LA ROSA DEL VIKINGO


10 Dagaz


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


—Los hombres de Rochester han resistido a los daneses durante todo el invierno —dijo Iroha a Naruto.

Ambos cabalgaban a la cabeza del gran ejército del rey. Mientras lo escuchaba, Naruto se irguió sobre la montura para observar las columnas que los seguían. La mayoría de sus hombres iban a caballo.

Esa era una costumbre vikinga; montar los caballos de la tierra conquistada, mientras continuaban batallando en esa misma tierra. En cambio eran muy pocos los sajones que cabalgaban; capitanes de las fuerzas y consejeros más íntimos del rey.

El sacerdote Asser los acompañaba, a lomos de su caballo, un poco más atrás. Se trataba de un hombre callado, con frecuencia serio, que poseía un cierto aire de sabiduría.

Kiba, Toneri, Momoshiki y otros más cabalgaban junto a los soldados sajones, que caminaban en formación, cubiertos con sus armaduras de cuero. Los hombres de la casa, o soldados profesionales, iban bien armados, mientras que los otros, grandes o pequeños propietarios, llevaban cualquier clase de arma que habían logrado conseguir: bieldos, guadañas o palos que se habían fabricado ellos mismos con ramas fuertes de roble.

En comparación, los hombres de Naruto se veían notablemente bien preparados para la guerra. Irlandeses y noruegos habían aprendido bien las lecciones. El pacto entre su abuelo irlandés y su padre noruego había beneficiado a toda Irlanda, pensó Naruto.

Los irlandeses habían aprendido a construir barcos y técnicas guerreras de los daneses, porque noruegos y daneses se parecían en muchos aspectos.

De hecho, pensó Naruto, para una gran parte del mundo cristiano, eran lo mismo: piratas, saqueadores, violadores, ladrones y asesinos. Para su esposa, por ejemplo, todos ellos eran lo mismo: vikingos.

Molesto por la oleada de calor que lo invadió al pensar en Hinata, resolvió prestar su atención al rey.

—Si los daneses llevan tanto tiempo sitiando la ciudad, habrán construido fortificaciones. —Se interrumpió para mirar de nuevo la larga fila de hombres que los seguían—. Sin embargo, si ha llegado a los daneses alguna noticia sobre el tamaño de tu ejército, tal vez hayan abandonado el asedio a Rochester.

—¿Crees que son cobardes?

—No —dijo Naruto, moviendo la cabeza muy serio—. Ningún vikingo es cobarde, Iroha, lo sabes bien. Un vikingo ambiciona gloria y conquistas; no teme la muerte en la batalla, sino encontrar una muerte no gloriosa que lo cubriría de vergüenza. Descansar en las salas del Valhalla es una recompensa que solo reciben los valientes. Y ningún hombre vive eternamente. Es mejor morir como un héroe en el campo de batalla que morir en la batalla contra el tiempo, viejo, ajado y arrugado.

—He pasado toda mi vida luchando contra los daneses —dijo Iroha—. Sé tanto como tú sobre los vikingos, Naruto.

—No tanto —repuso Naruto—, porque yo soy hijo de un vikingo noruego. — Una sonrisa divertida se dibujó en sus labios—. No niego nada de mi herencia. Aunque mi padre se ha convertido en una especie de héroe en las costas de Konoha, llegó allí con la intención de conquistar aquellas tierras. Y yo he emprendido viajes de conquista y aventura en los drakkar. Reconozco que una vez que mi padre se hubo establecido en Irlanda, sugirió a mi tío que lo acompañara en empresas que no amenazaran ningún reino cristiano. Participé en la conquista de pueblos paganos, y por lo tanto esas andanzas complacieron tanto a irlandeses como a noruegos.

—Hablas con cinismo —observó el rey. Naruto se encogió de hombros.

—He venido para luchar contigo contra el invasor. Soy hijo de un invasor y un correcto príncipe de Konoha, te lo aseguro, y esto plantea un dilema interesante. Hay quienes afirman que mi padre conquistó mucho de Irlanda; quienes saben, en cambio, opinan que Irlanda conquistó a mi padre, y que él pertenece a Konoha más que muchos nativos de allí. —Miró a Iroha y volvió a sonreír—. Podrás vencer muchas veces a los daneses, señor, pero ellos conseguirán sus conquistas. Muchachas sajonas tendrán bebés daneses, y los nombres dados por estos a las tierras, ríos y montañas perdurarán. El vikingo, sea quien sea, acostumbra dejar su huella.

Iroha lo observó larga y atentamente.

—Bueno, yo he aceptado a uno, ¿verdad? Y bastante cerca de mi propia familia.

—¿Señor?

—A un vikingo, a un hombre que ha surcado el mar en un drakkar. Siento curiosidad, Naruto hijo de Minato; ¿conquistarás un pequeño trozo de Inglaterra? ¿O Inglaterra te conquistará a ti?

Naruto echó a reír, sin ofenderse.

—La respuesta es sencilla: Inglaterra ya me ha conquistado. Me ha arrullado, seducido y conquistado. He visto la tierra que me llamó, y tú me la has entregado. Por lo tanto lucharé, no como un mercenario o un invitado tuyo, sino como un sajón del oeste, como tú mismo. Eso me hace más peligroso que mis primos daneses.

—Pero, como has dicho, tal vez se hayan marchado.

—Lo considero probable. No son cobardes, pero tampoco batallarán contra un ejército que los supera abrumadoramente en número, a menos que se sientan acorralados.

