El delirio navideño de Yuzu Aihara

(Como no tener tu primera vez para cítricos dummies)

I

Sexo.

Una palabra, dos silabas, cuatro letras, dos personas (aunque esa característica ha sido opcional desde tiempos remotos). Solo es una construcción lingüística como otras tantas que se usan a diario (algunos dirán que es muchos más complejo que eso), pero desde hacía unas semanas, a Yuzu le parecía que el mundo entero decidió que era buena idea olvidarse de todos sus problemas y optó por girar en torno a dicha palabra. Y es que sin importar a donde mirase, siempre encontraba más de una vez al día algo referente al sexo.

Todo empezó cuando leía el nuevo tomo de su manga favorito: "Las hermanas Momoiro", obra que era sorprendente como avanzaba a paso lento y aún más que seguía en publicación tras tantos años. A la joven gyaru de la Academia Aihara poco le importaban esos detalles o que su autora publicara a un ritmo irregular dejando a veces hasta tres meses sin un capítulo nuevo. Yuzu siempre disfrutaba leer la historia sobre una relación prohibida entre dos hermanas y se enternecía su corazón mientras acompañaba a las protagonistas en su romance. Sin embargo, las cosas cambiaron tras el último capítulo.

Debido a sus múltiples responsabilidades escolares y hogareñas, además de una siempre activa vida social en compañía de sus amigas y, por supuesto, su hermanastra, novia y prometida (todo al mismo tiempo); Yuzu no podía mantenerse al tanto del desarrollo del manga por lo que prefería comprar los tomos compilatorios. Incluso escapaba de los temidos spoilers al mantener sus redes sociales alejadas de cualquier página dedicada al mercado del manga. Ni siquiera seguía a la famosa revista Comic Yuri Hime. Quizá eso hubiese reducido el impacto que el último capítulo de su historia favorita tuvo en su apasionado corazón.

Comenzaba diciembre y con esto llegaban los fríos vientos del próximo inviernos acompañador por las novedades editoriales a su librería más cercana. Apenas terminaron las clases, se excusó con Mei y su singular grupo de amigas argumentando tener algo de vital importancia que hacer. Y aunque todas ya sabían que era aquel asunto tan transcendental en la vida de la rubia, ninguna se opuso a su partida. Tras un viaje a pie por las concurridas calles de la ciudad, Yuzu llegó a su destino. Ahí estaba, el volumen más reciente de "Las hermanas Momoiro". No tenía el lugar más prestigioso en el anaquel, pero su localización era sencilla. Con emoción tomó una copia, pagó y con un andar anormalmente apresurado se dirigió a su hogar.

Cuando llegó a su apartamento, descubrió con gusto que estaba sola. Mei aun tardaría un par de horas en llegar y su madre con toda seguridad arribaría aún más tarde. Avanzó en su preciada lectura hasta la mitad del tomo, dejándole a un lado y casi escondido en su habitación al notar que no faltaba mucho para el regreso a casa de su querida novia. Con su corazón desbordante de felicidad, se enfocó en los quehaceres cotidianos y la preparación de la cena.

No fue hasta antes de dormir que retomó su lectura. Cuando Mei estaba en casa, Yuzu ya podía olvidarse de sus preciados manga para dar cabida a los menos divertidos textos académicos. Por supuesto, no iba a perder ni un momento más. Apenas la dueña de sus suspiros se quedó dormida, Yuzu se deslizó entre la sabanas y abandonó la cama para dirigirse al librero. Tomó su librito con cuidado para no dañar ni una sola página y ocupó la silla del escritorio.

En silencio disfrutó de los últimos capítulos sin saber que le esperaba. Para cualquier lector empedernido, sin importar que tipo de obras lea, siempre sentirá en carne propia todas las experiencias de sus personajes favoritos. Tanto se alegra como llora a su lado, pide clemencia a la pluma despiadada de los autores en busca de un final feliz y sufre cuando algún personaje al cual se le tiene especial cariño es herido o, en el peor de los casos, muere. Estos lectores tan emocionales pocas veces están preparados para lo que se avecina y Yuzu era uno de esos casos.

