LA ROSA DEL VIKINGO


9 Isa


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


—Jamás, jamás, lo juro —exclamó Hinata con vehemencia—. Solo recibirás de mí mis oraciones para rogar que mueras cuanto antes.

—¿Porque me odias mucho, señora, o porque disfrutas conmigo? —rió él. Ella masculló una maldición en voz baja. Él la cogió por los hombros.

—Reza para pedir mi muerte. Más vale que lo hagas, porque, si sobrevivo a la inminente batalla, acabarás rogando por tu alma. Exigiré lo que me corresponde. Exigiré todo y lo tendré, con violencia si es preciso. Siempre tendré lo que me pertenece. —Ella logró liberarse por fin, se envolvió en las mantas y le dio la espalda—. Por lo visto ya has empezado a rezar para que muera en la batalla.

Ella no replicó. Naruto le puso una mano en el hombro. Ella se estremeció y se volvió para mirarlo. No era posible que él pretendiera que yacieran juntos de nuevo; pero podía, si quería. Era su noche de bodas.

Se excitó al pensarlo. ¿Lo despreciaba solo por ser lo que era… o tal vez lo odiaba más aún por lo que había provocado en ella?

No le daría más, nunca. Sus ojos se agrandaron, alarmados, mientras él la observaba, porque esa noche había aprendido una lección: él tenía el poder de doblegar su voluntad con sus caricias.

Él no volvió a acariciarla.

—Duerme —susurró.

Un resplandor iluminó sus rasgos, y ella contempló el misterioso magnetismo de sus azules ojos, los orgullosos y hermosos contornos de su rostro, sus hombros anchos y fuertes. Se estremeció.

Él la observó unos instantes más y de pronto apartó hacia atrás las mantas. Desnudo y tranquilo, buscó su espada.

Ella lo observó con creciente temor. Vio que recogía la espada y la miraba casi con amor para después pasar sus dedos por el filo. Naruto volvió y se encaminó hacia la cama.

Algo bulló en el interior de Hinata; el terror a la muerte, el deseo de vivir. El vikingo había mentido. Se proponía matarla después de todo. La mujer palideció y, cuando él se acercó más, dejó escapar un grito.

—¡No! ¡No!

Él se detuvo y arqueó una ceja. A continuación comenzó a reír, divertido.

—Señora, dado tu mal genio, es posible que alguna vez te golpee. Pero cortarte el cuello… no. Todavía no, en cualquier caso. —Subió a la cama y depositó la espada en el suelo, a su lado—. Nunca se sabe en tierras extrañas — murmuró.

Le volvió la espalda y se arropó con las mantas.

Hinata quedó conmocionada; tan grande era su alivio que le causó perplejidad. Deseó saltar de la cama y apagar las velas, porque deseaba que la oscuridad amparara su cuerpo y sus pensamientos.

Como no se atrevió a hacerlo, permaneció quieta, esperando a que la respiración de él se apaciguara. Al ver la anchura bronceada de los hombros del vikingo se estremeció.

La habían casado con ese extraño demonio, esa bestia que se burlaba de su miedo a él y que en esos momentos le daba la espalda. Ella solo deseaba que cayera en la batalla. Estaba enamorada de Kiba.

No, ya nunca podría estar enamorada de Kiba después de que ese hombre la hubiese tocado. Lo despreciaba por ello, sí, y sin embargo se estremecía y enardecía por su causa.

Tragó saliva, incapaz de soportar la visión de aquella espalda y aquellos hombros broncíneos. Finalmente se incorporó y se acercó al baúl situado al pie de la cama, donde ardían las dos velas.

Se inclinó para apagar las llamas y se detuvo cuando su vista se posó en la espada. Podía coger la espada y atravesarle el corazón. Entonces él ya no podría herirla ni humillarla, no podría volver a reclamarla como esposa.

No. Sonrió con tristeza, despreciándose porque jamás sería capaz de algo semejante. No podía alzar una espada contra un hombre dormido, por mucho que lo aborreciera.

