2. Bailando
Dos noches después, Sakura estaba sirviendo copas en un bareto, junto a su amigo Genma.
El Mono Rojo era un local que solo abría el segundo y el último viernes de cada mes. Allí se daban unas fiestas multitudinarias, en las que la gente bebía, se descocaba, bailaba y se divertía hasta bien entrada la mañana.
Aquella noche el local estaba abarrotado, como siempre, y todos bailaban como descosidos. Genma acababa de servirles unos cócteles a un grupo de chicos y al ver que uno de ellos lo miraba más de la cuenta, se volvió hacia su amiga y cuchicheó:
—¿Me sigue mirando el rubio de ojos grises y camiseta a rayas?
Sakura echó un vistazo y respondió:
—Te está desnudando con la mirada.
Con un dramatismo digno de la grandiosa Bette Davis, Genma se volvió para observarlo. El joven lo llamó y él se acercó. Segundos después, el cliente se marchó y Genma fue hacia su amiga enseñándole un papel que llevaba en la mano.
—Su teléfono. ¡Menudo descarado el tío! Eso sí, yo le he dicho lo que nuestra reina de las telenovelas suele decir cuando se enfada: «Para mí eres como el treinta de febrero. ¡No existes!».
Ambos rieron y Genma, rompiendo el papel del teléfono, añadió:
—¡Yo no engaño a mi marido por nadie del mundo!
—¿Ni por Hugh Jackman? —rio ella.
—Por ese adonis, tenemos permiso los dos.
Sakura soltó una carcajada y él, mirándola, dijo:
—Menudas piernas te hace esta falda.
Ella se las miró. Sabía que aquella falda le sentaba bien y contestó encantada:
—Cuando quieras la falda, ¡toda tuya!
—¡Perra!
Todavía sonriendo, Sakura se caló la gorra y se recogió el pelo. Se sentía cómoda sin su almibarado uniforme. Poder ir a trabajar vestida como quería era un lujazo que se daba cada vez que le tocaba ir a aquel local. Y esa noche había decidido lucir piernas. ¿Por qué no? Con su minifalda, su chaleco de cuero negro y sus botas, estaba sexy y divertida.
Mientras servían las copas, Genma y ella movían las caderas al son de la música que sonaba y de pronto, divertidos, se miraron y comenzaron a cantar Yo te enseñé, una canción de un grupo cubano llamado Gente de Zona.
Mami yo te enseñé cómo se ama
pero me dejaste solo,
sufriendo en mi cama.
Entre risas, bailaron un rato detrás de la barra. Lo bueno de aquel tipo de fiestas era que estaba permitido bailar, y ellos lo hicieron sin importarles quiénes los observaran.
—Ay, cachorra, esta canción me recuerda a mi cubano particular. ¡Cómo baila el jodío!
Entre risas, acabaron la canción y cuando otra comenzó, siguieron trabajando. La gente quería divertirse y ellos estaban allí para servir copas y facilitarles la vida a quienes se las pidieran.
—Camarera... —gritó un hombre.
Cuando Sakura lo miró, él le pidió cuatro Jack Daniel's.
Ella empezó a prepararlos y entonces oyó que añadía:
—Cincuenta dólares si te desabrochas un botón del chaleco.
Sakura miró al individuo, pero, sin ganas de jaleo, sonrió con cara de «¡Eres idiota!» y no dijo nada. En ese momento, otras personas llegaron junto al tipo, que rápidamente la olvidó.
Una vez hubo terminado de preparar las bebidas, Sakura las llevó y continuó con otros clientes.
A las doce de la noche, las luces de local se apagaron totalmente, como siempre, y la gente gritó encantada. Cuando se encendieron las luces azules de las distintas barras del local, camareros y camareras estaban subidos en ellas y, al sonar la canción Bailando, de Enrique Iglesias, Descemer Bueno y Gente de Zona, comenzaron a moverse con sensualidad.
