Capítulo 18

SASUKE

Aquella mañana me levanté temprano, salí a correr y tomé un bocado rápido abajo. Tenía mucho trabajo que hacer, y no demasiado tiempo para hacerlo. Aunque quería quedarme en casa con Botón, debía abandonar sus cálidos besos y caricias y salir al mundo real.

Tenía que matar a Bones.

Me di una ducha rápida en el piso de abajo y Lars me entregó un traje nuevo que había comprado en Florencia. Hecho a mano por expertos sastres italianos según mis instrucciones exactas, me daba aspecto de ser un hombre a quien no querías hacer enfadar.

Pero claro, yo siempre tenía ese aspecto.

―El coche espera, Excelencia. ―Lars alisó la espalda de la chaqueta, a pesar de que estaba perfecta, y después se acercó a la entrada.

―Gracias. Dile a Sakura que volveré para cenar.

―O me lo podrías decir tú mismo. ―Estaba en la parte alta de las escaleras, con mi camiseta y mis pantalones de chándal puestos. Llevaba el pelo en una trenza sobre un hombro y tenía una mano en la cadera.

Mi intento de escabullirme había fracasado. Me acerqué al pie de las escaleras, pero no subí para encontrarme con ella.

―Tengo cosas que hacer. Te veo en la cena.

Ella me miró entrecerrando los ojos, con una profunda sospecha en la mirada. Si hubiera sido un día normal en las bodegas, no me estaría marchando tan pronto, ni me escabulliría sin darle un beso de despedida.

―¿Qué es lo que no me estás contando?

―Nada. ―Me metí las manos en los bolsillos, sin apartar la mirada―. Luego te veo. ―Me di la vuelta y me encaminé hacia la puerta.

―Eh, espera un poco.

Me giré, sin molestarme en ocultar mi irritación.

Bajó las escaleras con elegancia, comportándose como si llevara un vestido de noche en vez de mi ropa enorme. Se tomó su tiempo porque sabía que esperaría a que terminara de bajar. Cuando llegó a mi lado, me pasó los brazos por el cuello y me besó.

―No vuelvas a marcharte sin despedirte de mí con un beso.

Le estreché la cintura con las manos y me sentí flaquear. Mi anterior ambición desapareció en cuanto aquella cálida boca estuvo pegada a la mía. Ahora deseaba levantarla en brazos y volver con ella arriba.

Ella se apartó, con los ojos hambrientos de mi afecto.

―¿Me has entendido?

Un escalofrío me subió por la columna al escuchar la autoridad que encerraba su voz. Cuando le salía el lado autoritario, me ponía a cien. Me encantaba que me poseyera, que me controlara como si fuera su derecho hacerlo.

―Sí.

Me dedicó una mirada de complicidad antes de besarme en la comisura de los labios.

―Hasta luego.

Me volví a derretir, desesperado por llevármela al piso de arriba y clavarla al colchón mientras daba rienda suelta a mis deseos. Ella sabía que me estaba provocando, castigándome por haber intentado salir de casa para no tener que darle ninguna explicación. En cuanto volviese, se ensañaría conmigo.

Y yo lo esperaba con impaciencia.

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―¿POR qué coño has tardado tanto? ―Obito me saltó encima en cuanto llegué a la base.

―Me he entretenido.

―¿Haciendo qué? ―saltó―. Sólo tienes que meterte en el coche y conducir.

Le puse la mano en la cara y le di un fuerte empujón sin dejar de andar. Mi hermano pequeño no me podía hablar así, aunque tuviese razón. Entré y me dirigí al centro de operaciones. Aquellas personas estaban en sus puestos, ocupándose de los negocios, como siempre.

Obito vino detrás de mí, pero no continuó con la discusión.

–Va a llamar en dos minutos. ¿Estás preparado para esto?

Más que preparado.

―Sí. Me senté a la mesa, en la que había un teléfono fijo. Pasé el móvil a la línea para poder rastrearlo con más facilidad. Si lográbamos concretar su posición, podríamos bombardearlo hasta que se pensara que estaba en la Segunda Guerra Mundial. Él sólo sabía que fabricábamos armas, no explosivos. Se iba a llevar una buena sorpresa.

―Mantenle en la línea...

―¿Crees que es la primera vez que hago esto?

Obito dejó caer con fuerza la mano sobre la mesa.

―Para ser un tío que la mete todas las noches, la verdad es que estás de un humor de mierda.

―No vuelvas a hablar así de ella. ―Mi mano se cerró en un puño y lo amenacé con una mirada. Podía insultarme todo lo que quisiera, pero Botón quedaba fuera del juego―. A no ser que quieras que te pegue un tiro en el otro brazo.

Antes de que Obito pudiera contestar, sonó el teléfono.

