Capítulo 19

SAKURA

Sasuke llegó a casa a la hora de siempre. Entró en el dormitorio llevando el mismo traje inmaculado que llevaba por la mañana, con un aspecto tan delicioso como el de cualquier otro día de su vida. Llevaba su llamativo reloj de pulsera en la muñeca y las venas le sobresalían en el dorso de las manos. Sólo con verlo, cualquier mujer se excitaría.

Se detuvo al verme junto al borde de la cama. Estaba de pie, vestida con lencería negra; un salto de cama se ceñía a mi cintura y me apretaba los pechos entre sí, y mis medias negras conducían a un tanga de encaje a juego.

Sus ojos adquirieron de inmediato el mismo color que mi ropa interior. Entonces se fijó en las esposas que tenía colgadas de las puntas de los dedos. Incapaz de ocultar su excitación, tragó para deshacer el nudo que tenía en la garganta.

Tras una pausa, se quitó la corbata de un tirón, dejándola caer al suelo. Se desnudó rápidamente mientras se acercaba a mí, consiguiendo desprenderse de toda la ropa antes de quedarse de pie junto a mí, una mezcla de hombre y de dios. Su cuerpo era un conglomerado de músculos y sus ojos reflejaban los oscuros deseos de su corazón. Tenía el miembro como una piedra y preparado para introducirse en mí en un abrir y cerrar de ojos.

–De rodillas. ―Tomó de inmediato las riendas de la situación, volviéndose dominante y posesivo. Últimamente sólo habíamos hecho el amor con dulzura y sensualidad. Pero la necesidad de un polvo brusco había vuelto a su cuerpo de inmediato.

–No.

Sus ojos se entrecerraron ante el desafío.

―No lo estás entendiendo. ―Le puse las manos en el pecho y lo guie hacia la cama. Cuando tuvo el colchón detrás de las rodillas, le di un empujón contra la cama y trepé sobre él―. Siéntate. ―Sostuve las esposas en alto, preparada para encadenarlo al cabecero.

Entender por fin lo que estaba sucediendo realmente sólo aumentó su deseo. Lo único que le excitaba más que controlarme era tener una mujer lo bastante poderosa para controlarlo a él. Hizo lo que le pedía y apoyó la espalda en el cabecero, sin apartar de mí su mirada ni un segundo.

Le pasé las manos entre los barrotes y le puse las esposas.

Él se inclinó de inmediato hacia delante y me besó el cuello, moviendo seductoramente la lengua sobre la piel. Su erección descansaba sobre su estómago, y la presionó contra mí con expectación.

Yo me aparté de su regazo y me puse de pie junto a la cama, jugando lentamente con mis bragas. Las palpaba suavemente, sintiendo el encaje bajo las sensibles puntas de los dedos.

Sasuke me observaba, con los ojos clavados en cada movimiento de mis dedos.

Me bajé despacio el tanga, recorriendo mis largas piernas, y después lo aparté de una patada.

Sus ojos se desplazaron al instante hacia mi entrepierna, y separó los labios, desesperado.

Me puse a horcajadas sobre sus caderas, posando mis pliegues sobre su miembro. Lentamente, me empecé a mover hacia delante y hacia atrás, extendiendo mi lubricación sobre su entrepierna.

Él dio un tirón a las esposas en un intento de agarrarme, olvidando que estaba encadenado. Un leve gruñido escapó de sus labios por la frustración.

―Botón... ―Había súplica en su voz, una indicación de su desesperación por estar dentro de mí. Sabía lo empapada que estaba porque le estaba bañando el miembro entero.

Me agarré a sus hombros y me coloqué sobre él.

–¿Me deseas?

―Sí.

―Dímelo.

Él estiró el cuello y me besó en un extremo de la boca.

―Quiero follarte.

―Di mi nombre.

Habló contra mi boca, con el pecho agitado por la ansiedad.

–Quiero follarte, Botón.

Me coloqué sobre su glande y me deslicé hacia abajo, hasta llegar a sus testículos.

―Joder. ―Sasuke tiró de las cadenas, intentando liberarse.

Con sus hombros como punto de apoyo, empecé a subir y bajar sobre él. Su sexo era tan grueso y tan grande que me sentía tentada a ceder a mi deseo en aquel instante. El sexo con Sasuke era diferente de cualquier otra cosa que hubiera conocido. Era apasionado, abrasador y delicioso, todo al mismo tiempo.

