LA ROSA DEL VIKINGO
18 Tapiz del destino
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
El combate fue rápido, despiadado y sangriento.
En cuestión de semanas habían obligado a los daneses a marchar hacia Londres y en los días siguientes combatieron ferozmente dentro de la antigua ciudad romana. Iroha parecía un hombre poseído, resuelto. Los acontecimientos ocurridos en ausencia de Naruto lo habían conducido a esos amargos momentos.
Orochimaru había firmado un tratado por el cual accedía a instalarse en East Anglia, pero al enterarse del asalto a Rochester había reanudado la batalla. Iroha había enviado contra Orochimaru, que se hallaba en el Támesis, todos los barcos disponibles, entre ellos los de Naruto.
Había ganado la batalla y se había apoderado de la flota de Orochimaru y todos los tesoros contenidos en ella. Más tarde, cuando Iroha ordenó a sus hombres regresar a casa, los daneses asaltaron los barcos, recuperando más de lo que habían perdido.
Las tropas del rey de Inglaterra los habían seguido hasta Londres sembrando la muerte a su paso. Iroha había ordenado quemar innumerables aldeas y ciudades, y se había producido una tremenda matanza. El rey exigía lealtad absoluta y no aceptaba menos.
En esos momentos Naruto, a lomos de Alexander, contemplaba las ruinas de Londres. La ciudad había quedado convertida en un lugar carbonizado, desolado, inadecuado para ser habitado por seres humanos.
Pasaban hombres que transportaban en carretas cadáveres y miembros sueltos; por los escombros comenzaban a asomar mujeres y niños, que hurgaban entre las ruinas en busca de comida y sustento.
Al menos todo había acabado, pensó Naruto hastiado.
Y había sobrevivido, al igual que Shikamaru y la gran mayoría de sus hombres. Iroha le había perdonado por que lo hubiera abandonado para viajar hacia Irlanda, de modo que, con todo su honor, él se había sentido obligado a avanzar en primera fila en todas las refriegas, a lanzar su grito de guerra y entrar el primero en combate.
Era experto en el arte de guerrear. Ese día, al contemplar las ruinas de la ciudad, se sintió harto de tanto dolor, muerte y desolación y se consoló al pensar que dentro de unos días emprendería el regreso a casa. A casa…
Se firmaría un nuevo tratado de paz. Los escribas ya estaban trabajando en él. Orochimaru, el astuto danés, también se las había arreglado para sobrevivir a la batalla.
Inglaterra sería dividida en dos partes. El límite seguiría el curso del Támesis hasta su confluencia con el Lea, cuyo curso continuaría hasta su nacimiento; desde allí en línea recta hasta Bedford y después por el Ouse hasta Watling Street. Los daneses se quedarían con Essex, East Anglia, los Midlands orientales y la tierra al norte del Humber. Iroha reinaría en el sur, y nadie volvería a disputarle su soberanía.
Habría paz. Ojalá durara esa paz…
Hizo girar el caballo para alejarse de aquel desolado escenario y lo condujo hacia la multitud de tiendas instaladas en las afueras de la ciudad.
De pronto aceleró la marcha al oír un grito agudo seguido por el entrechocar de aceros. Espoleó su montura y la lanzó al galope; junto a un bosquecillo se encontró con un grupo de hombres, principalmente de los suyos y algunos de los más fieles al rey, enzarzados en fiero combate con lo que parecía ser una cuadrilla de daneses.
Se apresuró a desenfundar su espada. Shikamaru ya estaba allí. Naruto saltó del caballo y se abrió camino hasta su amigo, y juntos formaron una mortal máquina guerrera.
—¡Por las salas del Valhalla! —rugió Shikamaru—. ¿Qué es esto? ¿El mismo día de la firma del tratado?
—No lo sé —replicó Naruto.
No podía permitirse reflexionar sobre ello en aquellos momentos. Los enemigos arremetían contra él por parejas, y necesitaba de toda su enorme fuerza para blandir la espada con la suficiente rapidez para salvar el pellejo.