Yo lo dejé sonar a propósito, sólo para joder. No había mayor falta de respeto que malgastar el tiempo de alguien. Cuando por fin me cansé de dejar pasar los segundos, contesté.

―Sasuke.

Él hizo una pausa al otro lado de la línea, haciéndome perder el tiempo igual que yo había hecho con él.

―Me impresionó la manera en que organizaste la captura de Sakura. Si no estuviera tan enfadado, podría incluso aplaudirte.

Miraba a Obito mientras lo mantenía en línea. Estaba de pie con los brazos cruzados contra el pecho y los auriculares puestos para poder escuchar la conversación.

―A mí no me impresiona que no hagas tu trabajo sucio con tus propias manos.

―Oh, sí que lo hago, Sasuke. Sólo tienes que preguntarle a Sakura.

La mano se me envolvió a cerrar en un puño, esta vez casi abriéndome la piel.

―No hace falta que te diga que la quiero, y que la voy a conseguir. Dámela y nuestra guerra acabará de una vez por todas.

–Nunca. ―Jamás renunciaría a Botón. Lucharía hasta mi último aliento para asegurarme de que estaba a salvo. Si él la quería, tendría que pasar por encima de mí. Y nunca lo lograría―. Estoy seguro de que podemos llegar a algún otro compromiso. Como ya he dicho en el pasado, estoy más que dispuesto a compensarte.

―No hay dinero suficiente para sustituirla.

Era la primera vez que estábamos de acuerdo en algo.

―Entonces no hay trato.

―Sasuke, te voy a atacar con todo lo que tengo hasta recuperarla. Te encontraré, y cuando lo haga, le daré por el culo delante de ti. Te sugiero que optes por la solución más sencilla mientras siga disponible. Porque si continúas poniendo a prueba mi paciencia, la trataré mucho peor de lo que nunca traté a tu preciosa hermanita.

Me contuve para no estampar la mano sobre la mesa. La mención a Naori llevó la conversación a otro nivel. Me hervía la sangre y no podía parar de temblar.

―No es más que una mujer. Siempre puedes encontrar otra para entretenerte.

―Pero la quiero a ella. Estoy bastante seguro de que sabes por qué.

Yo no negué la insinuación, porque mis intenciones hacia Botón estaban más claras que el agua.

―No la puedes tener, Bones. Sobre eso no cabe discusión. Te sugiero que te conformes con otra cosa, para que podamos acabar con esta guerra. Como gesto de paz, Obito y yo no te haremos pagar por la muerte de Naori. ―Aquella era la oferta más generosa que era capaz de hacer, y Bones lo sabía. Para nosotros resultaba difícil permitir que el asesinato de Naori quedara sin castigo, pero ella ya estaba muerta. Botón seguía viva, y debíamos procurar que siguiera así―. Esa es mi mejor oferta.

Bones se quedó callado durante casi un minuto. Si estaba considerando en serio la oferta, estábamos haciendo progresos. O a lo mejor sólo estaba alargándolo para fastidiarme.

―Voy a conseguirla, Sasuke. Y cuando lo haga, no te voy a matar. Voy a obligarte a verme follármela hasta que me la cargue. Y después de que me veas rajarle la garganta, te haré lo mismo a ti.

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CUANDO LLEGUÉ A CASA, Botón estaba sentada en el balcón admirando los viñedos. Se estaba bebiendo una copa de vino tinto y llevaba un vestido escogido para ella por Lars en una tienda de Florencia. Llevaba unos pendientes con gemas de color aguamarina y el pelo recogido en una especie de moño. Tenía un libro sobre el regazo. Como si nunca se hubiera marchado, había vuelto a su rutina de entretenerse por su cuenta mientras esperaba mi regreso a casa.

En vez de revelarle mi presencia, me quedé en el umbral observándola. Con las manos en los bolsillos, admiré cada uno de los rasgos que había llegado a adorar. Tenía unas piernas largas y delgadas que se aferraban firmemente a mis caderas cuando hacíamos el amor. Siempre llevaba arreglados los dedos de los pies, aunque nunca se los pintaba. A veces llevaba maquillaje, pero la mayor parte del tiempo no lo hacía, algo que a mí me parecía perfecto. Estaba guapísima al natural. Estudié su esbelto cuello, recordando todos los besos que le había dado en él. No podía precisar el momento exacto en el que mi corazón se había ablandado y la había dejado entrar. Podía haber sucedido la primera vez que le había puesto los ojos encima, cuando estaba peleando para sobrevivir. O podía haber sido cuando me había dicho que me amaba. No le devolví la confesión, no porque el sentimiento no fuera mutuo, sino porque decirlo podría conducir antes o después a un enorme sufrimiento.

Pero ahora no podía negarlo, y desde luego tampoco quería.

