No se molestó en saludar.
Le dio una patada a cada puerta por la que entró.
No se disculpó cuando pasó a llevar a otro miembro del Club Diógenes.
Gritó el nombre de su hermano y dio pasos fuertes, resonaron por todas las habitaciones.
No cerró la puerta cuando ingresó a la sala donde Mycroft leía el diario.
-Sería gentil que no hicieras ese tipo de entradas-dijo el político sin mirarlo y pasando una hoja.
Lestrade desapareció.
Solo bastaron esas palabras para congelarlo en su sitio. Se sintió tan vulnerable, como si le hubiesen quitado su juguete favorito y lo hubiesen empujado al barro. Le dolió, algo se quebró en su interior. Al parecer tenía un corazón.
-Nadie lo ha visto en semanas y tu te preocupas por esto-dijo Sherlock tomando una taza y dejándola caer contra el piso. Se hizo trizas provocando un ruido que molestó a todos los que en ese minuto estaban fuera de esas paredes, porque el detective consultor se había hecho notar.
-El inspector…-intentó decir el pelirrojo, pero se dio cuenta de que la última vez que habló con él fue cuando Eurus iba a Sherrinford, desde entonces no habían mensajes o llamadas por cualquier documento sin relevancia.
-Al parecer a alguien se le olvidó su amante-dijo dándole la espalda y buscando alguna señal.
-No llegamos ni a ser amigos-susurró al momento que apretaba los dientes y se ponía pie con disgusto. Tomó su teléfono y envió un mensaje a Anthea, el que fue respondido en menos tiempo del supuesto.
-No me digas que ella sabe que Lestrade desapareció ese día, que su teléfono está a bordo del helicóptero que ocuparon y que nadie en Scotland Yard lo ha buscado porque suponen que sigue en la misión secreta a la que lo habías enviado.
-Voy con Eurus, ella debe-intentó hablar Mycroft, pero no podía creer que Gregory desapareció y tampoco que Anthea estuviese bajo las órdenes de su hermana, porque era el único modo de que su asistente respondiera con tal rapidez, como si el mensaje siempre hubiese estado en su teléfono, aguardando por ser enviado.
Si quería encontrar a Lestrade, solo contaba con Sherlock y su fiel mascota, John Watson, quien en ese momento apareció cerrando todas las puertas tras de sí y apoyándose con su arma junto a la ventana, miraba a cada lado esperando ver a alguien venir. Al parecer los trataba de proteger.
-Se acerca un viento del este-susurró el rubio vigilando lo que ocurría afuera, mientras Sherlock indicaba un reloj junto a la pared, el pasadizo que Mycroft usualmente ocupaba cuando no quería que supieran su paradero.
-Después de ti, hermano-dijo Sherlock mostrando la abertura en la pared, sonrió con sarcasmo y luego giró a ver a John-sin riesgos, cuídate-susurró suave y se fue junto al mayor, para quien no pasó desapercibida la ansiedad y miedo en su hermano. El menor sentía algo por ese ex militar.
-Tu también-susurró el rubio dándole una mirada y viendo ondear el abrigo mientras desaparecía tras el reloj.
Solo pudo recordar lo sucedido hace unos días, cuando descansaban en la sala y tomaban el té sin hablar, pero mirándose atentamente.
-La señora Hudson salió-dijo Sherlock depositando la tasa en el pequeño platillo en su mesilla.
-No volverá en una media hora-murmuró John sorbiendo lo último de su té.
-Si quieres…-susurró el detective consultor con una sonrisa coqueta y haciendo un gesto hacia la parte central de la sala.
-Oh, sí-dijo demasiado emocionado, excitado. Esas sensaciones las causaba Sherlock desde el primer día que se vieron.
-Dame ese placer-dijo de forma galante y poniéndose de pie, dando dos pasos y ofreciendo su mano al rubio-me concede esta pieza, doctor Watson-susurró con suavidad y un brillo particular en su mirada.
El rubio solo tomó su mano y escuchó como la música salía desde el bolsillo del más alto.
-Estuve grabando durante algunas semanas-susurró ante la melodía del violín, su mano derecha sujetaba la cintura de Watson y la derecha una de sus manos, mientras el más bajo se apoyaba en su pecho y se dejaba guiar.
-Me gusta-murmuró levantando su rostro y encontrando su mirada con la del azabache.
-A mi también me gustas, John-dio por respuesta y se sonrojó al notar lo dicho.
Al instante sintieron un portazo. Sherlock empujó a John hasta el perchero junto a la puerta que daba a la escalera. El ex militar quedó dentro del abrigo más largo y contra el cuerpo del detective.
-Sherlock ¿John salió? pensé que estaría aquí-dijo la señora Hudson mostrando unos pastelillos en una bandeja.
-Fue al baño, ya regresa-dijo con una suave sonrisa y quitando pelusas imaginarias del abrigo que estaba colgado.
-Avísame, porque esto hay que comerlo de inmediato-dijo desapareciendo escaleras abajo.
-Le diré-murmuró suave y alejándose del perchero al mismo tiempo que apagaba la música que aún salía del teléfono.
No se atrevió a mirar a John y se encerró en su habitación, no sabría lidiar con la crítica de su compañero.
John salió de ese recuerdo cuando alguien lo golpeó en la cabeza, dejándolo inconsciente.
