9. Por fin
En el exclusivo barrio residencial de Bel Air, Hotaru y Preciosa recibían a sus invitados en su bonita y lujosa casa. Al principio, aquella había sido la residencia de Utakata Uchiha y Hotaru, pero tras su divorcio, pasó a ser de la madre y la hija.
Aquella hermosa tarde, la casa estaba llena de luz, música y, sobre todo, de niños que corrían de un lado a otro, pasándolo bien.
Fugaku Uchiha, el patriarca, estaba sentado a una de las mesas, con sus hijos Utakata y Shisui. Hablaba con ellos sobre unas mejoras que quería hacer en su hogar de Puerto Rico, cuando vio pasar a la chica arco iris. En esa ocasión llevaba el pelo recogido en una coleta alta y eso lo hizo fijarse más en sus ojazos verdes. Eran preciosos.
Itachi se retrasaba, era el único familiar directo que faltaba por llegar y Fugaku estaba impaciente por ver si su hijo recordaba a la joven.
Al pasar Sakura junto a una mesa, un hombre la llamó. Era Utakata, el padre de la niña, para pedirle algo de beber. Y cuando los ojos de ella coincidieron con los del hombre más maduro, Sakura sonrió y preguntó:
—¿Una Sierra Nevada Porter bien fresquita?
—Exacto, muchacha, ¡eso es lo que quiero!
Utakata y Shisui se miraron. ¿De qué conocía su padre a aquella chica?
Pero Shisui la reconoció enseguida, era la de la fiesta de unas noches antes. No todo el mundo llevaba aquel pelo de colores. Cuando ella se marchó, miró a su padre y preguntó sorprendido:
—¿Estás ligando con la camarera, papá?
—No, hijo —rio Fugaku.
Utakata, al ver su sonrisa complacida, dijo:
—No veo que esa muchacha tenga nada especial.
—A veces lo especial no se ve, ¡se intuye! —replicó Fugaku.
Shisui soltó una carcajada y Utakata insistió:
—Pero, papá, si es una chica normal y corriente.
El hombre se limitó a encogerse de hombros y a decir:
—Sin duda, mucho más bonita e interesante que los pencos con los que tú sales día sí y día también.
—Papá... —protestó Utakata.
Fugaku, al ver reír a Shisui, insistió:
—Además, hijo, para gustos, ¡los colores! Y nunca mejor dicho.
Un par de mesas más allá, Hotaru charlaba con su cuñada Naori y sus amigas Valeria y Temari, mientras miraban cómo corrían los pequeños.
—¿Cómo que atrasas la boda? —protestó Naori.
Temari suspiró y dijo:
—Es imposible que nos casemos en la fecha que queríamos. Chōji está muy liado con el restaurante. Desde que empezó a trabajar ahí y se asoció con el dueño, no tiene tiempo para nada. Conclusión, ¡aplazamos la boda!
—Aisss, cuqui, con las ganas que tengo de verte vestida de novia —susurró Hotaru.
—Y yo —se mofó Temari—. Pero está visto que unas se casan dos veces con el mismo hombre, como Naori, y otras nunca llegamos a la primera boda.
—Pues no lo entiendo —intervino Valeria—. La boda es la culminación de una historia de amor. ¿Dónde os habéis dejado el romanticismo, aplazándola por el trabajo?
Al escuchar a su amiga, Temari suspiró. Tenía razón, pero cuando iba a responder, la voz de Preciosa llegó hasta ellas:
—Mami... mami... mira quién está aquí.
Las cuatro amigas vieron a una chica del catering, que, con cara de circunstancias, miró a Hotaru y murmuró:
—Lo siento, señora. La niña me ha visto y ...
—No pasa nada —contestó la madre de la pequeña, que, dirigiéndose a ella, añadió—: Anda, ve a jugar con tus amiguitos y deja trabajar a la señorita.
—Luego te tomarás la tarta, ¿verdad? —preguntó la niña con un gesto vivaracho, antes de irse corriendo en dirección a los castillos inflables.
—Por supuesto —afirmó Sakura con una sonrisa.
Cuando las mujeres se quedaron solas, Sakura las miró de nuevo y, al sentirse observada por ellas, insistió:
—Siento la intromisión, pero la niña me ha visto y ... ¡Ay, Diosito! ¡¿Es usted Naori?! ¿Naori la cantante? —preguntó.
