Capítulo 10

SASUKE

―Haz las maletas. ―Tiré una bolsa vacía sobre su cama.

Ella se quedó mirándome desde la puerta con los brazos sobre el pecho.

―¿Para qué?

―A no ser que quieras estar desnuda todo el tiempo, te sugiero que te traigas algunas cosas. ―Abrí su cajón de la ropa interior y eché un vistazo dentro―. Aunque si sólo quieres llevarte algunas bragas, tampoco me importaría. ―Le guiñé un ojo antes de cerrar el cajón. Por fin estaba consiguiendo lo que yo quería, y era incapaz de contener mi buen humor. Los últimos meses de mi vida habían sido un infierno sin ella. Por fin lo había admitido, ante ella y ante mí mismo. Ahora, la quería debajo de mí, con las piernas alrededor de mi cintura. El sabor de su entrepierna era aún mejor de lo que recordaba, y mi sexo también quería probarlo.

―Neji y yo ya no estamos saliendo, así que ya no hay trato.

Yo la había apoyado cuando le faltó el coraje, pero en cuanto me desafió, me convertí en su enemigo.

―Te equivocas.

―Ya no me estoy acostando con él, así que el acuerdo queda invalidado.

Crucé la habitación hasta ponerme justo delante de ella. Mantenía una expresión resuelta en el rostro, pero yo sabía que estaba intentando ocultar su temor. Yo la ponía nerviosa, sin que ni siquiera se diera cuenta de ello. Su cuerpo reaccionaba de forma natural al mío, ejecutando una lenta danza que ambos sentíamos.

―Termina de pagar tu deuda, y él no muere. Ese era el trato.

–Pero ya no salgo con él.

―¿Eso quiere decir que te da igual que le parta el cuello? ―Me metí en su espacio personal y la obligué a retroceder hasta el marco de la puerta―. Porque lo haré, Botón. Mataré a ese montón de mierda con sólo chasquear los dedos. Si no es eso lo que quieres, recoge tus cosas. Ahora mismo.

Aquel fuego rebelde aún ardía en sus ojos, resaltando los bellos rasgos de su cara perfecta. Apretó inconscientemente los labios y sus hombros se tensaron. Se le erizaron los pezones dentro de la blusa. No era transparente, pero entendía tan bien su lenguaje corporal que supe exactamente lo que estaba sucediendo.

―No te creo.

Le eché inmediatamente la mano al cuello y le di un estrujón de aviso.

―Si crees que no voy a matar al hombre que ha estado follando contigo, no me conoces muy bien. ―La solté antes de hacerle daño. Mi parte violenta se hacía con el control en cuanto no me salía con la mía. Quería volver a tenerla en mi cama y debajo de mí, donde pertenecía―. No me hagas volver a pedírtelo.

Ella se quedó casi un minuto junto a la puerta, frotándose el esbelto cuello con los dedos. No le había quedado marca, pero de todas formas le había dolido. Había confesado que le pedía a Neji hacer en la cama las mismas cosas que le hacía yo. Era innegable que todavía me deseaba. Y su húmeda entrepierna me dijo lo mismo la noche anterior. Por fin, cooperó y recogió sus cosas.

Yo la observé, con la victoria en los ojos.

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.

.

EN CUANTO ENTRAMOS a mi habitación del hotel, la alcé hasta la encimera de la cocina y me puse entre sus piernas. Ya nada me obligaba a contenerme, así que la sujeté por la cintura y la besé agresivamente en la boca. Mi beso era tan violento que casi le magullé los labios.

Pero ella me lo devolvió... con el mismo deseo.

El mundo desapareció, y Botón fue la única cosa que dejó a su marcha. Me olvidé de mi solitaria existencia en la finca. Me olvidé de todo el whisky que había bebido y de los lamentos que me inundaban el pecho. Era la primera vez que sentía paz en meses.

