Capítulo 12
SASUKE
El whisky que tenían en el hotel no era ni de lejos tan bueno como el que yo tenía en casa. Pero tenía el mismo efecto, así que seguí bebiéndomelo. Me senté en el sofá de la sala de estar y contemplé por la ventana la ciudad que había debajo. Botón probablemente estuviera en su apartamento enano, comiéndose un plato de macarrones con queso y viendo la televisión por satélite.
Podría estar viviendo en una mansión conmigo, mientras contemplaba los viñedos infinitos.
Me terminé el resto del vaso antes de rellenarlo. La última conversación que habíamos tenido se repetía una y otra vez en mi mente, como un disco rayado. No había dicho específicamente aquellas palabras, pero había dado a entender que aún me amaba. Se negaba a conformarse con parte de mí, porque lo quería todo.
Ahora habíamos llegado a un punto muerto.
Podía mentir y decirle que la amaba sólo para lograr que volviese a casa conmigo. Pero nunca me perdonaría a mí mismo por mentirle, porque le había prometido que nunca lo haría. Era una promesa que nos habíamos hecho el uno al otro hacía una eternidad. Cuando se trataba de Botón, mantenía todas mis promesas.
Realmente había pensado que bastaría con ofrecerle todo lo demás. Si hubiese sido cualquier otra mujer, se habría aferrado a la oferta como si le hubiera tocado la lotería. Otras mujeres se habrían gastado mi dinero en joyas y ropa cara, relajándose bajo los olivos mientras leían un libro junto a la piscina. No les habría importado que las amara o no.
Pero a Botón le importaba.
Podía drogarla y llevármela de vuelta a la Toscana en contra de su voluntad. La encerraría y la mantendría allí para mi entretenimiento. La idea era tentadora, tanto que me provocó una erección dentro de los vaqueros.
Pero jamás podría hacerle algo así.
Sonó mi móvil, y lo cogí de inmediato, esperando que fuera ella la que me llamaba. A lo mejor había cambiado de idea y estaba de acuerdo con las condiciones. Pero en vez de ello, vi el nombre de Obito en la pantalla. No me había llamado desde mi llegada hacía una semana, algo que en mi hermano no era normal. Lo cogí, probablemente porque estaba borracho.
―¿Qué pasa?
―Hola a ti también.
―¿Qué pasa? ―repetí.
―¿Cuándo vuelves a casa? Tenemos putas cosas que hacer.
–No lo sé... ―No podía marcharme sin ella, pero tampoco podía quedarme mucho más tiempo en Estados Unidos. El trabajo exigía mi atención en casa. Tenía toda una vida profesional parada, esperándome. Pero no podía dejarla atrás, sin saber si estaría a salvo.
―¿Por qué estás tardando tanto? Dijiste que ibas a por Sakura y volvías.
―No quiere volver conmigo. ―La tristeza caló en mi voz, y sentí una punzada en el pecho. Debía de estar muy borracho para estarle contando aquello a Obito. La mayor parte del tiempo, mi hermano ni siquiera me caía bien. Era una persona inmadura e irracional.
Obito hizo una pausa al otro lado del teléfono, dándose cuenta de que la conversación era mucho más seria de lo que había previsto.
―¿Qué quieres decir, tío?
―Ha dicho que no quiere venir conmigo. Pasa de mí.
―Eso no me lo creo ―dijo él con tranquilidad―. Hay algo que no me estás contando.
El alcohol tomó el mando y empecé a divagar.
―Dice que sólo volverá conmigo si le digo que la amo.
―Pues díselo y ya está ―saltó―. Problema resuelto.
―Pero es que no la amo, Obito. Tú ya lo sabes.
―Gilipolleces. ―Sentí su enfado aumentar a través del teléfono, alcanzando poderosos volúmenes contra mi oreja―. Te conozco de toda la vida, y nunca, ni una sola vez, te he visto comportarte así con ninguna otra mujer. No sólo la amas. Estás total, patética, estúpida y suicidamente enamorado de ella. No me mientas y actúes como si no fuera verdad.
