Capítulo 15

SAKURA

El avión aterrizó.

Yo continué tumbada sin moverme, disfrutando un poco más de mi soledad. Dentro de muy poco, volvería a caer en manos del hombre que se excitaba torturándome. Me montaría una fiesta de bienvenida con látigos y un consolador en el ano.

No podía volver allí.

Nunca había confiado en un hombre para cuidar de mí, pero ahora no podía dejar de desear que Sasuke viniera a rescatarme. Él era la única esperanza que tenía de salir de allí. Pero sabía que una vez estuviera en el coche de Bones, sería prácticamente imposible que Sasuke consiguiera liberarme.

Tenía que escaparme por mi cuenta.

El temor me abrasaba como una hoguera el corazón, y mis manos eran presa de un leve temblor que me resultaba imposible detener. Sentía las piernas débiles por la falta de comida, y por mi cuerpo corría más adrenalina de la que podía soportar. Pero debía conservar la calma y concentrarme en escapar. No había tiempo para el terror ni la incertidumbre.

Tenía que hacerlo y punto.

―Levántate. ―Uno de los hombres se acercó al rincón donde estaba tumbada y me dio una patada floja en el estómago―. Sabemos que estás despierta.

Yo le devolví la patada, desafiante. En vez de ser inteligente y hacer lo que me decían, mi cuerpo reaccionaba automáticamente y se esforzaba por hacer todo el daño posible. Le di justo en la rodilla con la espinilla, haciéndolo gritar de dolor.

―Puta. ―Me agarró por el pelo y me arrastró por el suelo―. ¿Quieres portarte como una zorra? Te trataré como a una zorra.

El otro secuestrador lo regañó en italiano, agarrándolo del brazo.

De inmediato, el primer hombre me soltó y se puso a discutir con el segundo en el mismo idioma.

Sentí cómo se me desgarraba el cuero cabelludo y el comienzo de una migraña. Parte del pelo se me soltó, cayendo en el suelo a mi alrededor. No me toqué la cabeza, ni di señal alguna de sentir dolor. Moriría antes de parecer débil.

Él se cernió sobre mí, rabiando como un psicópata enfadado.

―Levanta. Ya. ―Esta vez no me tocó, ya que acababan de regañarlo por ello.

Ahora que era en mis términos, me levanté y me agarré a la butaca para conservar el equilibrio. Me sentía mareada, un efecto secundario de la medicación y la falta de comida. No había comido nada desde que Sasuke se marchó, porque estaba demasiado deprimida para ello. Ahora, deseaba haber consumido algo sustancioso para que me hubiera dado fuerzas.

Me sacaron del avión y me metieron en un todoterreno negro con ventanas tintadas. Afortunadamente, Bones no estaba en el interior. Sólo estábamos tres hombres y yo. El guardia sentado en el otro extremo del coche tenía el arma apuntada en mi dirección.

―Bones me advirtió sobre ti. Si haces alguna tontería, te mataré.

Aquella era una amenaza poco efectiva, porque en aquel momento a mí me daba igual morir que vivir. Desaparecer en el vacío parecía una opción mucho más atractiva que ser esclavizada por aquel loco. Lo único que me detenía era Sasuke.

Nunca se recuperaría de mi muerte.

Apenas había conseguido aceptar el hecho de que Naori ya no estaba. Si yo sufría el mismo destino, se metería de inmediato una bala en la cabeza.

Tenía que escapar.

El todoterreno me alejaba del minúsculo aeropuerto. Pronto estuvimos en la carretera, rumbo directo a Roma. Ahora conocía mejor mi entorno que antes de marcharme. Había dedicado algo de tiempo a estudiar geografía al volver a Estados Unidos, no porque pensara que me podían volver a secuestrar, sino porque echaba de menos el país al que había llamado mi hogar durante todo un año.

