LA ROSA DEL VIKINGO
16 Berkana
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Al caer la noche comenzó a soplar un viento frío en las costas del norte. De pie sobre un acantilado, con su capa azotada violentamente por el viento, Naruto contemplaba el mar en la distancia, oscurecido y cubierto por la niebla. Lejos, muy lejos, se alzaba la tierra de los escoceses, llamados así por las tribus que abandonaron Konoha para instalarse allí.
Aquella tierra se hallaba al norte de los reinos ingleses que con tanto denuedo Iroha defendía de los ataques daneses.
Efectivamente, habían avanzado mucho durante los últimos meses. En esos momentos, en medio de los rigores del invierno, la guerra había concluido. Uno tras otro, los reyes inferiores de Irlanda se habían inclinado ante la supremacía de Hashirama Mac Aed, pero aún faltaba recuperar la franja costera de Ulster, reivindicada por el tío de Hashirama, Lars Mac Connar, hijo de una mujer irlandesa y nieto de un rey danés.
La batalla decisiva se libraría al día siguiente. Hacia el norte, a bastante distancia, divisaba las hogueras del campamento danés. Durante todo el día ambos bandos habían enviado emisarios y finalmente se había resuelto que quien venciera al día siguiente tomaría aquella franja.
En aquellos momentos, cuando todo el país apoyaba a Hashirama, parecía innecesario luchar contra Lars por esa franja de tierra. Sin embargo, pocos conocían la manera de sentir irlandesa tan bien como Hashirama, Minato, Naruto y sus hermanos y primos; si Hashirama no conservaba su propio reino, perdería todo. Las facciones belicosas se dividirían y surgirían disensiones en todo el país.
Por tanto, todo dependía de lo que ocurriera al día siguiente. Después podrían regresar a Uzushiogakure. Naruto notó las frías ráfagas del viento en la cara mientras sentía arder un fuego en su interior. ¡Cuánto anhelaba volver!
No habían partido con la prisa que habían planeado al principio, pues habían tenido que ocuparse del funeral de su abuelo a pesar de las amenazas que se cernían sobre ellos.
Aquel día, después de dejar a Hinata en la habitación para ir al patio, le habían informado de que estaba celebrándose un consejo y que requerían su presencia inmediata.
Se había reunido con los miembros masculinos de su familia, y habían decidido que era demasiado arriesgado que él y las mujeres acompañaran a Ashina hasta su lugar de reposo definitivo en Tara con una sola guardia.
No demostrarían temor ni debilidad, pero toda la familia escoltaría el cuerpo del Ard-Ri al norte, y todos participarían en las plegarias junto a su tumba con los monjes de Armagh.
Después dedicarían todos sus esfuerzos a asegurar la lealtad de los reyes inferiores.
De modo que había dispuesto de cierto tiempo…
No mucho tiempo en realidad, porque el viaje con tanta gente había sido lento, y jamás había tenido la oportunidad de cabalgar con su esposa. Además, se había producido un continuo intercambio de mensajes entre los diversos reinos. Hashirama había reconocido a los reyes de Irlanda y exigido a cambio el reconocimiento por parte de ellos. Los días habían resultado agotadores.
También habían recibido mensajes de Wessex.
Orochimaru se había lanzado a la batalla después de la derrota de Rochester. Iroha, con un gran contingente de barcos, entre ellos los de Naruto, había atacado a los daneses dirigidos por Orochimaru y conseguido capturar muchos barcos y botines, que luego los daneses, en una contraofensiva, lograron recuperar.
Iroha atacaría en primavera a los daneses que habían tomado Londres y los expulsaría, o al menos eso juraba. En sus misivas suplicaba a Naruto que regresara en primavera.
Naruto miró hacia el mar; siempre la guerra. Suspiró y cerró los ojos, agotado. Recordó que al menos durante el largo y lento viaje a Tara las noches habían sido suyas. Sin embargo, él y Hinata habían hablado poco.
A veces su grupo había dormido en tiendas montadas en el camino, en ocasiones había recibido la pródiga hospitalidad de una granja irlandesa e incluso de vez en cuando el lujo de una casa señorial de un rey inferior. De todos modos, él se había sentido demasiado cansado para hablar, y ella jamás se lo había exigido.
Para él había sido un tiempo de descubrimiento, porque sí había habido cambios. Se maldijo por ser tan tonto y no haberlo advertido. Tenía los pechos tan llenos que no los abarcaba con las manos, y el vientre ya había comenzado a abultársele. Le parecía que tenía los ojos más brillantes y las mejillas más resplandecientes…
Claro, siempre había sido hermosa; jamás lo había negado. Desde el primer momento en que la viera subida en lo alto de la empalizada había cautivado sus sentidos. Y en esos momentos lo obsesionaba y acosaba sus sueños, porque muchos eran los recuerdos de ella que evocaba.
En sus sueños ella se acercaba a él como lo hiciera la noche en que murió su abuelo; desnuda, ligera y ágil, envuelta en el manto de oro y fuego de sus cabellos, que la cubrían con un embrujo de inocencia y fascinación. Suaves y ondulantes como la oscuridad de la noche, una oscuridad fascinante, los mechones caían sobre su desnudez en exquisita y exuberante belleza, tapando sin ocultar la redondez de sus senos, las rosas de sus pezones, las curvas de sus caderas, la rizada alfombra que le cubría el misterio entre los muslos.
