LA ROSA DEL VIKINGO
13 Mjolnir
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Había un gran número de hombres reunidos en la sala cuando Hinata entró rápidamente detrás de Naruto. Entre ellos se encontraban muchos de los hombres principales de Iroha: el serio y ceñudo Momoshiki de Kent, Jūgo de Sussex, Utakata de Wincester y Toneri de Northumbria, que conversaba seriamente con Shikamaru apoyado contra la pared.
En cuanto entró en la sala, Hinata advirtió que Toneri clavaba en ella la vista, meditabundo y sombrío, con los ojos turquesas medio ocultos por sus tupidas pestañas. «Ese es un hombre peligroso», pensó, intranquila.
Después intentó desechar la idea porque el rey confiaba mucho en él. De todos modos, la hacía sentirse incómoda; él jamás había aprobado que ella tuviera tanto poder. Sin embargo, se trataba de un hombre importante para Iroha, y ella sabía que debía apretar los dientes y aceptarlo en su casa.
No tenía alternativa. Naruto lo aceptaría.
En todo caso, era evidente que los hombres de Iroha no se habían presentado para instalarse allí, sino en busca de guerreros.
—¡Naruto! — Utakata, impetuoso y apasionado, siempre el primero en entrar en la batalla, se aproximó a Naruto—. Orochimaru fue informado de la derrota en Rochester y planea vengarse. Sabemos que se propone atacar desde el mar. Por tanto, necesitamos barcos al servicio del rey. Y un cautivo nos anunció que una horda de sanguinarios invasores arribará a esta costa, hacia el norte. El rey te pide que partas con tus hombres para impedir que este grupo se reúna con la horda de Orochimaru.
—Mi flota está a las órdenes del rey —aseguró Naruto.
—Y acabaremos con cualquier maldito danés que se atreva a desembarcar en esta costa —intervino Shikamaru.
Se elevó una entusiasta ovación y se alzaron los cuernos en brindis. Hinata pensó que los ingleses eran capaces de comportarse de forma tan bárbara como los paganos cuando se trataba de la guerra.
—Necesitamos barcos de inmediato —dijo Momoshiki, avanzando. Naruto asintió y habló a su subordinado:
—Shikamaru, encárgate de que los capitanes se preparen para izar velas. El enorme vikingo asintió y salió de la sala.
Toneri de Northumbria se acercó finalmente a Naruto para saludarlo con un fuerte apretón de manos.
—¡Barcos vikingos contra un invasor vikingo! Ciertamente eso nos dará una victoria —dijo sonriendo y dando palmadas a Naruto en la espalda.
El irlandés no contestó, y Hinata presintió que su marido compartía su inquietud respecto a ese hombre. En ese momento Kiba intervino en la conversación:
—No existe nadie tan veloz y experto en el arte de construir barcos como los vikingos. Hemos de agradecer a Dios que el gran Ard-Ri de Irlanda aceptara como yerno al príncipe de Noruega y que el nieto del Ard-Ri ponga sus barcos a disposición del rey.
—¡Y su brazo armado! —añadió Toneri.
—Bueno, agradezco vuestra bienvenida —dijo con ironía Naruto—. Veremos si nuestros barcos vikingos contribuyen a una nueva conquista.
—¿Cuánto tiempo necesitan para zarpar? —preguntó Utakata preocupado. Naruto esbozó una sutil y sardónica sonrisa.
—Un barco vikingo, amigos míos, puede partir tan pronto se dé la orden. Saldremos dentro de una hora. —Se giró y, dirigiéndose a Hinata, agregó—: ¿Tú te ocupas de atender a los ingleses, mi amor?
Ella notó cierto dejo sarcástico en su voz, pero no acertó a discernir si estaba enfadado con ella o por algo de lo que se había dicho en la sala. Naruto ordenó a Kiba que se reuniera con él, y a ella se le encogió el corazón al recordar los acontecimientos de la mañana.
Naruto se había mostrado muy dispuesto a eximir de culpa a Kiba, y en realidad parecía sentir verdadero afecto por el muchacho, pero ¿no se le ocurriría pensar que respiraría con más tranquilidad sin tener a ese rival cerca de su esposa? Kiba estaría a las órdenes de Naruto en la batalla…
Pero no, su marido no sería capaz de tal vileza, pensó. Incluso ella reconocía que, por muchos defectos que tuviera el vikingo, la hipocresía y la bajeza no se contaban entre ellos. Naruto era un hombre honorable.
Pero estaba enojado con ella, si no con Kiba. La culpaba del encuentro de esa mañana, desconfiaba de ella, le tenía antipatía. Y ella le había dicho, falsamente, que aún amaba a Kiba. ¿No podría tratar de herirla a través del chico aunque no tuviera nada contra él?
No tenía tiempo de decirle nada. Además, no se le ocurriría hablar con él en presencia de hombres como Toneri y Momoshiki. Pasó junto a su esposo cuando este salía al patio para llamar a los mozos de cuadra. La joven saludó a Utakata y Jūgo.
Toneri la abordó cuando se encaminaba hacia la cocina.
—¡Mi querida Hinata! Hemos estado todos muy preocupados por ti. ¿Cómo te va?
A ella le molestó que el hombre que se había mostrado más deseoso por arrojarla al lobo le formulara esa pregunta.
—Me va muy bien, muy bien, Toneri, gracias. Discúlpame, debo ocuparme de alimentar a esta gente.
Él tendió la mano para detenerla, pero ella lo eludió y entró a toda prisa en la cocina. Suzume ya estaba allí, y al parecer entre ella y el mayordomo ya habían organizado todo.
—Ah, estás aquí, cariño. Bueno, hemos hecho traer numerosos barriles de cerveza y aguamiel, pescado fresco y los jabalíes que cazaron el otro día. Como no teníamos tiempo de asar los perniles enteros, porque son muy grandes, hemos cortado trozos y asado en broquetas gran parte de la carne. Enseguida se pondrá la mesa. ¿He olvidado algo?
—Nada. Es lo mejor que puede hacerse en tan poco tiempo. Suzume, eres un tesoro.
La anciana sonrió, satisfecha y complacida, y dio unos golpecitos en la cabeza de Hinata.
—¿Has disfrutado de un agradable baño en el arroyo esta mañana?
—¿Qué? Ah, sí, muy agradable, gracias.
