AVISO DE SENSIBILIDAD
Esta obra contiene algunas escenas oscuras e inquietantes de abuso y castigo, a si como secuestro, violación, palabras altisonantes y escenas escalofriantes y crueles.
POR FAVOR SI ERES SENSIBLE A ESTE TIPO DE LECTURA NO LO LEAS.
Esta historia contiene un alto contenido de lenguaje sexual explicito para mayores de 18.
Esta es una adaptación sin fines de lucro, los créditos correspondientes de esta historia pertenecen a Penelope Sky. Los personajes utilizados en la misma pertenecen a M. Kishimoto.
Recuerden no pretendo obtener ningún crédito de esta historia es una adaptación simplemente para disfrute de las personas que les gusta el Sasusaku igual que a mí, por favor no reporten esta adaptación y permitan que otras personas tengan la oportunidad de leerla. Promovámoos el hábito de la lectura no lo saboteemos. ¡Gracias!
Agradecimientos: LA GRAN MAESTRA Y MI BELLA GENIO.
Capítulo 1
SAKURA
—Hola, guapo... ¿Me has echado de menos? ―Ladeé la cabeza y fruncí los labios. Mi voz sonó aguda y afectuosa, y el toque de desprecio le aportaba un bonito tono.
A Sasori se le abrió la boca de golpe al verme en el umbral. Sin camisa y con el pelo desordenado, tenía aspecto de haber estado machacando el colchón con alguna pobre chica que no tenía ni idea de que su novio era el mayor montón de mierda del planeta.
—Sakura... Oh, Dios mío. Estás bien. ―En cuanto se le empezó a pasar el asombro, fingió preocupación―. Qué contento estoy de que estés bien. Estaba preocupadísimo...
Le solté un rodillazo, directo a los huevos.
—Ni te molestes.
Se llevó las manos a la entrepierna y se encorvó hacia delante, gimiendo casi sin aliento. Se agarró al dintel para no perder el equilibrio y respiró hondo, intentando procesar el dolor.
—Uy, lo siento. ¿Te ha dolido?
Él cerró los ojos y se agarró con más fuerza al marco de la puerta. Los nudillos se le estaban empezando a poner blancos.
—Pues deberías probar a que te la metan por el culo. ―Lo aparté de un empujón y entré en el apartamento que antes era mi hogar. Lo único que llevaba encima era el bolso que le había robado a aquella mujer y algunos euros. Pero eso era todo. Abrí la nevera y saqué una caja con sobras de pizza. Dado que me estaba muriendo de hambre, me comí una porción sin calentarla. Una mujer apareció desde el pasillo llevando puesta una de las camisetas de Sasori, y nada más.
—¿Quién coño eres tú?
Agité la mano brevemente a modo de saludo y me terminé el trozo de pizza.
—Soy Sakura. La exnovia de Sasori.
—Nunca me ha hablado de nadie llamado Sakura.
―Probablemente porque me vendió en el mercado de trata de mujeres para pagar sus deudas de juego.
Se le abrieron mucho los ojos, pero no demostró ninguna otra reacción. Le echó una mirada a Sasori, que seguía encogido junto a la puerta, y después me volvió a mirar. Evidentemente, no sabía si creerme o no. No podía culparla. La historia resultaba tan ridícula que hasta a mí me costaba creer que hubiera sucedido realmente.
Sasori por fin se recuperó de la patada en los huevos y se enderezó. Tenía las mejillas totalmente rojas y no pudo evitar hacer una mueca al dar un paso. Le había acertado de pleno con la rodilla, y dudaba que consiguiera empalmarse en una semana, por lo menos.
Yo me terminé la pizza y dejé la caja sobre la encimera. Era lo más delicioso que había comido nunca. Pero claro, acababa de bajarme de un vuelo de doce horas durante el que no había comido nada más que cacahuetes.
—Joder, estaba buenísima.