Con la mirada apagada, miré por la ventana, fingiendo indiferencia ante todos los ocupantes del vehículo. Habían cometido el error de no esposarme, y yo me aprovecharía de su estupidez. Sabían que era una luchadora, pero era evidente que no conocían mi valentía ni mi estupidez. Obligaría al coche a estrellarse contra el tráfico que venía en sentido contrario, si era necesario.

Fueron pasando los minutos mientras nos acercábamos a Roma. En las calles apenas había coches por lo intempestivo de la hora. Después de haber sido drogada y de haber atravesado volando el Atlántico, había perdido el sentido del tiempo.

Mis ojos echaron un vistazo al hombre que tenía sentado al lado. Todavía me apuntaba con el arma, pero la iba bajando lentamente a medida que la gravedad le cansaba la mano. En vez de mirarme, como tendría que haber hecho, tenía los ojos fijos en el parabrisas delantero. La radio estaba apagada, y el silencio era nuestra única compañía.

Lo iba a intentar.

Pegué un salto atravesando el coche y derribé el arma al suelo. Igual que había visto hacer a Sasuke incontables veces, retrasé el brazo derecho y lo golpeé con fuerza, atravesándole la cara. Le di otro golpe, rompiéndole la nariz, y a continuación le estampé la cabeza contra la ventana.

El coche dio un bandazo cuando el conductor se dio cuenta de lo que estaba pasando. Lanzó una maldición en italiano y recuperó el control del volante. El hombre que iba en el asiento del acompañante me agarró por la nuca e intentó apartarme, pero era inútil.

Tenía a aquel gilipollas mortalmente arrinconado.

Tiré de la manilla de la puerta y se abrió de golpe, dejando ver el asfalto debajo de los neumáticos. El hombre estuvo a punto de caer, pero se agarró a la puerta y al asiento para recuperar el equilibrio. Le caía sangre por la cara, goteándole por la barbilla.

―Maldita puta...

Le lancé el pie al pecho, sacándolo del coche de una patada. Cayó de espaldas sobre el pavimento, rodando por la carretera hacia la acera. No tenía tiempo de comprobar si sobrevivía. Ahora, debía saltar y largarme de allí cagando leches.

―¡Esta zorra está loca! ―El hombre sentado en el asiento del copiloto me arrastró hacia el interior del coche y me inmovilizó contra los asientos de cuero. De un tirón, me puso las manos a la espalda y me las ató rápidamente con una gruesa cuerda que me rozó la piel al apretármela. No grité, a pesar de lo mucho que me dolió. Recogió la pistola del suelo y me apuntó directamente a la sien―. Muévete y te mato. ―La puerta seguía abierta, así que la cerró de un portazo. Ninguno de ellos mencionó a su camarada caído, y era evidente que no tenían intención de volver a buscarlo.

Aquello era frío, hasta para mí.

Amartilló el arma y la mantuvo presionada contra mi sien.

–Ahora entiendo su fascinación contigo. Siempre luchando. Siempre intentándolo. ―Su mano se deslizó rodeando mi brazo y bajando por mi cuerpo. Sus largos dedos se aferraron a mis pechos por debajo de la camiseta y los apretaron con fuerza―. A lo mejor te follo las tetas antes de que lleguemos allí.

Sacudí las caderas todo lo fuerte que pude para hacerlo retroceder, pero pesaba más que una vaca. Mi movimiento no le afectó en absoluto.

―Te voy a meter esa pistola por el culo y después apretaré el gatillo.

―Guarradas. ―Se rio―. Me gusta. ―Encontró mi pezón y me lo pellizcó dolorosamente, poniéndose tan caliente con mi desgracia como con mis curvas.

Mi mente entró en pánico de inmediato y casi me dio un ataque de nervios allí mismo. Todos los recuerdos de mi cautiverio volvieron como un enjambre, y me di cuenta de que estaba volviendo a un lugar que era muchísimo peor que el infierno. Me pegarían y violarían todos los días, y no volvería a ver la luz del sol. Como si fuera un animal, me maltratarían y castigarían por cualquier falta de conducta. Ya no tendría un nombre, sino que se referirían a mí como «esclava». No tendr...