En sus sueños olía la dulzura de su piel, veía sus ojos, sentía su cuerpo cuando ella se tendía sobre él. Hinata albergaba muchas cosas en su interior, había muchas emociones en las maravillosas luces plateadas de sus ojos: su dolor tan rápidamente revelado y tan rápidamente disimulado; la risa, tan rara vez dedicada a él; la ternura, la furia de una tormenta, la tempestad del mar, la rabia de una tigresa.
Todas esas cosas guardaba en su interior. Y su genio, siempre explosivo, cambiaba con la dirección del viento. Solo un loco podía amarla… Y él la amaba.
Comenzó a analizar el pasado tratando de averiguar cuándo se había producido ese cambio, en qué momento Hinata lo había cautivado más allá del puro deseo, en qué momento había conquistado su corazón.
¿Había sido cuando descubrió que, por mucho que la sometiera una y otra vez, ella jamás se rendía? ¿Había sido al acariciarla, al abrasarse en la oscuridad de sus cabellos, en la tempestad de sus ojos? ¿Había sido al empezar a conocerla, al descubrir la belleza de su corazón y su mente? ¿Había sido al preguntarse si en realidad ella había abandonado su hogar para avisarle del peligro lanzándole las flechas?
Tal vez fue el día en que reconoció que ella era suya y que lucharía con la ferocidad de un animal salvaje para conservar lo que le pertenecía. ¿Cuándo había experimentado el cambio que lo obligaba a admitir, aunque solo fuera para sí, que la amaba?
No, lo que sentía por ella era más que amor. Era algo más profundo que cualquier emoción que hubiera sentido antes.
Había amado antes… Había conocido el sufrimiento del amor y sabía muy bien que el amor podía ser una espada de doble filo, un arma peor que cualquiera inventada o perfeccionada por el hombre. Aún se interponían tantas cosas entre ellos; innumerables hombres habían muerto porque Hinata lo atacó a su arribada a la costa.
Desde entonces habían sucedido demasiados acontecimientos. Tal vez los hombres de Hinata, enterrados hacía mucho tiempo, habían sido inocentes, porque lo cierto era que sus fantasmas no podían haber avisado después a los daneses de que los guerreros leales a Iroha se aproximaban.
Pero alguien les había advertido.
Si no había sido su esposa, tenía que ser alguien muy próximo a Iroha. ¿Quién? Hinata debía de tener alguna idea. Iroha había sido su tutor, ella los conocía a todos, y bien. ¿Estaría protegiendo a alguien? ¿O era tan inocente como aseguraba?
Tal vez su esposa todavía deseaba su muerte, y de ser así había aprendido astutamente a tener paciencia, a esperar con calma. No, se negaba a creerlo.
Sabía que aún quería a Kiba. Durante el trayecto hasta Tara Hinata le había implorado una y otra vez que cuidara de sus compatriotas. Al menos veinte hombres de Wessex acompañaban a Naruto, pero él sospechaba que su petición se refería exclusivamente a Kiba.
Iban a tener un hijo. Si moría en la batalla, dejaría un hijo. De pronto le temblaron las manos, alzó la vista al cielo y oró, sin saber muy bien a qué deidad ofrecía sus plegarias. Deseaba ardientemente vivir para ver a su hijo, fuera niño o niña, y deseaba tener la oportunidad de llevar la vida que se había forjado.
Jamás traicionaría a su tío Hashirama y siempre acudiría a apoyar a Menma si algún peligro amenazaba a Uzushiogakure.
Siempre sería irlandés, así como siempre sería noruego, hijo de su padre. Pero su vida estaba al otro lado del mar, y su alma estaba en las delicadas manos de Hinata. De alguna forma había echado raíces en esa tierra de Wessex y solo deseaba paz y tiempo para disfrutar de la compañía de su esposa y su hijo, para besar, acariciar y abrazar a Hinata junto al hogar en invierno, para crear un mundo juntos.
Su época errante había concluido; sus correrías vikingas finalizaron cuando Iroha le ofreció la mano de Hinata. Había creído que era la tierra lo que ansiaba, pero no; era el corazón de la mujer que le había proporcionado un hogar.
Oyó un leve ruido a su espalda y se volvió veloz, desenvainando la espada.
En lo alto del acantilado, ante él, se hallaba Jiraiya. Naruto bajó la espada exhalando un suspiro, la enfundó y masculló una maldición.
—Por Odín, Jiraiya, ¿qué manera es esta de aparecer como un fantasma en la oscuridad?
El druida no debía haberlos acompañado, pensó. Ashina Uzumaki había abandonado esta vida nonagenario. Jiraiya era mayor que Ashina; demasiado viejo para andar por los campos de batalla. Pero había insistido. El viento le agitaba el cabello, y en sus ojos se reflejaba la luna de medianoche: parecía un mago, un brujo.
—He venido para avisarte de que habrá mucho peligro al despuntar la aurora —anunció el anciano.