La novia cruzó los brazos delante del pecho y se quedó mirando fijamente a Sasori. No se sentía cómoda hablando conmigo delante, así que se limitaba a fulminarlo con la mirada. Como si con eso fuera a lograr librarse antes de mí.
Finalmente, Sasori habló.
—Tayuya, ¿te importaría dejarnos un momento a solas?
―¿Para qué? ―pregunté―. ¿No crees que ella debería saber que eres un cabrón con hielo en las venas? ―Me apoyé contra la encimera y le dediqué una mirada de desprecio. Ahora que lo tenía delante, lo único que deseaba era darle una paliza de muerte. Aquel hombre ya no me importaba absolutamente nada, ni sentía una pizca de compasión por él. Lo único que sentía era odio.
Un odio intenso y rabioso.
Sasori no abrió la boca. Sabía que nada de lo que dijese lograría hacerle quedar bien. Lo mejor era no decir absolutamente nada.
—¿Eso es verdad? ―preguntó Tayuya.
Ahora Sasori se veía atacado por ambos frentes.
—Nena, ¿podrías darnos un momento, por favor?
—No, nada de un momento ―dije yo―. Sal cagando hostias de aquí. Estoy a punto de castrar a tu novio, y no creo que te guste presenciarlo.
—Se acabó ―dijo ella, dándose la vuelta para volver al dormitorio―. Voy a llamar a la policía.
—Eh, eh, espera. ―Sasori se giró hacia ella de inmediato, moviéndose a más velocidad de la que el dolor le permitía. Contorsionaba la cara con cada movimiento, resintiéndose por las fuertes punzadas en la ingle―. No llames a la policía.
Yo sonreí, victoriosa. Aquello prácticamente equivalía a una confesión.
–¿Entonces de qué coño va esto, Sasori? ―le gritó―. ¿En serio es tu ex?
–Sí ―respondió él en voz baja.
–¿Es verdad que se la vendiste a unos tratantes de mujeres? ―siguió presionando ella.
Yo sonreí de oreja a oreja y observé sus apuros. Si mentía y decía que no, me apresuraría a ponerle en su sitio. Si decía que sí, perdería a aquella pelirroja calentorra con la que se estaba acostando.
–Sasori, la chica te ha hecho una pregunta.
Él se volvió hacia mí, con una expresión fría como el hielo.
–Guau. Hay que ser muy caradura para mirarme como si yo fuese la mala de esta película. ―A lo mejor cuando ella se fuese, intentaría matarme él mismo. Aquel sería el final perfecto. Acabaría con su vida atravesándole el corazón con un cuchillo y me largaría de allí. ¿Podía juzgarse a una persona desaparecida en un tribunal? A mí me parecía que no.
La voz de Sasori sonó algo más firme esta vez.
―Tayuya, ¿podemos hablar mañana?
–Oh, Dios mío. ―dijo la pelirroja, tapándose la boca con la mano―. Sí que lo hiciste... ―Salió corriendo hacia el dormitorio y cogió su ropa y el bolso. Sin cambiarse siquiera, salió del apartamento como una flecha, sin nada más encima que la camiseta de Sasori. No lo miró ni una vez mientras se iba.
–¡Ostras! ―dije yo―. Parece que te has quedado sin novia.
Él se volvió hacia mí con ojos furiosos.
Yo sonreí, porque me encantaba que pusiera aquella cara.
–¿Y ahora qué vas a hacer, Sasori?
Él se agarró al borde de la encimera. Los hombros se le tensaron de rabia y la sed de sangre asomó a su mirada. Me odiaba por haber vuelto a su vida, y por haber estropeado su relación con la pelirroja de las tetas grandes.
―Por mí no te cortes. ―Yo había aprendido mucho durante aquel último año de mi vida. Me había vuelto implacable, y muy resistente. Aunque Sasori era más grande y más fuerte que yo, eso no iba a impedir que le diera una paliza. Y no era lo único que le iba a hacer.
