Capítulo 6

SAKURA

Después del trabajo volví a mi apartamento. Tenía las llaves en la mano, pero no las metí en la cerradura. Mi corazón me advirtió lo que había al otro lado. De alguna manera, era capaz de sentirlo a través de la puerta.

Sabía que él estaba allí.

Me quedé en el corredor y templé mis nervios antes de meter la llave en la cerradura. No tenía ni idea de lo que querría, pero me daba igual. Él diría lo que tuviese que decir, y después desaparecería.

A menos que estuviese allí para volver a capturarme.

Y recordarme que todavía tenía una deuda con él.

Cuando mi llave giró en la cerradura, no sonó nada. La puerta ya estaba abierta.

Ahora el corazón empezó a latirme a toda velocidad.

Giré el pomo y entré, con las llaves todavía en la mano, preparada para utilizarlas como arma. Las luces estaban apagadas y el apartamento estaba a oscuras. Las luces de la calle entraban por la pequeña ventana de la sala de estar.

Encendí rápidamente la luz de la cocina para no estar a ciegas.

Vislumbré la sombra de un hombre en la sala de estar. Podía ver sus hombros fuertes y su enorme constitución, sentado en la silla que había enfrente de la televisión. Tenía las puntas de los dedos sobre los labios y no se movía. Ni siquiera se volvió a mirarme.

No me hacía falta verle la cara para reconocerlo.

El corazón me latía a toda prisa, y mi pecho se expandía por lo profundamente que me veía obligada a respirar. Estaba nerviosa y atemorizada, asustada del hombre al que pensé que nunca volvería a ver. Pero sentí una familiar excitación entre las piernas. En cuanto estuvo en la misma habitación que yo, se me mojaron las bragas.

Lo odiaba.

―El allanamiento de morada es un delito, ¿sabes? No estoy segura de cómo va la cosa en Italia.

Él ni se inmutó.

Me quedé junto a la encimera, negándome a acercarme a él. Había entrado en mi apartamento con la intención manifiesta de pillarme con la guardia baja. Quería controlar la situación.

Me quería controlar a mí.

Pero yo no iba a permitírselo.

―¿Te puedo ayudar en algo?

Él se puso de pie con lentitud y emergió de las sombras. Con vaqueros oscuros y una camiseta negra, salió a la luz. Tenía la barba del día anterior bastante crecida y su intensa mirada encerraba más rabia de la que yo había visto nunca. Tenía un aspecto aterrador, pero también dolorosamente atractivo. Se detuvo a un par de metros de distancia, con los gruesos brazos a los costados. No había cambiado nada en los meses que habían pasado. Tenía el pelo igual de largo, y su físico era el mismo. Lo único que parecía ser diferente era su locura.

Parecía fuera de sí.

Yo me negué a admitir que estaba asustada. La situación era grave y peligrosa. Sus intenciones no quedaban claras, pero no debían de ser muy agradables. Yo no cedí terreno, abriendo el cajón que tenía al lado. Dentro había un cuchillo para carne, así que lo saqué y lo sostuve contra la encimera.

Él le echó un vistazo antes de dirigirme una mirada asesina.

–Suéltalo.

―No. ―Mantuve el mango bien agarrado.

Él dio un paso hacia mí.

―Suéltalo, o verás lo que sucede si no lo haces. ―Estiró las manos hacia la encimera que había entre nosotros y se agarró al borde con sus manos poderosas. Las venas de la superficie sobresalieron bajo la piel. Los músculos se contrajeron, y los nudillos se le pusieron blancos.

Yo no quería ceder, pero sabía que ya había perdido aquella batalla. Lo dejé caer al fregadero. Hizo un fuerte ruido al rebotar contra el acero inoxidable. Cuando dejó de moverse, el silencio volvió al apartamento. Sólo se escuchaba el ruido distante del tráfico de la calle.

―¿Qué es lo que quieres?

Me fulminó con la mirada.

Yo no aparté la vista y tampoco cedí al miedo. Me había pasado casi un año de mi vida con aquel hombre, pero aún me asustaba. Habían pasado más de dos meses y no había sabido nada de él. Así que, ¿a qué había venido ahora?

―Te he hecho una pregunta.

Él apartó las manos del borde de la encimera y la rodeó.

Yo me dirigí hacia el extremo opuesto, manteniendo la encimera entre nosotros.

―No. Me. Toques.

―No. Huyas. De Mí. ―Volvió a rodear la encimera, esta vez más deprisa.