—Ya veremos, Naruto, ya veremos —replicó Iroha. Observó, meditabundo, al joven—. Has hablado de la tierra, pero aún no has mencionado tu otra adquisición sajona.

—¿Y cuál es?

—Tu esposa —respondió con cierta irritación el rey.

—Ah —murmuró Naruto.

—La dama es pariente mía, está bajo mi tutela.

—Tu pariente, señor, ya no está bajo tu tutela —replicó Naruto.

—Es mi preocupación —corrigió el rey. Naruto permaneció callado un buen rato.

—Espero que la hayas dejado bien —dijo Iroha.

—¿Cómo pensabas que iba a dejarla? —preguntó Naruto.

Un ligero rubor cubrió las mejillas del rey, que miró al frente.

—Ciertamente tenías motivos para estar furioso…

—Y, príncipe irlandés o no, soy un vikingo —acabó la frase Naruto—. Te aseguro que no la corté en trocitos para comérmela. Tampoco la golpeé ni violé, Iroha.

El rey no pareció satisfecho. Respiró profundamente sin mirar al joven.

—¿Descubriste que tu matrimonio fue… hecho en la buena fe que te prometimos?

—¿Si descubrí que mi esposa era tan inocente como afirmó el médico? — preguntó Naruto divertido—. Sí.

—Entonces ¿estás contento con el matrimonio? ¿Es Hinata feliz?

—Ah, dudo de que se sienta muy feliz —contestó Naruto—, pero diría que se ha reconciliado conmigo. Y si no, bien, no tardará en hacerlo.

Iroha no quedó particularmente complacido con la respuesta, pero no había nada más que tuviera derecho a preguntar a un recién casado sobre un matrimonio que él mismo había concertado. Sonrió repentinamente muy seguro de que Hinata no había sufrido ningún grave daño durante la noche.

—¿Qué ocurre? —preguntó Naruto.

—Trataste bien a Kiba. —Naruto arqueó una ceja—. Bueno —añadió el rey—, está vivo y ya no es tu enemigo. He sabido que en realidad se ha convertido en tu servidor más devoto.

—Di, Iroha, ¿no te arrepientes de tu pacto con el demonio?

—¿Mi pacto con el demonio?

—El que cerraste conmigo. El rey sonrió.

—Creo que lo averiguaremos una vez nos hayamos enfrentado a los daneses.

—Si nos enfrentamos a ellos —comentó Naruto.

—Ah, sin duda así será —aseguró Iroha—. Si no es ahora, será muy pronto.

—Tendrás un pacto de sangre —dijo Naruto.

—Ya has recibido mucho de Sajonia occidental —le recordó Iroha—. Sí, tendré un pacto de sangre.

—Qué extraño —comentó tranquilamente Naruto más Suzumente—. Tengo la impresión de que te refieres más a una mujer que a la tierra.

—Tal vez sí.

—Entonces, permíteme asegurarte —dijo Naruto lentamente, con cuidado, tratando de disimular su irritación—, que Hinata está bien, y así seguirá. Se ha convertido en mi esposa por voluntad tuya, no por la mía. Sinceramente, rey Iroha, no me fío de ella. Estoy convencido de que le gustaría mucho que tú regresaras con mi cabeza en una bandeja para ofrecérsela. Sin embargo, encuentro la situación divertida hasta cierto punto. Viviré, Iroha, pese a cualquier dificultad, para que no vea cumplido su deseo, si no por otra razón. A menos que ella me contraríe o traicione, nada tendrá que temer de mí.

—Tal vez le inspiras miedo —comentó Iroha.

—No. —Naruto movió la cabeza—. Sin duda me desprecia, pero no me teme, aunque tal vez sería mejor que me temiera. Aún ignoramos qué ocurrió en la costa cuando yo llegué. Si ella no desobedeció tu orden, ¿quién lo hizo? Eres su pariente, y te aprecia mucho.

—Me apreciaba —corrigió Iroha con un cansado suspiro.

Continuaba especulando sobre la noche anterior. No le cabía duda de que Hinata se había resistido ni de que Naruto había exigido sus derechos a su esposa. Ciertamente su protegida estaría más que enojada con su rey en esos momentos.

«La mayoría de las mujeres van al tálamo sin elección», se recordó. Pero no podía evitar sentir cuán profundamente había traicionado a su ahijada. Naruto había perdonado la vida a Kiba, era un hombre civilizado que demostraba espíritu cristiano, y sin embargo…

«Las cosas que ocurren entre un hombre y una mujer son distintas a todas las demás», se dijo.

—Hinata no me traicionó —afirmó Iroha. Después, harto ya de la conversación, que además incomodaba a Naruto, cambió de tema—. Está anocheciendo. Acamparemos allí, y por la mañana llegaremos a Rochester.

Dio la orden a sus hombres, y el gran batallón que los seguía se detuvo. El rey conocía su país. No se hallaban lejos de un riachuelo que discurría por un valle protegido que les cobijaría durante la noche.

Las filas se rompieron. Naruto y sus hombres montaron sus tiendas, y lo mismo hicieron los sajones. No encendieron fogatas porque no querían que los daneses advirtieran su proximidad.

En silencio los guerreros se acomodaron para beber cerveza y agua fresca en los cuernos y comer pan con carne de buey, ave ahumada y quesos fuertes. Los únicos sonidos que se oían cuando anocheció eran los susurros de las hojas de los árboles y el ocasional ruido metálico del acero cuando los hombres limpiaban y afilaban sus espadas, picas y hachas.