—Muchísimo, Jiraiya. —Naruto sonrió—. Vamos a combatir contra un feroz y consumado guerrero, y el futuro del país y las casas de Ashina Uzumaki y Minato estarán en peligro.
—Esa no es más que una batalla sencilla —dijo Jiraiya moviendo la cabeza.
«¿Sencilla? —repitió Naruto para sus adentros—. Jamás es sencilla una batalla. Siempre es un horror de sangre, dolor y muerte.»
Jiraiya había presenciado muchas batallas en su vida, y por lo visto intuía que podría haber cosas peores. El anciano lo miró con expresión irónica y se sentó cerca de él. Se quedó contemplando la noche.
—Hay algo muy malo. Te seguí a Inglaterra porque lo presentí. Me quedé con tu esposa porque lo temí. Y ahora, aquí, vuelvo a verlo cerca. ¡Por Odín y todos los habitantes de los cielos! —exclamó cerrando los puños—. ¡Lo siento pero no puedo tocarlo! Solo puedo advertirte que mires más allá de lo evidente. Evita el hacha, detén el golpe de la espada. Y sobre todo cuídate.
Se incorporó y miró a Naruto, quien, muy serio, dijo:
—Sí, Jiraiya. Me cuidaré muchísimo y, si consigo sobrevivir, trataré de descubrir lo que está escondido.
Jiraiya asintió y comenzó a alejarse. De pronto se detuvo y miró hacia atrás.
—Por cierto, príncipe, es niño.
—¿Qué?
—Tu hijo es un niño.
Jiraiya desapareció en la oscuridad. Naruto lo observó alejarse y sonrió un instante; luego su sonrisa se desvaneció. ¿Qué presentía Jiraiya que no podía tocar? ¿Se trataría de una nueva traición?
Eso era algo imposible. La inminente batalla inquietaba a Jiraiya. Desde la muerte de Ashina Uzumaki, Jiraiya no era el mismo. Necesitaba dormir. Se dirigió a su tienda pero no logró hallar reposo. Durmió inquieto toda la noche. Lo asaltaban diversas visiones; visiones de combate, hombres con espadas y hachas de doble filo.
Visiones de Hinata caminando hacia él… Se acercaba lentamente, bella en su desnudez a la luz de la luna, iluminadas todas sus redondeces y curvas. Pero no llegaba a él, pues una espada caía entre ellos. Despertó sobresaltado. Despuntaba la aurora.
Era la hora de empezar la batalla.
Había dejado el semental blanco en Wessex. En los establos de su padre había elegido uno de sus caballos favoritos, especialmente adiestrado para la guerra, un inmenso caballo negro de líneas puras, sorprendente velocidad y buena energía y resistencia para el esfuerzo de la batalla.
Naruto condujo a los hombres en primera fila junto a Hashirama, su padre y su hermano Menma. «Ningún rey verdadero se esconde jamás detrás de sus guerreros», le había dicho su padre cuando era niño, y había aprendido esa lección; una enseñanza que lo había atraído hacia Iroha, porque al igual que su padre y su abuelo, el rey de Inglaterra era un rey guerrero.
Los hijos de Minato fueron los primeros en blandir las espadas. Naruto sintió que lo herían en la parte baja del muslo, pero su malla le protegía la mayor parte del cuerpo, de modo que las embestidas que recibió en el primer ataque lo magullaron pero no le causaron daño.
Después del primer choque, el resto de los hombres entró en el combate, y Naruto arremetió a sus anchas contra sus adversarios. Su familia había aprendido a luchar bien. Cuando su hermano Chojuro se vio acorralado entre dos hombres armados con hachas, Naruto logró meter la espada y acabar con uno. Luego vio por encima del hombro cómo su padre cortaba el cuello a una fiera rabiosa que se disponía a abalanzarse sobre su caballo.
La batalla continuó durante varias horas, horrible y espantosa. El suelo estaba resbaladizo por la sangre derramada.
Se oyó un toque de retirada de Lars.
Naruto recordó la promesa hecha a Hinata de proteger a Kiba y profirió una maldición; hacía mucho rato que no veía al muchacho.
—¡Cayeron algunos de tus ingleses en la refriega detrás de los árboles! — informó Menma.
Naruto le respondió con un gesto de la cabeza y lanzó al galope al caballo negro hacia el bosquecillo, donde encontró a Kiba y otros todavía enzarzados en combate. Kiba estaba cargando sobre al menos cuatro hombres que trataban de escapar.
Espoleó el caballo y se situó tras él empuñando la espada. Enseguida acabó con uno y después con otro. Kiba perforó el corazón a un tercero, y el último enemigo logró escapar por entre los árboles.
—¡Gracias, milord! —exclamó Kiba—. Me fastidia reconocer que necesitaba ayuda, pero, vamos, ¡sí que la necesitaba!
—Todos necesitamos ayuda de vez en cuando, amigo mío —dijo Naruto—. ¡Admitir eso hace a un hombre un gran guerrero!
Kiba se levantó la visera, sonrió y le saludó con la mano. Naruto giró su montura y se dirigió al montículo donde se hallaban su padre, hermanos y parientes.
