Navidad
Yuzu planeó cada detalle para la Navidad de ese año y lo más admirable fue que lo hizo en un tiempo récord. Cómo en el pasado, armó su cita navideña con Mei contemplando cada hora del día para regresar al apartamento en punto de las nueve. Sí todo salía bien, podría tener el tiempo suficiente para hablar seriamente con su amada sobre sus recientes inquietudes antes de que su madre volviera a casa. Sin embargo, en un giro inesperado del destino, la misma Ume les comentó que no llegaría a casa para la Noche Buena. En su trabajo organizaron una repentina fiesta navideña en un onsen cercano a la ciudad, pero debido a los horarios del transporte se decidió que era mejor pasar la noche ahí. Yuzu y Mei estarían solas hasta el día siguiente.
El repentino anuncio de su madre terminó por alterar los nervios de Yuzu. Se hizo a la idea de que podrían celebrar la noche en familia; una cena diferente a lo habitual, quizá ver alguna de esas películas extranjeras sobre la época que se estrenaban por montones, jugar algo tradicional hasta altas horas de la madrugada y luego a dormir. Ella contaba con esa rutina para relajar el ambiente tras la charla que tenía planeada con Mei. Pero a la ausencia de su madre, los escenarios se diversificaron y los nervios comenzaron a jugarle en contra.
¿Y si una vez más estaba a punto de un momento intimo con Mei, pero entraba en pánico? En el pasado había razones personales para rechazar cualquier insinuación; ambas se estaban conociendo, una se encontraba confundida por las nuevas emociones que experimentaba, la otra debía poner en orden sus pensamientos y sentimientos a la vez que soportaba una enorme presión familiar. Sin embargo, esos días quedaron atrás; si bien aún eran jóvenes, ambas estaban seguras de lo que sentían y podían decir (Mei con más dificultad) que se amaban. Entonces, Yuzu no podía simplemente declarar sus intenciones de dar un paso más en su relación para arrepentirse al final.
Otra posibilidad era no acobardase y seguir adelante con lo suyo. Una larga sesión de besos, tal vez un baño juntas y de ahí aprovechar todo el tiempo que les brindaría la noche y parte del día siguiente. Sonaba como el escenario perfecto, aunque la mente de Yuzu trabajaba rápido y no tardó en encontrar el lado negativo. ¿Qué debía hacer en ese caso? Era una duda real a la cual buscó respuesta. En la mayoría de los manga que llegó a leer (con obvios fines informativos) no se mostraba nada con detalle. Si acaso el dibujo de dos chicas desnudas, una con su mano sobre la entrepierna de la otra y solo eso. ¿Cómo debía hacerlo entonces? Fuera de lo más comercial, encontró un par de obras más explicitas que tampoco terminaron por convencerle. Una incluso le hizo preguntarse si aquello era posible. En definitiva, no eran las fuentes más confiables de información.
Por último, estaba el escenario más negativo y a la vez el más realista al considerar la personalidad de Mei: una respuesta negativa. Si lo pensaba bien, era lo más probable. El que se negara diciéndole que no era algo necesario para ellas, o bien, que por el momento no le interesaba, aunque resultaría de lo más frustrante también era esperado. Sin importar sus deseos, respetaría la respuesta de Mei en caso de ser un no.
Estaba perdida en sus cavilaciones, explorando los posibles escenarios que le aguardaban esa noche a la vez que recordaba su itinerario cuando una imagen enternecedora se robó su atención. Siempre que visitaban alguna tienda, una parada obligada era el pasillo donde se encontraban los muñecos de peluche. Fueran pequeños o gigantes, estos siempre llamaban la atención de Mei, aunque no cualquiera despertaba esa necesidad de comprarlo. Con el paso del tiempo, Yuzu supo identificar cuando Mei en verdad quería algo sin la necesidad de que ella lo expresara con palabras. Todo el mundo sabía que las Aihara eran contrarias no solo en carácter, también en su físico; mientras que Yuzu era sumamente expresiva y poseedora de una belleza juvenil, Mei era reservada, apenas mostraba sus emociones mientras mantenía un aspecto más elegante y maduro. Sin embargo, en ocasiones esa fachada se derrumbaba por pequeños detalles como un oso de felpa. La expresión de Mei se relajaba y en sus ojos brillaba la inocencia de una niña pequeña. Esa era la señal que necesitaba Yuzu para saber que un muñeco había captado la atención de su novia.