―Suéltame. ―Volvió a tirar de las cadenas y estuvo a punto de romper el cabecero.

―No. ―Le pasé los brazos por el cuello y renové la intensidad de mis acometidas. Lo introducía por completo en mi interior antes de elevarme hasta que sólo quedaba la punta en mi interior. Después me volvía a dejar caer sobre él, aceptándolo entero una vez más.

―La hostia, Botón.

Le besé el labio inferior y me lo introduje en la boca. Le di un mordisco travieso porque sabía que a él le encantaba la agresividad. No le hice sangre, pero sí le provoqué dolor.

Él respiró contra mi boca, intentando combatir el placer que empezaba a formarse en el fondo de los testículos. Se había corrido tantas veces en mi interior que yo sabía exactamente lo que estaba sintiendo en cuanto lo sentía.

Me metí una mano entre las piernas y empecé a frotarme agresivamente el clítoris, deseando ofrecerle un espectáculo que no olvidara nunca.

Él no dejó de mirarme ni un instante, con los ojos más sombríos que el inframundo. Tiró de sus cadenas, aunque sabía que era inútil. Sus caderas corcovearon debajo de mí, y el cuello se le estrió de la tensión.

―Dios, me voy a correr. ―Me froté más intensamente el clítoris y lo introduje en mí hasta el fondo. El placer empezaba a acumularse a lo lejos y se aproximaba con rapidez. Yo ya sabía que sería cegador y poderoso. Me fragmentaría en mil pedazos y nunca podría recomponerme.

―Eres. Jodidamente. Preciosa.

Sentí la explosión entre mis piernas y, al instante, me vi transportada hacia las estrellas. Le clavé las uñas en los hombros y le grité en la cara. Su nombre se escapó incontables veces de mi garganta, y pronto se me secó la boca.

Continué aceptándolo profundamente en mi interior, pasándole las manos por el pecho. Sentí el sudor bajo las puntas de los dedos y sentí los músculos tensarse. El orgasmo me derribó, arrebatándome toda la energía del cuerpo.

Ver el placer en mi rostro lo excitó aún más.

–Dame una bofetada.

Yo me apreté contra su sexo, presionándolo contra mis paredes para que pudiera sentir hasta el último centímetro de mí.

―Dame una bofetada, Botón.

Yo le pegué suavemente con la palma de la mano.

―Más fuerte.

Volví a hacerlo, haciendo que mi palma provocara un chasquido contra su piel.

―Más fuerte.

Esta vez, le pegué todo lo fuerte que pude, haciendo que la cara se le girara por el golpe.

Por fin, gruñó con los ojos cerrados y el placer reflejado por todo su rostro.

–Otra vez.

Volví a golpearle con la mano en la cara.

Se giró nuevamente por el impacto y la mejilla empezó a ponérsele roja. Apretó la mandíbula y abrió los ojos, con la satisfacción nadando en ellos.

―Una vez más.

Lo volví a hacer, pegándole incluso más fuerte.

―Joder. ―Él se tensó debajo de mí, llenándome de su semilla. El calor se extendió entre mis piernas mientras sentía el peso de su regalo en lo más profundo de mí. Podía sentir el peso de su semilla, además de su calor abrasador.

Le llevó casi un minuto atravesar el placer y volver al mundo real. Tenía la mejilla enrojecida por la serie de bofetones que le había dado, y parecía más satisfecho que nunca.

―Tú me completas.

Esperaba que me dijese alguna guarrada o que me ordenase soltarlo, así que sus palabras me pillaron desprevenida. La sinceridad era evidente en su voz, y me resultó tan dulce como cuando me había dicho que me amaba.

―Y tú me completas a mí.

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―¡SUÉLTAME! ―Las lágrimas me resbalaban por la cara mientras yo intentaba agarrarme a la moqueta. Enterré las uñas en las fibras para que no pudiera arrastrarme por el sueño. Me agarraba a lo que podía para intentar ponerme a salvo.

Bones me tiró con tanta fuerza de la pierna que casi me la rompió.

―Cállate, esclava.

―¡Para! ―Lancé una patada todo lo fuerte que pude. Me negaba a volver a ser esclavizada por aquel lunático. Mi vida no sería nada más que dolor y tortura―. Por favor, deja que me vaya.

―Botón. ―Unas manos fuertes me sacudieron con violencia―. Botón, estoy aquí.

