LA ROSA DEL VIKINGO
17 Algiz
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Llegó la Navidad y la celebraron con fervor cristiano. Naruto regaló a Hinata un precioso broche de diseño celta, con filigrana de oro y piedras preciosas elegantemente engastadas.
Ella le obsequió una fina daga que había comprado a uno de los vendedores ambulantes que llevaban tesoros vikingos de las tierras bálticas y una hermosa túnica cosida con hilo de oro que ella misma había confeccionado durante los largos meses en que él estuviera ausente.
Fue una fiesta feliz para Hinata. Había llegado a amar muchísimo Uzushiogakure y a la familia de Naruto; le resultaba difícil recordar que había detestado la idea de viajar hasta allí.
Sin embargo, dos hechos la perturbaban: en primer lugar, la muerte de Kiba en la tierra extranjera a que había ido, aunque de forma indirecta, por causa de ella; en segundo lugar, las largas y vacías horas que pasaba sola y dedicaba a pensar en la muerte de Kiba, porque después de la noche en que Naruto le ofreciera consuelo, este había decidido mudarse a la habitación de enfrente asegurando que temía molestarles a ella y al bebé.
Su hijo continuaba siendo su absoluta delicia, y cuando se dejaba arrastrar por la pena que le producía la pérdida de Kiba, Boruto dejaba de mamar y la miraba a los ojos, sabio e interrogante, y entonces Hinata sonreía y se tranquilizaba.
Por fortuna, disfrutaba con la compañía de Sakura, de edad tan próxima a la suya, tan buena amiga. Y Minato, rey de Uzushiogakure, que a veces hablaba con voz de trueno, pero con más frecuencia con tono afable, y era categórica e indiscutiblemente el amo de su casa.
Conversaba con Kushina, que siempre tenía una sonrisa en los labios, hermosa como cualquier jovencita, un torbellino de energía y amable sabiduría. De hecho a Hinata le agradaban todas las personas de la casa, todos los hermanos, hermanas, sobrinos y sobrinas de Naruto.
Era una casa llena de risas, y también de penas, como aquella noche en que Ashina Uzumaki había partido hacia su reposo celestial. Todos estaban muy unidos en las penas y alegrías, y tal vez ahí residía el encanto de aquel hogar.
Cuando los vientos de enero comenzaron a azotar y erosionar las grandes murallas de piedra de la ciudad, Naruto empezó a salir a cabalgar a diario. Sus barcos fueron reparados y aprovisionados para el viaje hacia el este, hacia su hogar. Al parecer él estaba más entusiasmado que ella por marcharse.
Se fijó el día de la partida para finales de mes. Hinata visitó a su marido en la habitación decorada con austeridad que ocupaba para protestar por el viaje.
—Quieres llevar a tu hijo por el mar frío y agitado por el viento. Naruto, debemos esperar…
—No puedo —repuso él, impaciente.
Sentado ante el hogar, afilaba su espada con una piedra. Llamaba Venganza a su espada, pensó ella. Incluso la muerte que blandía tenía un nombre. Naruto levantó la vista hacia ella, sus ojos de un azul glacial, distantes.
En realidad nada había cambiado. Él era el amo de su destino y ella continuaba siendo una posesión, aun cuando él amara a su hijo.
—¡No puedo esperar! Prometí mi ayuda a Iroha de Wessex. Lo abandoné para luchar por mis parientes, y eso Iroha lo entiende. Planea atacar a Orochimaru en primavera y debo estar con él.
—Naruto…
—Mi señora, se trata de mi honor.
—¿Tan honorable es la muerte, pues? —preguntó con lágrimas en los ojos.
—Pues sí, milady; es el único modo en que un hombre puede entrar en las antesalas del Valhalla.
Hinata salió de la habitación. Los días transcurrían, y hablaban muy poco. La joven observaba el cielo gris y severo. Llegó el día fijado, y sintió alivio al ver que el viento se había calmado un poco, aunque el mar estaba revuelto y espumoso.
Buscó a su suegro y le rogó que intentara disuadir a Naruto, pero Minato sonrió afablemente y no le ofreció ninguna ayuda.
