Capítulo 13
SAKURA
Cuando se marchó, me volví a meter en la cama y cerré los ojos. Las lágrimas brotaron de lo más profundo de mi pecho, sacudiendo mi cuerpo en su intento por salir. Durante los últimos meses, me había mantenido ocupada para no pensar en el hombre que no sólo me había robado la libertad, sino también el corazón. Pero ahora no tenía nada con lo que distraer mi mente de la desgarradora verdad. Sasuke se había ido, y nunca volvería a verlo.
Las lágrimas brotaban hasta la superficie y me caían por la nariz. Se acumulaban en su descenso por mi rostro hasta formar una gruesa gota que caía sobre las sábanas que tenía debajo. El aroma de Sasuke todavía inundaba la cama, y tardaría semanas en disiparse. Cada vez que lo olía, sentía dolor. Pero supe al instante que cuando desapareciera, el dolor sería mucho peor.
Al final empecé a sollozar. Cuando vino a Nueva York, yo había hecho un trabajo excelente aparentando indiferencia, pero aquella pretensión no había tardado en desaparecer. Mis auténticas emociones se habían apoderado de mí, y yo no podía fingir que aquel hombre no era mi vida entera.
Porque lo era.
Él no era simplemente mi amante, sino mi mejor amigo en el mundo. No había una sola persona que me entendiera como lo hacía él. Sabía exactamente por lo que había pasado, y nunca permitía que mi pasado cambiara mi futuro. Al mirarme, veía a la mujer que había debajo de las cicatrices. Sólo me veía a mí: Botón.
Y ahora se había marchado.
Respiré hondo y obligué a las lágrimas a detenerse. Sollozar metida en la cama no iba a llevarse mi sufrimiento, y desde luego no estaba logrando que me sintiera mejor. En todo caso, sólo me hacía sentir peor. Quería que volviese, sólo para que me abrazara y limpiara mis lágrimas con sus besos.
Por fin corté las lágrimas y me pasé las manos por la cara. Enjugué hasta la última gota de humedad, devolviendo mis mejillas a su estado seco anterior. Todavía tenía los ojos enrojecidos e hinchados, pero volverían a estar como siempre después de una ducha caliente.
Y yo podría seguir con mi vida.
Entré en la cocina y vi la tarjeta de negocios sobre la encimera. Su nombre y sus datos de contacto estaban grabados en letras negras en relieve. Contemplé su número de móvil e intenté memorizarlo, sólo para darle a mi mente algo con lo que distraerse. Nunca llamaría a Sasuke, así que no había ninguna razón para conservarla... pero tampoco podría nunca tirar algo que él me hubiera dado. En cierto modo, contenía parte de su esencia, y tirarla a la basura era como desprenderse de una parte de él.
Abrí un cajón de la cocina y dejé caer la tarjeta dentro. Su nombre todavía me contemplaba, con una fuente que apuntaba a su profundo poder y masculinidad. En la tarjeta ni siquiera ponía a qué se dedicaba profesionalmente, pero su aspecto dejaba claro que era algo importante... y peligroso.
Cerré el cajón y volví a meterme en la cama. Quizá si me quedaba dormida, me despertaría descansada y con ganas de volver a empezar. Quizá todo aquello no me parecería más que una pesadilla distante que podría olvidar en unas semanas. Quizá me parecería un nuevo comienzo.
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CUANDO SALÍ DEL TRABAJO, fui al supermercado y compré algo de comida. Lo único comestible que había en mi casa eran fideos instantáneos y biscotes rancios. Pedir pizza no era una opción, porque había pedido tal cantidad en las últimas semanas que estaba oficialmente harta de ellas.
Al acercarme a mi edificio, vi a un hombre alto de pelo grasiento apartándose a un lado de la entrada. Llevaba una cazadora negra de cuero que no parecía comprada en Estados Unidos, y cuando posó la vista en mí, me dedicó una mirada más oscura que el carbón.
Como si me conociera.
Continué andando, haciendo como que no había advertido nada sospechoso. Era la clase de tío que tenía malas compañías. Había muchos hombres despiadados en la ciudad, por lo que no era raro ver tipos sospechosos con pinta de no estar haciendo nada bueno, pero me pareció raro que dirigiera su hostilidad directamente contra mí.
Un nombre me vino a la cabeza.
