Noches blancas

Envuelta en los brazos de Luz, llorando inconteniblemente, despeinada y con la ropa llena de manchas de suciedad, Amity Blight abrazaba con furor a la chica. Las lágrimas que desbordaron de sus ojos empaparon la púrpura sudadera de su amiga. Amity pasaba por un gran dolor, uno que carecía de un único origen porque lo que le aquejaba era, en realidad, la acumulación de toda una vida de pesares. El diario fue sólo la gota que derramó el vaso. Pero aquel cálido abrazo, por alguna razón, le iba tranquilizando poco a poco. Su jadeante respiración se calmaba. El llanto disminuía. La tristeza y el enojo se disipaban.

―Luz…

―¿Sí?

―¿Podemos quedarnos así unos segundos más? ―pidió la pálida bruja con el rostro oculto en el hombro de la joven.

―Claro, Amity ―respondió Luz que, con los ojos cerrados y una lágrima deslizándose lentamente por su mejilla, le abrazaba con fuerza―. Podemos quedarnos así el tiempo que quieras…

«Hoy no nos hemos visto. Ayer, cuando nos despedimos, empezaba a encapotarse el cielo y se estaba levantando niebla.»

Amity leía con una triste calma el libro que tenía entre manos.

«―Si llueve no nos veremos ―dijo―. No vendré.

»Yo pensaba que ella no haría caso de la lluvia de hoy, pero no vino.

»Ayer fue nuestra tercera entrevista, nuestra tercera noche blanca...».

La chica del cabello verde como la menta giró su cabeza y miró a través de la ventana. Estaba lloviendo. Se preguntaba cómo sería vivir en un lugar donde la lluvia no quemara, donde, como le contaba Luz, podía uno sentir las delicadas gotas de agua caer en tu rostro. «Pero no vino», releía aquella frase. Con una trémula boca, Amity contenía una diminuta lágrima que buscaba nacer. Continuó leyendo.

«¡Cómo hierve de amor el corazón! Es como si uno quisiera fundir su propio corazón con el corazón de otro, como si quisiera que todo se regocijara, que todo riera. ¡Y qué contagiosa es esa alegría! ¡Ayer había en sus palabras tanto deleite y en su corazón tanta bondad para conmigo! ¡Qué tierna se mostraba, cómo me mimaba, cómo lisonjeaba y confortaba mi corazón! ¡Cuánta coquetería nacía de su felicidad! Y yo… le creía todo a pies juntillas, pensaba que ella...».

Cerró el libro, sonrojada mas desconsolada. Estaba confundida.

Tras aquel momento en el contenedor de basura de Hexside, Luz y Amity habían llegado a verse cada noche por tres días seguidos. Se reunían en lo alto de una colina, donde un gran árbol de moradas hojas y blancas flores yacía. Bellos momentos para la pequeña bruja fueron esas noches, donde podía compartir risas y suspiros con la chica que hacía mucho ya se había robado su corazón. A su lado, podía sentir cómo la noche se iluminaba y su sonrisa… Recuerdo que reposaba en lo más profundo de su alma. Pero ahora…

―Amity ―habló Luz―, yo… Quería preguntarte desde el otro día…

La humana se mostraba indecisa, pensativa. Amity le miraba con curiosidad. Le agradaba el brillo que tomaban sus melifluos ojos bajo la luna.

―¿Eres feliz?

Aquello le impactó. En ningún momento se esperó esa pregunta. Dubitativa, guardó silencio unos segundos, enroscó sus manos y las escondió en su regazo.

―¿Por qué me lo preguntas? ―Amity desviaba la mirada de la de su amiga. Su voz, antes alegre, ahora era débil y tímida.

Felicidad. Un concepto que nunca se tomó el tiempo de evaluar. Antes, mientras todo estuviera en orden y su desempeño fuera excelso, podía conformarse con mantener su orgullo a lo alto. Aquello fue antes de conocerla. Felicidad. La verdad era que, todo ese tiempo, aquella pregunta le atemorizaba. Huía de ella.

―Prefiero no hablar de ello… ―contestó con una falsa sonrisa.

Luz, colocando su mano sobre el hombro de la bruja, le miró tiernamente:

―Amity, está bien, puedes hablarme de ello.

―Yo…

Pudo haber dicho un simple 'sí, soy feliz' y nada hubiera ocurrido. No fue así. Quería responder con la verdad. Mas ni ella conocía la respuesta. Quiso buscarla. De pronto, en ese instante, una extraña sensación le sobrevino. Amity, intentando hallar la aguja en el pajar, confrontada con nadie más que consigo misma, se encontró con una vasta y oscura marea de emociones. Confundida, continuó:

―Yo… tengo que irme ya.