Botón debió de percibir mi presencia, porque se dio la vuelta para mirarme.

―No sabía que estabas ya en casa. ―Dejó el libro y la copa sobre la mesa y se puso de pie, con el vestido ciñéndose a sus curvas a la perfección―. ¿Cuánto tiempo llevas ahí plantado?

―Un rato. ―La empujé hacia el cuarto y la guie hasta la cama. Hacía un momento, estaba satisfecho con examinar hasta sus más mínimos rasgos con afecto. Pero ahora que me estaba mirando con aquellos relucientes ojos verdes, quería hacer algo más que quedarme mirando.

Le tiré hacia arriba del vestido y le planté las caderas en el borde de la cama. Llevaba los pantalones y los bóxers por los tobillos, y en cuanto su tanga estuvo en el suelo, me enterré profundamente en su interior, sintiendo que su húmedo canal me daba la bienvenida. En cuanto estuve dentro de ella, me detuve para deleitarme con la sensación. El sexo nunca me había procurado tanto placer.

Botón me bajó la chaqueta por los hombros y empezó a desabotonarme la camisa desde abajo, queriendo dejar al descubierto mi pecho y mi estómago.

―Quiero verte entero. ―Se tumbó de espaldas, con el pelo revuelto en la cama debajo de ella. El recogido se le había soltado y tenía el cabello disperso por todas partes, fácil de agarrar.

Me desabroché el resto de los botones y dejé caer la camisa al suelo. Quería ver las tetas que tenía debajo del vestido, pero estaba demasiado impaciente por empezar a empujar. Con las manos a ambos lados de su cabeza, me incliné sobre ella y la embestí con fuerza. Su sexo húmedo me parecía el paraíso, y con cada empujón, me introducía aún más en su interior. Ya no me dedicaba recatadas miradas de afecto. Ahora que reconocíamos honestamente nuestros sentimientos, se dio a mí por entero. No se contuvo en ningún momento y se aferró a mí desesperadamente, como si no pudiera vivir sin mí. Se movía contra mí con más intensidad que yo contra ella, y dijo mi nombre tantas veces que perdí la cuenta.

Fue lo mejor.

Me eché aún más encima de ella, presionando sus pies contra mi pecho. Ella dobló las rodillas para dejarme espacio, permitiéndome dominarla por completo. Yo la tenía inmovilizada contra el colchón, penetrándola con tal fuerza que mis testículos rebotaban contra su trasero. Ella estaba cada vez más mojada, y pronto estaba gritando mi nombre a todo pulmón.

Justo después de llevarla hasta el orgasmo, me vacié en su interior, sabiendo que podría hacer aquello todos los días del resto de mi vida. Ninguna mujer podría nunca compararse a la que tenía debajo de mí. Ella se enfrentaba a mí, me adoraba y se sometía a mí, todo al mismo tiempo.

―Esto es lo que quiero hacer absolutamente todos los días al llegar a casa. ¿Me has entendido? ―La tomé de la barbilla, obligándola a mirarme. Ella me había controlado por la mañana, pero ahora me había tocado a mí el turno de controlarla.

Me envolvió la muñeca con los dedos mientras yo continuaba sosteniéndole la barbilla.

―Sí. Y esto es también lo que quiero hacer yo absolutamente todos los días.

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LAS VELAS ardían sobre la mesa y los grillos chirriaban en la noche. El sol toscano había desaparecido por detrás de las colinas hacía sólo treinta minutos, y ahora estaba anocheciendo. Las tierras se preparaban para dormir, pero rebullían de vida mucho tiempo después de haberse puesto el sol.

Botón estaba sentada frente a mí a la mesa, terminando los últimos bocados de su cena. Llevaba el pelo recogido en una trenza sobre un hombro, y su vestido sin tirantes resaltaba sus bien torneados hombros. Un collar de plata le colgaba alrededor del cuello, escogido para ella por Lars.

No hablamos durante la cena, sino que nos dedicamos a mirarnos. Yo no solía ser muy hablador de todas formas, pero era agradable no tener que mantener una conversación sólo porque sí. Estábamos cómodos en silencio juntos, y ninguno de los dos tenía expectativas sobre el otro. Pero yo sospechaba que iba a preguntarme qué había estado haciendo aquella mañana.

Y lo hizo.

―¿Qué clase de trabajo has estado haciendo hoy? –Sabía que había estado haciendo algo en secreto, o lo habría preguntado de otra manera. Para empezar, no habría preguntado específicamente por la clase de trabajo que había hecho. Además, no habría esperado tanto tiempo para hacer la pregunta a menos que le asustara la respuesta.