Tropezó con el cadáver de un adversario, lo que resultó ser su salvación, puesto que así esquivó la espada que amenazaba su cabeza; enseguida se incorporó y mató a su atacante.
Inspiró profundamente y atisbó en lo alto de un montículo a un jinete que lo observaba. Entornó los ojos para distinguir los emblemas de la capa del hombre y entonces lo vio levantar la mano y lanzarle una daga plateada.
Mascullando una maldición alzó el escudo para parar la daga que silbaba en el aire. El arma chocó contra el escudo con fuerza aplastante.
El jinete huyó de inmediato al galope.
Naruto se inclinó a recoger la daga; era de la misma clase que la que había matado a Kiba. Probablemente eran idénticas.
Ya se habían retirado por entre los árboles los daneses que habían sobrevivido a la refriega. Naruto avisó a Shikamaru de que intentaría dar alcance al jinete y enseguida corrió a buscar su caballo blanco.
Salió al galope del claro del bosque, pero el jinete ya había desaparecido, e ignoraba en qué dirección había huido. Profiriendo una maldición en voz baja volvió cansinamente hacia el lugar donde Shikamaru y los demás recogían a los heridos.
El joven Utakata de Wincester, muy amigo del rey, estaba inclinado junto al cadáver de un danés. Se irguió disgustado cuando Naruto se aproximó.
—¿En qué maldito tratado podemos confiar cuando los hombres atacan así? Udon, buen amigo de Utakata y antaño leal compañero de Kiba, también se acercó.
—¡Que me cuelguen si entiendo esto! Es como si no les hubiera importado combatir ni ganar, como si su único propósito fuera asesinar, nada más.
—Eso no es tan raro en los daneses —dijo Utakata con amargura.
—No lo sé —dijo Naruto moviendo la cabeza—. Los hombres combaten para vencer o defenderse, incluso los daneses. ¿Por qué si no?
Ninguno encontró la respuesta. Reunieron a los heridos y se dirigieron al campamento. Naruto se lavó la sangre de la cara y las manos, se cambió la túnica y se encaminó hacia la tienda de Iroha, quien estaba escuchando a un escriba enviado por Orochimaru que leía monótonamente los detalles del tratado.
—¡No hay ni una sola palabra de verdad en ese maldito tratado! — interrumpió Naruto.
El rey lo miró.
—Ya mandamos un mensaje a Orochimaru para acusarle de infamia y traición. Él lo ha negado y me ha enviado a una hija suya como rehén para verificar su palabra.
—Entonces —dijo fríamente Naruto—, hay un traidor entre nosotros, un traidor que ha deseado mi mal, más bien mi muerte, desde que arribé a estas costas. La conspiración se inició cuando Hinata no recibió tu mensaje y mis barcos fueron atacados. Después, cuando me dirigí hacia el sur para combatir en tu nombre, los daneses fueron advertidos. Además, tengo buenos motivos para sospechar que el joven Kiba no murió en la refriega, sino que lo asesinaron para crear más caos en mi casa.
Se oyó una exclamación en la entrada de la tienda, y entró Utakata de Wincester.
—¡Por todo lo sagrado, mi señor de Uzushiogakure! ¿Dices que Kiba fue asesinado?
Naruto arrojó sobre la mesa del rey la daga que acababan de lanzarle. Iroha y Utakata se acercaron a mirarla.
El rey examinó atentamente la daga y su diseño. Una mueca de dolor apareció en su cansado rostro, y se dejó caer en el sillón.
—¿Qué ocurre? —preguntó Utakata.
Iroha le indicó con la mano que podía coger la daga. Utakata lo hizo.
—Es de Toneri —murmuró Utakata con un suspiro—. De Toneri de Northumbria. Esta es su daga. Debe de haber algún… error.
Toneri de Northumbria, pensó Naruto. Toneri, Momoshiki, Utakata y Udon habían estado en su casa, en la casa de Hinata, cuando Iroha le envió la orden de ocuparse de los daneses en el sur.
Toneri no lo había acompañado a Irlanda, pero sí muchos hombres de Wessex.