Vio que Jiraiya se hallaba junto a la cocina revolviendo algo que hervía en una olla sobre las llamas. El druida se volvió hacia ella y sus ancianos ojos la escrutaron un momento. Hinata dedicó una breve sonrisa a Suzume y se apresuró a acercarse al mago.
—¿Qué ocurre? —susurró.
Él levantó la vista algo sorprendido. Con su mano libre se atusó el cabello y volvió a mirar la olla.
—¿Se lo has dicho? —preguntó por fin.
—¿Dicho qué? —inquirió ella, tensa.
—Lo del niño —respondió él, observándola detenidamente.
De manera instintiva se llevó la mano al vientre. ¡No era posible que lo hubiera adivinado! Ese hombre temible y fascinante no podía haber sabido lo que ella comenzaba a sospechar.
Los días transcurrían y ya debería haberle venido el flujo mensual. Y también notaba otros cambios muy sutiles. Jiraiya tenía razón, lo sabía. Pero no podía decírselo a Naruto sin estar segura.
Lo cierto era que su orgullo no se lo permitía; no podía decírselo cuando él la trataba como una posesión que tomaba y abandonaba a su antojo.
—¡No hay nada que decir! —Entonces sintió un escalofrío porque la mirada de Jiraiya la escudriñaba hasta el fondo del alma. A la defensiva, preguntó con tono acusador—: ¿Se lo has dicho tú?
—No es a mí a quien corresponde comunicárselo, milady, sino a ti — contestó, inclinándose con humildad fingida.
Hinata comenzó a alejarse, pero él le cogió el brazo.
—No me gusta esto.
Ella se soltó, sin comprenderlo.
—¿A qué te refieres? Yo no pedí nada de esto…
—Me refiero a esta nueva llamada. No me gusta. Hay algo de malo en esto. Ella se apartó del rostro el cabello todavía húmedo.
—Siempre hay algo malo en la batalla —murmuró—. Mueren hombres.
Le gustó la manera en que la miró entonces, con consideración y cierto respeto. Cuando Jiraiya hacía ademán de tocarla, entró Naruto.
—Por Dios —tronó—, ya he organizado un ejército, ¿no podemos alimentar a unos cuantos hombres con la misma celeridad?
—Serviremos la comida, mi señor, ahora mismo —se apresuró a asegurar el mayordomo.
Se inició en la cocina una frenética actividad; muchachos y muchachas comenzaron a desfilar portando platos, cuchillos, cucharas para el guiso y grandes broquetas con la carne.
Hinata se percató de que Jiraiya salía silenciosamente por la puerta trasera; se disponía a seguirlo cuando sintió la mano de Naruto en el brazo, deteniéndola.
—Ven, milady, a ocupar tu puesto a mi lado.
No le quedaba otra opción, porque sus dedos eran como tenazas de acero y su voluntad semejante a la de Dios. Asintió, pero retrocedió, recomendándose cautela y al mismo tiempo desesperada por hablar con él. Kiba combatiría junto a él de nuevo. Ella necesitaba enterarse de si los dos hombres se habían reconciliado.
—Mi señor, has hablado con Kib…
—Sí, señora, sí.
Sus dedos la apretaron con tal fuerza que ella casi chilló. Por la puerta, que con tanta prisa atravesaban los criados, entraban las risas y las estruendosas voces de los hombres.
—Por Dios, señora —continuó Naruto casi en un susurro—, ¿cuántas veces tengo que repetirte que no culpo al muchacho?
—¡Me culpas a mí! —exclamó ella.
—Ah, sí, eso sí. Ahora, milady…
—Debéis partir hacia la batalla…
—¿De modo que aunque te alegraría que el hacha de un danés me partiera el cráneo, temes que yo, perversamente, mande a la muerte al muchacho?
Ella palideció, presintiendo el estallido de furia.
—Es solo que…
—Te aseguro —masculló él con la cara muy cerca de la de ella—, que tu honor o tu falta de él no vale la vida de un guerrero, sea irlandés, noruego o inglés. Ahora, señora, te sugiero que me sigas antes de que olvide que me encuentro entre civilizados ingleses y decida enrojecer esas carnes que por lo visto aún estás resuelta a exponer ante otros.
Hinata se liberó, lanzó una maldición y se dirigió hacia la sala. Enseguida tuvo que retroceder, sofocando un gemido, porque él enredó los dedos en su cabellera y tiró de ella.
De inmediato la soltó, la tomó del brazo, y juntos se encaminaron hacia la sala. La condujo hasta la cabecera de la mesa mientras los demás se acomodaban en torno a ella según sus respectivos rangos.
Toneri se sentó al lado de Hinata, Utakata al lado de Naruto, junto a Momoshiki y Jūgo. Shikamaru cedió cortésmente su asiento y ocupó, junto con Kiba y otros guerreros del ejército de Naruto, el tablón que formaba la mesa secundaria.
A Hinata le correspondía compartir el cáliz con Toneri, pero, a pesar de la furia que aún dominaba a su marido, este se apresuró a rescatarla cuando Toneri le ofreció el cáliz a ella primero.
Naruto le cogió la mano cuando el protocolo habría exigido que aceptara la copa y pidió disculpas a Toneri con educación:
—Toneri, te ruego que nos perdones. Mi esposa y yo hemos disfrutado de muy poco tiempo para explorar las maravillas del matrimonio; por lo visto siempre se interpone una guerra. Mi esposa compartirá la copa conmigo, ya que aún encuentro fascinante dejar vagar mis labios por donde los de ella se han posado antes.
Lo dijo con voz lo suficientemente alta para que todos le oyeran. Jūgo echó a reír y aplaudió, y Utakata se puso en pie con el cáliz levantado:
—Señores míos, ingleses y los demás, tenemos con nosotros no solo a un guerrero capaz, sino verdaderamente a un hombre de sabiduría e ingenio, príncipe poeta. Mi querida señora Hinata, debo reconocer, si me perdonas, príncipe de Konoha —hizo una rápida inclinación hacia el vikingo y luego volvió a mirar a Hinata—, nosotros que te vimos crecer, valiente y bella, estábamos obligados por honor a aceptar este matrimonio, sin embargo en nuestros corazones sangrábamos. Y ahora descubrimos que estás casada con un hombre que ha conquistado nuestro profundo respeto y admiración y, según sus propias palabras, te ama profundamente. Señora, ¡por ti y tú Señor de los Lobos!