Lars había puesto condiciones. Se inclinaría ante Hashirama de Ulster siempre y cuando se perdonara la vida a sus hombres, los heridos pudieran reunirse con sus mujeres y Hashirama le concediera un pequeño trozo de tierra en sus dominios.
Se envió un emisario con la respuesta. Menma le ordenaba que firmara su lealtad delante del mensajero, proclamando a Hashirama su señor.
Anocheció. Menma ordenó que se atendiera a los heridos y se recogiera y agrupara a los muertos para darles cristiana sepultura. Naruto agradeció a Dios que su padre, sus hermanos y familiares más cercanos hubieran sobrevivido a la batalla.
Cuando fue a ver los cuerpos de sus amigos y fieles seguidores muertos, se armó de valor para soportar la pena. Se le demudó el rostro al ver el cadáver que portaba Shikamaru. Lanzando una maldición corrió a recibir el cuerpo de su amigo.
Era Kiba.
Kiba, con la palidez de la muerte, guapo, joven, con un hilillo de sangre que le salía de la comisura de los labios. Naruto lo depositó suavemente en el suelo. Al retirar la mano de debajo del cuerpo del muchacho observó que la tenía ensangrentada.
—¡Pardiez! Lo vi ileso al final de la batalla. ¿Qué ocurrió? ¿Quién presenció lo sucedido? Juro que la recompensa será grande si alguien puede decírmelo.
Se adelantó uno de los ingleses apoyándose pesadamente sobre la espada porque tenía la pierna herida. Era Dosu Kinuta, un hombre quien muchas veces había visto en compañía de Kiba.
—Mi señor, te juro que yo también lo vi vivo y bien al final de la batalla. Pero los daneses continuaban apareciendo por entre los árboles, y Kiba los siguió. Señor, ignoro dónde encontró la muerte.
Abrumado por el dolor y la culpa, Naruto se sentó en el suelo, dominado por la rabia, observando a los hombres que lo rodeaban.
—Sería un guerrero —comentó alguien.
—Los hombres caen en la batalla —le recordó Shikamaru en voz baja.
Naruto se levantó y cargó de nuevo el cadáver para depositarlo junto a los demás. Los monjes ya se habían reunido alrededor de los caídos. Compungido, dejó el cuerpo de Kiba y entregó una moneda de oro a un monje menudo y curtido para que rezara plegarias por el muchacho.
El joven inglés se merecía regresar a su tierra, ser enterrado en el suelo de Wessex, pero Naruto no podía permitirse emprender un viaje tan largo en aquellos momentos. Kiba descansaría allí, al norte de Konoha.
Tras ocuparse de sus hombres y cumplir con sus deberes familiares con su padre y su tío Hashirama, se apresuró a subir a su retiro sobre el acantilado, donde se quedó contemplando el mar. Allí lo encontró Shikamaru, quien le entregó una daga. Naruto miró el arma ensangrentada y después a su compañero.
En la daga no había ningún grabado celta y tampoco parecía ser de fabricación danesa. Había visto dagas similares en la Inglaterra sajona.
—¿Qué es esto?
—No quise decirte nada delante de los demás —contestó Shikamaru—. Esta es el arma con que mataron a Kiba. Pensé que debías quedártela.
Naruto asintió e hizo girar la daga entre sus manos.
—Gracias.
Advirtiendo que Naruto deseaba estar solo, Shikamaru se marchó. Naruto se sentó al borde del acantilado, como había hecho Jiraiya la noche anterior. La batalla había terminado. Era hora de regresar a casa.
Pero de pronto le daba miedo volver. Jiraiya le había prevenido. ¿Cuál era el peligro? Habían librado una batalla terrible. Kiba había luchado con valentía y había caído. No era lógico. Presintió que algo se escondía tras la muerte de Kiba.
Se volvió al oír pasos a su espalda. Respiró aliviado al ver a su padre allí, bajo la luz de la luna. Minato se sentó junto a él y durante un buen rato los dos contemplaron el mar.
—Los hombres perecen en la batalla —dijo por fin Minato—. Él decidió luchar en esta batalla. No es culpa tuya.
Naruto sonrió con tristeza mirando a su padre.
—Yo prometí protegerlo, padre. Yo, en mi arrogancia, supuse que podía protegerlo de la muerte. Y no lo hice.
—Ningún hombre puede evitar la muerte de otro, Naruto. Era la hora del muchacho, y nada puede cambiar eso.
Naruto asintió.
—Es la forma en que murió…
—Si albergas dudas sobre cómo murió, debes descubrir la verdad —aconsejó su padre.
—Es inglesa, ¿verdad? —preguntó Naruto, enseñándole la daga. Minato la examinó detenidamente.
—No es irlandesa ni de ningún diseño vikingo que yo haya visto. De todas formas los vikingos obtienen sus armas de muchos países, se apoderan de las de los enemigos muertos. Has de asegurarte de que tus sospechas no son infundadas. Y debes vigilar tu espalda.
—Sí, padre, lo haré —lo tranquilizó Naruto.
Minato le dio una palmada en la espalda y lo dejó solo para que encontrara su paz con el viento de la noche. Ambos eran muy parecidos, y Minato sabía que su hijo necesitaba el refugio de la noche para serenar su alma.