—No hay error —dijo—. Tengo dos dagas; una extraída de la espalda de Kiba en Irlanda, y esta que me han arrojado en el claro del bosque.
—En Irlanda…
—Busca a un hombre llamado Dosu Kinuta. Si ha sobrevivido a esta última batalla, tal vez pueda aclarar estos hechos —sugirió Naruto.
Iroha se dirigió a la abertura de la tienda y ordenó a un guardia que buscara a Dosu. A continuación comenzó a pasearse por el suelo de tierra con las manos enlazadas en la espalda. A los pocos minutos se presentó el hombre mayor que había hablado con Naruto en Irlanda tras el fallecimiento de Kiba. Se arrodilló ante el rey.
—Mi señor, me has hecho llamar.
—¡Levántate! —ordenó Iroha.
El hombre obedeció y entonces, al ver a Naruto y Utakata, palideció. Miró la mesa y al reparar en la daga se volvió súbitamente, aterrado, dispuesto a salir corriendo de la tienda.
Utakata se adelantó para bloquear la entrada. Naruto cogió a Dosu por el hombro y lo empujó hacia el rey.
—¿Estabas al servicio de Toneri de Northumbria cuando fuiste a Irlanda?
—¿Al servicio de Toneri? No, no, mi rey. Yo servía a Kiba.
—¿Lo servías? —preguntó Naruto fríamente—. ¿O lo mataste a cambio del oro que te ofreció Toneri?
La palidez del hombre decidió su destino. Lanzando un grito sordo y angustiado, Utakata avanzó empuñando un cuchillo y se lo clavó en la garganta. Iroha se volvió para dar la espalda a la escena, revelando su tristeza y cansancio en los hombros caídos.
—¡Por Dios, Utakata, he luchado para dar leyes a esta tierra! ¡Y tú cometes un asesinato aquí mismo!
—Por el amor de Dios, Iroha, ¡asesinó a Kiba!
—¡Por orden de Toneri! —interrumpió Naruto—. Voy a buscar a Toneri.
Salió inmediatamente y se dirigió a toda prisa al sector donde estaban acampados Toneri y sus seguidores. Pasó junto a los hombres de Toneri y apartó la tela de la abertura de la tienda.
No había nadie allí. Desanduvo sus pasos y cogió por la camisa al primer hombre que encontró. Le preguntó dónde se hallaba su señor.
Nadie lo sabía. Toneri se había marchado esa misma mañana en compañía de Momoshiki de Kent, y nadie lo había visto desde entonces. Mientras Naruto estaba entre los hombres de Toneri, Utakata, Jūgo y Udon se acercaron al galope.
—Hace horas que nadie ha visto a Toneri. Tampoco a Momoshiki. Seguramente Toneri se enteró de que tenías la daga, una prueba en su contra. Ha marchado hacia el sur.
—Debemos perseguirlo.
Utakata miró a Udon y comenzó a hablar atropelladamente:
—Sí, debemos perseguirlo. Ya hemos avisado a tu hombre, Shikamaru, quien fue a recoger tus armas y preparar un caballo para ti. Tenemos que dirigirnos a la costa, a tu casa, a toda prisa.
—¿A mi casa? ¿Por qué? —preguntó con voz ronca, sintiendo un escalofrío, atenazado por el temor que había acosado a Jiraiya desde que llegaran a esa tierra.
—Porque creemos… —Jūgo se interrumpió e inspiró profundamente.
—Creemos que Toneri de Northumbria desea a tu esposa —continuó Udon— desde hace mucho tiempo; lo suponemos por comentarios que a veces hacía a Kiba, cosas que veíamos, otras que sospechábamos. Solíamos hacer bromas al respecto. Él siempre pensó que si Kiba se marchaba o moría, o si Hinata perdía el favor del rey, él se quedaría con ella. Y ahora que ha sido descubierto… presumimos que se apresurará a descargar su odio y su rabia contra ella.
Naruto cerró los puños y los apretó contra los costados. Echó hacia atrás la cabeza y lanzó un grito de guerra lleno de angustia y furia que hizo temblar hasta la luz del sol; el grito de batalla de la casa de Rasengan, el desgarrador y terrible aullido del lobo acorralado.
