LA ROSA DEL VIKINGO
15 Spiral
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
La travesía por mar había sido fragosa, pero habían atravesado las aguas con sorprendente pericia y velocidad.
No había tenido que meditar mucho para tomar la decisión de acompañar a su marido. En ningún momento le cupo la menor duda de que él sería capaz de cumplir cualquier amenaza, de modo que se dirigió a la playa donde estaban anclados los barcos mucho antes de que él llegara y allí lo esperó, mientras se hacían los preparativos, los marineros cargaban sus veleros de proa dragón y se aseguraban los aparejos en medio de gritos y órdenes.
Envuelta en una capa carmesí, había contemplado los barcos con figuras de serpientes, las proas que se elevaban enormes sobre el mar, los hermosos, escalofriantes y finos diseños. Y había cerrado las manos en puños para vencer la tentación de emprender la huida. No podía creer que estuviera a punto de embarcar en un navío vikingo.
Había tratado de evitar el barco de su marido, pero nadie subió a bordo hasta que Naruto apareció en la playa. De inmediato la buscó con la vista. Hinata se sintió arder de rabia al percibir el frío triunfo en su mirada; no le había resultado difícil saber que le obedecería.
Enseguida su esposo estuvo a su lado, y en el momento en que ella se encaminaba hacia el barco que tripulaban Kakashi y Kiba notó su mano en el hombro.
—Mi esposa irá conmigo.
Tras dirigirle una mirada majestuosa y glacial, la joven subió a bordo de su barco. Allí encontró cierta libertad, porque Naruto se situó junto a la proa, y ella ocupó un asiento cerca de la popa y los remeros. Zarparon con la marea, pero el viento no les era favorable, lo que no desalentó a su marido.
Se oyeron gritos, y las velas de rayas rojas se dispusieron para aprovechar en lo posible el impulso del viento. Los excelentes marineros se entregaron con entusiasmo a su tarea de remar.
La mañana llegó al cielo de forma furiosa. Las tonalidades rosadas de la aurora quedaron ocultas tras densos nubarrones grises. Los relámpagos rasgaban el cielo y los truenos estallaban con ensordecedor estruendo.
Los vikingos, pueblo supersticioso, o al menos eso había oído Hinata, se negaban a navegar si las runas no caían correctamente e imploraban a sus dioses para que les libraran de las tempestades. Cuando el barco se levantó contra las encabritadas olas, un hombre barbirrojo sentado junto a ella le sonrió tranquilizador.
—Ese es Thor, que cabalga por los cielos lanzando sus rayos.
—Sí —añadió otro—, porque hasta el gran Thor nórdico llora y lamenta con todos los buenos cristianos que el Ard-Ri pase de este mundo al siguiente.
Hinata trató de sonreír aunque tenía los labios lívidos y el estómago revuelto.
—¡No temas, señora! —dijo el barbirrojo—. Somos los mejores marineros que existen —alardeó.
En realidad no temía hundirse en el mar ni ser tragada por su oscuridad. Lo cierto era que la alegraría un acontecimiento así, pues eso al menos conmovería a su marido, quien permanecía de pie junto a la proa, con los brazos cruzados en el pecho.
Por intensa o salvaje que fuera la tempestad, continuaba osadamente de pie en la cubierta de su barco, la vista fija en la tierra a que se aproximaban y que a ella le parecía tan lejos de su hogar.
Por último se levantó y tambaleándose se aferró a la barandilla, y allí vomitó. Le extrañó que la embarcación siguiera avanzando porque por lo visto todos los hombres se habían acercado para presenciar su humillación.
—¡Señora!, ¿estás bien?
—¡Cuidado con el balanceo de las olas!
—¡Por Odín y el Dios de los cielos! ¿Es que la hemos perdido?
Jiraiya, con sus ojos ya no llenos de condena por el engaño, se situó a su lado. Mientras los hombres comentaban que unas aguas tan embravecidas podían provocar mareos hasta a un marinero experimentado, el anciano la miraba con complicidad.
Ambos sabían que era el embarazo el que le había causado el mareo.
Jiraiya le refrescó el rostro con un paño húmedo y le ofreció bebida. Hinata cerró los ojos y se reclinó contra él, aceptando sus cuidados y encontrando un extraño consuelo en sus brazos. Deseó poder acariciarle las curtidas mejillas, darle las gracias, pedirle perdón por el engaño y decirle que había comenzado a quererlo.
Cuando abrió los ojos vio a Naruto allí de pie, gigantesco frente a ella, sus ojos duros como un látigo, las manos en las caderas, sus musculosas piernas firmes a pesar de las subidas y bajadas y la tempestad. Un intenso rubor le tiñó las mejillas, y apretó los labios.
—¡Está bien! —vociferó Naruto a sus hombres.
No necesitó decir más; todos retornaron a sus puestos, y ella permaneció allí, en la proa, refugiada en los brazos de Jiraiya, bajo la mirada condenatoria de su marido.
—Creyeron que estabas a punto de lanzarte por la borda. Yo también llegué a pensarlo por un momento.
La joven intentó apartar la cabeza del hombro de Jiraiya, pero no pudo. Tragó saliva.
—Vamos, señor, es cierto que me haces sufrir, pero no tanto como para que atente contra los mandamientos de Dios.
Él tensó las mandíbulas, y Hinata vio cómo le latía furiosamente el pulso en la garganta.
—Me alegra mucho saber que no te he impulsado a arrojarte al mar, mi señora —dijo inclinándose en burlona reverencia—. Mis más sinceras disculpas, señora. Ignoraba que fueras tan mala marinera.
Dicho esto regresó a su puesto de vigía en la proa. Hinata reprimió el impulso de gritarle que era una marinera excelente, que él tenía la culpa de lo ocurrido, que llevaba un bebé en su interior que la hacía marearse. Cuando miró a Jiraiya vio que sus misteriosos ojos grises la escrutaban, pero no le preguntó nada ni la reprendió.
—Este es un momento muy duro para él —dijo el anciano—, para todos nosotros. Tú no conoces al Ard-Ri.
Jiraiya también amaba al rey agonizante, pensó ella.
—Parece que todos los momentos son difíciles últimamente, ¿verdad? —dijo la mujer con voz cansada.
Él sonrió y negó con la cabeza.
—Habrá penas, pero encontrarás felicidad aquí, ya lo verás.
—No estaré aquí tanto tiempo.
Jiraiya hizo ademán de hablar, se contuvo y después movió la cabeza. Hinata le tocó la rodilla.
—Jiraiya, no estaré aquí mucho tiempo, no es mi casa, ¿no lo comprendes? Es suya; jamás será mía. No pretendo ofender a nadie, pero aquí todo el mundo será diferente.