—¡Zorra!

La palabra sonó como un gruñido furioso. No había advertido que Naruto se había incorporado, no lo había oído ni respirar. De pronto él estaba levantado, ante ella, atrayéndola hacia sí, poderoso, colérico. Ella contuvo el aliento aterrorizada, con la cabeza echada hacia atrás y su delicada figura aplastada contra el duro cuerpo de él.

—¡Pensabas matarme! ¡Tus flechas fallaron, de modo que te proponías así rebanar al hombre con quien estás casada!

—¡Contra mi voluntad! —se defendió ella.

De nada serviría explicar que se había sentido incapaz de realizar el traicionero acto. Tembló, pero se obligó a mantener el mentón en alto.

Él la levantó, la estrechó entre sus brazos, y ella sintió vivamente su desnudez. La arrojó sobre la cama, y esta vez no le dio la espalda. La ciñó con el brazo, bien apretada contra sí, tanto que se encendió con el contacto del cuerpo femenino.

Y ella sintió su piel contra su tierna carne, palpitante, vibrante, viva.

—¡Duerme! —bramó él—. Te juro que si vuelves a moverte te azotaré hasta despellejarte y después te demostraré que puedo ser muy bárbaro y terriblemente salvaje si me lo propongo.

Los ojos de Hinata se llenaron de lágrimas. Obediente, permaneció quieta, odiando el íntimo contacto de su cuerpo contra el suyo.

Estuvo despierta varias horas. No se volvió, ni se movió, ni cambió de posición; en realidad casi ni pestañeó. Cuando por fin cerró los ojos y el sueño se apoderó de ella, inconscientemente se apretó contra él.

Naruto, en cambio, continuaba despierto. Contempló a la muchacha que yacía junto a él. Era hermosa. Su cuerpo desnudo era verdaderamente exquisito; sus pechos voluptuosos, llenos y firmes, coronados por tentadoras cimas rosadas que se endurecían sugerentemente a su contacto; su espalda era delicada, sus caderas surgían, exuberantes, de la fina cintura que él podía abarcar con los dedos.

Ardía de rabia contra ella en su interior. A pesar de su ira, la había tratado con dulzura, había alimentado el fuego que flameaba en sus ojos y su espíritu. Sabía que ella había disfrutado de un dulce placer en el acto, y sin embargo se comportaba como si la hubiera golpeado. Continuaba rebelándose contra él, desafiándolo.

Continuaba soñando con otro hombre.

«La vida está hecha de duras realidades», pensó. Ella debía aceptarlas; era su esposa. Le había hablado en broma para avergonzarla, pero había dicho la verdad.

Eran enemigos acérrimos, encarnizados, y ella lucharía contra él y lo despreciaría en toda ocasión. Eso era una ironía, porque cuando yacieron juntos, Naruto recordó el amor, la ternura, las agradables risas, el deseo.

La pasión y el deseo que sentía eran tan fuertes que tenía que controlar la bestia salvaje que llevaba en su interior, el lobo que anhelaba aullar y poseer a esa mujer. No quería ternura; deseaba poseerla para luego apartarla de sí y conservar limpio el recuerdo del amor.

Apretó los dientes. Por lo visto ella no reconocía su sangre irlandesa. Solo veía al salvaje. «Pues entonces que se fastidie», decidió. Él apagaría la fiebre que lo consumía y se comportaría como el bárbaro que ella creía que era.

Cerró los ojos. Al sentir la tersura de sus senos turgentes, el fuego de la pasión volvió a encenderse dentro de él. Apretó las mandíbulas. Le había dicho que se durmiera, pero no podía permitirle hacerlo.

Rozó sus labios con los suyos. Sus manos acariciaron sus pechos y supo que la visión de su belleza lo acompañaría en la batalla y en las noches vacías por venir. Posó sus labios sobre su piel y saboreó la dulce sal de su primera unión. Ella se rebulló y arqueó instintivamente al recibir su caricia.