Se levantó de la lisa y grande piedra donde tomaban asiento cada noche. Caminando de prisa, comenzó a alejarse. Pero Luz, tomándole del brazo, le pedía que no se fuera.

―Suéltame, por favor, Luz ―una frustración le allegaba. Su respiración comenzaba a agitarse. Su amiga no le soltaba, decía su nombre, intentaba hablarle, sin embargo Amity naufragaba perdida en sus pensamientos.

―Luz, suéltame ―Le pedía con seriedad, pero la chica no le hacía caso. Su apagada voz no le alcanzaba. La humana hablaba, pero en ese momento no había alguien que escuchara. La frustración se acumulaba más y más, podía sentirlo.

―Amity…

―¡Luz!

Un momento bastó para que aquello sucediera. Un solo momento donde su mente, por unos segundos, estuvo en blanco. Al regresar en sí, ahí le vio. Ya no le sujetaban del brazo. Mas sus manos irradiaban cierto calor. Las miró. Estaban cubiertas de tenues y púrpuras llamas. Frente a ella, en el suelo, se encontraba Luz. Parecía que algo le dolía. Fue cuando lo percibió. Su brazo estaba quemado. «¿Yo hice aquello?». Amity quiso hablar, pero las palabras no salían de su boca. Asustada de sí misma, salió corriendo.

―¡Amity, espera!...

La noche siguiente la bruja de verde cabello no se animó a regresar debajo de aquel árbol. Le apenaba lo que había hecho. Había lastimado a Luz. ¿Cómo podría volver a mirarle a los ojos? Pero, a pesar de su vergüenza, sabía que no podía dejar las cosas de esa manera. Tenía que pedir disculpas y esperar el perdón de su querida amiga. Así que, al día siguiente buscó a Luz por todos lados en Hexside, mas nunca dio con ella. Durante la noche acudió a la cima de la colina, con la esperanza de que la humana hiciera lo mismo. Pero el tiempo pasó, la luna se alzó y nadie llegó.

Ahora, en su cuarto, sosteniendo contra su pecho la novela del reino humano que la Dama Búho le había regalado, la pequeña bruja suspiraba con zozobra.

«Mis noches terminaron con una mañana. El día estaba feo. Llovía, y la lluvia golpeaba tristemente en mis cristales. Mi cuarto estaba oscuro y el patio sombrío. La cabeza me dolía y me daba vueltas. La fiebre se iba adueñando de mi cuerpo».

La hirviente lluvia continuaba y por ello las clases habían sido canceladas. Hacía una semana ya que Luz le había encontrado en el contenedor de basura. Hacía tres días que le hirió. Amity contemplaba la palma de su mano con melancolía.

«Quizá fuera un rayo de Sol que, tras surgir de detrás de una nube preñada de lluvia, volvió a ocultarse de repente y lo oscureció todo a mis ojos. O quizá la perspectiva entera de mi futuro se dibujó ante mí tan sombría, tan melancólica, que me vi como soy efectivamente ahora...».

Ese día Amity no salió de su cuarto. Los fantasmas de su acto le acosaban. Las imágenes de una vida sin Luz en ella iban y venían. «Bien hecho, Amity» se decía a sí misma «. Terminaste alejando a una de las pocas personas que en verdad te importan».

Tendida sobre su cama, con la almohada sobre su rostro, la bruja no dejaba de pensar en Luz. Dibujaba en su mente aquella resplandeciente sonrisa. Veía esos enternecidos ojos suyos. Escuchaba su voz decir 'repite conmigo: podemos resolverlo juntas'. Amity sonreía cálidamente, pero de inmediato se avecinaba el recuerdo de la quemadura que provocó en el brazo de su amiga y todo rastro de alegría desaparecía. «Luz...».

«¡Que brille tu cielo, que sea clara y serena tu sonrisa, que Dios te bendiga por el minuto de bienaventuranza y felicidad que diste a otro corazón solitario y agradecido!

»¡Dios mío! ¡Sólo un momento de bienaventuranza! Pero, ¿acaso eso es poco para toda una vida humana?».

Gota tras gota, la lluvia caía en cada recoveco de las Islas Hirvientes. La gente se mantenía resguardada en la seguridad de sus hogares. Gota tras gota. Aquellos que se encontraban fuera de un techo buscaban refugio alguno. Gota tras gota. Otros, aquellos que podían usar magia, caminaban entre los árboles protegiéndose de la caliente lluvia. Gota tras gota, las lágrimas de Amity impactaban delicadamente sobre las amarillas hojas de la novela que mantenía entre sus temblorosas manos...

