Capítulo 4

SASUKE

Me recliné en el sillón y miré por la ventana. Estaba en mi despacho de las bodegas, pero en vez de trabajar, había preferido mirar por la ventana y contemplar los viñedos que se extendían ante mí. Tenía que trabajar en varias facturas, nóminas y unos papeles para el seguro.

Pero no lograba concentrarme.

Cada vez que abría una nueva botella de vino, el olor no me hacía pensar en uvas prensadas de una buena cosecha. No me hacía pensar en los preciosos viñedos que rodeaban mi casa. Sólo me recordaba una cosa.

El sabor de sus labios.

Siempre tenían la dulzura del vino. Con un toque amargo, pero sobre todo dulces. Solíamos compartir una botella durante la cena, y nuestro sexo olía intensamente a él. Cuando ella jadeaba y gemía contra mi rostro, yo podía olerlo en su aliento. Podía saborearlo en sus poros.

Se había ido hacía un mes, pero parecía que sólo hubiera pasado un día. Todavía encontraba cabellos suyos por mi casa. Había botones desperdigados por todas partes. Algunos hasta se habían colado en el cajón de mi mesilla. Todavía no había entrado en su antiguo dormitorio, porque era consciente de que no estaba preparado para ello. Allí seguía su ropa, junto con el resto de sus escasas posesiones. Y su frasco de botones también seguía allí.

¿Cuánto duraría esto?

A mis otras parejas nunca las había echado de menos. Cuando nos íbamos cada cual por nuestro lado, significaba el final del asunto. Normalmente no les dedicaba ningún pensamiento más. Pasaba a mi siguiente conquista y me perdía en los arrebatos de la pasión. El sexo no se centraba en la otra persona, únicamente en el acto.

Pero no podía dejar de pensar en Botón. Continuaba durmiendo en un solo lado de la cama. Cuando soñaba, siempre era con ella. Todavía comprobaba su dispositivo de rastreo a todas horas, esperando ver desaparecer la señal.

Me di cuenta de que cambiaba de posición durante el día. Toda la mañana, y hasta el final de la tarde, estaba en un edificio en el otro extremo de la ciudad. Sospechaba que aquello significaba que había conseguido un trabajo. Tampoco vivía ya en Park Avenue. Se había trasladado a unas cuantas manzanas de distancia, ya en otro barrio. De aquello sólo podía concluir que había encontrado su propio apartamento.

Con suerte, estaría viviendo sola.

A lo mejor la persona con la que había vivido antes era una amiga. A lo mejor había decidido mantenerse alejada de los hombres por completo, después de todo por lo que había pasado. Me había dicho que no confiaba en los hombres, y que nunca volvería a hacerlo.

Esperaba que lo dijera en serio.

Ahora ya no era mía, así que lo que hiciera no era en absoluto asunto de mi incumbencia. Podía acostarse con quien quisiera. Podía casarse, si eso era lo que deseaba. Podía tener un par de críos. Para mí aquello no suponía ninguna diferencia.

Pero cada vez que volvía al apartamento de Park Avenue, yo me ponía nervioso. Si estuviera acostándose con alguien, me mataría saberlo. Intenté contarme una mentira a mí mismo, pero no funcionó. A lo mejor eran celos, o quizá que todavía me sentía posesivo. Todo lo que sabía era que me mataría saber que ella había permitido que alguien la tocara.

Se abrió la puerta de mi oficina.

–¿Sasuke?

Reconocí su voz de inmediato.

–Hola, Suiren. ―Bloqueé la pantalla de mi teléfono y oculté la señal de GPS que todavía brillaba intensamente en Nueva York. Botón debía de querer que yo supiera dónde estaba. De lo contrario, se habría hecho extirpar el rastreador. A no ser que se hubiera olvidado de ello. A lo mejor yo no le importaba un carajo.

No la culparía, de ser así.

Suiren se acercó a mi escritorio. Llevaba un vestido que se pegaba a ella como una segunda piel y unos tacones de infarto. Tenía el pelo rizado y con volumen y se había puesto tanto maquillaje que casi parecía una prostituta.

―¿Qué tal estás?

–Bien. ―Horrible―. ¿Tú?

–Genial ―dijo ella―. El comercio internacional está definitivamente en alza.

–Eso es estupendo. ―Y a mí qué más me daba.