Sonó un estrepitoso aplauso. Hinata se percató de que su marido la miraba con un destello burlón en los ojos. Naruto alzó el cáliz hacia ella y bebió. Ella se puso en pie.
—Sí, señores míos, os agradezco a todos vuestro cariño. ¿Qué puedo decir? ¡Este matrimonio es en realidad fantástico! Me pregunto qué nuevas maravillas me deparará cada día. Estoy pasmada. ¡Amor, protección! En fin, creedme, amigos míos, cada una de sus palabras, cada uno de sus movimientos, contienen ternura y cariño. Ciertamente es príncipe entre príncipes. —Se interrumpió para mirarlo a los ojos y prosiguió con sarcasmo—: Único entre todos los hombres.
Se sentó y se oyeron más vítores. Naruto levantó la copa y volvió a brindar por ella, quien casi se la arrebató para beber un buen trago de aguamiel. Pronto se acallaron las risas y las ovaciones, y la conversación se centró en el tema de la guerra. Hinata observó que Toneri ya no estaba a su lado. Se volvió y se encontró con la mirada de Naruto.
—¿Por qué empezaste esto? —susurró ella—. ¿Qué mentira, qué burla, qué…?
—Ese hombre te codicia —interrumpió él, cortante. Se inclinó, señalando con la cabeza el asiento vacío de Toneri—. Y sospecho que a pesar de todo me prefieres a mí, de modo que ten mucho cuidado en su presencia.
A Hinata se le demudó el rostro. Naruto parecía leer sus pensamientos con pasmosa facilidad; sí, despreciaba a Toneri. Al margen de su opinión sobre el vikingo, jamás la había consternado ni angustiado su contacto. En cambio, el simple hecho de sentir la mirada de Toneri en ella…
Largos y poderosos dedos se cerraron sobre los suyos. La mirada de Naruto, profunda, impresionante, la aprisionó.
—Juro que jamás te tocará. —Ella se estremeció. Las palabras que a continuación pronunció su esposo le produjeron un escalofrío—: Estate tranquila, porque juro que lo mataré si alguna vez se acerca demasiado a ti.
Después le soltó la mano, se incorporó y preguntó despreocupadamente a Momoshiki adónde había ido Toneri.
—Envié un mensajero para avisar al rey de que habías puesto a su disposición tus barcos y que dirigirías a tus hombres para combatir el peligro que acecha al norte. Toneri ha ido a comprobar si el muchacho ha partido.
—Es hora de que nos pongamos en marcha —dijo Naruto.
Esa fue la señal. Los hombres se levantaron y salieron. De pronto Hinata se encontró sola a la mesa. Se puso en pie y corrió hacia el patio.
Los mozos de cuadra ya habían sacado los caballos y estaban ayudando a los guerreros a ponerse las armaduras y los cascos.
Naruto ya estaba vestido con su cota y su brillante yelmo y montado en el semental blanco. Se volvió al presentir que ella había salido de la casa. A través de la muchedumbre, su mirada azul se posó sobre ella.
Hinata se estremeció y lo observó desde las gradas. Él espoleó el caballo, que avanzó hacia la joven por entre la multitud. Naruto se detuvo ante ella, gigantesco sobre su corcel.
—Señora, tal vez se cumpla tu deseo. Si me matan, debes partir inmediatamente al encuentro del rey, ¿me entiendes?
Ella tragó saliva.
—Ningún hacha danesa lograría matarte.
—Presta atención a lo que te digo. Te reunirás con el rey.
Estaba enfadado. Con voz apenas audible, ella repitió:
—Me reuniré con el rey.
—Difícilmente puede calificarse de ejército de defensa a los pocos hombres que quedan aquí. Si se produjera un ataque, tendrías que apresurarte a internarte en los bosques. Nada de actos heroicos, milady, nada de flechas. La casa y las murallas pueden reconstruirse, la tierra continuará siendo mía por mucho que se esfuercen en arrebatármela. Tú, señora, debes buscar refugio en la floresta, ¿me entiendes? Deja que los hombres defiendan las murallas y protejan a los siervos y arrendatarios. ¿Me entiendes?
—Yo…
—¿Me entiendes, señora? Ella asintió.
Naruto desmontó, se levantó la visera y estrechó a su esposa entre sus brazos para besarla de un modo tan apasionado que a ella le hormiguearon los labios con la presión, y vagamente se dio cuenta de que se aferraba a él. Y de que tenía miedo.
Él la soltó, subió al semental blanco y vociferó una orden a sus hombres. Hinata permaneció de pie en la grada hasta que se desvaneció el polvo levantado por los cascos de los caballos. Después entró cansinamente en la casa.
Se acuclilló delante del hogar y se quedó contemplando las llamas. ¿Por qué se sentía tan vacía tras la marcha de su marido? Aún sentía en los labios el hormigueo de su beso apasionado.
—Ven, cariño, sube a tu habitación —aconsejó Suzume poniéndole la mano en el hombro—. Te convendría dormir un poco. Ha sido un día muy ajetreado.
No hacía mucho que había odiado la presencia de Naruto. Sin embargo, tras su partida, la casa estaba vacía. ¿Qué había cambiado en las últimas horas? Porque ciertamente él no se había mostrado más tierno.
Claro, no era esa su manera de ser, a pesar de las floridas palabras que había pronunciado en la mesa. Sin embargo, había advertido que ella despreciaba a Toneri, que incluso lo temía, y le había ofrecido su protección; no, se la había jurado.
Ah, por supuesto, porque ella le pertenecía igual que Alexander. No permitía que ningún otro hombre montara su caballo, y desde luego nunca consentiría que ningún otro la montara a ella.
Solo una idiota lo amaría. Ella no lo amaba, no lo amaría…
¡Estaba perdiendo el juicio! Sí, estaba cansada. Se puso en pie.
—Suzume —dijo, abrazando fuertemente a la mujer—. Te quiero mucho. Sí, descansaré un rato.
—Sí, cariño, lo sé —dijo Suzume alegremente.
Tumbarse le sentó bien. Recordó las palabras de Jiraiya en la cocina y pensó en los sutiles cambios que experimentaba su cuerpo. El anciano no se había equivocado.
Tal vez debería habérselo comunicado a Naruto. Quizá acabaría encontrando la muerte y nunca se enteraría. Y tal vez, a pesar de la noche de bodas, se negaría a reconocer a su hijo, dudando de su paternidad. También podrían cuestionarla otros hombres.