Me pasé la cara por la mano, sintiendo la frustración arderme en lo profundo del pecho.
―No es así, Obito.
―¿Pero qué coño te pasa? ¿Por qué no lo admites, simplemente? Si tienes miedo de quedar como un cobarde, ya lo estás haciendo al mentir sobre ello.
―Cierra la puta boca, Obito.
―No. Lo digo en serio.
―Que te den.
―La cosa es así, Sasuke. ―Normalmente se ponía como loco cuando lo insultaba, por lo que el hecho de que conservara así la calma era prueba de que creía en lo que decía―. Ella no es como el resto de mujeres que hemos conocido en nuestras vidas. Tiene unos huevos de acero y una boca que compite con la nuestra. Le di una paliza de muerte, y sobrevivió. Nadie más habría soportado aquello, excepto ella.
―Obito, sólo estás consiguiendo cabrearme. ―Hablar de aquella noche terrible en la que casi había acabado con ella no era una buena estrategia para convencerme de que hiciera nada.
―Lo que quiero decir es que ella es especial. ¿De verdad vas a dejarla marchar por orgullo... o por lo que coño sea eso?
―No es por orgullo.
―¿Entonces por qué es?
No quería hablar de aquello con Obito. No quería hablar de aquello con nadie.
―Déjalo y ya está.
―No. Vamos a hacer esto. Vamos a tener una conversación de nenazas maricas hasta que encontremos una solución. Porque tú eres mi hermano, y no te voy a dejar que mandes a la mierda lo mejor que te ha pasado nunca.
Me bebí el resto del vaso para paliar la migraña que había aparecido de la nada.
―Así que, ¿por qué es? ―repitió―. ¿De qué se trata, Sasuke?
―Sencillamente, no puedo amar a nadie. Es así de simple. Ese sentimiento del que siempre habla la gente cuando conoce a su marido o a su mujer... soy incapaz de sentirlo. Después de que muriera Naori... se acabó. La amaba con toda mi alma, y murió... como todos los demás. Ya he perdido a suficientes personas, y estoy hasta los cojones de ello. Ella no sería más que otro nombre en la lista.
Obito permaneció en silencio. No hablaba, lo cual era raro en él. Normalmente no se callaba hasta que alguien le pedía que cerrara la boca.
―Así que no voy a volver por ahí. No voy a sentir por Sakura nada más que no sea cariño. Creo que es preciosa, y me encanta estar con ella, pero hasta ahí llega mi afecto. No le voy a mentir y a decirle que algún día me sentiré así por ella, cuando nunca lo voy a hacer. Sin importar cuánto la desee.
Él suspiró al otro lado de la línea.
―Mira, lo entiendo. Tienes miedo de perderla. Con la mierda a la que nos enfrentamos todos los días, de verdad que lo comprendo. Pero tampoco me parece que perderla ahora sea la decisión correcta.
―No hay otra decisión posible. Ella quiere más, y yo no se lo voy a dar.
―Así pues, ¿estás dispuesto a volver y olvidarte de ella? ¿No es eso exactamente de lo que tienes miedo? ¿De perderla?
No. Eran dos cosas totalmente diferentes. Si ella moría, me sentiría muy triste. Pero si la amase... me destrozaría. No podía permitirme llegar a ese punto. Si me daba a ella por completo, al final acabaría jodido. No era lo mismo, para nada.
―No. Y ya no quiero hablar más de esto.
―Pero escúchame...
Apagué el teléfono y lo lancé al otro lado de la habitación. En vez de beber del vaso, como tendría que haber hecho, lo tiré contra la pared y escuché cómo estallaba en pedacitos. A continuación, empecé a beber directamente de la botella.
.
.
.