Todo empezó a moverse a cámara lenta. El cristal de la ventana estalló, rociándome la espalda. Estaba frío por su contacto con el aire nocturno, y afilado como los dientes de un monstruo. El todoterreno dio un fuerte bandazo hacia la derecha al caer presa de la estampida que acababa de desatarse. El hombre que me tenía sujeta voló a través del vehículo, estampándose contra la puerta contraria. Yo todavía tenía las manos atadas a la espalda, así que no me podía agarrar a nada. Salí volando y me estrellé contra el pecho del hombre, sintiendo la amortiguación de su cuerpo, más que la dureza del bastidor de la puerta. El mundo continuó dando vueltas hasta que, de repente, nos detuvimos en seco.

Si había ruidos, yo no podía escucharlos. Si el motor estaba echando humo, yo no podía olerlo. Cualquier caos que estuviera produciéndose a mi alrededor quedaba atenuado por el pitido de mis oídos. Sabía que habíamos tenido un accidente de coche, pero todavía no tenía ni idea de lo que había pasado. Estaba sangrando por un corte en la frente, y me dolía todo el cuerpo por mi colisión contra uno de mis captores.

¿Qué había sucedido?

La puerta del lado opuesto se abrió de golpe, y me encontré frente a la dura expresión de Obito. Con el pelo más negro que la noche y ojos penetrantes como los de su hermano, me contemplaba como si yo fuera un objetivo.

―Sakura, ¿estás bien?

¿Me estaba imaginando todo aquello?

―¿Qué...?

Me cogió por un brazo y tiró de mí para sacarme del vehículo. No fue delicado en atención a mis heridas, pero me sacó de allí lo más rápidamente posible.

―En marcha. No tenemos tiempo para esta mierda.

Sonaba como él. Tenía el mismo aspecto que él. ¿O también me estaba imaginando aquello?

―¿Dónde está Sasuke?

―No te preocupes ahora por eso. Vamos. ―Me ayudó a bajar al suelo―. ¿Puedes caminar?

―Sí, creo que sí. ―Probé mi apoyo. A pesar de lo débil que estaba, podía ponerme de pie. Al darme la vuelta para ver lo que me rodeaba, por fin lo vi. Con una mueca en la boca y el asesinato en los ojos, Sasuke abrió de un tirón la puerta del conductor y sacó al hombre de detrás del volante. Tenía los hombros tensos como la piel de un tambor, y su cuerpo clamaba sed de sangre.

Cuando el hombre estuvo en el suelo, gimió e intentó levantarse.

Sasuke le escupió en la cara antes de estrellarle el pie contra la nariz. Un crujido audible llenó el aire nocturno.

Yo me quedé mirándolo, conmocionada.

―No tenemos tiempo para esto, Sakura. Vamos. ―Obito me obligó a alejarme, tirando de mí como de un perro con correa.

Sasuke le dio unas cuantas patadas más al hombre y después empezó a darle pisotones en el pecho, haciéndolo aullar a grito pelado.

―No. Os. Metáis. Conmigo. ―Finalmente, Sasuke le apuntó entre los ojos con la pistola y le disparó a quemarropa.

Oh, Dios mío.

Obito me vio palidecer y me animó a continuar avanzando.

–No tenemos mucho tiempo. Vamos.

―¿Tiempo para qué?

―Los hombres de Bones llegarán en cualquier momento. –Me guio a través de la carretera y entramos en un callejón―. Quédate aquí, ¿vale? No te muevas por ningún motivo.

―¿Qué está pasando? ―exigí saber―. ¿Cómo sabes que esos hombres van a venir?

―Digamos que es intuición. ―Se arrodilló delante de mí, con el arma preparada. Vigiló la calle mientras Sasuke agarraba al otro hombre y lo arrastraba hasta el centro de la carretera. Después de torturarlo cruelmente, terminó finalmente con su miseria de un disparo en la cabeza.

Sasuke era un hombre implacable, pero nunca le había visto exhibir tal brutalidad.