Naruto se alejó del campamento, como acostumbraba hacer la noche anterior a una batalla. Se detuvo junto a un imponente y frondoso roble. Contempló las estrellas. La noche estaba despejada, fresca y hermosa. Escuchó el murmullo del riachuelo y los silenciosos movimientos de los hombres.

Hacia el norte y el este divisó los fuegos de Rochester. Los daneses habrían construido su fortaleza con madera y terraplenes. Habrían arrasado los campos, robado ovejas y vacas y sobrevivido gracias a las exquisitas ofrendas de la primavera. Eran agresores naturales. Lo sabía, pensó, porque él tenía una cierta afinidad con ellos.

Todavía le apenaba que su esposa lo considerara un invasor. Su esposa…

Se tendió junto al árbol y entrelazó los dedos. Hinata era una joven caprichosa que había que domeñar. No, era más. Jamás olvidaría el fuego que ardía en sus ojos cuando lo miraba, como tampoco su odio, sus flechas, su fuerza…

Había otras cosas que nunca olvidaría, como la sensación de estar envuelto en el sedoso manto de sus cabellos; las curvas de sus caderas, la tersura y turgencia de sus senos; el movimiento y ondulación del cuerpo femenino bajo el suyo.

Imaginó que en el aire de la noche podía aspirar la embriagadora dulzura de su aroma, saborear el néctar de su piel, sentir los frenéticos latidos de su corazón.

Si cerraba los ojos, veía los de Hinata, su vibrante color, su ardiente pasión, su furia, su rendición…

Ciertamente aquella había sido su noche. ¿O no? Había supuesto que opondría resistencia. Había esperado odio, ira y lágrimas. Había sabido que sería una batalla y que él debía vencer, por el futuro de ambos.

Incluso había admitido que el rey Iroha no se equivocaba al afirmar que Hinata era tal vez la mujer más hermosa de todo su reino. Sus cabellos llevaban el fuego de su espíritu, sus ojos relampagueaban con el destello plateado que había en su alma. La noche anterior había descubierto que todos sus movimientos irradiaban belleza.

Cerró las manos en puños y después estiró los dedos, tratando de dominar la tensión que lo atenazaba. Aquella mañana había estado gloriosa al acercarse a él cubierta con la sábana de lino para hincarse de rodillas e implorar por la vida de su amante.

Gloriosa, magnífica en su súplica como lo era en todos los papeles que decidía representar. Al verla la había deseado con toda la pasión que atormentaba sus sentidos, desgarrándolo, arrastrándolo, impregnando todos sus nervios.

No era malo desear a la propia esposa.

Pero ella no era una esposa corriente. Resultaba peligroso desearla con tanto desenfreno. Era una mujer peligrosa que estaba resuelta a procurar que una espada le rebanara el cuello si el hacha de un danés no le partía la cabeza.

Sin embargo, le había prometido…

Le había prometido lo que ya había entregado a otro, se recordó. Él había despertado las pasiones de la joven, había descubierto una raíz de sensualidad en los recovecos más profundos de su ser; sensualidad que ella no podía negar.

Sin embargo, Hinata no lo amaba por ello, sino que en realidad lo despreciaba aún más a causa de ello. Naruto no podía olvidar cómo la había visto en el bosque con Kiba, cuán mágico le había parecido el momento en que ella se ofreció.

Frunció el entrecejo. No la amaba. El amor era una emoción que había experimentado con la temeridad de su pasado, y no era tan estúpido como para amar a Hinata.

Sin embargo, su recuerdo lo acosaba. La había poseído, sí, pero ella había invadido su mente. Y esa mañana a Naruto le había complacido que ella pensara que aún tenía poder para pactar con él. Estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de salvar la vida de Kiba.

En cambio ansiaba fervientemente que mataran a su marido, pensó Naruto. Pero no lo matarían. Por muy dura que fuera la batalla, él sobreviviría. No había mentido al rey; viviría para regresar junto a su esposa, pasara lo que pasara.

Resuelto, volvió al campamento. Shikamaru, siempre fiel, lo esperaba con un cuerno de cerveza. Lo cogió y bebió un buen trago.

—Mañana obtendremos una victoria —aventuró Shikamaru—. Lo presiento, lo percibo en el viento.

—Ten cuidado —aconsejó Naruto—; comienzas a hablar como Jiraiya.

—Fue Jiraiya quien me aseguró la victoria. —Shikamaru rió—. Lo echo de menos cuando no está con nosotros, importunándonos a todos.

—Admito que yo también lo añoro.

—¿Por qué no nos ha acompañado? Detesta dejarte ir solo a la guerra.

—Su presencia era necesaria allí.

—¿Necesaria?

—Para vigilar a mi esposa —contestó Naruto. Apuró la cerveza y pasó el cuerno a Shikamaru—. Duerme bien, amigo mío. Nunca es aconsejable estar tan seguro de la victoria. La muerte llega rápido a los desprevenidos.

—La muerte llega finalmente a todos —recordó Shikamaru.

Naruto sonrió y desenfundó la espada. La luz de las estrellas se reflejó en la hoja de acero de Venganza.

—Finalmente —dijo Naruto, asintiendo—. Pero ese «finalmente» no será mañana. No, si eso significa que pasaré la eternidad con todos los héroes del Valhalla. —Se volvió, dispuesto a acostarse.

—Naruto —llamó Shikamaru. El irlandés se detuvo.

—Se supone que eres un príncipe cristiano. Naruto sonrió.

—Por todas las promesas del cielo, Shikamaru, ¡no moriré mañana! No, no moriré; te lo juro.