Apareció Shikamaru a lomos de un caballo moteado conduciendo al blanco. Naruto montó de un salto en su cabalgadura y emprendió la marcha al galope, seguido por los demás.
Los días transcurrían lentamente para Hinata.
Era primavera y la tierra estaba reviviendo. Los campos empezaban a reverdecer con los cultivos, y se veían muchísimos animales, ardillas, conejos e incontables ciervos.
Los caballos se movían inquietos en los establos. Sakura estaba nerviosa, y también Hinata, a pesar de su felicidad y su hijo. Solo Jiraiya y Suzume parecían tranquilos. Hinata se preguntaba si la edad traería consigo la paz o la capacidad de comprender que el tiempo transcurre inexorablemente a su ritmo.
Había recibido noticias desde el frente de batalla. Naruto enviaba un mensajero cada semana, de modo que sabía dónde combatían y que tanto él como el rey se encontraban bien; estaba informada de que la guerra se resolvía a favor de ellos.
Sabía que habían llegado a Londres y que al parecer habría otro tratado de paz, que aún no había sido firmado. Intuía que, a pesar de su aparente calma, Jiraiya también estaba esperando y que no solo la observaba a ella sino también el cielo, el viento y el mar.
A veces salía a caminar solo, aunque ella ignoraba adónde se dirigía y qué hacía durante sus largas ausencias. Hasta que Naruto regresara, Hinata estaría preocupada.
Se sentía feliz y agradecida por la compañía de Sakura, quien relataba leyendas nórdicas sobre los dioses Odín y Thor y cuentos irlandeses sobre san Patricio, las personas diminutas que habitaban en los claros de los bosques y las hadas agoreras que avisaban de una muerte inminente.
Las dos jóvenes pasaban las largas tardes primaverales sentadas junto al hogar con el bebé, riendo y haciendo bromas sobre los hombres. Sakura le describía al hombre de sus sueños, y así entretenían los días interminables.
Cuando Toneri de Northumbria se presentó una tarde, Hinata se hallaba sola. Jiraiya había salido a pasear por el bosque, y Sakura había acompañado a Suzume a la playa, adonde había arribado una pequeña embarcación cargada de regalos de parte de Minato y Kushina.
Al reconocer los colores de Toneri los guardias no dudaron en franquearle la entrada, y los criados fueron a avisar a Hinata, quien corrió hacia la puerta, segura de que se trataba de algo grave si habían enviado a Toneri en lugar de a un criado o un vasallo.
Salió a recibirlo al patio con el corazón agitado. Al parecer el hombre había cabalgado a toda prisa, lo que también la alarmó. No lo acompañaba nadie más que Momoshiki, su inseparable amigo. Tras saludarlos les ofreció comida y cerveza. Toneri desmontó y, cogiéndola de los hombros, dijo:
—Hinata, no tenemos tiempo. Di a un criado que nos traiga cerveza para llevar y un poco de pan con queso. Debemos apresurarnos.
—¿Por qué? ¿De qué se trata? ¿Qué ha pasado? —preguntó sobresaltada.
—Naruto ha resultado herido y no puede moverse. Quiere verte. Le he prometido que te llevaré hasta él a toda prisa.
—¡Oh! —exclamó aterrada. De pronto se sintió paralizada, incapaz de pensar—. Debo… debo buscar a Suzume y mis cosas…
—No, debes venir de inmediato, ahora mismo. Ordena a un hombre que vaya a buscar comida y bebida y reúnete conmigo. No tenemos tiempo que perder.
—Debo ir a buscar a Boruto…
—¿Qué? —preguntó Toneri.
—Mi hijo. No puedo dejar a mi hijo.
Toneri se acaricio la barbilla, pensativo. Después sonrió.
—Sí, por supuesto, querida mía. Debes traer a tu hijo. Date prisa.
Temblorosa y asustada, Hinata trató de apresurarse, sintiendo que le flaqueaban las rodillas al caminar. Era eso, el terror que la había asaltado durante todo ese tiempo. Naruto había desafiado a la muerte demasiadas veces.
