4. Inolvidable
Veinte minutos después, cuando Sakura llegó a su casa, acelerada, tiró el bolso a un lado, se arrodilló ante su pequeña y preguntó:
—¿Estás bien, cariño?
—Sí, mamita. Tranquila.
Al escuchar su voz, Sakura se tranquilizó. Ayamé la llamaba de una forma u otra, dependiendo de cómo se encontrara. «Mami», si estaba muy asustada, «mamita» si estaba bien y «mamá» cuando estaba enfadada.
La joven miró a Genma agradecida y este sonrió. Cada vez que Ayamé decía que le dolía el pecho, se asustaban.
—Mi paciente preferida evoluciona favorablemente —dijo él, tocándole la cabeza con cariño.
Sakura se calmó un poco, momento en que su perro, Luis Alfonso, aprovechó para lamerle la mano. Agotada, se sentó en el suelo mientras cerraba los ojos y agradecía que aquello no hubiera ido a peor. Con Ayamé nunca se sabía y un nuevo ingreso en el hospital sería terrible para todos.
Sakura era la segunda de tres hermanos y la que llevaba el peso de su particular familia.
En su infancia y juventud, vivía con su familia en España, concretamente en Valencia. Su padre, Kizashi Haruno, era un famoso piloto de rallies conocido a nivel internacional, que adoraba a su familia, especialmente a Sakura, a la que cariñosamente llamaba Pelirrosa por su color de pelo. A ella lo que más le gustaba era acompañarlo en las carreras. El mundillo del automóvil le encantaba y pronto demostró que era su digna sucesora.
Cuando cumplió dieciocho años, su padre le regaló el tatuaje que llevaba en el hombro. El mismo que llevaba él: un infinito. Un ocho tumbado, hecho con la frase «Hasta el infinito y más allá».
Eso le provocó un disgusto a su madre, quien se enfadó aún más el día que se enteró de que Sakura había participado en una carrera. La discusión entre sus padres fue tremenda. Su madre no quería aquella vida de hombres para su hija. Sin embargo, Sakura, con la ayuda de su padre, empezó a competir en categorías inferiores, acabando victoriosa en muchas de ellas y convirtiéndose aún más en el orgullo de papá.
Pero, para su desgracia, su padre murió en un trágico accidente en un rally, y todo lo que hasta el momento había vivido con él, se desmoronó. Los patrocinadores no querían apostar por ella y poco a poco el mundillo del motor le fue dando la espalda.
Tras el trágico suceso, su madre cambió. Se volvió una mujer fría, distante. Conoció a un hombre y, sin que Sakura pudiera hacer nada, se los llevó a todos a México.
De esa unión nació Ayamé. Sin embargo, un mes después, el padre de esta los abandonó, llevándose todos los ahorros que tenían y dejándolos en la pobreza, tirados en aquel país. Sakura insistió en regresar a España, pero su madre se negó. No quería que su familia se enterara de las condiciones en las que estaban y su desesperación la llevó a sumergirse en el alcohol.
Su madre desaparecía cada vez más a menudo y, ante la ausencia de esta durante días y luego meses, Sakura, con solo veinte años, se vio a cargo de un bebé y de un hermano adolescente conflictivo.
En esa época, trabajó en lo que pudo para sacar adelante a sus hermanos. Limpiaba casas durante el día y por las noches servía copas en bares de dudosa reputación. No le quedaba otra. Tenía que dar de comer a Ayamé y a Lee mientras su madre no estaba.
Una madrugada, cuando regresaba de trabajar, se encontró en su casa a la policía. Su hermano había organizado una timba de póquer y había muerto tras una pelea. Horrorizada, Sakura se desmoronó. ¿Qué más le podía pasar? En el instante en que una policía le puso a Ayamé en los brazos, supo que debería seguir viviendo y luchando, o los servicios sociales le quitarían a lo único que tenía. A su pequeña.
El dinero escaseaba y, con tan solo veintiún años, Sakura fue desalojada de la casa en que vivía y se vio en la calle con una niña de apenas un año, que cada dos por tres estaba en el hospital por problemas cardiacos.