—Es muy lindo la verdad —comentó Yuzu con una sonrisa. Mei llevaba unos segundos contemplando un osito de peluche vestido como Santa Claus—. Y viene vestido para la ocasión.
—Sí, pero también quiero este —tomó otro muñeco que llevaba un suéter verde y unos cuernos de reno sobre las orejas—. Debe tener un compañero…
Esa era una de las facetas de Mei que más gustaban a Yuzu. Podría ser una persona reservada, centrada en los estudios y educada para comportarse a la altura que requerían los eventos de etiqueta o reuniones importantes de trabajo, pero por momentos dejaba escapar una parte más tierna a la cual le fascinaban los animales tiernos, en especial los osos. Sin pensarlo más, Yuzu tomó ambos y corrió a la caja para pagarlos. Mei permaneció mirándola en silencio; cerró los ojos, sin motivo aparente sus mejillas se encendieron y respiró profundo. Desvió la mirada hacia el techo de la tienda, apretó los puños con decisión.
La visita al centro comercial, pese a la marea de gente que llenaba sus pasillos y cada tienda, transcurría sin ningún contratiempo. Juntas visitaron establecimientos de toda clase, aunque no tuviesen la intención de comprar algo ni sintieran una autentica curiosidad por los productos en venta. Así pasaron por tiendas de productos tecnológicos para el hogar y uso personal, donde Yuzu se mostró fascinada por pequeños proyectores de hologramas, aspiradoras automáticas y un despertador con la nada fastidiosa función de escapar por la habitación hasta que se desactivara. Mei, por el contrario, no dejaba de buscarles una función práctica; aunque eran artículos ingeniosos, no le parecían verdaderamente útiles.
Donde ambas pasaron gran parte del tiempo fue en las tiendas de ropa. Cómo se esperaba de Yuzu, tomó cuantas prendas pudo cargar en sus manos y no solo usó los vestidores por un largo rato, también Mei tuvo que probarse cuanto atuendo le encontró su querida novia. Daba igual si debían intentar con todo el inventario, no saldrían de ahí hasta encontrar algo que fuera lindo. Al final terminaron con un par de vestidos idénticos, pero cada uno de distinto color. A Yuzu le causaba ilusión que vistieran con ropas a juego, Mei no iba a negarse si aquello le alegraba. Poco después vino otra parada extensa en el centro comercial al detenerse en la librería. Como era obvio, la rubia se detuvo ante las novelas románticas, pero al no encontrar nada llamativo, pasó de inmediato a la sección de manga. Mei, por su parte, demoró lo suyo en recorrer por completo el lugar; comenzó revisando textos sobre educación, siguió a donde tenían la literatura clásica y luego a los libros sobre poesía. Mientras le esperaba, Yuzu recibió el primer recordatorio de su delirio; entre los tomos de Me enamoré de la villana, Bloom into you y YuruYuri, estaba el último publicado de Las hermanas Momoiro. Sus mejillas se sonrojaron al recordar el contenido de esas páginas, pero más vergonzoso era saber que consultó dicho manga para saber cómo tener una relación sexual con Mei. Incluso pensó en recrear cada viñeta.