Subí las escaleras hasta mi piso y empecé a recorrer el pasillo. La paranoia se apoderó de mí, trayéndome a la mente los inconfundibles rasgos de aquel hombre. Era más duro que el acero, y más malvado que un demonio. Lo sentía en mis entrañas. Y algo me decía que estaba allí por una razón. La mirada que me había dedicado no era una casualidad. Era totalmente intencionada.
Bones.
Metí la llave en la cerradura y abrí la puerta. Me temblaban las manos, y dejé caer las bolsas del supermercado al suelo sin ninguna intención de recogerlas. Una pequeña parte de mí estaba convencida de que simplemente estaba paranoica. Después de que Sasuke se hubiera marchado, estaba destrozada emocionalmente. Estaba tan deprimida que no podía pensar con claridad. A lo mejor aquello no era más que un efecto secundario de su ausencia.
Pero, ¿y si me equivocaba?
Saqué la tarjeta de negocios del cajón y cogí mi teléfono. Si de verdad estaba en grave peligro, la policía no iba a poder ayudarme. Bones era demasiado mortal y poderoso. Con su infinita cantidad de hombres y armas, era un tanque que no se podía bombardear. Sasuke era el único que podría salvarme, si mi corazonada era cierta.
Marqué el número en el teléfono, pero no hice la llamada. Si me equivocaba sobre todo ese asunto, Sasuke tendría que volver sin motivo alguno. Y si tenía que volver a decirle adiós, me suicidaría. Ya había sido suficientemente duro la primera vez.
―Por aquí. ―Una voz de hombre llegó del pasillo. Lo acompañaban dos pares de pisadas calzadas con pesadas botas que martilleaban sobre el suelo del exterior de mi apartamento―. 234A.
Aquel era el número de mi apartamento.
Mierda.
Pulsé el botón de llamada y me llevé el móvil a la oreja. Escuché el tono mientras esperaba a que contestase, conteniendo la respiración.
Vi el pomo de la puerta girar y después detenerse al llegar al pestillo. Estaban probando la puerta para ver si podrían simplemente abrirla y entrar, para encontrarme a mí dentro.
Mierda.
Agarré el cuchillo más grande que pude encontrar y escuché el teléfono sonar.
«La hostia puta, Sasuke. Contesta».
Por fin cogió el teléfono.
―Sasuke.
Sólo tenía un segundo antes de que me capturaran, así que lo dije todo lo más rápidamente posible.
―Los hombres de Bones han venido a buscarme. Están a punto de tirar la puerta abajo...
En el instante en que oyeron mi voz frenética, derrumbaron la puerta con sus hombros gigantescos y se metieron en mi apartamento. De un tamaño enorme y con armas en las caderas, yo no podía hacerles frente. No podría hacer frente ni a uno solo de ellos.
La voz enfadada de Sasuke surgió del teléfono.
―Botón...
Dejé caer el teléfono en el fregadero e intenté escapar. No podía defenderme y sujetar el móvil al mismo tiempo, por más que quisiera escuchar sus palabras tranquilizadoras. Con el cuchillo firmemente agarrado, rodeé corriendo la isla de la cocina para interponerla como obstáculo entre nosotros.
Uno de los hombres tuvo la audacia de soltar una risita, como si aquel fuera un juego para psicópatas.
―Peleona, ¿no?
―Si creéis que me vais a atrapar, lo lleváis claro. –Mantuve mi postura defensiva con el cuchillo preparado.
El líder sacó una pistola y me apuntó con ella directamente a la cabeza.
―Suelta el cuchillo.
―No. ―No me iban a disparar. Bones me quería viva. Era un cabrón enfermo, pero probablemente no le fuese la necrofilia. Muerta no le valía para nada, y si se estaba tomando todas estas molestias para encontrarme, era imposible que quisiera que estuviera herida, a menos que el daño me lo infligiera él mismo―. Disparadme y ya veréis lo que os sucede. ―Agarré el cuchillo con más fuerza y me preparé. Si se acercaban demasiado, era capaz de saltarles los ojos con él.
Cuando el hombre no disparó, supe que sólo había sido un farol.
―Suelta el cuchillo y ven con nosotros o te tendremos que obligar a hacerlo. Y te prometo que en ese caso habrá muchos tirones y torceduras.
Se me hincharon las fosas nasales de rabia. Me había acostumbrado al privilegio de la libertad y al respeto de los hombres que me rodeaban. Sasuke se había convertido en amante en vez de secuestrador, y nunca había hecho nada que yo no quisiera. Pero ahora me veía transportada de vuelta a la época en la que me consideraban una esclava, forzada a hacer cosas espantosas sólo porque Bones se empalmaba al mirarme. No mejor que el ganado, era un objeto sin derechos ni opiniones. Obligada a someterme, debía hacer lo que me decían.
