Capítulo 11

SAKURA

Cuando me levanté a la mañana siguiente, olí el café de inmediato. El aroma era inconfundible, de gran riqueza. A mis oídos llegó el sonido distante de la cafetera. La luz de la ventana llegó hasta mis párpados y supe que estaba saliendo el sol.

Lo cual quería decir que me tenía que ir a trabajar.

Salí de la cama y cogí la primera camiseta que encontré en el suelo. Era de Sasuke y me llegaba por debajo de las rodillas porque era un millón de tallas más grande que las mías. Palpé el tejido y recordé de inmediato haber hecho lo mismo cada mañana cuando vivía con él, hacía una eternidad.

Entré en la cocina y vi a Sasuke sentado a la mesa, leyendo el periódico. Iba sin camiseta y tenía un aspecto muy atractivo. Sólo llevaba puestos los bóxers, y sus muslos perfectos y musculosos asomaban por debajo de la mesa.

―El desayuno está en la cocina. No lo ha hecho Lars, pero se puede comer.

Me serví un plato de huevos revueltos y una taza de café. La leche y el azúcar ya estaban sobre la encimera, porque Sasuke sabía exactamente cómo me gustaba tomarlo. Me senté en la silla que había frente a él y eché un vistazo al reloj. Todavía tenía una hora antes del trabajo, así que podía tomármelo con calma.

Sasuke leía su periódico y no me miró ni una sola vez. Si no fuese porque por la ventana que había a su espalda se veía Manhattan, habría asumido que estábamos otra vez en su finca de la Toscana. Su barba reciente era cada vez más apreciable y tenía los labios algo agrietados por todos los tórridos besos que habíamos compartido la noche anterior.

Dios, lo de la noche anterior había sido fantástico.

Neji nunca me había dejado así de satisfecha. No había sido oscuro, pero desde luego sí muy intenso. Sasuke me trataba como a un trozo de carne, pero sabía cómo hacerlo. Nunca me había sentido tan deseable y tan deseada. Neji siempre me trataba como si fuera de cristal, como si me fuera a romper en cualquier momento. La noche anterior debía de haber tenido el mejor orgasmo de mi vida, porque había caído fulminada.

―¿Qué tal has dormido, Botón? ―Dejó el periódico sobre la mesa y me dirigió una mirada divertida. Tenía el pelo revuelto de dar vueltas en la cama por la noche, y arañazos en el pecho por cómo le había hundido las uñas. De alguna manera, aquellas cosas lo hacían aún más atractivo.

―Bien. ―De puta madre, en realidad. No había dormido así desde la última vez que habíamos compartido cama. Normalmente daba vueltas sin cesar por la noche, acosada por las antiguas pesadillas de Bones. A veces me quedaba tumbada absolutamente quieta, sintiendo sin embargo el balanceo del barco de mi viaje a través del Atlántico. Dormir con Neji no había mejorado nada. Todo había seguido exactamente igual. Pero con Sasuke, todo era una serena tranquilidad. Cuando me envolvía en sus brazos, nada podía herirme. Nunca admitiría aquello en voz alta, pero él era el primer hombre que me hacía sentirme segura―. ¿Tú?

―Como un tronco. ―Dio un sorbo a su café y después se pasó los dedos por la pelusilla que emergía de su barbilla. Estaba más poblada de lo habitual porque no se había afeitado el día anterior. Nunca lo había visto con barba, y me pregunté qué tal le quedaría. ¿Le haría aún más guapo? ¿O sólo peligroso?

Ahora que estábamos sentados civilizadamente el uno frente al otro, ya saciados nuestros apetitos, tenía que tratar de negocios.

―Cinco. ―Puse la palma abierta sobre la mesa para que pudiera depositar su pago en ella.

No dejó de mirarme en ningún momento.

Dejé allí la mano, esperando a que me pagara lo que me debía. No estaba allí porque tuviera ganas de volver a verme atrapada en aquella pesadilla. Quería cortar para siempre los lazos que nos unían para poder seguir con mi vida, y que nunca nos volviéramos a ver. El sexo era alucinante, y me sentía increíblemente bien entre sus brazos, pero ya me había destrozado una vez el corazón, y no permitiría que aquello volviera a suceder. Lo mantendría oculto en lo más hondo de mi pecho para que él no pudiera alcanzarlo. Podría mantenerlo a salvo mientras me ganaba treinta botones... pero no más.

Me contempló entrecerrando los ojos, sin cooperar.

―Págame ―lo insté moviendo los dedos.

―Dos.

