En Nueva York, el día era demasiado tranquilo, sin crímenes y sin nada que lo pueda estropear. Richard Castle se encontraba caminando muy serenamente, cuando encontró a una persona conocida, que hace mucho tiempo no la había visto por lo ocupados que estaban en sus ciudades. Era una mujer de cabello corto, con un flequillo en su frente y sus ojos azules eran demasiado familiares: Temperance Brennan, pensó, pero tal vez podría ser una alucinación. La mujer voltea de repente, y salió corriendo para verlo.
- Richard Castle, vaya, vaya. Tiempo sin ver a mi escritor cínico favorito – la científica le había dado un abrazo.
- Lo veo y no lo creo, la doctora Brennan aquí en Nueva York. – el alto hombre respondió el abrazo con tanta sinceridad. - ¿Qué te parece si hablamos en otro lado con calma?
- Pero ¿y tu trabajo? Recuerda que… - de repente fue interrumpida por el escritor.
– No importa, hoy no hay trabajo. Yo invito.
Al llegar a un Starbucks:
Se habían sentado cerca de la ventana para admirar el paisaje. Tal vez no tenía muchas cosas llamativas, pero era interesante ver de ahí.
- ¿Y ese milagro, doctora Brennan? Digo, que hayas venido aquí.
- Pedimos permiso mi compañero y yo para descansar de todo este ambiente estresante de los huesos.
Richard recordó cuando había ido a Washington para firmar libros, cuando se había encontrado con Brennan e iba acompañada de un hombre alto, y demasiado trajeado, y el escritor había salido corriendo, pensando que lo iban a arrestar, pero luego fue detenido por la antropóloga, quien le explicó a su viejo amigo que nomás habían ido para pedir un autógrafo para los dos, después de leer el libro sobre Derrick Storm, pero luego su ensoñación se vio interrumpida por la mesera, quién cortésmente les preguntó qué querían, a lo que Castle pidió un café espresso; ella, por su parte un café sin cafeína. El hombre, extrañado por dicha petición, y más por su curiosidad, preguntó:
- ¿Y eso, Temperance? Siempre has tomado con cafeína, a menos que… - pronto le cayó el veinte – estés…
- Sí, Rick, estoy embarazada.
Rick trató de todas formas aguantar el grito de emoción al enterarse de la noticia y por lo sorprendente que fue la noticia y más por como era la mujer de Washington. – Dime, el padre de ese bebé es tu compañero, ¿verdad?
Brennan afirmó con una sonrisa.
- ¿Y lo sabe?
- Claro que lo sabe, ya me conoces, Rick. Demasiado honesta para todo.
- Cierto.
- Pero dime, Rick. ¿Qué más has hecho? Además de trabajar con una detective y escribir sobre la franquicia.
El escritor estaba callado, pues pensó en su compañera después de lo que pasó, luego, borró eso de su mente y vio a la antropóloga.
- Nada nuevo, en realidad. Oye, y cambiando de tema, ¿crees que a Booth no le moleste que tú y yo salgamos para poder charlar y recordar grandes momentos? Ha sido mucho tiempo sin verte desde la última convención de libros.
- Si quieres, podemos salir un día los cuatro, para conocernos más y pasarla genial. – Brennan se veía emocionada. – Digo yo.
- No estaría mal, pero, la verdad es que, quería decirte que, si vamos al cine hoy, por eso. A ver si a Booth no le molesta.
- ¿Y si vamos los tres? Ya lo conoces, además, la plática que tuvieron la otra vez era tan breve porque tuvimos un caso, ¿lo recuerdas?
- Estaría genial que después tuviéramos una noche de chicos, y vamos Booth, los demás del Distrito 12 y yo; mientras posiblemente, Kate, Lanie y tú, tengan su noche de chicas. Además, creo que a Alexis le agrade que la veas. No ha parado de preguntarme por ti.
- Asombroso, vamos al cine hoy los tres, o mejor, trae a Martha y a tu hija, al fin y al cabo, ya nos conocemos todos.
- Está bien.
Una vez que terminaron el café, y pagaron la cuenta, salieron de Starbucks con un abrazo y recordaron la salida.
