LA ROSA DEL VIKINGO
12 Thurisaz
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Cinco días después, al despertar por la mañana, Hinata descubrió que el vikingo ya no estaba en su cama. Vio las sábanas arrugadas donde había yacido el gigante rubio que había regresado con tanta rapidez para amargarle la vida.
Se levantó de un salto, como si necesitara escapar hasta del acosador recuerdo de su cuerpo junto al suyo, y miró el lecho como si fuera una burla de todo lo que significaba aquel matrimonio. Apretó los puños contra los costados, deseando desesperadamente poder darle, aunque fuera una sola vez, una buena paliza.
La palabra de Naruto era ley, y él sabía cuánto detestaba Hinata su dominio y por tanto estaba decidido a gobernar a la esposa que le había proporcionado la tierra y a la tierra misma.
Se estremeció y entonces se dio cuenta de que estaba desnuda. Se apresuró a sacar del baúl una camisa, unas calzas y una túnica. Medio vestida se dirigió a la mesilla en que descansaban la jofaina y el jarro con agua y se lavó la cara, el cuello y las manos. Después acabó de vestirse, se cepilló y trenzó el pelo y, tras echarse sobre los hombros una capa forrada en piel, salió de la habitación.
Se detuvo en lo alto de la escalera. No oyó la voz de su marido en la sala, pero sí la de otros hombres. Shikamaru contaba historias de batallas, mientras los otros lo escuchaban e interrumpían con preguntas. Hinata bajó con sigilo por las escaleras. Respiró profundamente al ver en la sala a Kiba y otros jóvenes que habían estado al servicio del rey Iroha.
Habían estado en la casa señorial desde su regreso.
Aquella primera noche la habían saludado educadamente, con todo el respeto debido e incluso con ternura, cuando ella bajó cogida del brazo de Naruto. Incluso Kiba había estrechado su mano haciendo una profunda inclinación y le había besado la mejilla, delante de Naruto, saludándola como a una hermana.
Ese comportamiento la había hecho sentir abandonada, porque el hecho de que se hubiera atrevido a besarla en la mejilla delante de Naruto significaba en cierto modo que todo cuanto había habido entre ellos había acabado.
Había acabado el amor, pensó. En otro tiempo ese amor había brotado alegre y hermoso, como un manantial, pero de pronto le parecía solo un juego de niños tratando de imitar a los adultos.
Tal vez eso ocurría porque Naruto estaba allí, tan real cuando todas las escenas del pasado se habían convertido en tantas fantasías. O tal vez se debía a la manera en que él la había tocado, imprimiéndole una especie de marca de posesión que ella no podía negar.
Había conocido a Kiba durante años, y, sin embargo, Naruto la conocía mejor. Durante mucho tiempo había creído que amaría a Kiba hasta el último día de su vida, y, sin embargo, el recuerdo del suave beso de Kiba resultaba confuso e inocuo, mientras que al rememorar la pasión de los labios de Naruto se le calentaba la sangre y se le arrebolaban las mejillas… Sí, le despertaba un deseo intenso.
Sería estúpida si llegaba a quererlo. Jamás lo amaría, aunque sí compartieran su amor por la tierra, los animales y los vulnerables niños; aunque compartieran ciertos valores, tales como el respeto a sus mayores y por las tradiciones de sus respectivos legados; el gusto por lo exótico, la reverencia por el aprendizaje.
No, a pesar de que coincidieran en ciertos aspectos, jamás lo amaría. Y nunca lo honraría ni obedecería.
Salió de la sala a toda prisa y sin ser vista. Uno de los hombres de Naruto, irlandés, montaba guardia junto a la puerta. Se inclinó ante ella cuando pasó. Ignoraba hacia dónde se encaminaba; simplemente deseaba alejarse de la sala a que Naruto podría regresar demasiado pronto.
Caminó presurosa, pasando junto a los herreros y artesanos que trabajaban dentro de las murallas, y dejó atrás las puertas, y a más guardias de Naruto. Tomó un sendero que conducía hacia el norte, hacia los acantilados cubiertos de hierba.
Tardó quince minutos en llegar a un inmenso roble cuyo frondoso follaje se mecía sobre las aguas rápidas y frías de un riachuelo.
Allí habían dado sepultura a Homura y Hoheto. Suzume la había llevado a las tumbas, junto a las cuales había pasado largos ratos orando por las almas de los difuntos.
Al principio se había planteado la posibilidad de volver a enterrarlos bajo el suelo de la capilla, pero después se dio cuenta de que le gustaba aquel lugar hermoso y apacible, desde el cual no se divisaba el mar, ni los navíos dragones anclados en lo que en otro tiempo había sido su costa, su dominio.
Se arrodilló en la hierba e inclinó la cabeza para rezar por sus amigos perdidos; pero su mente no estaba en las oraciones. Se sentó y comenzó a mordisquear ociosamente una ramita, contemplando la rápida corriente de agua.
