Hécate y Azura
Luz despertó de sobresalto. Le tomó unos segundos espabilarse. Aún recostada en la delgada colchoneta, la chica giró la cabeza hacia un lado y, tras observar aquello que tanto disgusto le provocaba, volteó a mirar el techo. Así estuvo varios minutos, con los ojos cristalinos, contemplando las vigas de madera.
Amity cerró el libro que tenía entre manos con una sonrisa.
―El fin.
Los pequeñuelos que se encontraban sentados y atentos frente a ella reían de alegría. La bruja les miraba con ternura.
―Cuéntenos otra historia, señorita Amity.
―Ande, por favor.
Los niños suplicaban jovialmente por que ella les continuara relatando más historias, mas la pálida chica, avergonzada, intentaba rechazar su petición de la manera más amable posible.
―Chicos, no creo que haya tiempo para otra historia. Tengo mucha tarea que hacer y además…
―Vamos, señorita Amity ―dijo una voz, a lo lejos, que pudo reconocer en seguida―. Cuente otra historia.
―¡Luz! ―gritó al instante la bruja, sonrojada, mirando hacia la dirección de donde había venido aquella voz.
Ahí estaba ella, la chica de piel canela, detrás de un gran librero de manga, con ambos brazos posados sobre este y asomando la cabeza. Luz sonreía pícaramente al ver a su amiga en aquella enredada situación con los niños. Riendo, se apartó del librero y comenzó a caminar en dirección a la bruja de verde cabello.
―Luz, tú, ¿qué haces aquí?
―Tenía ganas de verte y recordé que los sábados sueles leerle historias a los niños.
La humana continuaba hablando mientras agarraba una silla y, colocándola a un lado de su amiga, tomaba asiento. Pero Amity, con el rostro rojo, había dejado de oírle. «Ella quería verme», pensaba una y otra vez. «Recordó que hoy por las mañanas vengo a la biblioteca con los niños». Contenta, su imaginación empezaba a correr, creando todo tipo de escenarios donde ella y Luz compartían mil y un experiencias. Podía verse, tomada de la mano de la chica, corriendo por un pastizal.
―Amity…
Con el claro cielo sobre sus cabezas, ambas chicas van corriendo alegres.
―¿Amity?
Jugando en lo alto de una pequeña colina. Regocijándose mientras, abrazadas, ruedan cuesta abajo. Y al acabar la pendiente, tendidas en el suelo, Luz, quien está encima de ella, le mira con aquellos resplandecientes ojos caramelo. Cara a cara, viéndose fijamente, las chicas acercan lentamente sus rostros la una a la otra y...
―¡Amity!
―¿Qué, qué? ―gritó espabilada la bruja, chapeada al notar cómo la humana le miraba con confusión―. ¡Luz! Lo… lo siento. Yo estaba… estaba pensando en… no importa.
―Señorita Luz ―habló el pequeño Braxas con su profunda voz―. ¿No quiere usted contarnos alguna historia con la señorita Amity?
―No lo sé, amiguito. Digo, a mí no me molestaría, pero no sé si a la señorita Amity le agrade la idea, con eso de que tiene tanta tarea que hacer ―respondió la humana mirando a su amiga con una astuta sonrisa.
Amity, aún sonrojada, se rindió y, con un suspiro, aceptó contar una historia más. Eso aceptó, sin embargo lo hizo sólo con la condición de que Luz le ayudara.
―Muy bien, niños ―comenzó a hablar la morena chica―. Lo que les voy a narrar es una de muchas historias de mi heroína: la Bruja Buena Azura. Esta aventura, en específico, inicia cuando Azura llegó accidentalmente a un reino del que nunca antes había oído: las Planicies Etéreas. Ahí encontró seres de los que jamás se habría imaginado. Sorprendida, gozando de la experiencia, empezó a explorar el lugar. ¡Qué bellos plantíos veía por doquier! Un bosque lleno de árboles de hojas de todos los colores se apreciaba en el fondo. A donde volteara había una maravilla tras otra.
Azura, rebozando de tranquilidad, andaba por aquellas vastas planicies contemplando con felicidad la belleza del paisaje. Pero, durante su camino, se encontró con una contrariadora escena. Cerca de ella, en un sendero de tierra, estaba una dulce ancianita. Esta señora demostró ante ella que podía controlar las plantas y vegetaciones del lugar con magia, sin embargo, se le veía débil y cansada. Tirada en el suelo, parecía que intentaba defenderse de una bruja más joven que, curiosamente, tenía tres rostros. ¿Su nombre? Hécate. La pobre viejita pedía clemencia, decía que por favor le dejara en paz. Lucía triste. Pero Hécate hizo caso omiso. Wanda, le hablaba con arrogancia, pobre Wanda. La verdad es que no sé para qué te esfuerzas tanto con tu magia. ¿No te da pena? Pones tanto empeño en intentar hacer florecer tus plantas, pero lo único que puedes hacer crecer es hierba y esos patéticos dientes de león. Querida, ¿qué no ves que por eso los demás te llaman la casi-bruja Wanda?