Un enjambre de coches se aproximó a toda velocidad por la carretera, dispersándose al divisar el desastre de la carretera. Los hombres de Sasuke salieron de sus escondites con los rifles preparados. Sasuke se puso a cubierto detrás de un coche con el revólver amartillado.

―¿No vas a ayudarlo?

―Mis órdenes son quedarme contigo. Aquí deberíamos estar a salvo.

―¿Y qué pasa con Sasuke?

Obito se rio por lo bajo, aunque no era momento para chistes.

–Créeme, estará perfectamente.

―¿Cómo puedes decir eso?

―¿No lo has visto hace un momento? La rabia está de su parte.

Se produjo el enfrentamiento y empezaron a sonar los disparos. La reverberación hizo que me dolieran los oídos. La cacofonía de ruidos se extendió por el callejón, desencadenando un infierno absoluto para mis tímpanos.

Obito se asomó por la esquina y disparó con todo el mundo, pero sin abandonar su puesto. Intenté localizar a Sasuke, pero no lo vi al otro lado de la calle. Supe que estaba bien porque si algo le hubiese pasado a su hermano, Obito estaría devastado.

La contienda se prolongó durante casi cinco minutos. Las balas continuaron volando por el barrio, diezmando a ambos bandos. Los hombres corrían, avanzando y retrocediendo mientras se acorralaban los unos a los otros. Parecía una zona de guerra, más que una pelea callejera. Había retrocedido en el tiempo y estaba presenciando una de las batallas más sangrientas de la historia.

Me sentía como Helena de Troya.

Cuando las pistolas por fin se detuvieron, se convirtió en un combate hombre a hombre. Vi a Sasuke emerger de su escondite y empujar a cinco hombres desarmados al suelo. Se habían quedado sin balas, y también sin tiempo. Los hombres de Sasuke se quedaron en la retaguardia, manteniendo sus posiciones en la distancia.

―¿Los va a ejecutar? ―pregunté con voz ligeramente temblorosa. Sabía que aquellos hombres eran malvados, y que, si pudieran salirse con la suya, me estarían arrastrando para que Bones me diera una paliza tras otra. No debería haber sentido compasión por ellos, no cuando sabía que le habían hecho lo mismo a innumerables mujeres antes que a mí. Pero en una pequeña parte de mi corazón, tironeaba la tristeza.

Obito respondió por fin.

―Sí.

Sasuke guardó el arma y sacó una larga daga del interior de su chaqueta. Pude verla brillar bajo la luz de las farolas porque el acero estaba inmaculado. Se quedó de pie delante del primer hombre, contemplándolo con frialdad desde arriba. No era el hombre al que yo me había acostumbrado a ver. Aquella era la versión de Sasuke sobre la que él me había prevenido.

Un asesino implacable.

Uno a uno, fue degollando a los hombres. Era un espectáculo tan macabro que hasta yo tuve que apartar la mirada. En vez de darles muerte limpiamente de un disparo, los hizo sufrir hasta el último momento. Era un mensaje para Bones y para el resto del mundo.

Cuando Sasuke llegó al último hombre, guardó el puñal. El hombre continuaba de rodillas, sin demostrar ni una pizca de temor. No pestañeó, ni siquiera mientras sus camaradas se desangraban hasta la muerte sobre el cemento. Su lealtad continuaba tan sólida como siempre.

Sasuke lo miraba fijamente, también sin miedo.

―Llámalo.

El hombre no se movió.

Levantó la daga, todavía goteando sangre.

–Hazlo y seré compasivo.

El hombre le echó un vistazo al arma durante un segundo, y luego se sacó el teléfono del bolsillo.

―Pon el altavoz.

El teléfono empezó a sonar. El soldado continuaba sosteniéndolo en la mano, pero empezaron a temblarle los dedos.

Finalmente, la voz de Bones surgió por el teléfono.