Estaba aturdida, paralizada, pensó. Su esposo había regresado antes de que ella estuviera preparada para recibirlo. Durante la ausencia de Naruto, había reinado una cierta paz. Hinata había tenido la ilusión de que la vida apenas había cambiado.
Se había sentado en la sala y escuchado las quejas de sus siervos, arrendatarios y ciudadanos libres y había juzgado prudentemente según las leyes de Iroha. Se mostraba justa en sus órdenes y compensaciones.
Había habido pocas quejas, pues todos estaban demasiado ocupados reconstruyendo sus casas después de la inútil batalla como para enzarzarse en disputas. Pero los hombres son hombres, de modo que surgirían disputas, y el reinado de Iroha era famoso por la justicia de sus leyes.
Pero de pronto…
Un vikingo se había convertido en el señor de esa gente. Naruto había entrado en la sala y exigido que todo estuviera a su disposición. Se había atrevido a subirla en brazos por las escaleras, delante de todos los reunidos allí, y después, con la misma arrogancia, la había llevado a la sala para comer.
El almuerzo se había postergado hasta que el amo hubiera satisfecho primero otro hambre básico. Cada vez que habían alzado el cáliz de aguamiel que compartían, habían rozado sus dedos, sus miradas se habían encontrado, y ella se había percatado de que Naruto se reía de su azoramiento.
Al parecer los demás lo consideraban civilizado, y no solo a ratos, como le ocurría a ella. Suzume lo encontraba atractivo y encantador.
¡Encantador! Los criados se apresuraban a cumplir todas sus órdenes, y los guerreros de Iroha bromeaban con él. Incluso Kiba, ¡maldito Kiba!, parecía respetarlo muchísimo y apreciarlo.
«¡Hombres!», pensó disgustada. De modo que en la batalla mataba fácilmente a los otros, de modo que era un héroe. Había sido educado para sembrar la muerte.
Y para imponer su voluntad.
Aquella primera noche se había escabullido después de la cena para buscar alojamiento para los hombres que lo habían acompañado. Algunos dormirían dentro de la sala, otros se hospedarían en las casas junto a las murallas…
Debía ocuparse también de calcular cuánto grano y heno había que adquirir para alimentar a los caballos, y solucionar otros muchos asuntos. Así pues, había estado alejada de él hasta muy tarde.
Por fin Naruto la encontró en la cocina, disponiendo las comidas para el día siguiente. Aún podía verlo en el umbral, con las manos en las caderas, mirándola de hito en hito con aquellos ojos azules. Había levantado una mano y ordenado:
—¡Ven!
Ella se había vuelto con todo el noble desafío que logró reunir.
—Mi señor, estoy ocupada —había replicado con un tono capaz de despedir al más firme guerrero.
Pero no a ese señor de los lobos. Apenas había comenzado a girarse cuando sintió su mano en el hombro. Sin mediar palabra la cogió en brazos y la mantuvo así. Se observaron en silencio. Naruto la condujo por entre los hombres borrachos, adormilados en la sala, la hizo subir por las escaleras y la llevó hasta el dormitorio sin dejar de mirarla a los ojos en ningún momento.
Cuando la depositó en la cama, Hinata dijo que lo odiaba, pero mientras observaba cómo el vikingo se desvestía a la luz de la vela, dudó de la veracidad de sus palabras.
No obstante las repitió una y otra vez cuando él se tendió junto a ella, con su magnífico pecho de bronce exquisitamente alfombrado por el vello de color platino, y supo que sus palabras no eran ciertas.
—Eres mi esposa —le recordó él—. Y haré mi voluntad.
Su risa ronca llenó el aire y el contacto de sus manos se convirtió de pronto en dulce caricia y las furiosas protestas de la joven fueron ahogadas por la dulce y exigente avidez de los labios masculinos.
Sus palabras de odio se desvanecieron, barridas con la misma limpieza que su voluntad. Las velas comenzaron a apagarse, y a su debido tiempo Naruto le arrancó, con el fervor de sus besos, suaves gemidos de deseo y satisfacción.
Sentada a la orilla del riachuelo, Hinata expulsó el aire de sus pulmones y se puso en pie. Al día siguiente él había salido a cabalgar y no había regresado hasta muy avanzada la noche. Hinata fingió estar dormida cuando él volvió.
Naruto no la tocó, de modo que la tercera noche ella repitió el juego. Pero en esa ocasión venció él. Riendo, la había obligado a darse la vuelta para decirle que simulaba muy mal y que debía dar la bienvenida a su señor.
Y lo había hecho, pero se arrepentía.
Y la noche anterior… la noche anterior Hinata había conseguido una victoria. Por muy excitantes que resultaran sus caricias, había resistido. No había presentado batalla, sino que se había limitado a yacer en el lecho fría como una piedra, con los ojos llenos de lágrimas en la oscuridad, luchando no contra él, sino consigo misma.