Amity miró con sorpresa a Luz. De pronto comprendió qué historia estaba contando.
―Azura, molesta por la injusta escena que estaba presenciando, decidió ir en apoyo de Wanda. Ahí mismo confrontó a Hécate y, desafiándola a un duelo de brujas, sacó su blanco báculo. Hécate, altiva, aceptó. Y así es como se llevó a cabo un feroz duelo entre ambas hechiceras. El rumor de la intensa batalla se corrió por las Planicies Etéreas y al poco tiempo un gran grupo de habitantes se reunió alrededor, observando a la bruja más poderosa de ahí, Hécate, luchar contra Azura. Pero la fuerza de ambas era tan parecida que el duelo terminó en empate. Hécate, aquella orgullosa bruja que era admirada por tantos, había mostrado frente a todos que en realidad no era tan increíble como presumía. Ahora, niños, creo que no les ha de agradar demasiado Hécate, ¿verdad? No suena a una persona muy amigable...
Los pequeños negaban con la cabeza. Cabizbaja, Amity recordaba aquellos momentos de los cuales no se sentía orgullosa. Ella miraba a Luz con melancolía.
―Azura creía lo mismo en un inicio ―continuó la humana con serenidad―. Pero no podía estar más equivocada. Acabando su duelo, la bruja aprendió que, al igual que ella, Hécate tenía miedo. Fue sólo un breve instante en el que Hécate se mostró como en verdad era ante nuestra heroína, pero sólo eso le bastó para saber que la había juzgado mal. Así que Azura decidió hacerse amiga de aquella que había declarado en un inicio como su rival. Te toca continuar la historia, Amity…
Luz, aún con aquella pícara expresión, miraba a su amiga. Amity, colorada de sus mejillas y sonriendo tímidamente, prosiguió con la historia:
―En efecto, Hécate tenía miedo. Toda su vida creció con la presión de tener que ser la mejor. Y cuando se encontró con alguien que se interponía en su objetivo, Azura, le frustró demasiado. Así que la apartó de su vida. O al menos eso intentó, porque Azura nunca dejaba de insistir en entrometerse en su vida. Hécate no podía entender a esa bruja. Desde aquella vez que tuvieron su duelo, cada que Azura se metía en su vida no había más que problemas. Hécate se confundía demasiado. En momentos Azura se mostraba tan amigable, pero luego llegaba a suceder algo que le hacían creer que sus intenciones no eran tan buenas como aparentaba. Pobre Hécate, no sabía qué pensar...
―Pero Azura no se rindió…
Amity sonrió.
―Y al poco tiempo comprendió que Azura era una bruja muy buena. Quizá la mejor bruja que jamás había tenido el placer de conocer ―contó la ruborizada chica―. A partir de ese día, ambas pasaban más y más tiempo juntas. Cada segundo con ella eran valiosos para Hécate. A lado de Azura, fue dejando esta terrible idea de tener que ser la mejor. A su lado, podía ser ella misma.
―Y luego vino el gran baile ―interrumpió Luz con efusividad―. Una noche un gran bailable se llevó a cabo en las Planicies Etéreas. Todos asistirían. Pero a medianoche un inmenso monstruo comenzó a atacar. Así que Hécate y Azura, antes rivales, ahora combatieron unidas.
―Fue una ardua batalla. Pero juntas podían lograr lo que se propusieran. Y el gran monstruo, entonces, fue derrotado.
―Esa noche ambas brujas bailaron y se divirtieron tanto. La gente de la Planicie las aclamaba. Fueron las reinas del bailable…
En ese momento Amity y Luz se miraban la una a la otra, sonrientes, guardando un nostálgico y alegre silencio.
―A partir de aquel día Hécate entendió algo ―habló con calma la bruja de fresca cabellera―. Toda su vida se sintió sola. Intentaba ser la mejor y la gente la admiraba por ello. Pero, sin importar a quién tuviera a su alrededor haciéndole halagos vacíos, ella nunca se sentía en casa. Nunca tuvo un lugar hacia donde ir. Un lugar que pudiera llamar hogar. Pero ahora, gracias a Azura, lo había hallado. Hécate ya nunca sintió la necesidad de tratar mal a alguien. Arregló su amistad con Wanda dándole una sincera disculpa y vivió el resto de sus días alegre. Ya no tenía que fingir ser algo que no quería ser. Con Azura a su lado, ya no sentía miedo.
Una tierna y cálida sonrisa se esbozó en el rostro de Luz, quien miraba a la pálida bruja con los ojos casi llorosos. Inmediatamente le dio a su amiga un fuerte abrazo. Amity, sorprendida y completamente enrojecida, tardó unos segundos antes de realizar lo que estaba sucediendo y abrazarla de vuelta.
―El fin ―dijeron al unísono.