Su primer día de casada fue una experiencia horrorosa para Hinata. Habían transcurrido horas desde que Naruto partiera, y ella continuaba furiosa, con las mejillas encendidas, el corazón desbocado.

Cuando trataba de calmarse, recordaba el burlón hielo azul de los severos ojos de su marido y la rabia volvía a prender en ella. Al parecer no podría olvidarlo. Su aroma la rodeaba; estaba en la almohada, en las sábanas, acosándola y atormentándola hasta que deseó gritar.

Para su horror, Hinata revivía la noche anterior, evocaba sus palabras, sus caricias… Recordaba con vergonzosa claridad cómo le había exigido cosas y cómo ella se había sometido a su voluntad. La había seducido.

Después pensó que lo más terrible no era que él la hubiera obligado a consumar el matrimonio, sino lo que la había hecho sentir y la pasión que tan fácilmente había encendido en ella.

Gimiendo, enterró el rostro en la almohada, pero no encontró olvido allí. Aquella noche no había sido suficiente para él; deseaba más. Eso le había dicho por la mañana, cuando ella le suplicó por la vida de Kiba. Y ella le había prometido exactamente lo que él quería, todo lo que deseaba. Le había jurado que se presentaría ante él como había ido a Kiba.

¡Kiba! La atenazó el pánico; no se acordaba de su cara. Solo era capaz de recordar las fuertes y duras facciones del vikingo, sus impresionantes ojos azules, que la perforaban, escrutaban su alma y la invadían íntimamente. Nadie la había conocido jamás así, nadie la había tocado de aquel modo.

Se incorporó en la cama hecha una furia. No recibiría nada más de ella, no le quitaría nada más. Todo eso era una simple diversión para él. No deseaba una esposa, sino que había tomado una para así obtener otras cosas que ambicionaba.

Solo le interesaban la batalla y la adquisición de posesiones. La consideraba su juguete y creía que podía someterla a su voluntad. Cuánto habría disfrutado al verla suplicar por un hombre a quien ya había perdonado la vida.

Bien, la había engañado, de modo que ella jamás cumpliría el pacto que había hecho con él. Naruto no podía esperar que lo cumpliera. ¡Dios, no podía esperar que lo cumpliera!

El vikingo jamás la vencería. No sabía ni cómo ni cuándo, pero finalmente ella triunfaría. No estaba dispuesta a aceptar el infierno en que él planeaba encerrarla.

Percibió el acosador aroma masculino. Dio un respingo y lanzó lejos la almohada. Él se había marchado a la guerra. Con la gracia de Dios, podría tener la decencia de morir.

Pero no moriría. La recorrió un escalofrío. Temía por los demás, por el rey, pero presentía que Naruto regresaría.

Mascullando maldiciones se dirigió a la puerta y la abrió. Ayame no se hallaba muy lejos, con los ojos entornados contra la luz del sol, reclinada contra un árbol, observando cómo un niño alimentaba a los gansos. Hinata la llamó dulcemente y la criada se apresuró a levantarse.

—¿En qué puedo servirte, señora?

—Ayame, cepíllame el cabello, por favor, y ayúdame a vestirme.

—Sí, milady.

Ayame tenía magia en los dedos. Comenzó a parlotear, comentando el hermoso despliegue de aquella mañana, cuando todos los hombres partieron hacia la batalla.

—El rey aparece siempre magnífico, aunque no sé muy bien por qué. No es más alto ni corpulento que otros hombres; pero es Iroha, el Grande. Los guerreros afirman que en otros reinos lo llaman Iroha el Grande. O sea, que es glorioso en sí mismo. Y, milady, tu señor es imponente. Monta ese enorme semental con tal elegancia, seguridad y belleza… Y cuando fija la mirada, una mujer podría desmayarse. Ay, señora, te digo que…

—¡Por favor, Ayame, no me lo digas! —suplicó Hinata. Sonrió para restar mordacidad a sus palabras—. Se han marchado todos a la guerra —se apresuró a añadir—. Tenemos que rezar por ellos.

—¡Ah, pero tu marido sobrevivirá, señora! Salió de aquí como un dios. Es magnífico, tan alto y dorado, con esos músculos de bronce. Ay, señora, te digo que…

—¡Ayame!

—¡Estoy soñando! —continuó Ayame a pesar de la advertencia de Hinata. Dejó el cepillo en la cama y comenzó a pasar las manos por las sábanas de un modo que desagradó extraordinariamente a Hinata—. Te aseguro, milady, que me casaré con uno de ellos. Tendré un hermoso marido vikingo, como tú.

—Es irlandés —corrigió perversamente Hinata.

—Es todo un vikingo —contradijo Ayame.

—¡Ayame! El rey y nuestros buenos hombres arriesgarán sus vidas contra los vikingos. No debes hablar así.

—Ay, no, por supuesto. —Ayame se incorporó y comenzó a retorcerse las manos nerviosamente—. No lo he dicho con ánimo de ofender, señora, yo…

—Ya lo sé —tranquilizó, cansada, Hinata—. Ayúdame a ponerme un vestido y una túnica. Creo que tendrás que enrollarme el cabello. Después podrás retirarte.

—¡La reina desea verte! —recordó de pronto Ayame.

Hinata dejó escapar un suspiro. No deseaba la compasión de Shiho. Le llegaría demasiado tarde. Pero tenía que verla, y a las otras mujeres.

Tras vestirse con la ayuda de Ayame, se dirigió lentamente hacia la casa señorial. Los niños la recibieron en la puerta, y ella permaneció un rato con ellos, cogiéndolos y abrazándolos para evitar a Shiho. Finalmente se acercó la reina e insistió en que se sentaran a comer.

