Mestizo

No le preguntan por qué tardó tanto, tampoco si está bien. Leo se limita a hacer algunas bromas que, aunque no lo animan por completo, lo hacen sentir mejor. Nico sólo lo observa desde la cama, donde minutos antes intentaba leer una revista de montañismo que encontraron en la cabaña, lo mira de tal manera que Percy sabe que trata de leerle el pensamiento. Sus ojos negros se clavan de una manera casi dolorosa. Esa era la mirada que antes le asustaba, ahora sólo le causan escalofríos que van de una emoción muy distinta. Lo único que quiere es acercarse a Nico y besarlo. Pero no lo hace. Aún no. «Quizás nunca», piensa.

El exterior de la cabaña es un reflejo del interior de Percy, y los vidrios vibran con fuerza por el vendaval.

—Tengo que confesarles algo —dice después de un rato. Leo se lame la sal de las papas de la mano mientras que asiente para que continúe hablando—. No estoy muy seguro aún pero…

—¿Pero qué? —Nico se levanta de la cama y se acerca a ellos dos para escuchar mejor. Se sienta justo a un lado de Leo y Percy nota, con una punzada extraña en el pecho, que entrelazan las manos.

Percy traga saliva.

—Es sobre la profecía. —Ambos se miran y Percy sabe que hablaron de él mientras no estuvo—. La verdad no lo sé, sólo es algo que siento muy dentro de mí y que, de alguna manera, tanto Atenea como mi padre me lo confirmaron.

—¿Tú padre? —pregunta Leo frunciendo el ceño, Nico lo calla con un «shush».

—Por eso tarde —explica—. El punto es, que estoy harto. Desde que tuve ese sueño…

—¿Qué sueño? —esta vez es Nico el que interrumpe, pero Percy lo ignora y sigue.

—Supe que algo no estaba bien conmigo. Estoy cansado, eso es lo que me pasa. Cansado de ser el héroe y que mi recompenza sea únicamente dolor y pérdida. Van dos veces, quizás más de manera inconsciente, que salvo al Olimpo y, ¿qué gano? Otra maldita profecía que dice que voy a destruirlo. ¿Para qué chingados me esforcé tanto entonces si el jodido destino iba a llevarme a esto? ¿Eh? —está gritando, pero no se ha dado cuenta—. Y ahora resulta que haga lo que haga ese destino se va a cumplir. Pues vale, ya está, dejaré de pelear. Si de todas maneras va a ocurrir pues más vale irlo haciendo ya. Así al menos podré descansar de una maldita vez.

—No acabo de entender —dice Leo.

Percy cierra los ojos. No quiere ver a sus amigos cuando lo diga.

—Voy a ir a destruir el Olimpo. Uno u otro día de estos, aún tengo que pensar bien cómo, porque tampoco voy a ir a intentarlo hacer yo solito. Por más que la profecía diga que lo logro, nosotros sabemos bien que pueden prevenirse. Si quieren detenerme pueden hacerlo ahora, no pienso enfrentarme a ustedes.