Durante un tiempo, gracias a la bondad de algunos vecinos mexicanos, sobrevivió en sus casas. Ellos cuidaban a Ayamé mientras ella trabajaba incansablemente. Su pelo rosado atraía a los clientes del bar y, aunque ella se negaba a hacer otra cosa que no fuera servir copas, las ofertas sexuales le caían del cielo todos los días.
Una noche conoció a un joven español de su edad. La llamó «pelirrosa», como había hecho su padre, y Sakura se enamoró de él. Se llamaba Nagato. Era un vividor guapo y peligroso de dudosa reputación y ella, deseosa de impresionarlo, olvidándose de la prudencia que siempre la había caracterizado, le hizo saber que sabía conducir coches de una manera excepcional.
Sakura necesitaba que alguien le diera algo de cariño y Nagato, a su manera, se lo dio y se la llevó a vivir con él. Al principio todo fue bien. Se divertían juntos y, cuando practicaban sexo, como a Nagato le gustaba hacerse fotos, ella lo consintió. Era divertido verlas luego juntos.
Con el tiempo, él decidió inscribirla en varias carreras ilegales y Sakura aceptó. Debía hacerlo. Cuando Ayamé se ponía enferma, y era muy a menudo, era él quien pagaba las facturas del hospital, y debía agradecérselo.
Al ver en ella un filón para conseguir dinero fácil, Nagato pronto la hizo correr en las condiciones más extremas, sin pensar en su seguridad. En varias ocasiones, Sakura se negó, pero al final, mediante el chantaje de no pagar el hospital de su hermana, él conseguía que compitiera.
De pronto, se vio atrapada en una vida que nunca había deseado, con un hombre que vivía al margen de la ley y al que ya no amaba, y supo que tenía que alejarse de él o terminaría entre rejas y sin su pequeña. El problema era cómo hacerlo.
En aquella época, su madre apareció dos veces. La primera, Sakura le abrió las puertas de su casa, aunque a Nagato no le gustó. Pero era su madre y la quería a pesar de todo. Tres días después, tras organizar una terrible pelea estando borracha, la mujer se marchó.
Seis meses más tarde reapareció y Sakura le volvió a dar otra oportunidad, a pesar de la negativa de Nagato. En esta ocasión fue peor. Les robó y, para huir, se llevó el coche con el que Sakura competía. Se estrelló y murió en el acto.
El dolor por la muerte de su madre removió a Sakura por dentro. Su padre, su madre y su hermano, los que un día fueron su familia, la habían dejado. Se habían ido para siempre y la rabia le pudo. Durante varios meses participó como una descerebrada en diferentes carreras ilegales, donde a veces terminaba siendo perseguida por la policía, pero gracias a su loca conducción y a los trucos que en su día le había enseñado su padre, nunca la cogieron.
Dejó de importarle todo, excepto su hermana Ayamé, hasta que una tarde, al abrir un cajón de ropa, encontró una pistola. Se asustó. Sabía que Nagato no era un buen chico, pero ver aquello la espantó.
Fue a buscarlo, dispuesta a pedirle explicaciones, y lo descubrió enseñándoles sus fotos más íntimas a unos amigos. Oyó sus comentarios soeces y las cosas relacionadas con ella que les prometía si seguían con él.
Eso definitivamente marcó un antes y un después en su vida y le abrió de nuevo los ojos.
Su familia había muerto, la habían dejado sola y ante eso nada podía hacer. Pero no iba a permitir que aquel hombre arruinase su vida y la de Ayamé y, sobre todo, que le arrebatase la poca dignidad que le quedaba como mujer. De modo que, sin pensarlo dos veces, un par de días después, cuando él no estaba, cogió mil dólares del dinero que ella ganaba con las carreras y todas las fotos que encontró y, con una pequeña mochila y su hermana en brazos, se marchó.
Fue a la estación de autobuses de Chihuahua, que era donde vivía, y cogió un autobús hasta Nuevo León. De allí, otro hacia Guanajuato. Asustada porque Nagato pudiera encontrarla, se escondió con la pequeña hasta la salida del siguiente autobús. Con toda seguridad, él le seguiría la pista, por lo que tenía que hacerle creer que iba a Guatemala. Una vez en Veracruz, pagó los billetes de un autobús con dirección a Chiapas, pero en vez de subir, salió a la carretera y echó a andar en dirección contraria.
