya sea con violencia o con ternura, serás mi esposa esta noche.
Ella lo miró a los ojos, con los labios entreabiertos y resecos.
—¡No!
—Sí.
Le soltó los cabellos, ahuecó la mano en su nuca y la estrechó contra sí, tendiéndola de nuevo en la cama. Hinata se estremeció bajo él.
Él se tumbó a su lado, colocando una pierna sobre sus muslos, sin dejar de mirarla a los ojos. Ella no desvió la vista.
—Aseguraste que no ibas a golpearme ni violarme. Prometiste que…
—En realidad no prometí nada. No; no te golpearé ni violaré.
—Pero pretendes…
—No será una violación. Deja de resistirte. La batalla está perdida; lo estaba antes de que viniéramos a esta habitación esta noche.
—No —murmuró ella, negando con la cabeza.
En sus ojos había un destello de desesperación. Sabía que era inútil discutir. Él sonrió y le colocó la mano bajo el pecho, sobre el corazón, y sintió los latidos desbocados. Le abarcó con sus dedos el seno, y ella, aunque dio un respingo ante la nueva sensación, no habló, pasmada.
Hinata no se atrevía a protestar; de hecho, tenía miedo incluso de moverse. Lo despreciaba, se recordó, lo despreciaba de verdad. Sería su enemigo hasta las puertas del infierno, estaba convencida.
Sin embargo, existía algo hipnotizador en su arrogancia y seguridad. El vikingo siempre haría lo que se le antojara sin importarle las consecuencias. Había algo en su voz… algo cautivador.
Y en sus caricias. Se estremeció ante la certeza de que no podía escapar de él, ni de su musculoso muslo, ni de la fuerza de sus brazos, ni del magnético poder de sus ojos. Bajó la vista hacia la mano masculina que se deslizaba sobre su piel marfileña.
Lo odiaba, y debería detestar que él posara sus manos sobre ella, pero lo que en realidad sentía era una creciente fascinación, una excitación que le recorría el cuerpo entero. Era como si en lo más profundo de su ser, no sabía dónde, hubieran encendido un fuego lento.
De pronto descubrió que el fuego se originaba en el lugar donde la palma callosa le frotaba el pezón, y desde allí se extendía hasta los muslos y los recovecos más femeninos.
—Por favor —musitó.
—No hago favores.
—¿Y si…?
—Eres una mentirosa, Hinata —interrumpió y continuó acariciándola.
La sensación era enloquecedora; era perfección, un sueño de cielo y perverso placer.
—Pero…
Él sonrió, burlón.
—¡Basta ya de protestas! No soy monje, y no viviré como tal. Y tú no eres una esposa dulce y tierna. De todos modos, pronto nos enteraremos de la verdad de tu cita con Kiba en el bosque. No tienes nada que temer. Aunque tú me llames bárbaro, sería incapaz de hacer daño a un bebé inocente. Si llevaras la semilla de otro hombre, la criatura sería destinada a la iglesia. Yo no mataría al hijo de ninguna mujer, ni siquiera al tuyo, milady.
—No te creo.
Se humedeció los labios. Sus objeciones eran inútiles. Él no tardaría en descubrir que ella no había yacido con Kiba. La proximidad de Kiba jamás la había hecho experimentar lo que sentía en ese momento. Lo amaba, sí, pero sus besos y caricias nunca habían desencadenado en ella esos fuegos tan extraños e increíbles que le provocaba el hombre a quien odiaba.
Él sonrió, y esta vez su sonrisa fue extraña, infantil, triste y nostálgica.
—Tengo nueve hermanos vivos, señora, seis hermanos y tres hermanas. Mi madre solo perdió un bebé y lloró por ese hijo larga y desconsoladamente. Por bárbaro que sea, me han educado en la creencia de que toda vida es sagrada, y especialmente la de un niño.
»Te aseguro que había planeado dejarte sola esta noche. Sí, pensaba atormentarte y después abandonarte hasta que concluyera la batalla, hasta saber que me había ganado la tierra que Iroha me cedió. Creo que en realidad nunca te acostaste con tu amante, y dado que tú misma has provocado todo esto, con toda amabilidad me encargaré de que asumas las consecuencias de tus actos.
—¡Mis actos! —exclamó ella.