Sasori pareció darse cuenta de que aquella era una pelea que no podría ganar. Sus manos soltaron el mostrador y relajó los hombros.
–¿Qué es lo que quieres?
No iba a disculparse, ni tampoco a poner excusas por lo que había hecho. Era tan frío como yo había pensado. Aquello facilitaba la conversación, porque no tendría que escuchar gilipolleces.
–Quiero cien mil dólares antes de mañana a mediodía.
Al principio su expresión no cambió. Después entrecerró los ojos.
–¿Cómo?
Yo lo repetí más despacio, siendo todo lo repelente posible.
–Cien. Mil. Dólares. ¿Necesitas que te lo apunte?
―¿Pero de qué mierda vas? ¿Te piensas que tengo esa cantidad de dinero por casa?
–Me da igual que la tengas o no. Es lo que me debes.
―¿Deberte? ―Ahora ya había dejado de fingir, y se mostró exactamente como era en realidad. Era un demonio del inframundo carente de toda emoción. Yo había visto muchos grados diferentes de maldad, y el suyo era el peor, con diferencia. Los villanos que no se consideraban villanos a sí mismos eran los más peligrosos de todos.
–Te pagaron cien mil dólares por convertirme en una esclava. Yo fui la que tuvo que hacerlo, así que ese dinero es mío. Entrégamelo antes de mañana a mediodía, o iré a la policía a contarles lo que me hiciste, y no pienso omitir detalle.
–Sakura...
–No vuelvas a pronunciar mi nombre jamás. ―No me gustaba escucharlo, especialmente de sus labios. Era un nombre que llevaba una eternidad sin oír. El único nombre al que ahora estaba acostumbrada era uno que nunca volvería a escuchar―. Tienes doce horas para conseguirlo.
–Mira, no tengo esa cantidad de dinero.
–Eso no es problema mío, Sasori.
Él dejó caer los brazos.
–Utilicé ese dinero para pagar mis deudas. Ya lo sabes.
―Te lo repito, me da igual. Ese dinero es mío. O me lo das, o te pasas el resto de tu vida en la cárcel. Tú eliges. A mí ambas cosas me parecen bien.
Apretó fuertemente la mandíbula y cerró las manos hasta convertirlas en puños. Tenía ganas de pegarme un puñetazo en la cara, pero aquello no arreglaría el desaguisado que había montado.
–Y esta noche me voy a quedar aquí. Deja las llaves antes de irte.
–¿También quieres quedarte mi apartamento? –preguntó con incredulidad.
–Pues sí. Creo que es lo menos que puedes hacer, después de convertirme en una esclava sexual. ¿Quieres que te cuente qué tal es?
Él apartó la mirada, avergonzado por fin.
–Voy a tener que pedir el dinero, ¿vale?
–Me importa una mierda lo que tengas que hacer. Hazlo y punto. ―Cogí su cartera y las llaves de la encimera y le saqué dos billetes de veinte―. Puedes descontar esto del total, y también la pizza, si eres tan capullo como para eso.
Él retrocedió, con los hombros tensos.
–¿Cómo te has escapado?
–Como si te importara. Pilla tus cosas y largo.
Se metió en el dormitorio y llenó una bolsa con ropa. Volvió a salir, agarró la cartera y se la metió en el fondo del bolsillo.
–Necesito la llave de repuesto.
–Ya tienes una.
–Y necesito la otra también. ―Chasqueé los dedos para que se diera prisa. No pensaba dormir allí si él podía entrar en cualquier momento sin que yo lo supiese.
Él me fulminó con la mirada antes de abrir un cajón y sacar la llave. La tiró sobre el mostrador, donde aterrizó con un fuerte tintineo.
–Ahora ya puedes irte. Si el dinero no está aquí antes de mañana al mediodía, me voy derecha a la policía.