Los asistentes se pusieron a aplaudir mientras ellos seguían bailando y, desde lo alto de la barra, con unas botellas de tequila, servían chorritos en la boca de todo el que quisiera.
Yo quiero estar contigo, estar contigo,
vivir contigo,
bailar contigo,
tener contigo
una noche loca, una noche loca.
Ay, besar tu boca, y besar tu boca.
La gente coreaba la canción. Mientras Sakura servía divertida y contoneándose a todo el que se lo pedía, notó una mano en la pantorrilla. Al mirar, vio que era el pesadito de los Jack Daniel's.
Con habilidad, se movió por la barra y consiguió alejar aquella mano de su pierna. Después, con mala leche, se la pisó. Vio el gesto de dolor del hombre y sonrió mientras pensaba «Eso por listo». Cuando la canción se acabó, camareros y camareras se bajaron de las barras, las luces del local se volvieron a encender y el público aplaudió encantado. Aquel ritual que llevaban a cabo cada quince días gustaba mucho y todos esperaban que dieran las doce de la noche para tomar unos traguitos de tequila gratis.
Poco después, Naruto, el jefe de seguridad, entró en la barra y cogió una botellita de agua fresca. Luego se puso al lado de Sakura.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
Naruto bebió un trago de agua y asintió divertido.
—Muy bueno el pisotón que le has dado al pesado de turno, cara bonita.
—Eso por ponerme la mano encima —contestó Sakuta son riendo.
Con una sonrisa espectacular, Naruto le rozó la mejilla y dijo:
—Si vuelve a pasarse contigo, solo tienes que decírmelo, ¿vale?
Ella asintió y él, al ver que sonreía, la cogió en brazos y preguntó:
—¿Me dejarás invitarte a una copa esta noche?
Sakura se rio al oír la proposición y se le cayó la gorra.
—Sabes que no —respondió, aún riéndose— y ahora, suéltame, que tengo que trabajar.
Naruto la dejó en el suelo, le dio un beso rápido en la boca y murmuró:
—No voy a cesar en mi empeño hasta que lo consiga.
Sakura lo miró sonriente. Si había un hombre que la perseguía con galantería, ese era él.
—Paso, Naruto —dijo—. En especial porque tú nunca repites.
Él sonrió también. Eso era cierto, nunca repetía con la misma chica.
—Anda, vete a trabajar y déjame trabajar a mí —añadió Sakura, dándole un cariñoso empujón.
—De acuerdo, pero piensa en lo que te he dicho, cara bonita. Contigo quizá repita.
Cuando Naruto se alejó de la barra y fue a poner orden en un rincón del local, la voz del idiota que le había pedido que se desabrochara el chaleco y al que ella había pisado, dijo:
—Guapita del pelo de coloressssssssssssss.
Sakura se acercó y él, cogiéndola de la mano, preguntó:
—¿Qué tal si me das un besito, como a tu amigo?
Lo contempló molesta. Por suerte, en aquella fiesta no debían ser tan cautos ni tan correctos como en las otras en las que trabajaba, así que lo miró fijamente y siseó, deseosa de clavarle el tacón de la bota, esta vez en la entrepierna:
—¿Qué tal si me sueltas la mano, amigo?
Él no lo hizo y murmuró:
—Tú no sabes quién soy yo, ¿verdad?
Ella estaba a punto de contestarle que un borracho, pero entonces oyó una voz que decía:
—Rick, haz el favor de dejar de molestar a la señorita.
Sakura apartó la mano rápidamente al sentirse liberada y, mirando al hombre que había hablado, dijo con una sonrisa:
—Creo que tu amigo ha bebido de más.
—Sí. Yo también lo creo —respondió él.
—Pues contrólalo, o al final los de seguridad tendrán que echarlo de la fiesta.
—Lo haré —afirmó el otro sonriendo a su vez.
Y cuando ella se dio la vuelta y comenzó a servir a otros clientes, Itachi se preguntó incrédulo «¿No me ha reconocido?».