Y después había permanecido despierta en la oscuridad, igual que él. Y esa mañana…
Aún podía sentirlo sobre ella, aspirar su aroma, recordar la dulce melodía de su risa, su fiero ardor cuando la penetró. Sintió de nuevo la dureza de sus músculos, su estremecimiento cuando estaba dentro de ella, la sensación cuando él derramó su semilla. Jamás se libraría de él, de su recuerdo.
Y se despreció a sí misma porque no podía negar que él semejaba un dios, que su pecho desnudo, sus caderas, sus muslos… y su miembro viril eran en realidad pasmosos; que sus ojos eran imponentes y autoritarios, y no solo sus ojos, sino toda su personalidad; que era, verdaderamente, el nuevo amo.
No, jamás.
Las hojas del roble se mecieron y susurraron encima de ella. Arrojó a un lado la capa, se quitó los zapatos y las calzas y corrió hacia el agua; estaba helada, pero le apetecía bañarse.
Miró alrededor y después se despojó de la túnica y la camisa y se introdujo en el riachuelo, que la cubrió hasta los muslos. Se estremeció de frío. Se sumergió hasta los hombros, empapándose los cabellos.
Se zambulló rápidamente y sintió toda la fuerza del agua helada. Se sentía limpia, libre de él, su contacto y su dominio.
—Hinata.
Al oír pronunciar su nombre con tono tenso y preocupado sofocó un grito y se volvió. Apretó los dientes, rogando que Naruto no la hubiera descubierto allí. Entonces se relajó porque había reconocido la voz de Kiba.
—¡Hinata!
—¡Estoy aquí!
Entonces lo vio, montado y rodeando el roble. ¡Qué joven se veía!, pensó. Se sintió como si ella fuera mucho mayor. Kiba era todavía un muchacho, pensó, y ella ya no era una señorita, sino una mujer. Kiba desmontó y caminó presuroso hacia ella. Se detuvo al ver su ropa en la orilla. Profiriendo una maldición se agachó para recoger la capa.
Hinata se irguió y se dirigió hacia él, recordando la malhadada mañana en que se había acercado a él así. Por aquel entonces los sueños todavía estaban vivos. Pero en esos momentos… se apresuró a cubrirse con la capa, y Kiba desvió la mirada.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
—No estabas —respondió él con voz áspera—. Los guardias te habían visto salir, pero nadie sabía dónde te encontrabas, y yo… temí por tu seguridad.
—¿Mi seguridad? —Lo miró perpleja. Esbozó una sonrisa triste y enderezó los hombros—. Comprendo. ¿Pensaste que tal vez se me ocurriría arrojarme al mar desde el acantilado?
—No lo sé —contestó él, ruborizándose. De pronto cayó de rodillas ante ella, que lo miró sorprendida—. Te ruego que me perdones, Hinata, porque anoche me di cuenta de que mi presencia aquí aumenta tu desdicha. Por favor, compréndelo, yo…
—Tú has decidido servir a un vikingo, Kiba —interrumpió ella, liberando la mano que él le había cogido—. Yo no. Eso es todo.
—Tendrías que verlo en la batalla…
—Lo he visto en la batalla; lo vi atacar mi casa y no reverencio a un hombre por su capacidad para matar.
—No lo conoces…
—Soy yo quien te ruego que me perdones, Kiba. Empiezo a conocerlo muy bien.
Él se puso en pie y se acercó más.
—Hinata, por el amor de Dios, por favor, trata de comprender. Naruto me salvó la vida, no solo una vez, sino dos. Estoy obligado por honor a servirlo.
Lo vio tan desesperado que se le desgarró el corazón. Lo abrazó, sabiendo que siempre lo amaría, aunque no como lo había amado en otro tiempo, sino como a un hermano. No había nada en su gesto que no fuera ese amor.
Cuando le tenía rodeado el cuello con los brazos y le susurraba su nombre con ternura y compasión, Hinata sintió un escalofrío que se convirtió en dardos de hielo.
Naruto estaba observándola.
Montado en el semental blanco, el vikingo los miraba desde las sombras bajo el roble. La joven no le veía los ojos ni los rasgos, pero sí el brillo dorado de sus cabellos y la postura cómoda e imponente sobre el caballo.
Entonces él espoleó su cabalgadura y comenzó a aproximarse. Ese día iba vestido como un príncipe irlandés, con el manto escarlata sobre el hombro, sujeto con un gran broche de esmeraldas, en que estaba grabado el signo del lobo.
—¡Dios mío! —musitó ella.
Kiba se apartó rápidamente y se giró. Avanzó un paso, dispuesto a encontrarse con ese lobo, por mucho que lo temiera, dispuesto a interponerse entre ella y el peligro.
—Mi señor —dijo—, te juro que…
—¡No! —exclamó Hinata, adelantándose.
—¡Hinata! —Kiba la agarró del brazo para detenerla.
