15. Love
Al día siguiente, Sakura trabajó como en una nube.
Apenas podía creer lo que había pasado la noche anterior. Había estado con Itachi Uchiha. Un hombre atento y cariñoso. Algo que nunca imaginó. En su rato de descanso, buscó en Google cosas sobre él y silbó impresionada por las fotos suyas que vio al lado de cantantes, modelos y actores. ¡Madre mía, nadie la creería si lo contaba!
Cada vez que se abría la puerta del restaurante, esperaba verlo entrar. No había podido quitárselo de la cabeza desde que lo dejó la noche anterior ante la puerta de su hogar. Y cuando vio entrar a un mensajero con un precioso ramo de rosas rojas, el corazón le aleteó. Al ver que el ramo era para ella, se tuvo que contener para no gritar de felicidad.
—Un ramo precioso, Sakura —le dijo su jefe.
Ella sonrió encantada. Era la primera vez en su vida que recibía algo tan bonito.
—Espero respuesta —dijo el mensajero—. Por favor, lea la nota que llevan las rosas.
Azorada por cómo la miraban sus compañeros y los clientes del restaurante, asintió y, entrando en las cocinas con el impresionante ramo, sacó la notita del sobre y leyó.
Fue una de las mejores cenas de mi vida. Me encantaría verte esta noche de nuevo.
Si es sí, dale una rosa al mensajero y te iré a buscar al evento donde trabajas. Si es no, no recibiré esa rosa.
Un beso y D_ _ _ Q_ _ S_ A T_ F _ _ _ _ _ _ _ _.
Ver que había utilizado el juego de letras la hizo sonreír. Y cuando leyó sin mucho esfuerzo «DILE QUE SÍ A TU FANFARRÓN», incapaz de decir lo contrario, cogió una rosa y, sin pensarlo dos veces, salió de nuevo al restaurante y se la entregó al mensajero.
Cuando este se marchó, volvió a entrar en las cocinas, donde, tras buscar un jarrón, puso las rosas en agua y siguió trabajando. Eso sí, con una gran sonrisa en los labios.
Aquella noche, en el evento en el que trabajaba junto con Genma, este, emocionado por lo que le había contado, cuchicheó mientras llenaba su bandeja de canapés de salmón:
—Ay, nena, ¡qué salseo! ¡No me lo puedo creer!
—Ni yo. Pero, solo he pensado en mí y he aceptado sin dudarlo.
—Mira, cachorra, si a un tío así le dices que no, te juro que soy capaz de buscar una catana como la que lleva Michonne de la serie The Walking Dead para cortarte la cabeza.
Ambos rieron. Les encantaba ver juntos aquella serie de zombies y justo cuando Sakura fue a contestar, el Cangrejo se acercó a ellos y dijo:
—Hagan el favor de espabilar. Los invitados están esperando.
—Sí, señor Kabuto —respondieron los dos al unísono.
Siguieron trabajando durante horas y en un momento en que Sakura estaba recogiendo unas bandejas vacías de una mesa, oyó decir a su lado:
—Señorita, por favor, ¿sería tan amable de decirme dónde puedo pedir una cerveza?
Sakura sonrió. Era él. Y, volviéndose, fue a responderle cuando el hombre que estaba junto a Itachi dijo:
—Que te la traiga ella, que para eso le pagan, ¿verdad, guapa?
Sin perder la sonrisa, Sakura asintió y, mirando a Itachi, preguntó:
—¿Qué clase de cerveza quiere, señor?
—¿Puede ser Sierra Nevada Porter?
Antes de que pudiera responder, el hombre que estaba con Itachi dijo:
—Que sean dos, colorines, y date prisa, que estamos sedientos.
En ese momento, Sakura se percató de que era el pelmazo al que los de seguridad habían tenido que echar aquella noche en el bar, y sin decir nada, se encaminó hacia donde estaban las cervezas. Odiaba cuando algún imbécil como aquel le hablaba así. Por desgracia, había gente que por tener dinero se creía superior, pero ya había aprendido a manejarse con ellos. Abrió las cervezas, las sirvió y regresó a donde estaban los dos hombres para entregárselas.
