6. Si tú supieras
Cuando Sakura entró en el local de su amiga Patricia, esta sonrió al verla, se acercó a ella y, abrazándola, dijo nerviosa:
—Gracias por venir. ¡Menudo día llevo hoy, cielo, menudo día! Hace un mes que estoy organizando este evento y una de las chicas me llama hace unas horas para decirme que se ha roto una pierna.
Sakura sonrió y, mirando las pegatinas que Patricia sostenía en las manos, contestó:
—Vale, tranquilízate, loca, que ya estoy y o aquí.
—Bonita mía, siento añadirte embolados de estos, que ya sé que no te gustan mucho. Pero también sé que el dinero te viene bien y tú me vienes bien a mí, ¡por lo tanto...!
—Blanco y en botella —finalizó Sakura.
Ambas sonrieron y Patricia la cogió del brazo y explicó:
—Sois dieciséis mujeres y dieciséis hombres.
—¿Dieciséis? —repitió Sakura alarmada.
Su amiga asintió y, bajando la voz, dijo:
—Lo superarás. He puesto tu ficha en la web, aunque, como bien sabes, tú no tienes que pagar nada. Pero ¡es nuestro secreto!
—Patricia, por Dios, ¡que no es la primera vez que lo hago!
Angustiada, la otra asintió y, entregándole una pegatina, dijo antes de marcharse:
—Póntela y ve a la barra. Naruto te servirá lo que quieras beber mientras esperamos a que comience el evento.
Sakura miró su pegatina. En ella ponía un nombre y un código. B15 Wendy. Sonrió divertida. Esa noche se volvía a llamar como la amiga de Peter Pan, el cuento que tanto les gustaba a sus hijos.
—Hola, cara bonita —la saludó Naruto, encantado de tenerla allí. Y, poniéndole delante una cerveza, añadió—: Me he alegrado cuando Patricia me ha dicho que venías.
—Sabes que el dinero siempre me viene bien —respondió ella sonriendo.
—Estaré pendiente de ti por si quieres que te quite a algún pesado de encima—cuchicheó Naruto.
Diez minutos más tarde, antes de comenzar el evento, Patricia recordaba las normas de aquellas citas exprés ante todos. Prohibido pasarse la dirección de mail y el número de teléfono. Siete minutos era la totalidad de la charla con cada uno. Las chicas se quedaban sentadas y los hombres rotaban de mesa en mesa.
Sakura recibió sonriente a su primera cita, Tom A1. Un ingeniero simpático, pero descuidado en su aspecto. Habló con él y, cuando vio que se interesaba por ella, rápidamente le soltó su retahíla de exconvicta etcétera, etcétera, etcétera. Tras el ingeniero, pasó un profesor, un pastelero, un abogado y Sakura los escuchaba con paciencia, mientras apuntaba en su tarjetita lo que pensaba de ellos para identificarlos.
Tom A1: Desesperado y poco aseado.
Fred A2: Aburrido. Habla sobre meteoritos.
Ricardo A3: Divertido. Le gusta bailar.
Stephen A4: Gilipollas, pero gilipollas profundo.
Tras los cuatro primeros, hubo un descanso de quince minutos en el que Sakura corrió al baño para llamar a Iruka. Todo estaba bien en casa.
Cuando regresó, comenzó la siguiente ronda, y después la siguiente y la siguiente. Economista, fontanero, encofrador, empleado de funeraria, piloto de aviones, parado, ejecutivo, electricista y un sinfín más de hombres de diferentes posiciones y trabajos se sentaron frente a ella y a todos los escuchó.
Una vez terminó la velada, Patricia invitó a unas copas con la finalidad de que todo el mundo aprovechara el evento y, cuando acabó, animó a todos a que al día siguiente votaran afinidades a través de la página web, cuy a dirección se llevaban impresa en un papelito.
Después de la copa, Sakura deseaba marcharse, estaba harta de escuchar a un pesado que no quería darse por enterado de que no le interesaba. Naruto la ayudó a quitárselo de encima y Patricia le pagó con disimulo. Cuando salió al exterior del local, respiró con gusto.