Anduvo durante horas y, al caer la noche, agotada por llevar a la niña en brazos, se sentó en el lateral de una carretera y quemó las fotos. Las miró por última vez y lloró. No por lo que se veía en ellas, sino por cómo había perdido la cabeza por aquel mal hombre que la estaba convirtiendo en una desgraciada.
Se quedó dormida y se despertó sobresaltada cuando un coche paró cerca de ella.
Asustada, echó a correr pensando que había sido descubierta por el individuo al que odiaba, hasta que unos brazos la pararon y, al volverse, se encontró con la mirada preocupada de un hombre con gafas. Segundos después, se le unió una mujer y entre los dos la convencieron para que subiera a su coche.
Se presentaron como George y Linda y, cuando la oyeron hablar, en especial con su precario inglés, se dieron cuenta de que no era mexicana, ni siquiera sudamericana y, tras parar en un bar de carretera, Sakura les contó entre sollozos cómo había llegado hasta allí.
Conmovidos por su historia, la pareja, que regresaban de vacaciones, decidieron ayudarla y, después de que él hiciera unas llamadas para que la dejaran cruzar la frontera junto con su hermana, llegaron a Nevada.
Una vez allí, Sakura supo que George trabajaba en los juzgados como juez de inmigración. Eso la asustó, pues a pesar de haber cruzado la frontera, no tenía papeles para vivir en Estados Unidos. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a pasar con su hermana?
Pensó en escapar de nuevo, pero una noche encontró a Linda llorando y ésta le contó que George tenía cáncer. Al saberlo, fue incapaz de marcharse y simplemente se quedó a su lado, abrazándola y consolándola.
Pocos días después, Sakura descubrió que estaba embarazada y se quedó tan bloqueada por la noticia que no dijo nada. No quería pensar en ello.
George investigó su caso y vio que todo lo que contaba en referencia a su familia y a cómo había llegado a México era verdad, y una noche le entregó una tarjeta de residencia. Como juez de inmigración decidió que se podía quedar legalmente en Estados Unidos. Sakura lloró aliviada.
Una semana después, a pesar de que George y Linda les habían ofrecido asilo en su hogar, Sakura decidió que debía comenzar una nueva vida. Su hermana se la merecía. Y, tras despedirse de ellos y prometerles que los llamaría, cogió un autobús y se marchó a Los Ángeles. Siempre había querido vivir allí.
Cuando llegó, lo primero que hizo fue buscar un lugar donde residir y un trabajo. Pero su embarazo proseguía y cuando este se comenzó a notar, tuvo que suplicar en el restaurante donde trabajaba que no la echaran y la dejaran permanecer en las cocinas, aunque fuera fregando platos. Por suerte, su jefe, un buen hombre, se apiadó de ella. Veía que era una buena chica y aún a riesgo de que todo saliera mal, le permitió continuar.
En ese restaurante conoció a Genma, un español, y a Iruka, un cubano de origen neoyorquino. Sus ángeles de la guarda y las personas, junto con George y Linda, a las que se lo debía todo. Absolutamente todo.
Iruka y Genma eran una pareja gay que, al comprobar su precaria situación, con una niña pequeña a su cargo y embarazada, le echaron una mano en todo lo que pudieron. Le buscaron una casa mejor al lado de la de ellos e incluso la ayudaban a pagar las cuentas del hospital siempre que Ayamé lo necesitaba.
Cuando, tras una de las ecografías, el médico le dijo que venían dos bebés y no uno, Sakura se quiso morir.
¿Por qué la vida se lo ponía tan difícil?
¿Dos bebés?
¡¿Dos?!
Aquello era para volverse loca.
Pero de nuevo, sus ángeles de la guarda, Genma e Iruka, le hicieron ver que la vida era bonita a pesar de las trabas que a veces uno se encontraba. Y el día de Navidad, tras una cesárea de urgencia, llegaron al mundo Kai y Kairi. Dos pequeños bebés que al nacer pesaron poco más de dos kilos cien, pero que estaban sanos.