—Debe regresar. Ha jurado apoyar a Iroha. Ha conquistado la tierra, te ha tomado por esposa y tiene un hermoso hijo. Debe regresar.
—Pero…
—Hinata, tranquilízate, verás como todo sale bien. Jiraiya ha pronosticado una buena travesía y él jamás se equivoca en estas cosas. En realidad, he de admitir que lo echaré mucho de menos.
—¿Jiraiya nos acompañará?
Minato asintió, la rodeó con sus brazos y le besó la frente.
—Ya es la hora. Naruto hace lo que debe. Si alguna vez deseas volver, si alguna vez nos necesitas, no dudes en venir. El mar no es una distancia tan grande entre nosotros.
No había nada que hacer. Se marchaban. Por fortuna Jiraiya había dicho que estarían a salvo. Sin embargo, si estaba tan seguro de que nada malo ocurriría, ¿por qué los acompañaba cuando su corazón estaba en Irlanda?
Todos acudieron a despedirlos a la orilla del río. Hinata se aferró fuertemente a Kushina, quien le aseguró que los esperaban tiempos mejores y que volverían a verse. Hinata le agradeció la hospitalidad y de nuevo le expresó sus condolencias por la pérdida de su padre. La reina sonrió.
—Yo creo que mi padre se limitó a esperar su hora desde que falleció mi madre, hace unos años —afirmó—. Ahora están juntos otra vez y nos protegerán a todos. Cuida de mi hijo y mi nieto, te lo ruego.
Ella no podía cuidar de Naruto, nadie podía. Besó a su suegra en la mejilla y esta le arregló el cuello de piel de la capa mientras Ino se despedía de ella y le entregaba al bien envuelto Boruto.
Entonces Hinata se enteró de que Sakura había decidido acompañarlos, lo que la alegró muchísimo.
Hinata ya había subido a bordo del velero de su marido cuando vio a Jiraiya despedirse de Kushina. La abrazó estrechamente, como a una hija, le susurró algo al oído y volvió a abrazarla.
Después él también embarcó. Pocos momentos después, ya había pasado por entre las filas de remeros y se sentó junto a ella en la popa del barco. Hinata observó que Sakura había subido al barco de Kakashi.
Se oyeron gritos y órdenes, y esa mañana gris contempló cómo desaparecía lentamente en la distancia la magnífica ciudad amurallada de Uzushiogakure. Se volvió hacia Jiraiya, que estaba mirándola.
—Todo saldrá bien —aseguró el anciano.
Ella asintió y le apretó la mano. Pensó en sus incontables años y se preguntó de nuevo por qué habría decidido emprender el viaje. El mar estaba muy agitado, y el vaivén del barco los lanzaba a uno y otro lado. El viento azotaba la cara y los cabellos de Hinata, que tiritaba de frío.
Horas más tarde, Naruto abandonó por fin su puesto en el navío dragón y se acercó a ella.
—¿Lo estás pasando mejor esta vez? —inquirió Naruto.
Hinata pensó que solo se lo preguntaba por educación, pues el tono le pareció distante.
—Lo llevo muy bien, milord. Soy excelente marinera, siempre que no esté embarazada.
—Ah, bueno, si se te hubiera ocurrido decirme que estabas embarazada, milady, yo habría estado mejor informado y habría procurado hacer un viaje más cómodo.
Se volvió para reanudar su vigilancia en la proa. Ella miró a Jiraiya y observó que este sonreía. También se percató de que sus ojos mostraban una expresión seria, lo que la preocupó.
—¿Te sientes mal? —preguntó.
—Algo triste, nada más.
—¿Por qué?
—No volveré a ver Irlanda —respondió él en voz baja.
—¡No debes decir eso! —exclamó ella, sintiendo un escalofrío—. Por favor, no debes…
—¿Decir la verdad? Soy muy viejo, Hinata, muy viejo.
—¡Yo te necesito!
—Y estaré contigo mientras me necesites —aseguró él. Después cambió de tema—. Tiene mal temperamento a veces, ya lo sabes.
—¿Naruto? —El anciano asintió—. ¿Qué lo pone tan tenso, me pregunto, merodeando por su barco como un enorme lobo enjaulado? Lo que ocurre es que es un vikingo arrogante —se respondió enseguida.