Itachi Uchiha, uno de los hombres más deseados de Los Ángeles, que estaba allí con el idiota del divo del blues, Rick, y unas amigas, se había percatado de que aquella chica había pisado la mano de Rick durante su baile sobre la barra y eso lo había hecho reír. Se lo merecía.
Pero al encender las luces y ver aquel pelo de colores, rápidamente la reconoció. Era la camarera que noches antes le había mojado el pantalón.
¿También trabajaba allí?
Durante un buen rato la observó a la espera de que ella se percatara de quién era él y de que acabara recordando dónde lo había visto, pero la chica no lo hizo. Siguió a lo suyo y, en cierto modo, esa indiferencia a él le escoció.
No era muy alta ni despampanante, pero se movía con gracia y poseía una sonrisa preciosa que llamaba la atención. Durante más de veinte minutos, Itachi estuvo junto a la barra, contemplándola como un tonto a la espera de que lo reconociera, pero cuando vio que se había olvidado completamente de él, la llamó.
—Señorita.
Sakura, que bailoteaba con Genma, dejó de hacerlo, se acercó al hombre que la había llamado y, mirándolo, preguntó:
—¿Qué quieres tomar?
Itachi le sonrió, pensando que la chica no debía de haber olvidado ni su sonrisa ni sus ojos; sin embargo, al ver que ella seguía igual, preguntó:
—¿No te acuerdas de mí?
Sakura parpadeó. ¿Otro pesadito? Y, tras observarlo, respondió con mofa:
—Pues va a ser que no.
Sintiéndose ridículo, Itachi se apoyó en la barra e insistió:
—Nos vimos hace unas noches y me dijiste algo así como «¡Sígueme la corriente!».
Sakura volvió a parpadear. Pero ¿de qué estaba hablando aquel tipo? Negó con la cabeza y respondió:
—Lo siento, pero no te recuerdo.
En ese instante, comenzó la canción de Michael Jackson y Justin Timberlake, Love Never Felt So Good, y Sakura levantó los brazos, gritó y empezó a bailar, pasando de él.
Itachi, a cada instante más incrédulo por la poca atención que le prestaba, aprovechó para explicarle en cuanto ella lo miró:
—Hace unas noches, en una gala musical en el auditorio, se te cayó la bandeja con las bebidas y me mojaste el pantalón...
Al recordarlo, Sakura, dejó de bailar.
—¿Eras tú? —preguntó.
Itachi asintió. Por fin lo recordaba, pero, para su desesperación, ella se puso a bailar de nuevo.
—Me alegra saberlo. —Y tras mirar a otros tipos que la llamaban, con una preciosa sonrisa les pidió que aguardaran un instante—. ¿Te pongo algo de beber o no? —le dijo a él.
—Un Jack Daniel's —respondió molesto.
Sakura se lo preparó rápidamente mientras recordaba quién era él. El tipo que le había salvado el culo ante su jefe y que tenía aquel coche precioso. Lo miró con disimulo y sonrió. ¿Cómo había podido olvidar unos ojazos tan bonitos? Pero no estaba dispuesta a dejarse impresionar por alguien que no le convenía, así que le puso delante la bebida y, antes de que sacara dinero de la cartera, dijo:
—Estás invitado por el detalle que tuviste esa noche conmigo. —Itachi la miró y ella añadió con guasa—: Pero bebe rapidito, que a tu amiguito lo están sacando del local.
Itachi dirigió la mirada hacia donde la chica señalaba con el dedo y maldijo al ver que echaban a Rick del bar. Cuando la volvió a mirar, Sakura le guiñó un ojo y, sin prestarle más atención, se dio la vuelta para atender a otros clientes.
Él se la quedó mirando sorprendido. Qué manera de pasar de él.
Dudó si quedarse para hablar más con ella o marcharse. Pero al pensar en Rick y en lo importante que era este para la discográfica, dio un trago a su bebida y se encaminó hacia el exterior del local. ¡Maldito Rick!