ESTABA a punto de cargarme la cerradura de su puerta, pero cambié de opinión. Retrocedí hasta llegar a la pared opuesta y después crucé los brazos delante del pecho, esperando en el corredor como haría una persona normal. Al menos, así lo llamaría ella.
Ella saldría pronto del trabajo, y yo me había pasado casi toda la mañana recuperándome de una tremenda resaca. Me había bebido yo solo toda aquella botella de whisky y se me había ido la cabeza. Obito me había dejado diez mensajes de voz, pero yo no los había escuchado.
Apareció por el corredor algo después de las cinco, con el pelo recogido hacia atrás en una cola de caballo. Sus prominentes pómulos eran muy visibles bajo las luces fluorescentes, y aunque iba sin maquillar, su cara era preciosa. Sus ojos todavía destacaban como luces en la niebla, y sus labios llenos dibujaban cierta expresión.
Rebuscó las llaves dentro de su bolso mientras se acercaba a la puerta, con la cabeza baja. Si yo hubiera sido un ladrón, ni se habría dado cuenta. Cuando por fin levantó la vista, su cara mostró sorpresa. Echó un vistazo a la puerta antes de mirarme.
―¿Ya hay alguien esperando dentro?
No me reí, porque no tenía gracia.
―Estoy intentando ser normal.
―¿Normal? No pensaba que a Sasuke Uchiha le fuera posible ser normal. ―Abrió la puerta y entró.
Yo la seguí, aunque no me había invitado. No me había colado en su apartamento como el resto de las veces, así que debería haber apreciado mi educación.
Como cualquier otro día, lanzó el bolso sobre la isla de la cocina y se fue directa a mirar el contenido de la nevera.
―No sé por qué miro aquí. Nunca voy a la compra.
―Siempre puedo invitarte a cenar fuera.
Ella puso los ojos en blanco.
―Puedo alimentarme a mí misma. Simplemente soy demasiado vaga para ir a la tienda.
―Si vivieras conmigo, nunca tendrías que ir a la tienda. ―Si había cualquier cosa que lograra que cambiara de opinión, lo utilizaría en su contra. Le habría dado dinero, si lo hubiera aceptado. La quería en aquella mansión conmigo, todos y cada uno de los días. Quería levantarme viendo su rostro cada mañana. Si no aceptaba venir conmigo, tendría que marcharme. Y la idea de hacerlo me aterrorizaba, por todo lo que dolía.
―O a lo mejor podría vivir dentro de un supermercado, así tampoco tendría que ir.
Sus comentarios de sabelotodo solían irritarme, pero ahora disfrutaba de ellos. Eran una parte inherente de su personalidad. Cuando se fue, empecé a echar de menos todas las pequeñas cosas que hacía. La finca nunca volvió a ser la misma cuando faltó su presencia.
―¿Qué es lo que quieres, Sasuke? ―Había vuelto a levantar las defensas por completo. Apenas me miraba a los ojos porque no podía soportar la intimidad. La noche anterior habíamos estado conectados a todos los niveles, y ahora se comportaba como si casi no me conociera.
―Quería saber si te plantearías recapacitar. ―Pero era dolorosamente evidente que no tenía intención de ello.
Inclinó la cabeza antes de negar.
―No.
Ahora tendría que volver a la finca sin ella. Su fantasma me perseguiría para siempre. Cuando empezara a verme con otras mujeres, siempre las compararía con Botón. La idea era tan deprimente como para perder las ganas de vivir.
―Lo siento, Sasuke. Pero creo que lo mejor es que sigamos cada cual por nuestro lado.
―No estoy de acuerdo. ―Ni por asomo. Ambos estábamos muy perjudicados, a muchos niveles, pero juntos, parecíamos encajar. Mi oscuridad complementaba su luz. Y su bravura complementaba mi rabia. Ambos sabíamos que jamás encontraríamos a otra persona que nos sustituyese.