—Un lobo merodeando. Los lobos se aparean de por vida, ¿sabes? Y si uno pierde a su pareja, merodea por los bosques aullando su dolor y su furia.
—Ah, pero ¿ama el lobo a su pareja?
La sonrisa de Jiraiya se acentuó, y sus ancianos ojos parecieron brillar.
—Una vez vi a este lobo enamorado, hace mucho tiempo, en una costa muy lejana. A ella la mataron y lo vi sufrir y merodear… hasta que apareciste tú. Sin embargo, entonces… fue distinto. Era otra época, otra vida. Dudo de que él comprendiera todo su significado hasta ahora. Tienes al lobo en tus manos, Hinata. Solo te hace falta darte cuenta.
—Irá a la guerra otra vez —murmuró ella—. Siempre irá a la guerra.
—La tempestad precede a la calma. Esta será la última gran batalla de Iroha; él triunfará y pasará a la historia como el único rey a quien los ingleses llamarán «el Grande».
—Pero ¿sobrevivirá a la tempestad? —preguntó Hinata.
El druida tardó en responder. El viento le agitó el cabello. Boruto, que había estado gimoteando, se quedó callado, y dio la impresión de que hasta los gritos de los hombres y el ruido de las velas se acallaron y apaciguaron.
—Tú debes sobrevivir —fue lo único que contestó.
Dicho esto, Jiraiya se levantó y se encaminó hacia la proa. Hinata apretó a Boruto contra su corazón y trató de aplacar los estremecimientos que se produjeron en su interior.
Realizaron la travesía sin ningún problema. Al anochecer pisaron el suelo de Wessex. Suzume había salido a recibirla. Ya le habían preparado un baño caliente en la habitación, y una jarra de aguamiel con canela la esperaba junto al hogar.
Esa noche, después de asearse y amamantar a Boruto, a quien acostaron en el pequeño dormitorio adyacente, Hinata se metió en la cama y se quedó dormida, demasiado agotada para sentirse dolida cuando Naruto no se acostó con ella, demasiado agotada para hacer algo más que confiar en que hubieran atendido bien a Sakura.
Transcurrieron los días. Algo nerviosa, Hinata se preguntaba qué opinaría Sakura de su casa, después del esplendor de Uzushiogakure. La muchacha estaba encantada, y Hinata se sintió aliviada y agradecida.
Se organizaban los preparativos para el combate. En el patio los hombres practicaban con sus armas. Los herreros estaban muy atareados forjando armas de acero. Por la noche los guerreros afilaban sus espadas. Habían llegado mensajes. Al comienzo de la primavera Naruto se reuniría con Iroha y atacarían a los daneses dirigidos por Orochimaru.
Dentro de la casa se libraba una guerra fría, pensó Hinata. No lograba comprender por qué Naruto llevaba tanto tiempo alejado de ella. Boruto crecía, y muy bien, y Naruto se mostraba cariñoso con el bebé y se sentía a gusto con él.
Sin embargo, continuaba durmiendo en otra habitación. La rabia se apoderaba de ella, y aquella violenta situación contribuía a atizar las llamas. Si su esposo la deseara, la estrecharía en sus brazos y la poseería.
Ella tenía demasiado orgullo para solicitar su presencia. En Uzushiogakure, la había abrazado y le había prometido que jamás la abandonaría. Y desde entonces no la había tocado.
Febrero dio paso a marzo. Se acercaba el día en que Naruto partiría, y le parecía que no podría soportarlo. Jiraiya estaba nervioso y no decía nada, de modo que Hinata tenía mucho miedo.
Decidida a hablar con Naruto antes de que se marchara, se dirigió a su habitación. Golpeó la puerta, y como estaba entreabierta se abrió sola. Naruto estaba sumergido en un baño caliente, y no había ningún muchacho asistiéndolo, sino la doncella de ojos de cervatilla, Mirai.