—Gracias —dijo Itachi con una sonrisa, aún molesto por cómo el idiota de Rick se había dirigido a ella.
Sin duda, hablaría con Utakata. No pensaba volver a salir con Rick, por mucho que su hermano se empeñara y la discográfica también.
En ese momento se acercó más de la cuenta a Sakura y dijo, creyéndose el rey del mambo:
—¿Qué tal si me das tu teléfono y te llamo un día de estos?
—Rick, no molestes a la señorita —murmuró Itachi, interponiéndose en su camino para que no la tocara.
—¿Señorita? —se mofó el otro—. Seguro que esta hace más servicios de los que te puedas imaginar.
Sakura miró a Itachi con el rabillo del ojo y vio que daba un paso adelante y tensaba la mandíbula. Pero ella no necesitaba su ayuda así que miró a aquel desagradable individuo y respondió:
—Haga los servicios que haga, sin duda usted nunca estará entre ellos.
Y dicho esto, se dio la vuelta y se marchó, ante la sonrisa complacida de Itachi.
Durante el resto de la velada, Sakura se encontraba cada dos por tres con los ojos de él. Mirara donde mirase allí estaba él, y siempre le sonreía. Y cuando no lo hacía era porque le estaba sonriendo a otra mujer.
—Cachorra... cachorra..., pero ¿ese no es...?
—Sí —afirmó ella, dirigiendo la vista a su amigo.
Sakura siguió a lo suyo, tan diligente como siempre, cuando el pesado que iba con Itachi la cogió del brazo y dijo:
—Las mujeres como tú hacen muchas cosas por cien dólares.
Ella se soltó de un tirón y respondió alejándose:
—Disculpe, señor, estoy trabajando.
Naruto, el jefe de seguridad, que en ese momento pasaba por allí, se acercó a ellos.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
Sakura le indicó con la mirada que la estaba molestando y Naruto le dijo al hombre:
—Por favor, caballero, si es tan amable, deje trabajar a la camarera.
Rick se alejó con gesto contrariado y Naruto, preguntó, mirándola:
—¿Estás bien?
—Sí, gracias, Naruto —sonrió Sakura—. Es solo un pesado más.
Naruto le retiró un mechón de la cara con excesiva confianza y dijo antes de alejarse:
—Si vuelve a molestarte, avísame y yo me encargo de él.
Sakura le guiñó un ojo con complicidad y se alejó para seguir trabajando.
—¿Quién es ese tipo con el que hablabas?
Al reconocer la voz de Itachi, se volvió y, ofreciéndole un canapé de la bandeja, respondió:
—Un amigo.
A él no le gustó esa contestación tan escueta, pero como ella se marchó, no pudo seguir preguntando. Cinco minutos después, Rick, dispuesto a salirse con la suya, se acercó de nuevo a ella, se interpuso en su camino e insistió:
—Ciento cincuenta dólares y es mi última oferta, colorines.
Con ganas de patearle el trasero, Sakura siseó:
—Señor, tengo que trabajar. ¿Sería tan amable de dejarme pasar?
Cuando fue a cogerla de la cintura, un empujón lo alejó de ella y Sakura vio que se trataba de Itachi, que, con gesto ceñudo, masculló:
—¿Qué narices haces?
Rick fue a protestar, pero entonces llegó Naruto.
—Señor, lo invito a salir del local —dijo—. Si no lo hace, tendré que echarlo yo mismo.
Sakura miró al pelmazo. No quería que aquello acabara así, pero él se lo había buscado. Itachi lo contemplaba con gesto hosco y, cogiéndolo del brazo, dijo:
—Vamos, Rick. Llamaré un taxi para que te lleve a casa.