George y Linda acudieron a verla. Le pidieron a Sakura que regresara a Nevada, donde ellos la podían ayudar y proteger, y allí tendría un mayor bienestar. Pero ella, tras pensarlo, se negó. No quería volver a depender de nadie como había hecho en el pasado con su familia y Nagato.
—Mamiiiiiiiiiiiiiii.
Ese grito la hizo salir de su ensoñación. Iruka había llegado con sus pequeños Kai y Kairi. Dos pelirrojos tan iguales que solo se los diferenciaba porque Kai tenía un remolino en un lateral de la cabeza y Kairi no.
Sakura los abrazó sonriente y los besó a los dos, mientras el perro, Luis Alfonso, también los saludaba.
—¿Os habéis portado bien en el parque y en casa de los tíos? —preguntó Sakura, quitándole a Kai su inseparable pelota roja de las manos. Al ver sus miradas cómplices, añadió—: Oh... oh... ¿qué ha ocurrido?
Iruka, divertido al ver las caras de los dos pequeños, se sentó frente a ella y dijo:
—Tranquila, mi amol. En el parque solo se han pegado con media humanidad y en casa solo tendremos que volver a pintar la pared del salón. El grafitero ha atacado de nuevo, dejándonos su bonita obra.
—¡No jorobes! —cuchicheó Genma.
Iruka asintió y Sakura, mirando a sus hijos, dijo:
—Kai, Kairi, ¿cuántas veces os he dicho que no hay que pegarse con los otros niños?
—Los críos no respondieron y ella, mirando a uno de sus pelirrojos, preguntó—: Kai, ¿has vuelto a pintarles la pared?
El pequeño se encogió de hombros sin contestar, mirando su cochecito.
—También he sacado un trozo de pan de la ranura del DVD del salón —añadió Iruka—, pero ¡que no cunda el pánico, porque funciona! Ah... y por último, ¡nos han traído la tele nueva!
—¡Qué bien! —Aplaudió Genma encantado.
—Es gandeeeeeeeeeeee —explicó Kai con su media lengua.
Iruka y Genma habían ahorrado durante cerca de un año para comprarse aquel maravilloso televisor plano de cincuenta pulgadas. Eran unos locos de las películas y lo que más les gustaba era prepararse unas palomitas, coger unas cervecitas y tirarse en el salón a verlas los días que ambos no trabajaban. Los niños comentaban a su manera lo impresionados que estaban con el nuevo televisor, cuando Iruka, con gesto cómico, dijo:
—Por cierto, no encuentro las llaves de casa; ¿alguien las tiene?
—¡Kairi! —exclamó Sakura, mirando a su pequeño, que rápidamente sonrió.
—Peroooooooooooooo —continuó Iruka, al ver el gesto de preocupación de ella—, cuando he visto que mi actriz preferida de telenovela está mejor, se me ha pasado el enfado del todo.
—Estoy bien, güey —contestó Ayamé, mientras Sakura cogía las llaves que Kairi se había sacado del interior de los calzoncillos.
Sus hijos eran encantadores, pero tremendos. Kai era ver una pared reluciente y dejarla hecha un cristo, mientras que si Kairi tropezaba con algún aparato con ranuras, les metía dentro lo que fuera, además de guardarse todo lo que pillaba en los calzoncillos.
—Iru, mis hermanos son unos tontorrones —dijo Ayamé—. Pero si nos pones el Disney Channel, te prometo que los tres seremos requetebuenos.
Los tres adultos sonrieron ante la picardía de la pequeña y, poco después, Ayamé, Kai y Kairi veían la tele embelesados.
Sakura se sentó junto a sus amigos en la cocina y dijo:
—Esta vez os pagaré la pintura. Ya es la séptima vez que Kai os destroza la pared.
—Ni hablar —contestó Genma y, haciendo reír a Iruka, añadió—: Y mirándolo por el lado positivo, eso nos hace cambiar de color cada poco tiempo. Tú tranquila.
—Pero...
—Mi marido te ha dicho que tranquila —insistió Iruka—, así que tranquila. Eso sí, ¡al niño le tendríamos que haber puesto de nombre Miguel Ángel! Como siga así, cualquier día nos dibuja la Capilla Sixtina en un rincón y nos evitamos tener que ir a Italia a verla. Pero a Kiari, o le quitamos esa manía de guardárselo todo en los calzoncillos o al final nos lo meterán en chirona.