La mencionada sonrió y respondió:
—La misma. —Y mirando la chapa que la joven llevaba en el pecho, tan parecida a la que ella misma había llevado en otra época, cuando era camarera en un crucero, dijo—: Y, por lo que veo, tú eres Sakura, ¿verdad?
Asintiendo emocionada, se sacó una libretita del bolsillo del mandil negro que llevaba y dijo:
—A riesgo de que me despidan y de que usted piense que soy una pesada, ¿me firmaría un autógrafo para Ayamé?
Naori sonrió. Imaginó que Ayamé sería una amiga y, mientras escribía en el papel, respondió:
—Solo si no me vuelves a llamar de usted.
Ella sonrió y, cuando aquella diva de la música le devolvió la libretita y el bolígrafo, sintiéndose ridícula por la situación, dijo rápidamente:
—Gracias, Naori. —Y mirándolas a todas, añadió—: Si me disculpan, tengo que trabajar.
Dicho esto, se marchó horrorizada por haberse dejado llevar por la euforia, pero feliz por haber conseguido aquel autógrafo para su hermana. Ayamé y ella eran fans incondicionales de la cantante. Cuando la pequeña viera el autógrafo se pondría muy contenta.
Las mujeres la siguieron con la mirada mientras se marchaba y Hotaru comentó:
—Hemos coincidido con ella en el Hard Rock durante la comida. Preciosa le ha contado lo del cumpleaños y, curiosamente, ella ha dicho que trabajaba en el catering y, por cierto, ¡Fugaku la ha llamado «Dulzura»! Creo que se la quiere ligar.
—Joder con el viejo... —se mofó Temari.
—Pero ¿qué me dices? ¿El ogro siendo amable con una mujer? —Se sorprendió Naori.
—Pero si tendrá cincuenta años más que ella —rio Valeria.
—Te digo yo que el viejo no aguanta un asalto. Va directito a la tumba —se mofó Temari y todas soltaron una carcajada.
—Temari —la regañó Naori, riendo—. No digas eso.
Hotaru, que observaba cómo su exsuegro charlaba con sus hijos, marujeó:
—Sí... sí... cuquis, como os lo cuento. Él le ha pedido una cerveza y cuando ella se la ha traído, sin quitarle ojo ¡la ha llamado dulzura! Y mirad ahora cómo la observa; ¿creéis que querrá algo con esa chica?
Naori, divertida al ver a su suegro seguir a la muchacha con la vista, cuchicheó:
—¡Sea lo que sea, pronto lo sabremos!
En ese momento, vieron llegar a Itachi. Como siempre, estaba guapísimo, se pusiera lo que se pusiese. En esa ocasión llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa azulona que le quedaba de maravilla.
Itachi era música, virilidad, movimiento, sexo, locura. Todas lo sabían y Valeria, tras suspirar, cuchicheó:
—A ese sí que le hacía yo un favor detrás de otro.
Todas rieron y Temari replicó:
—Pues a la cola, guapa, que yo lo vi primero. —Y bajando la voz, añadió—: Me lo comía con patatas, con arroz, con pescado, ¡con lo que fuera! Por el amor de Dios, ¡qué sexy es!
—Lo es —confirmó Naori, sonriendo con orgullo, mientras miraba a su cuñado, que se acercaba a su padre y hermanos—. Estos Uchiha es lo que tienen, que son todos muy atractivos.
Hotaru miró en la misma dirección que las otras y comentó:
—¿No creéis que Utakata está algo demacrado últimamente?
Todas miraron al guapo e interesante Utakata y Temari dijo:
—Menuda bicha estás tú hecha. Tu exmarido sigue estando tan buenorro como el resto de los Uchiha. Y aunque piense que es tonto del culo, tengo ojos en la cara, y los kilos que ha perdido lo hacen aún más interesante.
—¿Tú crees, cuqui? —preguntó Hotaru, abanicándose con la mano y murmurando—: Uf... ¡qué calor!
Temari asintió y, ante el gesto de guasa de Naori, añadió:
—Oh, sí, Hotaru... lo creemos.
Mientras reían divertidas, vieron cómo Itachi se acercaba a ellas.
—¿Qué os da tanta risa? —les preguntó.
Las mujeres se miraron y Hotaru mintió:
—Todas pensamos que Utakata está feo y viejo.
—Uisss, qué mentirosaaaaaaaaaaa —cuchicheó Valeria.
—Hotaru —protestó Naori al escucharla.