La voz penetró en mis oídos y me reconfortó. De la nada, Sasuke apareció por el pasillo. Me agarró con ambas manos y tiró de mí, apartándome del agarre de mi captor. Pero yo no podía dejar de llorar. No lograba disipar mi terror.

―Botón, despierta. ―Un tirón más, y el sueño se hizo pedazos.

Me incorporé en la cama y me aferré a las sábanas. Los ojos se me abrieron de par en par, sin lograr distinguir más que la penumbra del dormitorio de Sasuke. Respiraba agitadamente, y daba igual lo profundo que intentara inspirar, no lograba absorber suficiente oxígeno. Tenía el cuerpo empapado en sudor y la cara bañada en lágrimas.

―Botón. ―La voz suave de Sasuke surgió junto a mí―. Sólo era una pesadilla. Ya ha pasado. Estás aquí conmigo, y estás a salvo. ―No me tocó, manteniendo un par de palmos de distancia entre ambos. Tenía las manos a los costados y un deseo de tocarme en los ojos―. Conmigo estás a salvo.

Las lágrimas aún me ardían en los ojos y seguía temblando. Las pesadillas me asaltaban de vez en cuando, pero normalmente desaparecían cuando dormía con Sasuke. Había sido inesperada, y eso la había hecho más aterradora. Los sollozos me estallaban en el pecho, y yo intentaba controlarlos antes de que fueran a más.

―Estás a salvo. ―Sasuke repetía aquellas palabras para devolverme a la realidad. En vez de decirme que me callara y me controlara, era paciente conmigo. Antes solía prohibirme llorar, pero ahora mis lágrimas le provocaban preocupación, en vez de irritarlo―. Nunca permitiré que nadie te vuelva a hacer daño, Botón. Tienes mi palabra.

Por fin reuní la fuerza necesaria para hablar.

―Lo sé.

Se acercó más a mí y me pasó un poderoso brazo por la cintura. Su contacto era cálido, no frío y rudo como el de Bones. Sasuke pegó su cara a la mía y después me pasó los dedos por el pelo para tranquilizarme.

―A mí me lo puedes contar.

Lo último que quería era volver a acordarme de la pesadilla. Quería que desapareciera entre los resquicios de mi mente, donde no pudiera volver a revivirla. Como si nunca hubiera sucedido, deseaba que se esfumara.

―No. ―El sueño ya me había resultado bastante doloroso a mí. A Sasuke le haría incluso más daño.

―Ahora estás conmigo. Acuérdate de eso. ―Me puso las manos en la nuca y me besó la comisura de los labios―. No podrá hacerte daño mientras yo siga con vida. ¿Me entiendes?

Asentí.

―¿Me entiendes?

Me aclaré la garganta y después me tragué las lágrimas.

―Sí.

―La próxima vez que tengas un mal sueño, cuenta hacia atrás desde tres. Cuando acabes, despiértate.

Lo miré a los ojos en silencio, pidiéndole que se explicara sin palabras.

―Yo solía tener pesadillas ―susurró―. Contar hacia atrás siempre funciona. Confía en mí.

―¿De qué tratan tus pesadillas? ―No debería habérselo preguntado, pero lo hice. No estaba del todo en mis cabales. La mitad de mi espíritu seguía entre las garras de Bones. Cuando volviera a dormirme y me despertara después, ya sería la misma de siempre.

Sasuke me masajeó la nuca con las yemas de los dedos.

―Naori. Mis padres. Los hombres que he matado. Las cosas que he visto. Básicamente, todo lo que he presenciado a lo largo de mi vida.

―Lo siento... ―Mi pesadilla era insoportable, pero no podía empezar a imaginarme lo terribles que serían las suyas.

―No pasa nada. Las tengo con menor frecuencia que antes.

–¿Porque cuentas hacia atrás?

―No. Se han espaciado desde que tú has entrado en mi vida.

Mi mirada se dulcificó, y por fin dejé de pensar del todo en mi pesadilla.

―Desaparecerán, Botón. Dales tiempo suficiente y lo harán. Hasta entonces, cuenta. Siempre funciona.

―Vale.

Me dio un beso en la frente antes de frotar su nariz contra la mía.

―¿Te haría sentir mejor que diéramos un paseo?

―¿Por fuera? Pero es de noche.

―El sol no tardará en salir. Podemos disfrutar juntos viendo amanecer.

