Dioses

El vestíbulo del edificio está sorprendentemente vacío. Los tres se miran intrigados pues esperaban mayor resistencia, o por lo menos alguien dentro.

—Los dioses están seguros de su victoria —escupe Percy con amargura.

—Son dioses —dice Nico como toda explicación.

—Vamos —Leo abre la puerta del elevador. El ding que produce al abrirse hace eco con el corazón acelerado de los tres héroes devenidos en villanos.

Guardan silencio mientras suben. Percy aferra Contracorriente con tanta fuerza que sus nudillos se tornan blancos. Es un suicidio, y lo saben. No importa. Ya llegaron hasta ahí, lo único que queda es luchar y morir, o vencer.

Leo intenta hacer un chiste para aligerar el ambiente, es lo que hace, bromear cuando más miedo tiene, pero las palabras se le atoran en la garganta. Nico lo aprieta contra sí, en una muestra extraña de cariño.

El elevador se detiene en el último piso, en el Monte Olimpo. Conforme caminan rumbo a la sala del trono sienten que los miran, pero no sale nadie a pelear con ellos, eso sólo los enerva más. Sus pasos resuenan en el piso de mármol.

«¿Qué estoy haciendo?», se pregunta Percy de pronto. Mira de reojo a Leo y a Nico, a sus ¿amigos? ¿aliados? ¿novios? ¿amantes? «Los estás llevando a su tumba». Le da un escalofrío.

Quiere volver atrás, decirles a ellos que se vayan, que lo dejen solo con esa estúpida idea de acabar con todo. «¿Tan cansado estoy de vivir que soy capas de esto?». Sí, sí lo estás. Una vocecita le dice. Y aunque no lo estuvieras, lo dijo el oráculo. «He vencido a las profecías antes». Esta era más fácil de evitar, pero no quieres evitarla, estás harto. «Lo estoy».

Sus pensamientos se interrumpen cuando llegan a la sala del trono. Una sensación de déjà vu al ver a los doce olímpicos sentados en sus sillas. Recuerda la primera vez que estuvo ahí, lo orgulloso que se sintió de haber complacido a los mismos dioses que ahora quiere destruir. Una sonrisa amarga se extiende por su rostro.

—Sabía que debía matarte —dice Ares en cuanto notan su presencia.