Era un frío día de diciembre. Hinata, sentada en la sala de las mujeres con Sakura, Ino y Kushina, escuchaba nerviosa el último mensaje del rey de Uzushiogakure sobre su victoria final. En ese instante la sacudió la primera contracción. Se puso en pie de un salto, lanzando un grito de dolor.
—¡Es el bebé! —exclamó Sakura.
El mensajero se quedó callado, Kushina sonrió y se inclinó tranquilamente sobre su bordado.
—Por favor, continúa con el mensaje —dijo al emisario—. Hinata, me parece que tendremos que esperar bastante tiempo hasta que llegue tu bebé. Oigamos primero la dulce música de esta victoria y después nos retiraremos a tu habitación y esperaremos a este nuevo nieto mío.
Mirando a su madre, Sakura frunció el entrecejo. Hinata sintió que el dolor menguaba y volvió a sentarse. El hombre se aclaró la garganta y prosiguió. Cuando hubo terminado, Kushina preguntó con calma:
—¿Mi marido no dice nada de mis hijos?
—Solo la frase «todos están bien», milady.
—Entonces todos regresarán —dijo dulcemente Kushina. Dejó la labor y, dirigiéndose a Hinata, agregó—: Naruto volverá, Hinata, y quedará extasiado al ver a su hijo.
Hinata bajó la vista. ¿De verdad quedaría extasiado? Ella había supuesto que el bebé tardaría un poco más. Cerró los ojos, calculando si habrían transcurrido nueve meses completos desde la noche de bodas.
Entonces Naruto había parecido muy seguro de que le había quitado la virginidad, pero ¿seguiría creyéndolo? ¿Dudaría de su paternidad?
Apretó los ojos, recordando las pocas semanas que habían pasado juntos. Una ocasión tan triste como los funerales del gran Ard-Ri había representado sin embargo para ellos la primera oportunidad de saborear la paz; momentos en que se habían encontrado sin rabia, sin sospechas.
Y si bien no se habían murmurado palabras de amor, tampoco habían intercambiado palabras de odio e ira. Y Naruto le había acariciado los senos con una nueva ternura, había apoyado suavemente la cabeza sobre la creciente hinchazón del vientre.
«Dios mío —pensó—, no permitas que esto se destruya ahora. Por favor, hazle saber que este es su hijo, haz que ame a este bebé, haz que me ame a mí.»
Jamás la amaría; eso le había dicho.
Una segunda contracción la traspasó, y se quejó dirigiendo una mirada de reproche a Kushina.
—Querida Hinata —dijo su suegra sonriendo—, debes recordar que he pasado por eso once veces, y te aseguro que tendremos que esperar bastante tiempo aún.
En efecto, así fue. Kushina llevó a Hinata a su habitación, y Sakura e Ino se turnaron para acompañarla. Grenda se presentó con sábanas limpias para cambiarlas cuando rompiera aguas y lo empapara todo. Las horas transcurrían, y el dolor se intensificaba.
Al anochecer estaba ya frenética y con intensos dolores; las contracciones se sucedían a intervalos de un minuto. Trató de reprimir el llanto, reemplazándolo por maldiciones. Despotricó contra Naruto y juró que despreciaba a todos los vikingos y deseaba que todos ellos fueran tragados por el mar. Entonces apareció un brillo en los ojos de Kushina y balbuceó una disculpa.
—Querida mía —dijo su suegra sonriendo—, no me pidas disculpas a mí. Créeme una vez más; once veces maldije a todos los vikingos, deseando que se los tragara el mar.
La tranquilizó con estas palabras, le refrescó la frente con un paño húmedo y permaneció a su lado, reconfortándola cuando no podía evitar un chillido.
Llegó la aurora. Cuando Hinata creía que ya no sería capaz de resistir más, que iba a morir de sufrimiento, agotamiento y dolor, Kushina lanzó un grito de alegría.
—¡Asoma la cabeza! ¡Hinata, ya está! Un poquito más de esfuerzo. Empuja ahora.
Lo intentó, pero el esfuerzo era demasiado grande y la atenazó el dolor.
—¡No puedo! ¡No puedo! ¡Ay, no puedo!
—¡Sí puedes! —la animó Sakura—. Si fuiste capaz de herir a mi hermano con una flecha, ciertamente puedes dar a luz a su hijo.
—¡Venga, ahora, empuja! —insistió Kushina.
—Imagina que debes empujar a Naruto dentro de un fiordo helado.
—¡Sakura! —reprendió Kushina.
—¡Solo trato de ayudarla, madre! Venga, Hinata. ¡Ah, ya está! Empuja más fuerte.
Así lo hizo, y el bebé salió rápidamente. El alivio fue tremendo y maravilloso. Cayó hacia atrás, demasiado agotada para preguntar por el sexo del bebé. En cualquier caso no fue necesario.
—¡Un niño! Ah, qué feliz se sentirá ese arrogante hermano mío —dijo Sakura con cariño—. Oh, Hinata, ¡un varón!
Un varón. Jiraiya le había anunciado que sería un niño cuando ella ni siquiera creía que pudiera estar embarazada. Un hijo. Naruto tendría un hijo.