Su cama era cálida y cómoda, y las paredes de su finca nos mantenían a salvo, pero no había nada que me apeteciese más que cogerle de la mano mientras el sol nos daba la bienvenida a un nuevo día.

―Eso suena muy bien.

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―HOLA, tortolita. ―Obito caminó hacia mí llevando puesto uno de sus caros trajes. La mayoría de las veces se ponía vaqueros y una chaqueta de cuero. Yo no estaba muy segura de para qué necesitaba ponerse elegante. En su campo de trabajo, un aspecto profesional no parecía demasiado importante.

―Hola, caraculo.

Él sonrió al oír el insulto, como si acabara de hacerle un cumplido.

―Le habéis estado dando a base de bien, chicos.

A pesar de lo que me había hecho, no odiaba a Obito. De algún modo, le había perdonado su comportamiento, y de hecho me caía bien. Era la única familia que Sasuke tenía en el mundo, así que me resultaba imposible no tenerle cariño. Si Sasuke necesitara ayuda alguna vez, Obito estaría allí al instante. Aquel era el tipo de lealtad que no se podía comprar.

―Pues sí. ―Levanté la vista hacia la parte superior de las escaleras, esperando a que apareciera Sasuke. Él y Obito tenían asuntos de trabajo que tratar aquella tarde.

―Aquí es cuando me pongo gilipollas y digo que te lo dije.

Crucé los brazos delante del pecho y lo fulminé con la mirada.

–No lo niegues. ―Me pinchó el brazo con un dedo―. Yo tenía razón. Tú te equivocabas.

–¿En qué?

―Conmigo no te hagas la tonta. Te dije que estaba enamorado de ti.

―Bueno, y yo te creí. ¿Te acuerdas? Le confesé cómo me sentía y él salió de la habitación. Así que no, no me lo dijiste.

Obito puso los ojos en blanco.

―Sasuke estaba haciendo el imbécil. Eso no cuenta.

―Sí que cuenta. ―Me volví a Estados Unidos durante varios meses. Desde luego que contaba, joder.

―Bueno, pero terminó por sacarse la cabeza del culo y te lo dijo. Al final, todos contentos.

Aquella era la única parte de esa conversación con la que no podía no estar de acuerdo.

―¿Qué vais a hacer hoy?

―Hemos quedado con un grupo de soldados griegos rebeldes. Para conseguir información sobre Bones, tenemos que ampliar el perímetro y meter a más gente en la operación. Sasuke y yo tenemos que abandonar temporalmente nuestros respectivos negocios para concentrarnos en esto.

Me sentí aliviada al escuchar aquello. A lo mejor cuando Bones estuviese muerto dejaría de tener aquellas pesadillas. A lo mejor podría superarlo y dejar el pasado en su sitio.

―Seguro que lo encontraremos.

―Sin duda. Cuando a mi hermano se le mete algo en la cabeza, siempre lo consigue; en especial si tiene que ver contigo. ―Obito se enderezó los gemelos y echó un vistazo a la parte superior de las escaleras buscando a su hermano―. Hoy vamos con retraso, ¿no?

―Es posible que nos hayamos distraído...

Sonrió y me dio un empujoncito en el costado.

―Dime que tienes una hermana, por favor.

―Pues no. Y si la tuviera, no le permitiría acercarse a ti.

Se rio y se hizo a un lado.

―Probablemente fuera lo mejor. Al menos te ha salido un hermano ―me dijo con un guiño.

Sasuke y yo nunca habíamos hablado de casarnos. La última vez que había salido a relucir el tema, él había dicho que era algo que quedaba descartado, y yo había dicho lo mismo. Me había confesado que me amaba y que quería que viviese con él. Pero yo sabía que aquél era el punto de mayor compromiso que alcanzaría nuestra relación. A lo mejor no era todo lo que yo quería, pero con lo que me había dado me conformaba.

―No creo que eso suceda nunca, pero ya me pareces mi hermano de todas maneras.

―¿Lo dices de verdad? ―preguntó arqueando una ceja―. Mi hermano está colado por ti, por si no te has dado cuenta.

―Y yo por él. Pero no es de los que se casan.

―Pues yo no estoy tan seguro... Dice muchas cosas.

―Creo que lo conozco un poco mejor que tú.

Sonrió de oreja a oreja, soltando una carcajada.

―Lo que tú digas, preciosa.