Se colgó la bolsa del hombro y salió. Cuando abrió la puerta de la calle, decidí darle la puntilla.
–Pero intenta no vender a tu novia a ningún tratante. Mira lo mal que te ha salido la última vez... .
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DELANTE DE SASORI había hecho acopio de toda mi fuerza y no había mostrado ni una pizca de temor. No le había dicho cuánto me había dolido su traición. No le había confesado todas las cosas espantosas que había tenido que soportar mientras me tuvieron cautiva. Mantuve altas las defensas en todo momento, hasta obtener lo que necesitaba.
Pero al irse Sasori, me derrumbé.
Al volver a la ciudad, no tenía ningún sitio a donde ir. Mi amiga Ino ya no vivía en su antiguo apartamento, y Hyūga se había vuelto a California. No me sabía sus números de móvil de memoria, y no tenía ni idea de lo que le había sucedido a mi antiguo teléfono.
Mi única opción era Sasori.
Me había quedado con su apartamento porque no tenía dónde dormir. Podría haber ido a la policía y haber entregado a Sasori. Probablemente me hubieran pagado un motel y a lo mejor me habrían dado algo de dinero para comer. Pero con aquello no llegaría muy lejos. Con esos cien mil dólares, podría volver a empezar. Podría alquilar un apartamento y tomarme mi tiempo para encontrar otro trabajo. No me sentí patética al exigir aquel dinero.
Porque en mi opinión, aquel dinero era mío.
Yo era la que había pagado aquella deuda. Me habían vendido a un loco y había tenido que esforzarme trabajando por cada centavo de la fortuna que había cobrado aquella gente. Lo justo era que yo obtuviese mi parte, después de haberle cedido mi cuerpo al diablo. Me daba igual lo que Sasori tuviese que hacer para conseguir aquel dinero.
Era mío.
A pesar del hecho de haber vuelto a Estados Unidos, me sentía sola. En aquella finca toscana me sentía segura. Era como estar en casa. Me iba a dormir todas las noches sabiendo que mi sitio estaba en aquel lugar. Sasuke me hacía sentir como una persona, y no como un objeto. Me había demostrado más generosidad de la que nadie nunca antes había tenido conmigo. En su situación, podría haber hecho lo que le diera la gana conmigo sin sufrir ninguna repercusión, pero no lo había hecho. Siempre me había dado la capacidad de opinar y la de elegir.
Pero ahora, aquello había desaparecido.
Nueva York no me parecía la misma ciudad. En ella me sentía más en el extranjero que en el país que acababa de abandonar. No olía a pan fresco y hojas de parra. Estaba llena de niebla sucia y contaminación. En vez de colinas maravillosas, lo único que veía eran vallas publicitarias con anuncios de personas medio desnudas. La gente caminaba por sus calles día sí y día también, sin darse cuenta de la suerte que tenían.
Era repugnante.
No podía dormir en la cama de Sasori, así que me tumbé en el sofá arropada con una manta fina. Había vivido un año en aquel apartamento, pero ahora parecía un lugar nuevo. Toda mi ropa y mis cosas habían desaparecido, probablemente vendidas por Sasori en cualquier rastrillo. Todas mis fotos, mis anuarios y todo lo que alguna vez había tenido algún valor sentimental para mí.
No quedaba ni rastro de nada.
En cuanto cerré los ojos, vi el rostro de Sasuke. No había llegado a contarle lo que había pasado, ni que había logrado escapar. Aún llevaba el dispositivo de rastreo en el tobillo, donde él me lo había implantado, por lo que debía de habérselo imaginado por su cuenta. No había venido a por mí, así que me figuré que me había dejado marchar. No esperaba de mí que terminara de pagar la deuda.
Era libre, por fin.
Debería odiarlo por todo lo que me había hecho, pero no era así. Cuando pensaba en él, todavía guardaba respeto y añoranza en el corazón. Cuando aún estábamos juntos, le había confesado que, de algún modo, me había enamorado de él.