Él no había oído el golpe en la puerta y no la vio porque tenía un paño caliente en la cara. Hinata alzó orgullosamente la cabeza y entró. Los ojos de Mirai se agrandaron al verla. Hinata le sonrió con mucha dulzura y le indicó con un gesto que se retirara para cerrar la puerta en cuanto salió la doncella.
— Mirai, lávame la espalda, ¿eh? —pidió él. Hinata emitió un sonido ahogado de asentimiento, se acercó a él y le quitó el paño de la cara. Él se inclinó, y la mujer le frotó diestramente la espalda, mordiéndose los labios para no golpearlo. Las siguientes palabras la sobresaltaron—: Ahora que me has lavado la espalda, muchacha, ocúpate de la parte delantera.
El tono ronco de su voz no dejaba dudas acerca del sentido de sus palabras.
—¡Ah, mi señor, me encantaría cuidar de tu delantera… permanentemente! —exclamó.
Antes de que él pudiera contestar, ya había chapoteado en el agua empapándole la cara. Concluida su tarea, dio media vuelta y salió como una exhalación con los ojos llenos de lágrimas, presa de la furia.
—Hinata —llamó él con tono imperativo.
Ella no le hizo caso y continuó corriendo. Bajó por las escaleras, pasó junto a Kakashi, Shikamaru y los demás hombres que se hallaban en la sala, pasó junto a Suzume y Sakura, que estaban sentadas bordando un tapiz.
—¡Hinata! —repitió Naruto.
Ella cogió su gruesa capa en la puerta y se dirigió corriendo a los establos. Puso riendas a una yegua, saltó a su lomo desnudo y cruzó galopando las puertas.
No sabía adónde iba. Tras cabalgar durante lo que le pareció un tiempo interminable, decidió dar un descanso a la yegua. Cuando por fin había aminorado el paso, se dio cuenta de que estaba nevando y que la noche era muy fría. Todo alrededor era oscuridad, y Hinata, que conocía su tierra como la palma de la mano, se había extraviado. Pero no le importó.
—¡Maldita sea! —exclamó.
Y entonces comenzaron a rodarle lágrimas por las mejillas. Continuó, y la yegua la tomó por sorpresa al relinchar y encabritarse. Demasiado tarde apretó los muslos y fue deslizándose por el lomo de su montura hasta caer de espaldas al suelo, atónita.
Entonces la traidora yegua se marchó sola, hacia la casa, hacia un establo con heno.
Se levantó y se limpió el polvo de su dolorido trasero; sintió una punzada en el corazón y se echó a temblar. ¡Boruto!
Ya estaría dormido, pero por la mañana despertaría hambriento y solo, lloraría. Suzume y Sakura lo atenderían, claro, no permitirían que sufriera. Había leche de cabra para que bebiera…
Quizá ella moriría allí. No; no moriría. Conocía el camino, solo debía comenzar a caminar.
Oyó ruido de cascos de caballo y a los pocos segundos vio salir a Naruto de la oscuridad, montado en el semental blanco. Enseguida se enjugó las lágrimas y trató de arreglarse el cabello y la ropa arrugada. Su esposo se detuvo delante de ella, mirándola. Hinata creyó apreciar un destello de diversión en sus ojos. ¿Cómo se atrevía?
Comenzó a caminar en la dirección desde donde él había venido.
—¡Hinata! —Continuó andando. Naruto no la detuvo, sino que la siguió lentamente con el caballo—. Pensé que podías necesitar ayuda.
—¿Qué te hizo pensar eso?
—La yegua que pasó corriendo junto a mí, para empezar.
—Ah, bueno, creí que me apetecería cabalgar, pero una vez aquí me di cuenta de que prefería caminar, de modo que la envié a casa. Te agradecería mucho que me dejaras sola.
—¿Ah, sí?
—Pues claro.
No lo había oído desmontar ni sus pasos en la nieve. De pronto Naruto se acercó por detrás y la estrechó entre sus brazos. Hinata se debatió, pero su marido no hizo caso de sus puños.
—¡Estás empapada! ¡Vas a enfermar! —la reprendió.
En segundos la había subido al caballo. La mujer continuó tratando de liberarse.
—¿Y qué te importa? Encuentras diversión donde quieres.
—A Boruto se le romperá el corazón.