―Cosas con Obito. ―No pensaba mencionar la conversación con Bones. Botón era fuerte y valiente, pero aquello la asustaría hasta a ella. Él me había dicho esencialmente que nunca dejaría de perseguirla hasta que volviera a ser su esclava. Dado que ella era mía de todas las maneras posibles, no hacía falta que se preocupara por ello. Mientras estuviera bajo mi responsabilidad, nunca le pasaría nada.

―Ah. ―Dio un sorbo de vino antes de devolver la copa a la mesa. Tenía otra pregunta en los labios, pero no la formuló.

―Estamos trabajando en nuestro plan para eliminar a Bones. Estamos considerando bombardear una de sus fábricas, para atraerlo fuera de su escondite. Y cuando eso suceda, sacaremos la artillería.

―Entonces, ¿no sabéis dónde está?

―No, de momento. ―Pero lo descubriría.

―¿Creéis que está en Italia?

―Ahora no. ―En cuanto nos cargamos a sus hombres, seguro que huyó a Francia o a Rusia para recuperarse. Nosotros teníamos la ventaja, y él lo sabía. En la calle el caos era absoluto, y si no se había enterado por sus propios hombres, se habría enterado por la policía.

Ella hizo girar el vino dentro de la copa mientras la observaba.

―Entonces... ¿deberíamos mantener la conversación que ninguno de los dos quiere tener?

Contemplé su rostro, esperando a que me mirara a los ojos. Ella continuó observando su vino, para poder evitar hacerlo. No era propio de ella esconderse detrás de nada, y no me gustaba que lo hiciera.

―Mírame cuando me hables.

Le llevó unos momentos obedecer. Levantó la cabeza despacio, irritada por la orden, pero también excitada por ella. Odiaba que la mangoneara como si me perteneciera, pero al mismo tiempo, le encantaba. Era una mujer fuerte que necesitaba a un hombre que lo fuera todavía más.

―¿Qué conversación?

―Sobre nosotros. ―Apartó la copa a un lado.

―Pensaba que nuestra relación estaba bastante definida. –Cuando le había dicho aquellas dos palabras, asumí que encerraban todo lo que me hacía falta decir.

―Me refiero a Bones. ¿Qué vamos a hacer?

―Lo voy a matar. Ya te lo he dicho.

―¿Qué pasa si no lo haces? ¿O si no puedes hacerlo?

Mis ojos se entrecerraron por la ofensa.

―Si he dicho que voy a matarlo, lo haré.

―Y yo no lo dudo ―dijo ella con una calma forzada―. ¿Pero qué pasa si resulta imposible seguirle la pista? ¿Qué pasa si no deja nunca de moverse? ¿Deberíamos irnos de la Toscana? ¿Deberíamos mudarnos a otro lugar?

―No. ―Yo no era el tipo de hombre que huía de una pelea.

–¿Cómo es que no sabe dónde vives? Debe de saber que produces vino, así que tendría que imaginarse dónde está tu casa.

–Sí, sabe que hago vino. Pero sólo porque mis viñedos estén aquí, no quiere decir que yo tenga nada que ver con ello. Según la documentación, la propiedad es de una familia que se la compró a la mía. Los papeles son falsos, pero eso él no lo sabe. Y por lo que respecta a mi casa, esta finca ni siquiera sale en los mapas. No está registrada a nombre de nadie ni de nada. Todo el correo me lo envían a un apartado de correos de Florencia, y hasta eso está bajo un nombre falso. No podrá seguirnos la pista hasta aquí. No hace falta que te preocupes por ello.

Como si fuera una reina, mantuvo una postura refinada y elegante. Tenía el cabello apartado de la cara y el pintalabios volvía su boca aún más carnosa y besable. Pero su fuerza y su confianza le otorgaban grandes cualidades de majestuosidad. Siempre me había sentido como si fuera el rey de mi mundo. Y desde luego, ella era mi reina.

―Entonces, ¿seguiremos viviendo aquí?

―Sí.

―¿Y podré quedarme aquí todo lo que quiera?

Estreché los ojos.

―Botón, vas a vivir aquí para siempre. ―Aunque matara a Bones, ella no se iba a ir a ninguna parte. No iba a alquilar una casa en alguna parte de Florencia y visitarme para que cenáramos y para quedarse a dormir. Le había dicho que la amaba, y aquella confesión implicaba más de lo que ella había creído―. Ahora este es tu hogar.

Ella apartó rápidamente la mirada, pero no lo bastante rápido. Sus ojos encerraban una pizca de humedad. Parpadeó como si nunca hubiera estado allí.

Yo fingí que no me había dado cuenta.

―Pero será peligroso durante un tiempo. Hasta que mate a Bones, debes quedarte dentro de la finca y no abandonarla en ningún momento.