Y aquello era lo más estúpido que había hecho en toda mi vida.
Me había rechazado, fríamente. Yo había cerrado las puertas de mi corazón y había tirado la llave. Decidí que lo único que me pasaba era que tenía síndrome de Estocolmo. Me había proporcionado un hogar y había cuidado de mí. Me hizo sentir valorada y a salvo. Como estaba asustada y sola, me había aferrado a él. Pero me había olvidado de que había sido él quien me había secuestrado. Me había olvidado de que me obligó a acostarme con él a cambio de mi libertad. Me había olvidado de todo aquello, porque él me había hecho sentir querida.
Menuda imbécil estaba hecha.
Quería continuar sollozando, porque de alguna manera lograba que me sintiera mejor, pero sabía que ya había llorado bastante. Una hora era todo lo que pensaba permitirme antes de acabar con todo aquello y ponerme las pilas. Me habían sucedido un montón de mierdas durante el último año, pero aquello no quería decir que no pudiera reconstruir mi vida. Podría encontrar un buen trabajo, un apartamento bonito, y volver a empezar.
Podría volver a empezar.
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CUANDO SASORI me dio el dinero, acudí a la comisaría a que me eliminaran de la lista de personas desaparecidas. Si todavía continuaban buscándome, estaban perdiendo el tiempo, porque estaba allí mismo.
Me hicieron preguntas sobre todo lo que pude recordar con la esperanza de conseguir alguna pista sobre los hombres que habían organizado la operación. La trata de mujeres con fines sexuales continuaba siendo un grave problema en nuestro país, y la policía estaba decidida a acabar con ello. Les dije todo lo que sabía... excepto que había sido Sasori el que me había vendido.
No estaba interesada en entregarlo. Sólo lo había hecho para pagar sus deudas de juego, y sabía que no se lo iba a hacer a ninguna otra mujer. El daño ya estaba hecho, y yo necesitaba más el dinero que la satisfacción de meterlo entre rejas. Además, siempre podría pedirle ayuda y amenazarlo con ir a la policía si no cooperaba. Durante el resto de su vida, estaría siempre mirando por encima del hombro, temiendo verme aparecer.
Aquello era castigo suficiente.
Durante mi estancia en la finca de Sasuke, la policía había venido a buscarme. En aquel momento, creí que había sido Obito el que los había puesto tras mi pista, pero aquello no tenía sentido. Si alguien había estado buscándome, quería saber de quién se trataba. A lo mejor era alguno de mis amigos, y la policía podría darme sus datos de contacto.
–¿Quién denunció mi desaparición?
El detective buscó entre sus notas.
–Su novio, Sasori, nos llamó desde el Caribe y nos dijo que se la habían llevado. Pasaron algunos meses y la pista se enfrió. Pero después, volvimos a encontrar su rastro cuando uno de sus amigos encontró pruebas que sugerían que esta organización en concreto se llevaba a sus prisioneras a Italia.
¿Uno de mis amigos?
–Insistió en que continuáramos la búsqueda allí, pero no logramos encontrar nada. Estaba empeñado en encontrarla. Cuando lo llame para decirle que está sana y salva, se va a sentir muy aliviado. El pobre hombre parecía más desesperado a cada mes que pasaba.
¿Era un hombre? No tenía ni idea de quién podría ser.
―¿Cómo se llama?
–Neji. ―El policía contestó de inmediato, como si tuviera el nombre fresco en la mente―. Dijo que habían sido novios en la universidad.
La sangre se me agolpó en la cabeza y dejé de respirar durante casi treinta segundos. Neji y yo habíamos terminado en buenos términos, pero nunca habría esperado que se esforzara sin descanso para encontrarme. De haberlo sabido, me habría entregado a la policía cuando fue a la finca. Estaba profundamente conmovida.
–Neji...
–Es un buen tipo. Si no le molesta que se lo diga, parecía importarle usted mucho más que a su novio.