Inquieta, se levantó para sentarse junto al hogar. Mientras meditaba apenada oyó un golpe en la puerta.
—Adelante —invitó distraídamente, creyendo que sería Suzume. Se sobresaltó al ver entrar a Jiraiya.
—¡Se enviaron dos mensajeros! —dijo él, comenzando a pasearse por la habitación.
—Jiraiya, te ruego que me perdones, pero…
—Partieron dos mensajeros; uno para informar a Iroha. Ignoro quién envió al otro. Los mozos de cuadra me informaron de que salieron dos muchachos.
—Tal vez querían asegurarse de que el mensaje llegaba al rey en caso de acciden…
—O tal vez mandaron uno a los daneses.
Hinata se puso en pie de un salto, mirándolo fijamente. ¿Una trampa? ¿Avisar a los daneses de la proximidad de Naruto para que le tendieran una emboscada?
Y él todavía sospechaba que ella había traicionado a Iroha al atacar las naves del príncipe de Uzushiogakure. Inmediatamente supondría que ella era también la traidora esta vez.
—No, no puede ser…
—Debes enviar a alguien. Yo soy demasiado viejo para viajar con la suficiente rapidez para alcanzarlo.
Jamás había oído maldecir al druida ni lamentar su edad. Pero en ese momento le temblaban las manos y maldijo.
—Dios mío, ver y no ver con claridad, ¡es una maldición! Debes enviar al guardia de inmediato.
—Nadie puede alcanzarlos. Avanzarán a todo galope por el valle. Y los hombres de Iroha ya se habrán separado de ellos para regresar a Wareham. No… —Se interrumpió y corrió hacia la ventana. Desde allí oteó el paisaje—.¡Yo puedo ir!
—¿Qué? —preguntó el anciano, atónito.
—Mira, Jiraiya —dijo, volviéndose hacia él—, ¿ves ese acantilado, allí, al norte? Llevaré mi aljaba y lanzaré una flecha hacia el valle con una advertencia. ¡Puedo detenerlos!
—Podrías matar a uno con la flecha —murmuró Jiraiya.
—¡Pregunta a tu señor, Jiraiya! Jamás yerro. Me aseguraré de que no mato a nadie. Lanzaré muchas flechas, cada una con un mensaje, y ellos al verlas se pondrán a cubierto y descubrirán los mensajes.
—No, no debes ir. Si te hirieran…
—No iré sola. El irlandés Kakashi Hatake me acompañará. Tras titubear, Jiraiya negó con la cabeza.
—Envía a Kakashi. Tú no debes ir, ¿entiendes?
¿Qué significaba eso? Había gobernado esa tierra por derecho propio y de pronto esos invasores le ordenaban qué podía y qué no podía hacer. Reprimió el impulso de discutir y sonrió.
—Como quieras, Jiraiya, como quieras.
—Iré a buscar a Kakashi.
—Yo me cambiaré y escribiré los mensajes —dijo serenamente Hinata.
Tan pronto hubo salido Jiraiya se apresuró a sacar unas calzas gruesas, una túnica corta de cuero y una capa marrón con capucha. Se vistió, se cepilló y trenzó el cabello, cogió pluma y tinta y escribió diez mensajes para avisar de la emboscada; después decidió escribir cinco más.
Bajó presurosa y vio que Kakashi ya estaba montado, con una aljaba inglesa con flechas a la espalda. Jiraiya le daba instrucciones. El viejo druida estaba tan preocupado y ceñudo que no reparó en la vestimenta de Hinata, lo que ella agradeció.
Sonriente, entregó a Kakashi los mensajes y cuerdas para atarlos a las flechas y le deseó la ayuda de Dios. Cuando Kakashi se alejó, Jiraiya exhaló un suspiro y entró en la casa.
En cuanto el anciano hubo desaparecido, Hinata echó a correr hacia los establos.
Tras haber engañado a Jiraiya, ya no quedaba nadie más que pudiera oponerse a su voluntad, pues Shikamaru y todos los que tenían puestos de mando se encontraban con Naruto.
Cuando pidió un caballo, el mozo de cuadra la obedeció al instante, como había hecho siempre en el pasado. Cruzó por las puertas, anunciando que se proponía alcanzar a Kakashi y luego regresaría con él.
A nadie se le ocurrió detenerla. Nadie podría haberlo hecho excepto el druida, y lo había engañado, de modo que estaba libre. Lamentaba que el anciano se enojara porque le había tomado mucho cariño, pero debía partir. No podía permitir que Naruto creyera que lo había traicionado de nuevo.
Kakashi había salido poco antes que ella, pero tardó lo que le parecieron horas en darle alcance. Cuando por fin lo divisó, ya había oscurecido, de manera que no sería posible avisar a Naruto y sus hombres esa noche.
Cuando llegó al claro del bosque donde se hallaba Kakashi, este ya había desenfundado su espada, dispuesto a enfrentar a su contrincante.
—¡Kakashi, soy yo, Hinata! —se apresuró a exclamar.
A la luz de la hoguera que él había encendido, vio la expresión atónita y consternada del rostro del hombre.
—¡Mi señora! ¿Qué haces aquí? Esto no es seguro. Si los daneses están tan cerca…
Ella lo interrumpió con un repentino ataque de risa. Percibió perplejidad en su semblante, y algo de irritación también, de modo que trató de tranquilizarlo.
—Lo siento, Kakashi, de verdad. Hace muy poco tiempo huí por este mismo camino, cuando tú y los…
Se interrumpió porque Kakashi era irlandés por los cuatro costados, descendiente de antiguos reyes, y no tenía el menor deseo de insultarlo. No hubo necesidad. Él terminó la frase, casi susurrándola:
—¿Vikingos?
Hinata se encogió de hombros y se apeó de la yegua que había elegido. Se acercó al fuego. Kakashi y ella se quedaron mirando un buen rato, y finalmente la joven pidió disculpas.
—Sí, vikingos, Kakashi. Lo lamento, pero son barcos vikingos…
—Y Naruto es hijo de un rey vikingo —dijo Kakashi. Sonrió, y se formaron hoyuelos en sus pecosas mejillas. A continuación se quitó la capa que llevaba sobre una simple camisa de malla protectora y la extendió sobre el suelo—. Siéntate, mi señora. Estoy asando una liebre y creo que estará muy sabrosa.
Hinata sonrió, y ambos se sentaron. Los cálidos ojos la miraron fijamente.