–Pues... he oído por ahí que tu visitante se fue hace semanas.

Debería haberme imaginado que había venido a algo más que a hablar de trabajo.

–¿Quién te lo ha dicho?

Ella se encogió de hombros.

–No me acuerdo.

No había sido Lars. Jamás se lo contaría a nadie. La única otra persona que lo sabía era Obito. Era un bocazas, así que probablemente fuese el culpable.

―Entonces, ¿quiere eso decir que se ha marchado de verdad?

–Sí. Volvió a su casa. ―Necesitaba un whisky. Se me estaba cerrando la garganta y de repente tenía calor.

―Ya veo. ―Apretó los labios para disimular su sonrisa―. ¿Qué te parece si salimos a cenar después del trabajo? Me encantaría que nos pusiéramos al día.

La desesperación no resultaba atractiva. Aquella mujer se estaba esforzando al máximo para estar conmigo, pero yo no entendía la razón. No era particularmente amable con ella, y nuestra relación no había durado demasiado. Había sido culpa mía, por salir con una empleada. Tendría que haber sido más espabilado.

―Nunca salgo con antiguas parejas. ―Era una norma que me acababa de inventar. Mentira no era. Sólo muy de vez en cuando me enrollaba con una antigua amante, a no ser que fuera algo espontáneo. Lo que Suiren estaba haciendo era lo contrario de espontáneo. Resultaba forzado... y bastante molesto.

Ella se sentó en el borde de la mesa y se pasó el pelo sobre un hombro con un ademán de cabeza. Estaba intentando parecer sensual, pero cuando una mujer tenía que esforzarse para serlo, cometía un fallo fundamental.

–Oh, venga, vamos. Yo estoy disponible, y tú también, amo.

Estaba intentando provocarme con aquel sugerente término.

No funcionó.

Botón nunca me llamaba así. Tampoco se llamaba nunca esclava a sí misma. Sólo cedía una parte de sí de forma voluntaria, la parte que no entraba en la sala de juegos. Debería haberme dado cuenta entonces de que íbamos camino de la destrucción.

–Suiren, eres una mujer preciosa, pero no va a pasar nada entre nosotros. No me hagas repetírtelo.

Ella se tensó junto a mi mesa, resintiéndose por el rechazo como si fuese sal sobre una herida abierta. Intentó recuperarse poniéndose recta y alisándose el vestido.

–Este barco está a punto de zarpar, Sasuke. Vas a perder tu oportunidad de subir a bordo.

Yo no quería ninguna oportunidad.

–Lo entiendo. Te mereces a alguien mejor que yo, de todas maneras. ―Ella quería a alguien que le regalase bombones y flores en su aniversario. Quería un hombre que se casara con ella y le jurara amor eterno. Quería un millón de cosas que yo era incapaz de darle.

–Sasuke. ―Se inclinó sobre la mesa, poniendo sus ojos al nivel de los míos―. No hay nadie mejor que tú.

.

.

.

ESTABA SENTADO EN MI ESTUDIO, mirando el fuego. Así era como pasaba todo mi tiempo libre. Miraba las llamas y vivía en el pasado. Aquel cabello rosa que me barría las puntas de los dedos, aquellas esbeltas piernas atenazando firmemente mi cintura. Las llamas de la chimenea me recordaban constantemente al fuego que ardía en lo profundo de su alma.

Ella no quería marcharse.

Alguien tocó a la puerta antes de abrirla.

–Excelencia, Obito ha venido a verlo.

Yo llevaba sin verlo desde que se fue Botón. Había llamado unas cuantas veces, pero yo no se lo había cogido. Cuando ella se marchó, había perdido cualquier motivación por hacer cosas. Ni siquiera cuando iba al trabajo lograba terminar nada. Me limitaba a sentarme allí y mirar por la ventana, soñando despierto con la tarde que pasamos juntos en la playa.

–Que pase.

–Sí, Excelencia. ―Lars cerró la puerta.

Yo serví dos vasos de whisky y esperé a que llegara mi hermano.

Obito entró en la habitación un segundo después, con vaqueros oscuros y una cazadora de cuero. Se dejó caer en la butaca junto a mí y agarró la bebida de encima de la mesa. Se reclinó contra el respaldo, abriendo las rodillas y deslizando hacia abajo la espalda.

Hacía tiempo que había renunciado a intentar enseñarle buenos modales.