Ya había tenido bastante de aquella mierda.
―Salid por esa puerta si no queréis que os corte la polla.
El hombre de la pistola se rio.
―Peleona y estúpida. Mala combinación. ―Se acercó a mí como una flecha, intentando golpearme en la cabeza con la culata del arma.
Le lancé una cuchillada, apuntando a cualquier parte del cuerpo que consiguiera alcanzar. Le rasgué la camisa, haciéndole una herida. Al instante, la sangre empezó a acumularse alrededor del corte, empapando la ropa. Pude oírlo sisear entre dientes, el dolor de la herida le distrajo lo bastante para que su golpe se quedara corto.
Los otros dos hombres se acercaron cuando el primer atacante retrocedió, apretándose la mano contra el estómago para que dejara de sangrar. Uno de ellos me agarró del brazo, mientras el otro se aproximaba desde el otro lado.
―Drogadla ―ordenó el primero.
Joder. No. Me retorcí, logrando soltarme, y le lancé una cuchillada a las tripas.
El hombre paró la hoja con la mano, abriéndosela, pero mantuvo la presión, protegiéndose de una herida mortal. Arrojó el cuchillo al suelo, provocando un fuerte tintineo.
―Maldita puta. Dormidla. ―Me rodeó el cuello con un brazo y me derribó dándome una patada en las rodillas.
―¡No! ―Lancé el cuerpo hacia delante intentando alejarme, pero me agarraba con demasiada fuerza. Me obligó a agacharme y ponerme de rodillas, con el brazo todavía rodeándome el cuello dolorosamente.
El segundo atacante me enterró una aguja en el cuello, inyectándome el líquido directamente en el torrente sanguíneo. Sentí la vena dilatarse con el exceso de fluido. El corazón me latía a toda prisa, pero se ralentizó de inmediato al empezar a hacer efecto la droga. Empezaron a pesarme los párpados y mis pensamientos se ofuscaron. Sólo podía pensar en una palabra, en un nombre:
―Sasuke...
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ESTRIDENTE Y CONSTANTE, el potente sonido de los motores me sacó de mi sueño. Tenía la cara presionada contra el suelo negro del avión, y al abrir los ojos, vi el pasillo entre los asientos. Los hombres estaban sentados juntos en un grupo de asientos, unos frente a otros, hablando entre ellos en voz baja, con sus pequeños ojos vidriosos y sus cazadoras negras de cuero.
Mientras yo estaba tirada en el suelo, como un montón de basura.
No me moví, porque no quería llamar innecesariamente la atención. Cuando se dieran cuenta de que estaba despierta, me inyectarían más droga o me utilizarían para su propia diversión. Lo único que podía hacer era concentrarme en las sacudidas del suelo y el zumbido constante de los motores de la aeronave.
Debían de estar llevándome de vuelta a Italia. Probablemente estábamos a medio camino sobre el Atlántico en aquellos momentos. Mientras escuchaba el rumor de los motores, deseé que unos gansos volaran directos a su interior para que nos estrelláramos en medio del océano. Era una alternativa mucho mejor que ser devuelta a Bones, aquel psicópata.
Me eché a temblar sólo con pensar en ello.
Sasuke sabía que me habían secuestrado, pero no tenía muchas esperanzas de que me encontrase. Estaba en un avión, y antes o después, aterrizaríamos. Si no me habían extirpado ya el pequeño rastreador del tobillo, Bones lo encontraría seguro cuando yo estuviera de nuevo en su poder. Quise palparme el tobillo con las yemas de los dedos, pero no me atreví a moverme. La falta de dolor o molestias me dijo que seguía allí, discretamente implantado debajo de la piel e imposible de encontrar sin un detector.
Con un poco de suerte, seguiría funcionando.
Si continuaba emitiendo la señal, Sasuke la vería. Y si actuaba con bastante rapidez, era posible que lograra encontrarme antes de que cayera en manos de Bones y su ejército privado. Mi corazón estaba convencido de que Sasuke podría rescatarme. Nada evitaría que me salvara. A lo mejor no me amaba, pero, aun así, yo le importaba más de lo que quería admitir. Aunque le costara la vida, me sacaría de allí. Sana y salva.