―Bueno... ―Por fin me miró, con los ojos verdes rebosantes de tristeza. Carecían de su habitual fogosidad. Estaban muertos, como musgo viejo sobre un árbol―. A veces, las cosas no salen como querríamos.
―Botón, piénsalo, por favor. Serías mucho más feliz conmigo de lo que nunca podrías ser aquí sola.
―Lo sé ―admitió ella―. Pero eso sólo duraría un tiempo. Sasuke, no quiero volver a mantener esta conversación. Ya fue bastante deprimente la primera vez. Te lo repito: te confesé mis sentimientos, y los tuyos no eran los mismos. Una mujer sólo puede aguantar un número determinado de veces un rechazo así.
Empecé a sentirme como una mierda otra vez.
―Puede que no dijera esas palabras. Pero sí te dije muchas cosas que nunca le había dicho a nadie. Te has ganado mi respeto, mi afecto y mi lealtad. Algo que ninguna otra mujer ha hecho antes. Así que no te centres en lo que no te dije. Recuerda lo que sí te dije.
Me miró a los ojos, pero su expresión se volvió indescifrable. Bloqueaba sus pensamientos de mí, cerrándose en sí misma, para poner distancia entre nosotros.
―¿Cuándo te marchas?
―Mañana. Pero de verdad creo que deberías venir conmigo, y por otra razón que no tiene nada que ver. Debes creerme cuando te digo que Bones no es el tipo de hombre que simplemente se da por vencido. Aquí no estarás a salvo, Botón.
―Si no me ha encontrado ya, probablemente nunca lo haga.
Entrecerré los ojos ante su ignorancia.
―No digas estupideces.
El fuego volvió a sus ojos.
―No pienso vivir con miedo, Sasuke. Si viene, estaré preparada. Pero dudo que lo haga.
Quería quedarme para protegerla, pero mi vida no estaba en Estados Unidos. Estaba en Italia. Mis uvas necesitaban atención y mi negocio con Obito nunca se detenía. No me podía quedar allí sólo para vigilarla. Y no podía evitar que ella se negara.
―Si cambias de opinión, sabes dónde encontrarme. ―Me saqué del bolsillo una tarjeta del trabajo y la puse sobre la encimera. Tenía mi número de móvil y mi dirección―. Y siempre serás bienvenida si quieres venir de visita. Me encantaría verte. ―Aunque se casara y tuviera hijos, seguiría queriendo verla. No importaba cuánto tiempo pasara ni con cuántas mujeres me acostara, aquel hecho nunca cambiaría.
Echó un vistazo a la tarjeta, sin cogerla.
―¿Sales por la mañana?
―A las nueve.
Asintió antes de volver a mirar al suelo.
―Pues deberías intentar descansar bien esta noche, si te tienes que levantar temprano.
No íbamos a despedirnos así. Aquella mujer había entrado en mi vida del modo más sorprendente, y no iba a dejarla marchar sin dar relevancia a la ocasión. Estaba cerrando un capítulo de mi vida y pasando a un periodo más oscuro. Ella había sido mi luz durante todo un año, y yo no me había dado cuenta de lo feliz que había sido hasta que había llegado a su fin.
―Tú y yo. Toda la noche. ―Le haría el amor hasta que saliera el sol a la mañana siguiente. La acorralé contra la encimera y tomé su rostro entre mis manos. De inmediato, mis dedos se enterraron en su pelo y le levanté la barbilla, obligándola a mirarme.
Ella no se resistió, ni evitó mirarme a los ojos. Me miró albergando el mismo anhelo en su interior. La única razón por la que quería que me marchara era para hacerse las cosas más fáciles. Pero, aun así, me deseaba.
―Tú y yo.
.
.
.
ME TUMBÉ de espaldas y alcé la vista para mirarla. Tenía el largo y sedoso cabello echado sobre un hombro. Su otro hombro quedaba al descubierto, y las cicatrices de su cautiverio eran visibles incluso en la oscuridad. Los defectos no estropeaban su piel. Eran cicatrices de guerra que demostraban su resistencia. Por inquietante que pareciera, me excitaban.