Entonces Naruto la besó en los labios, alojando su cuerpo entre sus muslos. Hinata abrió los ojos alarmada en el momento en que él la penetraba con su duro pene.

Era demasiado tarde para protestar. Hinata dejó escapar un gemido ahogado, le golpeó el pecho, pero después deslizó las manos por sus hombros, rastrillándole los músculos con las uñas.

Él apartó los labios y la miró. Ella jadeaba, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Podría haberse negado, pero estaba dotada de sensualidad.

—Eres mía —susurró suavemente—. Eres mi esposa. Recuérdalo, nunca lo olvides.

Después comenzó a moverse dentro de ella.

Se desató su pasión y arrastró a Hinata en su gran marejada. Tal vez había algo salvaje en su deseo porque la montó con ritmo febril, y cuando tuvo el orgasmo le pareció que expulsaba la ira y la tensión junto con su semilla. Ella era suya, y en ese momento se enteraría.

La sintió tensarse, estremecerse y relajarse. Permaneció encima de ella hasta que la joven gritó indignada, forcejeando para desembarazarse de él.

La liberó, y ella se acurrucó lejos de Naruto. Al cabo de un rato este advirtió que cesaba el movimiento de sus hombros; se había dormido de nuevo.

Dormida era toda inocencia. Las largas pestañas reposaban sobre sus mejillas, y sus cabellos eran una elegante maraña de llamas que le cubrían el cuerpo como una tela finamente tejida. Era joven.

Al verla así se armó de fuerzas para resistir. Trató de recordar cómo la había visto desnudarse para su amante. Solo evocó la suave ondulación de su espalda y el bello contoneo de sus caderas. Le resultó extraño que dormida pareciera tan pura como la primera nieve de invierno y tan vulnerable y dulce.

Apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos. Al amanecer debía encontrarse con el amante de su esposa. Había decidido que no quería matar al muchacho.

Después todos se marcharían y cabalgarían para combatir contra Orochimaru en Rochester. Necesitaba estar siempre alerta, y era preciso descansar.

Sin embargo, no lograba conciliar el sueño.

Se oyó el primer canto del gallo y el cielo adquirió un matiz carmesí. Era hora de reunirse con Kiba.

Naruto se levantó, se vistió a toda prisa, se ciñó el cinturón con su vaina y enfundó Venganza.

Contempló a Hinata. Bajo la luz de la mañana parecía más inocente y hermosa aún. Letalmente hermosa, pensó, y sintió renacer la rabia contra ella. Por su culpa tal vez moriría el pobre y tonto muchacho, porque un duelo con espada siempre puede resultar mortal.

Shikamaru lo esperaba fuera de la habitación con el caballo blanco. Sostenía en las manos la armadura y el escudo de Naruto. No hablaron ni intercambiaron ningún chiste obsceno. Tras ponerse la cota de malla, el yelmo y la visera, el príncipe de Uzushiogakure montó sobre Alexander.

—¿Está preparado el rey?

—El rey, el muchacho Kiba y un buen número de ingleses nos aguardan en el campo.

Naruto se limitó a asentir.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Shikamaru.

—Matarlo si debo.

—¿Nunca se te ocurre pensar que podrías caer tú? —preguntó sonriendo Shikamaru.

—No, jamás, porque imaginar la muerte es invitarla. Además, tengo ventaja porque el muchacho no ha luchado tantos años como yo.

—Esto perjudicará a nuestra relación con los sajones —comentó Shikamaru.

—Sí —concedió Naruto—. Pero es inevitable.

Llegaron al campo donde el día anterior habían estado practicando el arte de la guerra, donde había sido lanzado y aceptado el reto. El rey se dirigió hacia ellos en su montura, acompañado por Kiba. Iroha estaba preocupado y visiblemente molesto; además de pálido y apenado, pensó Naruto.