Sasuke bajó por fin las escaleras con un traje negro como la medianoche y una camisa de cuello blanco. Aquel día se había decidido por una corbata morado oscuro. Siempre escogía colores que acentuaban su exterior oscuro y destacaban su intensa mirada. Se ajustó los gemelos antes de llegar junto a nosotros.

―¿Preparado?

―Ni te lo imaginas. ―Obito se volvió y empezó a caminar hacia la puerta, dándonos algo de privacidad.

―Te veo cuando vuelva. ―Sasuke me pasó el brazo por la cintura y me dio un suave beso en los labios.

―De acuerdo. Voy a hacer macarrones con queso para cenar.

Elevó la comisura de los labios en una sonrisa.

―Me aseguraré de que Lars prepare algo más por si acaso.

Le di una palmada juguetona en el brazo.

―No pongas verdes a los macarrones con queso hasta que los hayas probado.

―¿Poner verdes? ―preguntó―. Más jerga que nunca entenderé.

Le di otra palmada.

―Deja de meterte conmigo.

Me pasó el brazo por la cintura y me atrajo contra su pecho. Su voz se volvió repentinamente seria.

―Me meteré contigo todo lo que quiera, porque eres mía y puedo hacerlo. ―Me dio un duro beso en la boca, casi magullándome los labios antes de apartarse abruptamente y marcharse. Sus hombros poderosos se movían mientras se dirigía hacia la puerta, donde le esperaba su hermano. Hasta su culo tenía buen aspecto con aquellos pantalones.

Sintiendo calor y escasez de aliento, empecé a contar los minutos hasta su vuelta.

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ESTABA JUNTO A LA COCINA, removiendo el contenido de la olla.

Sasuke estaba apoyado en la encimera detrás de mí, con los brazos cruzados delante del pecho.

―A lo mejor no tendría que haberle dado a Lars la noche libre...

―Cállate, anda. Está bueno.

―Ni siquiera estoy seguro de dónde lo has encontrado.

―Lars tiene sus métodos. ―Una vez derretidos el queso en polvo y la mantequilla, vertí el contenido de la olla en dos cuencos.

Sasuke le echó un vistazo, aún sin apetito.

―Cualquier cosa que lleve queso en polvo no puede ser comestible.

―Deja de portarte como un mamón pretencioso.

Los ojos se le estrecharon de inmediato.

―¿Qué me acabas de llamar?

―Me has oído. ―Dejé caer un tenedor en mi cuenco e hice lo mismo con el suyo―. Ahora, despeja tu mente y dale una oportunidad.

Echó un vistazo al cuenco sin tocarlo.

―¿Cómo estás así de buena comiendo mierda de esta?

―Joder, Sasuke. Pruébalo y ya está. ―Me acerqué el cuenco al pecho y empecé a comer―. Ñam... ―El delicioso sabor a queso era una maravilla. La comida gourmet italiana que me cocinaban todos los días estaba increíble, pero a veces, la comida basura era justo lo que necesitaba.

Él suspiró antes de coger el cuenco. Dubitativamente, cogió unos cuantos macarrones con el tenedor y se lo llevó a los labios. Dudó un instante, temiendo lo mal que sabría la comida, o lo poco que le gustaría admitir que tenía razón.

―Venga. ¿O te tengo que dar de comer?

―Te los podríamos untar por el cuerpo. Entonces seguro que me los comía.

Por apetecible que aquello sonara, no quería tener queso procesado pegajoso por todo el cuerpo.

―Cuanto antes lo hagas, antes terminarás. Lo que pasa es que te da miedo que al final te guste.

―Créeme, esta porquería no me va a gustar.

―Yo no sabía si la auténtica comida italiana me iba a gustar, pero, aun así, la probé.

Él puso los ojos en blanco.

―A todo el mundo le gusta la comida italiana. La pasta es la reina.

Señalé su cuenco con la cabeza.

―¿Y qué te crees que hay ahí dentro?

Me miró a los ojos sin pestañear.

–Una porquería.

Dejé el cuenco en la isla de la cocina que nos separaba y me puse las manos en las caderas. Mi pequeño monstruito salió a la superficie, enseñando colmillos y garras.

―Da un bocado.

―¿O si no, qué? ―Sus ojos se clavaron de inmediato en mi boca, volviéndose sus pensamientos siniestros de inmediato en cuanto subía la tensión.

―Nada bueno.