A medida que se acercaba al desenlace del tomo compilatorio, notó que las páginas de su adorado manga se impregnaban de una atmósfera inesperada y muy contrastante con todo lo leído hasta el momento. Las hermanas Momoiro demoraron unas cinco viñetas en comenzar una intensa sesión de besos que poco a poco fue escalando a más. De estos besos en la boca, pasaron a otros que lenta y apasionadamente bajaban por el cuello y llegaron hasta el pecho. Siete viñetas más tarde, la ropa de ambas chicas ficticias yacía en el suelo mientras ellas disfrutaban el momento sobre la cama. Así siguió el capítulo hasta su conclusión, con ambas protagonistas desnudas y mirándose tiernamente con los rostros enrojecidos hasta caer dormidas.

Yuzu quedó petrificada después de leer ese capítulo. Tantas escenas sexuales, dibujadas a detalle y con la mínima censura resultaron demasiado estimulantes para la rubia. Desde que comenzaron los besos lascivos entre las protagonistas de la historia, durante los toqueteos excitados, el clímax y la resolución tanto de la relación sexual como el capítulo, las manos de Yuzu no dejaron de temblar. ¿Qué era lo que acababa de ver? ¿Por qué la historia que durante tantos meses alegró su corazón le hacía algo así? Sentía que su frente sudaba y un calor interno no solo encendía sus mejillas, lo percibía en todo su cuerpo. El corazón le golpeaba con fuerza en su pecho, tragar saliva se volvió complicado y de pronto la ropa resultaba incomodaba en algunas partes donde usualmente no lo era.

A duras penas logró guardar el pequeño libro con el resto de su colección, pero el daño ya estaba hecho. Intentó respirar profundo para calmarse y aunque logró controlar las respuestas naturales a un estímulo de esa índole, todo el esfuerzo se fue directo a la nada cuando llegó a la orilla de la cama y se encontró con el rostro aplaciblemente dormido de Mei. De nuevo su corazón latió con una fuerza desmedida y su ser entero tembló ante la belleza que contemplaba. Con sumo cuidado subió a la cama. Parecía hipnotizada por aquella cara de finas facciones, el cabello negro lacio que caía de manera gentil sobre la almohada, los labios rosados tan bien definidos que parecían llamarle.

Se detuvo un instante. Tal vez no podía ir más lejos en ese momento, pero un pequeño beso sería suficiente para calmar su atribulada alma. Agradeció que su hermanastra fuera una mujer con el sueño tan pesado. Tragó saliva con dificultad y comenzó a acercarse al rostro de su amada Mei. Yuzu era un manojo de nervios, culpa y excitación en ese instante, una combinación interesante de sensaciones. Estaba por llegar a su objetivo, los finos labios de Mei estaban a su alcance cuando de la nada ella abrió los ojos. La mezcla de emociones alojada en Yuzu partió al instante, siendo sustituida por un pánico que casi le provoca un infarto (a pesar de que esta afección es inusual en personas tan jóvenes).

—Yuzu… —murmuró Mei con somnolencia—. ¿Qué estabas haciendo?

—¿Eh? Ah yo… sí, bueno eso… —el susto no le permitía pensar con claridad. Para su suerte, Mei no tenía ni idea de lo que pensó hacer—. Yo solo estaba… acomodándome. ¡Sí! Me estaba lastimando el brazo.

—Era eso —murmuró la pelinegra incorporándose en la cama—. Permiso, debo ir al baño.

—Seguro, ve —respondió Yuzu con una risa ansiosa.

Una vez que Mei salió de la habitación, la agitada Yuzu se levantó de la cama y corrió al guardarropa en busca de un cambio de ropa interior. Ya no estaba segura del origen de aquel fluido que sintió bajo su área íntima y estaba segura que la respuesta no iba a gustarle.