Mis manos se desplazaron hasta sus femeninas caderas y les di un leve estrujón, hundiendo las puntas de los dedos en su piel suave. Mi miembro estaba debajo de ella, ansioso por penetrarla. Su humedad se deslizaba hasta él, lubricándolo para que pudiera introducirse en ella con facilidad.
Sus manos reptaron hasta mi pecho y se inclinó hacia delante, poniéndome sus pechos perfectos directamente en la cara. Me clavaba las uñas al moverse, incitando a mi monstruo interior para que saliera hasta la superficie. Mis manos se aferraron a sus caderas mientras inspiraba, preparándome para sentirla.
Su cabello se derramó sobre mi hombro y ella arqueó la espalda, preparándose para deslizar su sexo húmedo sobre mi erección. Se mordió suavemente el labio inferior y empezó a moverse. Empecé a estirarla, penetrándola con facilidad, pero provocándole cierto dolor por causa de mi grosor. Se le aceleró la respiración y los pezones se le pusieron duros como diamantes.
Mi excitación pudo conmigo. Me senté y le rodeé la cintura con el brazo, empujando de ella hacia abajo para introducirme en ella por completo. Estaba enterrado hasta el fondo en la mujer más increíble del mundo. Le succioné un pecho, metiéndomelo en la boca, y le agarré la nuca mientras la mantenía firmemente contra mi regazo.
―Eres impresionante, Botón. ―Le di besos en el pecho, y después en el hueco del cuello. El éxtasis me arrastró y me perdí con ella. Nuestros cuerpos estaban calientes y cubiertos de sudor, y empezamos a movernos juntos lentamente. Su sexo se me tragaba una y otra vez, y quería correrme en su interior tantas veces que empezara a tener orgasmos secos.
Me agarró por los hombros y me volvió a tumbar sobre la cama, con aquella fuerza que tanto me ponía. Me encantaba que me tratase con dureza, haciéndose con el control como una mujer que se crecía con él. Balanceó drásticamente las caderas, aceptándome una y otra vez en su interior, frotando su empapado clítoris contra mi pelvis al moverse.
Enterré los dedos en sus muslos, corcoveando debajo de ella. Sus tetas me botaban en la cara y su culo se reflejaba en el espejo de la pared. Esta era la cama en la que se había tirado a Neji, pero yo estaba eliminando hasta el último rastro de él. Estaba dejando mi marca para todos los demás hombres que pasaran por su vida. Podían intentar borrarme, pero nunca lo conseguirían.
Se volvió a morder el labio inferior, indicándome que estaba a punto de correrse.
―Botón... ―Moví sus caderas hacia delante y hacia atrás, aumentando la fricción contra su clítoris. Sentí su sexo tensarse a mi alrededor, constriñendo mi miembro casi hasta magullarlo.
―Sasuke... ―Saltó con más intensidad sobre mi regazo, con los pechos temblorosos por el movimiento.
Sabía que aquel era un recuerdo con el que podría masturbarme en el futuro.
―Venga, cariño. Ya estás a punto. ―Le pellizqué ambos pezones para regalarle el tipo de dolor que necesitaba para correrse con un placer cegador.
Funcionó al instante, y arqueó las caderas con el orgasmo que acababa de proporcionarle. Chilló y gimió suavemente, respirando a grititos. Continuó frotándose contra mí mientras se aferraba al subidón todo el tiempo posible.
No hacía falta que me sacara hasta la última gota, porque tenía la intención de hacérselo muchas veces antes de que saliera el sol. Le rodeé la cintura con el brazo y la puse de espaldas. Debajo de mí era donde más me gustaba tenerla. Sus piernas se envolvieron al instante alrededor de mi cintura, y me hundió los dedos en el pelo.
―Sasuke...