La conversación fue mucho peor de lo que la muchacha había supuesto. Shiho comenzó a tranquilizarla, asegurando que la noche de bodas era un sufrimiento para todas las mujeres, incluso si se habían casado con un hombre amable y cariñoso, incluso si habían tenido la suerte de contraer matrimonio con el hombre a quien amaban. Mientras la reina afirmaba que todo iría mejor, Hinata se limitó a mirar fijamente la mesa, incapaz de hablar.

—¿Te hizo mucho daño? —preguntó la reina, afligida.

—¡No! —logró exclamar ella.

—Ay, querida mía…

Hinata se puso en pie y apretó los puños para recuperar el control.

—No… no me hizo daño —dijo con vehemencia—. Oh, por favor, por el amor de Dios, Shiho, ¿es necesario que hablemos de esto?

—No, no, por supuesto que no… —La reina se interrumpió y miró hacia la puerta.

Hinata comprendió que alguien había entrado en la sala y que se hallaba detrás de ella. Se giró y vio que se trataba del anciano del cabello largo y el rostro arrugado y curtido. Lucía una túnica larga y un curioso sombrero. La observaba con ojos serios e inescrutables.

—Hinata —dijo Shiho—, es Jiraiya, el…

Hinata se dio cuenta de que la reina había estado a punto de decir «criado». Al mirar al viejo supo que nadie se atrevería jamás a llamarlo criado.

—Soy Jiraiya —se presentó—. Algunos me llaman druida, otros, loco. Soy leal al Ard-Ri de Irlanda y su familia. He venido para llevarte a casa.

—¿A casa?

Hinata contuvo el aliento, y el corazón se le aceleró. A casa. ¿A casa de Naruto? ¿Pretendía obligarla a cruzar el mar? No iría, por supuesto, no podían forzarla.

—De regreso a la costa, donde esperaremos a Naruto.

—Ah. —Recuperó el aliento.

Deseó negarse, porque había decidido negarse a cualquier propuesta de Naruto. Pero no tenía nada que hacer en la casa del rey. Quería a Shiho y los niños, pero sus relaciones se habían enfriado un poco.

Iroha se había marchado a la guerra, igual que Kiba. Y Naruto.

—Tal vez deberías quedarte… —intervino Shiho.

—¡No! No, gracias; creo que me gustaría regresar a casa.

Sonrió al anciano. Lo miró a los ojos, que eran oscuros, viejísimos. Recordó cómo le había sonreído durante la boda, infundiéndole seguridad; él, un hombre a quien jamás había visto antes. Pensó que por su aspecto parecía un viejo irritable. Sin embargo, le agradaba. Presentía algo en él, algo cálido, digno de confianza.

—Sí, quiero volver a casa, Jiraiya.

Shiho dijo que era necesario hacer los preparativos, disponer caballos y una escolta. Hinata apenas la escuchó. Continuaba mirando al anciano.

Después se despidió de Shiho y los niños con un beso y salió con Jiraiya. En el patio delantero de la casa ya se habían iniciado los preparativos. La mayoría de los hombres había partido con el rey, pero Hinata necesitaba una escolta.

Dos muchachos menores que ella arreglaban sus monturas, y en la cocina la vieja Kate llenaba las bolsas de provisiones para que comieran cuando hicieran un alto para pernoctar.

Shiho manifestó su inquietud, pero Hinata le dio un rápido beso en la mejilla y montó en la yegua baya que le había proporcionado la reina.

A pesar de su edad, Jiraiya se las arregló para saltar sobre su montura con sorprendente agilidad. Al ver que la muchacha lo observaba, hizo un gesto, molesto.

—Cuando sea demasiado viejo para ser útil, jovencita, me marcharé al otro mundo para recibir mis justas recompensas.

El viejo sorbió por la nariz, y Hinata se preguntó qué consideraría él sus «justas recompensas». Bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Emprendieron la marcha mientras los niños y el personal de la casa real los despedían agitando las manos. No se habían alejado mucho de Wareham cuando Hinata acercó su caballo al del druida.

—Volverá, ¿verdad? —dijo—. Tú sabes que volverá. Naruto de Uzushiogakure regresará de esta batalla.

—Sí —respondió él mirándola de modo extraño—. Volverá a casa.

—¿Y el rey?

—El rey está destinado a acometer grandes empresas.

—Entonces él también regresará a casa.

—Por ahora.

—¿Por ahora?

El druida la miró de hito en hito.

—Esto es solo el principio, milady. El avispero está revuelto, y se desencadenará algo grande. Todo eso está por venir, y lo que ocurre a medida que el destino se revela no está claro en mi mente.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Hinata. Él arqueó una ceja.

—¿Cómo lo sé? Escucha, escucha a los árboles, el trueno, la tierra, la tempestad en el mar. Escucha y lo averiguarás.

—Tú sabías que Naruto se casaría conmigo —dijo ella, echándose hacia atrás el cabello—, antes de que él y Iroha lo acordaran.

El druida asintió.

—Y ahora me dirás que eso fue el destino.

—Escrito en el viento.

—Y yo te digo —exclamó ella con vehemencia— que nada está escrito en el viento, ni en la tempestad del mar, ni en la brisa del bosque. ¡Nada! Nosotros nos forjamos nuestro destino, y yo me forjaré el mío, ¡a pesar de tu príncipe irlandés!

Él guardó silencio un momento, impasible. Después sonrió, y en sus ojos brilló un destello de diversión.

—Ahora es «tu» príncipe irlandés, ¿no es cierto, milady?