Ella se soltó. La brisa agitó su capa, y aunque la muchacha la cogió y se cubrió bien con ella se hizo evidente que no llevaba nada debajo. Profirió una silenciosa maldición. Estaba resuelta a no permitir que Kiba sufriera por haberse preocupado por su seguridad.
—No ha sucedido nada incorrecto aquí —dijo acaloradamente—. ¿Me entiendes? No ha ocurrido nada incorrecto.
Una fría mirada azul, escalofriante como un gélido viento invernal, la recorrió.
—Mi señor…
—Kiba, vete —interrumpió, cortante, Naruto—. Después hablaré contigo.
—Pero mi señor…
—¡Maldita sea, vete!
Hinata se quedó inmóvil, sus ojos cautivos de la mirada de Naruto. Ambos oyeron cómo Kiba corría hacia su caballo para luego alejarse.
Naruto continuó con la vista fija en ella. A pesar del frío del agua que aún le chorreaba y la glacial mirada de su esposo, Hinata notó que gotas de sudor le perlaban la frente. No podía permitirle que le hiciera eso. ¡No lo consentiría!, juró.
Dio una fuerte y furiosa patada en el suelo.
—Ha sido un encuentro inocente, te lo aseguro. Y tú no tienes ningún derecho, ningún derecho, a mirarme de esa manera.
—¿Cómo estoy mirándote? —preguntó él.
«Desde una gran altura», estuvo a punto de responder ella, pues así se lo parecía. Sobre el caballo se veía implacablemente gigantesco, y sin embargo lo prefería allí, sobre la montura, que en el suelo cerca de ella.
—Te digo que los dos somos inocentes. Y si fueras un poco civilizado…
—Ah, ¡estamos de acuerdo! No soy civilizado. Soy un vikingo, mato a mis enemigos. ¡La muerte es el credo por el cual vivo!
Comenzó a desmontar. Hinata contuvo el aliento, y el corazón le martilleó salvajemente. Él se detuvo para contemplar sus ropas desperdigadas sobre la hierba.
Naruto avanzó otro paso, y ella se tragó el miedo y el orgullo. Debía defender el honor de Kiba, que ella había comprometido. Hincó graciosamente una rodilla e inclinó la cabeza.
—Te ruego que me escuches…
—Levántate. La falsa humildad no te sienta bien.
Se incorporó, mirándolo furiosa, se arrebujó más con la capa y observó que él sonreía implacable al percibir la ira en su mirada.
—Eso está mejor, mi amor.
—No soy tu amor, y jamás lo seré, según aseguras.
—Entonces no lo eres —acordó él. Comenzó a caminar alrededor de ella, frotándose la barbilla—. No mi amor, pero sí mi esposa. ¡Mi esposa! Obligada por el sagrado sacramento del matrimonio a honrarme y obedecerme. Y sin embargo, que me cuelguen, señora, si no te sorprendo siempre en diversas fases de desnudez.
—Se diría que es una de tus maneras favoritas de descubrir a una mujer, milord —replicó ella—, ya que cuando estoy vestida te apresuras a quitarme la ropa.
—No es tu desnudez lo que me molesta.
Un escalofrío recorrió a Hinata cuando él se detuvo a su espalda. No le veía la cara; solo oía su voz trémula, que delataba su rabia a pesar de la ligereza del tono.
—Es tu repetida desnudez ante otros hombres, ante Kiba.
Temblando, ella se giró, pues no soportaba tenerlo a la espalda. Se humedeció los labios para poder hablar. De pronto lamentó su victoria de la noche anterior. Quizá él no estaría tan irritado si ella no se hubiera mostrado tan fría; Naruto ignoraba cuánto le había costado.
—Mi señor, te juro que Kiba es inocente…
—Hay muchas maneras de morir, ¿verdad? En la horca, por ejemplo. No es una forma agradable de morir. Si la soga es demasiado corta, estrangula lentamente; si es demasiado larga, la cabeza puede separarse totalmente del cuerpo. También se le puede cortar la cabeza a un hombre con un golpe de hacha o rebanar con una espada.
—Naruto…
—Por supuesto, el cuello de una mujer se rebana más fácilmente que el de un hombre. Tu cuello, querida esposa, es tan tierno…
Ella retrocedió, mirándolo.
—Entonces ¡hazlo de una vez! —interrumpió.
Su voz se quebró cuando él la tocó. Naruto la estrechó contra su pecho al tiempo que hundía los dedos en su cabello mojado, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Jamás te mataría así, querida mía. Jamás me negaría el placer de apretar tu cuello con mis dedos y extraerte así la vida. —Mientras hablaba su mano libre buscó la abertura de la capa y se extendió sobre el pecho bajo el cual latía su corazón—. Para detener este pulso traicionero —siseó. Repentinamente la soltó, apartándola de sí, y se dirigió hacia su caballo—. Recoge tus cosas y ven. Ahora mismo.