Él se reclinó y cerró los ojos. Ella se asustó al verlo de pronto tan viejo y frágil. Entonces Jiraiya exhaló un cansado suspiro.
—Habrá guerra —murmuró.
No añadió nada más, y ella no supo muy bien qué había querido decir con eso. La lluvia que había estado amenazando no cayó. El mar continuó agitado, embravecido por un intenso viento, y el cielo cubierto de negros nubarrones, pero no llovió.
Aún estaba todo oscuro cuando Hinata divisó la accidentada línea de la costa de Irlanda. Contempló la tierra, ajena y amenazadora bajo la penumbra que predominaba.
Después se internaron en el río que los llevaría hasta Uzushiogakure, y ella fue observando todo cuanto podía ver. Irlanda poseía una belleza desnuda y verde.
Buena parte de la tierra se veía sin cultivar, y en todo resultaba curiosamente familiar, muy semejante a la suya, aunque sutilmente diferente porque las interminables praderas se extendían desde los acantilados en tonos de esmeralda.
Rebaños de ovejas de lana blanca y esponjosa pacían en los campos.
De pronto se alzaron ante ellos las murallas de Uzushiogakure. Sorprendida y maravillada, Hinata contempló la obra en piedra, el esplendor, la solidez de la construcción que se elevaba blanca contra la oscuridad.
Cuando los barcos se aproximaban a los fondeaderos, vio la muchedumbre congregada que los esperaba en la ribera. Jiraiya la ayudó a ponerse en pie. Naruto parecía haberla olvidado porque se apresuró a bajar.
Hinata se detuvo, con el corazón desbocado, al ver que una mujer se separaba de la multitud. Los cabellos rojos como el fuego le caían sueltos hasta la cintura, y era ágil y esbelta como una cervatilla. Se acercaba a toda prisa llamando a Naruto.
Hinata quedó paralizada, sintiendo que jamás lo había odiado con tanta intensidad.
¿Por qué la había obligado a acompañarlo? ¿Para qué presenciara su tierno encuentro con una amante irlandesa? Sintió arcadas. La mujer estaba saludándolo con inmenso cariño, con enorme ternura. Incluso en la penumbra podía apreciarse que era hermosísima.
—Hinata, vamos —urgió Jiraiya.
—No puedo —musitó ella.
Entonces quedó petrificada, porque Naruto se volvía hacia ella por fin, estaba a su lado. Antes de que pudiera protestar, ya la había tomado del brazo y la apremiaba a avanzar. Después la cogió en brazos y la depositó en suelo irlandés.
—Hinata, te presento a Kushina de Uzushiogakure. Madre, Hinata, mi esposa.
La mujer de cabellos de fuego sonrió. Al verla de cerca Hinata se dio cuenta de que no era joven, aunque parecía no tener edad. Sus ojos eran de un una combinación hermosa de gris y verde, y su sonrisa contagiosa.
—Hinata, bienvenida. Estos son momentos tristes para nosotros, pero nos esforzaremos por atenderte como es debido. Los irlandeses tenemos fama de ser hospitalarios, ¿sabes? Esta es la casa de mi hijo y por lo tanto la tuya, de modo que todo lo que hay dentro está a tu absoluta disposición. —Le apretó las manos y entonces dirigió su hermosa sonrisa a su hijo—. ¡Naruto! Es hermosísima, y yo diría que no te la mereces ni un poquito así. Vamos, por favor, tengo miedo de estar alejada mucho rato.
Sin embargo, no desembarcaron de inmediato, pues Kushina de Uzushiogakure vio a Jiraiya, que esperaba detrás de ella. No intercambiaron ni una sola palabra. Kushina se acercó al anciano y se abrazaron largamente en silencio. Cuando se separaron, la mujer tenía los ojos llenos de lágrimas. Cogió a Hinata de la mano y volvió a sonreír.
—Mi señora —dijo la recién llegada, procurando no enredarse con el idioma que había practicado tan poco—, lamento mucho haber venido en un momento así. Tu padre es ciertamente un hombre y un rey muy amado, y mis oraciones están con él y contigo.
—Gracias —dijo Kushina.
Llevándola cogida de la mano, la condujo hacia el interior de las murallas hasta una casa señorial de piedra, enorme e impresionante. Había pasarelas adosadas a las murallas por donde la gente de la ciudad podía pasar sin pisar el lodo y el estiércol del suelo; esos caminos de madera le parecieron increíbles, pues jamás había visto nada semejante ni en Inglaterra ni en Gales.
—Enfermó aquí —explicaba Kushina a su hijo—. Sé que muchos opinan que debería haberlo trasladado a Tara para que muriera allí, pero estaba desesperada por reunir a mis hermanos y hermanas y a todos sus nietos. Duerme a ratos; tiene buenos y malos momentos. Sabe que la vida se le escapa y habla con frecuencia de su testamento. No podía arriesgarme a que falleciera en el camino.
Naruto le dijo que había hecho lo correcto. Hinata se sintió como una intrusa, pero la mano de Kushina la llevaba firmemente cogida y ella la siguió. Cuando entraron en la casa se dirigieron a una enorme y magnífica sala, donde habría reunidas por lo menos cien personas.
Todos abrieron paso cuando entró Kushina. Llegaron al centro de la habitación, donde había una cama cubierta por lino bordado. En ella yacía un anciano de cabellos blancos como la nieve y rostro curtido y arrugado.
Tenía los ojos cerrados. Kushina se detuvo y Naruto se adelantó rápidamente, cayó de rodillas y cogió entre las suyas las largas y delgadas manos del anciano. Hinata se percató de que había una monja al otro lado del lecho, con la cabeza inclinada en profunda oración.
Y entonces se sobresaltó porque junto a la cabecera se hallaba un hombre tan parecido a Naruto que solo podía ser Minato, de la Casa de Rasengan de Noruega, rey de Uzushiogakure y padre de Naruto.
El tiempo lo había tratado con amabilidad, como a su esposa. Sus cabellos dorados tenían pinceladas de blanco, pero se conservaba tan alto y erguido como su hijo, con hombros anchos y fuertes, y hermosas y atractivas facciones. Sus ojos eran del impresionante color azul que había heredado Naruto.
La mirada de Minato se posó en Hinata, quien por un instante contuvo el aliento. Al igual que los de su hijo, los ojos del rey de Uzushiogakure no ofrecían ninguna disculpa, sino que la analizaban atentamente. Después sus labios dibujaron una ligera sonrisa, y asintió; ella comprendió que había determinado su identidad y le daba la bienvenida.