–¿Dónde coño te has metido durante el último mes?―Soltaba justo lo que pensaba, como un niño.

–Ya sabes, lo de siempre.

–No, no lo sé. Eres el tío más misterioso que he conocido nunca, y eso que soy tu hermano.

Yo me posé el whisky sobre la rodilla, acariciando el cristal frío con las yemas de los dedos.

–¿Estás viendo a alguna mujer nueva?

–No.

–Todavía estás colgado de la última, ¿eh?

–No. ―Yo nunca me había colgado de nadie.

–¿Estás seguro de eso? Pareces bastante deprimido.

―Yo siempre estoy deprimido. ―Era mi personalidad natural. La vida pasaba sin adquirir significado alguno. Me consolaba con vino y soledad.

Obito soltó una risita sarcástica.

–Estás hecho polvo. Admítelo de una vez.

–¿Has venido por alguna razón en especial? ―Además de fastidiarme.

–¿Por qué no hablas con ella, y ya está?

–¿De qué? ―Di un sorbo―. No hay nada que decir.

―Sasuke, no entiendo por qué estás siendo tan gilipollas con este asunto. Si quieres a la chica, ve y díselo.

–No la quiero.

–Y una mierda.

–Que no. ―Lo diría cuantas veces fuese necesario.

―¿Entonces por qué llevas un mes con la cara larga hasta el suelo?

–Insisto, yo siempre llevo la cara larga.

–No me dejabas ni ponerle un dedo encima. Pero antes sí me dejabas hacérmelo con tus otras chicas.

–Eso no quiere decir nada.

–Joder, pues claro que sí. Sólo estoy intentando ayudarte.

–Bueno, pues no lo hagas. ―Iba a ser una noche mala, así que me serví otra copa―. Ahora, ¿podemos hablar de negocios?

Obito se reclinó en la butaca y suspiró.

–Pues nada, lo que tú quieras. He hecho todo lo posible por sacarte la cabeza del culo.

Yo cambié de tema.

–¿Cuándo salen los envíos?

–El lunes. ―Él se metió en el tema, abandonando por fin su ridícula teoría sobre mis sentimientos por Botón.

Ahora todos podríamos pasar página.

.

.

.

INCAPAZ DE DORMIR, salí de mi cuarto y bajé a la cocina. Casi nunca entraba allí porque el personal me preparaba todas las comidas del día. Pero era fácil encontrar un vaso de agua. Me quedé de pie junto al fregadero mientras me lo bebía y miraba por la ventana. Fuera estaba oscuro como la boca de un lobo.

―Excelencia.

No había oído acercarse a Lars. Estaba concentrado en la oscuridad que envolvía mi casa. Dejé el vaso y me di la vuelta.

–¿Alguna vez duermes, Lars?

–No si hay alguien en mi cocina. ―Llevaba puesto el pijama y unas zapatillas. En casa siempre lo veía vestido de traje. Era raro verlo con un atuendo tan informal―. ¿Puedo ofrecerle algo, Excelencia?

–No. Siento haberte despertado. ―Me di la vuelta hacia el fregadero y cogí el vaso.

Lars no se movió. Se quedó allí de pie con las manos a la espalda, observando todos mis movimientos.

–¿Querías algo más? ―Me terminé el vaso y lo dejé en el fregadero.

–¿Puedo decir algo, Excelencia?

Me giré, intrigado por la extraña petición.

–Supongo que sí.

–Si tiene tanta suerte como para encontrar a alguien que le haga feliz, permanezca a su lado todo lo posible. Un día los perderá, pero mantenerlos a distancia no hará que nada resulte más fácil a la larga.

Yo me apoyé contra la encimera, con los brazos delante del pecho. Lo miré con expresión estoica, sin dejar entrever mis pensamientos. Sabía que Lars había perdido a su esposa y a su hija hacía mucho tiempo. Desde entonces nunca había vuelto a ser el mismo, y se esforzaba por mantenerse ocupado para que el dolor no se lo tragase entero.

–Buenas noches, Excelencia. ―Me dedicó una rápida inclinación antes de salir de la cocina.

Yo me quedé mirando al punto en el que había estado de pie, pensando en todo lo que acababa de decir. No había pronunciado palabras explícitas, pero había dejado muy clara su opinión.

–Buenas noches, Lars.