―De acuerdo. ―En vez de pelear por su libertad y su independencia, se plegaba a ello―. ¿Puedo tener un arma?

–¿Quieres una? ―Sabía cómo usarla, pero yo nunca la había visto en acción.

―No. La necesito.

―Eso está hecho.

Dio otro sorbo de vino.

―Hay algo más que querría...

Ya le había dado el mundo entero a mi reina. ¿Qué más podría querer?

―¿El qué?

―Quiero matarlo yo misma. ―Me sostuvo la mirada mientras formulaba su petición―. Sé que tanto tú como Obito necesitáis venganza por Naori... pero de verdad me gustaría mucho ser la que apretara el gatillo.

Después de lo que le había hecho, no podía rechazar su petición. Se lo merecía.

―Si se dan las circunstancias adecuadas, sí.

―Gracias ―susurró―. Significa más de lo que puedo expresar con palabras.

Nunca olvidaría la primera vez que la vi en aquella ópera. Desde lejos, pude detectar la rapidez de su respiración y sus mejillas sonrojadas. Estaba asustada y sentada junto al hombre más implacable que ha conocido el mundo. En vez de sucumbir a la aflicción, intentó encontrar un modo de escapar... pero seguía asustada. En aquel momento, su belleza no me impresionó. Había visto innumerables mujeres bellísimas por toda Italia. No le vi nada especial. Pero cuando me fijé en el fuego que ardía en sus ojos, fue mi perdición.

―Tú te lo mereces más que yo.

–Tampoco diría eso.

Cuando vi cómo se apuntaba la pistola hacia su propio pecho y se preparaba para apretar el gatillo, supe que había tocado fondo del todo. Bones la había torturado hasta un punto más allá de cualquier reparación posible, y la muerte era su única salida. Si no la hubiese detenido, lo habría hecho. De aquello no cabía duda. Desde entonces, había hecho grandes avances. Le había costado meses sonreír, y aún más tiempo terminar por confiar en mí.

―Quiero ayudar en todo lo que pueda. Necesites lo que necesites, cuenta conmigo.

Yo no pensaba permitir a Botón acercarse a él. Ni por asomo iba a utilizarla como cebo o enviarla al combate junto a Obito y junto a mí mismo. Después de las amenazas que había proferido Bones, no quería ni que la mirase.

―Ya veremos.

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CUANDO VOLVÍ A CASA DEL TRABAJO, no encontré a Botón por ninguna parte. No estaba en el dormitorio, ni en el balcón, ni cerca de la piscina, ni en el estudio. Normalmente, cuando yo llegaba a casa, ella aparecía de inmediato para darme la bienvenida con un beso.

Pero ahora no la encontraba.

Intenté no dejarme llevar por el pánico y ponerme en lo peor. La casa parecía en calma y el personal estaba ileso. Las puertas de acceso a la finca habían sido cerradas con llave después de que yo sacara mi coche.

Bajé al piso inferior en busca de mi mayordomo.

―Lars.

Emergió de la cocina, con el pelo blanco peinado hacia atrás y una cálida sonrisa en el rostro. Daba igual lo enfadado que yo pareciera, él aparentaba no darse cuenta.

―¿Sí, Excelencia?

―¿Has visto a Sakura? ―No iba a recurrir a llamarla a voces por la finca. Ella sabía que su trabajo consistía en darme la bienvenida en cuanto llegaba a casa. Le había hecho aquella petición justo el día antes, y ella no era una persona olvidadiza.

―Estoy aquí. ―Botón salió de la cocina con un delantal rojo atado a la cintura―. Lo siento, perdí la noción del tiempo. ―Tenía manchas por toda la prenda y un poco de salsa en la mejilla. Se acercó a mí limpiándose las manos en la parte delantera del mandil―. Esa cocina es como otro mundo...

―No vuelvas a hacer eso. ―No pude disimular mi enfado delante de Lars. Él sabía qué tipo de hombre era, así que mis amenazas no le sorprendían. Volvió a introducirse sigilosamente en la cocina, intentando desaparecer sin que ninguno de los dos lo advirtiera.

Los ojos de Botón se estrecharon hasta convertirse en rendijas amenazadoras.

―¿Hacer el qué?

―¿Qué te dije ayer? Cuando llego a casa, o te arrodillas o te doblas hacia delante. Enviarme a buscarte por toda la casa es inaceptable. Por un momento, he pensado que te había pasado algo...

―Te estaba haciendo la cena, imbécil. ―Se puso en jarras y la mirada se le ensombreció.

De repente, sentí la lengua demasiado grande para mi boca. Las palabras murieron al instante en mi garganta al darme cuenta lo hostil que me había vuelto en apenas unos segundos. Ella era la única persona que podía ponerme en mi lugar de aquella manera.