―¿La tienes? ―Su voz profunda sonaba tan grotesca como yo la recordaba. Estaba llena de arrogancia, brutalidad y maldad pura. Me acordé de todas las cosas terribles que solía susurrarme al oído mientras me follaba hasta hacerme gritar. La sangre me hirvió de rabia y me esforcé por continuar respirando.

Sasuke observaba el teléfono con los ojos rojos tan oscurecidos que parecían una llamarada de fuego.

―No. Toques. A. Mi. Chica. ―Avanzó un paso, contemplando el teléfono con un odio venenoso. Sin elevar la voz, desprendía la autoridad de un monarca. Era poderoso y majestuoso, aterrador y cruel.

Bones se recompuso antes de hablar. Su silencio era una indicación de que había reconocido la voz del otro lado del teléfono. Para él, resultaba inconfundible.

―Veo que...

Sasuke lanzó el teléfono al suelo y lo aplastó a pisotones. Reventó en docenas de fragmentos y la voz de Bones se extinguió de inmediato. Retrocedió y apuntó con la pistola al hombre entre los ojos. Sin una palabra más, apretó el gatillo y el hombre se derrumbó en la calle.

En aquel instante se presentaron tres coches patrulla, con las luces destellando y las sirenas ululando. Frenaron con fuerza y las puertas se abrieron de golpe. Todos los agentes tomaron posturas defensivas, a cubierto con las armas en la mano.

―Mierda. ―¿Iba a acabar todo aquello?

Sasuke se volvió y se puso directamente frente a ellos, con la pistola en una mano y la daga ensangrentada en la otra. Avanzó algunos pasos sin levantar el arma. Sin una pizca de temor, los contempló fijamente, observando cómo la docena de agentes de policía le devolvían la mirada.

―Marchaos ahora y no os pasará nada.

Los policías se mantuvieron en su puesto, pero intercambiaron algunas miradas entre ellos. No cruzaron ni una sola palabra, pero entre ellos tuvo lugar una conversación. Uno a uno, enfundaron las armas y volvieron a meterse en los coches. Las luces y las sirenas se apagaron, y los coches patrulla se marcharon en dirección opuesta a la zona de guerra que ocupaba toda una manzana de edificios. Sasuke no se movió de su puesto, asegurándose de que se hubieran perdido de vista antes de venir hacia el callejón en el que yo estaba escondida.

Nunca lo había visto en acción, ni había sabido exactamente de lo que era capaz. La única cara que había visto de él era la más amable, la del hombre entendido en vinos que trataba a sus empleados como si fueran su familia, en vez de subordinados. Me había hablado de su oscuridad, pero conmigo siempre había sido dulce, desde el momento en que nos conocimos. Yo desconocía aquella ferocidad y aquella lucha que ardía en su interior. Pero al ser provocada, la bestia había irrumpido al exterior. En cuanto me habían capturado, se había puesto en acción, mostrándome la clase de brutalidad sobre la que me había advertido. Había dejado de ser un hombre y se había convertido en un monstruo.

Obito se volvió hacia mí al ver acercarse a su hermano.

―¿Y todavía te parece que no te ama?

SASUKE SE APROXIMÓ a mí a su paso normal, pero los brazos tensos y la mandíbula apretada traicionaban sus deseos de correr hasta que sus manos por fin estuvieran sobre mí. En cuanto llegó a mi lado, me tomó el rostro entre las manos. Mi pelo se le quedó pegado a la palma mientras me examinaba la herida de la cabeza.

―¿Estás bien?

―Estoy perfectamente. ―No me preocupaba estar sangrando, ni el hecho de que la espalda me estuviera matando después de haber sido arrojada a toda velocidad contra un hombre adulto. Lo único que me importaba era estar a salvo de Bones y con el hombre que tenía delante de mí―. Seguro que parece peor de lo que es.

Se sacó un pañuelo del bolsillo y me limpió la sangre. Como una gallina cuidando de sus pollitos, me limpió hasta que todas las manchas hubieron desaparecido. Parte de la sangre que le bañaba las manos pasó al pañuelo. Fui incapaz de distinguir las manchas.