—No debes juzgar a todos los vikingos por aquellos que has conocido.
Ella bajó ligeramente la cabeza, tratando de ocultar la extraña lucha de emociones que se libraba en su interior.
—No conozco a ningún vikingo tan bien como a Naruto, Kakashi.
—Me refiero a los que han asolado esta tierra. Te gustaría muchísimo el padre de Naruto. Nunca permitió una matanza…
—Pero se apoderó de una tierra que no le pertenecía —rebatió ella.
—Ha devuelto a Irlanda diez veces lo que tomó —dijo Kakashi con orgullo, defendiendo a Minato—. Él y sus hijos han combatido una y otra vez por el viejo Ard-Ri, su suegro. Uzushiogakure se eleva como una gran ciudad, la más grande, tal vez, de todo Konoha. Hay escuelas para los niños y grandes monasterios que él mantiene. Acuden músicos, sabios y… —Sonrió—. Esa es la manera de ser irlandesa. ¿Sabes cuál es uno de los mayores delitos en Irlanda?
—¿Cuál?
—Negar la hospitalidad a los necesitados. Es posible viajar por toda la jurisdicción del Ard-Ri, o de los grandes reyes irlandeses, y ser acogido con amabilidad y cariño. Ese es nuestro modo de ser. Y en Konoha una mujer puede poseer propiedades y hacerse oír si desea defender su caso en cualquier disputa. El propio Ard-Ri, mi señora, es el hombre más responsable del país, porque es creencia irlandesa que cuanto mayor es la categoría de un hombre en la vida, tanto mayor debe ser su pena por un delito cometido contra un hombre inferior. Además, Irlanda es hermosa, señora. Deberías ver esa tierra, tan verde y bella. Las estaciones aportan cambios; colores malvas, púrpuras, gloriosos naranjas y…
—¡Kakashi! Deberías estar allí, trasladando al papel todos esos maravillosos pensamientos, ¡no aquí, participando en una guerra en un suelo extranjero! — exclamó Hinata.
Kakashi se ruborizó.
—Señora, te he explicado estas cosas porque debes comprender que Naruto de Uzushiogakure no es un pagano ni un bárbaro, sino un cruce entre el vigoroso talento marinero del vikingo y el refinado y antiguo linaje real de una tierra donde desde hace mucho tiempo florece la civilización ¡en dorada gloria! Naruto habla muchos idiomas, ha estudiado poesía griega y latina, sabe mucho de astronomía y astrología, y toca muchos instrumentos. Jamás hubo la intención de que nadie aquí sufriera con nuestra llegada; solo los enemigos contra los cuales ambos luchamos, los daneses. Ojalá pudieras ver la diferencia entre Naruto y Orochimaru.
— Kakashi —murmuró ella, emocionada por la sinceridad del hombre—. He venido porque deseo ayudar.
—¡No deberías estar aquí! —exclamó él, recordando de pronto por qué lo habían enviado solo—. ¡Es peligroso!
—Soy la mejor arquero que conozco. Debo estar aquí. Él sonrió.
—¿Y si te pidiera que regresaras a casa?
—Ah, no sería seguro que emprendiera el camino de noche. Además, tú podrías pedirme que me marchara, pero no podrías ordenármelo. Y ahora yo te ordeno que me sirvas. Soy la señora de tu señor, estás obligado a mí.
—Mañana, con el alba, atravesaremos esa estribación. Cuando se evapore el rocío y se despeje la niebla, divisaremos su avance por la costa.
Ella asintió. Kakashi decidió que la liebre estaba ya en su punto y la retiró del fuego. Compartieron la cena. Ella bebió cerveza caliente del cuerno de él y se tendió sobre su capa.
Él durmió poco durante la noche. Vigiló atentamente hasta que rompió la aurora y descendió sobre ellos la luz del amanecer.
En menos de una hora llegaron a lo alto del acantilado. Tal como esperaban, desde allí vislumbraban kilómetros y kilómetros de acantilados y costa.
Kakashi fue quien primero atisbó a lo lejos el destacamento de Naruto serpentear por un camino hacia el sudeste. La distancia era mayor que la que Hinata había supuesto. El corazón le martilleó en el pecho cuando calculó las posibilidades de clavar las flechas en los árboles que se alzaban ante los hombres que cabalgaban.
Hizo un gesto a Kakashi, quien se apartó a un lado. Reuniendo todas sus fuerzas colocó cuidadosamente la flecha en la ballesta. Un segundo después la disparó. Los dos observaron el arco que la flecha describía. Unos instantes después Hinata lanzó un grito de alegría al ver que la saeta caía entre los árboles, junto al camino.
—¡Otra! —dijo inmediatamente a Kakashi.
Durante los diez minutos siguientes lanzó flecha tras flecha. Llegó un momento en que ya no pudo disparar más. La ballesta era pesada; usarla requería una fuerza enorme. Le dolía terriblemente el brazo y dudaba de ser capaz de arrojar otro proyectil aunque fuera para salvar su propia vida. Abatida cayó de rodillas y dejó la pesada ballesta en el suelo.
—¡Todo va bien, señora! ¡Han encontrado una por lo menos! —aseguró Kakashi, inclinándose—. ¡Mira, se han detenido! Ya están avisados y evitarán la emboscada.
La mujer se puso en pie de un salto con fuerzas renovadas. Observó que los jinetes se habían detenido y se reunían. Suspiró aliviada y de pronto arrugó la frente al llamarle la atención otro movimiento.
—¡Ay, Dios mío! —susurró—. Mira, Kakashi, mira. ¡Detrás de ellos! ¡Los daneses ya están tras ellos!
Los daneses habían dejado pasar a Naruto y sus hombres y estaban siguiéndolos sigilosamente. Desde la posición estratégica en que se encontraban, Hinata vislumbró que el sendero los conduciría hasta unos acantilados donde era preciso cabalgar con mucho cuidado. Naruto quedaría atrapado contra la elevación rocosa.
—¡Debemos advertirles de nuevo! ¿Sobró algún pergamino? ¿Quedan cuerdas para atarlo? Rápido, ayúdame.
Kakashi se apresuró a entregarle los mensajes que no había lanzado y las cuerdas.
—Ah, pero ¿cómo escribiremos? —gimió ella.
—No desesperes, señora; espera un momento.
La joven pensó que Kakashi había enloquecido cuando vio que se arrodillaba para recoger ramitas y hierbas secas. De la silla de montar sacó un pedernal de sílex y la piedra para frotar y comenzó a encender fuego.