Cerré mi puño en torno a su cabello y reconocí su familiar suavidad. Lo llevaba más largo que antes, pero emanaba el mismo aroma a vainilla y naranja. Aquel olor permaneció en mi dormitorio semanas después de que se fuera. Pero un día, desapareció; y yo me sentí perdido.

Sentía la sangre latirme en las orejas y mi corazón contraerse al mismo ritmo que el suyo. Y entonces fue cuando finalmente me sentí completo, por primera vez en meses. Todo el dolor, toda la aflicción y toda la ira desaparecieron.

Interrumpí nuestro beso y la miré a la cara.

―No lo mataré.

Me contempló frunciendo sus labios rojos.

―Pero no me marcharé hasta que me hayas pagado hasta el último de los botones. ―Nunca la privaría de su libertad. En innumerables ocasiones en el pasado había querido encadenarla a una pared y poseerla por completo, pero aquel fuego en sus ojos me lo impedía. Me exigía lealtad sin pronunciar palabra. Tenía más poder del que se daba cuenta, y esperaba que nunca lo descubriese.

―Cuando pague la deuda, ¿te marcharás?

Me morí un poco por dentro al escuchar la esperanza en su voz.

―Sí.

―¿Por qué quieres que te pague estos botones? No lo entiendo.

Porque todos los días eran una tortura sin ella. Mi vida era un borrón sin sentido. Vivía en el lugar más bonito del planeta, poseía el tipo de lujo con el que la mayoría sólo puede soñar, y podía haber tenido a cualquier mujer que hubiera querido.

Pero nada de todo aquello había importado cuando ella se fue.

–Porque te deseo.

―¿Y eso es todo? ―susurró.

Quizá si volvía a tenerla, lograría desahogarme y continuar con mi vida. A lo mejor las cosas no terminaban como tendrían que haber terminado.

―Nunca tuvimos la oportunidad de despedirnos. No estaba preparado para tu marcha cuando te subiste a aquel avión. No había acabado contigo.

El deseo de sus ojos empezó a extinguirse lentamente. Si había algo más que ella quería escuchar, deseaba que me lo dijese.

―Conseguiré esos botones. Y después no quiero volver a verte jamás.

Ignoré la punzada que se extendía por mi piel. Quemaba más que cenizas, y me abrasaba desde el interior. Mi expresión no cambió, y me tragué el dolor hasta que lo tuve en el estómago. Yo sabía por qué se sentía dolida. Me había dicho dos palabritas que yo no había repetido. Y nunca me perdonaría por aquello.

Pero a lo mejor lograba que cambiase de idea.

A lo mejor podía lograr que volviese a enamorarse de mí, de forma que me devolviese algunos de aquellos botones a cambio de mi cariño. Entonces sería mía para siempre.

―Vale.

―¿QUÉ quieres hacer? ―Entró en el dormitorio y empezó a desvestirse lentamente. Jugueteó con la parte superior de los vaqueros antes de desabrochar el botón y la cremallera. Se los bajó despacio por las largas piernas y sacó los pies de ellos. Al moverse, sus caderas se balancearon de izquierda a derecha y, sin que lo intentara siquiera, me pareció la mujer más sensual que había visto nunca.

Tenía una erección dentro de los vaqueros que se apretaba dolorosamente contra la cremallera. Deseaba desesperadamente ser libre, frotarse contra su sexo resbaladizo y deslizarse en su interior. Quería estirarla y borrar el recuerdo del hombre que no la merecía. Si aquel tío la veía como una causa perdida, entonces nunca la había mirado de verdad. Él no veía lo que yo. Si se hubiera molestado en prestar atención, habría advertido que el fuego de sus ojos no había disminuido de intensidad. Habría atesorado la indiscutible, sexualidad que emanaba de cada centímetro de su piel. Le habría rogado que se quedara en cuanto hubiera sabido que quería estar conmigo.

Maldito idiota.

