La tarea

El agua con el que se remojó el rostro estaba ligeramente fría, lo que le sirvió para concentrarse en buscar una solución a su problema. Luz entonces se observó al espejo y, con grandes facies de preocupación, se dijo: «Muy bien, Luz. Tú puedes. Sólo tienes que pensar. ¿Qué dirás?».

―Verá profesor, el perro se comió mi tarea…

«¿En verdad piensas decir eso, Luz Noceda? Por favor. Ni siquiera estoy segura que haya perros en las Islas Hirvientes. Digo, King pudiera contar como uno, sería lo más cercano a un perro que he visto aquí. No te distraigas, Luz. Vamos, piensa. ¿Qué haría Eda en una situación como esta? ¿Qué puedes decir como excusa para la clase de Abominaciones? Excusa… No debería de estar intentando hacer esto. Con sólo pensarlo me hace sentir mal».

―Debería decir la verdad y nada más. Al fin y al cabo, no hice mi tarea. Debo de afrontar las consecuencias ―Así, la chica, con un suspiro, se resignó a recibir el castigo correspondido a su irresponsabilidad.

Pero la suerte estuvo de su lado.

―Se cancela su clase de hoy, chicos. ―dijo un alto y risueño gato blanco que, erguido y vestido de un elegante traje negro, les miraba a todos con sus enormes ojos esmeralda―. Resulta que su profesor tuvo un… digamos, problemilla con una de sus Abominaciones. Ahora tendrá que quedarse una semana en el hospital, así que considérense afortunados de tener libre estas próximas clases hasta que regrese.

Aquello era justo lo que Luz necesitaba. Un tiempo para poder concentrarse en elaborar su tarea. Pero había un problema más. No entendía lo que debía de hacer. Sabía que ella sola no podría cumplir con su tarea, pero sabía de alguien quien podría guiarle por el camino correcto. Tan pronto el sujeto gato se retiró del aula, Luz se levantó de su asiento y se dirigió directamente hacia el cubículo de quien sería su heroína.

―¡Amity! Amity, Amity.

Tan pronto escuchó aquella voz que gritaba su nombre, la pequeña y pálida bruja se ruborizó un poco de sobresalto. Inmediatamente giró la cabeza hacia el origen de los gritos y la vio, una extasiada pero angustiada Luz. Apenas Amity abrió la boca para hablarle, fue interrumpida por la apresurada voz de su amiga.

―¡Amity! Voy a necesitar que te quedes conmigo estos días unas horas extra en la biblioteca, por favor.

―¿Tú y yo? ¿En la biblioteca? ¿Solas? ―El imperceptible rubor que rondaba por el rostro de la bruja inicialmente ahora cobraba más y más color hasta un punto en que sus mejillas parecían ahora un par de cerezas― ¿Por horas? Luz. Aclárame una cosa. ¿Para qué precisamente me quieres contigo en la biblioteca?

―Bueno ―respondió ella con vergüenza―, ¿recuerdas esa tarea que nos dejaron? La del ensayo sobre la técnica de Roudinesco para Abominaciones.

―Sí, la recuerdo ―contestó Amity, recobrando poco a poco su natural palidez en el rostro mientras intentaba hallar el porqué de lo que Luz le comentaba.

―El hecho es que, digamos, no lo hice. Y ya sé que me preguntarás por qué no lo hice, pero es que no lograba comprender nada de esa dichosa teoría y, cuando intentaba ponerme a trabajar, me distraía fácilmente. En serio, hasta en un momento estuve tres horas viendo una planta que me regaló Willow porque quería notar cómo crecía...

Al escucharla, Amity no pudo hacer más que esbozar una pequeña sonrisa al observar enternecida lo apenada que se encontraba Luz mientras le confesaba su pesar.

―Luego me puse a limpiar el nido de Eda. Vaya que tenía mucha basura acumulada ahí. Hasta llegué a escuchar algunas de las canciones de Hootie, y entre tú y yo…

―Luz ―Le interrumpió Amity, riendo por las anécdotas que la chica le relataba―, está bien. No te preocupes. Claro que te ayudaré a hacer tu ensayo.

Ante esa respuesta, fue tal la emoción de Luz que se le echó encima, dándole un fuerte abrazo mientras le agradecía a una enrojecida Amity.

Así pasaron los días siguientes ellas dos. En un inicio la humana se llegaba a frustrar al no poder comprender la complicada teoría que yacía detrás de la creación de las Abominaciones. Pero Amity no se rendía cuando de Luz se trataba; le tenía paciencia y se esmeraba como su tutora. Después de todo, ella era la mejor estudiante de la clase.

Al tercer día, Luz comenzaba a entender lo que debía de hacer. Ahora las sesiones de estudio con Amity dejaban de cansarle tanto y llevaban un ritmo más veloz. Para el cuarto día ya no había necesidad de seguirse reuniendo en la biblioteca por las tardes, mas las chicas continuaron haciéndolo. Ya no sólo hablaban de la tarea, sino también de lo que había ocurrido en su día, de Azura, de mangas o de lo primero que se les viniera a la mente.

Finalmente Luz pudo escribir el ensayo que tenía por tarea. El día llegó y ahora sí que ella se encontraba lista para la entrega. Ya en el aula de clases, faltando unos minutos para que la clase diera inicio, el profesor aún no llegaba. En ese momento, Amity, quien se encontraba a un lado de la humana, le preguntó sobre su tarea.

―¡Ya lo hice! En verdad que no hubiera podido hacerlo sin tu ayuda, Amity. Muchas gracias. Hace dos semanas no podía entender ni lo más básico de esta teoría y ahora mírame, escribí este tonto ensayo de diez páginas. ¡Diez páginas!

Una victoriosa Luz sujetaba el texto con sus manos y lo elevaba sobre su cabeza con orgullo mientras la pequeña bruja le observaba con alegría.

―Mi nombre es Luz Noceda, la humana, y he podido entender el cómo se forman las Abominaciones bajo los conceptos más básicos de la magia. ¡Esto que tengo aquí entre mis manos es la prueba de ello!

No habiendo pasado unos segundos de que hubiera proclamado aquello, un extraño portal de luces rojas, verdes y amarillas se abrió cerca de las chicas. De aquel extraño espacio que captó la atención de todos, un diminuto cachorro de tres cabezas cruzó el umbral y, de una mordida, le arrebató de los dedos el texto a Luz. Así como apareció, el cancerbero a escala cruzó otro fulgurante portal que se abrió enfrente suyo y desapareció. Luz, aún con las manos en lo alto, observaba el espacio vacío donde hacía unos instantes se encontraba su preciado ensayo. Amity observaba aún confundida, sin entender lo que había sucedido.

Unos segundos después, el profesor de la clase de Abominaciones entró al salón, siendo de las primeras cosas que le pidió a la clase la tarea de hacía una semana. Así, los alumnos, uno por uno, le entregaron al maestro sus ensayos. Llegado el turno de Luz, entonces, no pudo más que decir:

―Profesor, sé que no me lo va a creer, pero un perro se comió mi tarea.