Siguiendo rastros

Esa mañana Eda despertó más temprano de lo usual. A decir verdad, lo hizo antes que Luz y King, quienes aún dormían plácidamente acurrucados en el cuarto de la chica. Sorprendida de sí misma, Eda se dirigió hacia la cocina para servirse un poco de sangre de manzana, mas al abrir la puerta de su refrigerador notó que el cartón de sangre estaba vacío. Eda suspiró.

―Ir o no ir al mercado. Veamos, ¿qué tanto quiero una taza de sangre de manzana? ―se preguntaba pensativa, pero al observar en la alacena que también se había acabado el cereal favorito de Luz, comentó al aire ―. Bueno, supongo que puedo ir de una vez por fruta y de paso estafar a una que otra persona.

Cuidadosa y con silencio, Eda se cambió la pijama por su vestido carmesí, tomó su báculo y partió al mercado de Huesosburgo.

Andando por el largo sendero de tierra, Eda no dejaba de pensar en lo que era su vida hoy en día.

«Un día tienes veinte y buscas comerte al mundo y al otro despiertas con dolores de espalda. Aún con esa maldición encima era imparable. ¡Ja! Nadie podía pararme. Quién se hubiera imaginado que ahora yo, Eda, la gran Dama Búho, terminaría haciendo de mamá búho».

Fuera del camino, colina abajo donde se ubicaba un ancho río, un inmenso árbol cruzaba a éste de lado a lado y, por su desgastada apariencia, podría suponerse que hacía mucho tiempo que fue derribado. Las corrientes del río se agitaban ferozmente y Eda no hacía más que contemplarlo nostálgica.

El viento ululaba y las hojas de los árboles se agitaban enérgicamente. Eda casi podía observarse a sí misma cruzar el río, caminando a través de la áspera corteza del árbol que, al igual que ella, lucía más rejuvenecido en aquel entonces. «Qué recuerdos», se decía a sí misma con serenidad.

Con una sonrisa, Eda Clawthorne continuó su camino hacia el mercado, pero su mente aún seguía divagando entre los cientos de fragmentos que se postraban en su memoria cual galería. Aquel día pertenecía a una lejana etapa de su vida, una donde la mera existencia de Luz y King nunca le hubieran pasado por la cabeza; una donde la joven de anaranjada cabellera se aventuraba por los recónditos escondrijos de las Islas Hirvientes.

Tras cruzar el ancho río, la chica de fulgurante cabello observó su alrededor con gran minuciosidad. Cualquier cosa, hasta la más mínima, podía servirle. Alguna marca en los árboles o huella en la tierra, hasta algún delgado mechón del pelaje de la criatura le era útil. La cuestión era sólo hallar el rastro. Por suerte, el sol de esa mañana resplandecía e iluminaba todo el paisaje, facilitándole las cosas.

«Debe de haber algo por aquí», pensaba Eda mientras sonreía. Algo en hacer el papel de cazadora le divertía.

―¡La escurridiza bestia se me escapó de entre las garras! Justo cuando creía que la tenía a mi merced ―mencionaba un purpúreo y peludo fortachón de cuatro ojos a un pequeño grupo de cazadores que escuchaba atentamente su relato en la cantina―. Pero la próxima vez que le vea no le será tan fácil salirse con la suya. La gente cree que nadie puede atraparle. Pero yo, Maximus, el Grande, demostraré lo contrario.

A sus espaldas sólo se oyó una grave risa seguida de un bufido. Cuando el grupo de cazadores volteó a ver sólo notaron a la joven Eda, quien, con una retadora mirada, les veía con firmeza.

―Por favor, viejo. Todos aquí sabemos que se te volvería a escapar. ―decía ella con una pícara sonrisa en el rostro.

―¡Pero qué tenemos aquí! ―respondió el hombre púrpura en tono burlón―. Si no es más que Eda Clawthorne, la niña búho ―dijo riendo con fuerza, mientras los demás le hacían coro y la joven se ruborizaba avergonzada―. ¡Lárgate de aquí, monstruo!

Pero ella hizo caso omiso.

―Sólo me echas porque sabes que pudiera hacer un mejor trabajo que tú y no quieres que tus lamebotas lo sepan, cuatro ojos.

―Ah, ¿en serio crees eso?

―No lo creo, lo sé…

«Este fue el último lugar donde se le vio» pensaba Eda mientras seguía buscando rastro alguno «. Tengo que hallar algo para ganarle a ese fantoche».

Tras pasar un rato, la bruja finalmente encontró un diminuto rastro: una huella que estaba cercana a difuminarse entre la tierra. Tras examinarla un momento, partió en dirección a donde creía que encontraría a la criatura. Hacía unos días que la joven había aprendido un hechizo para desterrar criaturas a otros lejanos y desconocidos lugares y se encontraba muy entusiasmada por hacer uso de este.

Así, Eda corría a través del bosque, siguiendo toda pista con la que se topara. Para ella esto no era más que un juego más. El rastro de la criatura cada vez se hacía más obvio. Ella ya no podía contener la alegría.

El final del camino llegó al atardecer. Eda se encontraba justo en el escenario que quería: ella, escondida detrás de unas rocas, observando con cautela a la criatura que toda la mañana llevaba buscando. Ahí estaba, con su largo cuello extendido hacia la copa de un árbol, comiendo unas cuantas hojas. La última de las jirafas de las Islas Hirvientes.