―¿Dos? ―pregunté con incredulidad―. He dicho cinco.

―Lo que hicimos valía dos, y ambos lo sabemos. ―Se tomó su café con los codos sobre la mesa. Su expresión testaruda me hizo saber que no era negociable.

Supongo que tendría que haber acordado el pago antes de acostarnos: igual que una puta.

―La noche anterior valió uno. ¿Por qué te parece que anoche valió dos?

―Fue vainilla. En todo caso tendría que valer sólo uno.

Es posible que no me hubiese atado, pero, aun así, fue largo y violento. Me parecía que aquella noche valía más de lo que él quería darme. No se daba cuenta de que aquellos botones no sólo representaban un mero pago. También eran las capas con las que protegía mi corazón de su frialdad.

―Dos.

―Cinco.

Sacudió ligeramente la cabeza.

―Botón.

No podía creer que estuviera a punto de ceder ante él, pero reconocía un callejón sin salida cuando lo tenía delante.

―De acuerdo.

Se sacó dos botones del bolsillo y me los pasó por encima de la mesa.

Eran metálicos y brillantes. Uno tenía una imagen de un lazo y el otro era liso y plateado. Había reunido cientos de botones desde que me había capturado, pero no tenía nada que lo demostrara. Estos irían a parar a mi colección oculta.

―Me tengo que ir a trabajar.

Sasuke no protestó, pero no le hizo ninguna gracia.

―Te veo cuando salgas.

―No voy a volver aquí, Sasuke.

Cruzó los brazos delante del pecho, amenazándome para que no lo desafiara.

―Tengo planes. Te veré mañana. ―Debía mantener cierto espacio entre nosotros. Si pasaba demasiado tiempo con él, sólo lograría que todo fuese más duro. Debía espaciarlo, tomármelo con calma.

―¿Qué planes?

―Voy a tomar algo con mis compañeros.

–¿Es algo que sueles hacer?

―Una vez al mes, más o menos.

Frunció las cejas, molesto.

―Iré contigo.

―No ―lo corté―. Tú no trabajas allí.

―Pero soy tu dueño.

Aquellas palabras me golpearon como una bofetada en la cara. Me puse de pie y me agarré al borde de la mesa.

―Tú no eres mi dueño, Sasuke. Ya no soy tu esclava, así que puedo hacer lo que me dé la puta gana. ―Salí como una tromba, dejándome los botones sobre la mesa. Después de una noche estupenda, ya estaba cabreada con él. En un momento, me apartaba de él porque le confesaba mis auténticos sentimientos, y al momento siguiente, me poseía como si no pudiera vivir sin mí. No tenía sentido, y estaba harta de ello. No lo podía tener todo.

Me vestí con la ropa del día anterior antes de marcharme a toda prisa de la habitación de hotel.

Cuando llegué a la puerta delantera, me detuvo.

―Botón. ―Empujaba la puerta con la mano para que no pudiera abrirla. Su pesada masa bloqueaba el camino, así que estaba atrapada.

―Voy a llegar tarde. ―Aún tenía tiempo de sobra, pero estaba desesperada por alejarme de aquel psicópata.

Me pasó un brazo por la cintura, guiándome hacia la puerta. Tenía la espalda contra la madera y estaba acorralada como un animal. El depredador había atrapado a la presa, y no podía hacer nada más que esperar el final. Me enterró una mano en el pelo, obligándome a levantar la barbilla, de forma que lo mirase directamente a la cara.

―Sé mía otra vez. ―Me deslizó el pulgar por la mejilla hasta que estuvo en la comisura de mi boca―. Déjame ser tu dueño. Déjame poseerte. Déjame tenerte. –Acercó sus labios a los míos, tentándome con un beso.

―No. ―Cada momento que pasaba en su presencia me desgarraba por dentro. Una parte de mí quería volver a como estábamos. Mi vida era mucho más sencilla entonces. Había un lugar para mí. Tenía un hogar. Tenía a un hombre tan dañado como yo, y aquellas heridas nos unían como si fuéramos familia. Quedarme en aquella finca en medio de la Toscana era la mejor terapia que podía tener. Aunque no me hubieran vendido como esclava, no había sido feliz en Estados Unidos. Nunca había sido feliz con Sasori, ni con nada más de mi vida. Sasuke me había dado algo que llevaba toda mi vida buscando. Y después me lo había quitado―. Me tenías, y no me quisiste, Sasuke. No puedes cambiar de opinión y ya está.

―En ningún momento he dejado de querer estar contigo. ―Presionó más su cuerpo contra el mío―. Eso lo sabes.