Intentó ocultar una sonrisa naciente y por fin dio un bocado. Se metió los macarrones en la boca y masticó lentamente antes de tragar con dramatismo. Con una expresión inescrutable, se tomó su tiempo antes de hablar.

―¿Y bien? ―Era imposible que no le encantaran.

Dejó el cuenco y me miró directamente a los ojos.

–Una porquería.

Dejé caer ferozmente los puños.

―Anda que no eres mentiroso. ―Lo perseguí alrededor de la isla de la cocina, azotándolo con un trapo―. Te ha gustado, y lo sabes.

Él echó a correr para evitar el mordisco del trapo. Mientras lo perseguía, se empezó a reír. Era una de las raras ocasiones en que le oía soltar una saludable carcajada desde el fondo de la garganta. Tenía una sonrisa contagiosa. Por un momento, vislumbré cómo debía de haber sido de niño. Estaba feliz y juguetón, y su alma relumbraba con una luz cálida y brillante.

―Botón, te adoro, pero no adoro tu cocina.

―Haré que te arrepientas de eso. ―Lo perseguí más allá de la encimera, entrando en la cocina. Enrollé el trapo y lo azoté en el culo. Llevaba unos vaqueros bastante ajustados y el paño hizo un fuerte ruido al golpear el tejido.

De repente, se dio la vuelta y me cogió por la nuca. Con la fuerza de un soldado, me hizo doblarme sobre la encimera y me levantó el vestido, todo de un solo movimiento. Me arrebató el trapo de las manos y me azotó con él el trasero desnudo.

Me tensé mientras el dolor bajaba por mis muslos y me subía por la espalda. El azote con la tela fue lo bastante fuerte para dejarme marca, pero el impacto de la colisión hizo que el sexo se me contrajera de deseo. No me había demostrado agresividad desde que me había vuelto a Estados Unidos, y echaba de menos aquella cara suya. Era satisfactoria y aterradora al mismo tiempo.

Sasuke apretó el pecho contra mi espalda y después me frotó el trasero con sus largos dedos. Lo escuchaba respirar contra mi oreja, cada jadeo evidenciaba su excitación.

―¿Te ha gustado eso?

No tardé ni un segundo en contestar.

―Sí.

Me dio la vuelta y me subió a la encimera. Me puso las piernas alrededor de su cintura y tiró de mi pecho hasta que nuestros rostros se tocaron. Sus manos subían y bajaban por todo mi cuerpo, tocándome por todas partes como si sólo él pudiera hacerlo. Pasaron por mis pechos sobre el sujetador y por fin se detuvieron en mi nuca. Rozó mis labios con los suyos, provocándome lentamente hasta que por fin me besó como yo lo deseaba.

Le pasé los brazos por el cuello, sintiendo su boca moverse contra la mía. Con una intensidad controlada, me besaba con lentitud. Sus labios rozaban los míos con expertos movimientos, succionándome el labio inferior dentro de su boca juguetonamente antes de soltarlo. Era un dios en todo, pero era el mismo Zeus a la hora de besar. Era capaz de conseguir que ardieras sin ni siquiera usar la lengua. Siempre se guardaba aquello para el momento álgido del contacto. Cuando gimió levemente en mi boca, me empapé al instante para él. Por último, me ofreció su lengua, frotándola contra la mía con maestría, haciendo que el corazón me revoloteara salvajemente en el pecho.

Inesperadamente, se apartó, alejando sus labios con sabor a queso. Con los ojos oscurecidos y profundos como una copa de su bebida favorita, me contempló sin pestañear. Observó mis labios, el extremo de mi boca y después mis ojos. Me tomó el rostro con ambas manos y se inclinó sobre mí.

―Te amo.

El pecho dio una sacudida ante la profunda inspiración que me abrasó por dentro. Cuando me dijo aquellas palabras por primera vez, las había atesorado como una bendición del cielo. No las había repetido después de aquella noche, ni cuando se iba a trabajar por la mañana ni antes de dormirse a mi lado. Había sido algo único, y yo deseaba tener la oportunidad de volver a escuchar aquella confesión. Afortunadamente, lo había hecho.

―Yo también te amo.

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CUANDO ME DESPERTÉ AQUELLA MAÑANA, era más tarde de lo habitual. El sol brillaba inusitadamente, traspasando cegador mis párpados y obligando a mi mente a aceptar el hecho de que había comenzado un nuevo día.