Le pasé la lengua por el cuello y continué entrando y saliendo de ella. Su interior todavía estaba tenso por el orgasmo que acababa de tener, y yo quería llenarla con mi semilla hasta que estuviera tan llena que se le escurriera entre las piernas. Contrayendo el trasero con cada movimiento, la empujé lentamente contra el colchón, viendo sus pechos temblar con cada embestida. Aquella noche no quería follármela con agresividad. Ese ritmo era perfecto.
Mantenía mi peso encima de ella con las manos a ambos lados de su cabeza. Observaba su reacción cada vez que la penetraba profundamente. Sus labios formaban aquella forma característica suya, como si fuera a volver a correrse. Tenía unos labios irresistibles, muy suaves y dulces. Los cubrí con los míos y le di un ligero beso.
Entonces todo se ralentizó.
No me podía quitar las manos de encima. Me tocaba por todas partes, memorizando la sensación de mi cuerpo. Respiraba contra mi boca entre besos, intentando recuperar el aliento mientras la pasión nos arrastraba. Me succionó el labio inferior y después le dio un pequeño mordisco, de esa clase tan sensual que me provocaba escalofríos en la columna.
Sus uñas descendieron por mi nuca y me apretó los labios contra la oreja, respirándome en el oído. Todos los sonidos de placer que hacía resultaban amplificados y maravillosos.
―Sasuke... qué placer me das.
El miembro se me contrajo en su interior, y un quedo gemido escapó de mi garganta. Había estado con gran cantidad de mujeres impresionantes, pero ninguna tenía las cualidades para el sexo que tenía Botón. Era sensual sin proponérselo, y aún más cuando decidía hacerlo.
Apreté mi boca contra la suya y me metí su labio inferior en la boca. Me encantaba lo gruesos que sentía sus labios cuando estaban estrechamente unidos a los míos. Ella me pertenecía. Era mía, y de nadie más.
―Muérdeme.
Ella continuó besándome con pasión, enterrando las manos en mi cabello.
―Botón, muérdeme.
Abrió los ojos y los clavó en los míos, todavía besándome con la boca. Me sujetó el labio inferior entre los dientes y me mordió, perforando la piel hasta hacerme sangre.
Moví la lengua dentro de su boca, deseando entregarme entero a ella. Quería que tuviera hasta la misma esencia que me mantenía con vida. Mi sangre era su sangre. Cuando me fuera, continuaríamos con nuestras vidas, pero ella seguiría teniéndome. Ella siempre me tendría.
El sabor de mi sangre le provocó un nuevo orgasmo, y volví a sentir cómo se tensaba a mi alrededor. Me enterró las uñas en la piel, y esta vez me hizo sangrar. Se corrió sobre mi miembro, gimiendo dentro de mi boca, con el sexo desesperado por mi semen.
―Dios... sí. ―Jadeaba en mi boca con los labios temblorosos de placer.
Joder, iba a echar esto de menos.
―Dámelo. ―Me puso la mano en el trasero para introducirme más en su interior―. Lo quiero todo, Sasuke.
Aquella mujer era una diosa del sexo.
La penetré con más fuerza, empujándola contra el colchón, profundizando el ángulo, deseando tener hasta el último centímetro de mi erección en su interior antes de dejarme ir. Ella continuó moviéndose conmigo, nuestro sudor empapando sus sábanas. Podía sentir la explosión formándose en la distancia. El calor me recorría el cuerpo y supe que estaba a punto de darle todo lo que tenía.
Me llevó las caderas más hacia ella, acelerando el ritmo y haciendo que mis testículos rebotaran contra su trasero. Abrió más las piernas para dejarme sitio y se preparó para el momento de éxtasis. Debió de sentir mi miembro contraerse en su interior, porque exclamó:
―Oh, sí...