—¡Suéltame, vikingo!
De pronto el cielo pareció caer sobre ellos. La oscuridad se pobló de millones y millones de copos de nieve. Naruto profirió una maldición y espoleó al caballo. Mientras avanzaban, Hinata lamentó su impetuosa huida de casa. El tiempo estaba empeorando. Jamás lograrían llegar. La nieve caía sin piedad sobre ellos.
Naruto no había tomado el camino hacia la casa. Un momento después ella se dio cuenta de que se dirigía a uno de los pequeños refugios para cazadores que había en el bosque, delante de los acantilados. Condujo al caballo bajo los aleros, desmontó y la cogió en brazos.
Tuvo que combatir contra el viento para llevarla hacia el interior de la casita y después para cerrar la puerta. Se apoyó contra ella para observar a Hinata con un brillo peligroso en sus azules ojos.
—Bien, mi amor, aquí nos encontramos en una noche en que podríamos estar cómodos y calentitos junto a nuestro hogar.
La mujer le dio la espalda y se sacudió un poco de agua de las faldas. Se quedó inmóvil y rígida al notar que su esposo se aproximaba, pero él pasó a su lado sin tocarla y al llegar al hogar central maldijo mientras reunía ramitas y leña.
Después sacó el pedernal y la piedra para frotar y logró encender el fuego. El calor la hipnotizó. No deseaba acercarse aunque estaba tiritando.
Naruto se incorporó y miró alrededor. En los rincones de la pequeña habitación había jergones de paja cubiertos con pieles, y a la izquierda del hogar una mesa grande, decorada con sencillez, sobre la que descansaban varios cuernos.
El hombre fue hacia la mesa y probó la bebida de un cuerno. Después volvió a posar la vista en Hinata y avanzó hacia ella, que de inmediato retrocedió. Él se detuvo y con un destello demoníaco en los ojos le tendió el cuerno.
—Aguamiel. Bebe. Tengo la intención de que regreses a casa viva.
—No…
—¡He dicho que bebas!
Hinata tomó un largo trago; estaba tibio y delicioso. Bebió otro trago y le devolvió el cuerno.
—Ya he obedecido tus órdenes, milord —dijo, sarcástica—. ¿Algo más?
—Sí. Quítate la ropa.
—¡No! —exclamó furiosa.
Él ya se había alejado. Dejó caer el cuerno sobre un jergón y cogió una piel que cubría otro.
—Veamos, ¿cómo puedo explicártelo? Milady, o te despojas de la ropa por voluntad propia o lo haré yo. En realidad, hace mucho tiempo que no lo hago. Me gustará muchísimo la tarea.
—¡Oh! —exclamó ella presa de la rabia—. ¡Maldito invasor! ¡Bastardo vikingo!
Sonriendo Naruto le cogió el brazo para atraerla hacia sí. Hinata forcejeó para zafarse, y él le arrebató la capa. Corrió hasta un rincón, pero él la siguió y la aprisionó.
La muchacha le golpeó el pecho hasta que él le agarró las muñecas y, levantándoselas por encima de la cabeza, la inmovilizó. Con la mano libre le desgarró la tela de lana azul de la túnica y la camisa interior de hilo. Ella trató de propinarle un puntapié.
—¡Me parece que era Mirai quien iba a «hacerte» la delantera, vikingo! — espetó con furia renovada.
Oyó su risa ronca, percibió su aliento en la mejilla, tibio y dulce con el aguamiel, y su cuerpo muy apretado contra el suyo.
—Hinata…
Se interrumpió porque ella consiguió alzar la rodilla y golpearlo al tiempo que le informaba: —Milord, ¡esto es lo único que tengo para tu delantera!
Un segundo después estaba tendida sobre el jergón, derrotada, desesperada. Luchó con manos y pies para conservar la poca ropa que le quedaba, pero Naruto se la arrancó con impresionante fuerza.
Temblando trató de rodearse con los brazos, y enseguida le cayó encima una piel que la cubrió y abrigó. Se incorporó sorprendida y observó que su marido se había despojado de la ropa empapada y se envolvía en una piel.