— Kakashi…
—Vamos, es solo un momento. —Sonrió y cogió una rama del fuego—. Solo necesitamos unas pocas palabras. Escribe con la punta quemada, milady.
En segundos ella había garabateado el aviso: «Están detrás».
Casi gritó de dolor cuando disparó la flecha. Cerró los ojos y oró. Después los dos se arrodillaron sobre el acantilado y observaron, nerviosos.
—¡La encontraron! —exclamó Kakashi.
—¿Cómo lo sabes?
—Obsérvalos; mira cómo están formando para la batalla. Ya están preparados y a la espera. Van a rebanar a los daneses como a perros cuando se les ocurra atacar.
El sol estaba alto en el cielo. A Hinata le corría el sudor por las mejillas. Desde la altura ella y Kakashi contemplaron la batalla. Vislumbraron cómo se acercaban los daneses… cómo los hombres de Naruto contrarrestaban el ataque.
Hinata profirió un gemido porque en la confusión de la refriega no podía distinguir quién ganaba.
—Aún flamea el estandarte del lobo, mi señora. ¿No lo ves? Desde aquí no se aprecia el emblema, pero los colores de mi señor se ven muy claros.
Ella no logró ver nada más que caballos y hombres muertos y tuvo que conformarse con confiar en que Kakashi no se hubiera equivocado. Entonces se dio cuenta de que habían pasado todo el día sobre el acantilado. Comenzaba a anochecer. Lo único que cabía hacer era rezar.
De pronto descubrió que estaba sola. Al volverse, frotándose los ojos, vio que Kakashi había añadido más leña al fuego. Sonriente, el hombre le enseñó una perdiz grande que sostenía en la mano.
—Mi señora, siempre trato de cocinar algo diferente en cada comida.
— Kakashi —dijo, sonriendo con tristeza—, no podría comer.
—Debes hacerlo. No influirás en el resultado de la batalla negándote a comer.
Tenía razón. Y de pronto recordó que tenía otro motivo para intentar conservar las fuerzas.
—Deja que te ayude…
—No, no tardaré nada en desplumar este pájaro.
Kakashi asó la perdiz y cogió agua de un arroyo cercano. Hinata descubrió que estaba muerta de hambre, engulló una buena ración y bebió agua fresca. Los dos estaban tensos esa noche, más nerviosos que durante las largas horas del día.
Permanecieron callados, tranquilos y cómodos con el silencio; ambos sabían que estaban esperando la aurora.
Finalmente, ya muy tarde, Hinata se quedó dormida, acurrucada y cubierta con la capa de Kakashi.
El estrépito de espadas fue un violento despertar.
Al oír el entrechocar de aceros abrió los ojos. Se incorporó cansinamente, contenta de llevar por lo menos una pequeña daga, envainada en el tobillo. Pero no tenía espada, y la pesada ballesta no era arma para un combate cuerpo a cuerpo.
Oyó una maldición y de nuevo el chocar de aceros. Miró alrededor. No vio a Kakashi por ninguna parte; sin embargo sabía que estaba cerca, porque oía el combate. Corrió hacia el borde del acantilado y lo divisó en una pequeña explanada un poco más abajo.
Las huellas sobre la hierba y la tierra revuelta le indicaron que la pelea se había iniciado más cerca de ella y que Kakashi la había llevado lo más lejos posible para darle tiempo a escapar.
—Dios te bendiga, irlandés —susurró.
Regresó corriendo junto a la hoguera ya medio apagada. Quizá podría usar la ballesta después de todo.
Se echó la aljaba con flechas a la espalda, cogió el arma, y se encaminó hacia el borde del acantilado. Luchaban contra Kakashi dos hombres calzados con botas de piel sin curtir, con las piernas desnudas, vestidos con túnicas que les cubrían hasta las rodillas.
Los dos llevaban cascos cónicos de acero y pesados escudos. Eran expertos luchadores. También lo era Kakashi, quien estaba defendiéndose muy bien de los dos gigantes. Pero no podría continuar así eternamente, pensó.
Casi lanzó un grito de dolor cuando colocó la flecha en la ballesta y apuntó. Disparó y observó que había acertado a uno de los enemigos en el hombro. El guerrero soltó un aullido de dolor y arrojó la espada. Kakashi acabó con el otro hombre con un limpio golpe y después miró hacia arriba para saludarla, sonriente.
Su sonrisa se desvaneció inmediatamente. Una expresión de terror apareció en su rostro, y vociferó una ronca advertencia.
Hinata se giró, demasiado tarde.
Se encontró con tres hombres cansados, sucios, cubiertos de sangre: daneses.
Gritó y se agachó para desenvainar la daga, jurando desesperadamente que no la atraparían. Sin embargo, no tenía escapatoria, y lo sabía. Arremetió con furia contra uno, con tal velocidad que consiguió desgarrarle la túnica de cuero y hacerle un rasguño.
Eso fue todo. Otro la cogió por detrás. La fuerza con que le apretó la muñeca la obligó a soltar la daga. El hombre la estrechó contra sí, y Hinata trató de morderle la mano. El danés echó a reír y la levantó del suelo.
Ella masculló maldiciones, los insultó llamándolos cerdos y estiércol de roedores en su propio idioma, pronunciando con todo cuidado para que la entendieran.
—Una gata con garras largas —se burló.
Era un hombre rubio, cejijunto, de mejillas sonrosadas y turbios ojos oscuros. La joven lo golpeó echando el pie hacia atrás con toda su fuerza y posiblemente le dio en una parte delicada de su anatomía porque su sonrisa se desvaneció, y profirió una maldición.
—¡Una gata que voy a domar aquí y ahora, por Odín! —rugió el hombre.
Se adelantó el tercer hombre, más joven y esbelto, de cabello rubio, que estaba enmarañado y ensangrentado. De un tirón la atrajo hacia sí. Hinata se sintió enferma al ver cómo la devoraba con la mirada.
—Una gata con pechos redondos y jóvenes, piernas largas de puta madre y un buen culo, amigos míos.
—¡Una arpía! —gruñó el hombre a quien había herido, acercándose y arrebatándosela al más joven.
Hinata lanzó una exclamación y se tambaleó hacia atrás cuando el hombre le asestó un puñetazo en el mentón. Se desplomó y probó el sabor de la tierra. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y repentinamente comprendió que sí existían diferencias entre los vikingos; esos no tendrían piedad con ella. La destrozarían allí mismo.