Cuando se alejaban, Itachi volvió la cabeza y le guiñó un ojo, consciente de que el de seguridad se percataría.
—¿Qué tienes tú con ese, cara bonita? —preguntó Naruto.
—Nada.
—¿Y por qué te ha guiñado el ojo? —insistió.
Sin ganas de dar explicaciones, Sakura contestó:
—No lo sé, Naruto. Pregúntaselo a él.
Y, sin más, prosiguió con lo suyo.
Tras meter a Rick en un taxi, Itachi regresó a la fiesta, pero a partir de ese momento no volvió a acercarse a ella. No quería meterla en líos. Sin embargo, veía cómo el de seguridad lo observaba y la observaba a ella y eso lo incomodó.
¿Qué tenía Sakura con ese hombre?
Por su parte, ella intentaba disimular su impaciencia porque el evento terminara para irse con Itachi. Pero la guapa mujer que lo acompañaba y le sonreía, y que cada vez que podía se restregaba contra él, la sacaba de sus casillas. Naruto, consciente de sus miradas, se acercó y le dijo:
—Aléjate de ese hombre. No es para ti.
Sakura no respondió, pero su humor se volvió sombrío en un instante. ¿Tanto se notaba lo que sentía por Itachi Uchiha?
Cuando el evento terminó, tras quitarse el horroroso uniforme negro y ponerse su ropa, salió del local y le dijo a Genma:
—¡Vámonos!
Él, al verla en ese estado, la paró.
—Como diría mi cubano, ¿qué te ocurre que tienes el moño virao?
—Que soy tonta, eso es lo que me ocurre. ¡Vámonos!
Pero cuando echó a andar, Genma la volvió a sujetar y preguntó:
—Vamos a ver, cachorra, ¿tú no habías quedado con el buenorro?
Ella asintió cerrando los ojos.
—He cambiado de opinión. ¡Vámonos!
Al verla tan enfadada, Genma la cogió del brazo y, mientras caminaban hacia el coche de él, le dijo:
—Respira, cachorra, y cuéntame qué ha ocurrido.
En ese momento, se oyó el motor de un vehículo de gran cilindrada acercarse a ellos y, al mirar, Sakura vio que era Itachi con su impresionante coche.
—¿Te marchabas sin mí? —preguntó él.
Sorprendida de que él la hubiera ido a buscar, fue a decir algo cuando Itachi paró el coche, se bajó y, acercándose a ellos, le tendió la mano a Genma:
—Hola, soy Itachi.
—Yo Genma.
Estrechándole la mano, Itachi dijo divertido:
—Veo que además de compañeros de trabajo lo sois de peluquero.
Genma sonrió y, tocándose el flequillo verde, contestó:
—Según mi marido, ¡somos tendencia!
Los dos hombres rieron y, empujando a Sakura, Genma añadió:
—Anda, ve y pásalo bien. Por lo demás no te preocupes.
—¿Necesitas que te acerque a alguna parte? —preguntó Itachi.
Encantado con su amabilidad, Genma negó con la cabeza y respondió:
—Gracias, Itachi. Pero tengo el coche aparcado justo ahí.
Tras un nuevo apretón de manos de los dos, Sakura miró a su amigo y dijo:
—Procuraré no llegar muy tarde.
Dicho esto, se metió en el coche por la puerta que Itachi le sujetaba, subió él también y, tras decirle a Genma adiós con la mano, arrancaron y se marcharon, sin percatarse de que Naruto los había visto desde el callejón.
Una vez solos en el interior del coche, Itachi le tocó la rodilla y preguntó:
—¿Cansada? —Sakura asintió y él dijo—: Le habría partido la cara a Rick allí mismo por cómo te ha tratado. Es un divo del blues, un gilipollas que...
—Tranquilo —lo cortó ella, posando la mano sobre la de él—. Por mi trabajo estoy acostumbrada a tratar con tipos como ese.