Era un gran guerrero, tal vez uno de los más grandes, capaz de blandir la espada como nadie. Pero todo hombre es mortal, y en esos momentos yacía herido, tal vez moribundo, precisamente cuando se había convertido en todo para ella.
¡No podía morir! Fueran cuales fueran los presagios, ¡no podía morir! ¡Ella no se lo permitiría!
Boruto estaba durmiendo. Gimoteó un poco cuando su madre lo tomó en brazos y lo envolvió en una gran manta de lino. Hinata cogió una capa para ella y bajó presurosa por las escaleras. Ya los criados habían llevado bolsas con alimento y cuernos con bebida, y una yegua la aguardaba en el patio.
Había llegado Kakashi. Con expresión tensa, escuchaba la historia de Toneri sobre las batallas que habían librado.
—Os acompañaré —se ofreció Kakashi.
—¡No! —dijo bruscamente Toneri—. Naruto pidió que te quedaras en la casa con su hermana y Suzume. Te necesita aquí.
—¡Ay, Kakashi! —exclamó Hinata, trémula.
Él la abrazó estrechamente, después la ayudó a montar la yegua y le acomodó a Boruto en los brazos.
—¡Se repondrá, milady, se repondrá! Naruto está hecho de acero. Debes conservar la fe.
Ella asintió, incapaz de hablar porque la ahogaban las lágrimas.
—¡Milady, vamos! —urgió Toneri.
—Sí, debemos darnos prisa —murmuró ella—. Sí, por favor, llévame junto a él lo más rápido que puedas —suplicó—. Kakashi, Dios sea contigo.
—Y que Dios te acompañe, milady.
Toneri hizo dar la vuelta al caballo y condujo a Hinata y Momoshiki hacia las puertas a buen trote para luego avanzar hacia los acantilados. Con los ojos empañados por las lágrimas, Hinata no se dio cuenta de qué dirección tomaban.
En cambio Jiraiya, que en ese momento salía del bosque, sí se fijó. Cerró los puños y los ojos y después corrió hacia los establos. Ignorando el doloroso martilleo de su corazón, saltó sobre un caballo sin ensillar y, desoyendo las advertencias de Kakashi y los mozos de cuadra, cabalgó detrás de los jinetes.
Estos ya se hallaban lejos de la casa y se internaban en el bosquecillo. Jiraiya espoleó al caballo y galopó detrás, alcanzándolos cuando desfilaban por un sendero sombreado por los árboles.
—¡Hinata! —llamó. Ella detuvo su montura.
—¿Por qué nos retrasa ese viejo loco? —preguntó exasperado Toneri.
—¡Tengo que esperarlo! —exclamó Hinata. Volvió la cabeza—. ¡Jiraiya, han herido a Naruto! Debo darme prisa para verlo.
Jiraiya avanzó lentamente hasta detenerse ante ellos. Miró a Hinata, luego a Toneri y después de nuevo a Hinata.
—No lo han herido —murmuró—. Naruto de Uzushiogakure no ha sido herido.
—¿Qué sabes tú, viejo mentiroso? —espetó Momoshiki, cortante—. Nosotros estábamos con él. Hemos participado en la batalla. Él nos pidió que viniéramos a buscar a su esposa.
Jiraiya negó con la cabeza. Situó su caballo entre los de Hinata y Toneri.
—Si Naruto estuviera cerca de la muerte, yo lo sabría. No vayas con ellos, Hinata. Vuelve a casa con tu bebé… ¡ahora mismo!
Dicho esto, golpeó a la yegua en el anca. Hinata lanzó un grito cuando su cabalgadura dio un salto hacia adelante y a punto estuvo de tirarla al suelo. Apretó firmemente a Boruto contra su pecho, asustada, y obedeció a Jiraiya.
En el momento en que dirigía a la yegua por el estrecho sendero, Toneri dio una orden y Momoshiki le cerró el paso. Hinata no pudo eludirlo, desesperada como estaba sosteniendo a Boruto para evitar que se cayera y se hiciera daño.