De pronto se sorprendió porque aquella era como la sonrisa de Naruto que le había cautivado los sentidos y, de vez en cuando, el corazón.
Había otras muchas personas en la sala. A los pies del Ard-Ri se encontraba un hombre alto, de cabello oscuro y sombríos ojos marrones, se veía de una edad mayor. Junto a él había otro hombre de cabello oscuro, ojos azules y rasgos semejantes a los de Naruto.
La habitación estaba llena de hombres y mujeres, desde acusadamente morenos a rubios célticos pasando por todos los tonos intermedios. De pronto Hinata pensó que todas las personas allí reunidas tenían algún parentesco con el Ard-Ri.
Comenzaron a entonar salmodias en latín, y entonces comprendió que todos habían acudido para orar. Más allá de la cama del Ard-Ri había un sacerdote, cuyas palabras resonaban monótonas e interminables.
Después todos guardaron silencio, y se oyeron los frufrús de sus ropas a medida que salían de la habitación, en medio de algunos sollozos ahogados y gimoteos de niños. Después el silencio y la quietud reinaron de nuevo.
El Ard-Ri abrió los ojos, y apareció una sonrisa en su rostro. No hizo ademán de incorporarse. Miró hacia los pies de la cama y después alzó la vista hacia el rey de Uzushiogakure.
—Minato, estás aquí —musitó con voz tranquila y segura.
—Sí, Ashina Uzumaki, siempre.
—Ha sido tan buen hijo como cualquiera de vosotros, ¿verdad, Hashirama? —dijo al hombre que se hallaba a los pies de la cama.
—Sí, padre. Ha sido mi hermano.
—Eres un lobo como tu padre, nieto —dijo el anciano mirando a Naruto—. Naruto, ¡has venido! No me dejarás ahora. Todavía no te marcharás de Irlanda. — Una mueca de dolor le contrajo la cara, y Kushina se mordió una mano para evitar que se le escapara un sollozo. El Ard-Ri cerró los ojos y prosiguió—: ¡Que Dios nos proteja, porque los reyes se lanzarán a la guerra! La paz que he conseguido todos estos años es muy frágil. La realeza suprema no recaerá en Hashirama porque sea hijo mío, sino porque no hay otro hombre más cualificado. Durante estos años, Minato, he sido fuerte porque tú has estado a mi lado. Por Dios, te ruego que apoyes a mi hijo.
—Ashina, por el juramento que nos unió hace muchos años —replicó Minato—, descansa tranquilo. Las murallas de Uzushiogakure serán siempre la fortaleza de Hashirama. Mis hijos, tus nietos, serán la gran espada que siempre has asegurado serían. De verdad, Ashina, padre mío, soy tu hijo.
Los ojos del Ard-Ri se abrieron de nuevo, brillantes, como empañados por las lágrimas. Volvió a cerrarlos para abrirlos al cabo de unos minutos, nublados por el dolor. Y su mirada se posó en Hinata.
El Ard-Ri apartó una mano de las de Naruto y la tendió hacia ella. Sobresaltada, se humedeció los labios y miró a Kushina, indecisa.
—¡Por favor! —susurró Kushina.
Hinata se acercó y los dedos del Ard-Ri se cerraron alrededor de los de ella con asombrosa fuerza.
—¡Perdóname! —dijo el anciano con vehemencia—. ¡Perdóname! Te amaba entonces igual que siempre, con toda el alma.
Ciertamente la confundía con otra persona, pensó Hinata, pero ¿con quién? Se hizo el silencio. Asustada, la joven permaneció inmóvil, mirando fijamente al hombre de ojos vidriosos.
—¡Por Dios que no amaba a nadie más que a ti! Pero siempre estaba la tierra… y la guerra. Tuve que hacer lo que hice.
Se quedó callado y unió la mano de ella con la de Naruto. Hinata sintió deseos de retirar la mano, de huir, pero la autoritaria mirada de su marido la disuadió. No se atrevió, apenas podía respirar. Entonces el Ard-Ri continuó, penetrando en su corazón, viendo cosas que no habría podido ver nadie:
—Yo conocía al hombre, sabía cosas que una mujer no podía saber. Conocía su fuerza y oré fervientemente para que me perdonaras. Recé para que lo amaras, que el tiempo arreglara la situación y que vuestra unión trajera la paz. Lo hice por Irlanda, ¿comprendes? Dime, hija, ¡dime que me perdonas!
Atónita, enmudecida, Hinata sintió las ardientes lágrimas que se agolpaban en sus pestañas mientras contemplaba la ansiosa y atormentada mirada del anciano moribundo. Naruto le apretó la mano y le susurró bruscamente:
—¡Díselo! Por lo que más quieras, mujer, di lo que desea oír.
—¡Te perdono! —exclamó ella. Soltó su mano para acariciar el rostro del anciano. De pronto brotaron las lágrimas, que rodaron por sus mejillas mientras decía lo que ciertamente Aed necesitaba oír—: Por supuesto que te perdono. Te amo. Y todo lo que pensabas era cierto, y todo está bien ahora. Debes descansar, y no olvides que te quiero y te perdono. Jamás ha habido un rey como tú…
El Ard-Ri había cerrado los ojos. Hinata vio a Kushina a su lado, pálida.
—¡Bendita seas, hija mía! —murmuró la mujer. Después se volvió hacia su hijo—. Naruto, lleva a tu esposa a su habitación y luego regresa. Creen que no pasará de esta noche.
—Como desees, madre —dijo Naruto, cogiéndole la mano y besándosela. Después asió a su esposa por el codo y la condujo fuera de la habitación con paso tan rápido que ella apenas podía seguirlo.
Sin hablar subieron por las escaleras y recorrieron un largo pasillo. Llegaron a otro ancho corredor y doblaron hacia la izquierda. Naruto abrió una puerta y la invitó a entrar. Hinata pasó casi volando junto a él y se detuvo en el centro de la habitación.
Hasta en el más mínimo detalle se apreciaba que aquel era el dormitorio de un hombre, el de Naruto. La cama de madera tallada era enorme, y los baúles macizos. Los dibujos de los tapices que cubrían las paredes representaban escenas de guerra y victoria.
Había hermosas y finas mesas de madera con cuernos para beber y una jofaina con su jarro para lavarse. El hogar se hallaba en el otro extremo de la habitación, y ante él se extendía una inmensa y gruesa alfombra que en otro tiempo había sido un gigantesco oso blanco.
También había pieles sobre la cama. De las paredes colgaban diversas armas, una espada con intrincados grabados, un gran arco, varias picas y un escudo con la insignia del lobo.
Dejó de contemplar la habitación y se volvió hacia Naruto. Se sobresaltó al ver que la miraba fijamente.