Con el fin de reducir el estrés provocado a sí misma, Yuzu pensó que la mejor opción era comer algún dulce y ya que estaba junto a Mei, unas crepas que tanto le gustaban resultarían lo ideal. Aprovecharon una oferta especial para parejas que daba dos crepas por el precio de una, además de pedir la especial navideña. Si bien, no dejaba de ser una crepa de fresas con chocolate, era decorada por lindo malvavisco en forma de gorro navideño y la crema iba a dos colores: blanca y roja. A pesar del ambiente festivo, de los adornos propios de la época y las canciones navideñas interpretadas por los grupos de idols más populares, Yuzu no pudo dejar atrás los pensamientos libidinosos que el recuerdo de ese manga introdujo en su mente. Tampoco fue capaz de quitar la mirada de los labios de Mei ni por un instante, hasta que ella le sacó de su trance al acercar la mano a su rostro.
—¿Mei? ¿Qué…?
No acabó de formular su pregunta cuando sintió el fino roce en su mejilla. Mei le quitó un poco de crema que estaba en su mejilla. Lo contempló un momento, cómo si buscara comprobar lo que esa sustancia era, y en seguida se lo llevo a los labios. Dicha acción bastó para que el corazón de Yuzu latiera con un ritmo desmedido y su cuerpo temblara de la emoción. ¿Cómo podría relajarse si de la nada Mei hacia cosas así?
—Ten cuidado al comer —le regaño con una voz tan firme como cariñosa—. Tenías crema en la mejilla.
—Lo… lo tendré —balbuceó Yuzu. Era el peor momento y lugar para imaginar escenarios lascivos. Con mucha dificultad logró centrar sus pensamientos en algo que no fuera Mei—. Hablando de comer… ¿qué debería comprar para la cena? Ya que es una fecha especial, podría hacer unas hamburguesas o…
—Mejor compremos algo ya preparado — replicó Mei—. Es una fecha especial, no hace falta cocinar.
—Está bien, si así lo prefieres —contestó Yuzu de buena gana, aunque estaba sorprendida por tan repentina propuesta.
No tardaron mucho tiempo en decidir la cena de Navidad. O mejor dicho, Mei fue quien tomó la iniciativa una vez más y eligió el tradicional (al menos en Japón) pollo frito acompañado por un pastel. Yuzu estaba agradecida por no verse en la necesidad de cocinar y pasar directo a la charla que planeó para cerrar el día, pero no dejaba de extrañarse por la repentina decisión de Mei. Tal vez solo estaba cansándose y ansiaba comer temprano, no le culpaba para nada; tras un día entero fuera de casa y caminando todo el tiempo, era una reacción normal.
Pero las cosas no podían ser tan sencillas, el destino preparó una última broma para la atormentada Yuzu Aihara. En el último tramo que recorrieron del centro comercial, a pocos metros de la salida, se encontraron con una tienda de lencería. Usualmente dicho negocio no representaría una distracción para Yuzu, pero dado el momento, activó su imaginación. De todos los maniquíes, su atención la captó uno que modelaba un atuendo inspirado en el traje rojo de Santa Claus; un ceñido y diminuto abrigo que apenas cubría los pechos, guantes rojos largos hasta el codo, una faldita del mismo color cuya longitud no superaba la mitad de los muslos y unas medias blancas con rojos, a semejanza de los bastones de caramelo. Aun cuando lo vio por muy poco tiempo, fue suficiente para fijar cada detalle en su mente e imaginar a su modelo favorita con dicho atuendo. Aquello volvió el camino a casa de lo más tortuoso para la rubia y el hecho de que Mei se quedara dormida sobre su hombro durante el trayecto, solo volvía peor la situación. Durante todo ese tiempo, en su cabeza se formularon una variedad de escenas en las cuales ambas vestían ropas similares y recreaban los sucesos vistos en sus últimos sueños o los manga que leyó para su "investigación". Al menos, entre tanta tortura autoinfligida, su nariz no sangró como solía ocurrirle a Nene. Aquello sería un acto por demás vergonzoso y correría el riesgo de manchar a Mei.