―Varios meses de silencio dicen lo contrario. ―Estando sola durante aquellos meses, había sido fácil mentirme y decirme que no estaba dolida. Pero al pronunciar aquellas palabras, sentí la traición como una herida que me acabase de hacer. Me había roto el corazón más dolorosamente de lo que podría haberme imaginado. Me había destrozado en mil pedazos, y esta vez, no podía volver a juntarlos―. Sólo estoy haciendo esto para que quedemos en paz. Sólo estoy haciendo esto para que desaparezcas. Así que no finjas que hemos vuelto a Italia y que todo es igual que antes. Nada volverá a ser igual. Y no te atrevas a volver a llamarme esclava, jamás. No te atrevas a decir que te pertenezco. Porque no te lo mereces.

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ESTUVE TODO el día de un humor de perros.

Odiaba a Sasuke por la manera en que me torturaba emocionalmente, y me odiaba a mí misma por estar colada por él. Sí, era atractivo y arrebatador. Sí, era compasivo, sin ser débil. Pero bajo aquel bonito envoltorio seguía ocultándose un rompecorazones.

No volvería a caer en todo aquello.

No me podía creer que me hubiera pasado, para empezar. Mientras estaba trabajando, me concentraba en el proyecto que me habían asignado hacía semanas. Lo mejor de mi trabajo era lo fácil que resultaba abstraerse en él. Era complejo y desafiante, y atraía toda mi atención, de forma que no pensaba en ninguna otra cosa.

Después del trabajo, salí a tomar algo con algunos de los chicos. Hablaron sobre todo de deportes, y sobre lo que iban a hacer en las próximas vacaciones. Yo me bebí mi cerveza, deseando que fuera vino toscano. Después me fui a casa para poder estar sola. Si Sasuke estaba acechando dentro de mi apartamento, le daría una paliza.

En serio.

Entré y encendí las luces. No tenía nada dentro de la nevera, así que no tenía más remedio que pedir una enorme pizza grasienta para cenar. Deseé ganar más dinero en mi trabajo para poder contratar a Lars y que trabajara para mí.

Tal y como me temía, aquel arrogante hijo de puta estaba allí.

Lancé mi bolso sobre la encimera y agarré un rodillo de amasar de madera de uno de los cajones. No era un bate de béisbol, pero tendría que servir.

―Maldito cabrón, te dije que quería la noche libre y...

―Escúchame, y luego me iré. ―Se quedó en el otro lado de la encimera. Llevaba una camiseta gris y unos vaqueros, iba recién afeitado y con el pelo perfectamente peinado. Le faltaba el reloj que solía llevar, pero, aun así, parecía un ejecutivo.

Yo no quería escuchar lo que fuese que tenía que decir.

―Date prisa.

Rodeó la isla y se acercó más a mí.

Yo retrocedí de inmediato; no estaba de humor para que me tocaran.

―Ahí estás bien. ―Nos separaba algo más de medio metro, una distancia insuficiente. Crucé los brazos sobre el pecho y bloqueé el cuerpo, dejando claro que no era bienvenido.

Él se quedó allí con los brazos colgando a los costados, diciéndome con los ojos que deseaba acercarse más. Me ponía las manos encima en cuanto tenía ocasión, y que le negaran aquel placer estaba poniendo a prueba su paciencia.

Yo continué allí de pie, esperando a que dijese lo que fuera que tenía que decir. Fuese lo que fuese, estaba segura de que no me iba a gustar. Aquel hombre carecía de emociones porque no era más que una cáscara vacía. Era una estúpida por haber pensado una vez que podría cambiar... especialmente por mí.

―Por fin entiendo cuánto daño te he hecho.

Aquello era lo último que esperaba que dijese. Intenté que mi cara no reflejara ninguna emoción, pero en cuanto aquellas palabras salieron de sus labios, relajé la mueca que fruncía mi boca. Se me aflojaron los brazos contra el pecho, hasta mis rodillas parecían menos fuertes que hacía un momento. Y no había dicho más que una sola frase.

Al darse cuenta de que mis defensas empezaban a desmoronarse, se acercó un poco más a mí. Mantuvo las manos a los costados, sin tocarme, pero el deseo que ardía en sus ojos dejaba claro el anhelo de hacerlo.

―Me doy cuenta lo que te he hecho, y me odio por ello.

Yo me bebí cada palabra, sintiendo cómo mi cuerpo se veía atraído hacia el suyo como si fuera un imán. Mi boca ya sentía deseos de besar la suya, y mis manos se morían por posarse sobre su carne prieta. Todas las emociones contra las que había intentado luchar se desbordaron en mi interior. El poder que tenía sobre mí era tan intenso que me aterrorizaba.

