Huesosburgo

Eda volaba a través de los pasajes. De vez en cuando miraba sobre su hombro. Le seguían persiguiendo. Detrás suyo tenía a las criaturas más viles que uno podría imaginarse: Gnomos. Al otro lado del mercado nocturno, Luz y King huían de una gran redada de guardianes. Esa noche el caos reinaba en Huesosburgo. Mercaderes de todo tipo corrían. Los que no escapaban, o peleaban contra la ley o uno contra el otro.

―Oh, Luz, deberías de estar viendo esto ―decía King, quien, yendo dentro de la capucha de la chica, miraba con euforia al escenario. Ella, en cambio, sólo se concentraba en correr.

Un gran enfrentamiento se llevaba a cabo. Hadas de los dientes volaban por doquier mordiendo a quien tuvieran enfrente. Ojos del tamaño de un carro embestían contra los demás. Un grupo de hombres lagarto peleaba con los puños contra lo que parecían ser flamingos azulados. Los guardias del Aquelarre del Emperador se abalanzaban de un lado a otro intentando reprimir la salvaje riña que estaba sucediendo.

Luz intentaba encontrar un camino hacia donde huir. A su izquierda una tierna ancianita golpeaba en el rostro con su bastón a un enorme cíclope. A su derecha, un hechicero conjuraba una docena de venus atrapamoscas andantes. Detrás de ella tenía a los guardianes. Enfrente suyo, un escuálido y pequeño duende que, haciendo uso de un glifo de poder del Aquelarre de Construcción, alzaba al aire a una pila de hombres mientras gritaba "¡Conozcan a su destructor!".

―¿Qué está pasando, King? Todos enloquecieron ―gritaba la humana, pero su peludo amigo sólo reía, gozando del espectáculo.

―Esto no es tan raro como crees, Luz. Suele pasar de vez en cuando.

―¿Y cuántas de esas veces este caos es iniciado por culpa de Eda? ―preguntaba la joven sin dejar de correr.

King, tras pensarlo unos segundos, respondió:

―Más de las que te gustaría saber. ¡Oh, mira a aquel tipo! Pobre, no podrá volver a usar esa pierna en un buen tiempo.

Luz, que pudo detenerse detrás de unos barriles unos segundos, le preguntó jadeante, recuperando el aire:

―A todo esto, ¿dónde se encuentra Eda?

De pronto, emergiendo a lo lejos de donde se encontraban aquellos dos, un gigantesco dragón alado voló a lo alto del cielo y, con un aliento helado, comenzó a congelar todo a su alrededor. ¿Pero qué rayos es eso?, gritaba Luz. King reía y lo miraba impresionado. ¡Esto se pone cada vez mejor! De regreso a la ubicación de la Dama Búho, los gnomos, que antes eran sus perseguidores y ahora huían despavoridos, gritaban de terror. La bruja, quien contemplaba pensativa al gran dragón albino que yacía sobre ella, comentó:

―Debo de admitir. Hasta yo creo que se me fue la mano con ese último hechizo…

Dos horas antes de aquello, en la Casa Búho, Luz releía el tercer volumen de Azura dentro de su cuarto cuando su maestra se asomó por el marco de la puerta.

―Ey, niña, King y yo vamos a ir rápido al mercado nocturno, ¿quieres acompañarnos?

―¿Al mercado nocturno? ―La chica cerró su libro―. No lo sé, Eda. ¿Qué no se supone que ese lugar es ilegal y peligroso?

―¡Exacto! ―le respondió la bruja con una gran sonrisa en el rostro mas, al notar la indecisión de su aprendiz, continuó―. Pero no te preocupes, niña. Sólo tengo que ir a comprarle unas runas a unos sujetos y ya. Es un viaje de ida y vuelta. Además, te haría bien un poco de aire.

Tras pensarlo unos momentos, la humana aceptó.

―¡Así me gusta! ¡Esa es la Luz que conozco! Ya verás que nada malo pasará. Y si algo llegara a ocurrir, estás conmigo, niña, la Dama Búho ―le comentaba mientras revoloteaba el cabello de la chica con la palma de su mano―. ¿Qué es lo peor que pudiera suceder?