Hinata inspiró fuertemente y expulsó el aire, mirándolo. Él no le había hecho daño, pero ignoraba cuáles eran sus intenciones. ¿Se propondría arrastrarla hasta la casa para acabar con ella y Kiba en su propia sala?
—¡Espera! —exclamó.
Naruto se detuvo y se volvió lentamente. Hinata se quedó sin aliento y durante algunos segundos se esforzó por recuperarlo.
—Espera. Aún no me has escuchado. Si te atreves a hacer daño a Kiba…
Eran las palabras equivocadas. Él se acercó a la joven y volvió a cogerla fuertemente. Sus ojos la miraron autoritarios.
—Me atrevo a cualquier cosa, señora, deberías saberlo muy bien. Sin embargo, no pretendo hacer ningún daño a Kiba. Confío en él.
—¿Qué? —tartamudeó ella.
—No castigaré al muchacho porque tu conducta es la de una puta insensible.
—¿Qué?
Esta vez no tartamudeó. La palabra salió con toda su furia. Se revolvió contra él tratando de zafarse, logrando arañarle el mentón y propinarle un puntapié en la espinilla.
El vikingo profirió una salvaje maldición y la agarró por el brazo, retorciéndoselo. Ella cayó, enredada en la capa, y él se apresuró a sentarse a horcajadas sobre sus caderas. Se desencadenó su genio para salvarla de la humillación total.
—De verdad, si existe un Dios en el cielo, morirás bajo un hacha de guerra, te descompondrás lentamente hasta pudrirte, te…
—Continúa —la animó él.
—¡Suéltame!
—¿Qué? ¿Ahora? Vamos, estoy encantado de descubrir qué es tenerte debajo. Es interesante experimentar qué sentiría el hombre para quien te desnudas con tanto entusiasmo.
—No me desnudé para Kiba.
—Entonces, ¿fue Kiba quien te desvistió?
—No, por supuesto que no. Yo…
—¡Ah, comprendo! Viniste aquí, te despojaste de la ropa y te metiste en el agua para representar el papel de seductora, por si yo, tu marido, pasaba por aquí. ¡Qué idea más interesante! Sobre todo después de anoche.
—Yo no…
—¡Cuidado, cuidado, milady! —Se inclinó hacia ella, que no supo si el brillo que percibió en sus ojos era de diversión, furia o alguna otra emoción—. Me complace bastante la idea. Y me desagrada mucho la otra sugerencia.
Ella abrió la boca y volvió a cerrarla. Naruto ensortijó un mojado mechón de su cabello en un dedo.
—Una cita matutina con mi esposa bajo la sombra de un viejo roble, junto al frescor de un arroyo rumoroso… Ciertamente resulta atractivo, ¿no crees? ¿No estimula tu fantasía?
—¡No!
—¡No! Ay, se me parte el corazón. Ay de mí, en mi cama yace un tronco de árbol sin vida, cuando sé que me casé con una mujer vibrante de pasión. ¿O es que ella solo existe para otros? Tal vez estoy equivocado. Quizá deba hablar con el joven Kiba para averiguar…
—¡Basta! —susurró ella. Naruto arqueó una ceja dorada. Ella alzó el mentón—. Una cita con mi querido señor y muy bien amado esposo me parece… una fantasía, en efecto —logró decir.
Un destello malicioso y demoníaco brilló en aquellos ojos azules, y Hinata deseó borrarle la sonrisa de los labios con un bofetón. Naruto se puso en pie y, tras arrojar a un lado la capa, se desabrochó el cinto de que pendía la espada, que cayó pesadamente al suelo junto a ella.
Mientras el vikingo se quitaba las botas, las calzas, la túnica y la camisa, ella se giró hacia un lado y observó anhelante la espada.
Un pie descalzo aterrizó sobre sus cabellos. Hinata alzó la vista hacia él.
—Te prometo que si te atreves a alzar un arma contra mí, grabaré mis iníciales y el emblema de la Casa Real de Rasengan en tu espalda.
Colérica, se puso en pie de un salto y se abalanzó sobre él. Ambos cayeron al suelo, él llenando el aire con su risa mientras rodaban hacia la orilla del riachuelo. Como la capa se le había caído, estaba desnuda entre el frío del agua y el ardiente calor del cuerpo masculino.
Se retorció bajo él tratando en vano de liberarse. Masculló una salvaje maldición, ante la cual él echó hacia atrás la cabeza, riendo.
—¿Qué esperabas de un vikingo? Me has etiquetado, y yo te doy lo que deseas. Que nada se interponga en mi camino. Tomaré lo que deseo por la gracia de mi espada, señora. Y no volveré a tener debajo de mí a una criatura que se comporte con frialdad, sino con toda la furia y dulce pasión que se me debe.
—¡No te debo nada! Bastardo…
Su susurro acarició la mejilla de la muchacha:
—Ten cuidado, milady, ten cuidado. Convénceme de que me deseabas a mí y a ningún otro.
