De alguna manera, terminé siendo la persona que ayudaba a que este par de amantes se pudieran encontrar.

Pues era yo quien filtraba las cartas que Yuuji le enviaba a Fushiguro. Y quién también las enviaba con alguna sirvienta, cautelosamente. Ya que de alguna forma, estaba también conspirando contra Sukuna, contra mi esposo.

Y si llegase a enterarse de ello, la pobre sirvienta no viviría para contarlo. Y a mí, bueno, realmente no sabía ni quería saber lo que sería de mí.

¿Me estaba metiendo en problemas? Sí

¿Me estaba involucrando dónde no debía? Sí.

¿Me estaba arriesgando a qué Sukuna ya nunca más confiara en mí? Sí, sí y sí.

Y aunque me dijera a mí mismo que era para que no hubiesen problemas en el ducado y un enfrentamiento entre Sukuna y Yuuji. Tal vez yo, estaba haciendo esto por una especie de satisfacción propia.

Tal vez porque, a mí también me hubiese gustado tener una relación así de apasionante y tierna con Sukuna.

Porque... Tal vez, me hubiese gustado que me mirase a los ojos como lo más preciado en el mundo.

Como si yo fuese el único para él.

Porque tal vez, me hubiera gustado que me escribiera cartas dónde me expresara sus sentimientos y amor, deseo o pasión por mí.

Diciéndome que me extraña y añora tenerme en sus brazos. Lo mucho que desea recorrerme y conocerme en las noches.

Porque tal vez, me hubiera gustado que me dijera te amo, Uraume.

Pero todo eso se quedaba como ilusiones y sueños frustrados. Pues, mi esposo nunca sería capaz de amarme ni mirarme como su pareja.

Yo no soy a quien ama. Y aunque lo sé, no quita que duela.

Estoy tratando de que estos sentimientos acaben y se congelen para jamás derretirse. Estoy tratando de que sea invierno eterno en mi corazón, y que mi amor por él, ya no me domine.

Es verdad que me estoy resistiendo a no acabar con este amor. Pero al mismo tiempo, me hallo enfermo de esto.

Enfermo de amor. Encadenado y maldito por este amor.

Debo respirar o de lo contrario, me ahogaré.

Es lo que pienso cuando salgo al jardín trasero, mientras contemplo aquel sauce llorón viejo y grande que a pesar del frío invierno, se mantiene intacto.

Y yo, también debería ser así.

Soy consciente de que salir en sólo un camisón y descalzo, es imprudente. Sin embargo, nunca me han disgustado el frío o el invierno; y pese a ser un Omega, soy bastante resistente.

No me enfermaré sólo por quedarme un rato aquí. Aparte, nadie me vio salir de mi habitación.

O eso creí.

— Ey, ¿Qué haces tan noche y afuera, Uraume?

Reconocí la voz, lo cual me causó una gran impresión. Mi corazón latía desbocado y sentía que me faltaba el aire; no quería voltear a verlo, si lo hacía, me volvería débil.

Y el hielo con el que comenzaba a cubrir mi corazón, comenzaría a derretirse.

Y así, mis ilusiones y fantasías se desbordarían.

Debía irme o de lo contrario, sólo me hallaría cayendo por él otra vez.

En este mezquino primer amor unilateral.