La lluvia cesó. El cielo se despejó. Las clases se reanudaron.

De regreso a Hexside, la deprimida bruja caminaba entre los pasillos de la escuela completamente abstraída. En su mente sólo había algo que le importaba, o mejor dicho alguien. Pero aquel día no compartía ninguna clase con la humana. Además, no veía mucha probabilidad de llegar a encontrársela en algún sitio del colegio. Otro día sin ver a Luz, se decía entristecida. En efecto, las clases terminaron y nunca tuvo la oportunidad de contemplar tan siquiera un segundo a su querida amiga. Mas, al abrir su casillero para guardar sus libros y retirarse a su hogar, notó algo que no se encontraba ahí al inicio del día. Era un papel amarillo doblado por la mitad. Lo tomó con curiosidad, lo abrió y leyó, estupefacta, lo que venía escrito:

"Te veo esta noche debajo del árbol,

L."

Nerviosa e insegura, una vez que el cielo oscureció, la bruja escaló a la cima de la colina, allí donde el inmenso árbol de blancas flores yacía. Ahí, sentada en la fría piedra a la que ya estaba acostumbrada, esperó.

Sola, su mente le traicionaba con tristes imágenes y fantasmas. 'Ya no quiero que seamos amigas', casi podía escucharla. Sus miedos giraban en torno suyo. 'Te ofrecí mi ayuda y a cambio me quemaste'. Cerró sus ojos. Quería dejar de imaginar aquellos tristes escenarios, mas no podía. Tenía miedo.

―¡Amity!

Ahí, a lo lejos, pudo vislumbrar a Luz, quien corría alegremente hacia ella y, una vez estando a su lado, le abrazó y saludó como si nada hubiera ocurrido. La morena chica hablaba efusivamente, pero Amity no le escuchaba. No lograba comprender. «¿Cómo es que no está molesta conmigo?». Luego, mirando el brazo de su amiga, observó una pequeña cicatriz. Luz detuvo su animada charla al notar cómo su amiga se fijaba con angustia, abatida, en la casi imperceptible marca de su brazo izquierdo.

―Luz, tu brazo… yo…. lo siento.

La humana miró la diminuta cicatriz y, sonriendo, respondió:

―No te preocupes, Amity. No tienes nada de qué disculparte. De hecho, la que tiene que hacerlo debería de ser yo. Aquella vez no debí haber insistido tanto. Sé que quizá aún no te sientas cómoda hablando de ello y está bien. Pero si algún día tienes la necesidad de hacerlo, tenlo por seguro que aquí estaré para escucharte.

La bruja le miró ruborizada. Ahí estaba, una vez más, aquella gran sonrisa que tanto adoraba. Amity sonrió aliviada.

―Por cierto ―continuó Luz― tengo un regalo para ti.

De su maleta, entonces, la chica sacó una verde libreta con un dibujo familiar en la portada. Ella, sorprendida, la miró boquiabierta.

―Luz…

―El día después de que salieras corriendo te esperé justo aquí, pero nunca llegaste. Tenía pensado hacer lo mismo la noche siguiente a aquella, mas Eda me llevó al mercado nocturno en Huesosburgo que, por cierto, recuérdame de platicarte de aquello, fue un caos total ―La humana, observando el pasmado rostro de su amiga, se regocijó y le comentó―. Pero algo bueno salió de esa vez y fue esto. Encontré tu diario, Amity. Te lo regreso.

La bruja, con una gran sonrisa pintada en el rostro y lágrimas corriendo por sus mejillas, se lanzó directamente sobre la chica y, tomando a Luz por sorpresa, le abrazó.

Tras unos segundos así, abrazadas la una con la otra, Luz escuchó cómo su amiga le hablaba:

―No sé si he tenido una vida feliz, Luz ―Le dijo con una serena voz―. Pero sí sé una cosa y es que, cuando estoy contigo, soy feliz. Gracias…

Las chicas se separaron y, tomando asiento en la lisa piedra, procedieron a compartir una vez más risas y suspiros. Amity le platicó de la novela que había estado leyendo esos días de lluvia. Luz le narró la surreal experiencia que tuvo en el mercado ilegal. Le habló de los gnomos, de las venus atrapamoscas andantes, del gran y albino dragón que Eda trajo y de cómo, en un abrir y cerrar de ojos, todo terminó. Pasadas las horas, las dos chicas miraban silenciosas y contentas el cielo nocturno. La bruja de la cabellera de menta, entonces, giró su cabeza y observó a la radiante chica que yacía a un lado suyo.

«De pronto la noche ya no me parece tan oscura», pensó Amity mientras veía cómo Luz contemplaba admirada las estrellas de esa noche blanca.