Ella inspiró profundamente, deseando mandarlo al infierno. Su rabia era tan fiera como la de él.
Sin embargo, también lo deseaba. Su traidor cuerpo lo deseaba junto al arroyo, a la sombra del viejo roble. Se estremeció bajo la fuerza de sus brazos, su caricia, el poder de su pecho.
Sí, lo deseaba. Deseaba la pasión, el abrigo consuelo de sus brazos, la ternura de sus susurros; deseaba al hombre a quien comenzaba a conocer.
Envuelta en la fresca paz del día, oyó el rumor de las hojas, el murmullo del arroyo, y sintió las ardientes corrientes que habían surgido entre su esposo y ella. Hinata lo miró, enmarcó su rostro con las manos, enfrentando el fuego de sus ojos con las chispas plateadas de los suyos, y atrajo su cabeza hacia sí para besarle de un modo salvaje y desafiante.
Con la lengua exploró seductoramente sus labios, luego la introdujo más allá de la barrera de sus dientes y entabló un duelo hostil y sensual con la lengua de él. Enredó los dedos en sus cabellos y apretó sus pechos contra la aspereza de su torso.
Naruto dejó escapar un gemido gutural, rompiendo el silencio de la mañana. Y para ella ya no hubo más paz ni frescura ni sombra del roble. Los labios de él le abrasaron el cuello y los senos, después ambos se arrodillaron con los labios trabados.
Ella se puso en pie y sintió la aspereza del rostro masculino contra su vientre, contra sus muslos.
Gimió y se movió de modo sensual hacia abajo, acariciándolo con todo su cuerpo, frotando lentamente sus cabellos y su cabeza contra los tensos y ondulantes planos de su estómago.
Titubeó solo un instante antes de dejarse llevar por la fantasía y coger entre sus manos el miembro viril excitado; casi dio un respingo al notar cómo se inflamaba y crecía a su contacto.
Naruto jadeó y susurró, lo que alentó su osadía y su lascivia, o perversidad tal vez, pero no importaba. Ya no recordaba ni su odio ni la sangre derramada ni nada que se interpusiera entre ellos.
Solo conocía a ese hombre, a ese amante, y las dulces y salvajes sensaciones que despertaba en ella y, con alada belleza, barrían todo pensamiento. Besó el sexo de Naruto, lo lamió y acarició con los labios.
El vikingo dejó escapar sordos y roncos gemidos. Estremecido, le cogió los hombros y la levantó para cubrir vorazmente su boca con la suya mientras la tendía sobre el suelo.
Le separó los muslos con fuerza y la abrió aún más con sus exploradores dedos para luego consumirla con la ardiente y húmeda caricia de su lengua hasta que ella, casi delirante, sollozaba por él, sin saber qué pedían sus palabras.
Naruto la complació cubriéndola totalmente, y ella gritó sobrecogida cuando él la penetró con la excitante fuerza de una inmensa y majestuosa máquina, abriéndose camino, abrasador, llenándola, formando parte de ella.
Sus labios apagaron el grito de Hinata, arrastrándola apasionadamente en el torbellino de su deseo. La joven sintió que la inundaban rayos y los truenos estremecían la tierra, que parecía latir alrededor y dentro de ella. Fue llevada al Valhalla y más allá.
El éxtasis creció en su interior hasta que el placer casi se convirtió en dolor. Después el sol pareció resplandecer y estallar dentro de ella, que se sintió llena del flujo del hombre, y de pronto la deslumbrante belleza hizo explosión y la noche reinó suprema.
Pasados unos segundos la luz del día retornó. La mujer abrió los ojos y descubrió a Naruto a su lado, apoyado sobre un codo, observando su palidez.
De repente tuvo la impresión de que la golpeaba el frío del agua y el aire. Se estremeció y trató de moverse, pero él se hallaba sobre su cabello y no pudo. Su esposo le acarició la cara, trazando una línea en su mejilla con los dedos.
Hinata intentó esquivarlo, pero él no se lo permitió.
—¿Por qué viniste aquí? —preguntó él.
—¡Para complacerte a ti, evidentemente! —espetó ella y al instante lo lamentó, porque de nuevo percibió el frío viento nórdico en los ojos de él, de modo que se apresuró a añadir—: No vas, no vas a…
—¿No voy a qué?
Ella bajó la vista. Aún estaban desnudos, bañados por el sudor producido por su acoplamiento. La distancia entre ellos se había hecho de pronto inmensa.
—¿No harás daño a Kiba?
Naruto se apartó de ella, se levantó y se introdujo en el riachuelo. El agua le llegaba hasta las rodillas, pero se sumergió en su frialdad, dando la espalda a su esposa. Después, sin mirarla, se encaminó hacia la orilla, desnudo, confiado e indiferente. Cogió su camisa y se la puso.
—¿Naruto? —susurró ella, incorporándose levemente sobre un codo, aterrada.