«Todos los hombres se alegran de tener un hijo varón. A menos que sospechen que el hijo no es suyo…», pensó Hinata.
—¡Mira, Hinata! ¡Qué hermoso es!
Hermoso, envuelto en una sábana de hilo, gimoteaba, todavía mojado y arrugado. Lo cogió y abrazó sonriendo, y de pronto la embargó una intensa emoción. Se estremeció y tembló de amor y temor reverencial.
—Hinata, tienes que empujar de nuevo —dijo Kushina—. Ahora debes expulsar las secundinas. Sakura, coge de nuevo al bebé. Podrás entregárselo a su madre dentro de un momento.
Hinata obedeció a su suegra sin pensar en el dolor. Tan deseosa estaba de coger en brazos a su bebé que se cambió el camisón, se movió para que le cambiaran las sábanas y después, feliz, tendió los brazos para recibir a su hijo.
Kushina le aconsejó que lo dejara mamar un ratito. Así lo hizo y, cuando los pequeños labios le tiraron del pecho con increíble fuerza, se sintió perdida para siempre. Amaba a su bebé.
Lo amaba tanto como había llegado a amar a su padre, aunque lo negara. Pero podía querer al bebé sin temor, mientras que a Naruto…
Su esposo le ofrecía su pasión, su protección, las llamas de su deseo en la profunda oscuridad de la noche, pero la mantenía lejos de sus pensamientos, sus secretos, su corazón.
«Dios, por favor, haz que ame a este hijo», pensó, y luego se quedó dormida, agotada.
El viaje a casa le pareció interminable, pero finalmente vieron alzarse ante ellos las elevadas murallas de Uzushiogakure. Sonaron los cuernos para anunciar su regreso, y muy pronto los guerreros entraron en el patio. Su número había disminuido, porque Hashirama se había quedado en Tara con sus hijos y sus hombres, y varios de los llamados a fila habían retornado a sus hogares.
De todos modos el tumulto en el patio era enorme. Naruto vio a su madre salir a las gradas para recibir a su esposo. Parecía una niña, hermosa, lozana y joven, esperando a su señor, como había hecho tantas veces.
Cuando Kushina se arrojó a los brazos de su dorado marido y este la alzó del suelo, Naruto observó que ella sostenía con todo cuidado un pequeño bultito en los brazos.
Dejó el caballo negro con las riendas colgando para que lo cogiera un mozo de cuadras y se encaminó hacia sus padres. Se detuvo al llegar junto a Kushina, quien se giró con los ojos muy abiertos.
—¡Naruto! —saludó sonriendo, rodeándolo con el brazo libre y besándolo en la mejilla.
—Madre, madre, ¿este es…?
—¡Sí, Naruto, este es! —Riendo, Kushina acunó al bebé y levantó un trocito de sábana para dejar al descubierto la carita del pequeño—. Tiene diez días, y lo hemos bautizado Boruto, ya que no sabíamos cuándo regresarías. Hinata no se atrevía a ponerle nombre sin tu consentimiento. Era una promesa de su padre, y yo…
—¡Boruto! Es niño.
—Naruto, tómalo. —Kushina rió.
—Jiraiya —murmuró al coger al bebé—. Ese viejo druida predijo que sería un niño.
Le temblaron los brazos contemplando al pequeño. Se encaminó a toda prisa hacia la entrada de la casa. Se había difundido la noticia entre los hombres recién llegados, quienes le dedicaron una gran ovación.
Naruto se volvió y levantó la mano sonriente, dando las gracias a sus hombres. Miró a su hijo. Tenía unos enormes ojos azules y el cabello de color casi platino, muy abundante. Diez días. Su hijo lo miraba al parecer con igual curiosidad. Su hijo. Se detuvo y miró hacia atrás, a Kushina.
—Madre, Hinata…
—Está muy bien. Ahora duerme. No quise despertarla al oír los cuernos porque estaba profundamente dormida y se cansa con facilidad. Solo hace diez días, ¿sabes?, y el bebé no duerme toda la noche.
Él sonrió y asintió. Kushina se acercó y orgullosamente acarició la mejilla al pequeño y después instó a su hijo a entrar en la casa.
—De verdad, se encuentra bien. —Mientras la mujer hablaba, el bebé miró a Naruto, movió los puños y lanzó un fuerte berrido. Kushina echó a reír—. No solo se parece a ti, sino que además chilla como tú. Llévalo a su madre. Tiene hambre.
—¿Sí? Bueno, me alegra de que no sea porque no le gusta mi cara.
Tras besar a su madre en la mejilla, entró en la casa y subió por la escalera. Abrió la puerta de su habitación en el momento en que Hinata se incorporaba. Estaba vestida de blanco. Miró a su esposo con los ojos entornados, dulcemente sensuales e inocentes a la vez.
—¡Naruto! —susurró, sorprendida.
Este se acercó a ella, dejó al bebé a su lado y le besó la mano antes de beber ávidamente de sus labios. Hinata lo miró con los ojos muy abiertos y luminosos, y una sonrisa triste y tímida asomó a sus labios.
—¿Te gusta? —preguntó nerviosa.