Cuando por fin llegaron a casa, lo primero que hizo Yuzu fue correr al baño y mojarse la cara con agua fría. Bendito sea el maquillaje a prueba de agua. Tenía que controlar sus impulsos más bajos hasta un momento prudente, al menos hasta después de cenar y plantear ante Mei todas sus inquietudes. Ya faltaba menos para librarse de todo. Respiró profundo, una, dos, tres veces hasta reunir el valor necesario. Se acomodó el cabello y armada con una voluntad inquebrantable, marchó a la sala donde le esperaba Mei. De manera inesperada, en la sala únicamente se encontró con las compras recientes, la cena y Kumagoro, el oso de peluche gigante propiedad de Mei. De su amada de cabellos negros no había rastro alguno.
—¿Mei? —le llamó sorprendida por la ausencia—. ¡Mei! Vamos a cenar.
—Espera un momento —le respondió desde su habitación. Había un tono extraño en su voz. Después de un rato, volvió a llamarle—. Yuzu… ¿puedes venir?
—Ya voy —contestó Yuzu al instante.
Caminó por el pasillo hasta su habitación y abrió la puerta. Lo que vio le dejó sin palabras. Mei estaba sentada al borde de la cama, pero ya no tenía puesta la ropa con la que visitaron el centro comercial. Ahora usaba un escotado vestido rojo de una sola pieza, largo hasta los muslos y con un cinturón ajustado el cual acentuaba más la silueta de su cuerpo. A juego llevaba unos largos guantes blancos y unas pantimedias negras. Por supuesto, no faltaba un gorro navideño sobre su cabeza. Al ver que Yuzu no se movía, Mei se levantó y avanzó hasta ella. La rubia simplemente no podía creer lo que veía. Ambas permanecieron calladas unos instantes, algo apenadas y con sus corazones latiendo a un ritmo acelerado.
—Feliz Navidad… Yuzu —murmuró Mei. Su rostro estaba tan colorado como su atuendo.
Yuzu parpadeó un par de veces, se frotó los ojos y enseguida puso ambas manos sobre los hombros desnudos de Mei. Podía tocarla, era ella, ante sus ojos y su tacto, no una de sus muchas imaginaciones ni de sus sueños. En verdad estaba ocurriendo, el escenario que por tantos días solo era una fantasía se cumplió. Pero ¿cómo? Era una pregunta que en ese instante no importaba mucho.
—Mei… esto es… cielos —tartamudeaba al hablar. No estaba segura de que hacer, hasta que la pelinegra dio el siguiente paso y tal como hacía mucho tiempo, la besó.
—Yo… preparé esto —como pocas veces ocurría, Mei titubeaba al hablar y se notaba que cierta timidez en sus palabras—. No sabía si te gustaría.
—¿Gustarme? —al escuchar aquello, algo se encendió en Yuzu. Ya no tendría que esperar más, solo dejaría que las cosas se dieran por si solas—. Me gusta mucho… ¡No! Es más, me encanta… me… encanta.
Tomó a Mei de la cintura con firmeza, ahora fue ella quien le besó. Sin separarse un solo instante, ambas avanzaron hasta la cama y no saldrían de esta hasta mucho tiempo después.
¿Cuánto tiempo había pasado? Yuzu no estaba segura. Dejó su teléfono en la sala y no tenía la mínima intención de levantarse para buscarlo; quería disfrutar del momento todo el tiempo que fuese posible. Yacía en su cama acurrucada con Mei, ambas desnudas bajo las cobijas, con el cabello alborotado y algunas marcas de labios por todo el cuerpo. El atuendo de Santa Claus estaba en el piso junto a la blusa de Yuzu. Miraba el techo de su habitación con cierta admiración; no podía creer que al fin había ocurrido. Si bien, no fue perfecto, estaba feliz de por fin hacerlo con la mujer que amaba. Le acarició el cabello y en respuesta, Mei le dirigió una mirada.
—Feliz Navidad Mei —le susurró de manera tierna y con una sonrisa agregó—: Te amo.
—Tardaste mucho en decirlo —contestó Mei en un monótono reclamo. Se aferró a Yuzu—. Yo… también te amo.
—Sí que me diste una gran sorpresa —comentó la rubia con una pequeña risa—. No esperaba que hicieras algo así… y yo que pensaba en decirte que quería hacer esto.