—¿Qué… qué ha querido decir tu abuelo? ¿Quién creía que era yo?
—Lo siento, no tengo tiempo de hablar ahora —dijo él con tono cortante—. La casa está bien provista. Alguien te traerá comida, bebida y todo cuanto necesites.
Continuó observándola, y ella se estremeció. Naruto no se mostraba frío, sino más bien distante, y de pronto comprendió que estaba sufriendo y que jamás delataría su dolor. Deseó acercarse para acariciarlo y consolarlo.
Naruto la había llevado hasta allí. No le importaban ni ella ni sus sentimientos; solo le importaba que le obedeciera. ¡No debía amarlo! ¡No debía ser tan tonta ni despojarse con tanta facilidad de su orgullo! Él simplemente la utilizaba, la amenazaba con su fuerza, y ella no le daría nada, ni siquiera su compasión.
—Estaré muy bien —dijo fríamente.
Su esposo no se marchó de inmediato. Al cabo de unos minutos Hinata oyó que la puerta se abría y cerraba. Se sentó en la cama y rompió a llorar, sin saber si lloraba por ella, Naruto, Kushina, el Ard-Ri, o tal vez por toda Irlanda.
A su tiempo se acabaron y secaron las lágrimas. Una joven llamada Grendal apareció en la puerta con un exquisito estofado y aguamiel caliente. La chica le aseguró que no sería ningún problema prepararle un baño caliente.
Momentos después entraron algunos muchachos portando una hermosa bañera tallada y baldes de agua. Con la misma eficiencia se llevaron la bañera una vez se hubo aseado y vestido con un camisón de fino hilo irlandés bellamente bordado.
Cuando Grendal salió de la habitación, Hinata se acostó en la enorme cama con pieles y se durmió.
Más tarde se despertó. Advirtió que no se hallaba sola en la habitación. Naruto estaba sentado junto al hogar, con las piernas estiradas y la cabeza apoyada en las manos. El fuego crepitaba.
Hinata se incorporó. Decidió no acercarse a él tras pensar que él se había portado con rudeza al obligarla a emprender el viaje hacia Irlanda. Después se levantó al recordar los susurros del amante que había sido junto al riachuelo.
Podía despreciarlo, pero había algo que los unía. Fue hasta la mesa, sirvió aguamiel en un cuerno, se aproximó e, hincando una rodilla ante Naruto, le ofreció la bebida. Sobresaltado, él se volvió hacia ella. Receloso, aceptó el cuerno.
—¿Qué deseas ahora, Hinata? Sorprendida, se apartó de él.
—¿Qué deseo? —repitió.
—Sí —murmuró él, irónico—. Cuando vienes así hacia mí, es siempre con algún propósito.
Hinata se levantó con agilidad y gracia, dispuesta a alejarse, pero él la retuvo cogiéndole la mano.
—No regresarás a casa —dijo.
—No he pedido irme a casa —replicó ella con frialdad.
Naruto la miró fijamente un instante y, tras asentir, volvió a contemplar el fuego con expresión ausente.
—Se ha ido —murmuró—. Ashina Uzumaki ha muerto, y con él la paz de muchas décadas.
—Lo lamento —susurró ella. Percibió su dolor y deseó aliviarlo. Naruto le soltó la mano y ella permaneció allí, sintiéndose torpe.
—De verdad, Naruto, lo lamento mucho.
—Acuéstate, Hinata. Ella siguió allí, indecisa.
—Si hay algo que yo…
—Vuelve a la cama, Hinata. Quiero estar solo.
Por fin obedeció. Deseó salir de la habitación, huir de él, pero no se atrevió, no, estando su esposo en ese estado de ánimo. Quizá permitía que se fuera…
Entristecida se tendió en la cama y se preguntó cómo habría sido él de pequeño; cómo habría sido el muchacho que había crecido en ese castillo.
Dolida, se arrebujó a la orilla de la cama para dejar a su marido muchísimo espacio. Tiritó de frío, se arropó con las pieles y al poco rato concilió el sueño.
Despertó antes del alba. Naruto estaba a su lado, y ella estaba acurrucada con la cabeza apoyada en su pecho, protegida por su brazo. Ya no tenía frío.
No pudo levantarse. El hombre estaba dormido, agotado, tumbado sobre los cabellos de Hinata. Ella comenzó a tirar con suavidad de los largos mechones, y entonces él despertó y la miró fijamente.
—Perdóname, señora, ¿estoy tocándote?
Masculló una palabrota, se incorporó, liberándole el pelo, y se levantó, desnudo. Mordiéndose el labio, ansiando decirle algo, pero incapaz de hacerlo, la mujer lo observó mientras él se vestía rápidamente. Cuando hubo terminado, Naruto salió dando un portazo.
Hinata se tendió, pero no consiguió volver a dormir. Mucho más tarde apareció Grendal con agua fresca y el desayuno, pero ella no tenía apetito y no comió. Sin saber qué hacer, permaneció toda la mañana en la habitación de Naruto.
Después, por la tarde, se aventuró a salir al pasillo y, tras recorrerlo, llegó hasta lo alto de la escalera, desde donde vio la enorme sala de la planta baja y oyó los llantos ahogados y los gemidos de dolor y duelo.
En lugar de bajar, se giró para regresar a toda prisa al dormitorio, pero se detuvo en seco porque un hombre le cerraba el paso. En la penumbra parpadeó. Creía que se trataba de Naruto.
Enseguida se dio cuenta de que no era él, sino su padre, el rey de Uzushiogakure en persona. Todo un vikingo, pensó, y se ruborizó al recordar las numerosas veces en que había despotricado e insultado a su esposo por su ascendencia paterna. Pero ciertamente Naruto nunca habría hablado a ese hombre de su odio.
—¿Por qué te vuelves? —preguntó él.
—No… no quiero molestar, mi señor.
—¡Hinata! Eres la esposa de mi hijo y por lo tanto nuestra hija, y en este momento no molestas; eres muy bien recibida. Así lo creía mi suegro y por eso, cuando su vida estaba acabándose, te tomó la mano y te habló, y tú dijiste exactamente lo que necesitaba oír. Vamos, cógete de mi brazo. Naruto está abajo.
Le ofreció el brazo amablemente, pero ella se apartó, moviendo la cabeza con repentino terror.
—No lo comprendes, mi señor.
—¡Ah!, no puedes aceptar el brazo de un vikingo, ¿ni siquiera de uno que lleva tantos años en estas costas?
—¡No! —exclamó ella, afligida.