La abracé estrechamente mientras descargaba, deseando atesorar aquel inmenso placer para siempre. El sexo no era bueno sólo porque ella fuese preciosa. Era increíble porque compartíamos una conexión. Separados habíamos pasado por un infierno. Y juntos, habíamos encontrado la paz. Tener que renunciar a eso me aterrorizaba más que ninguna otra cosa. La abracé con más fuerza para ahuyentar el sufrimiento. Quería aferrarme a aquel momento durante tanto tiempo como pudiera antes de tener que decir adiós para siempre.
Al apartarme, sus ojos estaban fijos en los míos. La pasión disminuyó durante un segundo cuando los mismos pensamientos asaltaron su mente. Juntos, éramos fuertes, indestructibles. Pero en cuanto nos separábamos, nos volvíamos igual de débiles. Me echaba de menos antes de que me fuera.
Y yo también la echaba de menos a ella.
NINGUNO DE LOS dos durmió aquella noche. Si no estábamos haciendo el amor, estábamos mirándonos a los ojos, memorizando todos los detalles para disfrutar de ellos en una tarde diferente del futuro. No tenía ninguna foto suya, porque nunca me había tomado el tiempo necesario para sacársela. Absurdamente, había pensado que siempre estaría justo a mi lado.
Me puso la mano en la cara y me dio un beso inesperado. A medida que pasaban las horas, se iba mostrando más afectuosa conmigo, dándome todos los abrazos que no tendría el placer de darme más adelante. Se le empezaban a agrietar los labios por causa del roce de nuestros besos incesantes, pero seguían sabiendo a miel.
Al llegar la última hora, se aferró a mí con más fuerza, permitiendo que hasta la última de las defensas que había interpuesto entre nosotros se derrumbara. Posó la mano sobre mi pecho, sintiendo el latido de mi corazón. Solía hacer lo mismo cuando dormíamos juntos. Seguramente aquel sonido la tranquilizaba.
Yo esperaba que cambiase de opinión, que se diese cuenta de que conformarse con la mayor parte de mi corazón era mejor que perderlo por completo. Pero la tristeza de sus ojos iba aumentando mientras ella seguía en sus trece, negándose a conformarse con menos de lo que merecía.
El sol ya se había empezado a derramar sobre la ciudad, acumulándose detrás de las cortinas negras que tapaban la ventana de su dormitorio. No miré la hora que era, pero sabía que el minutero se desplazaba a toda velocidad. Nuestra condena se aproximaba con rapidez, y pronto tendría que marcharme sin mirar atrás.
Antes de darnos cuenta, mi alarma empezó a sonar. Tenía que pasar por el hotel a coger mi equipaje antes de que mi chófer me recogiera para llevarme al jet privado que me esperaba en el aeropuerto. La alarma continuó sonando sobre la mesilla de noche, hasta que por fin la silencié deslizando el pulgar sobre la pantalla.
Fue entonces cuando ella se echó a llorar.
Botón nunca había llorado de aquella manera. Siempre era la más fuerte, la más resistente. La única vez que la había visto derrumbarse fue al comprender cuánto dolor me provocaba la muerte de Naori. Lloró porque entendía mi dolor. Compartía conmigo esa carga.
Pero ahora, su llanto expresaba su propia desolación.
―Botón... ―Le tomé el rostro con las manos y junté nuestras frentes. Quería que cesaran sus lágrimas, pero también me encantaba verlas. Cuando llegué a Nueva York se había mostrado muy fría, pero sólo estaba intentando apartarme porque seguía tan enamorada de mí como siempre. Esto resultaba tan duro para ella como para mí―. Shh...
Respiró hondo y contuvo sus lágrimas, tragándoselas con la garganta seca. Resolló antes de sonarse la nariz, con los ojos húmedos y enrojecidos.
―Lo siento.
―No lo hagas. ―Odiaba oír llorar a una mujer, pero la cosa era diferente cuando se trataba de ella. Le besé el rabillo de los ojos, llevándome sus lágrimas con los labios y atesorándolas como diamantes.
Parpadeó rápidamente para disipar la humedad.