—¿Te vas?
Al volverse, vio a Naruto salir tras ella. Sakura asintió.
—¿Por qué no te quedas y, cuando termine aquí, te invito a tomar algo? También necesitas divertirte, además de trabajar.
Sakura sonrió y, al ver que él la cogía por la cintura, se deshizo de su abrazo y dijo con paciencia:
—Naruto, te lo he dicho cien veces. Entre tú y yo no puede haber nada. Eres un buen amigo y eso es todo.
Sin darse por vencido, la arrinconó contra la pared.
—Cara bonita, soy un hombre persistente —contestó él, acercándose.
—No, Naruto, no insistas. Además, yo tampoco repito. —Sonrió y él también. Luego, mirándolo, añadió más seria—: Eres un buen amigo. No lo estropeemos con una relación que no irá a ningún sitio.
—¿Y cómo sabes que no irá a ningún sitio?
Sakura lo miró con cariño, le dio un beso en la mejilla y respondió:
—Porque yo no quiero tener una relación con nadie. No estoy preparada y creo que durante muchos años no lo voy a estar. Por eso lo sé.
Naruto le cogió la mano y, tras besarle los nudillos, susurró:
—Es una pena, cara bonita.
Después se dio la vuelta y entró de nuevo en el local. Debía continuar trabajando.
Una vez sola, se dirigió hacia su viejo escarabajo rojo, metió la mano en su bolso y sacó un cochecito de uno de sus hijos. Eso la hizo sonreír. Su bolso era en ocasiones como un supermercado lleno de chuches, coches y horquillas de colorines de Ayamé. Cuando encontró las llaves de su desconchado coche, lo abrió y, tras sentarse, agotada tras el largo día, le dio al contacto, pero este hizo un ruido raro. Ella masculló:
—No... no... no... ahora no, Harry.
Insistió de nuevo, pero el motor no arrancó. Harry tenía muchos años, demasiados. Pero Sakura adoraba ese coche, tan parecido al que tenía su padre cuando ella era niña, e intentaba cuidarlo al máximo. Con mimo, intentó que arrancara varias veces más, hasta que desistió. Cuando Harry decía que no arrancaba, significaba reparación en el taller.
Salió del coche y estuvo tentada a abrir el capó y mirar qué le ocurría, pero se resistió. Desde que había escapado del lado de Nagato, no había vuelto a mirar las tripas de un coche. Ni tampoco a conducir como una loca. No quería que nadie la relacionara con su antigua vida.
Resignada, cerró el coche y echó a andar hacia la parada del bus nocturno. Debía llegar a su casa cuanto antes.
Cuando cuarenta minutos más tarde entraba en su casa, era la una menos cuarto de la noche. Iruka estaba sentado en el sofá, junto a Luis Alfonso, y al verla sonrió.
—Me estaba empezando a preocupar por ti —dijo.
Sakura dejó el bolso sobre una mesita y contestó:
—Harry me ha dejado tirada.
Iruka puso los ojos en blanco.
—Mi amol, debes mirar un auto nuevo —le dijo—. No es bueno que una mujer como tú vaya sola en el autobús a estas horas. No puedes seguir con esa chatarra que solo te hace tirar el dinero. Hablaremos con mi amigo Sean y buscaremos un coche que puedas pagar.
Ella asintió. Iruka tenía razón. El problema era que nunca conseguía ahorrar lo suficiente. Con Ayamé siempre se presentaban gastos extra. Iba a decir algo cuando su amigo se le adelantó:
—A la película le queda más o menos media hora. Por cierto, mi amol, y a tú sabes que cada día me gusta más tu colección de películas, ¿verdad?
Sakura sonrió. A pesar de lo mal que la había tratado la vida, nada le agradaba más que ponerse una película romántica cuando los niños se acostaban. Encantada al ver la que estaba mirando Iruka, se dejó caer a su lado y murmuró:
—Kate y Leopold, qué bonita.