—¿Que si me gusta? ¡Lo adoro! Gracias de todo corazón.
Ella bajó las pestañas para retener las lágrimas. Naruto le alzó la barbilla, mirándola atentamente, interrogante.
—¿Qué te ocurre? ¿Qué esperabas?
La mujer palideció y trató de volver la cabeza hacia otro lado, pero él se lo impidió.
—Hinata, quiero saber qué te sucede.
—Tenía miedo —balbuceó ella.
—¿De qué? ¿De mí?
Ella bajó la vista a pesar de la exigencia de que lo mirara. Entonces él sonrió y contó los días; probablemente habían transcurrido nueve meses exactos desde la noche de bodas, y ciertamente había habido tensión al respecto.
Hundiendo los dedos en los cabellos de la joven, le volvió la cara hacia él y se apoderó de sus labios con tanta pasión que ella, sorprendida, abrió los ojos para mirarlo.
—Mi querida esposa, siempre he sabido que esa noche me acosté con una doncella. ¿Qué te hizo tomarme por tonto a estas alturas?
Ella se ruborizó y se apartó un poco para observar al bebé y sintió que se le encendía el genio.
—Bueno, ni siquiera advertiste que el bebé estaba creciendo tan bien dentro de mí.
Naruto se encogió de hombros, y en sus labios apareció una sonrisa que la conmovió e hizo latir su corazón con excitación.
—Debo decirte, cariño, que yo estaba muy versado en relaciones sexuales, pero desconocía por completo el tema de ser padre. Hinata, hemos tenido un hijo, y es precioso.
—¡Ejem! —exclamó una voz desde la puerta—. ¡«Hemos» hecho un hijo! Deberías haber estado aquí durante el parto. Y según Hinata en esos momentos, bien podría haberte tragado el mar por la parte que tuviste en ello.
Naruto se volvió y vio a su hermana Sakura en la puerta, sonriendo. Se levantó y la estrechó cuando ella se arrojó a sus brazos y lo besó.
—Oh, Naruto —dijo Sakura con lágrimas en los ojos—, no sabes cuánto agradezco y me alegro de que todos estéis en casa, vivos y bien.
—Yo doy gracias por estar aquí —dijo él, abrazándola. Después miró a su esposa—. ¿De manera que debería haberme tragado el mar?
Hinata se ruborizó, y Sakura echó a reír.
—Volveré a buscar a Boruto, Hinata. Ahora os dejo para que podáis pasar unos momentos solos.
Sakura se marchó, y la pareja permaneció en silencio un momento. De pronto Boruto comenzó a berrear. Sonrojándose, Hinata explicó que el pequeño tenía hambre.
Se acomodó el camisón y puso la ansiosa boquita del bebé en su pecho. El niño empezó a chupar con avidez, dejando escapar ruiditos de satisfacción. Naruto rió.
Vestido con las ropas sucias por el viaje y las armas, se tendió en la cama junto a su esposa y sintió una agradable languidez.
«De modo que esto es —pensó—. Esto es paz y felicidad. Al fin puedo disfrutar de ellas, un sabor al que hay que aspirar.» Lo invadieron cálidos sentimientos; el deseo de protegerlos contra toda adversidad, abrazar a su hijo, abrazar a su mujer con pasión y ternura. Jamás en su vida había presenciado una escena más hermosa que aquella de su esposa amamantando a su hijo.
Acarició la mejilla de Hinata.
—¿De verdad deseaste que me tragara el mar? Podrías haber rezado para que me partiera la cabeza un hacha de guerra.
Ella no apartó la vista de su hijo.
—No lo comprendes, Naruto; no sé muy bien qué dije en esos momentos.
—¿Fue muy doloroso? —preguntó, tenso.
—¡Fue espantoso! —exclamó ella e inmediatamente sonrió y lo miró a los ojos por fin—. ¡Pero vale la pena! ¡Oh, Naruto, vale… todo! ¡Todo!
El príncipe acarició el pelo color platino de su hijo.
—Amas al nieto de un vikingo de la Casa Real de Rasengan —le recordó.
Ella continuó mirándolo a los ojos, y sus labios esbozaron una sonrisa. Naruto sintió que se le calentaba la sangre y se convenció de que debía reprimir el deseo, pues había transcurrido muy poco tiempo desde el parto.
—Me agrada mucho tu padre —dijo ella.
—¿Sí?
—De verdad.
Él sonrió, le cogió la mano y se la besó. Se miraron durante un largo rato.
—¡Oh! —exclamó de pronto Hinata, inquieta—. Tómalo, Naruto, ya se ha dormido y tiene que eructar.
Cogió al bebé y apoyó con toda tranquilidad su cabecita sobre el hombro. La mujer se arregló la ropa y se acomodó en la cama, estremecida de placer por el regreso de su marido y por su alegría por su hijo.
—Lo haces muy bien —comentó.
Y de hecho lo hacía bien. El espléndido guerrero e impresionante espadachín de cabeza dorada y capa real carmesí parecía sentirse cómodo con el bebé en el hombro.
—He sido tío muchas veces —dijo él sonriendo.
Entonces el niño eructó, y Hinata echó a reír cuando Naruto acusó a su hijo de insurrecto por escupir en el atuendo formal de su padre.