Yo salí corriendo hacia el dormitorio y cerré la puerta de un portazo a mi espalda. Me temblaban las manos al echar el pestillo. La adrenalina me recorría todo el cuerpo y no lograba dejar de temblar. Conseguí cerrar el pestillo justo cuando él ponía la mano en el pomo.

Retrocedí y me envolví la cintura con los brazos. Sentía cómo el pánico se apoderaba de mí, y no lograba controlar mi respiración.

Había silencio al otro lado de la puerta.

¿Se había marchado?

Un fuerte golpe resonó por el apartamento cuando derrumbó la puerta con el hombro. De un solo movimiento, rompió el pestillo e hizo que la puerta girara sobre sus bisagras con fuerza.

Yo no tenía escapatoria.

Apretó los puños a los costados al caminar hacia mí, con la misma expresión de enfado en el rostro.

―No me toq...

Me lanzó sobre la cama y me inmovilizó las manos por encima de la cabeza. Me mantuvo contra el colchón con su peso. Me puso la rodilla sobre los muslos y utilizó su mano libre para sujetarme de la cadera.

―Suéltame.

―No. ―Su rostro estaba a sólo unos centímetros del mío. Me miraba con una expresión inconmovible. Me miró los labios antes de volver a mirarme a los ojos.

―¿Quién coño es él?

―¿Quién? ―Forcejeé con él, pero pesaba demasiado. Era como si fuese hace un año, cuando yo intentaba escapar de mi torturador... antes de enamorarme de él.

―El cabrón que vive en Park Avenue.

¿Cómo sabía aquello?

―¿Me has estado espiando?

Él me apretó las muñecas.

―Contesta a mi pregunta.

―¡No! ―Intenté darle un rodillazo en la ingle, pero era demasiado fuerte.

―¿Te lo estás tirando?

―Eso no es de tu puta incumbencia.

Los ojos le brillaron de rabia, porque podía ver la respuesta escrita en mi cara.

―¿Quién es?

―Neji.

Se le estrecharon los ojos al reconocer el nombre.

―¿El imbécil con quien perdiste la virginidad?

―No es imbécil. Es uno de los mejores tíos que he conocido. Y sí, fue el primero. Ahora quítate de encima.

Él se me aposentó encima, apretándome las muñecas.

―Ya no vas a verlo más.

―Como si tú pudieras decirme lo que puedo hacer. –Retorcí las muñecas para liberarme―. Me fui hace dos meses y te importó una mierda. No intentaste llamarme, ni recuperarme. Simplemente me dejaste marchar. He reconstruido mi vida, y no voy a permitir que un gilipollas como tú me la joda.

―Entre nosotros hay un malentendido.

―No. Lo que pasa es que eres idiota.

Él me hundió aún más las manos en el colchón y acercó más su rostro al mío. Mi cuerpo reaccionó inmediatamente ante el suyo, no retrocediendo, sino tensándose. Lo sentía respirar sobre mi piel, y su aliento todavía olía a vino. Llevaba la misma colonia y sus labios seguían estando hechos para besar.

―Te di un descanso. Hay una diferencia.

―¿Un descanso?

―No terminaste de pagar tu deuda. Aún me la debes.

―No te debo una mierda.

―Lamento disentir. ―Movió la mano hacia mis vaqueros y me los desabrochó―. Todavía me debes treinta botones. Treinta.

–Que te jodan, Sasuke.

Me bajó la cremallera de los pantalones y me los quitó de las piernas de un tirón.

―Tú estás a punto de hacerlo.

Los muslos me temblaban de ansiedad y se me humedeció la entrepierna. No sabía cuál era mi puto problema. Aquel hombre me aterrorizaba y era un maníaco total, pero aun así mi cuerpo lo deseaba.

―No voy a hacer nada. No te debo una puta mierda.

Él se quitó sus propios vaqueros y los apartó de una patada. Cuando estuvo en bóxers, me metió dos dedos entre las bragas y los enterró de inmediato en mi interior. Mi humedad se extendió sobre ellos.

―Aún te mojas para mí, Botón.

Dejé de mirarlo a los ojos por primera vez, humillada.

Él se quitó los bóxers y se colocó entre mis piernas. Yo todavía tenía las manos inmovilizadas por encima de la cabeza, y estaba indefensa ante lo que quisiera hacerme.

―Eres mía. No suya. Mía. ―Colocó el glande contra mi abertura.