Entonces vio que se dibujaba una tenue sonrisa en aquellos rasgos eternamente jóvenes. Así tratarían los años a Naruto también, reflexionó; hasta el final se mantendría muy erguido, tan formidable ¡y dominante! y conservaría la capacidad de hechizar con la curva de una sonrisa.
Bajó las pestañas sonrojándose, porque le pareció que ese hombre le leía los pensamientos con mucha facilidad. Negó con la cabeza.
—No es eso… —se interrumpió. ¿Cómo podía explicar al rey que su hijo no la deseaba a su lado?—. Creo que Naruto no… no…
—¡Mi señora Hinata… hija! —se corrigió—. Vamos, coge mi brazo. Ningún hombre obliga a una mujer a atravesar el mar hasta un suelo extranjero si no desea su presencia allí.
—Pero…
—Vamos —insistió.
Ese amable apremio era toda una orden, y la joven lo tomó del brazo. Mientras bajaban por las escaleras se preguntó cómo era posible que aquellos hombres fueran tan capaces de doblegar su voluntad; uno, su marido, con implacables exigencias, y el otro, su suegro, con una fuerza suave pero igualmente dominante.
Cuando llegaron a la sala, la condujo hasta la cama del Ard-Ri. El rey supremo estaba ataviado con toda su gloria, en azul y carmesí, los blasones de Irlanda y Tara en su capa y una cruz dorada sobre el pecho. Hinata se inclinó junto al rey vikingo de Uzushiogakure y rezó una oración. Cuando se levantó, aún estaba asida al brazo de su suegro.
Se acercaron hombres, reyes de Irlanda, para hablar con Minato, que presentó a Hinata como su nueva hija, y todos le dieron la bienvenida y le mostraron el respeto exigido por el rey.
La llevó a través de la sala hasta donde se servía comida y allí se reunió con ellos Kushina, su hermoso rostro marcado por las señales de las lágrimas, quien acompañó a Hinata hasta el elevado estrado que presidía las largas mesas.
Antes de que se hubiera sentado, la muchacha notó que le cogían el brazo y se volvió. Era Naruto, ataviado de modo similar a su padre, con una capa carmesí orlada en armiño y engalanada con las insignias del lobo, los reyes de Tara y la casa de Rasengan.
—Madre, te lo agradezco. Yo me ocuparé de mi esposa ahora.
Con qué cariño y ternura hablaba a su madre. Gracias a Dios, pensó Hinata, a ella no la trataba con tanta amabilidad, porque esta sería demasiado dolorosa para su corazón.
No tenía nada que temer, se dijo sarcásticamente, porque él la urgió a acompañarlo con algo semejante a un gruñido. La acomodó entre él y su padre.
Aunque compartió el cáliz con Naruto, fue su suegro quien tuvo la consideración de entablar conversación con ella y explicarle sus costumbres. Cuando finalizó la comida, el príncipe de Uzushiogakure la condujo hasta la habitación, abrió la puerta y la hizo entrar. Al volverse, vio que su marido se disponía a marcharse nuevamente.
—¡Naruto! —llamó.
—¿Qué ocurre?
—Solo quería decirte… —Se interrumpió e inspiró profundamente. Recordó las palabras de su suegro: «Ningún hombre obliga a una mujer a atravesar el mar hasta un suelo extranjero si no desea su presencia allí». O si simplemente quiere contrariar sus deseos, pensó con amargura. Bajó suavemente las pestañas y agregó—: No me gusta verte sufrir así.
Naruto se quedó inmóvil un instante, y a Hinata le pareció sentir una corriente de aire muy frío. Después su esposo entró en la habitación y cerró la puerta. Se acercó a ella, empequeñeciéndola con su elevada estatura, y, levantándole la barbilla sin ninguna delicadeza, la obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Que no deseas verme sufrir? ¡Vamos, señora! Creía que tu mayor deseo era que me quemara en aceite hirviendo.
Ella se apartó, alarmada por las lágrimas que pugnaban por brotar.
—Ah, lo había olvidado. ¡Es cierto!
Creyó apreciar un ligerísimo asomo de sonrisa en la cara del hombre, y al mirarlo le dio un vuelco el corazón. Se clavó las uñas en las palmas para reprimir la tentación de correr hacia él, tan hermoso y majestuoso con su atuendo, tan alto que dominaba la habitación, tan dorado que parecía irradiar luz.
—Sufro por la pérdida de mi abuelo, sí —murmuró. Su sonrisa se desvaneció, pero sus ojos continuaban observándola con expresión amable—. Tú no puedes comprender la gravedad de la situación. Mi abuelo era la espina dorsal de la isla. Él era Konoha. Era… más o menos como Iroha, ¿sabes? Tenía más de noventa años y vivió una vida grandiosa, majestuosa. Será bien acogido en los cielos, y los noruegos que ha conocido le reservarán un lugar en la mesa del Valhalla… —Se interrumpió y se aproximó, desaparecida ya la afabilidad. En sus ojos destellaba un brillo glacial cuando enredó los dedos en sus cabellos para obligarla a alzar el rostro hacia él.
— Mi padre es fuerte, así como mis hermanos y yo, y ahora dedicaremos esa fuerza a respaldar y ayudar a mi tío Hashirama de Ulster. ¿Lo entiendes?
—¡Me haces daño! —dijo ella.
El vikingo no aflojó la presión. Sus labios rozaron los de ella, y su susurro la acarició y atormentó:
—Habrá guerra. Y tú permanecerás aquí, dentro de la seguridad de estas murallas, durante el tiempo que dure esta guerra.
No la soltó, esperando a que ella protestara. Hinata sostuvo su mirada sin pestañear ni revelar ninguna emoción, sin quejarse ni llorar ni debatirse.
—Mi señor, estás tirándome del pelo.
Entonces la liberó y enseguida salió de la habitación.
Hinata estuvo paseándose por el dormitorio durante lo que le pareció una eternidad. Ya habían llevado sus baúles a la habitación, pero no buscó su ropa, sino que se puso el precioso camisón de hilo irlandés que había usado la noche anterior. El fuego del hogar ardía muy suave, y tenía frío cuando por fin se metió bajo las mantas y pieles de la cama de su marido.
Naruto regresó muy tarde. Agotado, se dejó caer en un sillón ante el hogar y se quedó contemplando las llamas. La joven lo observó a la luz del fuego. Apreció una rígida tensión en sus facciones y un dolor infinito en sus ojos.
Su suegro estaba equivocado; ciertamente no la amaba y en esos momentos ni siquiera la deseaba.
Ella, en cambio, estaba enamorándose de él a pesar de que su juicio le aconsejaba sensatez, a pesar de todo cuanto había ocurrido entre ellos, a pesar de él mismo. No; no estaba enamorándose, ya estaba enamorada.