Él se cubrió con la túnica, ató las tiras de cuero, y luego su mirada recorrió el cuerpo desnudo de la joven.
—En ningún momento Kiba ha estado amenazado por mi ira —afirmó—. Ya te dije que confío en su sentido del honor, aunque tú carezcas de él. — Hinata se puso en pie enseguida, como si aquellas palabras la hubieran golpeado. Las lágrimas asomaban a sus ojos cuando se metió en el agua. Él prosiguió—: Como ya te dije una vez, ninguna mujer influirá jamás en mis actos, ni siquiera con una demostración tan dulce como la que acabas de ofrecerme.
Ella no quería verlo; desdichada, solo deseaba sumergirse en el riachuelo. De modo que allí permaneció, dándole la espalda mientras el agua le lavaba los cabellos y enfriaba y limpiaba su cuerpo. Cerró los ojos y aguardó, con la esperanza de que Naruto se marchara.
Pero él no se marchó. Cuando Hinata se levantó por fin, temblando y chorreando agua, el vikingo estaba en la orilla, completamente vestido, apoyado contra el roble, contemplándola con expresión extraña. Ella salió del arroyo con el mentón levantado y, deteniéndose junto a él en toda su desnuda majestad, murmuró:
—Querías saber por qué vine aquí. Te lo diré: vine a lavarme el recuerdo de la noche.
Esperaba un estallido de furia, pero no se produjo ninguno. El viento susurró alrededor de ellos.
—Y lo único que conseguiste fue el nuevo recuerdo del día —dijo él por fin.
Hinata se giró, y él le cogió el brazo. Las lágrimas aún le quemaban los ojos. Naruto la atrajo hacia sí.
—¿A eso viniste?
A ella le extrañó su tono de voz. Se humedeció los labios y señaló el árbol.
—Homura y Hoheto están enterrados aquí. —Él frunció el entrecejo—. Mis capitanes —explicó ella—, los hombres de mi padre que me cuidaron toda su vida y perecieron en nuestra batalla.
—Traidores, señora —acusó él poniéndose rígido.
—No —replicó ella, negando vehementemente con la cabeza—, ¡traidores jamás!
—Entonces, señora, desafiaste a tu rey al atacarme. Hinata volvió a negar con la cabeza.
—¡No traicioné al rey Iroha! ¡Tengo sentido del honor, mi señor, aunque tú no lo creas!
—He presenciado cómo intentabas traicionar un compromiso matrimonial.
—¡Compromiso que yo no contraje libremente! —exclamó ella con pasión—. Seguro que has poseído a innumerables mujeres, de buen y mal grado. Yo fui vendida, trocada, traicionada; ¡me obligaron a casarme! Yo deseaba… bueno, ¡qué importa! —Forcejeó para liberarse, pero él la sujetaba con firmeza.
—De buen grado —dijo él.
—¿Qué?
—Todas mis mujeres se entregaron de buen grado. —Sonrió.
—¡Ah! ¡Pues yo no!
La expresión del rostro de Naruto ya no era traviesa, sino seria, y sus palabras la llenaron de tensión.
—Alguien traicionó a Iroha —recordó él—. Y a mí.
—¡Estoy harta de proclamar mi inocencia!
El príncipe de Uzushiogakure la estrechó un instante para soltarla a continuación y comenzó a recoger las ropas esparcidas por el suelo. Se dirigió de nuevo hacia ella y las dejó en sus manos.
—Y yo estoy harto, milady, de sorprenderte desnuda en lugares que no son nuestro dominio privado.
Al parecer había desaparecido la letal tensión.
—No temas, no volverás a encontrarme desnuda.
—Ah, me gustas desnuda. De hecho, te prefiero así. Tu genio parece mucho mejor cuando estás desnuda.
—No volverás a encontrarme desnuda —repitió ella—; jamás.
—Yo creo que sí —replicó él, burlón—, porque yo te desnudaré a mi antojo y placer, por supuesto.
Hinata se tragó un insulto y dio media vuelta. La risa de Naruto la siguió. De espaldas a él se vistió con la mayor rapidez que pudo. Después se volvió mientras se cerraba la capa con el broche; le fastidiaba tenerlo a su espalda.
El príncipe irlandés la observaba con expresión extraña. Para su sorpresa, él le cogió la mano y se la besó.
Luego la hizo retroceder hasta el árbol y con extremada delicadeza le acarició la mejilla al tiempo que sus labios se posaban en los de ella con suavidad, casi con ternura.
—Gracias —dijo al retirar los labios.
—¿Por qué? —preguntó ella, recelosa.
—Por esta mañana. La fantasía se hizo realidad. Di, ¿de nuevo te has entregado con tanta intensidad y pasión a cambio de la vida de otro hombre? ¿O tal vez hubo un ligerísimo deseo de complacerme a mí, tu marido? ¿Podría ser que, pese a tu renuencia a aceptar este matrimonio y el espanto de compartir la cama con un vikingo, estés enamorándote un poquitín de mí?