―Me costó un poco el alcanzarte ―dijo la bruja del flameado cabello mientras salía de su escondite―, pero no puedes escapar de mí.

Mas la jirafa no respondió, solamente le miró mientras terminaba de masticar y tragar unas hojas. Eda revisaba el lugar, intentando calcular hacia dónde pudiera huir la jirafa una vez que la acción empezara. Ella se mostraba fría y firme ante su adversario, pero el animal sólo seguía mirándole, ahora con la lengua de fuera, como si no entendiera que Eda representaba una amenaza para éste. Resignada, la bruja dejó salir un largo suspiro.

―En verdad que son raras ―dijo mientras, dibujando al aire con ambas manos dos grandes aros de magia, llevaba a cabo el hechizo del portal que desterraría a la última de las jirafas de las Islas Hirvientes―. Muy bien, andando, fuera de aquí. Shoo. Cruza el portal ―le decía ella, mientras insistentemente señalaba con las manos un enorme portal luminiscente, pero la jirafa sólo le veía, perdida, sin entender una palabra.

Eda, ahora desesperada, se pasaba las manos por el rostro lentamente.

―¿Que no entiendes de que nadie te quiere aquí? ―Le preguntaba gritando al hueco animal, acercándose al gran portal y señalándole con agitación.

La jirafa, pareciendo que finalmente le había entendido, comenzó a aproximarse, para alivio de Eda, al portal que ella tanto apuntaba. Pero a unos pasos de cruzar el umbral y desaparecer de una vez y por todas, el animal descendió su largo cuello hasta que su rostro estuviera al mismo nivel que el de la bruja. Ella, extrañada, le veía. Aún con la lengua de fuera y los ojos un poco desviados, el animal se mantuvo así, cara a cara, por unos segundos. Antes de que la joven pudiera reaccionar, comenzó a escuchar una voz.

«¿Qué es eso?» se preguntaba «¿De dónde viene esa voz?»

«Eda Clawthorne»

La joven bruja se percató que, en efecto, de alguna manera la jirafa le estaba hablando.

«¿Quién eres? ¿Cómo estás haciendo esto?»

«Mi nombre y origen no importan» le respondió «. Mi destino, por otro lado, ha sido ya decidido por ustedes. Me depara la vida en otro mundo, donde mis hermanas y hermanos me esperan. En otras circunstancias hubiera puesto resistencia, mas te he estado observando, Eda Clawthorne, y he visto que eres tú a quien esperaba».

«¿De qué hablas? ¿Esperar para qué?»

«En mi vida he conocido toda clase de criaturas, monstruos, sabios, magos y brujas. Antes de partir, me interesaba hablar por última vez con alguien. En realidad no sabía quién era ese alguien, pero sabía que lo sabría cuando le tuviera frente a mí. Ahora sé que eres tú, Eda Clawthorne».

«¿Y por qué yo? ¿Qué quieres hablar conmigo, eh?

«Darte unas palabras. Ese es mi único deseo» dijo el animal y Eda, un tanto desconcertada y con curiosidad, aceptó con la mirada y le invitó a continuar «. Eda Clawthorne, noto en ti la presencia de una enfermedad. Una maldición yace en tu interior y lo sabes. Mi destino, como te dije, ya ha sido escrito. Pero el tuyo, ah, lo veo aún cambiante, como las aguas de un río o las llamas de un fuego. Veo en ti un camino de mucho sufrimiento y dolor. Apartada de tus padres y de tu hermana. Solitaria. Triste y desolada, escondiendo todo detrás de una falsa sonrisa y confianza. Intentas desafiar a los demás, anteponerte a ellos, para así intentar olvidar lo vulnerable que te sientes».

La chica, boquiabierta, veía pasmada al animal. Su inicial y pícara sonrisa había desaparecido. Sus brillantes ojos ámbar se movían de un lado a otro.

«Pero no decaigas, joven bruja» continuó «. Porque ahora entiendo la imperiosa necesidad de tener esta conversación contigo. Mi último papel aquí es pasarte el siguiente mensaje: veo también en tu vida una luz, brillante, resplandeciente, que iluminará tu derredor y te indicará el camino a seguir cual faro. El momento llegará. Tú sólo tendrás que esperarlo. No pierdas la fe».

Con esas palabras el animal se apartó de Eda y comenzó a caminar hacia el portal, mas antes de cruzarlo se detuvo y, sin voltear a verle, se despidió.

«Hasta pronto, Eda Clawthorne, la gran Dama Búho».

Así, con esas palabras, la última jirafa de las Islas Hirvientes se retiró.

Eda finalmente llegó de regreso a la Casa Búho, con todas las provisiones envueltas en una manta que llevaba colgando de su báculo. Aquel recuerdo de su juventud… Si no se equivocaba nunca había vuelto a recordar aquello hasta ese momento. Tan pronto Hooty la recibió con ánimo y le abrió la puerta, Eda contempló cómo King y Luz se peleaban por las últimas galletas de hormiga que quedaban en la alacena.

―Esas galletas me las regaló Amity, King.

―¡Pero yo soy tu rey! Merezco esto y más.

Eda les vio agraciada.

«Jirafas» pensó, bufando internamente mientras esbozaba una cálida sonrisa «, qué fenómenos».