Se levantó y se acercó al hogar. Naruto levantó el rostro y la miró a los ojos, arqueando una ceja a modo de burlón interrogante. La rechazaría; debía volver a la cama y enterrarse bajo las mantas.
Sin embargo, no lo hizo. Se desató con parsimonia el lazo del bordado camisón y lo dejó caer suavemente a sus pies.
Con más lentitud aún se aproximó con la vista fija en sus ojos para arrodillarse ante él y, cogiéndole las manos, le besó las palmas.
Él dejó escapar un agudo gemido. En un segundo ya estaba de pie y la estrechaba entre sus brazos. La depositó sobre la suavidad de las pieles y comenzó a hacerle el amor.
Sus besos le abrasaron la piel, sus manos la excitaron y condujeron a un aterrador éxtasis. Hinata había deseado aliviar el dolor de su esposo, hacerle el amor, pero no podía porque le había abierto las puertas de la pasión, más potente y fiera que la tormenta que había amenazado el mar y el cielo el día de su llegada. Ella había desatado la tempestad y ya no podía guiarla ni controlarla.
Y la tormenta fue dulce. Naruto la tendió de bruces sobre las pieles para recorrerle con avidez la espalda y las nalgas con la boca, la lengua y los dientes. Con creciente deseo y pasión, la giró y la consumió de placer.
Ella sintió por dentro el viento y el oro de su sol, gimiendo, gritando y entregándose a su deseo, gozando de la pasión que cada vez se encendía más entre ellos. Cuando la penetró, le pareció que el mundo oscilaba para seguir el ritmo de la pasmosa y viva fuerza del mar, para girar como un torbellino y después estallar en un frenesí de brillo, luz y dulces néctares.
Después la abrazó y en silencio acarició el cuerpo sudoroso. Ella notó las palabras agolpadas en su boca: «Vamos a tener un hijo». Trató de separar los labios para dejarlas escapar, pero no pudo. Por último se quedó dormida.
Por la mañana él ya estaba levantado y vestido cuando ella abrió los ojos. Cansada, con el cabello enmarañado, se percató de que él la contemplaba junto a la cama.
—No regresarás a casa —dijo bruscamente.
—¿Qué?
La sorprendió el cambio que advirtió en él. Probablemente no la amaba, pero la noche anterior había creído percibir al menos cierta ternura entre ellos.
—No regresarás a casa —repitió.
—No he pedido…
—Siempre que seduces, señora, es con el propósito de pedir algo. Buscas pago por la puta que…
No terminó la frase porque ella le arrojó un almohadón de plumón a la cara. Él lo apretó fuertemente, tratando de controlar el genio.
—Hinata, yo no pago. Deberías saberlo ya. La mujer se tapó los senos con una piel.
—¡No te he pedido nada! —espetó—; nada, mi señor, nada en absoluto. Anoche solo deseaba «darte» algo, pero no te preocupes, ¡jamás volverá a ocurrírseme darte nada otra vez!
Dejando el almohadón a un lado, Naruto se inclinó para enmarcar su rostro con las manos. Ella intentó esquivarlo, pero al notar sus dedos suaves y acariciantes en las mejillas se quedó paralizada.
—Entonces reconozco que me equivoqué, señora —dijo él con voz tan dulce que su esposa se conmovió y estremeció—. Y gracias.
Le rozó ligeramente la boca con sus labios y después se encaminó hacia la puerta. Abrazada a una piel, se quedó mirándolo hasta que salió y después se hundió en la cama.
Jamás llegaría a conocerlo. Grendal atendió a sus necesidades por la mañana. Luego Hinata se vistió y esperó, vacilando entre bajar o esperar a que Naruto fuera a buscarla. Lo más probable era que Naruto no fuera a buscarla.
Por la tarde alguien llamó a la puerta. Con una afable sonrisa, entró en la habitación la monja que había visto junto a la cama del Ard-Ri la noche de su llegada.
—Soy Mikoto, hermana de Kushina —se presentó, cogiéndole las manos y besándola en la mejilla cariñosamente—. Son momentos muy difíciles para todos nosotros. De verdad formamos un pueblo amable y afectuoso. Si hubieras conocido a mi padre, le habrías amado muchísimo.
—De eso estoy segura.
—Te portaste muy bien con mi padre.
—¿Sí?
—Ciertamente —dijo una voz desde la puerta abierta. Allí estaba Kushina de Uzushiogakure, que miró a su hermana y después dedicó una pícara sonrisa a Hinata—. Debiste de sentirte terriblemente confusa cuando mi padre te cogió la mano.
—Yo…
Se interrumpió. «¡Tu padre me leyó la mente y el corazón!», deseó gritar. Se alegró de que Kushina se apresurara a continuar:
—Verás, él te confundió conmigo.
—¿Cómo dices, señora?
Mikoto rió por lo bajo y su hermana le dirigió una afectuosa sonrisa.
—Sí, ¡ríe ahora! Esta santa y delicada hermana mía en cierta ocasión conspiró contra mi padre…
—¡Yo no conspiré! —protestó Mikoto.
—¡Vaya! —exclamó Kushina—. Me tendieron una trampa para obligarme a contraer matrimonio, ¿sabes? Yo me habría casado con un gnomo, un enano, incluso con un horrible jabalí antes que con un vikingo —explicó Kushina—. Verás, había estallado una horrorosa y terrible guerra, y mi padre y Minato firmaron la paz; yo fui la garante de esa paz.
—¡Oh! —exclamó Hinata—. Ahora parecéis ser tan… tan…
Sonriendo encantada, Kushina le tomó las manos y la llevó hasta los pies de la cama, donde se sentaron.
—Ninguna mujer ha sido tan afortunada como yo en el matrimonio. Estos años han sido maravillosos, extraordinariamente maravillosos. Pero las cosas no comenzaron bien.
—Fue muy difícil, ¿sabes? —intervino Mikoto—, porque Kushina y Minato ya se habían conocido. Mi hermana había estado por el campo con su armadura dorada y había combatido contra el que luego sería su marido.
—¡Mikoto!
—Habían ocurrido muchas cosas que nuestro padre nunca supo —explicó Mikoto, sonriendo.
—Hinata, te agradezco de todo corazón lo que dijiste a mi padre.
—Por favor, no me lo agradezcas. Yo… lamento que haya fallecido. Kushina se puso en pie y se paseó, nerviosa, por la habitación.
—Y ahora que ha muerto, todos los hombres que tanto lo honran en la sala están urdiendo una guerra contra mi hermano.
—No comprendo —dijo Hinata—. ¿Por qué iban a hacerlo?