Presa del pánico, se levantó y echó a correr hacia el borde del acantilado.
Intentaría rodar hacia abajo, y si se golpeaba contra una roca y se rompía el cráneo, pues bien; prefería esa muerte rápida y piadosa.
Pero no la aguardaba esa muerte. Apenas había empezado a correr cuando la agarraron por el pelo y cayó hacia atrás sobre los brazos del hombre de cabello oscuro. Los dientes, los que le quedaban, eran negros. Él la observó un momento con una sonrisa ridícula y después la tiró al suelo de un empujón.
—Yo la cogí, es mía —anunció.
Se abalanzó sobre la joven, quien, comprendiendo su intención, se incorporó. Él ordenó a sus camaradas:
—¡Agarradle los brazos, imbéciles!
Obedecieron. Ella se revolvió, se retorció y mordió a ciegas. Recibió otro fuerte golpe en la cara y comenzaron a zumbarle los oídos. Oyó ruido de cascos de caballo y se dio cuenta de que era real. Antes de que el hombre de pelo oscuro pudiera hacer otro movimiento, una voz tronó:
—¡Estúpidos! Vamos, que los irlandeses vuelven.
—Hemos cogido a una zorra, Yūra, una…
—¡Y será mía primero, como todos los botines de esta guerra! —vociferó duramente el jinete—. ¡Entrégamela! Y vámonos.
La pusieron en pie de un tirón. Aturdida, Hinata comprendió que tenía que escapar antes de que esos canallas la violaran. Mordió al rubio, quien lanzó un aullido de dolor y furia.
—¿Cuál es el problema? —preguntó el jinete Yūra.
—¡Muerde! —exclamó el rubio.
—¡Átala!
Así se desvaneció su última esperanza, porque Yūra arrojó unas cuerdas de cuero. Le ataron las manos a la espalda y la colocaron de bruces sobre el caballo, delante del jefe. La montura se encabritó cuando Yūra lo hizo girar cruelmente.
Y emprendieron la marcha.
Calculó que llevaban alrededor de una hora cabalgando, pero ignoraba en qué dirección, porque se sentía mareada y el movimiento le causaba horribles náuseas. Se alegró de que se detuvieran.
Cuando la bajaron del caballo observó a Yūra, un hombre de aproximadamente la misma edad de Naruto y hombros y brazos musculosos; un guerrero con cicatrices y al parecer bien entrenado para la batalla. El cabello oscuro y enmarañado le caía sobre los hombros y su cara estaba bien afeitada. Como los otros, estaba ensangrentado, sucio, y sus ropas desgarradas.
El danés la observó a su vez atentamente. Le levantó la capa y la tocó, apreciando la calidad de la tela. Después hincó una rodilla y le examinó las calzas. Hinata intentó propinarle una patada, pero él le cogió el tobillo, haciéndola caer. Oyó risotadas alrededor.
—Creo, amigos míos, que hemos capturado a una dama de alta alcurnia — dijo Yūra en su idioma nativo—. Tal vez podríamos conseguir que revele su identidad, ¿eh, Yurui? —dijo al rubio.
—Habla muy bien nuestro idioma —informó el interpelado.
Hinata percibió un ligero dejo en su voz que le indicó que existía una gran rivalidad por el poder entre ellos.
—¿Ah, sí? Mmm, una dama con estudios. Tal vez pertenece a la casa del propio Iroha —aventuró, pensativo. Se dirigió a ella—: ¿Y bien? ¿Eres de la casa de Iroha?
Ella le escupió. Con un rugido de furia, se acercó a ella y le tiró violentamente del brazo.
—Con que muerde, escupe, maldice y pelea, ¿eh? —bramó.
Se dio media vuelta arrastrando a la joven, que lo siguió trastabillando. Los demás caminaron tras ellos, riendo y aplaudiendo a su jefe. Enferma y angustiada, Hinata trató de mantenerse en pie y ver el terreno.
Habían llegado a una casa de campo. Vio el cadáver de un hombre. Yūra la condujo hacia un ancho riachuelo que bajaba un largo trecho por el acantilado hacia el mar.
Una vez dentro del agua, la obligó a arrodillarse y luego le sumergió la cabeza, sujetándola por el cabello.
No podía respirar, iba a ahogarse, sus pulmones estaban a punto de estallar. Moriría, pensó, y tal vez sería lo mejor.
Yūra la sacó del agua de un tirón. Ella abrió la boca, respiró profundamente y se puso de pie con dificultad. El danés la rodeó.
—Serás domada, zorra —prometió. Se volvió hacia sus hombres con las manos en las caderas—. Es una belleza, un trofeo. Aplaudo que me la hayáis traído. Cabellos negros y azules una extraña mezcla, ojos como piedras preciosas, madura, exuberante… un trofeo, en efecto. Cuando haya acabado con ella, nos aportará un buen rescate. —Rió satisfecho.
Impulsada por la furia y el miedo, Hinata avanzó y, como tenía las manos atadas, se abalanzó sobre Yūra, empujándolo con tal fuerza que él cayó hacia adelante y se sumergió también en el agua. Sus hombres rugieron de risa. Desesperada, retrocedió rápidamente cuando él se levantó.
Había más hombres, comprendió consternada. De pronto todos la rodearon, los que la habían cogido y otros más; todos ensangrentados, algunos cojeando, habían llegado a ese tranquilo valle, asesinado al granjero y tomado la casa para ocultarse y curar sus heridas. Jamás conseguiría escapar.
Chillando como un oso herido, Yūra vadeó colérico el riachuelo en dirección a Hinata, que trató de correr, pero él la cogió y la hizo girar. Se encogió de manera instintiva cuando el danés levantó la mano para golpearle la mejilla.
—¡Por todo el Valhalla —bramó una voz—, esa mujer es mía! ¡Me la entregarás o responderás con tu vida!
Yūra bajó el brazo. Todo el mundo se volvió sorprendido para ver al hombre que se atrevía a disputar los derechos sobre una mujer a Yūra.
Ninguno se asombró más que Hinata de la aparición de aquel jinete que, a lomos de un pequeño poni castaño, se veía imponente. Su cabello, rubio, dorado como el sol, estaba cubierto de sangre. Vestía ropas que ella jamás había visto y calzaba botas forradas en piel, rotas por la batalla. Tenía la cara sucia, apenas reconocible, pero sus ojos eran inconfundibles.
