François

―¡Eda! ―gritaba King mientras corría desde el bosque hacia la Casa Búho.

La Dama, que se encontraba viendo el barranco a través de la ventana de su cocina, perdida en sus pensamientos, fijó su atención hacia su pequeño amigo al momento en que le oyó lloriquear.

El café conejo de peluche, François, yacía enfrente suyo. Eda le miraba sin saber a qué se refería King.

―No entiendo nada de lo que me dices.

―¿Qué hay por entender? ¡Míralo! Oh, este es un día oscuro en la historia de mi reinado.

Pero Eda seguía sin entender qué ocurría.

―Necesitaré más detalles.

―¡Su ojo! ―gritó King exasperado―. François ha perdido su ojo en batalla.

Era cierto. Sólo hasta entonces notó la diferencia. Al tierno peluche le hacía falta el cerúleo botón que tenía por ojo izquierdo. King le explicó que, durante una ardua batalla contra un pelotón de rojas hormigas, él y François tuvieron que optar por la retirada. Mas a medio camino de regreso, notó que su compañero tenía ya su grave herida.

―Bueno, estoy casi segura que tengo un botón rojo entre mis cosas. Se lo coso y todo listo.

―¡No! ―gemía King―. Rojo no, Eda. El rojo es el color del enemigo. Tiene que ser azul.

Eda, tras pensarlo unos minutos, suspiró con fastidio y respondió:

―Qué diablos, está bien. Vamos al mercado a buscarle un ojo a François.

Eda creía que aquel día podría descansar. Dentro de una hora Luz saldría con sus amigos y no regresaría hasta la noche. «Un día sólo para mí», se había dicho a sí misma aquella mañana al despertar.

«Había olvidado que aparte de Luz tengo todavía a un bebé que cuidar».

Ya en el mercado, Eda y King empezaron a buscar en cada puesto algún botón que pudiera servir de reemplazo. Pero, para la mala suerte de los dos, nadie tenía uno que fuera color azul (aunque sí de todos los otros colores).

―¡Por favor! ―bufó Eda al aire―. ¿Qué clase de cruel ser me está castigando con esto? ¿Qué tan difícil puede ser encontrar un simple botón azul?

―Mamá ―decía un pequeñuelo demonio a su madre con inocencia al pasar cerca de la bruja―, ¿crees que sirvan de algo a los huérfanos los cien botones azules que les doné?

―Claro que les servirán, cariño. Qué buen niño eres ―le contestaba con amor su madre―. Y pensar que hacía diez minutos seguías sin saber qué hacer con todos esos botones azules. Qué bueno que se me ocurrió la idea de dárselos a los más necesitados.

Eda, con un tic en el ojo, murmuraba queja tras queja y se contorsionaba mientras oía aquello.

Estaban cerca de rendirse. King consolaba a su herido subordinado . Eda sólo quería regresar a su casa, echarse en el sillón y tomar una taza de sangre de manzana mientras leía un buen libro. Pero, unos momentos antes de resignarse, escuchó a un vendedor ambulante gritar:

―¡Botones! ¡Botones! ¡De todos los colores! ¡Verde, rojo, amarillo! ¡Usted nómbrelo y yo lo tengo! ¡Café, negro, azul! ¡Aprovechen que sólo me queda uno de los azules!

Azul. Aquella palabra resonó por completo en la cabeza de Eda.

―¡Yo lo quiero! ―gritó emocionada al unísono con otra voz. Cuando giró la cabeza para ver de dónde procedía la otra voz, observó que provenía de un miembro del Aquelarre del Emperador. «Lo que me faltaba».

Eda corrió directo hacia el vendedor, pero igual hizo el soldado. Ambos llegaron al mismo tiempo frente al comerciante. Inmediatamente comenzaron a pelearse por quién debía ser quien se lo llevara.

―Necesito ese botón más que tú, Dama Búho―decía el enmascarado hombre.

―Sí, bueno… un momento... ―Eda, percatándose entonces de la identidad del militante, comentó―. Sabía que tu voz me parecía familiar. Pero si tú eres ese que tiene un amor platónico por mi hermana, ¿verdad? ¿Cuál era tu nombre? ¿Stu? ¿Alex? No, ¡Steve!