―He perdido la noción del tiempo y no me he dado cuenta de que habías llegado a casa. Pero si quieres que me arrodille y te la chupe en este mismo momento, lo haré. ¿Es eso lo que quieres? ―levantó la voz, a punto de convertirse en una fiera.

Si no ponía remedio a la situación, aquella discusión tomaría un giro muy peligroso. Cuando me enfrentaba cara a cara con Botón, solía perder. Ella sabía manejar las palabras y no tenía reparos en hacerme sentir como el pedazo de mierda que era.

―Cuando no te he podido encontrar, me ha entrado el pánico. Pensé que alguien te había llevado... No me voy a disculpar por eso.

―No. ―Se cruzó de brazos―. Sí te vas a disculpar. Me acabas de insultar delante de Lars y me has tratado como a una esclava. Puedes apostar el culo a que te vas a disculpar conmigo, y cada una de tus putas palabras será sincera.

Mi cuerpo reaccionó de la forma incorrecta. Me empalmé y mi miembro empezó a empujar la cremallera. Había algo en su dureza que me ponía. Nunca había conocido a nadie tan minúsculo y temerario. No me había tenido miedo ni siquiera cuando no me conocía. Sólo me hacía querer poseerla aún con más ganas.

Ella se mantuvo en sus trece y continuó amenazándome con aquellos labios carnosos. Los tenía firmemente apretados para contener el veneno que se le desbordaba por la boca. Aquella era una batalla que se negaba a perder, y lucharía hasta haber ganado la guerra.

Yo nunca le había permitido a nadie hablarme de aquella manera, no digamos ya a una mujer. Pero ella me ponía en mi lugar sin ningún esfuerzo, y no se inmutaba al hacerlo. Yo no estaba seguro de si realmente era más dura que el acero, o si sencillamente tenía un efecto debilitante sobre mí. En cualquier caso, yo permitía que sucediera. Y sólo había una mujer que pudiera instarme a hacerlo.

Ninguna mujer me había puesto de rodillas, pero ella lo había logrado. Flexioné una rodilla ante ella y la miré desde abajo.

Botón no pudo ocultar la sorpresa en su rostro. La ferocidad de sus ojos desapareció en menos de lo que se tarda en chasquear los dedos, y los labios se le entreabrieron de desconcierto. Me había vencido sólo con sus palabras y con su aspecto. Había conseguido domar a la bestia más salvaje del mundo.

―Lo siento. ―Era sincero, y no me importaba que el personal me viera en una posición de debilidad. Botón era mi reina, y había aceptado el hecho de que no siempre podría llevar la voz cantante en la relación. A veces sería ella la dictadora, y a veces mandaría yo.

Ella todavía no había recuperado la compostura en el rostro. Habíamos discutido en innumerables ocasiones y se había enfrentado a mí, espetándome las palabras más duras, que yo no quería escuchar. Pero nunca me había puesto de rodillas como aquella vez. Se tomó unos momentos antes de hablar por fin.

―Te perdono.

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CENAMOS EN LA TERRAZA, como cada noche. El clima era demasiado perfecto para ignorarlo. Era fresco, con una brisa cálida, y el aire nocturno no era tan húmedo en aquella época del año. A Botón le encantaba estar fuera, bajo el sol. Hasta cuando estaba dentro de la casa, se sentaba en el balcón, sólo para poder estar más cerca de la naturaleza y su abundancia.

―Gracias por la cena. Ha sido excelente. ―En realidad, no podía compararse con la cocina de Lars, pero apreciaba lo que había hecho. Había hecho lo más sensual que puede hacer una mujer por un hombre: cocinar para él. No era algo de lo que había sentido deseos nunca, hasta ahora. La idea de que hiciera algo considerado por mí me excitaba.

―Gracias por decir eso. Sé que no estaba muy buena, pero Lars me está enseñando. En unos cuantos meses, seguro que mejoro.

Di un sorbo al vino para descartar sus palabras.

―Desde luego no es fácil, como los macarrones con queso. ―Se rio por lo bajó de su propio comentario.

―Nunca los he probado.

―¿Nunca los has probado? ―preguntó impactada―. O sea, ¿nunca, nunca?

―He comido tallarines con parmesano, pero no la versión americana de la que estás hablando.

―Está buenísimo. Tendré que hacértelo algún día.

A mí me sonaba a mierda de caballo procesada.

―A lo mejor. ―Si ella lo cocinaba para mí, me tragaría los reparos y me lo comería. Pero no me haría nada feliz. La comida europea era mucho más apetecible que la americana. Sus alimentos no eran frescos, estaban llenos de pesticida y sabían mucho peor. En el pueblo más cercano todas las mañanas había un mercado en el que Lars hacía la compra. La mayoría de la fruta y la verdura había sido recolectada el día anterior.