Jiraiya apretó las rodillas en los flancos del caballo, que se alejó al trote. Hinata lo observó, preguntándose si habría encontrado un enemigo o un nuevo y curioso amigo.

Espoleó su cabalgadura. Se dirigía a casa. Y en esa certeza encontró solaz.


Los soldados de a pie avanzaban mientras los hombres montados hacían retumbar los campos en dirección a Rochester, en torno a la cual los daneses habían construido fortificaciones para mantener el sitio. Las primeras tropas inglesas que llegaron a las puertas de la ciudad no tardaron en percatarse de que los daneses habían optado por la retirada.

Naruto recorrió por fuera las murallas de Rochester, revisando todo, seguro de que no hacía mucho que los sitiadores habían abandonado sus posiciones para buscar el amparo de los bosques. No podían permitirse dejar escapar a esos daneses, porque entonces las tropas invasoras quedarían completas y listas para otro ataque.

Montado sobre el enorme semental blanco, Naruto cargó contra sus enemigos. Su grito de guerra salía de sus labios mientras sus hombres seguían la línea de ataque. En la linde del bosque se enzarzaron en combate.

El primer contrincante de Naruto fue un fiero barbudo que blandía una hacha de doble pala. Naruto se inclinó para evitar el golpe mortal del adversario e introdujo sin dificultad su espada en el cuello del hombre, que cayó en silencio, soñando ya con el Valhalla.

Sería una batalla rápida, pensó Naruto.

Derrotaba a sus enemigos porque ese día parecía que los dioses, cristianos y nórdicos, lo amparaban. Los daneses se precipitaban sobre el príncipe irlandés, quien recibía como mucho un pequeño rasguño.

Shikamaru luchaba junto a él y también parecía invencible. Por muchos que fueran los hombres que los atacaban, ninguno de los dos cayó ni perdió fuerza. Al cabo de un rato se dieron cuenta de que se hallaban solos, rodeados de daneses caídos.

Oyeron un tumulto procedente de uno de los profundos barrancos junto al bosque.

Se miraron, hicieron girar sus monturas y se lanzaron al galope para bajar a toda prisa hasta el escenario del combate. Los sajones batallaban contra una veintena de daneses, fieras rabiosas por la apariencia de muchos. Los vikingos doblaban en número a los sajones.

—¿Vamos? —Naruto sonrió a Shikamaru.

—¿Quién quiere vivir eternamente? —dijo Shikamaru.

—Sí, ¿quién quiere vivir eternamente? —repitió Naruto.

Cabalgando juntos entraron en la refriega. El terreno era demasiado irregular para guiar bien el caballo, de modo que Naruto desmontó. Inmediatamente lo atacó un joven pelirrojo que le aseguró que le valía más despedirse con un beso del dulce sabor de la vida.

—¡Hijo de chiva! —espetó el danés.

Naruto detuvo el golpe de espada, saltó hacia atrás y clavó la punta de

Venganza en el cuello del hombre. Pisó al enemigo caído:

—Te aseguro, muchacho, que jamás he visto una mujer tan magnífica como mi madre.

Miró a lo largo del barranco. Se sobresaltó al ver que varios daneses muy bien armados y protegidos con cotas de malla y cascos acorralaban a un sajón; se trataba de Kiba. El muchacho se defendía valientemente, desafiando a sus atacantes:

—Vamos, venid, repugnantes demonios, venid todos. Claro que voy a morir, pero al menos me llevaré a uno de vosotros conmigo. ¿Cuál será? Venid; estáis ahí como un rebaño de mujeres, hedor del infierno. ¡Venid!

Los daneses no tardaron en acercarse a él. Naruto se apresuró a saltar al caballo y se aproximó veloz a ellos, descargando golpes con la espada. Los hombres gritaban y caían hacia atrás, sorprendidos por el repentino ataque. Naruto desmontó y combatió salvajemente.

Kiba entró en la batalla con un grito, Suzumentándose agresivo y hostigando a los daneses que lo habían acosado y se habían abalanzado sobre él como una horda de la muerte.

A los pocos minutos Naruto se dio cuenta de que Shikamaru se había unido a la refriega, y los tres alzaban las espadas como una muralla de defensa contra cualquier nueva amenaza.

La escaramuza duró poco. Los cadáveres de los daneses yacían en posiciones grotescas; los supervivientes habían huido.

Iroha bajó al barranco montado en su caballo. Miró alrededor, a sus hombres caídos y a los enemigos. Permaneció en silencio un buen rato.

—No detuvimos a muchos —dijo.

—A mí me parecieron bastantes —comentó secamente Shikamaru.

—Sí —acordó Naruto—. El buen Kiba combatió aquí contra muchos. Kiba lo miró sonrojándose. Miró al rey.

—Ahora estaría muerto, señor, si el príncipe de Konoha no hubiera intervenido.

Naruto se encogió de hombros y caminó por entre los cadáveres; después miró al rey. Observó que el sacerdote Asser se encontraba detrás del rey.

—Debemos enterrar a nuestros muertos. Si los daneses decidieran volver…

—Nos ocuparemos de los nuestros —aseguró el rey.

Se miraron a los ojos. Ambos habían sobrevivido a muchas batallas y habían visto las atrocidades que cometían los vikingos cuando ganaban. Arrancaban las entrañas a los prisioneros, los quemaban vivos o aprovechaban sus órganos para cocer pieles.

Los heridos deseaban estar muertos, y los muertos estaban mejor en el infierno.