―¡No es cierto! ―respondió el miembro abruptamente con un tono nervioso―. Lo que siento por ella es pura admiración profesional y nada más, además….

―¡Mira, es Lilith! ―Le interrumpió la bruja, señalándole a lo lejos .

―¿Dónde? ―gritó el hombre, volteando rápidamente de un lado a otro.

Eda, riendo y bufando, continuó molestándole:

―De seguro quieres el botón para dárselo a mi hermana y así ganar puntos con ella, ¿o me equivoco?

―¡Sí! ¡No! Digo… ―Steve sólo balbuceaba sin saber qué responder―. No tengo nada que justificarme ante ti, criminal. En este momento estás bajo arresto.

Pero Eda sólo seguía riendo. Molesto, el soldado comenzó a conjurar hechizos contra ella en un intento de atraparla, mas la bruja fácilmente los eludía. Pronto, una pequeña pero intensa batalla de magia se llevaba a cabo. La multitud se reunió alrededor, haciendo apuestas y gritando porras. King miraba con ánimo a Eda.

―¡Gánale, Eda! ¡Hazlo por François! ―rugía el pequeño mientras elevaba al peluche.

Eda sonreía pícaramente mientras peleaba. Y, a decir verdad, no conjuraba hechizo alguna para atacar; sólo se defendía. Su contrincante, en cambio, empleaba todo tipo de conjuros para vencerle. Después de un rato, Eda finalmente comentó:

―Ha sido divertido, Steve, pero creo que es hora de retirarme. Quiero dormir. Mándale mis saludos a Lilith ―Y, con un rápido hechizo de parálisis, detuvo al enmascarado.

Eda, acercándose al mercader, le pidió el cerúleo botón.

―Claro, serían cincuenta caracoles, por favor ―respondió el vendedor con tranquilidad.

―¿Cincuenta? ―repitió exaltada la bruja―. ¡Esto es una estafa!

―Oferta y demanda, señora. Parecía muy empeñada en conseguirlo hace un momento ―dijo él con una gran sonrisa en el rostro―. ¿Sí lo va a querer?

Eda, dubitativa en un inicio, al contemplar los tiernos ojos de perrito de King, no pudo negarse. Una vez hecha la compra, y King riendo con alegría mientras abrazaba a François, Eda le comentó:

―Será mejor que no me pidas nada en un buen tiempo, King.

Unos minutos después, cuando ya sólo quedaban los escombros como vestigios del duelo que hubo, Perry Porter se posicionaba frente a la cámara con aquel escenario detrás suyo:

―Así fue cómo la gente del mercado relata la pelea entre la Dama Búho y uno de los miembros del Aquelarre del Emperador. En este momento, como pueden observar, un equipo especializado está retirando el hechizo de parálisis de este valiente soldado. Por el momento no se sabe nada más, pero las investigaciones apuntan a que Eda, la Dama Búho, se encontraba buscando un valioso objeto cuando fue interceptada por el combatiente. Los mantendremos informados con más noticias sobre el asunto. Este fue un reportaje de Perry Porter en BBN.

Apagada la cámara, el hombre miraba con orgullo a su hijo, hablándole con entusiasmo sobre el arte de ser un reportero.

En la Casa Búho, Eda cosió el nuevo ojo de François y pasó el resto de su día leyendo y bebiendo. Ya de noche, Luz llegó de regreso.

―¿Cómo les fue en el Lago Lacuna, niña? ―Le preguntó una tranquila Eda.

―¡Increíble! Nadamos un rato en el agua. Jugamos a Marco Polo. Hasta construimos un fuerte. Luego tenemos que ir algún día ahí, Eda. O a la rodilla. Tengo muchas ganas de jugar en la nieve.

La joven siguió su camino por la casa. Eda le oía y sonreía ligeramente. Pero su sonrisa se borró por completo cuando escuchó lo que la chica le comentaba a King:

―Por cierto, cuando venía de regreso encontré este botón, King. Me recordó al ojo de François así que me lo traje. Ten. No sabemos cuándo te pueda ser de utilidad.

Eda, la gran Dama Búho, dejó su libro aparte y le dio un sorbo a su bebida. Con un gran tic en el ojo, la bruja no podía dejar de pensar en una sola cosa: «Voy a matarlo».