—¡Será perraca la jodía! —se mofó Temari.
Itachi soltó una carcajada y, sin decir nada más, las besó a las cuatro y luego se alejó para sentarse con su padre y hermanos.
—¿Por qué has dicho eso? —preguntó Naori.
Hotaru, mirándose las uñas, contestó con gesto desganado:
—Es lo que pienso y punto.
—Pues, aunque me odies, yo no pienso lo mismo —replicó Valeria.
—Ni yo. ¡Aunque ya sabes que no me acerco a él ni jarta vino! —sentenció Temari.
La exmujer de Utakata, encendiéndose un cigarrillo, respondió:
—Por el amor de Dios, cuquitas, ¿queréis hacer el favor de dejar de llevarme la contraria? Pero ¿no veis que si yo lo veo como lo veis vosotras me deprimiré y me hincharé de carbohidratos hasta reventar?
—Tienes razón —afirmó Valeria—. Esos Uchiha son feos de narices. ¡Asquito me dan!
—¡Qué asco más rico! —se mofó Temari, haciendo reír a Valeria.
Naori sonrió y decidió cambiar de tema, así que preguntó:
—Por cierto, ¿tenemos pelujueves esta semana?
Desde hacía años, habían instituido quedar para cenar al menos dos jueves al mes. Era su momento de cotilleo total. Y cuando estaban hablando de ello, a Hotaru le sonó el móvil. Miró el mensaje y, levantándose, dijo:
—Me apunto al pelujueves de esta semana, pero de momento, dejadme admirar con gusto y deleite al hombre increíble, sexy, morboso y supercuqui que va a entrar en este momento por la puerta.
Al darse la vuelta todas para mirar, vieron entrar a la última conquista de Hotaru. Un tipo rubio, alto e increíblemente sexy. Valeria, al verlo, murmuró:
—Joderrrrrrrrrrr...
—Madre mía... madre mía... ¡viva Rusia! —exclamó Naori.
—La madre que parió al ruso, qué revolcón tiene —susurró Temari.
Hacia ellas caminaba Alexei Ivanov, un modelo ruso imagen de la campaña de Dolce y Gabanna, con el que Hotaru llevaba saliendo unos meses. Preciosa corrió a sus brazos al verlo y lo besó, ante la atenta mirada de su padre, Utakata. Alexei, a pesar de ser algo parco en demostraciones de afecto, siempre era encantador con la niña y eso Hotaru lo valoraba una barbaridad.
Encantada por el efecto que causaba en las mujeres, Hotaru se levantó y, tras darle ella un beso en los labios, mirando a las mujeres, Alexei dijo con una media sonrisa:
—Buenas tardes a todas.
Ellas también lo saludaron y, segundos después, Hotaru les guiñó un ojo a sus amigas y se alejó cogida de la mano de él.
—¡Qué morbazo el ruso! —afirmó Valeria.
—Demasiado serio para mi gusto —cuchicheó Naori—. Todavía no lo he visto soltar una carcajada.
—Qué grande es. ¡Como todo lo tenga igual, la cuqui es muy afortunada! —Soltó Temari.
Naori se rio y, mirando a su buena amiga, preguntó:
—¿Qué te pasa a ti últimamente? Estás de un lobacienta que me tienes asustada.
—La necesidad, hija... la necesidad de un buen revolcón.
Valeria miró a Temari.
—¿Necesidad? —repitió—. ¿Y Chōji?
Temari sonrió. Su relación con Chōji no pasaba por su mejor momento y, evitando contestar, preguntó a su vez a Valeria:
—¿Cuándo dijiste que viene tu francés?
Su amiga, encantada al pensar en él, suspiró y contestó:
—Dentro de quince días.
—¿Se le pasó el enfado de que no quisieras marcharte a Francia con él? —se interesó Nori.
Valeria asintió.
—Estuvo dos semanas sin llamarme ni contactar conmigo por Facebook ni por mail. Pensaba que ya no volvería a saber de él, pero el otro día me llamó por teléfono y, tras dedicarme las más bonitas palabras de amor en francés que he escuchado en toda mi vida, dijo que venía a verme porque necesitaba besar mis labios de fresa.
—Hazte las ingles brasileñas, ¡ya sabes que le gustan! —afirmó Temari.
Todas rieron.
—¿Tienes algún plan para los días que esté aquí? —quiso saber Naori.