Era la primera vez que mis celos se aplacaban. Al ver el dolor en sus ojos tras el rechazo de Neji, quise arreglarlo todo. Quise convencerla de que el problema era él, no ella. Durante toda su vida, los hombres la habían decepcionado, y sinceramente, yo no era diferente. Había sido el primer hombre a quien ella había permitido cuidarla, mantenerla y protegerla.

Y entonces la había herido.

No podía culparla si no volvía a confiar nunca en mí.

Botón se volvió para ponerse ante mí, de pie con su camiseta y sus bragas negras. La camiseta le abrazaba la cintura y las costillas, resaltando sus sensuales curvas naturales. Sus anchas caderas se estrechaban para formar una estrecha cintura. Cuando la contemplaba por detrás, sus curvas se acentuaban todavía más. A mi miembro aquello le parecía el paraíso.

Me miró fijamente, con aquella confianza orgullosa que la hacía provocativa de forma innata. Ninguna otra mujer lograba hacerlo sin parecer engreída. Cualquier mujer que entendiera que era un diez perfecto se convertía de inmediato en un cero. Pero una mujer que ni siquiera se molestaba en puntuarse era un diez perfecto.

Botón se sacó la camiseta por la cabeza y dejó un sujetador negro al descubierto. Era de los que acentúan el escote, y mantenía sus turgentes senos firmemente unidos. Era como una pista de aterrizaje para mi sexo, que podría follarse sus tetas hasta que le escociera el pecho.

―Todavía no has contestado a mi pregunta. ―Se acercó más a mí, sin apartar su mirada autoritaria de mí.

Mis ojos se posaron sobre su esbelto cuello y en el hueco de su garganta. Mis labios ansiaban depositar allí infinitos besos, abrasándole el cuerpo con mi contacto. La razón por la que había dejado escapar a esta hermosa mujer era un misterio para mí. Me había pasado las noches cascándomela como un adolescente porque no podía tener lo que realmente quería.

―¿Y cuál era la pregunta?

Se abrazó el torso con los delgados brazos y se desabrochó el cierre que mantenía cerrado su sujetador. Se aflojó de inmediato, y los tirantes cayeron sobre su pecho. Lentamente, la gravedad hizo su efecto y el sujetador cayó al suelo con un suave ruido sordo.

Echaba de menos aquellas tetas. Jodidamente bonitas.

De repente sentí que mi lengua era demasiado grande para mi boca. Quería bañar sus pezones en besos dolorosos antes de succionarlos hasta dejarlos en carne viva. Ya había visto su bello cuerpo desnudo más veces de las que podía recordar, pero ahora que se sometía a mí, mi erección era rampante. Verla postrarse ante mí, cediéndome el control, era lo que más caliente me ponía del mundo.

Por fin era mía.

Se agarró las tiras del tanga antes de bajárselas por aquellas piernas, largas y exquisitas. El paraíso que tenía entre ellas estaba perfectamente mantenido, y el bultito me llamaba.

―¿Qué quieres hacer?

Tenía los pechos duros y los labios entreabiertos. No lograba decidir lo que quería. Lo quería todo a la vez. Quería aquella bonita boca alrededor de mi miembro, pero también quería estar a veinticinco centímetros en su interior.

Ella recorrió la distancia que nos separaba con la ropa interior aún en la mano. Posó los dedos sobre mis vaqueros y desabrochó lentamente el botón. Al bajar la cremallera, mi sexo saltó por fin, libre de restricciones. Se presionó contra la parte delantera de mis bóxers, dirigiéndose hacia ella como si tuviera conciencia propia.

Mantuve los brazos a los costados, a pesar de lo mucho que deseaba tocarla. Su numerito me ponía muy caliente, y sentía curiosidad por saber qué haría a continuación. Aquella noche llevaba ella la iniciativa, y el caso es que me estaba gustando haberle cedido las riendas.

Me bajó los vaqueros y los bóxers hasta los tobillos y después volvió a enderezarse cuan larga era. Era bastante más baja que yo y mi entrepierna le llegaba al estómago. Pero su altura no la debilitaba. Era la persona más alta en cualquier habitación en la que entrase.