—Lo ignoro. —Kushina negó con la cabeza—. Jamás lo he entendido. Cuando era pequeña, siempre había guerras entre los reyes. Después llegaron los vikingos, y mi padre formó una alianza de paz para poder unirlos. Y ahora… ahora irán a la guerra otra vez. ¡Dios proteja a Hashirama! —Miró alrededor—. ¿Tienes todo cuanto necesitas? ¿Llegaron bien tus baúles desde el barco?
—Sí, milady, claro que sí. Gracias.
—¿Milady? —Le dedicó una amplia sonrisa, con los ojos brillantes, y Hinata volvió a pensar que era una mujer extraordinariamente hermosa—. Soy tu suegra. No tienes por qué tratarme con tanta formalidad. Ahora debes disculparme porque tengo que ocuparme de muchos asuntos. —Se dirigió a la puerta y allí se volvió—. Mikoto, encárgate de que Hinata conozca a la familia, por favor. Ayer fue muy difícil, pero hoy… La vida continúa. —Ya había cruzado el umbral cuando se giró para sonreír a Hinata—. Me alegro de que Naruto te conociera. Ha llevado una vida bastante errante, participando en correrías vikingas por tierras lejanas. Lo cierto es que me sorprende que haya encontrado una hermosa y joven esposa cristiana en la corte del rey Iroha. Créeme, te doy la bienvenida de todo corazón.
Dicho esto, se marchó. Mikoto invitó a Hinata a bajar para presentarle al resto de la familia. Desde la escalera la joven observó la sala donde habían colocado al Ard-Ri para que recibiera el homenaje de su pueblo.
Se había congregado a orar silenciosamente una multitud de hombres elegantemente vestidos con capas engalanadas con sus lemas e insignias. No vio entre ellos a su marido.
Comenzaba a atardecer cuando Mikoto la guió por la casa del rey de Uzushiogakure. En una de las salas contiguas a la principal, localizó por fin a Naruto. Se hallaba sentado con un numeroso grupo de hombres que supuso serían sus hermanos y tíos, enfrascado en una acalorada discusión.
Mikoto prosiguió su camino. Entraron en la sala de las mujeres y una joven de cabellos de color ébano, como los de Kushina, se levantó de un salto y se acercó a ellas.
—¡Tía Mikoto, por fin la has traído! Anoche me quedé fascinada cuando nos presentaron. ¿Me recuerdas? ¿Eres capaz de recordarnos a todos? Soy Sakura, la menor y última de esta camada, hermana de Naruto. Y estas son mis hermanas Ino y Karin. Llegarás a conocernos a todos. Los chicos son Menma, a quien tal vez viste anoche junto a la cama del abuelo, y, vamos a ver, Chojuro, Yahiko, Deidara y Nagato. Y Naruto, por supuesto, el doble de mi padre, como lo llamamos. ¡Entra, por favor! Ha habido tanta, tanta pena. Cuéntanos cosas de Iroha e Inglaterra y de ese horroroso Orochimaru. Ven, ven, entra, por favor, no seas tímida. Como ves, nosotros no lo somos en absoluto.
Echó a reír, y Hinata se sintió encantada al instante por su candor y sencillez.
—Bien, os explicaré algo sobre…
—Eres pariente de Iroha, ¿verdad? —interrumpió Sakura.
—Prima.
—Cuéntanos algo, por favor. Hemos estado todas tan afligidas por el abuelo… ¡nos encantaría escapar a una tierra lejana!
En medio de las mujeres, tías, hermanas y cuñadas de Naruto, afloraron las dotes narrativas de Hinata. Repitió la historia de Lindesfarne, sin mencionar en esta ocasión que el desastre había sido causado por vikingos noruegos, y después relató innumerables historias sobre el heroísmo y la nobleza de Iroha.
Cuando hubo concluido, Sakura preguntó cómo se las había arreglado Naruto para casarse con ella.
—Más bien contra mi voluntad —respondió Hinata—. Verás, él llegó a lo vikingo, me arrebató la casa y las tierras, y entonces Iroha decidió que nos desposáramos.
Súbitamente se produjo un silencio. Lo había explicado con tono ligero, medio en broma, y sin embargo todas la miraban de hito en hito. Lamentó haberlas ofendido.
De inmediato se percató de que no la miraban a ella, sino a la puerta. Enseguida se volvió y, ante su desconcierto y conmoción, encontró a Naruto allí, observándola. Cómodamente apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados, la contemplaba con un destello condenatorio en sus azules ojos.
—Es una narradora increíble, ¿verdad? —comentó educadamente al grupo —. Vaya, amor mío, creo que has olvidado contar una parte de la historia. Mi esposa es toda una heroína, ¿sabéis? Llegamos, y antes de darme cuenta ya tenía clavada en el muslo una de las flechas de mi amada esposa. Ningún vikingo ha logrado jamás dominar a esta jovencita, os lo aseguro.
—¿Qué? ¿Disparaste una flecha a Naruto? —exclamó Sakura. Hinata se ruborizó.
—No era mi intención…
—¡Oh, Naruto! —Sakura corrió a abrazar a su hermano.
Hinata vio el afecto que existía entre ellos. Jamás le había sonreído así a ella, pensó apenada.
—Veo que saliste bien parado —observó Sakura.
—Hermanita —gruñó él traviesamente—, me ha quedado una horrorosa cicatriz en el muslo.
—Ah, bueno, tienes otras cicatrices. —Hizo un guiño a Hinata—. ¿De verdad heriste con una flecha a mi hermano?
—Tiene una puntería excelente —dijo él—, aunque muy poco sentido común y un dudoso sentido de la lealtad. Ahora, si me lo permitís, debo llevármela. ¿Hinata?
Ella caminó hasta la puerta y se detuvo ante su esposo.
—¡Bien, mi señor! ¿Qué te propones hacer conmigo? Si mi lealtad es tan dudosa, tal vez también lo es mi puntería. Ten cuidado en el futuro, joven señor de los lobos, pues mi puntería podría mejorar junto con mi sentido común. Si fuera un poquitín mejor, no nos habríamos casado, porque te habría quedado muy poco para consumar ese acuerdo.
Sakura, que se hallaba cerca y la oyó, echó a reír. Mirando fijamente a Hinata, Naruto esbozó una sonrisa y avanzó un paso para cogerla en brazos y echársela al hombro.
—Perdonadme, señoras, debo ocuparme de mi rebelde esposa.
Haciendo una inclinación, salió con la joven y atravesó una sala, ignorando a las personas que se encontraban allí. Aturdida y sin aliento, Hinata no protestó.