Las llamas de las velas parpadeaban, y la luz bailaba sobre el rostro de Naruto, envolviéndolo en un resplandor etéreo que le confería un aspecto imponente y encantador.
Asumir… ¿eso? Jamás aceptaría a ese desconocido que la acariciaba con tal descaro, ese vikingo de cabello rubio, penetrantes ojos nórdicos y cuerpo robusto y musculoso.
Le hablaba con suavidad (al parecer había decidido no precipitar los acontecimientos), pero ella sentía su ardor, el vigor de su miembro viril, las llamas y la tensión que crepitaban entre ellos. De nuevo el miedo se apoderó de ella cuando se dio cuenta de que permanecía quieta mientras él la tocaba libremente.
Clavó los dedos en el brazo de Naruto, pero inmediatamente comprendió la inutilidad de su acción, los músculos del hombre eran como el acero. Él le cogió las muñecas y las inmovilizó apretándolas contra el lecho. La miró con expresión amenazadora.
—Habrían muerto muchos hombres por culpa de tus temerarias provocaciones de esta noche, señora. Las alianzas son inestables. He venido aquí para luchar por Iroha porque creo en su causa y lo considero un gran rey, comparable a Ashina Uzumaki, mi abuelo, el Ard-Ri. Es prudente, piadoso y un guerrero de valentía ilimitada. He venido aquí para conquistar tierras y crear mi fortaleza, y no permitiré que ni tú ni nadie destruya lo que he decidido por mi voluntad.
Él bajó la cabeza y, aunque ella intentó apartar la cara, reclamó su boca. Su lengua separó los labios de Hinata y se introdujo, ardiente, en su boca. A la joven le pareció que él se internaba más y más en su interior.
A la mortecina luz de las velas, él se apoderaba de su corazón y su alma, se los devolvía para arrebatárselos de nuevo. Se resistió a su propia excitación. Deseó rebelarse, alejarse, pero no pudo; el beso era tan enérgico y exigente que no tuvo más remedio que corresponderle. Él retiró los labios de los de ella y volvió a besarla.
Cuando por fin abandonaron su boca, los labios de Naruto se deslizaron lentamente por una mejilla hasta el lóbulo de la oreja; la muchacha sintió la ardiente humedad de su aliento.
Después Naruto descendió hacia su cuello. Sus miradas se encontraron. Él le soltó las muñecas para entrelazar sus dedos con los de ella. Hinata notaba el áspero roce del vello de sus piernas, el poder de su cuerpo cuando le separó las rodillas y se instaló entre sus muslos.
Su palpitante pene reposaba sobre ella. Dejó escapar un desesperado gemido. Él le cubrió la boca con la suya para impedir que salieran palabras de protesta. Después los labios de él se dirigieron hacia el cuello y se detuvieron en una blanda vena azul donde latía el pulso.
La lengua jugueteó sobre su piel y siguió bajando. La boca se cerró sobre un pezón, y ella sofocó una exclamación. Él se demoraba, dibujando círculos con la lengua alrededor del rosado pezón, mordisqueándolo.
La mujer susurró y gimió, frenética, sacudiendo la cabeza. Trató de apartarse, pero sus dedos seguían entrelazados. El cuerpo masculino era una cárcel de pasión, músculos y tendones que la ceñía por completo.
Él besó el valle entre sus pechos para luego dedicar su atención al otro dulce montículo. Aprisionó el pezón con la boca, succionando y encendiendo nuevos rayos de fuego en el interior de ella. La saboreó, lamiendo la areola y después abarcando todo el seno. Y la caricia continuó descendiendo.
El vikingo recorría su vientre con los labios, mordisqueándole suavemente la piel, bañándola con la ardorosa humedad de su lengua. Naruto ahuecó la mano y la posó sobre la entrepierna de su esposa, cubriendo el suave y velloso montículo. De pronto Hinata se dio cuenta de que tenía las manos libres, que había sumergido los dedos en el cabello de él.
Le tiró del pelo, resistiéndose a aquella intimidad, susurrando una frenética protesta. Él volvió a cogerle las manos para entrelazar sus dedos. La miró a los ojos con azul y audaz determinación y sonrió. Después bajó de nuevo la cabeza.