Era preciso que se librara el combate, no había otra alternativa. El rey ya lamentaba la muerte del joven Kiba. Nadie dudaba de que la victoria sería para Naruto.

Se detuvieron. El rey alzó la mano.

—Solo con las espadas —anunció—. Acometeréis montados a caballo, y cuando uno caiga el combate proseguirá en el suelo.

Naruto asintió, y también Kiba, pálido pero resuelto. El vikingo bajó la visera sobre el yelmo, y solo aparecieron sus ojos, fuego y hielo, detrás de la máscara plateada. El semental blanco se encabritó y se puso de manos.

Los demás retrocedieron, y Naruto cabalgó hacia el punto de partida. Sonó un cuerno; los hombres se dispusieron a iniciar el combate.

Sonó el cuerno otra vez, y Naruto apretó los talones contra las ijadas de Alexander. Resonó el trueno sobre la tierra y voló lodo. El gran poder de la bestia se apoderó del irlandés, que cabalgó como un rayo surcando los cielos. Kiba también atacó con celeridad.

Los caballos se acercaron veloces, echando humo, como majestuosos dragones de leyenda. Un trueno sucedía a otro trueno.

Se encontraron. Sonaron los aceros al chocar. Naruto blandió a Venganza con su escalofriante grito de guerra. Entrechocaron las espadas con poderoso impacto.

Naruto apretó los labios con determinación. Observó que el joven inglés estaba bien entrenado, pero tal vez sentía que hasta su Dios estaba en su contra porque luchaba sin entusiasmo. Naruto alzó de nuevo la espada y golpeó duramente con ella la de Kiba, quien cayó de su montura.

Naruto al instante saltó del semental y aprovechó su ventaja. Kiba levantó su escudo, pero resbaló en el lodo y quedó de rodillas. Naruto le golpeó otra vez la espada, que salió volando, seguida por el escudo. Kiba, jadeando, clavó la mirada en la abertura de la visera donde brillaban los implacables ojos de Naruto.

Este bajó su arma y la colocó sobre la garganta del joven. La mantuvo allí y después la deslizó hacia arriba y le hizo un rasguño en la mejilla. El muchacho se llevó la mano a la herida y miró al vikingo sin comprender su actitud.

Naruto se volvió hacia el rey.

—Mi honor está satisfecho. Este hombre es valiente, y si ha de caer bajo la espada, prefiero que caiga en la lucha contra los daneses.

No esperó respuesta. Se giró y caminó presuroso hacia su caballo. Percibió movimiento a sus espaldas. Se volvió rápidamente receloso de que Kiba todavía intentara matarlo.

«¡Estos ingleses! —pensó—, siempre dispuestos a matar a un hombre por la espalda.»

Pero el muchacho no empuñaba la espada. Cuando Naruto se volvió, el joven Kiba hincó una rodilla en el suelo y se llevó el puño al corazón.

—Te agradezco mi vida, príncipe de Uzushiogakure. Soy para siempre tu vasallo.—Miró a Naruto un momento y después bajó la cabeza—. Y, como ya sabes — susurró—, nunca me acosté con… tu esposa.

Naruto reflexionó sobre sus palabras.

—Levántate. Todos nos enfrentaremos a la muerte muy pronto.

Se volvió y montó sobre Alexander. Tras saludar al rey, emprendió la marcha hacia su habitación. Era hora de prepararse para partir hacia Rochester.


A Hinata le costó despertar. Jamás había dormido tan profundamente, pensó. Notó bajó sus dedos la fresca suavidad de las sábanas, bajo su cabeza el suave plumón. Qué fácil resultaba vagar en el nebuloso mundo de los sueños.

Por fin se despejó. Abrió los ojos y se incorporó aterrada. Él no estaba. Se hallaba sola. De todos modos se estremeció al recordar la manera en que habían yacido juntos; recordó sus burlas, sus caricias, sus promesas… ¡No! ¡Sus amenazas!