Una vez terminada la cena, mi mente se centró en mi actividad favorita. Al volver del trabajo habíamos estado discutiendo, en vez de hacer el amor. Ahora tenía el estómago lleno y a Botón enfrente, guapísima, así que era lo siguiente que quería hacer.

Se levantó de la mesa y se apartó unos pasos por el pavimento, bajo los árboles mecidos por el viento. El atardecer estaba dando paso a la noche, y las luces colgadas por el patio difuminaban las estrellas del cielo.

Me la quedé mirando con una ceja arqueada.

Ella alargó la mano.

―Baila conmigo.

Escuché sus palabras, pero no las entendí. Hacía tanto tiempo desde la última vez que había bailado con una mujer, que ni siquiera lo recordaba. Pero allí estaba ella, pidiéndome bailar al son de la música del silencio. Si hubiera sido cualquier otra, me habría metido en casa sin pensármelo dos veces. Pero la emoción de sus ojos y la sonrisa de sus labios me atrajeron hacia ella como un imán.

Me uní a ella bajo la sarta de luces, tomando su mano en la mía. Le pasé el brazo por la cintura y la guie lentamente por la invisible pista de baile. Los movimientos me vinieron con naturalidad, pero sospechaba que aquella confianza provenía de la mujer que tenía entre los brazos. Ella quería bailar, y yo le iba a dar el mejor baile que hubiera visto nunca.

Cuando sonrió, supe que estaba encantada.

Nunca antes había hecho esas cosas de enamorados, pero allí estaba yo, bailando con una mujer a la que adoraba. Le había dicho aquellas dos palabras que había jurado no murmurar jamás, y hasta me había arrodillado ante ella, en un gesto supremo de sumisión. Nunca había conocido esa clase de felicidad, y la verdad era que daba un poco de miedo.

Daba miedo porque perderla acabaría conmigo.

Se acercó más a mí y pegó la frente a la mía. Sus ojos no se apartaban de mis labios, pero no me besó. Enamorada del todo de mí, estaba obsesionada y entregada por completo. Me había demostrado su amor mucho antes de expresarlo, y a mí me encantaba la mirada que se apoderaba de sus ojos.

Algún tipo de fuerza sobrenatural se apoderó de mí, y de pronto empecé a cantar suavemente entre dientes. Cantaba en italiano, ofreciéndole una serenata a la mujer que tenía en mis brazos. Era una antigua canción de amor que había oído en el pueblo en el que había crecido. Por entonces era demasiado pequeño para entender el amor, y al hacerme mayor, supe que nunca tendría el privilegio de sentirlo.

Pero me equivocaba.

Botón se apartó un poco para poder mirarme a los ojos. Escuchaba atentamente cada palabra, aunque no la entendiera. Mi voz era más grave que la del hombre que cantaba originalmente aquella canción, pero ella no tenía manera de saberlo. No me consideraría un buen cantante, pero tampoco sonaba mal. Los ojos se le humedecieron levemente, y aquella humedad reflejaba las luces blancas que teníamos sobre nuestras cabezas. Relucían en sus ojos como estrellas, resplandeciendo como el firmamento.

Ella se entregó más a mí, así que continué cantando. La veía beberse cada una de mis palabras, sin entenderlas. De alguna manera, sabía exactamente lo que estaba intentando decir, que le entregaba mi vida y mi lealtad, a ella y a nadie más. Nunca me había arrodillado ante nadie. Y desde luego nunca le había cantado.

Sólo a ella.

Cuando terminé la canción, sus ojos conservaban aquel aspecto. Me adoraba aún más que antes, y su amor sin límites continuaba creciendo. Las mujeres me miraban a menudo atraídas u obsesionadas. Pero la mirada que me dedicaba Botón era distinta. Era algo más que una mirada superficial y física.

Era incondicional.

Quería decirle que la amaba, pero no lo hice. Ella tampoco me lo dijo a mí, porque no hacía falta. Llevábamos diciéndonoslo el uno al otro desde el momento en que nos conocimos, aunque hubiera sido sin palabras. Sabía que la amaría el resto de mi vida, hasta el día en que abandonara este mundo y me convirtiera en polvo. Y ella se sentía igual.

Botón dejó de bailar y me besó suavemente en los labios.

–Vamos arriba...

Sentí sus labios sedosos contra los míos y se me puso dura. No estaba de humor para el sexo desatado. Quería seguir bailando con ella en mi cama, movernos lentamente juntos con la música que sólo ella y yo escuchábamos. Mi cuerpo quería fundirse con el suyo y hacerla mía para siempre.

Tomé su mano y tiré de ella hacia la puerta. Dejamos en la terraza los platos con los restos de la cena, pero Lars los recogería en cuanto nos marcháramos. Cuando ya estábamos cerca de la puerta trasera, nos cortaron el camino.