Después se volvió hacia ella, que intentó levantarse. Naruto la empujó hacia atrás y se tumbó sobre ella. Las lágrimas asomaron a los ojos de la joven. La piel solo cubría los hombros del vikingo, dejando al descubierto su torso, de músculos lisos, suaves y fascinantes; hacía tanto tiempo que no lo veía así…
Al sentir el miembro viril sobre su vientre la llenó de calor y deseo, hizo que corriera por su interior un líquido abrasador. Ahora que ella había llegado a necesitarlo con tanta desesperación, a desearlo durante todas sus horas de vigilia, a anhelar acariciarlo con ternura, ahora que lo amaba, él la traicionaba; deseaba a Mirai.
—¡No me toques! —murmuró, temiendo que las lágrimas rodaran por sus mejillas, que se quebrara su orgullo.
Naruto le cogió las muñecas y se inclinó sobre ella. Su pecho le rozó los senos. Hinata ansió sentir sus manos sobre ellos, sus caricias. El hombre acercó su boca a sus labios y allí se detuvo.
—¿Cómo vas a hacerme la delantera si no te toco? —le susurró con voz ronca.
—Maldito…
La silenció con un beso profundo, apasionado, dulce y tierno. La coacción se convirtió en seducción. Le robó la voluntad y el aliento con sus besos de miel y le dio abrigo en la tormenta. Naruto retiró la boca y volvió a rozarle los labios con los suyos. Esforzándose por reprimir el llanto, Hinata movió la cabeza y suplicó:
—Naruto, ¡no!
—Hinata, yo sabía que eras tú.
Lo miró con los ojos muy abiertos e incrédulos.
—¿Cómo ibas a…?
—Exhalas un aroma dulce, a rosas. Es del jabón que usas y siempre te acompaña esa fragancia. Conozco ese aroma tanto como el color de tu cabello, el matiz de tus ojos. Lo conozco porque me ha atormentado desde el día que nos vimos por primera vez. Se mete en mis sueños y me acosa cuando estoy lejos. Me cubre como la suavidad de tus cabellos cuando estamos juntos. Ninguna otra mujer posee esa fragancia.
—Ella estaba en tu habitación mientras te bañabas.
—Llevó las toallas. Mi amor, es una criada.
—Además has… —se interrumpió para tomar aire—. Has estado tan alejado de mí.
—No quería causaros daño ni a ti ni al bebé.
—¡Ya ha pasado mucho tiempo!
—Hinata, me comentaste que el parto había sido muy doloroso. Pensé que era mejor mantenerme alejado un tiempo. Y después… bueno, tú no hiciste ninguna sugerencia de que volviera.
Ella se humedeció los labios, mirándolo fijamente a los ojos.
—¡Porque pensé que tú no querías volver!
—¿Quieres que vuelva?
Hinata volvió a inspirar, desgarrada, temerosa, deseando creer en la ternura que apreciaba en sus ojos.
—¡Dios mío! —suspiró—. Me parece imposible que yo diga esto a un vikingo: sí, sí, deseo que vuelvas. Te deseo… te…
Se interrumpió de nuevo, estremecida, y entonces la envolvió su calor y la belleza que había añorado durante tanto tiempo; la firmeza de sus muslos, los fuertes latidos de su corazón, la atormentadora excitación de su cuerpo apretado contra el suyo.
Y su rostro, hermoso y fuerte, con rasgos de dos culturas que habían unido lo mejor de sí. Sus ojos… infinitamente azules, que la contemplaban con tanta dulzura.
—Te deseo, Naruto —se atrevió a murmurar—. Te deseo muchísimo. Te amo. Naruto se estremeció al oír las palabras susurradas y la miró con amor, maravillado y sorprendido.
Hinata tenía los ojos ligeramente empañados, brillantes a la luz del hogar, de un color plata y bellamente enmarcados por sus tupidas pestañas oscuras. Sus cabellos, siempre su corona de gloria, se esparcían entre sus cuerpos desnudos y las pieles, envolviéndolos en guedejas de color fuego.
Sus labios eran de color aguamiel, su rostro suavemente sonrosado y su cuerpo más hermoso aún que el recuerdo que lo había atormentado durante las largas noches. Sus pechos todavía estaban muy llenos, sus pezones de un color rosa oscuro, turgentes de deseo, y sus piernas suaves bajo él.
