Nubes de hierba

Apenas despertó, Luz se vio en medio de un gran campo verde. A lo lejos de aquella extensa planicie que parecía no tener fin el horizonte se incorporaba al cielo formando una viva frontera de nubes de hierba. La chica miró arriba suyo. Ahí, en el cielo, un banco de peces de cobre nadaban entre las corrientes de viento tranquilamente. Volteó a su alrededor, pero no había nada más. Sólo peces en el aire, nubes de hierba y un verde e infinito campo. Giró su cabeza al suelo. Vio ahí un diminuto y alegre caracol que le saludaba con ternura sobre una plana y lisa piedra. Luz comenzó a andar, contemplando atentamente su alrededor. Iba en dirección a la muralla de nubes herbales. Caminó lo que sintió fueron kilómetros sin alcanzar el horizonte. «Tan lejos...». Horas de caminata pasaron pero, cuando la chica volteó detrás, notó al tierno caracol posado sobre el mismo guijarro de antes, aún saludándola a no más de dos metros de distancia. Extrañada, la chica giró rápidamente y, al hacerlo, tenía ya de frente al muro del horizonte. Vio la cascada de césped, ramas y hojas, arbustos suaves cual algodón, volubles, que fluían en dirección al celeste cielo. Luz, curiosa, se introdujo a las nubes de hierba. Caminó un tanto a ciegas, sin poder ver más que el verde de las plantas. Súbitamente, el suelo terminó y ella cayó en picada.

Despertó. Estaba en su cuarto, dentro de la Casa Búho. Luz suspiró. Aliviada, miró a su izquierda y vio, con melancolía, el diario de Amity. El tierno dibujo de la brujita sosteniendo con orgullo el báculo de Azura al aire. La humana sonrió. De pronto, una almohada le golpeó en el rostro. Al quitársela de encima y voltear a su alrededor la vio. Lucía, su hermana mayor.

―Levántate ya, bella durmiente. El desayuno está listo.

―¡Lucía! ―gritó Luz riendo.

Con un gran bostezo se levantó de su cama y, tranquila, bajó las escaleras. Al llegar al comedor, vio a Lucía y King peleándose por una tira de tocino. Eda les miraba con gracia y, a la derecha de ésta, se encontraba Camila, pidiéndole a los chicos que se calmaran. «¿Mamá?». Luz le miraba confundida mientras tomaba asiento. Intentó sujetar el tenedor de la mesa, pero no podía. Notó, entonces, que sus manos sólo tenían tres dedos: el pulgar, el índice y el dedo medio. Repentinamente, el ruido de Lucía y King peleando y la risa de Eda se detuvo. Cuando Luz volteó vio que sólo Camila seguía en el comedor, cortando con un cuchillo y tenedor un pedazo de carne.

―Y bien mija, ¿cómo estuvo el campamento?

Luz, apenada, no sabía qué responderle.

―Mamá...yo…

Quiso decir lo siento, mas las palabras no salían de su boca. A decir verdad, ninguna palabra salía. Quería hablar, lo intentaba, pero no salía más que aire. Confundida, Luz probó gritar y, aunque ella sentía que lo hacía, ningún sonido era producido. «¡Mamá!». Camila sólo cortaba su carne una y otra vez, sin mirarle. Luz le miraba entristecida. Sentía cómo sus ojos se humedecían. Los cerró y…

Despertó. Música. Un cálido ambiente ocurría en aquel salón, donde una enorme y alegre fiesta se llevaba a cabo. Mirando a su alrededor pudo apreciar a Willow y Gus bailando felices en la pista. Todos los habitantes de las Islas Hirvientes se hallaban ahí. A su derecha, Lucía coqueteaba pícaramente con Amelia.

―¡Luz! ―escuchó a lejos aquella voz tan familiar.

Amity, su amiga que le llamaba, salió corriendo hacia ella.

―¡Te estaba esperando! ―Le dijo mientras le daba un fuerte abrazo―. ¿Dónde te habías metido?