Sakura suspiró, sonriendo, y luego preguntó:
—¿Ha llamado el Cangrejo?
Genma asintió y entregándole una nota, dijo:
—Sí. Esta noche no trabajas, y o sí. Pero mañana tienes catering de cinco a diez en una fiesta de niños en Bel Air en la que la clienta solo quiere camareras. Esta es la dirección.
—Vale —contestó ella, cogiendo el papel.
—Y luego, por la noche, de doce a tres de la madrugada, trabajamos los dos en otro evento en Sunset Boulevard.
Sakura asintió. Luego miró su móvil, al que había llegado un mensaje.
—Es Patricia —dijo.
La llamó por teléfono y habló con ella brevemente.
—Se le ha caído una chica y me necesita de siete y media a once y media en su negocio de citas exprés —explicó, ante la atenta mirada de sus amigos.
—Pero ¿no te tocaba la semana que viene?
—Sí. Pero tiene una urgencia y además así me gano un dinerillo extra.
Cada quince días acudía a ese tipo de eventos. Soportar a varios desconocidos seguidos en turnos de siete minutos a veces era un rollo, pero cuando el desánimo se apoderaba de ella, le daba la vuelta al asunto y lo convertía en algo divertido.
Por regla general, los hombres le sonreían cuando la veían. No era fea y sabía que, aunque no tenía un cuerpazo, era resultona. Pero en cuanto se sentaba con ellos y desplegaba sus artes dramáticas, contándoles que era una exconvicta, madre de tres hijos y exalcohólica, absolutamente todos decidían no repetir cita y ella sonreía al ver que había conseguido su objetivo.
—Vamos a ver, Sakura —dijo Genma—, ¿por qué no descansas hoy?
—Porque ese dinero me viene bien. Ya sabes que para mí, con tres niños a los que cuidar, alimentar, vestir y sacar adelante, todo lo que consiga siempre es poco.
Sin duda tenía razón y Iruka contestó:
—Vale, pero no te olvides de que el martes que viene celebramos nuestro aniversario. Astrid y a está avisada para que se quede con los niños.
—De acuerdo.
Iruka y Genma se miraron y este último insistió:
—Mírame a los ojos y dime que vendrás, o juro por mi vida que me cortaré las venas y tú y solo tú tendrás la culpa de que mi Iruka se quede solo en esta vida sin su amor.
Al ver que esperaba una respuesta, Sakura respondió:
—Que sí, pesadito. El martes iré a la fiesta de vuestro aniversario. Por cierto, ¿es en Flashback?
—Sí. El local más de moda de Los Ángeles. No hemos podido cerrar la sala solo para nuestros invitados, como queríamos en un principio, porque costaba un ojo de la cara. Pero tenemos un reservado y allí os podré preparar ricos cócteles.
—¡Hum, qué buenos! —Aplaudió Sakura.
Genma era un estupendo coctelero y, mirándolos a los dos, preguntó:
—¿Temática final de la celebración?
Los enamorados se miraron y Genma respondió:
—Aunque yo quería el Antiguo Egipto, con su Nefertiti y su Neferura, al final, como soy un blando, me he dejado convencer y la temática será ¡lentejuelas y purpurina!
Sakura suspiró. Otros años, la temática había sido la Prehistoria o el Renacimiento, pero por suerte este año estaban comedidos.
—¡Genial! Con ese tema me facilitáis la vida —comentó aliviada.
Todos rieron y luego Iruka dijo:
—Tranquila, vete a currar. No hace falta que llames a Astrid, yo me quedo esta noche con los niños.
—Gracias... Gracias... Gracias... —Lo achuchó ella y añadió—: Como muy tarde a las doce estoy aquí.
Dicho esto, volvió a mirar el reloj. Eran las cuatro y veinte y hasta las seis y media no se tenía que arreglar para marcharse. Así que, una vez sus amigos se fueron a su casa, se sentó junto a su hermana y, tras ponerse a sus pequeños en la falda, se relajó unas horas viendo la tele, primero a Violetta y luego los dibujos de Phineas y Ferb y Peppa Pig.