Naruto volvió a montar el semental blanco y siguió al rey hacia las murallas de Rochester. Las puertas de la ciudad se abrían y la población hambrienta salía para saludar a sus libertadores.

Esa noche se enteraron de que los daneses efectivamente habían huido a toda prisa, dejando atrás a sus prisioneros y muchos de sus caballos. Iroha recibió con gusto prisioneros y caballos.

Festejaron la victoria en la sala de una casa señorial de Rochester. El hogar ardía en el centro bajo una chimenea.

Venados y corderos se asaban en sendos palos sobre las llamas para alimentar a los hambrientos defensores de Rochester. Naruto estaba sentado junto al rey mientras se cortaban enormes trozos de carne que mujeres y muchachos servían a los guerreros.

Todos rebosaban de alegría por el triunfo. Narradores ingleses se levantaron para relatar las hazañas del rey, y uno de los bardos irlandeses de Naruto recitó espléndidamente las proezas de su príncipe ese día.

El príncipe escuchaba con aire divertido, pero se sorprendió cuando el joven Kiba se puso en pie y alzó su copa hacia él.

—¡Brindo por el príncipe que me ha salvado la vida dos veces! ¡Para ti mi eterna lealtad! ¡Lo juro!

Se elevaron vítores y aplausos. Naruto se levantó, asombrado por sentirse tan cohibido entre los hombres. Kiba se acercó y se arrodilló ante él.

—Tu servidor, mi señor, siempre —juró humildemente.

Naruto se inclinó y lo obligó a ponerse en pie cogiéndolo por los hombros.

—No, Kiba, mi servidor no; mi amigo.

Las ovaciones aumentaron de volumen. La sonrisa simpática y juvenil de Kiba conmovió a Naruto. El joven no era cobarde ni tonto. Poseía fortaleza, humildad y honor.

Kiba había amado a Hinata, y ella a él. Antes le había resultado fácil olvidar ese juvenil enamoramiento, pensó Naruto. Bueno, tal vez no tan fácil, puesto que le habían asaltado la rabia y los celos. De pronto simpatizaba con el muchacho y sentía pena por los dos. Ambos habían amado; él había querido a Shion.

Mientras ambos se miraban, comenzó a sonar una extraña música procedente de una flauta larga. Tan pronto se inició la melodía se oyeron «chist» para pedir silencio. Una joven morena de ojos almendrados y cabello negro como el ébano y largo hasta más abajo de la cintura se había situado ante el hogar. Estaba inmóvil. De pronto su cuerpo empezó a mecerse sutilmente al ritmo de la música.

La muchacha era extraordinariamente hermosa y grácil, increíblemente exótica con sus ojos rasgados y cálidos, su piel de color miel.

Al danzar las capas de gasa que la envolvían flotaban alrededor definiendo la dulce y turgente perfección de su figura. La música era lenta, seductora; penetraba en la piel y la sangre, hechizadora.

En la sala reinaba un silencio absoluto. Todas las miradas estaban fijas en la joven.

Naruto observó sus contoneos, sonriendo. De pronto el baile le recordó otra actuación que había presenciado no hacía mucho; Hinata. Hinata moviéndose con sinuosa gracia, relatando sus historias con aquella voz suave y sugerente; voz de sirena.

Durante la representación de Hinata también todos habían guardado silencio. El cabello había cubierto su cuerpo como una refulgente cascada mientras desafiaba a los hombres, cautivándolos con sus movimientos, como estaba haciendo esa zorra ante el rey y sus guerreros.

Incluso en esos momentos, observando a esa tentadora joven de ojos almendrados, recordaba a su esposa. Apretó los dientes y lanzó una maldición silenciosa. No quería que se la recordaran en los momentos de vigilia; tampoco deseaba soñar con ella.

Shikamaru estaba sentado a su lado. Del hogar se elevaba el humo, y la chica parecía cada vez más un ser mítico, misterioso, mágico y esquivo.

—Es una de los prisioneros que dejaron aquí los daneses en su precipitada fuga; eso dijo el mayordomo. La capturaron en una incursión por el Mediterráneo, y se rumorea que busca un nuevo amo. Me parece que su mirada se posa continuamente en ti.

¿Sí? Naruto no lo había advertido. Había estado mirando a la chica sin verla, absorto en sus pensamientos.

La joven evolucionó ante él a un ritmo cada vez más rápido. Poco a poco desaparecían las gasas que la envolvían a medida que ella se despojaba de los diversos velos y los lanzaba lejos.

Dejó al descubierto los brazos, los hombros y las redondeces de sus senos. Unos ligerísimos pantalones le ceñían las caderas, y una fina cinta de gasa apenas le cubría los pezones. Giraba ante él cada vez más deprisa con los pies descalzos. La música aumentó de volumen y de pronto cesó. Ella echó la cabeza hacia atrás y Suzumente y cayó de rodillas delante de Naruto.

La sala quedó en completo silencio, ya sin la música. Naruto oía claramente la respiración de la joven, quien levantó la cabeza lentamente y clavó la vista en los ojos del hombre.

Naruto advirtió que todos los presentes lo observaban. Esbozó una sonrisa y aplaudió.

—Esta chica es una esclava —dijo el rey—. Se entrega a ti.

Nada en la voz de Iroha delataba sus pensamientos, pero Naruto estaba seguro de que el rey tenía una opinión muy clara sobre cuál era la manera correcta de manejar la situación. Se volvió hacia Iroha.

—Hoy he luchado por tu bandera, Iroha. Todo lo que se recoja hoy pasará a tus cofres para que tú lo repartas entre los hombres.