—Naruto, he tenido miedo tantas veces —confesó ella, mirándolo.
—¿Miedo?
—De que no regresaras. —Bajó la vista y comenzó a arreglarse las mantas. No debía manifestar sus sentimientos; no se atrevía—. Verás, has vuelto, tu padre y tus hermanos están bien, tu madre se siente tan feliz, y yo estoy muy contenta… —acabó con un hilo de voz.
De pronto Naruto se había quedado inmóvil.
—¿Naruto…?
—Boruto se ha dormido. Pediré a Sakura que se ocupe de él un rato.
Se dirigió a la puerta y la abrió. Su hermana estaba en el pasillo conversando animadamente con Chojuro, quien miró a Naruto y por su semblante dedujo que había llegado el momento de comunicar a Hinata que su compatriota había muerto.
—Coge a tu sobrino —dijo a Sakura.
Naruto lo miró y asintió con un breve gesto. Sakura frunció el entrecejo, pero se apresuró a tomar al pequeño. El príncipe volvió a entrar en la habitación y cerró la puerta. Hinata estaba sentada, mirándolo con honda preocupación.
—Naruto, ¿qué ocurre?
No valía la pena andarse con rodeos; pues eso no aliviaría el sentimiento de culpa de Naruto ni el dolor de ella.
—Mataron a Kiba. —Observó sus facciones mientras ella asimilaba las palabras, observó la tristeza y las lágrimas que asomaron a sus ojos—. Juré protegerlo —añadió con voz ronca—, pero fallé. Lo enterraron y dispuse que le rezaran oraciones especiales. No pude traerlo, pues las circunstancias no lo permitían. Lo… lo lamento.
Deseó acariciarla pero sabía que ella no querría. Había amado a Kiba. Había sido un amor juvenil, inocente, con pasión, alegría y risas. Sin duda no desearía que la consolara el hombre que había destruido ese amor.
—Lo lamento —repitió. Luego, sintiéndose torpe, agregó—Te dejaré sola. Si me necesitas, envía a buscarme.
Salió de la habitación y cerró la puerta. Desde el pasillo oyó los suaves sollozos de su esposa. Con un gesto de dolor se apresuró a bajar.
No lo necesitaba, al menos eso parecía. Transcurrieron las largas horas del día y Hinata no lo había mandado llamar. Naruto cenó con su familia y después buscó solaz junto al hogar con un cuerno de cerveza.
Nadie se acercó a perturbar su soledad. Cuando ya era bastante tarde apareció su padre y se sentó junto a él. Ambos contemplaron el fuego.
—Deberías subir a verla —aconsejó Minato.
—Ella no desea verme.
Minato se inclinó sin dejar de observar las llamas.
—Una vez —dijo—, al volver de una batalla tuve que comunicar a tu madre que un amigo muy querido, el rey irlandés con quien podría haberse casado, y su hermano, habían muerto en la batalla ese mismo día. Después de decírselo me alejé y me mantuve apartado de ella. La dejé sola para que llorara.
—Entonces ¿qué quieres que haga yo? —preguntó Naruto.
—Cometí un error —admitió Minato—. No quiero que tú cometas el mismo error. Ve a tu esposa, abrázala, bríndale todo el consuelo que puedas.
—¿Y qué hago si ella se niega a verme? —inquirió Naruto con amargura.
—No lo hará —contestó una dulce voz. Kushina salió de las sombras y se colocó detrás de su marido, sonriendo a su hijo—. Sé que desea verte. Te necesita, como yo necesitaba a tu padre. Sube a la habitación, Naruto.
Naruto se levantó y, tras mirar a sus padres, se alejó del hogar y subió por las escaleras. Recorrió el pasillo y se detuvo ante la puerta de su habitación antes de abrirla. Hinata estaba en la cama, todavía con los ojos empañados por las lágrimas.
Se acercó a ella, la levantó en brazos y la llevó hasta el hogar, donde la estrechó tiernamente. Hinata le rodeó el cuello con los brazos, sollozando suavemente con la cabeza apoyada contra su pecho.
Naruto le levantó la barbilla y le besó suavemente el rostro húmedo de lágrimas. Le alisó el pelo hacia atrás y murmuró:
—Permíteme que te abrace, mi amor.
La mujer lo estrechó, estremecida, y su esposo le preguntó qué le ocurría.
—Tengo miedo de que me abandones, de que me apartes de ti —susurró ella. Él la miró en silencio largo rato y después contestó:
—Jamás, mi amor.
Hinata volvió a reclinar la cabeza contra su pecho y suspiró. Entonces comenzaron a cerrársele los ojos.
Y ambos durmieron, ella en sus brazos, hasta las primeras horas del amanecer, cuando les despertó la aparición de Sakura con su preciosísimo, y sonoro, hijo.
Pronto empezaría otro día. Habían capeado la tormenta, pensó Naruto. En realidad, tal vez habían comenzado de nuevo.
Berkana
Berkana es símbolo de maternidad, alumbramiento, entorno familiar, cuidado en el ámbito del hogar y el comienzo de una fuerte amistad o de una íntima relación.
