Sombras
Un largo día en Hexside dejó a Luz Noceda sin energías. Clase de Pociones, Abominaciones, Plantas y Construcción en la mañana, seguido de tratar de escapar de Boscha durante los descansos y cerrando con una densa clase del Oráculo. La chica humana quería llegar sólo a su casa y acostarse. Cansada, llegó a su anhelado destino para el atardecer. Entró a la silenciosa Casa Búho arrastrando los pies, arrojando su morada mochila lejos y se dirigió hacia su cuarto, dejándose caer justo sobre el delgado colchón que tanto había esperado ver en el día.
Luz durmió…
Súbitamente despertó, aún somnolienta, tallándose los ojos. Notó por la iluminación de su cuarto que habría de haberse quedado dormida por lo menos tres horas, dado que todo se encontraba por completo oscuro y podía apreciarse la luna menguante por la ventana.
Se levantó y, hambrienta, decidió ir a buscar algo de comer a la cocina. «Un aperitivo y de regreso a la cama». Salió bostezando de su cuarto en un estado de la más mínima vigilia; no quería perder el sueño. Al andar por el pasillo que le conduciría a las escaleras, sin embargo, sintió que alguien le observaba. Volteó detrás suyo y ahí estaba. A lo lejos, entre la oscuridad, pudo distinguir la silueta de Eda. Quieta. Inmóvil.
―Hola Eda ―dijo la aletargada adolescente―, disculpa por no saludarlos cuando llegué, pero no te imaginarás el día que tuve. Mañana les cuento bien, ahorita solamente quiero comer algo y volverme a dormir.
No hubo respuesta.
Luz siguió su camino. Bajó las escaleras. Apenas notó, a un lado del sofá de la sala, erguido, la figura de King. No se molestó en saludarlo y continuó hacia la cocina.
Abrió la alacena. Tomó de un estante un plato y la caja de cereal. Se sirvió, tomó una cuchara de plata y comenzó a comer. «Qué delicia», pensaba ella mientras caminaba alrededor de la cocina sujetando su plato. Pero la placentera degustación de su cereal favorito fue interrumpida cuando, al observar sobre la barra de la cocina, vio una nota de la Dama Búho:
"King y yo tuvimos que salir de urgencia al mercado ilegal. No te preocupes, no habrá nada legal. ¡Ja!
P.D. No nos esperes, nos vamos a tardar. Regresaremos hasta mañana por la mañana. Cuida la casa".
Habiendo terminado de leerla, la humana sintió una fría corriente correr a través de su espalda. «¿Los habré imaginado?», se preguntaba. Dejó el plato sobre la barra y asomó la cabeza hacia la sala, donde hacía unos minutos vio a King, pero no había más que el sofá y unos libros.
―Hooty ―gritó la chica pensativa, mas no hubo respuesta―. ¿Crees que puedas prender las luces de la casa, por favor?
Nada ocurrió.
Extrañada, la humana se dirigió a tientas hacia las escaleras. Subió al segundo piso de la casa y se dirigió al cuarto de su maestra, pero ahí sólo habitaba la presencia del silencio. De súbito se oyeron los pasos de alguien correr a través del pasillo. La chica rápidamente salió del cuarto y se asomó: oscuridad y nada más.
Aquello no era una broma, sabía ella; no era el tipo de bromas que Eda disfrutaba de hacer. Algo estaba sucediendo. Alguien estaba dentro de la casa. «Tengo que ir a Huesosburgo y buscar a Eda», se dijo. Tomó su pluma, un bloc de notas y algunos cuantos glifos que ya tenía de antemano y se dirigió sigilosamente hacia la entrada de la casa.
Una vez ahí, frente a la puerta, Luz notó que no podía abrirla. Se encontraba atascada.
―Hooty ―susurraba ella con temor―. Hooty. Necesito que abras la puerta ya ―pero nada sucedía.
Detrás de la chica, entonces, se escuchó un crujido en la madera del suelo. La humana giró y las observó: las oscuras siluetas de Eda y King. Inmóviles. Paradas ahí, mirándole. De pronto corrieron hacia las escaleras y las subieron velozmente. El estruendoso ruido de una puerta azotarse se oyó. Una suave voz, cual eco que retumbó en todas las paredes de la Casa Búho, entonces se escuchó. Sonríe, dijo claramente.
Luz, aunque temerosa, se armó del valor necesario para intentar resolver la situación, lo cual requería seguir las sombras que habían subido al segundo piso. Así que, armada de sólo sus glifos, fue lo que hizo.
Con cada escalón que subía el aire se volvía más pesado. El desconocido eco repetía constantemente la misma orden una y otra vez. Sonríe. Escuchaba, además, la incesante respiración entrecortada de alguien, alguien que, parecía ser, cada segundo se acercaba más a la chica. Ya en el pasillo, frente a la puerta de su cuarto que se encontraba cerrada, Luz no sólo escuchaba el eco y la respiración, sino que podía sentir esta misma en los vellos de su nuca.
Tomó el picaporte. Lo sujetó unos segundos, indecisa de si en verdad debía de hacer aquello. Lo giró. Abrió la puerta. Ahí, enfrente suyo, estaban una vez más la sombras de Eda y King. Cada una a lado de un largo espejo, que yacía justo en el centro del cuarto. Luz sujetaba en sus manos los glifos, preparada para cualquier cosa que pudiera suceder.
Algo extraño ocurría, sin embargo. En el espejo que tenía frente a ella no se apreciaba su reflejo. No. Lo que la humana veía era algo más. Era su misma silueta. Oscura y vibrante. Detrás de ésta, se aproximaba una sombra más. «¿Madre?». Sonríe. La imagen de Luz siendo abrazada por Camila era lo único que se miraba a través del objeto. La chica, como en un trance, veía profundamente aquello. Vamos, sonríe. «Madre...», pensaba ella mientras avanzaba hacia el espejo. Paso a paso, arrastrada por una fuerza que no lograba comprender; las siluetas de Eda y King le observaban. Hipnotizada por la imagen, quedó a unos centímetros de ésta. Una parte de ella intentaba oponerse, activar los glifos que tenía en la mano. Pero por alguna razón, no hacía uso de ellos. Frente a frente con su sombra, Luz finalmente sonrió.
Algo ocurrió esa noche en la Casa Búho. Desde fuera, a través de las ventanas, un cerúleo resplandor apareció por unos segundos. Algunas criaturas del bosque luego dijeron que el agudo grito de una chica le acompañó.
A la mañana siguiente, Eda y King llegaron a la Casa Búho.
―Una completa estafa ―decía Eda.
―No puedo creer que pasamos la noche entera buscando a tu contacto sólo para que no apareciera, Eda ―Se quejaba King, cansado.
Al entrar, lo primero que vieron fue a la chica humana que, parada e inmóvil, justo enfrente de la entrada, les esperaba con una enorme y desconcertante sonrisa.
―Bienvenidos chicos ―les dijo con una monótona voz.
―Hola, Luz ―respondieron ambos al unísono con hastío.
―Chicos ―les dijo la chica, que no dejaba de sonreír ―, no deberían tener esas caras largas. No les hace bien. En cambio, deberían de mostrarme una gran sonrisa. Vamos, chicos, sonrían.
