Hermanas
Agradecimientos al artista por su AU "Sibling" y a Izzerdraws por su diseño de las Betas en una banda punk
Las nubes pasan como los minutos, con la calma de una mañana imperturbable. Luz Noceda y Amity Blight, recostadas en el rojo césped de un parque, contemplan el diurno cielo.
―Amity
La pálida bruja gira la cabeza y voltea a ver a su morena amiga.
―¿Nunca te has preguntado qué sería de tu vida si tuvieras una hermana? Bueno, otra hermana más.
Amity mira el claro día una vez más, sopesando.
―No lo sé. Nunca me había puesto a pensar en ello. No sabría decirte.
―Supongo porque con los gemelos te basta ―dice Luz risueña y luego, recobrando su serenidad, continua―. En ocasiones me imagino lo que sería tener una hermana, ¿sabes? Toda mi vida he sido hija única. Nunca he podido entender lo que se siente tener hermanos mayores. A veces quisiera saber cómo es... Ja. Pero bueno, esos son pensamientos que de vez en cuando se cruzan por mi cabeza... Puras fantasías.
Luz, con su mano derecha alzada al aire y los ojos entrecerrados, intenta alcanzar el Sol. «Tan lejos...». Súbitamente, una almohada le golpea en el rostro. Al quitársela de encima y voltear a su alrededor la ve. Frente a ella, vistiendo una playera de rayas púrpura, una delgada chamarra de tela gris y un gorro beanie carmesí, está Lucía, su hermana mayor.
―Levántate ya, Luz. Deja de mirar el techo y cámbiate, que ya vamos tarde.
Lucía, la gran y magnánima Lucía Noceda. Siempre viendo fijamente al cielo con una ambiciosa mirada, la chica de diecinueve años es, para la pequeña Luz, una de las personas más increibles que conoce. Fuerte y atlética, decidida, ruda y muy divertida. Esa es su hermana.
Alegre, la joven camina con orgullo a lado de Lucía. Le mira jovialmente. Siempre le han gustado aquellos dos grandes mechones de cabello que cuelgan por delante de sus orejas. Andando por el sendero de tierra, Luz le platica enérgicamente sobre las aventuras de Azura. Lucía sólo le oye, con una ligera sonrisa en el rostro, disfrutando de la efusividad de su hermanita.
Las dos hermanas conversan. Avanzan. Juegan. Luz reta a su mayor a una carrera y, al insultar pícaramente su ego, la convence. ¿Qué? ¿Acaso la gran Lucía tiene miedo de perder contra su ya no tan pequeña hermana? ¡Ja! Eso quisieras. Corren. Poco antes de llegar a la meta, Lucía desacelera. Luz gana.
―¡Y Luz Noceda gana los cien metros planos! ¡El público se vuelve loco y gritan emocionados desde las gradas!
Lucía le toma por detrás, le abraza y, revoloteando el cabello de su hermana con la palma de su mano, la felicita por llevarse la victoria.
Con una brillante chispa, la flamante llama del platinado zippo se enciende. Lucía prende entonces el cigarrillo que tiene en la boca. Inhala. Exhala. El humo sale y se dispersa por el aire. Con aquellos tranquilos y soñadores ojos suyos observa a su hermanita. Luz va caminando, distraída por un grupo de hadas que vuelan por encima de ellas.
―Muy bien. Primera parada ―dice Lucía al llegar a un oscuro callejón―. Espérame aquí, Luz. Tengo que ir a encargarme de algo, no tardo.
Y así, caminando con calma, introduciéndose más y más al fondo del callejón la silueta de Lucía se va difuminando con la oscuridad. Como se le pidió, Luz espera ahí mismo, con una sonrisa en el rostro, sin percatarse que está siendo vigilada.
Unos minutos después, dos grandes sujetos emergen de la oscuridad. Se trata de un fornido hombre lagarto y de un obeso sujeto con tentáculos saliendo de su rostro como si de una barba se tratara. Con una perversa sonrisa, cada uno se acerca lentamente hacia Luz.
―¿Pero qué hace una tierna niña como tú, sola, en estos rumbos? ―pregunta el hombre lagarto, contemplando con malicia hasta el más mínimo detalle de la chica que tiene frente suyo.
―Espero a mi hermana ―contesta Luz con ingenuidad.
―¿Pero qué su mamá no les dijo que estos lugares son peligrosos para niñas como ustedes? Alguien podría asaltarles ―dice el sujeto de los tentáculos mientras continúa portando una extraña y sutil sonrisa.