Solo con pensar en él se le cortaba el aliento. Volvió a experimentar aquella extraña y ardiente sensación en su interior. Le dolieron los pechos, se le endurecieron los pezones, y el calor le encendió las mejillas.

—No, no —murmuró, y enterró el rostro en la almohada.

Entonces se dio cuenta de que estaba desnuda y decidió levantarse para vestirse antes de que él regresara. Debía de ser muy temprano, demasiado temprano para que el ejército hubiera partido.

—¡Señora!

Se oyó un golpe en la puerta y Ayame, una de las doncellas de la reina, asomó la cabeza, sonriendo tímidamente. Portaba agua para que se lavara.

—Tu señor se ha marchado y he venido para ayudarte a vestirte.

Hinata asintió y trató de sonreír. Ayame era una dama de buena familia. Nunca se había casado; era alta, esbelta, cabello entrecano y bondadoso. Ciertamente Shiho la había enviado a ella a propósito, sabiendo que no ofendería a Hinata con risas y bromas después de la consumación del matrimonio.

—Gracias —murmuró y se mordió el labio inferior. Ayame entró y depositó la palangana de agua sobre el baúl.

—Supongo que tendrás prisa por llegar al campo, porque pronto se batirán los hombres con sus espadas.

—¿Qué? —preguntó Hinata. Se sentó, echándose una manta sobre los hombros. Frunció el entrecejo y preguntó en voz baja—: ¿Qué combate es ese?

—Kiba retó a tu marido. Ay, milady, ser tan hermosa que los hombres quieran morir por ti. ¡Oh! —suspiró melancólica, entrelazando las manos en el pecho.

—Morir por mí —repitió Hinata.

Entonces la acometió el pánico, aferrándola como una tenaza mortal. Kiba había decidido luchar por ella. Todavía lo amaba, aunque esa noche la hubiera cambiado para siempre.

Kiba nunca vencería a Naruto de Uzushiogakure; no estaba tan bien entrenado ni tenía tanta experiencia. Tampoco estaba hecho de acero, ni poseía una voluntad dominante y una fría seguridad en sí mismo.

—¡No! ¡Oh, no! —dijo con un gemido.

Saltó de la cama y se dirigió a la puerta, olvidando que solo la cubría una sábana de hilo, desesperada por impedir que el combate se iniciara.

—¡Señora! —llamó Ayame.

Ignorando a la doncella, Hinata cruzó la puerta, y el fresco aire de la mañana le llenó de temor el corazón. Corrió por el camino que conducía a la casa señorial y después se detuvo, aterrada.

Naruto ya estaba montado. Llevaba la espada envainada. Hinata se puso una mano en el corazón. Aún no se habían batido; no goteaba sangre de la espada.

—¡Mi señor! —exclamó.

Él tenía la cara oculta tras el acero de su visera; solo le vio los ojos, de hielo y fuego. Él se apeó del caballo y se encaminó hacia ella. Hinata tragó saliva y bajó la cabeza. Antes de que él llegara a su lado, la joven hincó una rodilla en el suelo, siempre con la cabeza gacha.

—¡Por favor! —dijo con voz ronca y profunda de sincera emoción—. Por favor, no libres ese combate. No… no mates a Kiba. Él no es culpable de nada, te lo juro. Tú… —Se interrumpió, ruborizada. Qué difícil resultaba suplicar a ese hombre—. Tú sabes que nunca fuimos amantes de verdad.

Él se agachó, la cogió por los codos y la obligó a levantarse. Ella lo miró a la cara para ver solo el insondable fuego azul de sus ojos.

—Señora, ¿qué costumbre es esta de pasear medio desnuda? Compungida, ella se cubrió mejor con la sábana.

—¡Estoy hablando de la vida de un hombre! —exclamó.

—¿De la vida de tu amante?