Entusiasmada, Valeria comenzó a contarles sus planes, hasta que Utakata, junto con Shisui, se acercó a ellas y preguntó con sorna:
—¿Hotaru todavía sigue con ese modelito ruso?
—Sin duda, Alexei, el «modelito» ruso, sabe valorar a una mujer increíble como Hotaru —respondió Naori molesta. Y, señalándolo, añadió—: Por cierto, ¿no estás algo escuchimizado últimamente, cuñado?
Fastidiado por ese comentario, Utakata se puso tieso y, ante la mirada divertida de su hermano, dijo, mientras se alejaba:
—Voy a ver a Preciosa.
Shisui se inclinó hacia su mujer, le mordió el lóbulo de la oreja y murmuró, antes de ir tras su hermano:
—Eres muy ... muy malota, conejita.
Ella sonrió a su marido y le guiñó un ojo. Esa noche cuando llegaran a casa lo pasarían bien, sin duda.
Itachi estaba sentado con su padre, charlando con él, cuando Fugaku le pidió:
—Anda, hijo, ve a esa carpa por unas cervezas, que me muero de sed.
Itachi hizo lo que le pedía y, cuando llegó al mostrador, le dijo a alguien que estaba agachado:
—Dos Sierra Nevada Porter, por favor.
—Un segundito, señor.
Itachi se apoyó en la improvisada barra y esperó, mientras miraba a los niños que jugaban. Vio a Preciosa haciéndoles monerías a los hijos de Shisui y Naori y al bebé de Temari y sonrió. Los niños siempre le habían gustado, aunque lo agotaban.
—Aquí tiene, señor. Dos Sierra Nevada Porter bien frías.
Al volverse para coger las bebidas, sus ojos se encontraron con los de la joven que se las había servido y se sorprendió.
Fugaku, al percatarse de cómo la observaba, se levantó y fue hacia ellos sin quitarles ojo.
—Sin duda, eres la pluriempleada del año —le dijo Itachi a la chica—. ¿También trabajas aquí?
Al oírlo, Sakura lo miró. ¿Otra vez el guaperas? Pero cuando fue a hablar, él añadió:
—Por cierto, conduces una chatarra de vehículo y como siempre lo hagas como lo hiciste el otro día, eres un auténtico peligro en la carretera.
Sin saber de qué hablaba, pero sabiendo quién era, Sakura preguntó:
—Disculpe, señor, ¿nos conocemos?
Itachi se puso serio. Aquello era el colmo. Ya era la tercera vez que no lo recordaba.
¡Nunca le había ocurrido nada igual!
Fugaku, que llegaba en ese instante a su lado, dijo, agarrándolo para que no se fuera:
—Es mi hijo Itachi. Os visteis en el restaurante hace unos días y, por lo que sé, también en otras fiestas.
Sakura, sonriendo por el recordatorio, miró a Itachi, asintió con la cabeza y respondió:
—Soy terriblemente despistada, señor. Ahora ya sé quién es usted.
Shisui, que en ese momento llegaba hasta donde estaban sus mellizos Daisuke y Sarada, para sacarlos de la sillita y que corrieran un poco, se fijó en la barra del bar, donde estaban su padre y su hermano Itachi. Y al percatarse de cómo agarraba su padre a Itachi para que no se marchara, supo lo que estaba haciendo. Entonces sonrió. Menudo alcahuete estaba hecho su padre.
Este, tras haber conseguido que Itachi se quedara, y dispuesto a dejar a solas a aquellos dos, miró alrededor y, al ver que Shisui lo observaba, dijo:
—Me llama Shisui. Ahora vuelvo.
Cuando instantes después llegó junto a Shisui, este le preguntó:
—¿Qué haces, papá?
Fugaku se agachó para alcanzarle un juguete a su pequeña nieta Sarada y respondió:
—Enseñarle a tu hermano lo que es una buena chica.
Shisui lo miró sorprendido y su padre gruñó:
—Esa chica es decente. Se lo veo en la mirada y en sus actos. No como esas con las que anda cada noche, que solo le sacan dinero y se promocionan haciéndose fotos con él.
Shisui soltó una carcajada y, mirándolo, exclamó:
—Papá, como diría Naori, ¡eres la leche!
Una vez se quedaron solos Sakura e Itachi, ella volvió a su tarea. No tenía nada que hablar con aquel tipo. Durante un rato, Itachi se limitó a observar cómo trabajaba, mientras varios padres de la fiesta le pedían bebidas y la joven se afanaba en servirles.