―Vuelve a la Toscana conmigo. Te daré un hogar que podrás considerar el tuyo. Te daré una vida repleta de lujo, belleza y respeto. Mi dormitorio no será sólo mío, sino nuestro. Serás la señora de la finca, con tantos derechos como yo. Tendrás cualquier cosa que puedas desear. Sea lo que sea, te lo daré.

–¿Qué quiere decir eso exactamente, Sasuke? ―Sonaba demasiado bueno para ser verdad, y necesitaba una explicación antes de llegar a conclusiones precipitadas.

Él cruzó la distancia que nos separaba y me puso inmediatamente una mano en la nuca. Bajó el rostro para mirarme, registrando con sus ojos cada vez más oscuros hasta la más mínima reacción de mis rasgos.

―Soy tuyo, Botón. Viviré dedicado a ti. Te protegeré. Te daré todo lo que quieras. Ven a casa conmigo. A tu hogar.

Le rodeé la muñeca con la mano, sintiendo su pulso poderoso. Conté el número de veces que palpitaba bajo las puntas de mis dedos. Las venas de sus antebrazos sobresalían bajo la piel por causa de los pronunciados músculos, tan apretados como si estuvieran hechos de acero.

―¿Hasta cuándo?

Estrechó los ojos, sin entender la pregunta.

―Para siempre.

Cerré los ojos, porque aquello sonaba como un sueño hecho realidad. Quería pasar todos mis días bajo el sol toscano con aquel hombre. A pesar de su intensidad y su rabia, era mi media naranja. Me había convencido a mí misma de que ya no lo amaba para poder continuar con mi vida, pero sabía que aquello no era verdad. Mis mentiras no eran lo bastante sólidas para engañarme.

―Sasuke, ¿me amas? ―No abrí los ojos, porque no quería ver su reacción. No quería ver cómo pronunciaba la hiriente respuesta.

Él no dijo nada, y aquello fue mi respuesta.

Abrí los ojos y lo miré, volviendo a sentir otra vez todo aquel dolor. El mismo que estaba escrito en su rostro, porque se odiaba por hacerme daño. Se odiaba por no decirme las palabras que yo quería escuchar.

―Entonces, ¿qué sentido tiene? ―susurré―. Quieres que viva contigo, pero, ¿durante cuánto tiempo? Te cansarás de mí y querrás estar con otra persona, con alguien nuevo. Y entonces yo seré devuelta aquí, para tener que volver a empezar de cero. No puedo hacerlo, Sasuke.

Me tomó el rostro con ambas manos, mirándome directamente a los ojos.

―Nunca me cansaré de ti, Botón. Nunca me he sentido así por nadie. Si vuelvo sin ti, seré un completo desgraciado. Te necesito en mi vida. Si ti, no existo.

¿Cómo podía decir aquellas cosas y no sentir nada más por mí?

―No entiendo nada, Sasuke. Me dices cosas preciosas, pero, aun así, no me amas. No puedo abandonarlo todo para estar contigo a menos que nuestros sentimientos sean los mismos. ―Ya había puesto mis cartas sobre la mesa. Había admitido que seguía sintiéndome de la misma manera que antes de marcharme de Italia. Me odiaba a mí misma por haber desvelado aquella información con tanta facilidad.

Posó las manos sobre mis hombros, dejando escapar un suave suspiro.

―Te dije que no puedo sentir amor. Te dije que no puedo amar a nadie. No es que no quiera hacerlo. Simplemente, soy incapaz de sentirlo. ―Me puso las manos en la cintura e inclinó la cabeza―. Pero excepto eso, te lo puedo dar todo. Te puedo dar mi fidelidad, mi lealtad, mi sinceridad, mi fortuna, mi hogar... todo lo demás. Con eso debería bastar.

Quizá bastara para alguien que no lo amase. Quizá bastara para una mujer en busca de seguridad, riquezas y protección. Pero yo no necesitaba ninguna de aquellas cosas.

―Sasuke, tú eras la razón por la que me encantaba vivir contigo. Me encantaba dormir en aquella fabulosa mansión porque tú estabas a mi lado. Me encantaba mirar por aquella ventana porque podía verte corriendo por los campos. Quería a Lars porque veía su devoción por ti. ¿Cuándo entenderás que no son las cosas que me ofreces las que me mantienen a tu lado? ―Moví las manos hacia su pecho, posándoselas sobre el corazón―. Eres sólo tú.