—Nunca fue…

—No, señora, nunca consumó el acto de amor. Lo que recibió de ti, esa tierna escena en el bosque, fue seguramente más de lo que muchos maridos podrían resistir.

—Por fav

Él no la dejó terminar. La hizo girarse y la empujó bruscamente con la mano enguantada hacia la cámara nupcial. Ella miró hacia atrás y avanzó trastabillando. Naruto la seguía. Ayame todavía se hallaba en la habitación cuando entraron. El vikingo le dirigió una fugaz mirada al levantarse la visera, y ella se inclinó y salió apresuradamente.

Naruto cerró la puerta y permaneció largo rato dando la espalda a Hinata.

Después se volvió.

—Aprecias mucho la vida de ese hombre.

Hinata tragó saliva.

—Aprecio la vida en general.

—¿Excepto la mía? —preguntó él, arrojando los guanteletes sobre la cama.

—Por favor, te lo ruego, no lo mates.

—Es muy agradable verte suplicar.

—Te diviertes —acusó ella.

—Pues sí, señora, me divierto. Continúa, por favor.

Se quedó callado y quieto, gigantesco dentro de la habitación, con las manos en las caderas. Ella tragó saliva, apretando los labios. Después se acercó a él, vacilante, y se arrodilló ante él. La sábana y la resplandeciente cortina formada por sus cabellos la cubrían como un manto real; finalmente alzó la cabeza, mirándolo con ojos brillantes de lágrimas.

—Te juro que, si no me dejas para batirte con él, cuando regreses de la batalla te… te daré todo cuanto me pidas.

Naruto se apoyó contra la puerta y con expresión de divertido interés cruzó los brazos sobre la cota de malla.

—Eres mi esposa. Puedo tomar lo que quiera.

—Sí —concedió ella ruborizada—, pero dijiste que deseabas algo más que mi cuerpo. Lo que quiero decir es que no protestaré…

—Protestes o no, milady, cuando vuelva seguirá entre nosotros lo ya iniciado.

Mientras le suplicaba, la furia se apoderaba de Hinata. Se mordió los labios, bajó la vista y añadió:

—No, señor, hay cosas que no puedes exigirme ni puedes tomar, ni siquiera como marido. —Alzó la cabeza con orgullo, desafío y temeraria valentía—. Perdónale la vida, te lo ruego, por piedad. Perdónale la vida, te lo ruego, por mí. Te pagaré el favor.

Naruto se inclinó hacia ella. La joven sintió la fuerza que irradiaba y aspiró su sutil aroma masculino. Se estremeció a su pesar, viva de nuevo con aquello que le atormentó los pechos y se le propagó como fuego hasta las ingles.

Él le cogió la barbilla con la mano y se la levantó. Sus ojos la abrasaron.

—¿Cómo, Hinata? ¿Qué harás? ¿Cómo me pagarás?

—Si él vive, me presentaré ante ti como la mejor de las rameras. Lo juro. Accederé a todos tus caprichos. Te adoraré como la amante más cariñosa.

—¿Si él vive? ¿Si no lo mato? —preguntó él.

—¡Sí!

—¿Me pagarás así? ¿Lo juras?

—Lo juro.

Él le soltó la barbilla y retiró la mano rápidamente, como si se hubiera quemado. Ella bajó la cabeza y después levantó la vista hacia él. Aquellos ojos se tornaban insondables. Le dio un vuelco el corazón; Naruto nunca aceptaría.

—Hecho —dijo él suavemente. Hinata se sintió aliviada, pero frunció el entrecejo porque creyó ver una perversa sonrisa asomada a sus labios—. Hecho, señora —repitió él—. Regresaré a ti ansiando el pago prometido. Bien sabes, señora y esposa, que me compensarás bien.

—Sí —aseguró ella.

Él pasó a su lado, y Hinata se puso en pie. Alguien llamó a la puerta. Hinata se afirmó la sábana alrededor. Naruto invitó a entrar al visitante.