En cuanto abrí los ojos, me inundó el sol cálido y cegador. Los pájaros cantaban en los árboles fuera, cogiendo uvas de los viñedos y disfrutando de ellas en las ramas. El ruido no me inquietó hasta que me di cuenta de que no debería poder oírlo.

Alargué la mano buscando a Sasuke a mi lado y me di cuenta de que las sábanas estaban frías. Su voluminoso cuerpo no estaba allí para protegerme de mis enemigos y de mis pesadillas.

―¿Sasuke? ―Me incorporé y me subí las sábanas hasta el pecho, paseando la mirada por el dormitorio. No advertí nada fuera de lo normal. Su reloj y su teléfono no estaban, así que estuviese donde estuviese, se los había llevado.

Fue entonces cuando advertí que la ventana estaba abierta de par en par. Las contraventanas estaban abiertas hacia fuera y dejaban ver el cielo azul encima del horizonte. Yo solía dejar la ventana abierta en mi antiguo cuarto, pero no tenía esa costumbre en el de Sasuke. Debía de haberla dejado abierta él, sólo para mí.

Había algo pequeño sobre el alfeizar. Relucía a la luz de la habitación, reflejándola como un trozo de metal. Debajo había una hoja de papel. La imagen me recordó a la primera mañana que me había levantado en aquel nuevo lugar. Me había dejado una nota, ordenándome que no me escapara.

Salí de la cama y me puse el vestido que llevaba la noche anterior. Tenía el pelo revuelto por la manera en que me lo había agarrado entre los puños por la noche, y me pasé los mechones enredados rápidamente por detrás de las orejas para poder ver mejor. Me acerqué a la ventana para ver mejor los tesoros que me había dejado.

Sobre el alfeizar había un anillo. Hecho de oro reluciente, era delgado y elegante. En vez de llevar encima un diamante, tenía un botón dorado con una flor de cerezo en el interior. Estaba soldado firmemente en el anillo. Lo palpé con las yemas de los dedos, advirtiendo la calidez del metal por haber estado al sol toda la mañana. Posé los ojos sobre el pergamino amarillo que había debajo. Era una nota escrita por Sasuke.

«Cásate conmigo».

El corazón se me detuvo dentro del pecho al leer aquellas dos sencillas palabras. No era una pregunta, sino una exigencia, y pude escuchar la voz de Sasuke en mi cabeza al leer aquellas palabras maravillosas. Mis ojos se desplazaron de inmediato para abarcar la vista desde mi ventana, y en la pradera llena de flores estaba Sasuke. Con un traje negro y corbata a juego, me contemplaba con la intensa mirada que me dedicaba siempre. Me había estado observando todo aquel tiempo, viendo cómo descubría el anillo y la nota.

Sin darme cuenta de ello, empezaron a caerme las lágrimas.

Sasuke me sostuvo la mirada y después se arrodilló lentamente poniendo una rodilla en el suelo. Estaba arrodillado delante de mí, como ya había hecho en otra ocasión. Era el tipo de hombre que no cedía ante nadie, pero había cedido ante mí. Continuaba observándome, con la espalda perfectamente recta y los ojos exigentes.

―Oh, Dios mío... ―Me lo deslicé en el dedo y advertí que me quedaba a la perfección. Era lo bastante ajustado para no caerse, pero con bastante espacio para que fuera cómodo. El botón brillaba más intensamente de lo que podría brillar jamás un diamante.

Salí corriendo de la habitación todo lo rápido que pude, acelerando al bajar las escaleras mientras me agarraba a la barandilla. Pareció pasar una eternidad porque había un largo camino que recorrer. El corazón me iba a mil por hora y mis pulmones funcionaban al máximo de su capacidad. Llegué a la puerta trasera y la empujé para atravesarla y salir finalmente al patio. Corrí por el sendero y doblé la esquina para llegar a donde él estaba. El cabello me volaba a la espalda, y al ver la sonrisa en su cara, corrí aún más deprisa.

Salté a sus brazos y le pasé los míos por el cuello. Él me atrapó sin esfuerzo, manteniéndome contra su pecho con los fuertes brazos. Pegué mi frente a la suya, con los ojos aún llenos de lágrimas.

―Sí.

―¿Sí, qué?

―Me casaré contigo.

Cerró la mano alrededor de mi pelo y me miró intensamente.

–Nunca te lo he pedido, Botón.