Desde aquel incidente (mismo que no ha tenido el valor de contarle a nadie) Yuzu Aihara ha sentido que el mundo entero se burla de ella y su falta de decisión para dar "ese" paso con su amada. Si encendía el televisor, no importando la hora, encontraba en la programación algo que le recordaba su segundo secreto más profundo (el primero era el color verdadero de su cabello). Si era algún programa de variedades, era seguro que estaba un sexólogo invitado para hablar sobre la química de la pareja o tenían alguna pasarela de trajes de baño; ni hablar de la cantidad de anime con escenas de desnudos más o menos inocentes. Aunque ese elemento siempre estuvo ahí, hasta ese momento se volvió incomodo. Y no se diga del mundo de internet; si bien se mantenía alejada de las páginas más otaku, nada la impedía seguir a varios dibujantes. El problema era que toda esa gente talentosa tuvo un repentino arrebato por experimentar con imágenes eróticas, unas más que otras, que en su mayoría eran protagonizadas por mujeres. «¿Es que el mundo siempre estuvo tan sexualizado?» llegó a cuestionarse tras ver un innecesariamente provocativo anuncio de maquillaje. Y aunque la pregunta es interesante, no es material para esta historia.

Sin embargo, lejos de todas las influencias externas a las que estaba expuesta, nada le resultaba tan estimulante como la misma Mei. Ya vivían y dormían juntas, así que el contacto diario y los momentos a solas eran inevitables. Pasaban mucho tiempo sin la compañía de su madre, que llegaba muy tarde del trabajo, y el padre mantenía su régimen de viajes internacionales con algunas escalas en Japón; por lo tanto, había muchas ocasiones que Yuzu podía aprovechar para exponer sus intenciones a Mei. Solo que no lo hacía, aunque las ganas y los tentaciones no faltaban. Bastaba ver el rostro de Mei dormida, ya fuera en la noche o por la tarde, para que se encendiera el interruptor de la rubia; y como si fuera poco, también estaban las ocasiones en que coincidían en la bañera, pues la pelinegra tenía una curiosa manía por entrar al baño antes de que Yuzu acabara. De doblar la ropa limpia no es necesario dar el mayor detalle; desde aquella noche la rubia se negó a tocar ropa interior ajena a la suya.

Necesitada de un descanso, pues las hormonas ya comenzaban a nublar sus sentidos y aquella mañana de diciembre estuvo por confundir la sal con el azúcar. Por eso mismo, organizó una improvisada tarde de chicas con sus amigas. Sabía que Mei, en exceso ordenada con su agenda personal, nunca accedería a un plan tan improvisado. Le costaba admitirlo, pero necesitaba un momento alejada de ella. Para su buena suerte, el destino estuvo a su favor y apenas le comentó a su amada prometida que saldría con sus amigas, esta se disculpó por no asistir ya que había planificado pasar el día realizando una de sus actividades preferidas: estudiar.

Tras una mirada de reproche de parte de Mei, varias disculpas provenientes de la rubia y la promesa de volver temprano con un par de crepas, Yuzu salió de casa a encontrarse con Harumi y Matsuri. Nene ya estaba ocupada con una visita a la casa de su abuela, Himeko no se acercaría a ellas a menos de que Mei estuviese cerca y Shirapon-senpai dijo estar en medio de un asunto familiar muy importante. Nadie tuvo el valor de preguntarle más detalles.

El improvisado plan de Yuzu funcionó bien por la mayoría del tiempo. El aire (no tan fresco) de la ciudad, deambular por el centro comercial sin ningún destino fijo, las bromas de Harumi con los accesorios más raros que encontraba en las tiendas, las palizas que Matsuri repartía en cualquier videojuego, todo eso ayudó a calmar los impulsos más salvajes de Yuzu a tal grado que por un momento olvidó aquello que le tenía tan alterada. Sin embargo, esa calma solo era la antesala a una tormenta que inició en una cafetería. Cómo eran fechas cercanas a la Navidad, los adornos estaban colgados por todas partes, las tiendas tenían numerosas ofertas así como algunos productos especiales y, detalle que no pasó desapercibido por Matsuri, muchas personas aprovechaban para ultimar los detalles para una velada especial con sus parejas. Por supuesto, no iba a dejar pasar la oportunidad para molestar a Yuzu.