Una actuación de hadas terminó y todos los niños fueron en tromba a la carpa para pedir un refresco. Colapsada, Sakura miró a su alrededor en busca de alguna compañera de apoyo, pero no la encontró. Entonces, de pronto, el guaperas se metió detrás de la barra y dijo:
—Tú ocúpate de la zona de la izquierda y yo de la derecha, ¿entendido?
Incrédula, negó con la cabeza y siseó:
—Haga el favor de salir de aquí ahora mismo o, como lo vea mi jefe, me va a caer una buena.
—Tranquila... yo hablaré con él.
—No. Ni hablar. Salga ahora mismo de aquí.
Sorprendido, Itachi la volvió a mirar y, al ver la cantidad de niños y adultos que se arremolinaban ante ellos, acercó la nariz a la de ella y replicó:
—Quiero ayudarte. Es la fiesta de mi sobrina, hace calor y la gente se muere de sed. Así que, si no quieres tener problemas conmigo, como tú me dijiste el otro día, ¡sígueme la corriente!
Sin darle tiempo a responder, él comenzó a servir bebidas a todos los que se acercaban a la barra, mientras bromeaba con ellos con buen humor. Sakura, incapaz de echarlo por la fuerza, decidió hacer lo mismo y, tras unos quince minutos de agobio, la carpa se volvió a vaciar y él dijo divertido:
—Trabajando en equipo hemos podido con todo.
Ella lo miró, terminó de servirle un último refresco a una niña y no contestó. Itachi, al ver su cara de enfado y su gesto de incomodidad, salió de la barra y, con una sonrisa, le espetó al tiempo que se alejaba:
—De nada, simpática... de nada.
Sakura resopló molesta. Por suerte, el Cangrejo no estaba y no había visto lo ocurrido.
La fiesta continuó. Los niños lo pasaban bien y los padres que llegaban al caer la noche también. Preciosa tuvo cientos de regalos y cuando Sakura llevó la tarta de frutas a la mesa central, todos le cantaron el cumpleaños feliz y ella sopló las velas, emocionada, y se puso a llorar.
Sakura, que estaba detrás de la pequeña esperando a que terminaran para cortar la tarta, no pudo hacer otra cosa que abrazarla, al ver que se volvía hacia ella y le echaba los brazos, mientras todos la miraban.
¡Por Dios, qué vergüenza!
Naori, que estaba a su lado, al ver su apuro dijo con una sonrisa:
—Ven con la tía, lloroncieta mía.
La niña cambió de brazos y Sakura, comprobando que la artista que tanto les gustaba a ella y a su pequeña Ayamé había ido a su rescate, se lo agradeció con la mirada. Naori sonrió.
Hotaru, emocionada al ver a su hija llorar, se acercó también a ellas y Preciosa volvió a cambiar de brazos, mientras ya comenzaba a sonreír. Utakata le susurró cariñoso algo al oído. Su pequeña era una niña muy emotiva y momentos como ese siempre la hacían llorar.
Una vez Preciosa se repuso y todos aplaudieron, Sakura empezó a cortar la tarta y, poco a poco, la gente comenzó a marcharse de su lado.
Sobre las nueve y media, avisada por su jefe, Sakura, se quitó la chapita identificativa y empezó a recoger platos y vasos vacíos. Junto con otras compañeras, a continuación iría al siguiente evento. Estaba haciendo su trabajo, cuando Fugaku y Preciosa se le acercaron y la pequeña dijo:
—Tienes que comer un trozo de tarta.
Ruborizada, ella miró al anciano en busca de ayuda, pero este explicó:
—Es su tarta y su cumpleaños y te quiere invitar.
Sin saber qué hacer, Sakura miró hacia los lados. Su jefe no estaba cerca, pero vio a sus compañeras, que seguían recogiendo. No podía pararse a comer y, sin querer llamar la atención, para evitarse problemas dijo, agachándose:
—Ahora no puedo comer, cielo. Pero te prometo que me cortaré un pedazo de tarta y me la llevaré, ¿te parece?
—No. Yo quiero ver cómo te la comes —insistió la niña.
Sakura suspiró, cogió un cuchillo, cortó un trozo pequeñito y, tras ponerlo en un plato, se lo empezó a comer. En realidad, más que comer engullía, para acabar cuanto antes y evitar que alguien descubriera lo que hacía.