Obito se apoyó contra el umbral con los brazos sobre el pecho. Tenía una sonrisa socarrona en la cara y una mirada diabólica.

―Estabais tan monos que no he querido interrumpiros.

Nunca me había irritado tanto ver a mi hermano.

―Nos estás interrumpiendo ahora.

Él se encogió de hombros y retrocedió para que pudiéramos entrar en casa.

―Era un espectáculo tan bueno que no podía dejar de mirar. Bonita voz, por cierto.

Tendría que haberme sentido avergonzado por que me hubiera oído. Las bromas continuarían durante el resto de nuestras vidas. Pero no iba a responder a su provocación. Aquella canción sólo estaba destinada a Botón. Era una lástima que él hubiera sido testigo.

―¿Qué es lo que quieres?

―Hablar contigo. ―Se volvió hacia Botón y le guiñó un ojo―. Si ella puede pasar sin ti.

―No, no puede. ―La atraje más cerca de mí―. Podemos hablar mañana, Obito.

―Venga, si ya estoy aquí ―dijo él―. Sólo serán unos minutos.

Deseé haber podido matarlo allí mismo.

―No pasa nada. ―Botón se inclinó hacia mí y me besó la barba incipiente de la mandíbula―. Estaré arriba. –Me acercó los labios al oído para que sólo yo pudiese oír lo que dijo a continuación―. Y me pondré algo un poco más cómodo. ―Me besó el lóbulo de la oreja antes de empezar a subir las escaleras.

Mis ojos la siguieron automáticamente, asentándose en su culo perfecto. Lo último que me apetecía hacer era hablar con mi hermano al pie de las escaleras. Quería estar enterrado dentro de mi amante, de mi mujer. Cuando ella hubo desaparecido, me volví hacia Obito.

―¿Qué pasa? ―No me molesté en ocultar mi fastidio. En aquel momento odiaba a Obito, y quería dejar aquello perfectamente claro.

Él continuó sonriendo como un maldito idiota.

―Parecía todo muy romántico.

Lo fulminé con la mirada, manteniendo las manos a los costados. Se me habían cerrado en puños en cuanto Botón se marchó, y me estaban entrando bastantes ganas de darle puñetazos a mi hermano en la cara y romperle los dos pómulos.

―No me había dado cuenta de que eras de los que bailan y cantan.

Estaba a punto de saltar. La única razón que me lo impedía era que Obito era la única familia que me quedaba en el mundo. Si hubiera sido cualquier otra persona, ya estaría inconsciente en el suelo.

―Suéltalo ya, Obito. Tengo que satisfacer a una mujer. –Lo único que él tenía era putas caras que hacían las guarradas que él quería. Yo tenía a una mujer que las hacía porque lo deseaba.

―¿Has pensado en lo último que hablamos?

―Obito, yo nunca pienso en ti, a no ser que te tenga delante.

Se tomó con calma el insulto.

―¿Le has dicho cómo te sientes? Si no lo has hecho, es posible que no haga falta. Lo has dejado perfectamente claro con esa jodida serenata.

―Tu obsesión con mi vida amorosa da escalofríos, Obito.

―No estoy obsesionado. Ahora, contesta a la pregunta.

Aquellas charlas de nenazas empezaban a cansarme. Si le decía la verdad, quizá me libraría de una vez de ellas.

―No es asunto tuyo, pero sí, le he dicho que la amo. –Las palabras habían salido de mi boca y flotarían para siempre en el aire. No podía retractarme, y no quería hacerlo jamás.

Una sonrisa se extendió lentamente por el rostro de Obito hasta hacerse de oreja a oreja.

―Bien hecho, hombre. ―Me dio unas palmaditas en el hombro.

―¿Podemos dejar de hablar ya de ello?

―Claro. Es sólo que estoy contento de que hayas dejado de comportarte como un marica.

―¿Yo? ―pregunté con incredulidad―. Tú eres el que no ha dejado de darme la vara.

―Sólo quiero lo mejor para ti. Y creo que ella lo es. Estoy convencido de que a Naori le habría encantado.

La mención de mi hermana volvió a ponerme otra vez triste. Sí, Botón le habría encantado. Le habría encantado a toda mi familia.

―Siento que te moleste que me entrometa. Pero mamá ya no está, ni tampoco Naori, así que alguien tiene que hacerlo. ―Se encogió de hombros―. Soy el único pariente que te queda, así que tengo que ser yo. Un día, cuando encuentre a la mujer adecuada, tienes todo mi permiso para darme el coñazo todo lo que quieras y asegurarte de que no la cague.

Por fin sonreí, y no me costó hacerlo.

–Trato hecho.