Oyó un grito sordo y un ruido. Hizo girar a la yegua a tiempo de ver cómo Jiraiya caía del caballo tras haber sido golpeado por Toneri.
Desmontó enseguida y corrió hacia el anciano sosteniendo a Boruto. Miró a Toneri con odio.
—¡Jiraiya dice la verdad! ¿Qué te propones?
Depositó cuidadosamente al bebé a su lado, cogió la cabeza de Jiraiya y la apoyó en su regazo. El druida abrió los ojos, llenos de dolor.
—¡Déjalo! —ordenó Toneri.
—¡Le has hecho daño!
—Mi intención era matarlo.
—¡Bastardo! ¡Iroha te colgará!
—Iroha, señora, no volverá a verme nunca.
—Jiraiya —susurró ella ignorando a Toneri. El anciano la miró e hizo un gesto de dolor—. ¡Tengo que llevarlo a casa! —exclamó—. ¡Va a morir aquí!
—Morirá, señora, y tú no regresarás a casa.
—Jiraiya, aguanta, te lo ruego. Aférrate a la vida, cuídala mucho. Suzume, Kakashi o Sakura vendrán, lo sé…
—Hinata —susurró él. Solo podía oírlo ella, que se había inclinado hasta poner el oído junto a sus labios—. No temas por mí, porque he vivido muchísimos años. Te he advertido, y tal vez no demasiado tarde, porque Naruto ya viene en camino y cada momento está más cerca. Retrasa el viaje todo cuanto puedas, crea problemas a estos dos, y si he logrado frustrar los planes de este traidor, entonces he cumplido mi propósito y es hora de que vaya a reunirme con los que amo en una vida mejor.
—¡No! —exclamó ella, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas—. ¡No, Jiraiya, no! —Poniéndose en pie miró a Toneri—. Si no lo ayudas, no me moveré de aquí.
—Sí te moverás. —Sonrió desde la silla, inclinándose—. Te moverás y rápido, milady, o Momoshiki te quitará al niño y cabalgará con él, con un cuchillo sobre su cuello. ¿Me he expresado con claridad?
—¡No te atreverías! —espetó furiosa.
—Momoshiki…
—¡No!
Cogió a Boruto y lo estrechó contra su pecho. Después observó a Jiraiya, que tenía los ojos cerrados, la cara blanca y sombría; parecía ya la máscara de la muerte. ¡No podía abandonarlo allí!
Pero tampoco podía arriesgar la vida de su hijo.
—¿Milady? —dijo Toneri. Hinata no se movió.
—Sube a la yegua o me apearé y entregaré el niño a Momoshiki. No intentes resistirte porque os haré daño a ti y al niño.
Su única oportunidad era escapar a caballo para volver más tarde a buscar a Jiraiya.
Debía huir.
Pero cuando montó a la yegua, Toneri agarró las bridas; él la conduciría.
—¡Tenemos que darnos prisa! —apremió Momoshiki.
—¿Adónde vamos? —preguntó Hinata.
—A reunirnos con los daneses —respondió Toneri—. He ayudado mucho a Orochimaru con avisos e información. Me ha prometido un lugar en su casa. Tú vas a compartirlo conmigo.
—Iroha exigirá mi regreso.
—Tal vez, pero entonces, mi amor, estarás demasiado cansada y avergonzada para querer volver junto a tu marido. Y él no deseará a la esposa que le devuelva, ¿verdad, Momoshiki?
Este echó a reír. Hinata acercó más la yegua al caballo de Toneri, que sostenía flojamente las riendas. Estrechando aún más a Boruto, golpeó con los talones los ijares de la yegua, que emprendió el galope con tal fuerza y velocidad que las riendas se soltaron de las manos de Toneri.
Desesperada y sin dejar de apretar al bebé contra su pecho, Hinata trató de asir las riendas mientras la yegua cabalgaba a través del bosque. Las ramas le enganchaban el pelo, le arañaban el rostro, pero ella no se atrevía a aminorar el paso.