Itachi se dio cuenta de que su padre y su sobrina estaban con ella, entonces se acercó y, al verla comiendo, preguntó:
—¿Está rica?
Azorada por ser el centro de atención, asintió y, una vez se terminó lo que tenía en el plato, dijo mirando a la pequeña:
—Muchas gracias. Estaba exquisita.
La niña sonrió y Fugaku, al notar lo incómoda que estaba la chica, le dijo a su nieta:
—Vamos, enséñame tu montaña de regalos.
Se alejaron cogidos de la mano y Sakura siguió guardando los platos sobrantes en unas cajas azules. De repente, sintió que alguien la cogía del brazo con delicadeza. Al volverse, se encontró con el hombre de los ojos felinos; preguntó:
—¿Qué? ¿Qué pasa ahora?
Sin decir nada, Itachi levantó la mano y, pasándole lentamente un dedo por el labio superior, le quitó un pedazo de tarta minúsculo.
—Si no quieres que sepan que has comido tarta, es mejor que no vean esto —murmuró enseñándoselo.
Al verlo, Sakura asintió y, cuando lo miró a los ojos, algo en su interior se resquebrajó. Ante ella tenía al típico hombre peligroso y seriamente apetecible, por el que ella y miles de mujeres se volverían locas, y murmuró confusa mientras le limpiaba el dedo con una servilleta:
—Gracias.
Cuando tocó su mano, una extraña corriente los traspasó. Ambos se miraron a los ojos unos segundos e Itachi, consciente de que se había quedado parado ante ella, interrumpió el momento separándose y diciendo:
—He oído que tus compañeras comentaban que ahora os vais a otro evento a Sunset Boulevard.
Sakura asintió y, cuando iba a responder, su jefe Kabuto se acercó hasta ella y preguntó:
—¿Todo bien por aquí?
La joven movió la cabeza afirmativamente e Itachi, con una candorosa sonrisa, contestó mientras le tendía la mano:
—Me llamo Itachi Uchiha, soy el tío de la niña del cumpleaños. —El hombre le estrechó la mano y él añadió—: Quiero darle la enhorabuena en nombre de mi cuñada Hotaru por la elección de su personal. Han sido todas muy profesionales, en especial esta señorita... —Y, dirigiéndose a ella, preguntó, al no ver su chapita—: ¿Cuál era su nombre?
Ella no abrió la boca. No quería decírselo, pero al ver que su jefe la miraba a la espera de que respondiera, murmuró:
—Sakura.
Itachi sonrió y continuó:
—Sakura sin duda ha sido el mayor acierto.
Su jefe la miró, hinchado como un pavo.
—Tengo entendido que ahora se van a otro evento a Sunset Boulevard, ¿verdad? —dijo Itachi.
El hombre asintió y él preguntó:
—¿Cuántas camareras dejará aquí?
—Cinco, señor Uchiha —respondió aquel—. Aquí se quedarán cinco camareras.
—¿Sakura está entre ellas?
—No. Ella ha de ir a Sunset Boulevard.
—¿Por algo especial? —inquirió Itachi interesado.
—No, la verdad es que no. Si usted quiere que se quede aquí, solo es cuestión de decirlo.
Molesta y enfadada por la situación, ella lo miró con reproche. Y cuando alguien llamó al Cangrejo y este se alejó, Sakura se acercó a Itachi y, poniéndose de puntillas, cuchicheó:
—Maldita sea. Necesito el dinero y si me quedo aquí ganaré menos que si voy al otro evento.
Tras responder a las preguntas de otra de las camareras, el señor Kabuto volvió con ellos y dijo:
—¿Desea que Sakura continúe en este evento?
Itachi la miró unos segundos que a ella se le hicieron eternos y finalmente negó con la cabeza y respondió con despreocupación:
—No, no hace falta. Con las camareras que usted ha escogido estoy seguro de que el servicio será igual de exquisito.
Una vez se alejó, Kabuto miró a Sakura y dijo, cambiando de cara:
—Vamos, termina de recoger que tengo que llevaros al otro evento.
Aliviada porque aquel hombre no hubiera insistido en que se quedara, prosiguió su trabajo y, cuando acabó, tras dejar la última caja azul en el camión, montó en el coche del Cangrejo, lista para marcharse. Aunque no pudo evitar admirar los cochazos que había allí aparcados. Conducir alguno de aquellos maquinotes debía de ser alucinante.