El mercado de Huesosburgo, entre llamas y hielo, estaba albergando una de las más grandes peleas que había tenido en años. Aún con aquel colosal dragón volando sobre sus cabezas, la gente no se detenía. El constante intercambio de puñetazos continuaba.

Eda, que había estado buscando a sus amigos por los aires montando su báculo, finalmente los encontró. Descendió y, una vez estando con ellos, Luz se le acercó molesta.

―No te preocupes, es un viaje de ida y vuelta. Nada malo va a pasar ―le imitaba sarcásticamente la humana―. ¿Ya viste todo a tu alrededor, Eda? ¿Por qué tuviste que robarles ese amuleto a los gnomos?

―No lo entiendes, Luz. ¿Crees que lo hice a propósito? Pero no pude evitarlo, niña. Era tan brillante ―respondió la maestra con sus pupilas completamente dilatadas.

―¡Eda…! ―La chica pudo haber seguido quejándose, pero fue interrumpida por la bruja del vestido carmesí.

―Relájate, Luz. Esto durará unos minutos más a lo mucho. Tú sólo observa.

Y así como lo proclamó, sucedió. La ardua batalla que sucedía entre todos los comerciantes y compradores del mercado nocturno se detuvo de súbito. Ahora, dándose la mano, se levantaban y ayudaban el uno al otro. Aquellos que hacía unos momentos luchaban ferozmente ahora se abrazaban y reían fraternalmente. Algunos magos apagaban el fuego del lugar mientras otros se enfocaban en derretir el hielo. Eda entonces abrió un gran portal en el cielo, el cual cruzó el helado dragón para retirarse del escenario. En lo que algunos mercaderes recogían los escombros y guardaban sus puestos, otros, terminadas sus tareas de limpieza en la plaza, caminaban de regreso a sus hogares.

―Oigan, ¿y si vamos por un tarro de sangre de manzana antes de irnos?

―No puedo, viejo, tengo que llegar a ordenar la casa y a prepararle el desayuno a los niños.

―Yo aún tengo tiempo. ¡Cuenten conmigo!

―¿Alguien vio mi brazo? Siempre se me cae esa maldita cosa.

Luz, anonadada por lo que estaba pasando frente a ella, observaba boquiabierta a Eda y a la gente del mercado nocturno una y otra vez. Por más que lo intentaba, no podía comprender lo que había sucedido.

―Bueno, ya tengo mis runas y un brillante amuleto ―dijo la bruja, satisfecha―. Creo que es hora de que vayamos de regreso a casa.

Así que Luz, Eda y King comenzaron a tomar el camino hacia la Casa Búho. La chica iba perdida en sus pensamientos, repasando todo lo que aconteció en la última hora de esa noche. Aún enredada en sus ideas pudo notar, al cruzar por los restos de un derrumbado negocio de libros, lo que creyó era uno de los tomos de Azura. Cubierto de tierra y hojas, el objeto parecía haber estado ahí, esperando a que ella lo viera. Luz se acercó.

«Esto es...». Lo levantó del suelo. Fue entonces cuando distinguió en la portada no un dibujo de Azura, sino el de una blanca brujita que, vestida con el atuendo de la heroína de fantasía, alzaba orgullosamente su báculo.

«¡El diario de Amity! ¿Cómo llegó aquí?».

Ofuscada, metió el diario en su maleta, donde también llevaba algunos glifos, una libreta y un poco de comida para King. Al ver que sus dos amigos habían seguido adelante, al no percatarse que ella se había desviado un poco del camino, comenzó a trotar para alcanzarles.

―Eda ―habló la confundida chica ya estando a un lado de ellos nuevamente ―, dime, ¿qué fue lo que ocurrió esta noche?

La humana anhelaba alguna respuesta, algo que le ayudara a entender. Sin embargo, Eda, que sólo reía mientras el trío de amigos caminaba de regreso a la Casa Búho, contestó:

―Olvídalo, Luz, esto es Huesosburgo.