Entonces Amity, con una elegante delicadeza, le dio un dulce beso. Luz, sonrojada, intentó decir algo mas Amity, como si nada hubiera ocurrido y tomándole de la mano, le dijo jovialmente:

―Me muero por bailar. Vamos, Luz.

Aquella bella sonrisa le hizo olvidar todo. Un cálido brillo circundaba a la bruja. Luz, anonadada, aceptó.

Corrieron, riendo y tomadas de la mano, hacia la pista donde Willow y Gus les esperaban con entusiasmo. La felicidad de un momento de gozo con tus seres queridos. Fugaz momento. En un abrir y cerrar de ojos la gente desapareció. Ni Willow. Ni Gus. Ni Amity. No había nadie más. Sólo Luz y la oscuridad que cada vez cobraba más fuerza.

De las oscuras paredes que le rodeaban, entonces, surgió una docena de ojos. Todos de distintos tamaños y variados colores. Todos fijando su atención en la humana. Frente a ella, salida de la oscuridad, apareció Eda transformada en la temible bestia que era producto de su maldición. Gruñendo, se le acercó a la chica y Luz, afligida, le miró mientras extendía su brazo hacia la criatura.

―Está bien, Eda ―dijo Luz con una triste mirada―. Estoy aquí.

La criatura, con desconfianza, se le acercaba poco a poco. A su derecha, Luz notó que la escena se reflejaba sobre la oscura pared como si de un espejo se tratara. Ahí, del otro lado, no era Eda quién tenía el infortunio de estar transformada en una bestia sino ella. Luz se vio a sí misma, en el lugar de Eda, transfigurada en aquel agresivo y confundido animal y su maestra, en cambio, ocupaba el sitio donde la joven se encontraba, mirándola con compasión y melancolía. Las quimeras se volvieron una sola. Ahora Luz y Eda se encontraban una frente a la otra, viéndose con amargura. La chica intentó hablar, decir algo, pero tan pronto abrió la boca la Dama Búho desapareció. Luz, llena de pesadumbre, se tiró al suelo desconsolada. Sola, sin compañía alguna mas que la de la fría oscuridad, tenía ganas de llorar, pero las lágrimas no salían. Detrás de ella, entonces, apareció en su visión algo que no esperaba: una gran jirafa.

―¿Hola? ―preguntó ella, observando la desviada mirada del animal.

«Luz Noceda» escuchó en su mente «, no sé cómo has llegado a este punto de los dobleces de la dimensión onírica, pero no deberías de estar aquí. Debes de despertar».

Abrió los ojos. De regreso al campo verde. El cielo, ahora repleto de nubes de hierba, pintaba el verde de las hojas con el fulgurante naranja de un ocaso. Ahí, enfrente, Luz observó a un alto y erguido gato blanco, vestido de un elegante traje negro y un sombrero de copa. Sus ojos eran grandes y brillantes, verdes como la sábila.

―Son hermosas, ¿verdad? ―dijo el gato al aire, como si no hubiera notado la presencia de la chica―. Siempre he admirado a las estrellas. Su fulgor alcanza lejanos lugares, aún cuando ellas ya no existen….

Luz miró el cielo, pero no vio estrella alguna. Súbitamente, aquel extravagante personaje volteó a verla.

―Me cuentan que te has perdido, ¿no es así? ―preguntó el alto gato blanco―. Espero que no olvides todo lo que has soñado esta noche, niña. No cualquiera vive la experiencia de adentrarse al reino de los sueños. ¿Qué tanto recordarás de todo esto? La verdad es que ni yo lo sé… Supongo que sólo hay una forma de conocer la respuesta. Hora de despertar, Luz...

De manera inmediata, el erguido gato acercó su rostro al de Luz. Cara a cara, la chica observó de cerca aquellas dos resplandecientes esmeraldas. Con su serena y distinguida voz, el gato finalmente le comentó:

―No te olvides de Pegaso.

Despertó por última vez. Se miró las manos: eran normales, cinco dedos en cada una. Se dio un pellizco en el brazo: le dolió. Con un suspiro, Luz se quedó ahí unos segundos, sentada sobre su colchoneta, intentando recordar todo lo que acababa de soñar.