Cegada por la maleza, no conseguía coger las riendas, y la yegua elegía su camino al azar. De pronto el animal se encabritó y se puso de manos, y a duras penas logró Hinata mantenerse en la silla. Cuando la yegua bajó las patas a tierra, Toneri estaba ante ella, su enjuto rostro tenso, sus ojos brillantes de furia.
—Otra travesura como esta y te prometo que pondré la cabeza del niño bajo los cascos de mi caballo. Está acostumbrado a aplastar cabezas más grandes en la batalla; una cabecita pequeña no será nada para él.
La joven bajó la vista temblando. Tenía que creer que Boruto sobreviviría a aquel horror en que había sido atrapada tan estúpidamente. Miró furiosa a Toneri.
—Entonces, adelante, milord.
—Si dudas de que cumpla mi amenaza…
—No, no, no lo dudo. Te creo completamente capaz de asesinar a un bebé indefenso. Supongo que no te muestras tan valiente en el combate contra hombres.
Él avanzó y le propinó una fuerte bofetada. Hinata tuvo que apretar los dientes para no gritar de dolor, al tiempo que intentaba mantener el equilibrio sobre la yegua. Toneri la miró y sonrió.
—Aprenderás cortesía y respeto, milady. Tenemos por delante largos días y noches para que aprendas.
Días y noches… Se le encogió el corazón. Comprendió que en realidad la pesadilla acababa de empezar.
¿Y Naruto? ¿Estaría todavía con el rey? Jiraiya la había puesto sobre aviso demasiado tarde. Se le llenaron los ojos de lágrimas, preguntándose si todavía estaría moribundo o si ya habría llegado al gran Valhalla de hombres como él, si estaría abrazando a los seres queridos que había perdido.
«¡Oh, Jiraiya, no me abandones! —pensó—. ¡Que alguien venga a ayudarme, Dios mío, por favor!»
En cuanto llegó a las puertas de su casa comprendió que Toneri se le había adelantado. Naruto entró y ordenó al centinela que fuera a buscar a Kakashi.
El semblante preocupado de Kakashi le indicó que algo malo ocurría. Sin desmontar del caballo lo interrogó:
—¿Ha venido Toneri de Northumbria? ¿Ha estado aquí?
—Sí, Naruto. Dijo que tú estabas herido, y mi señora Hinata se marchó con él.
—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Naruto.
No habían dormido durante la noche en su afán por salvar las horas de diferencia entre sus respectivas partidas. Habían cabalgado durante casi tres días, y sin embargo Toneri les había ganado.
—Una hora… tal vez dos. Gracias a Dios estás bien, milord. Entonces ¿por qué Toneri…?
—¡Naruto! —exclamó Sakura, que al enterarse de su llegada salió corriendo de la casa—. ¡Naruto, estás bien! Nos habían dicho que…
—Sakura, después explicaré todo. Ahora debo dar alcance a Toneri y encontrar a mi esposa.
—Y al niño —dijo su hermana.
—¿El bebé? ¿Se ha llevado al niño también?
—Sí, Naruto. Todo fue tan rápido… Ni Suzume ni yo estábamos aquí. Padre envió barcos, ¿sabes? ¡Oh, Naruto!
—¿Dónde está Jiraiya?
—Con ellos tal vez —contestó Kakashi—. Salió tras ellos montado en una yegua que volvió sola no hace mucho. Estábamos preparándonos para salir a buscarlo antes de que anochezca.
—Yo lo encontraré —aseguró Naruto.
Hizo girar su caballo blanco y se dirigió hacia las puertas. Shikamaru, Utakata, Jūgo y Udon lo siguieron.
—¡Espera! —exclamó Sakura—. ¡Permite que os acompañe! Tal vez pueda ayudar.
—¡Sakura, regresa a la casa! —ordenó Naruto volviendo la cabeza, sin detenerse—. Por el amor de Dios, Sakura, no quiero que corras peligro tú también.
Pero cuando se volvió, su hermana ya corría hacia los establos. Después de todo, era la hija de su padre y su madre, pensó, recordándolos con admiración.
