Tomada
Abre los ojos. Siente el suave soplo del aire rozar tus mejillas. Recuerda qué estabas haciendo en aquel aula de clases a tan altas horas de la noche.
―Hoy llegaré más tarde, papá. Me quedaré en la escuela a terminar de mejorar mi proyecto para la clase de plantas.
Esperabas quedarte un par de horas más, pero ya ha anochecido y ni siquiera sabes en qué momento sucedió. ¿Me habré quedado dormida?, te preguntas. Abre la puerta. Observa los profundos y oscuros pasillos de la escuela. Parecen no tener fin.
¿Willow?, oyes a lo lejos. Entrecierras un poco los ojos para alcanzar a distinguir a quien se encuentre del otro lado del pasillo, donde la oscuridad abunda. Finalmente logras saber de quién se trata.
―¿Amity? ¿Qué haces aquí tan de noche?
―Lo mismo debería preguntarte. Yo tuve que regresar por unos libros muy importantes que había olvidado. Pero tú, ¿qué haces aquí?
No lo recuerdas. Ya es muy tarde para terminar tu trabajo y te resignas a entregarlo así como está. Ya es hora de regresar a tu casa, te dices, tus papás deben de estar preocupados. Pero de pronto se escucha el estrepitoso sonido de un gran y pesado objeto caer al suelo.
¿Qué fue eso? No lo sé, pero parece que ocurrió por allá. Miras a tu alrededor. Silencio. Le preguntas a Amity si ya tiene sus libros consigo.
―De hecho no los encontré. Juraría que los había olvidado en el salón de clases, pero cuando fui a asomarme no estaban ahí. Supuse que alguien los recogió y dejó en los objetos perdidos, así que los buscaré mañana. Ya me dirigía a la salida para irme a mi casa. Fue entonces cuando te vi. Pero… Willow… ―Amity te mira extrañada―. ¿Por qué ibas saliendo del gimnasio?
Intentas responder. ¿De qué hablas?, le preguntas. Yo estaba en el salón de plantas, terminando mi proyecto. ¿No?
―Willow, saliste de aquella puerta ―te señala la bruja con desconcierto―. Ese es el gimnasio. ¿Qué hacías ahí?
Confundida, intentas recordar. Pero tu memoria está en blanco. Otro fuerte ruido se vuelve a escuchar. Es seguido de otro aún más intenso. Y de otro. Cada uno resuena aún más que el anterior. Además, cada vez suenan más cerca de ustedes. Un ruido más vuelve a oírse y tus sospechas son confirmadas: sea lo que sea procede de allá, del sombrío corredor, y se está acercando. Viene por nosotras, le dices a tu amiga, tenemos que salir de aquí.
Huyen, pero la oscuridad les persigue, extendiéndose por el pasillo al ritmo que ustedes se mueven.
¿Qué está pasando?, te pregunta Amity asustada. No le contestas. Observan con alegría, a unos metros de distancia, la salida de la escuela. Corren enérgicamente. Corren con todas sus fuerzas. Corran. Tienen que salvarse. ¡Salgan de ahí! Empujan la puerta. Ésta se abre. Cruzan el umbral.
Jadeantes, intentan recuperar el aire mientras sonríen. Pudiste escapar y eso te alivia. Pero tan pronto volteas a tu alrededor percibes que no se encuentran fuera de la escuela, sino todo lo contrario. Están dentro del gimnasio.
―Esto no tiene sentido. ¿Por qué seguimos dentro?
Mientras Amity se cuestiona la naturaleza de lo que están viviendo, tú comienzas a caminar a través del gimnasio. No sabes por qué, pero todo te parece tan familiar.
―¿Willow? ¿A dónde te diriges?
Amity, que va tras de ti, te toma del hombro, un tanto preocupada, cuando te detienes justo en el centro del lugar. Pero, en ese instante, translúcidos espectros comienzan a surgir del denso aire. Uno tras otro, parecieran no notar la presencia de ustedes. Emparejados, los sosegados espíritus comienzan a bailar alrededor de ustedes un tranquilo waltz. Amity y tú se acercan aún más y se colocan de espaldas la una con la otra.
―Tengo miedo, Willow.
Poco a poco, la lúgubre melodía a la que están danzando los fantasmas empieza a rimbombar en sus cabezas. Amity contempla asustada el baile en espiral que ocurre en torno a ustedes.
―Willow, reacciona...
Los danzantes espectros comienzan a aproximarse al centro del gimnasio al ritmo del waltz. A medida que el círculo de baile se va cerrando, la nebulosa oscuridad de hacía unos momentos vuelve a aparecer.
―¿Qué hacemos, Willow?
Los espíritus giran. Dan vueltas. Elevan a sus parejas al unísono. Un, dos, tres. Salto. Un, dos, tres. Giro. El círculo se cierra aún más. Tu respiración se empieza a cortar. La oscuridad, que sigue avanzando hacia ustedes, desvanece todo lo que toca. De pronto, lo recuerdas todo.
―Willow…
Hace cuatro horas que tú ya fuiste tomada.
―¿Willow? Preguntaba Amity al aire. Pero Willow ya no estaba a su lado. Y, mejor dicho, ella nunca lo estuvo, porque hacía mucho que las tinieblas se la habían llevado ―contaba Gus a sus amigos―. ¿Qué pasó con las pobrecitas de Amity y Willow? Nadie lo sabe. Nunca se les volvió a ver.
Luz, Amity y Willow le miraban con plena atención, totalmente adentradas en lo que el chico les narraba.
―Ahora, a diferencia de la historia de Luz, lo que les acabo de contar no es algo inventado. Es una leyenda que ronda entre la gente de Hexside. Las dos chicas de las que les hablé, según se dice, sí existieron. Yo nada más le agregué los nombres de Amity y Willow con el fin de hacerlas sentir más inmersas en la historia ―decía Gus con una pequeña sonrisa mientras se rascaba la mejilla, mas luego volvió a tomar un tono de seriedad―. Pero, sepan ustedes que, si un día pasan cerca de la escuela cuando la puesta del sol ya ha ocurrido y no queda más que el silencio de la noche, si en ese momento llegan a oír las fúnebres melodías de un waltz, sigan adelante y no miren atrás. Porque si no lo hacen, correrán el riesgo de también ser tomadas por la oscuridad...
King, que escondía el rostro en el costado de Luz, temblaba mientras pedía que ya no se contaran más historias de terror. Eda, que había estado escuchando los relatos que se contaban los chicos y ahora se encontraba recargada en el marco de la puerta de su protegida, soltó un bufido y dijo:
―¿Pero qué dices, King? Si la noche de hoy es perfecta para historias de terror. Oigan ―les comentaba al grupo en lo que tomaba asiento a un lado de Luz―, díganme, ¿les gustaría que ahora yo les contara una?
Ellos, aunque atemorizados, aceptaron con gusto.
―Muy bien, prepárense para mojar sus pantalones. Lo que les voy a contar es una historia que escuché hace ya muchos años, en uno de mis viajes por las Islas Hirvientes...