—¿Tú querías hacerlo? ¿Desde hace cuánto?
—Este… un tiempo.
—Ya veo. Admito que también sentía mucha curiosidad desde hace tiempo.
Saberlo fue un golpe para Yuzu. La cantidad de tribulaciones que pudo evitar si tan solo hubiese compartido sus intenciones desde un principio. Esa noche aprendió que la comunicación es vital para la vida en pareja y que con esta se pueden evitar muchas molestias. La siguiente ocasión que quisiera proponer algo, no dudaría en hacerlo.
—Le dijiste de eso a Matsuri, ¿cierto? —preguntó Mei de pronto. Si hacia un momento su voz era suave, recuperó su firmeza en un segundo.
—¿A Matsuri? —balbuceó Yuzu. Su corazón de nuevo latió con fuerza, solo que en vez de excitación sentía terror—. Se me escapó una tarde que nos vimos…
—Ahora entiendo por qué me mando ese paquete.
—¿Un paquete? ¿Qué paquete?
—Hace unos días que saliste recibí un paquete de Matsuri. Ahí venía ese traje y una lista con sugerencias para esta noche…
—¡Ah! Esa niña… no puedo creer que hiciera esto —renegó, pero en el fondo estaba agradecida. Para Año Nuevo procuraría darle un digno regalo.
—También decía que era mejor si estábamos solas —agregó. Enredó en sus dedos unos mechones de cabello rubio—. Así que le sugerí a nuestra madre que organizara algo con sus compañeros del trabajo.
—¡Espera! ¿Lo de mamá no fue idea de su trabajo? —las sorpresas navideñas no paraban. Hasta ese momento, Yuzu vivió cosas por las que nunca pensó que pasaría—. ¿Tú planeaste todo esto?
—Sí. Nuestra madre fue muy comprensiva —se llevó una mano al mentón. Aun con la poca luz, su anillo alcanzaba a brillar—. Dijo algo cómo "oh, ya entiendo que quieren hacer".
—Oh Dios… estará insoportable cuando vuelva —rio Yuzu con cierta pena—. Ella de seguro se imaginaba que nosotras…
—Es posible. Supongo que mis intenciones fueron muy obvias.
Se hizo el silencio. Las luces de la ciudad entraban tenues a la habitación por debajo de su cortina. Se miraron un instante, como si trataran de hablarse solo con el pensamiento.
—Estaremos solas hasta mañana al mediodía, ¿verdad? —preguntó Yuzu.
—Aproximadamente —respondió Mei—. Tenemos mucho tiempo…
—Demasiado… —murmuró Yuzu. En su interior se reavivo la llama que hasta hace unos minutos ardía con calma.
Ambas acercaron sus labios para besarse de nuevo. Bajo las cobijas, sus manos comenzaron a recorrer sus cuerpos una vez más. La Noche Buena llegaba a su fin, pero a su feliz Navidad aun le quedaban muchas horas que estaban dispuestas a aprovechar.
Que noche, ¿verdad?
Hola a tod s! Un poco tarde pero esta historia tuvo su final, uno demasiado feliz para nuestras protagonistas. Hubiese terminado antes, pero ya saben como son estas fechas. Espero que tuvieran unas felices fiestas y las que un quedan. Llegué tarde para Navidad, pero no para Año Nuevo, así que… ¡Feliz año nuevo! Vamos por más historias.
En cuanto al fic… sé que habrá quienes esperaban algo más explícito. En un primer momento sí que pensé en volverlo algo así, pero no tuve el valor. Son escenas que siempre he querido narrar pero a la vez no. Además, siempre he pensado que son innecesarias. Al menos en varios casos.
Por otra parte, ¿cuál creen que sería un buen regalo para Matsuri? Yo tengo una idea… incluye a cierta chica cuyo nombre empieza con H y termina con arumi Taniguchi. Ella si envuelta en cinta.
Solo me queda decir gracias por leer esta pequeña historia. Espero que la disfrutaran.
¡Nos leemos luego!