—¡No! —negó, furiosa.
—Sin embargo, estuviste magnífica —susurró él.
—¡Jamás me enamoraré de ti! Solo porque no apestas y yo… y yo… Naruto se echó a reír y la besó de nuevo suavemente en los labios.
—Y tú no temas, zorra; yo nunca me enamoraré de ti. —No la miraba, ausente de pronto—. Contrariamente a lo que creas, milady, yo sí recuerdo el amor —murmuró. La brisa sopló con más fuerza. Entonces él la miró fijamente —. ¿Has dejado de estar enamorada de Kiba?
—Yo… yo… —tartamudeó ella—, ¡claro que no! —mintió. En realidad ya no lo amaba. Se ruborizó, preguntándose si había contestado de forma imprudente o si su respuesta solo había conseguido divertirlo más—. Es decir…
—El muchacho está a salvo, señora —dijo moviendo la cabeza—. Ahora vamos, han acudido personas con peticiones, y quiero que me enseñes las leyes de Iroha.
Enseguida se dirigió al semental blanco y se detuvo para esperarla. Hinata lo siguió lentamente. Naruto la cogió en los brazos, la acomodó sobre el caballo y montó detrás.
—Ya he aprendido algo sobre la legislación de aquí —dijo—. La traición contra el rey es el mayor delito en el país.
—¡Ellos no lo traicionaron! —replicó ella.
—La traición contra el propio señor —le susurró al oído— constituye el segundo mayor delito en esta tierra. —Guardó silencio, esperando alguna reacción, pero como ella no replicara añadió—: Hinata, nunca olvides que, sean cuales sean tus sentimientos, yo soy tu señor.
Naruto le tocó la mejilla, volviéndole ligeramente la cabeza para mirarla a los ojos. La joven se apartó y bajó la vista hacia el arzón de la silla, donde él tenía apoyada la mano izquierda, grande y poderosa, con dedos excepcionalmente largos, algo afilados, tan graciosos como fuertes.
—Hinata…
—No olvido que eres mi señor —dijo ella, volviendo la cabeza hacia él con un destello de desafío en los ojos—. Al parecer no me permites olvidarlo.
El hombre sonrió y después el aire se llenó de su risa jovial. La dureza de sus facciones se ablandó, ofreciendo el aspecto de un príncipe todopoderoso, imponente, el señor vikingo de los lobos.
—Eres extraordinaria, milady.
—¿Sí?
—Te las arreglas muy bien en mi ausencia, en realidad maravillosamente bien. Y mi regreso te hace rechinar los dientes. En realidad no he venido en plan de guerra. Ambos pretendemos los mismos objetivos.
—¡No, milord, no! —contradijo ella dulcemente.
—Sí, señora, sí. —Sonriendo, estiró un brazo para abarcar la tierra que los rodeaba—. Los dos deseamos lo mejor para este lugar: prosperidad, alegría, paz, justicia, cultura; nuestra edad de oro, tal vez.
—¡Milord! —exclamó ella, abriendo mucho los ojos con fingida inocencia —. ¿Qué poder tengo yo? Has puesto el mayor cuidado en recordarme que soy poco más que una criada bajo tu señorío supremo.
Naruto movió la cabeza divertido, consciente de que cualquier expresión de humildad en ella era falsa.
—Hinata, demuestras tu poder en cada paso que das, o al menos eso parece. Señora, eres mi esposa, y cualquier hombre exige ciertas cosas de su compañera. Las riendas que te llevan son flojas, mi amor, siempre que recuerdes que están ahí.
—Como he dicho —repuso ella con calma—, no tienes nada que temer. No me permites olvidar que tú eres el señor de aquí.
—No me importa cómo, mientras lo recuerdes.
Entonces espoleó al semental, que comenzó a cabalgar. Hinata sintió el poderoso y retumbante movimiento del galope del caballo y el calor y la extraña seguridad del pecho de su marido.
Tal vez podría existir algo semejante a la paz entre ellos…
Sin embargo, cuando el sol resplandecía en las alturas del nuevo día y se acercaban a las murallas, todos los pensamientos de paz se desvanecieron. Desde el acantilado observaron que las puertas estaban abiertas y que dentro había caballos y hombres con los colores de Iroha.
—¿Qué ocurre? —murmuró. Naruto detuvo a Alexander.
—Más daneses —respondió con voz cansina. Después añadió secamente—: Y bueno, mi amor, es posible que todavía puedas encontrar alivio. Creo que debo volver a la guerra y que un hacha danesa estará siempre esperando.
Aguijoneó al caballo blanco, que emprendió el galope.
Hinata no tuvo la oportunidad de decirle que en realidad no deseaba que cayera bajo un hacha de guerra.
Rezaría para que regresara sano y salvo.
Thurisaz
El significado real de Thurisaz viene de la oposición entre lo que está bien y mal, o en concreto, entre la vida y la muerte.
Continuará...