Enrolló su tanga negro alrededor de mi miembro y empezó a masajearlo, utilizando el suave encaje para estimular la tensa piel de mi sexo. Parte de su humedad empapaba la prenda, y pude sentir cómo se extendía desde los testículos hasta la punta.

Joder.

Subía y bajaba con lentos movimientos, centrándose en la sensación de cada momento en vez de en la estimulación de ir lo más rápido posible.

Joder, ¿se daba cuenta de lo sensual que era?

―¿Qué quieres hacer? ―Me tocó la comisura de la boca con los labios, pero sin besarme. Me provocaba, acercando sus apetitosos labios a escasos centímetros de mi boca.

Me dolía la entrepierna porque la fantasía era mejor que nada que yo pudiera haberme imaginado. Era igual que en Italia, pero mejor, en cierto modo. Yo tenía un dominio total, y hasta ahora no había conseguido comprender la enorme responsabilidad que conllevaba.

―De rodillas. ―El poder me atravesó la columna, empezando en la ingle y desplegándose hacia la nuca. Por fin era mía aquella mujer, y lo era para que disfrutara de ella. En exclusiva.

Ella se dejó caer sobre el suelo de parqué, sin quejarse por el dolor en las rodillas. Mantuvo su manita alrededor de mi erección, con el tanga arrugado cerca de mis testículos. Sus dedos jugaban lentamente con mi escroto, masajeándolo con ternura.

―Te voy a follar la boca. ―Le recogí el pelo con la mano y se lo mantuve firmemente sujeto en la parte de atrás de la cabeza. El tanga seguía allí, pero no quise quitarlo. Me encantaba sentir la humedad de su sexo en el delicado tejido.

Me agarré la base del miembro y le froté los labios con la punta. Empezó a besarla de inmediato, sacando la lengua para frotar la sensible piel. Tenía los ojos relucientes como una hoguera, y me cupo la certeza de que la humedad estaba empezando a acumularse entre sus piernas. Seguía encantándole tener mi enorme miembro dentro de la boca.

Algunas cosas no cambiaban nunca.

Me introduje en su interior, dirigiéndome hacia el fondo de la garganta hasta que tuvo bien dentro hasta el último centímetro. Como la campeona que era, se la metió sin hacer arcadas. Contuvo el aliento, porque tenía la garganta bloqueada. Cuando la retiré hacia el frente de su boca, inhaló profundamente. Entonces se la volví a meter del todo.

Lo mejor ni siquiera eran las sensaciones de la mamada. Nada podía superar la vista. Estaba obsesionado con aquella mujer, y verla de rodillas como si yo fuera su rey obraba maravillas con mi ego. Lo que no hacía sino ponérmela más gorda.

Le follé profundamente la garganta durante unos minutos, conservando la escena en el fondo de la mente para atesorarla después. Esto era algo con lo que me masturbaría cuando ella no estuviera. Mi mayor deseo era no tener que recurrir a ello.

Saqué mi miembro de su cálida garganta y le ordené que se tumbara en la cama.

―De espaldas. La cabeza en la almohada. ―Me toqué mientras la observaba obedecerme. El sexo me palpitaba en la mano de ganas de estar en su interior.

Ella se tumbó en la cama con la cabeza en la almohada. Como una esclava, esperaba mi próxima orden.

Trepé sobre ella y le puse otra almohada debajo de la cabeza. Se le curvó el cuello y tenía la cara casi vertical. Me miraba con cierta confusión, pero no hizo ni una sola pregunta.

Le agarré las tetas y bañé el valle entre ellas con húmedos besos. Mi erección se bamboleaba hacia delante, a un par de centímetros de su estómago. Cuando todo su pecho estuvo cubierto de saliva, me coloqué encima de ella.

―Júntate las tetas.

Hizo lo que le pedía, creando un característico pliegue entre ambas.

―Abre la boca.