―Y dime, niñita, ¿dónde está tu hermana?
―Aquí.
Tan sólo escuchar esa voz deja por completo pasmados a ambos sujetos. Inmediatamente giran sus cabezas y miran. Entre la oscuridad del fondo se aprecia entonces el rojo vivo del cigarro. Aquel fulgurante punto que se enciende y se apaga eriza la piel de aquellos bravucones. Paso a paso, la silueta de aquella mujer que tanto les atemoriza va apareciendo.
―¡Lucía! Yo… N-nosotros no sabíamos que era tu hermana.
―Sí, de hecho, sólo veníamos de paso… nos preocupaba esta sola niña y queríamos c-cuidarla…
―¡Así es! ¡Cuidarla! Eso veníamos a hacer. Ya sabes que aquí hay cada sujeto… uno ya no sabe.
Lucía les mira. No dice ni una palabra. Sólo les ve ahí, temblando, mientras continúa fumando su cigarrillo. Voltea a ver a Luz, ingenua, un tanto confundida. Exhala y una larga espiral de humo sale.
―Vámonos, Luz.
Ambas chicas siguen su camino por el callejón, pasando de lado a aquellos dos petrificados sujetos. Inmóviles, notan una última y aterradora mirada que les lanza Lucía. Luz le pregunta sobre aquellos dos. ¿Quiénes eran, Lucía? Parecía que eran tus amigos. Sí, bueno, sólo digamos que son conocidos míos…
Finalmente llegan a su destino. El auditorio de Huesosburgo.
―¡Amity! ―grita Luz con alegría mientras corre en dirección a su pálida amiga para abrazarle.
La gente comienza a llegar. Ahí, sobre el escenario, está Amelia, la de la salvaje cabellera. Indomesticable melena verde, cual olas de mar que se agitan vertiginosamente en la costa. Vestida de una blanca playera de mangas rosas y Hexside escrito en el frente, Amelia Blight yace ahí, sentada sobre un amplificador. Con una mirada de indiferencia a lo que le rodea, sus ojos rara vez muestran vida alguna. Pero Lucía Noceda es una de esas pequeñas excepciones y, al verle llegar, sus ojos cobran un brillo peculiar.
―Ya era hora que llegaras, Lucía. Comenzaba a pensar que algo te había sucedido ―le comenta sin mirarle, terminando de afinar la guitarra que está entre sus manos.
―¿Acaso me estás diciendo que te preocupas por mí? ―le contesta la chica con una pícara sonrisa.
―Cállate ―Le pasa la roja guitarra y le comenta, aún sin mirarle pero con un casi imperceptible rubor en las mejillas―. Toma, ya está lista, la afiné para ti porque siempre eres demasiado lenta haciéndolo.
Lucía la mira con sorpresa y sonríe.
―Te preocupas por mí. Afinas mi guitarra. ¿Te volviste amable conmigo, Blight?
Amelia ríe.
―En tus sueños, Noceda.
Amelia como vocalista y Lucía como guitarrista. Luz nota aquella abstraída mirada en su hermana, aquella mirada que la separa de todo el mundo y sólo aparece cuando tiene una guitarra entre sus manos.
―¡Ve, Amity! ―le dice extasiada a la pequeña bruja que mira fascinada―. Es como si Lucía estuviera en otro mundo.
Ya todos los integrantes de la banda están en su posición y listos para empezar. El auditorio está repleto de gente. «Casa llena». Unos segundos de silencio por parte del público ocurren al momento que Amelia se acerca al micrófono.
―La siguiente canción se llama Francis por siempre.
La gente grita. El baterista golpea sus baquetas una con otra. El tempo ha sido marcado.
El concierto inicia.
Luz Noceda ve con admiración a su hermana.
«Mira cómo toca la guitarra. Es increíble. La cara que pone al tocar, su mirada. Es como si ni siquiera se diera cuenta de toda la gente que la estamos viendo».
Lucía Noceda, tranquilamente fumando mientras sus dedos forman mecánicamente los acordes indicados, agitando levemente la cabeza al ritmo de la canción, tocando solos de guitarra que hacen gritar al público de la emoción. Los reflectores de luz giran en torno a ella y a Amelia quien, en varias ocasiones, se le acerca al cantar. Así juegan una con la otra con sus puras miradas. La gente aplaude. Amelia canta una aguda y melancólica nota. Lucía hace vibrar con maestría las cuerdas. Luz ve todo mientras baila enérgicamente. «Esa es mi hermana», piensa con felicidad.