El rey, irritado, ordenó a la chica que se retirara con un gesto de la mano. Ella se levantó con expresión triste y se encaminó hacia la puerta, mirando hacia atrás varias veces.

Los perros de caza comenzaban a husmear alrededor del fuego en busca de huesos y restos de comida. Los hombres empezaban a moverse, haciendo crujir las esteras de junco con los pies.

Naruto clavó la vista en el rey.

—Ninguno de los dos miró a esa chica esta noche, Iroha. Los dos estábamos pensando en otra actuación.

—Una que te dio una esposa.

—Y a ti una alianza. El matrimonio fue un contrato.

—O sea, ¿quieres quedarte con la ramera pagana? —preguntó el rey con los ojos entornados.

Naruto sonrió y negó con la cabeza.

—No, señor. Tengo la intención de cederla a otro. —El rey arqueó las cejas—. A Kiba —dijo Naruto—. El muchacho ha perdido mucho. Creo que se merece una recompensa.

Se levantó, repentinamente agotado. Se había comportado como un necio. No debería haber entregado a la chica. Debería habérsela quedado para recordar a todos que él era su propio amo, que no sería gobernado por una mujer, aunque esta fuera su esposa y pariente del rey. Miró a Iroha, quien dijo:

—Estoy muy complacido con nuestra alianza. Te ofrezco lo que quieras del botín.

—¿Incluso la chica?

—Incluso la chica —respondió el monarca con un gesto de dolor. Naruto titubeó.

—No la quiero —dijo—. Buenas noches, Iroha, rey de Inglaterra. Ella me ha recordado que estoy ansioso por regresar al que será mi hogar. Hay muchas cosas dañadas y me ocuparé de repararlas.

Se volvió y salió de la sala en dirección a la habitación que había escogido.

Se tendió sobre el mullido colchón de plumón dispuesto sobre una enorme cama de cuerdas. Cerró los ojos, colocando una mano sobre su espada Venganza, que había dejado a su lado. Jamás dormía sin tenerla cerca.

Los acontecimientos del día desfilaron por su mente cansada y después se adormeció. Vio a la chica de los ojos almendrados bailando ante él medio desnuda.

De pronto la chica cambiaba y se convertía en su esposa, Hinata.

Sus cabellos flotaban como una suavísima cortina oscura, cayendo en cascada sobre sus brazos desnudos, envolviéndola. Entonces ella se tumbaba de espaldas. Se oía el rumor de un arroyuelo.

Hinata lo llamaba, le sonreía y lo invitaba a acercarse. Naruto se tendía entre la suavidad de sus muslos y la apretaba contra las exuberantes hierbas de una tierra perfumada y fértil. Le acariciaba el pelo y con sus dedos la recorría entera. De pronto notaba algo pegajoso; era sangre.

Se despertó sobresaltado.

Todavía le rodeaba la oscuridad de la noche. La puerta de su habitación que comunicaba con la sala central estaba entreabierta. Vislumbró a los hombres echados alrededor del fuego, durmiendo, borrachos, como si estuvieran muertos.

«Ella no corre peligro», pensó. ¿Por qué lo acosaban esos pensamientos sobre la muerte de su esposa? Era ella quien deseaba su cabeza, se recordó.

Necesitaba dormir. La única herida física que había recibido se la había causado ella. En todo caso, aunque victorioso, el día había sido largo y agotador. Había cumplido su parte del acuerdo y continuaría cumpliéndola. Ciertamente los daneses se levantarían otra vez para vengar su derrota.

Deseaba despertar temprano y cabalgar como el viento. Deseaba reivindicar lo que era suyo.

Volvió a tumbarse y cerró los ojos. Logró dormir y soñó que ella se hallaba en peligro. Despertó de nuevo.

Ella no se encontraba en peligro, intentaba convencerse, estaba al cuidado de Jiraiya, quien la protegería.

Apenas despuntaba el alba cuando, irritado, renunció a concluir el sueño y se levantó. Salió de la habitación y buscó a Shikamaru, a quien halló junto al fuego, con la cabeza apoyada sobre los brazos. Le propinó un suave puntapié.

—Despierta a los demás —ordenó—. Es hora de partir.

Shikamaru se frotó los ojos y se apresuró a ponerse en pie. Los hombres comenzaban a despertarse y moverse.

Naruto salió al fresco aire de la mañana. La hierba estaba cubierta de rocío, y una suave neblina lo envolvió. Rochester era una ciudad impresionante. Los daneses la habían deseado muchísimo. Regresarían.

Llamó a un chico, le pidió que sacara a su caballo del establo y que hiciera correr la voz de que se marchaba con sus hombres. Minutos después estos ya estaban listos para partir, con el botín que habían recogido en las fortificaciones de los daneses. Naruto se sorprendió al ver a Kiba montado para acompañarlo, con la bailarina sentada detrás.

—El rey no viene ahora —dijo Naruto, acercándose a él.

—Lo sé. Ha aceptado que te sirva a ti —explicó Kiba.

Naruto contempló al muchacho con mirada fría y franca. Kiba había demostrado ser muchas cosas, ¿resultaría ser un traidor también?

Él era el amo de su propia voluntad y su casa, se recordó Naruto. Accedería a que Kiba lo acompañara. Vigilaría al muchacho y a Hinata.

—Entonces, vamos —dijo. Después vociferó la orden a sus hombres y emprendió la marcha.

«A casa —pensó—. Al encuentro con mi esposa. —Una sonrisa iluminó su rostro—. Y todas las promesas que ella me ha hecho.»

Él se encargaría de que las cumpliera.


Dagaz


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