Hizo lo que le ordenaba.

Un escalofrío me recorrió la espalda al presenciar su obediencia. Abría la boca con un solo chasquido de mis dedos y sus ojos no demostraban el odio que sentía. Estaba tan excitada como yo, deseando acoger mi sexo entre sus pechos.

Coloqué mi miembro entre sus despampanantes tetas hasta ver el glande emerger por el otro lado. Se introdujo en su boca y descansó sobre su lengua.

―Botón, mantén juntas las tetas. ―Balanceé las caderas, deslizándome por sus húmedos pechos. Ella los mantenía firmemente unidos, como le había pedido, y su lengua rozaba mi glande cada vez que llegaba a ella. No le quité los ojos de encima ni un segundo, embelesado con el temblor de sus pechos. Nunca le había follado las tetas, y estaba disfrutando inmensamente con ello.

Ella mantuvo la lengua fuera como una pista de aterrizaje, preparada para mi miembro cada vez que se lo acercaba. En cierto modo, era mejor sumisa de lo que había sido nunca. No había lucha en ella, porque deseaba que la conquistara.

El éxtasis empezó como un temblor lejano en la parte inferior de mi miembro. Pude sentir la euforia ascendiendo hasta la punta, sabiendo que la explosión no tardaría en llegar. Yo quería dejarme ir y ceder al deseo carnal de correrme en su cara, pero me contuve.

Saqué mi miembro de entre sus preciosos pechos y la sujeté por las caderas. La puse debajo de mí y le abrí las piernas. Mi sexo se apoyaba contra su estómago, reluciente con una mezcla de su saliva y de la mía. Se contraía con expectación, preparado para hundirse en lo más hondo de aquella mujer, que absorbía toda mi concentración.

Ella me agarró los antebrazos, enterrando sus largas uñas profundamente en mi piel, y casi haciéndome sangre. Cuanto más fuertemente se agarraba a mí, mayor era mi desesperación por follármela. Había mantenido una máscara de indiferencia al hablar, pero ahora que estábamos desnudos juntos y a punto de follar, su actitud era de todo menos indiferente.

Me puse sobre ella hasta que mi rostro estuvo a centímetros del suyo. Sus labios relucían por la saliva con la que había bañado mi enorme erección, y la boca ligeramente abierta dejaba entrever sus dientes blancos. Había visto aquella expresión cien veces y sabía lo que quería decir.

Deseaba que la besara.

Sostuve mi peso con los brazos y descendí lentamente hasta que nuestras bocas se tocaron. Como si nunca la hubiera besado, una violenta explosión estalló en lo profundo de mi pecho. Era un rugido que reverberó por mi piel y surgió de lo más hondo de mi garganta. Se me tensaron todos los músculos del cuerpo en reacción y cerré los puños sobre las sábanas que tenía debajo.

Ella jadeó suavemente contra mi boca al conseguir el contacto que anhelaba. Sus labios temblaron contra los míos como si le hubiera picado una hormiga roja. Me rodeó la cintura con las piernas, anclando los tobillos a mi espalda. Me atrajo más contra sí, deseándome en su interior en aquel momento, no después.

Alzó las manos hasta mi cara y después las hundió en mi cabello. Sujetaba los mechones con tanta fuerza que casi me arrancó el pelo. Su cuerpo se mecía con el mío y sus caderas se presionaban contra mí, ansiosas por sentirme en su interior.

―Sasuke... fóllame.

Joder.

Desplacé las caderas hasta presionar mi entrepierna contra su entrada. Lanzando todo mi peso al empujar, la penetré hasta el fondo en un solo y fluido movimiento. Su sexo era más estrecho de lo que recordaba, pero mi miembro se deslizó en su interior con facilidad.

Porque nunca había estado tan empapada.

―Sí... ―Arrastró las manos bajando por mi espalda, con uñas afiladas como puñales. Jadeó en mi boca, porque no era capaz de besarme. Todo lo que podía hacer era gemir... gemir para mí―. Sasuke...