―¿Quieres ir al hospital?

―He dicho que estoy perfectamente. ―Unas cuantas semanas en cama me dejarían como nueva. Los dolores desaparecerían, y la herida se cerraría y se convertiría en una cicatriz que añadir a mi colección.

Sasuke volvió a tender sus manos hacia mí y pegó su cara a la mía. Respiró hondo, como si estuviera inhalando mi aroma, antes de besarme con fuerza en la boca. Su rudeza contradecía directamente la preocupación que acababa de demostrar, besándome como si no nos hubiéramos visto en años.

Sin previo aviso, se apartó y me levantó en brazos. Como si estuviera gravemente herida, me acunó contra su pecho como si no pesara más que una pluma. No hacía falta que me llevara porque era perfectamente capaz de caminar por mi propio pie, pero no me resistí. Sentir su abrazo me provocó escalofríos en la columna. Después del suplicio por el que acababa de pasar, me sentía realmente a salvo. Le pasé un brazo por el cuello y descansé la cabeza contra su pecho.

Él le ladró una orden a Obito.

―Ve a por el coche. Conduces tú.

Obito puso los ojos en blanco.

―Lo que tú digas, jefe.

Sasuke me transportó hasta la parte de atrás de un todoterreno y me depositó en el asiento posterior. En cuanto estuvo a mi lado, me subió a su regazo y juntó su cara con la mía, con nuestros labios prácticamente en contacto. El coche se incorporó a la carretera e iniciamos el camino a casa.

A casa.

Me apartó el pelo de la cara, recogiéndolo con un solo puño mientras me examinaba. Sus ojos descansaron sobre mis labios, como si pudiera leerlos, antes de volver a encontrarse con mi mirada. En vez de rojos como el fuego, sus ojos habían recuperado su atractivo color negro ónix.

―¿Te han hecho daño?

―Un poco. Pero nada que no pudiera soportar.

Su mano se apretó alrededor de mi cabello.

―Debería haberlos torturado más cuando tuve la oportunidad.

–No hacía falta. Tiré a uno fuera del coche de camino hacia aquí.

Levantó la comisura de la boca en una media sonrisa.

―Esa es mi chica. ―Me besó la mejilla, un contacto revitalizante que resultaba a la vez suave e íntimo. No me aplastó, como su otro beso. Este tenía un significado completamente diferente―. ¿Te...? ―Cuando no pudo terminar la frase, supe lo que me estaba preguntando.

No mencioné el manoseo del que había sido objeto durante el camino. No había necesidad de sacarlo a colación y hacer que se sintiera culpable por no haberme rescatado antes.

―No. Tenían órdenes de no tocarme.

Él ocultó su alivio todo lo que pudo, pero no pudo esconderlo de mí.

―Lo siento, Botón. No debería haberte dejado sola.

―No hagas eso...

―De hecho, tendría que haberte traído conmigo.

―No ha sido culpa tuya. ―Yo era la que había decidido hacerme la dura por mi cuenta. No esperaba que me secuestraran en cuanto Sasuke saliese de la ciudad. Habían elegido el peor momento posible―. No me tomé tu advertencia en serio, y tendría que haberlo hecho.

―Aun así, no tendría que haberme marchado. ―Juntó su cara con la mía y cerró los ojos―. No volveré a cometer ese error. ―Me rodeó con los brazos y me estrechó contra su pecho. Nuestras frentes descansaron juntas y pasamos el viaje de vuelta escuchándonos respirar el uno al otro. Había muchísimas cosas que no podíamos decirnos con Obito en el coche. Y también muchas cosas que no podíamos hacer.

Pero en cuanto llegáramos a casa, las cosas cambiarían.

.

.

.

SASUKE no se despidió de su hermano al salir del coche llevándome en brazos. Obito tampoco dijo nada, probablemente porque estaba enfadado, o a lo mejor porque no le veía el sentido. Su hermano estaba claramente más preocupado por mí que por mostrarse educado.