De pronto la depositó en el suelo. Habían dejado atrás la casa y se hallaban en un patio. Por todas partes había hombres, ensillando caballos y enjaezándolos con los colores del rey y el príncipe.
—¿Qué…?
—Se ha producido un ataque contra Ulster en ausencia de Hashirama —explicó él.
—¿Partirás ahora? —preguntó asombrada—. ¡El cadáver de tu abuelo aún no se ha enfriado!
—Escoltaremos el cuerpo de mi abuelo hasta Tara y continuaremos para combatir en Ulster —dijo él, con los brazos cruzados y una mirada glacial—. Y tú permanecerás aquí al cuidado de mi madre hasta mi regreso.
Hinata se disponía a replicarle cuando vio en el patio a Kiba, que conversaba con otro de los hombres de Wessex que los habían acompañado.
—¿Kiba irá contigo? Sorprendido, se puso rígido.
—Sí, por decisión suya.
—No debería… no debería morir en suelo extranjero. De pronto Naruto la rodeó con los brazos.
—¿Deseas su regreso y no el mío, milady? Ay de mí, veo que es así. Es normal, pues siempre has querido que un hacha me parta el cráneo. Señora, ya dure días o años esta guerra, recordarás que eres mi esposa; ¡me recordarás a mí!
Hinata trató de zafarse, pues le hacía daño. Su tenaz orgullo le impidió decirle que lo amaba, que su preocupación por Kiba era solo una estratagema para proteger su corazón; le impidió decirle que no podría soportar la vida si él no volvía.
El orgullo tampoco le había permitido anunciarle que iban a tener un hijo.
—Naruto…
Este la levantó en brazos, y sus labios descendieron sobre los de ella con fuerza arrolladora. La besó con pasión, devorándole la boca y cuando la soltó le pareció que no había sido suficiente.
—¡Naruto! —susurró ella—. Tienes que cuid…
—¿A Kiba? —preguntó, hiriente—. ¡Por Dios, señora! —Maldijo furiosamente.
Hinata dejó escapar un grito cuando el vikingo la estrechó violentamente entre sus brazos. Llevándola en andas, entró como una tromba en la casa, subió por las escaleras y la condujo a su habitación. Una vez allí la lanzó sobre la cama y se abalanzó sobre ella antes que pudiera incorporarse o protestar.
—¡Basta, vikingo, bastardo! —exclamó asustada.
Pero no había manera de detenerlo, de detener su rabia o su pasión. Ella volvió a gritar, medio histérica.
—¡Naruto!
Algo en su voz lo conmovió, pues se quedó inmóvil y después se tendió a su lado. Murmurando algo que ella no entendió, se incorporó para levantarse de la cama, y ella, que debería haberse alegrado, se apretó contra él; no podía dejarlo marchar.
Naruto depositó un beso suave en sus mejillas, húmedas de lágrimas. Hinata lo atrajo más hacia sí, sintiendo cómo se excitaba su cuerpo. El príncipe le buscó los labios y la besó con abrasadora avidez, pero sin violencia.
Introdujo la lengua en su boca profundamente, llegando hasta los más secretos recovecos. La dureza de su miembro contra su cuerpo produjo a la mujer una dulce y ardiente humedad. Lo deseó con una creciente y avasalladora necesidad que llenó todo su ser. Iba a marcharse de nuevo.
—Señora, ¡me recordarás! —le susurró dulcemente al oído.
Lo repitió una y otra vez, y la mujer notó que lo sacudía un fuerte estremecimiento. Gimiendo suavemente Hinata enmarcó su rostro con las manos y unió sus labios a los suyos, pegándose a él con una sugerente ondulación de caderas.
—Hinata —oyó susurrar. Ella enterró la cara en su cuello.
—Por favor —murmuró.
No necesitó añadir más. Naruto estaba dentro de ella, que se estrechó más contra él a la primera embestida. El hombre comenzó a moverse, adentrándose de forma más profunda con cada arremetida, a que ella respondía con el mismo frenesí, amoldándose a su ritmo.
El príncipe le hizo el amor como si quisiera dejarle grabado eternamente su sello; y Hinata le hizo el amor como si sus ansias de él pudieran evitar que fuera a la guerra.
El aire pareció estremecido por truenos a medida que el ritmo y la tempestad alcanzaban alturas insoportables. La mujer gimió y gritó cuando el orgasmo estalló con una llamarada que la hizo saborear el éxtasis y la dejó por un instante inconsciente.
Cuando volvió a ver la luz, notó cómo el cuerpo de Naruto se estremecía sobre ella y de nuevo se sintió colmada, invadida por el ardiente calor de su semilla. Cerró los ojos y degustó el placer.
Permanecieron quietos una eternidad. Después Naruto la rodeó con sus brazos y la estrechó.
—Recuérdame —murmuró.
Su esposa abrió los ojos y se encontró con la tormenta cobalto de los suyos. En vano trató de sonreír. Intentó hablar con voz firme, pero lo hizo en un susurro:
—Mi señor, creo que no podré olvidarte. Voy a… voy a dar a luz a tu hijo.
—¿Qué?
Observó atentamente los rasgos femeninos. Ella inspiró profundamente y expulsó el aire.
—Vamos a tener un hijo.
—¿No mientes? Hinata sonrió por fin.
—Milord, me cuesta creer que no te hayas dado cuenta. Hay ciertos cambios…
Naruto se retiró bruscamente de encima de ella, le bajó la túnica, se la alisó y a continuación le acarició con ternura la mejilla.
—Tontita —exclamó—. No debiste permitirme…
—¿Permitirte? Mi señor, ¿cuándo he podido detenerte? —retó, apresurándose a añadir—: Naruto, yo deseaba… yo también te deseaba. No me has hecho daño, ni a mí ni al bebé.
La besó.
—Debes cuidarte. Debes cuidarte muchísimo.
Ella asintió. En realidad, suponía ella, no quería decir que se cuidara; sino que cuidara al bebé.
Naruto se levantó y la alzó en sus brazos, estrechándola con ternura.
—Sí, mi amor, cuídate… —La soltó y le acarició la mejilla—. Yo cuidaré de Kiba; lo protegeré siempre que pueda. No temas.
Su voz sonaba severa, con una nota amarga. Tras besarla en los labios se dirigió a la puerta y se marchó.
—¡Es a ti a quien amo! —murmuró ella con los ojos llenos de lágrimas. Ya era tarde. Naruto ya se había marchado.
Spiral
El espiral celta significa crecimiento, evolución y la expansión de la conciencia. Representa el paso de la vida, el aprendizaje continuo, la sabiduría y la unión con lo divino.
Continuará...