Él asintió y, apoyando la cabeza en la de ella, afirmó:
—Sí, tesoro, es una película tan bonita, tan mágica, tan romántica que hasta Luis Alfonso está suspirando. —Sakura miró a su perro y sonrió—. Y Hugh Jackman está tannnnnn guapo, tannnnn bueno, tannnn impresionante, que no me canso de verla.
Sin duda, contemplar a un hombre como Hugh Jackman alegraba a cualquiera. La vieron juntos hasta el final y, una vez acabó, los dos se miraron emocionados y con los ojos llenos de lágrimas. Iruka cuchicheó, levantándose:
—Qué bonito... qué bonito... cuando la ve entrar en el salón de baile. Ay, mi amol... cómo la mira, cómo va hacia ella para bailar, ¡qué momentazo!
Sakura asintió divertida y, levantándose ella también, dijo, mientras caminaban hacia la puerta:
—Gracias por quedarte con los niños. Te debo tanto que...
Poniéndole un dedo en los labios, Iruka la acalló.
—Vete a dormir. Estarás agotada.
Cuando él se fue, Sakura cerró la puerta, se apoyó en ella y miró a su alrededor. La casa estaba sumida en el caos habitual. Intentar tener una casa en orden con sus hijos era misión imposible.
Luis Alfonso, que seguía durmiendo en el sofá, levantó el cuello para mirarla. Sakura se le acercó con cariño y tras besuquearlo y decirle cosas bonitas, apagó las luces y se encaminó hacia su habitación. Antes pasó a ver a los gemelos, que estaban profundamente dormidos. Sonriendo, acarició su pelo rojo y los besó en la frente. Después fue a la habitación de Ayamé y, al abrir la puerta, la niña se movió. Sakura se acercó a ella y, al ver que abría los ojos, preguntó:
—¿Te encuentras bien?
Ayamé asintió, pero levantó los brazos hacia ella y pidió contacto directo. Sakura, abrazándola, se tumbó en la cama junto a su pequeña.
—Mamita, ¿has trabajado mucho? —preguntó.
Ella le besó la frente con cariño y respondió:
—Un poquito. Y ahora, duerme.
—Hoy Kairi se ha enfadado mucho cuando han terminado los dibujos de Peppa Pig, y ha tirado el mando de la tele al suelo y después lo ha pisado.
—¿Y ha sobrevivido? —preguntó Sakura cansada.
—Sí. Por suerte no se ha estropeado.
Durante unos segundos, ambas se quedaron en silencio, hasta que la pequeña dijo:
—¿Por qué no tienes novio, como todas las chicas?
Esa pregunta, que tantas y tantas veces le formulaba Ayamé, la hizo sonreír de nuevo. Ningún novio quería cargar con tres niños que no eran suyos y, suspirando, contestó:
—Porque no tengo tiempo. Además, ya sabes que yo busco un príncipe azul y ...
—... que sea muy ... muy guapo, ya lo sé.
—Sí mi niña, mu guapo. ¡Esa es una condición indispensable! —afirmó guasona.
—Y con una bonita sonrisa, ¿verdad?
—Oh, sí... La mejor. Tiene que ser una sonrisa espectacular.
—Y los ojos tan bonitos como los amaneceres en Acapulco.
Al oír eso, Sakura sonrió. Ayamé tenía mitificados esos amaneceres por las telenovelas que veía.
—Sí, cariño... ojos como los amaneceres de Acapulco —afirmó.
—Y, por supuesto, que tenga un coche que no se rompa —finalizó la pequeña—. El pobre Harry está viejecito y necesitamos uno nuevo. ¡Y si tu novio lo tiene, mejor!
Sakura la miró divertida. Sin duda, Ayamé había oído su conversación con Iruka sobre el coche y, acomodándose junto a ella, murmuró:
—De momento, vamos a dormir. El novio de los ojos como los amaneceres de Acapulco y el coche ya los buscaremos.