Naruto ya cabalgaba por el sendero. Había logrado rescatar a Hinata del danés con bastante facilidad, pero esto sería diferente. Toneri era un hombre muy desesperado, culpable de muchos delitos, principalmente de traición al rey.
A Toneri ya no le importaría nada su vida; solo desearía arrastrar consigo a Hinata y a él a la oscuridad de la muerte.
¡Y al pequeño! ¡Ojalá Hinata lo hubiera dejado en casa! Pero sabía muy bien que ella no habría podido abandonar al bebé y estaba seguro de que ella haría cualquier cosa por proteger a Boruto.
El sudor perló su frente, y las manos le temblaron sobre las riendas. Si encontraba a Toneri, lo destrozaría con las manos.
Frunció el entrecejo al ver un cuerpo en el sendero, apoyado contra los árboles. Se apeó del caballo y se inclinó sobre la figura derrumbada. Era Jiraiya, blanco como la muerte, con los ojos cerrados bajo las sombras de la inminente noche.
—¡Dios mío! —balbuceó Naruto. Cogió en sus macizos brazos a su anciano mentor y lo acunó—. Solo por esto morirá, lo juro, amigo mío, lo juro, por el honor de mi madre.
Acercó la oreja al pecho del anciano y no percibió ningún latido. Dejaría a Jiraiya en el claro del bosque y, si no podía trasladarlo a su tierra para que yaciera en suelo irlandés, lo pondría en un féretro con sus runas y sus cruces celtas, lo llevaría al mar y lo arrojaría al agua, en llamas, para que subiera hasta las salas del Valhalla.
Se le rendirían todos los honores. Y durante toda su vida lo recordaría y añoraría.
De pronto percibió un rumor en el frágil pecho. Los sabios ojos se abrieron con gran esfuerzo. La mirada del anciano se clavó en Naruto.
—No pierdas más tiempo conmigo, príncipe de Uzushiogakure. Estoy descansando cómodamente aquí, en el bosque. Ella sabe que Toneri es un traidor e intentará que el viaje sea lento. Ahora vete, rápido. Se dirige al norte, siguiendo los acantilados y sierras. Llevas mucha desventaja, date prisa.
—No puedo dejarte morir aquí.
Jiraiya sonrió y le indicó con un gesto que se acercara más. Le susurró algo al oído y después se recostó, agotado.
—Shikamaru, ven, coge a Jiraiya. Lo dejo a tu cargo. Llévalo a casa con todo el tierno cuidado con que llevarías a un bebé.
—Entonces solo quedaréis cuatro —protestó Shikamaru.
—He ido solo contra veinte —le recordó secamente Naruto—. Llévate a Jiraiya. Utakata, Jūgo y Udon deben vengar la muerte de un amigo, y yo debo defender a mi esposa y mi hijo. Vete, rápido.
Shikamaru obedeció. Naruto volvió a montar el semental blanco, y Utakata, Jūgo, Udon y él reanudaron la marcha por el bosque.
Tapiz del destino
Los tapices del destino eran tejidos por las nornas, unos seres femeninos de la mitología nórdica. Este símbolo contiene todas las runas del alfabeto rúnico. Esto quiere decir que todo el pasado, el presente y el futuro están contenidos en este símbolo.
Dato Histórico:
(El personaje de Iroha es en realidad Alfredo)
Alfredo el Grande, también llamado Ælfred, del anglosajón: Ælfrēd (849 - 26 de octubre de 899) o san Alfredo el Grande, fue rey de Wessex desde 871 hasta su muerte.
Se hizo célebre por defender su reino contra los vikingos, convirtiéndose como resultado de esto en el único rey de su dinastía en ser llamado «El Grande» o Magno por su pueblo.
Fue también el primer rey de Wessex que se autoproclamó rey de los anglosajones. Su vida se conoce gracias a Asser, cronista galés. Hombre culto y letrado, ayudó mucho a la educación y a mejorar el sistema de leyes de su reino.
Si bien no ha sido canonizado (y no es mencionado por el elenco oficial de santos de la Iglesia católica, el Martirologio romano), fue considerado santo con su fiesta el 26 de octubre.