A pesar de lo que quisiera mi cuerpo, yo no deseaba que pasara aquello. Me había pasado los dos últimos meses intentando arreglar mi vida. Por fin había empezado a pensar menos en él y miraba hacia el futuro. Si volvía a meterme otra vez en todo aquello, me perdería para siempre.

―Sasuke, no.

Él me introdujo la punta.

Eché la cabeza hacia atrás por el placer que sentía. Pero seguía sin querer hacerlo.

―He dicho que no.

Aquello tampoco lo detuvo.

Intenté pensar en la palabra de seguridad, pero me había quedado en blanco. Por fin logré recordarla.

―Fuego.

Él se detuvo de inmediato y se retiró de mi interior. Me soltó las manos y se apartó, subiéndose los bóxers otra vez hasta la cintura. Me miraba con el mismo enfado que antes, pero dejó las manos quietas.

Yo me tapé con la colcha y desvié la mirada. Sus ojos me aterrorizaban demasiado como para continuar mirándolos.

―Sasuke, ayúdame a entender todo esto. ¿Por qué estás aquí? ―Había descubierto que me estaba acostando con otro y se había puesto celoso. Pero aquello no tenía sentido. Era él quien me había dejado marchar, para empezar. Cuando le dije que lo quería, fue él quien no me respondió lo mismo.

Se sentó en el borde de la cama y apoyó los codos en las rodillas.

―Ya te lo he dicho.

―Ambos sabemos que no te debo nada.

―Muy al contrario. Tuve que renunciar a mi venganza por ti. Me debes hasta el último botón que falta.

―No pareció que te importara demasiado estos últimos dos meses.

―Siempre me ha importado. ―Miró al suelo, con los hombros tensos―. Y vas a pagarme hasta el último de ellos.

―Pues no lo pienso hacer. ―No había nada que pudiera hacer para obligarme a cooperar. Sabía que no me forzaría, ni tampoco me haría daño... así que no tenía nada con lo que amenazarme.

–¿Quieres a ese tío?

Me negué a contestar.

―¿Lo quieres?

―Eso da igual.

―No da igual ―insistió él―. Ahora contéstame.

―No. ―Era ligeramente insultante que pensara que podía enamorarme de otro con tanta rapidez.

―Pero seguramente no quieres que muera, ¿verdad?

Me giré hacia él, percibiendo la amenaza en el aire. Se me heló la sangre ante la insinuación. Sabía que Sasuke era un hombre oscuro, pero esto estaba a un nivel diferente.

―¿Perdona?

―Si no te ganas el resto de los botones, lo mataré. ―Se volvió hacia mí, con la amenaza clara en la mirada. Estaba diciendo aquello en serio, pero que muy en serio.

―A él no lo metas en esto.

―No. Se metió él en cuanto te tocó. No eres suya para que pueda tocarte.

―Pero, ¿de qué coño vas, Sasuke? No lo puedes tener todo. No te puedes olvidar de mí durante dos meses y follarte a una serie interminable de bellas mujeres, para que después te dé un ataque si yo paso página y empiezo a ver a otro. Eso es muy inmaduro, hasta para ti.

―No me he follado a nadie. ―Se frotó los nudillos con el pulgar.

―Como si fuera a creerme eso.

―Créete lo que quieras, pero ¿cuándo te he mentido yo? No nos mentimos entre nosotros, ¿te acuerdas?

Incluso después de todo este tiempo, seguía confiando en su palabra. Si decía algo, lo decía de verdad. Aquello no me hacía sentir mejor, sólo muy confusa. A mí no debería importarme si se había o no acostado con alguien.

―Entonces, ¿qué decides?

–¿Cómo?

―¿Vas a pagar tu deuda, o no?

–No.

―Entonces lo mataré. ―Se masajeó los nudillos sin apartar sus ojos de mí―. Espero que no pienses que voy de farol. He matado a muchos hombres. Él no será más que otro nombre en la lista.

―Pero tú no matas a gente inocente.

―La inocencia es subjetiva. A mis ojos, es culpable. De tocar algo que no le pertenecía.

―Yo no soy tuya.

―Tú siempre has sido mía. Y siempre lo serás.

El corazón se me paró un instante, y desvié la vista.

―Te doy un día para pensar en ello. ―Se levantó de la cama y se subió los vaqueros. Después salió de la habitación―. Pero si te lo tiras antes de que pase, lo mataré de todas formas.