Nada que me sorprendiera.
–¿Tiene su número, para que pueda llamarlo?
–Claro ―Apuntó el número en un trozo de papel―. Lo tengo que llamar de todas maneras para decirle que ha aparecido. ¿Quiere esperar aquí, para que puedan verse? Sé que eso significaría mucho para él.
–¿Está en la ciudad? ―Lo último que sabía de él era que vivía en California.
–Se mudó aquí poco después de su secuestro. Cuando vio su cara en las noticias, se implicó en el asunto.
Seguía sin poder creerme que Neji hubiera hecho todo aquello por mí. Era un chico estupendo, y en realidad fue una lástima que rompiésemos. Las relaciones a larga distancia nunca funcionaban, y pensamos que lo mejor era seguir siendo amigos en vez de pasar por una dolorosa ruptura.
–Entonces, ¿se queda?
Levanté la vista de la nota que tenía en la mano.
―Perdone... se me ha ido el santo al cielo.
–¿Se va a quedar mientras lo llamo?
–Sí, claro. ―Ahora mismo, Neji era la única persona del planeta a la que yo le importaba una mierda. A Sasori desde luego nunca le había importado.
Y a Sasuke tampoco.
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CUANDO NEJI ME VIO, se le llenaron inmediatamente los ojos de lágrimas. Su expresión reflejaba una mezcla de alivio y agradecimiento. Se me quedó mirando unos momentos antes de salvar la distancia que nos separaba y detenerse a sólo unos centímetros de mí. Examinó mi rostro para asegurarse de que realmente era yo.
Yo me quedé mirando a mi salvador y noté que la emoción me atenazaba la garganta. Al volver a la ciudad, me había sentido completamente sola. Había tenido que conseguir dinero del hombre que me había vendido en primer lugar, y había tenido que dormir en su apartamento. No tenía unos padres que me cuidaran, ni ningún otro pariente. El hecho de que hubiera alguien, aunque sólo fuera una persona, me hizo creer que realmente iba a ser capaz de volver a empezar.
–Sakura, qué contento estoy de que no te haya pasado nada. ―No me abrazó, aunque era evidente que deseaba hacerlo―. Tenía miedo de no volverte a ver nunca más.
―Yo también me alegro de estar bien. Es agradable estar de vuelta.
Él tendió los brazos, pero sin tocarme.
–¿Te puedo dar un abrazo?
–Pues claro. ―Ni siquiera hacía falta que lo preguntara.
Me envolvió en sus brazos y me estrechó con fuerza. Era un abrazo lleno de la ternura que yo necesitaba tan desesperadamente. Sentir un par de brazos fuertes a mi alrededor era exactamente lo que me hacía falta para levantar cabeza. Me llenó de esperanza. Me llenó de alegría.
–Tengo un millón de preguntas que hacerte, pero ya nos ocuparemos de eso más tarde. ―Se apartó y me miró con sus ojos lila claros. Estaba exactamente igual que años atrás. Una mandíbula fuerte con pómulos prominentes. El cuerpo bien musculado y una constitución esbelta. No había cambiado en absoluto―. ¿Tienes dónde quedarte?
–Iba a quedarme en un hotel...
–Te quedas conmigo. Tengo un piso que está bastante bien en Park Avenue.
No podía rechazar su oferta. Prefería mil veces quedarme en casa de alguien que estar metida en una solitaria habitación de hotel.
–Gracias. Te lo agradezco de verdad.
–Estupendo. Pues vámonos. ―Me pasó el brazo por la cintura y salimos de la comisaría. A pesar de que llevaba años sin tocarme, aquella muestra de afecto parecía lo adecuado. Como si no hubiera pasado el tiempo, y siguiéramos estando unidos. Todavía me quería, y nunca había renunciado a mí. Y yo me sentía agradecida de tener al menos una persona en mi vida a la que le importaba.