Yo me levanté y empecé la dolorosa tarea de vestirme. Me puse los bóxers y los vaqueros, y después me pasé la camiseta por la cabeza. Las prendas estaban arrugadas y frías por haber pasado toda la noche en el suelo. No me sentaban como normalmente, no porque hubieran cambiado, sino porque había cambiado yo.
Ella también se vistió, y sus lágrimas cesaron por completo. Tenía los ojos ligeramente enrojecidos, única prueba de que había llorado.
Salimos por la puerta de la calle y nos pusimos cara a cara.
Yo quería pedirle otra vez que viniera conmigo, pero no lo hice. Sabía cuál sería su respuesta.
Ella me pasó los brazos por el cuello y enterró la cara en mi pecho. Nada podía ser más triste, abrazados como estábamos frente a la puerta. El latido de nuestros corazones medía el tiempo al pasar, mientras nuestra conexión se iba disolviendo lentamente.
Nos habíamos quedado sin tiempo.
Al apartarse, tenía otra vez los ojos húmedos.
―Nunca he tenido la ocasión de darte las gracias...
―¿Por qué? ―La había secuestrado y la había mantenido prisionera en mi casa. En vez de ponerla en libertad, como tendría que haber hecho, le había exigido que se la ganara trabajando. La había obligado a acostarse conmigo a cambio de algo a lo que ya tenía derecho: su libertad.
―Después de lo que pasó con Bones... estaba totalmente destrozada. Tú me recompusiste, Sasuke. Si no hubiera sido por ti, tendría la cabeza hecha una auténtica mierda. Me hiciste sentirme fuerte cuando me estaba ahogando en autocompasión. Me hiciste sentirme guapa cuando me sentía como mercancía estropeada. Siempre te estaré agradecida por ello.
Mis ojos empezaron a adquirir el mismo aspecto que los suyos, y parpadeé para ocultarlo.
―Botón... ―Intenté encontrar las palabras adecuadas para responder, pero tenía la boca seca. Me estaba dando las gracias por algo que no me había dado cuenta de haber hecho―. Eres la mujer más fuerte que conozco. Nunca me has necesitado. Ni necesitas a ningún hombre para que te haga sentir guapa, porque eres la mujer más bella de este planeta.
Su labio inferior empezó a temblar.
No podía continuar allí ni un segundo más. Estaba a punto de partirme en dos y desparramarme por el suelo. Hasta aquel momento, no pensaba que fuera capaz de sentir nada que no fuera lujuria o violencia. Pero ahora estaba intentando contener el llanto. Cuando mi hermana murió en mis brazos, no había derramado ni una sola lágrima. Cuando mis padres murieron, no había sentido nada. Pero ahora que me iba a separar de Botón, estaba a punto de derrumbarme.
No dije adiós porque la palabra era demasiado dura. Aunque quisiera, no era capaz de pronunciarla. Le tomé el rostro con las manos y la besé una última vez. Era un beso húmedo a causa de sus lágrimas, y pronto también a causa de las mías. Nuestros labios apenas se movieron porque ambos estábamos entumecidos por el dolor. Subí los labios hasta su frente y le di un último beso de despedida antes de abrir la puerta y salir de allí.
Deseaba darme la vuelta para mirarla una última vez, pero no lo hice. Agarré la puerta y la cerré a mi espalda, manteniendo la cara desviada para no verla por el rabillo del ojo. Apoyé la espalda contra la puerta y me pasé las manos por la cara, enjugando las lágrimas que habían conseguido aflorar a la superficie.
Bajé la vista a mis manos y vi las gotas esparcidas por mi piel. Me froté las yemas de los dedos para asegurarme de que eran reales. La última vez que había llorado tenía cinco años y Obito había hecho arder mi osito de peluche. Me sentí tan débil y tan patético que juré no volver a permitirme perder así la compostura.
Pero Botón había logrado que me resquebrajara.