Tenía los muslos separados porque él se hallaba entre ellos. Se revolvió, sofocada, y gimió. Intentó liberarse las manos, pero él no la soltó. La joven comprendió que no le quedaba más alternativa que dejarse llevar por la increíble y salvaje sensación que experimentaba con cada lamido de su lengua.
Los labios de Naruto la saboreaban, suaves, íntimos y ligeros al principio, invasores después. Aunque aún se debatía, poco a poco se filtraba dentro de ella la pasión, el deseo… cada vez más profundo.
El fuego que las caricias del hombre habían encendido comenzó a arder con temible ferocidad. De pronto Hinata se dio cuenta de que se movía rítmicamente contra el vikingo; en algún momento, en medio de la invasión, había dejado de resistirse.
Ya no quería escapar de él, sino saber adónde conducían aquellas llamas que la consumían. Lentos estremecimientos crecieron en su interior y sacudieron su cuerpo.
Un líquido meloso le corrió por las venas, serpenteando e hirviendo en su corazón y sus entrañas. Después le pareció que el mundo explotaba, que las estrellas estallaban para extinguir la luz de las velas, que todo en su ser se fundía en una sensación de éxtasis dulcísima.
De pronto estaba inmóvil y sin aliento, rodeada por la oscuridad. Entonces él se colocó sobre ella.
—¿Te conoció así alguna vez tu amante? —le susurró al oído—. ¿Saboreó tus dulces néctares con su beso?
Ella abrió los ojos. Se desvaneció la pasmosa magia, y fue sustituida por la rabia y la vergüenza. En vano intentó golpearlo. Chilló, pero los labios de él sellaron los suyos.
Hinata sintió cómo la mano masculina se deslizaba por su muslo y después el ardiente calor y el vigor de su miembro, que la penetraba por fin.
Lanzó un grito ante el repentino y cegador dolor, pero el grito quedó atrapado en un beso. Naruto se detuvo para que el cuerpo de la mujer se acostumbrara a su invasión.
Después comenzó a moverse. Ella creía que no lograría sobrevivir a sus embates, que la partiría en dos. Pero para su asombro el dolor fue menguando lentamente, y a medida que disminuía, la pasión, la tersura aterciopelada del sexo del hombre, el ritmo seguro… todo ello volvía a prender las llamas que la acariciaban y lamían, bailaban por todo su cuerpo y hacían bullir su sangre.
Comprendió que se acercaba nuevamente ese maravilloso éxtasis que la aterraba y exaltaba a la vez; él lo provocaba con cada acometida. Los dedos de la muchacha se clavaban frenéticamente en los hombros de él. Ella sentía cómo se tensaban sus músculos y tendones bajo sus manos.
Los dos estaban cubiertos de una capa de sudor. La tierra se inclinaba y giraba locamente, mientras proseguía el rítmico movimiento de sus cuerpos, mientras él la poseía y reclamaba una y otra vez.
Naruto echó hacia atrás la cabeza y dejó escapar un violento gemido. Los tendones de su cuello y los músculos de su espalda se tensaron. Entonces Hinata sintió cómo derramaba su orgasmo y volvió a gozar de la magia del éxtasis.
Rayos de luz destellaron sobre ella para luego dar paso a la oscuridad; creyó que estaba desmayándose o que tal vez había muerto.
El vikingo se tendió a su lado, liberándola de su peso, y la atrajo hacia sí. Fue entonces cuando volvió a sentir el dolor, la irritación entre los muslos. Se revolvió en los brazos de Naruto y lo golpeó fieramente. Él echó a reír al ver su furia, le cogió las muñecas y la estrechó contra su cuerpo.
—Bastardo.
—Un bastardo más que satisfecho —dijo él con ojos burlones—. Por lo visto tu cita con tu novio fue interrumpida.
—Entonces déjame en paz. Tu honor ha sido reparado. Has hecho lo que querías, ¿qué más deseas? —exclamó ella.
—¿Qué más? Ah, pues deseo mucho más, mucho más. Deseo todo lo que estabas dispuesta a entregarle a él.
—Jamás te daré nada.
—Ah, creo que sí lo harás —sonrió él—. De verdad, amor mío, creo que sí lo harás.
Teiwaz
La runa Teiwaz simboliza una lanza como muestra de firmeza, arrojo y conquista. Significa valentía, determinación, estímulo y justicia
Continuará...