Se trataba de Shikamaru, quien anunció que el rey necesitaba ver al príncipe de Uzushiogakure. Había llegado la hora de partir.

Naruto recogió sus guanteletes, abrió el baúl, sacó una colchoneta enrollada y unas bolsas de cuero y se los echó al hombro. Tras pasar a toda prisa junto a Hinata, salió. Ella estaba sorprendida de que hubiera aceptado el trato, por el cual ella se jugaba su orgullo, su dignidad, su alma misma, y después se marchara como si se tratara de algo sin importancia.

—¿Señora?

Ayame volvió a entrar y se dirigió alegremente al baúl de Hinata en busca de ropa. La mujer comenzó a parlotear sin que la joven le prestara atención al principio.

—… y todos están pasmados porque fue una lucha muy noble. ¡Señora, eres afortunada!

Hinata miró fijamente a Ayame y corrió hacia ella.

—¿Qué lucha?

—Pues el duelo entre tu príncipe irlandés y Kiba. El joven perdió su espada casi inmediatamente, y me han contado que Naruto de Uzushiogakure solo le hizo una heridita en la mejilla; después le dijo que se levantara y viviera para luchar contra los daneses.

A Hinata se le revolvió el estómago.

—¿A qué hora, a qué hora ocurrió eso?

—De madrugada. Todo el mundo lo comenta, señora.

Hinata se precipitó hacia la puerta, cruzó el umbral y echó a correr por el camino, cubierta tan solo con la sábana.

Los hombres estaban montando, a punto de partir. Vio a Naruto y se acercó a toda prisa a él. A través de la visera Hinata apreció que los ojos del vikingo la condenaban con furia.

—¡Maldita sea, esposa! Vístete decentemente.

—¡Bastardo! —espetó ella. Naruto desmontó, impaciente, la cogió en brazos y la llevó de regreso a la habitación. Furiosa, la joven le golpeó el pecho, lastimándose las manos en la malla de acero—. ¡Bastardo! ¡Me has engañado, me has utilizado, abominable hijo de un roedor y una puta!

Él abrió la puerta de una patada, ignorando a Ayame, que los observaba atónita. Condujo a Hinata hasta la cama y la dejó encima.

—Oféndeme cuanto quieras, señora, pero, te advierto, nunca insultes a mi madre ni a mi padre. Y vístete, o mi ira será terrible.

Ella se echó hacia atrás el cabello, desafiante, aunque la asustaban la intensidad de su furia y la ardiente amenaza de aquellos ojos que brillaban en medio de la máscara de acero.

Jamás demostraría ante él su miedo, juró en silencio.

—¿Eso es todo? —logró decir con cierta apariencia de valentía y desprecio.

Él no contestó de inmediato, y la muchacha tuvo la seguridad de que tras la máscara estaba sonriendo, burlón.

—No, señora, no es todo. Tu joven Kiba vive. Cumplí el trato, aunque me anticipé a ti. Regresaré, señora, y exigiré lo que es mío; el pago prometido.

Haciendo una inclinación, se volvió y salió de la habitación. Después Hinata oyó el sonido de los cuernos y un gran ruido de cascos de caballos. Saltó de la cama y, desobedeciendo la orden de su marido, abrió la puerta y permaneció en la entrada, envuelta en la sábana.

Allí estaba él, Naruto de Uzushiogakure, montado en Alexander. Llevaba todas las insignias de la guerra y la capa real con el emblema del lobo.

Naruto no la miró. Las tropas comenzaban a avanzar. Ya flameaban los estandartes y las filas marchaban en formación. Naruto vociferó una orden a sus tropas irlandesas y noruegas. Un estampido tronó contra la tierra, y el guerrero dorado cabalgó hasta situarse junto al rey.

Naruto de Uzushiogakure, el señor vikingo.

Su marido.


ISA


Simboliza el hielo y está asociada con enfriar o detener alguna cosa, sin precipitarse, ni tomar riesgos ahora