Era Naruto. Naruto, solo, avanzando tranquilamente por ese mar de enemigos y exigiendo que se la entregaran.
La sorpresa fue tan grande que enmudeció, lo que enseguida agradeció al darse cuenta de que él simulaba ser uno más de ellos. Yūra la soltó y se dirigió hacia el jinete.
—¿Quién eres? Y por todos los dioses, ¿quién te crees que eres para exigirme nada? ¿Sabes quién soy, imbécil?
—La exijo porque es mi cautiva y fue capturada por tus hombres.
—¿Quién…?
—Me envía Orochimaru, ¡a quien has fallado, Yūra!
Naruto desmontó, se encaminó hacia el riachuelo, cogió a Hinata y la arrastró junto a él de un modo tan rudo como antes lo había hecho el danés. Ella gritó y cayó. El príncipe irlandés la puso en pie de un tirón, desenvainó la daga que llevaba en el tobillo y cortó las cuerdas que la ataban.
—¿Qué pretendes hacer? —gruñó Yūra.
—Recuperar lo que me pertenece.
—Ahora es mía. Y la tenía atada.
—La tenías atada porque no eres lo suficientemente guerrero para sujetar a una mujer —acusó Naruto con sonrisa burlona—. Y es mía porque yo la atrapé primero, y tengo la orden de llevarla a Orochimaru.
—¿Y qué me importa Orochimaru? —exclamó Yūra. Yurui avanzó unos pasos.
—La encontramos en el acantilado. No vigilaste bien a tu cautiva. La arpía estaba enviando mensajes —espetó—. Fue ella quien lanzó la lluvia de flechas que advirtieron a los bastardos irlandeses y noruegos de nuestro ataque. ¡Tú no eres guerrero suficiente para sujetar a una mujer!
Naruto retrocedió y desenfundó la espada, esbozando una sonrisa terrible.
—Acércate. Comprueba qué clase de guerrero soy.
Los hombres comenzaron a gritar. Al parecer Yurui se arrepentía de su desafío, pero sacó su espada y avanzó.
—¡Un hombre que muere de viejo es olvidado! —exclamó Naruto—. Un guerrero se sienta en el Valhalla, y tú estarás sentado en el Valhalla esta noche.
Nunca hasta ese momento había apreciado Hinata la valentía de su marido. Apenas Yurui había iniciado la acometida cuando ya Naruto había contrarrestado el ataque, blandiendo la pesada espada como si fuera una ramita para clavársela a su contrincante en el momento en que se abalanzaba sobre él.
Los aceros no llegaron a chocar. Yurui cayó ante Hinata, y el charco de agua donde se hallaba comenzó a teñirse de rojo.
Lanzó un chillido cuando su marido la tiró con fuerza del brazo para atraerla hacia sí.
—¡Es mía! —rugió—. ¡Mía! Por orden de Orochimaru. ¿Quién más quiere disputármela?
Silencio. Finalmente habló Yūra, con más cuidado que antes:
—Pertenece a una casa real, tal vez a la del propio Iroha. Vale mucho y ha estado en nuestro poder. ¿Qué pagarás por ella?
—El poni —respondió Naruto señalando su montura.
—¿El poni? — Yūra escupió en el agua—. ¿Me ofreces un poni por un tesoro?
—¡Un tesoro! —Naruto rió—. ¡No vale mucho!
—Sus cabellos son únicos y brillantes —alegó Yūra.
—Un negro muy común, y opaco, nada impresionante —dijo Naruto, y su esposa lo observó sorprendida. Él la mantuvo firmemente sujeta sin mirarla—. Te entrego el poni a cambio.
—¡No vale nada comparado con esta mujer! —insistió Yūra —. Es joven tiene los pechos maduros y dulces como una fruta, y las piernas largas y tentadoras como sauces.
—Los pechos como melones viejos, amigo mío. —Naruto rió de buen humor —. Y las piernas nudosas y zambas, como un sauce si quieres.
—¡Ten cuidado, que entiende todo! —advirtió Yūra.
Claro que lo entendía. Hinata no pudo reprimir el impulso de golpear fuertemente a su marido; después de todo era una cautiva, ya fuera de él o de ellos. Tenía todo el derecho a pelear.
Yūra echó a reír. Alguien avisó a Naruto de que mordía como un perro rabioso. Antes de que ella pudiera impedirlo, Naruto la cogió por el pelo y le sumergió la cabeza en el agua, sujetándola con furia. Mojada, colérica y aterrada, escuchó la continuación de las negociaciones.
—De verdad tiene un genio peor que el de un perro rabioso —dijo Naruto a Yūra.
—Entonces ¿por qué la quieres? —preguntó astutamente Yūra.
—Porque yo la capturé primero y por lo tanto me pertenece, aunque sea una zorra.
—Déjamela solo esta noche; mañana te la entregaré.
—Es mía ahora.
La negociación estaba en punto muerto, comprendió Hinata. Era una locura. Naruto no podía combatir contra todos. ¿Por qué se había presentado solo?
Gritó sorprendida cuando él le arrancó la capa de los hombros, junto con el broche de zafiros que la sujetaba. Arrojó a Yūra la capa empapada.
—Esto es todo lo que ofrezco, y vale mucho.
Tras estas palabras, empujó a Hinata para que caminara delante de él con tanta fuerza que ella casi se desplomó. Enojada, se giró para protestar, y él la obligó a avanzar con otro empellón, mirándola con expresión colérica.
—¡Camina! —tronó.
Obedeció. Pasaron junto a Yūra y los hombres que lo rodeaban. Naruto seguía empujándola cuando salieron al campo donde se hallaba el cadáver del granjero.
El vikingo andaba con paso tranquilo y firme, con su arrogancia y determinación habituales.
Finalmente llegaron a la espesura del bosque, por donde discurría un sendero flanqueado por árboles. Él le dio un nuevo empellón, y Hinata se volvió, aterrada y maldiciendo:
—¡Bastardo! ¿Por qué?
—¡Corre! —ordenó él, furioso.
Entonces la cogió de la mano. Cuando comenzaron a correr, ella comprendió que Yūra y sus engañados camaradas los perseguían.
Mjolnir
Mjolnir es el martillo del dios Thor, hijo de Odín. El martillo de Thor es un símbolo de fuerza y protección porque representa una de las armas más temibles de la mitología nórdica.
