Amistad
Percy espera en una esquina mientras los mira cuchichear entre ellos. No hace el intento de captar lo que dicen pero Leo habla más alto y a veces escucha lo que dice. Aprieta los dientes hasta que le duele la mandíbula. Tiene miedo, pero no de lo que pase, sino de quedarse solo. Y, es consciente de ello por la manera tan dolorosa en la que se comprime su corazón dentro de su pecho, más que quedarse solo, de quedarse sin ellos.
Se giran a verlo y para Percy es como si se detuviera el tiempo. La cara seria de ambos le vaticina algo malo. Se ponen de pie y se acercan los dos a él. Percy contiene la respiración.
—Ya lo decidimos —dice Nico más serio de lo que nunca ha estado, y eso ya es demasiado decir—, te acompañaremos. Te lo prometimos, ¿recuerdas?
Una parte de la presión en su pecho se libera en forma de una risita nerviosa.
—No tienen que hacerlo por eso. Los libero de su promesa, esto va más allá de cualquier cosa.
Leo toma su mano, sorprendiéndolo. Es tan cálido como la hoguera del campamento y lo reconforta de manera instantanea. También lo hace sonrojar.
—Eres nuestro amigo.
—Sería ir en contra de nuestros padres —Percy no está seguro de que acaben de entender—, podríamos acabar con el mundo, destruirlo. Probablemente acabamos muertos.
—¿Y eso qué? —Nico tiene los brazos cruzados y sonríe de una manera que le produce escalofríos a Percy, una mezcla de miedo y deseo recorre su cuerpo—. Todo acaba en el infierno de cualquier manera.
Leo le lanza una mirada indescriptible y frunce el ceño.
—Nos importas, Percy —aprieta el agarre—, no queremos que hagas esto solo.
Percy traga saliva y por fin respira con naturalidad. Sonríe.
—Gracias.