Me llevó hasta la casa y a través del vestíbulo. Lars salió de la cocina al oír cómo la puerta principal se abría y se cerraba.

―Excelencia, ha vuelto. Me alegro de que haya traído a la señorita Sakura con usted.

Sasuke continuó andando como si no hubiera escuchado ni una palabra de lo que le había dicho.

―No queremos ser molestados el resto de la noche. Deja la cena en la puerta de mi dormitorio.

Lars no se inmutó ante la orden.

―Por supuesto, Excelencia. Que pasen buena noche.

Mis brazos continuaron alrededor de su cuello, y mientras subíamos por las escaleras lo miré a la cara. Su barba reciente era más espesa de lo normal porque no se había afeitado desde la mañana de su marcha. Llevaba la misma ropa que cuando había salido de mi casa por la mañana, y me pregunté si aún olería a mí, al haber estado toda la noche en el suelo de mi cuarto. Yo sólo conseguía olerlo a él, un aroma masculino con un toque de menta.

Me llevó hasta su cuarto y, en cuanto entramos, me dio la sensación de que no había sido usado hacía tiempo. Llevaba casi un mes sin dormir allí, y el aire estaba inmóvil. Nada había cambiado desde que me fui de allí hacía meses. La ropa de cama era la misma, las cortinas eran las mismas y estaba inmaculado, como siempre había estado.

Me depositó sobre la cama y se sacó la camiseta por la cabeza de inmediato. Estaba manchada de sangre, mía y de los hombres que había matado. Debajo de la prenda surgió su físico cincelado. Era idéntico a la última vez que lo había visto. Las rozaduras, los cortes y los golpes no habían hecho mella en su piel durante la batalla que se había desatado en las calles de Roma.

Llevaba la pistola a la cadera; la sacó de la cartuchera y le puso el seguro antes de dejarla sobre la mesilla de noche. Pulida y brillante, reflejaba la tenue luz del sol naciente al otro lado de la ventana. Nunca lo había visto con una pistola, aparte de la noche en que me había secuestrado de casa de Bones. Me pregunté cuántas tendría guardadas por la casa.

Se quitó los vaqueros y a continuación los bóxers. Como siempre, tenía una erección y estaba preparado para la acción. Se inclinó sobre la cama y me obligó suavemente a tumbarme de espaldas, poniendo las manos a ambos lados de mi cintura. Tenía los ojos clavados en los míos mientras me quitaba los vaqueros y la ropa interior, hasta dejarme desnuda de cintura para abajo.

El instante no desprendía una sensación de sexualidad. Era un nivel de intimidad que nunca antes habíamos compartido. Con los corazones latiendo al unísono y el miedo todavía lastrándonos el pecho, nos aferramos el uno al otro como un imán al acero. Me quitó primero la camiseta y después el sujetador antes de tumbarse sobre mí, con el cuerpo desnudo, duro y definido. Me rozó los labios con los suyos mientras me pasaba un brazo alrededor del torso hasta tenerme firmemente sujeta. Si sólo hubiera querido sexo, ya estaría en mi interior. Cada minuto pasaba con expectación, y él se tomaba su tiempo, mirándome a los ojos más que a cualquier otra parte.

Se deslizó en mi interior lentamente, tomándose su tiempo, como si no tuviera prisa por llegar al final. Su habitual aire de prevalente oscuridad había desaparecido. En vez de parecer un hombre que acababa de matar a docenas de hombres, tenía el aspecto de un hombre que acabara de regresar de un viaje a la aventura por el mar. Sus preciosos ojos desprendían calidez mientras me penetraba con resolución. Cuando estuvo profundamente en mi interior, empezó a balancearse despacio. Era el tipo de sexo que habíamos tenido justo antes de que saliera por última vez de mi apartamento. Lento y tierno, se centraba en algo más que en sentirnos el uno al otro de la forma más placentera posible. Se centraba en cada contacto, y en cada beso.

Significaba mucho más.