Ese comentario molestó a Itachi. ¿Por qué una chica como Sakura tenía que aguantar a babosos y a impertinentes como Rick? Y entonces preguntó:
—¿Qué tienes con el de seguridad?
Sorprendida de que le preguntase lo mismo que Naruto en referencia a él, dijo:
—¿Y tú con la mujer que se restregaba contra ti en la fiesta?
—Yo he preguntado primero —replicó Itachi molesto.
Sakura lo miró y, sin ganas de hablar más del tema, respondió:
—Naruto es un buen amigo.
Itachi asintió y, mirando al frente, dijo:
—Cloe es una buena amiga.
Ambos permanecieron en silencio varios minutos. Estaba claro que no iban a ser sinceros al responder esas preguntas. Pero Itachi no valía para estar enfadado y, mirándola, le retiró un mechón de la cara y preguntó:
—¿Tienes hambre?
Cuando ella dijo que sí, propuso animado:
—Te llevaré a un sitio que conozco.
Sin decir nada más, Sakura se acomodó en el increíble y ergonómico asiento de aquel cochazo, mientras de fondo sonaba la voz de Barry White cantando Just The Way You Are.
Al verla tan callada Itachi le volvió a poner la mano en la rodilla y preguntó:
—¿Te gusta la música de Barry White?
—Sí —contestó Sakura—. Tiene música muy buena.
Itachi comenzó a tararear la canción con su bonita voz y la hizo reír cuando la miró en el momento en que la canción decía «No cambies el color de tu cabello».
Cuando esa acabó y empezó otra, él la miró y dijo:
—Nunca dejes de sonreír, Sakura.
Al llegar a un restaurante italiano, el Only You, el cartel estaba apagado, pero Itachi aparcó el coche y fue a abrirle la puerta. Cuando ella sonrió por su gesto, él susurró, besándole la mano:
—Soy un caballero. Nunca lo olvides.
El humor de Sakura mejoraba por instantes. Estar con él hacía que la vida pareciese fácil y, cogiendo la mano que le tendía, se encaminaron hacia un callejón. Al llegar ante una puerta de acero, Itachi llamó e inmediatamente abrieron. Ambos entraron y ella se quedó sin habla cuando vio una pequeña mesa redonda preparada para dos.
El hombre que les había abierto, tras saludarlos con afabilidad, le entregó a Itachi unas llaves y dijo:
—Cuando termines, cierras, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, Rico.
Una vez este se marchó, Sakura miró a Itachi con guasa mientras caminaba por aquella solitaria cocina y soltó:
—No me lo digas. No es la primera vez que haces esto.
Él sonrió, puso en marcha un aparato de música y, cuando comenzó a sonar por los altavoces Only You, de Los Platters, ella insistió:
—¿Verdad?
Sin querer mentirle, respondió al tiempo que se acercaba:
—Verdad.
Sakura negó con la cabeza y, sin parar de recorrer la cocina, seguida por él, dijo:
—No sé si sentirme herida o halagada.
—¿Por qué dices eso?
Sakura interpuso un mostrador entre ellos y contestó, clavando sus ojos verdes en él:
—Porque me da rabia que hagas conmigo lo mismo que haces con otras mujeres.
Itachi sonrió.
—Y encima te ríes —siseó ella molesta.
Convencido de que tenía que pararla antes de que siguiera con aquello, se movió rápidamente para acercarse y, cogiéndola entre sus brazos, susurró:
—Baila conmigo.
Sin querer mirarlo, bailó pegada a él aquella increíble y romántica canción, y entonces Itachi dijo:
—Nunca... nunca... nunca, he estado en este local de madrugada con nadie, excepto con Naori, Shisui, mi padre, Hotaru y Utakata. Este restaurante es de Rico, un buen amigo de mi padre, y venimos aquí a veces, cuando salimos de algún evento. Por lo tanto, taponcete, relájate y disfrutemos juntos de la velada.