Cuando llegaron al local en Sunset Boulevard, Sakura fue en busca de Genma, quien al verla la abrazó y preguntó:
—¿Qué tal el cumpleaños?
Ella sonrió y, cambiándose el uniforme por otro de color rojo, contestó:
—Genial. Ha estado todo muy bien.
—¿Hablaste con George y Linda? —preguntó Genma.
Sakura asintió.
—George empeora día a día, a pesar de que le hace creer a Linda que está bien.
—Sabes que lo siento, ¿verdad? —le comentó su amigo, abrazándola.
Sakura resopló y se secó las lágrimas.
—Lo sé, Genma, lo sé. Venga, vamos a trabajar. Eso hará que me olvide del asunto.
Cuando dos horas después, tras pasear entre la gente ofreciendo canapés y bebidas, se paró ante una mesa para recoger copas vacías, comenzó a sonar una canción que le encantaba. All of Me, de John Legend, y, cerrando los ojos, la tarareó.
—Tu canción, cachorra —dijo Genma, acercándose y dejando una bandeja llena de copas de champán.
Ella sonrió y, sin parar de trabajar, contestó:
—Me encanta. Es tan romántica. ¡Tan perfecta que hasta me pongo tonta!
Genma se marchó con la bandeja de copas vacías y la dejó tarareando la canción. De repente, Sakura oyó que alguien le decía:
—Nunca he conocido a nadie más trabajador que tú.
Se volvió rápidamente y, al ver a Itachi Uchiha, el guaperas de los ojazos impresionantes, preguntó:
—¿Pretendes seguirme a todos mis trabajos?
Él sonrió divertido.
—Wepaaaaa. Esta vez sí te acuerdas de mí. ¡Estoy a punto de dar un doble salto mortal de alegría! Y no, no es mi intención seguirte, pero esta fiesta la ha organizado la revista de la que es director mi amigo Lero y estaba invitado. Por lo tanto, tranquila, guapa, que yo no sigo a nadie. —Y antes de alejarse, añadió—: En una cosa te doy la razón: esta canción es preciosa.
Sakura frunció el cejo y, al ver que una mujer se acercaba a él y lo agarraba por la cintura, les ofreció la bandeja. Después de que ambos cogieran una copa de champán, se alejó de allí sin volver a mirarlo.
Itachi sonrió al ver ese gesto por parte de ella. Sin duda aquella mujer era un caso aparte. Y, centrando la atención en la preciosa Estefanía, chocó su copa de champán con la de ella y preguntó, tras besarla en el cuello:
—¿Te apetece bailar?
Durante el resto de la noche, Sakura no volvió a acercarse a aquel hombre, pero ahora era ella la que se daba cuenta de que lo buscaba con la mirada. Sin duda era muy atractivo y cuando lo vio en la pista, bailando con distintas mujeres, resopló. Menudo ligón.
Fueron tantas sus miradas hacia él, que Genma dijo al verla:
—Ay, nena... pero ¿ese no es el buenorro del coche de mis sueños amarillo pollo?
Sakura asintió. Y sin querer contarle que también era el tío de la niña del cumpleaños de aquella misma tarde, explicó:
—Se llama Itachi Uchiha.
—¿Y cómo sabes tú eso?
Al verse descubierta, dijo rápidamente:
—Se lo he oído decir a unos hombres.
Genma sacó su móvil a toda velocidad y, tras ver que estaba conectado a la wifi del lugar, tecleó el nombre.
—Bueno... bueno... buenooooo —exclamó al ver quién era—. Aquí pone que es hijo de La Leona, esa cantante que murió que era tan buena y cantaba salsa ¿sabes de quién hablo?
—¿Es hijo de La Leona? —repitió sorprendida.
—Sí, nena, sí... y guau, él es compositor. ¡Oh, qué chic! Y... y ... ¡ostras! Es cuñado de Naori, la cantante, y es quien le compone las canciones. Que sea compositor es muy romántico, ¿verdad?
—Romantiquísimo —se mofó ella.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Genma, quitándole la bandeja de las manos.
—Nada.
—A mí no me engañas.
—No me pasa nada. Es solo que estoy cansada.
Él asintió. Había sido un día muy largo para ella y cuchicheó:
—Vamos... solo queda media hora de servicio y después nos vamos derechitos a dormir.
Sakura asintió, miró por última vez al hombre que, divertido, tonteaba con una morena, y decidió acabar el día con la mejor de sus sonrisas.