—Y dinos, Yuzu —comentó con una voz casi inocente. Disimulaba sus malas intenciones observando un adorno con forma de muñeco de nieve—. ¿Tienes algún plan especial para Navidad?

Harumi, quien ya esperaba algo así, quiso tomar la palabra para evitar que Yuzu fuera provocada, pero no logró reaccionar a tiempo.

—Creo que será lo típico. Claro, si es que mamá no llega muy tarde —respondió Yuzu sin sospechar lo que se acercaba. Estaba más centrada en fotografiar el pequeño reno de chocolate que decoraba su pastel—. En su trabajo aun no se ponen de acuerdo.

—Oh, entonces podrían aprovechar, ¿no lo crees? —arremetió la pelirrosada. Sus malas intenciones se volvieron evidentes—. Ya sabes, el departamento para ustedes dos solas, sin nadie que les molesta hasta quien sabe qué hora…

—Oye, no fastidies con eso —le regañó Harumi con firmeza, pero era muy tarde. Yuzu ya había mordido el cebo—. No todo el mundo tiene una mente tan perversa como la tuya.

—Pero senpai, solo mira alrededor. La temporada navideña está plagada de parejitas empalagosas que buscan una noche de pasión

—Tienes una visión bastante distorsionada —suspiró la mayor—. De acuerdo, sí hay quienes piensan así, pero no todo el mundo. Hay quienes pasan estas fechas con sus amistades o la familia. Con el año nuevo tan cerca, hay quienes aprovechan.

—Lo sé, pero tu misma lo dijiste. No faltan aquellos que buscan una noche más que romántica —sentenció con una sonrisa malvada—. Apuesto que Yuzu tiene planeado algo muy especial y de no ser así, podríamos ayudarle.

—Eres una enana pervertida… —gruñó Harumi ya fastidiada por la actitud de Matsuri—. Si Yuzuchi y la presidenta no necesitan llegar a ese punto o no lo quieren, deja de fastidiar con eso. ¡Tan solo mira como la incomodas!

Yuzu hasta ese momento había permanecido callada y con la mirada baja, pero contrario a lo que su mejor amiga pensaba, su actuar no se debía a que las palabras de Matsuri le resultaran molestas. Le incomodaron por ser tan acertadas y gracias a ello recordó los frustrantes días que vivió durante la semana al verse obligada a suprimir sus deseos carnales, ya fuera para no importunar a Mei o por la vergüenza que sentía tan solo de plantearse la idea. Sin más, el volcán Yuzu Aihara realizó su primera erupción; una pequeña y tímida aunque importante.

—Pero si quiero… —murmuró mientras su rostro se encontraba oculto tras su bebida.

—¿Qué? —preguntó Harumi confundida. Creyó escuchar mal—. Yuzuchi, ¿Qué dijiste?

—¡Que quiero hacerlo con Mei! —admitió por fin—. Pero no sé cómo…

Harumi quedó sorprendida por tal muestra de inesperada sinceridad. Aunque sabía que en algún momento podrían tener ese tipo de conversación, era algo que no estaba lista para escuchar. En cambio, Matsuri solo mostró una sonrisa de satisfacción y probó un bocado de su pastel. Miró a Yuzu directo a los ojos y le dijo:

—En ese caso, tenemos que ayudarte.

A pesar del amable ofrecimiento, Yuzu sintió un escalofrío recorrerle el espinazo. Tal vez, admitir algo así frente a Matsuri no fue una buena idea.


Hola!

Espero que tengan una muy agradable temporada. Aquí tenemos el especial de navideño de este año. Dejamos a un lado la fantasía y la aventura urbana para volver a un escenario más cotidiano. ¿Será que Yuzu logrará controlar su calentura o Mei descubrirá sus intenciones?

Esto lo sabremos en las siguientes entregas!