A Sakura se le quitó un gran peso de encima y cuando fue a decir algo, Itachi la miró con sus ojos felinos y, acercando la boca a la de ella, murmuró:
—Llevo toda la noche queriendo hacer esto.
Y sin más, la besó. Le metió la lengua en la boca, dispuesto a hacerle ver cuánto la deseaba y luego, ladeando la cabeza, la besó con ternura y pasión, mientras comenzaba a sonar la voz de Frank Sinatra cantando Strangers in the Night.
—La música es tremendamente actual —dijo Sakura sonriendo.
—Rico es un apasionado de la música de los cincuenta y los sesenta, y yo también —contestó divertido.
Y de nuevo la besó. Un beso intenso, salvaje y apasionado, que provocó en ella un gran terremoto de increíbles sensaciones, en especial cuando Itachi murmuró:
—De hoy no pasa que me des tu teléfono.
Embobada, hechizada y enloquecida por él, Sakura le acarició el cuello y se olvidó del resto del universo.
En ese instante, allí solo estaban ellos dos, y cuando fue consciente de que el mundo existía, se encontró sobre una encimera de piedra blanca. Itachi la besaba con fervor, mientras le desabrochaba la camisa.
Sin querer perder un segundo, ella se desabrochó los pantalones, al tiempo que él se desabrochaba los suyos. Cuando ambos estuvieron desnudos, y él se hubo puesto un preservativo, Sakura se dio la vuelta para ocultar su cicatriz y se inclinó sobre la encimera. Itachi le tocó el trasero y, tras darle un azotito que a ambos los hizo sonreír, metió la mano entre sus piernas y, abriéndole con celeridad el húmedo sexo, la penetró de una estocada. Ambos se arquearon de placer.
La agarró de las caderas y la hizo suya sin descanso, mientras en la cocina, además de la voz de Frank Sinatra y los violines, se oían los jadeos de ellos.
—¿Te gusta así?
Sakura asintió y, como pudo, respondió con un hilo de voz:
—Sí... no lo dudes.
Enloquecido por lo que ella le decía sin ningún remilgo, le dio lo que quería. Fue tal su ímpetu, su fuerza, que la levantaba del suelo a cada acometida y, en una de las penetraciones, a Sakura se le salieron los zapatos y quedó suspendida sobre la encimera.
Las embestidas de Itachi eran delirantes, certeras y placenteras y Sakura disfrutaba como nunca en su vida. Ambos se acoplaron sin descanso al cuerpo del otro en busca de la máxima recompensa, en busca de un orgasmo colosal. Y cuando el clímax le llegó a Sakura, esta se tensó e Itachi, enloquecido, clavó los dedos en sus caderas, ahora en busca de su propio placer, hasta que fue su cuerpo el que tembló y un maravilloso orgasmo lo hizo gritar de satisfacción.
Se quedaron allí unos instantes, agotados y sin resuello, hasta que Itachi salió de ella, le dio la vuelta y, abrazándola, murmuró con guasa:
—Taponcete.
Ambos rieron y, tras varios besos húmedos y cargados de erotismo, buscaron papel para limpiarse.
—Madre mía, Moon River —se mofó Sakura, al escuchar la canción que comenzaba.
Itachi se subió la cremallera del pantalón y dijo sonriente:
—Como decía mi madre, Sinatra la canta como nadie la ha vuelto a cantar.
Una vez se hubieron vestido y Sakura se puso los zapatos, se encaminaron hacia la mesita que tenían preparada. Itachi le retiró la silla con galantería y ella se sentó encantada. Después se sentó él, la miró y dijo, tocando la rosa que había sobre el jarrón de la mesa:
—Gracias por devolverle la rosa al mensajero.
Sakura se alegró al ver que se trataba de esa rosa y, sin entender aún qué hacía con aquel hombre tan impresionante en aquel sitio a esas horas escuchando a Sinatra, sonrió como a él le gustaba y murmuró:
—Ha sido un placer, Itachi Uchiha.