Hice que su cuerpo se doblara sobre sí mismo hasta que no fue más que una minúscula pelota debajo de mí. Tenía las piernas firmemente apretadas en torno a mi cintura y los brazos alrededor de mi torso. Encogida y retorciéndose debajo de mí, me la follé con dureza contra el colchón como un marinero recién desembarcado.

Mi brazo reptó por debajo de ella hasta llegar a su nuca. Cerré los dedos a su alrededor y le di un firme apretón. Sujetándola con fuerza, la guie mientras entraba y salía de ella, estrellándome contra su cuerpo desde arriba.

―Botón... ―Su sexo me parecía el paraíso después del periodo de abstinencia que había tenido que soportar. Pero la espera había merecido la pena, porque aquel momento era poderoso, y paralizante. La conexión que compartíamos se había renovado con intensidad. Yo la sentía, y sabía que ella la sentía también.

Era incapaz de continuar prolongándolo. Masturbarme no había aumentado la resistencia que antes tenía. Mi miembro necesitaba descargarse en su interior, inundándola con tal cantidad de semen que fuese incapaz de retenerlo. Sentía la necesidad de borrar cualquier rastro del hombre que me había sustituido.

―Botón, córrete para mí. ―Profundicé mis embestidas y froté mi pelvis contra su clítoris palpitante. Quería ver cómo se corría, para poder correrme yo con ella.

Las mejillas se le tiñeron de rosa, el pálido color de una rosa de primavera justo después del invierno. Sus labios adquirieron un tono rojo rubí como respuesta a la dureza de mis besos. Tenía los pezones totalmente erectos, y pude ver cómo su boca dibujaba lentamente aquella O que tan bien conocía y que había estado esperando. Después dejó escapar un grito que casi me rompió los tímpanos.

―Oh, Dios... ―Echó la cabeza hacia atrás y sus uñas casi me perforaron la piel―. Sí, justo así.

Sentí su sexo tensarse alrededor del mío y producir una nueva oleada de humedad. El espacio entre nosotros se volvió más mojado y resbaladizo. Mi miembro se tensó a la expectativa y le sujeté la nuca con más fuerza, casi haciéndole moratones.

―Tómalo. Todo. ―Me enterré por completo en su interior, dándole hasta el último centímetro. Después descargué con un gemido que no pude contener. Atravesó mis labios y salió como un rugido. Mis dedos continuaron apretándose en torno a su cuello, y tuve que obligarme a aflojarlos para no asfixiarla.

Me quedé encima de ella porque no quería apartarme, no todavía. Solía pasar gran cantidad de tiempo enterrado en su interior, y cuando se había marchado sin avisar, yo había tenido que hacer frente a la dura realidad de su partida. Ahora estaba debajo de mí, y deseaba saborear cada momento pasado a su lado.

Sus ojos rebosaban de satisfacción y su respiración volvió lentamente a la normalidad. Su espeso cabello estaba diseminado por la almohada y sus dedos se aflojaron sobre mi piel. Sus bellos ojos verdes fueron perdiendo su cualidad vibrante para volverse soñolientos. No sólo estaba satisfecha, también totalmente exhausta.

La besé, abrazándola tiernamente para compensar mi dureza anterior. Ahora que había pasado la pasión y sólo quedábamos nosotros dos, quería que mis caricias le demostrasen algo más que lujuria. No sólo la había echado de menos porque el sexo entre nosotros era increíble. La había echado de menos por muchas otras razones... razones que no conseguía explicar.

Salí de su interior, sintiendo el sufrimiento de mi sexo por verse alejado del paraíso que tenía entre las piernas. Cuando me tumbé a su lado, la abracé por detrás, nuestra postura habitual cuando dormíamos juntos. No sabía qué hora era, y ella no puso la alarma para la mañana siguiente. No pidió sus botones, y yo no se los ofrecí.

Entonces nos quedamos dormidos.