Le había susurrado que lo amaba.
—¡Dios mío, he tenido tanto miedo! —dijo él—. Temía haber perdido para siempre lo poco que tenía de ti cuando murió Kiba. Yo podía vencer al hombre, pero jamás a su fantasma. Pensé que él se interpondría entre nosotros, de modo que esperé, pero… —Se interrumpió, y Hinata lo miró a los ojos, confusa e interrogante—. Tenía miedo de amarte, Hinata. El amor hace vulnerable a un hombre; es un arma muy perversa. Luché contra él, sin embargo no sé en qué momento perdí la batalla; solo sé que la perdí.
Tal vez la había perdido desde el comienzo, desde ese día que te vi en lo alto de la empalizada. Tal vez fue cuando te tuve debajo de mí. O cuando te vi moverte y bailar aquella noche en que trataste de inducir a los hombres a la violencia; quizá entonces solo me impulsó la desesperación por poseerte y luego, una vez hecho, quedé perdido para siempre. No sé cuándo ocurrió. Esposa mía, yo también te amo, con todo mi corazón, con toda mi vida, con toda mi alma.
—¡Naruto! —murmuró ella al tiempo que las lágrimas rodaban por sus mejillas. Continuó hablando, tan rápido que él apenas logró entenderla—: Te amaba desde mucho antes de que muriera Kiba. Él era aún muy querido para mí y lloré su muerte, pero prefería mil veces que regresaras tú. Me costaba comprender cómo podía amarte cuando te mostrabas tan arrogante y exigente, siempre dándome órdenes…
—¿Arrogante?
—Pues sí. —La joven rió—. Oh, Naruto, ¿puede ser cierto esto? —susurró.
—Sé que eres mi vida y que te amo más allá de todo entendimiento y razón —murmuró él. Dejó escapar un gemido y le acarició las mejillas—. Observaba una y otra vez a mi hijo contra tu pecho, y ansiaba estar en su lugar.
Sus labios rozaron los de la mujer y luego descendieron hasta su seno, saboreándolo y acariciándolo. Hinata gimió con la deliciosa sensación al tiempo que le mesaba el cabello y lo apretaba contra sí.
Entonces él se colocó encima murmurándole que amaba sus ojos, su sedosa melena enmarañada y la hermosa redondez de sus pechos. Cayó sobre ella apoderándose de todo su cuerpo, excitándola y susurrándole con palabras atrevidas, pícaras, groseras e insinuantes todo lo que amaba en ella mientras le acariciaba con los labios y la lengua la piel, los muslos, las partes más íntimas y secretas.
Hinata se incorporó en el nido de pieles para rodearlo con sus brazos, y sus susurros lo envolvieron junto con los suaves y fragantes mechones de su cabellera.
Osadamente deslizó las manos sobre él, explorando, y tras asegurarle que era muy competente y estaba muy deseosa de hacerle la parte delantera, procedió a demostrárselo.
Naruto rió hasta quedar sin aliento y la tendió debajo de él. Ante el suave resplandor de las llamas cumplieron las palabras y juramentos intercambiados esa noche, ese algo nuevo reconocido entre ellos, la maravilla de su mutuo amor.
Permanecieron abrazados oyendo el crepitar del fuego del hogar. Volvieron a acariciarse y a hacer el amor. Cuando finalmente Hinata expresó su inquietud por su hijo, Naruto le aseguró que estaría muy bien hasta la mañana y que nadie se preocuparía porque todos sabían que él había salido a buscarla.
—¿Y saben que no habrá ningún problema porque eres invencible? — bromeó ella.
—Sí, quizá. —Naruto rió.
—Eres muy arrogante.
—Me temo que siempre lo seré. ¿Te importa mucho?
—Trataré de soportarlo —suspiró ella con fingida resignación.
—¿Sí? Ten en cuenta que tú, cariño mío, eres orgullosa, obstinada e impetuosa, y que llevaré para siempre una cicatriz de tu flecha.
—Tú eres exigente y tirano además de arrogante —le recordó ella con dulzura, acariciándole la cicatriz y asegurándole que dedicaría muchas noches a expiarlo.
Se abrazaron, se amaron de nuevo y después se sumieron en un perezoso sopor. Al despuntar la aurora Hinata se revolvió en los brazos de su esposo y dijo preocupada:
—Naruto, nunca os traicioné ni a ti ni a Iroha. Lo juro. Él es mi rey y mi protector; lo quiero y jamás lo habría desafiado. Yo no te traicioné.
Naruto le cogió la mano y se la besó.
—Chist, cariño; ya lo sé.
No añadió nada más pero evocó las imágenes de Kiba vivo en su montura después de vencer a los daneses y la de su cuerpo inerte en el suelo. Y recordó la daga.
Estrechó a Hinata y la besó en la frente.
—Lo sé, cariño, lo sé.
Al cabo de unos minutos se levantaron. Naruto la vistió con su capa y la envolvió en pieles. Después salieron del refugio.
Había dejado de nevar y ante ellos se extendía un mundo bello como un capullo blanco y prístino. Montaron al semental blanco y el enorme caballo los llevó a casa.
Gozaron de un tiempo de paz, tan maravilloso que Hinata no podía soportar la idea de que Naruto se marchara. Lo abrazaba por las noches deseando que el tiempo se detuviera por arte de magia y el futuro no llegara.
Una luminosa mañana de primavera los hombres se prepararon para partir. Hinata esperó en el patio, con Suzume y Sakura a su lado y Boruto en los brazos. Observó a Naruto, que se acercaba montado en su caballo blanco, con el pecho cubierto por la malla y la capa adornada con sus insignias echada sobre los hombros. Llevaba la visera levantada, y vio el hermoso azul de sus ojos.
Hinata se estremeció, pensando cuánto y cuán profundamente lo amaba, apreciando su magnificencia.
Naruto se quitó el casco y se aproximó. Besó tiernamente a su hijo y después pasó el bebé a su hermana para estrechar a Hinata entre sus brazos y besarla hasta que ella creyó que iba a rompérsele el corazón.
La joven sintió una punzada de temor cuando él se apartó. Era grande el peligro que corría. Jiraiya no los habría acompañado si no pensara que algo amenazaba a Naruto. No podía dejarlo marchar.
—Naruto…
—Todo acabará, y regresaré antes de que te des cuenta, mi amor.
—No —susurró ella con tristeza.
—Volveré. He dicho que así será, y así será —aseguró él con una cariñosa sonrisa.
—Si…
—¿Qué?
Hinata negó con la cabeza y alzó el mentón. No podía permitir que fuera a la batalla afligido por sus temores.
—Que Dios te acompañe, mi amor. Dios y todas las deidades de la casa de Rasengan.
Naruto la abrazó.
—Estarás segura aquí. Kakashi se queda para protegerte. Sakura y Suzume están aquí. Cuida de nuestro hijo, señora.
—Sí.
—Y Jiraiya también se queda.
—¡Jiraiya! —Se apartó de él sobresaltada—. ¿Jiraiya se queda? ¿No irá contigo?
—Prefiere quedarse contigo. Es muy viejo. No me gusta que insista en acompañarnos a la batalla.
La joven asintió estremecida. Después logró sonreír.
Por tanto el druida no presentía ningún peligro para Naruto. Pensaba que el peligro se cernía sobre ella. Volvió a besar apasionadamente a su esposo, quien le susurró que había llegado la hora de partir.
Se separaron. Hinata lo observó montar a caballo, resplandeciente con su vestimenta. Se esforzó por continuar sonriendo y permaneció en el patio, contemplándolo hasta que lo perdió de vista.
Después dejó escapar un ronco sollozo. Entró en la casa y corrió hacia su habitación, la que ambos compartían, y allí lloró hasta que no le quedaron más lágrimas por derramar.
Rezó en silencio: «Que Dios lo proteja, que Dios lo ayude, que Dios lo acompañe. Y por favor, mi amado Señor, acompáñame a mí también».
Algiz
Que se utilizaba para proteger los valores verdaderos de la familia, el amor y la amistad.
