16 . Eres mía

A partir de ese día, Itachi y Sakura se veían siempre que podían.

Cuando coincidían en eventos, Itachi pasaba por su lado y le rozaba la mano con disimulo. Eso les encantaba. Y cuando comenzaban con el juego de las miradas, se calentaba solo con eso y ansiaban que llegara el momento de que aquello finalizara para encontrarse y hacerse mutuamente el amor.

Naruto los observaba en silencio. Aquel ricachón le había ganado la partida y, a pesar de la rabia que sentía por no ser él quien estuviera disfrutando de Sakura, decidió tragarse la rabia y esperar. Aquello no terminaría bien y entonces él no desaprovecharía su oportunidad.

Los viernes que ella trabajaba en El Mono Rojo, bailando sobre la barra, a Itachi le sudaban las manos y se descomponía. Ver que los hombres se le acercaban mientras bailaba y ella les echaba tequila en la boca, lo encelaba, pero no decía nada. No debía. No era su novia y tenía que aceptar que trabajara allí.

A Sakura las horas de sueño se le redujeron un montón y ni ella misma sabía cómo podía seguir en pie. Durante el día estaba en el restaurante, por la tarde cuidaba a sus hijos y por las noches, tras trabajar en algún evento, se veía con Itachi en su casa.

Un día, recibió una llamada de Linda. George quería verlos a ella y a los niños para despedirse de ellos. Dos días después, recibió unos pasajes de avión que él había pagado y, tras pedir permiso en sus trabajos, se fueron a Nevada. Al verlos aparecer, George sonrió contento. Durante todo el día bromeó y jugó con los pequeños, que lo llamaban yayo. Los quería, los adoraba. Por la noche, mientras Linda acostaba a los niños, George cogió a Sakura de la mano y, sentándose con ella en el salón, dijo:

—Aún recuerdo lo mal que hablabas inglés la primera vez que te vi y me encanta ver lo bien que lo hablas ahora.

—En mi trabajo tengo una buena academia —contestó ella, sonriendo—. Aprender inglés me ha salido gratis.

Ambos rieron por el comentario y George dijo:

—Estás muy guapa con esos colores en el cabello, pero ¿cuándo vas a recuperar tu precioso pelo rosa?

Ella lo miró divertida y exclamó, haciéndolo reír:

—Pero ¡si es tendencia!

—Olvídate de ese hombre —insistió George—, como seguramente él ya se ha olvidado de ti. Recupera tu color de pelo y haz el favor de dejar de vivir con miedo.

Sakura suspiró. Lo que le pedía no era fácil y, conociendo a Nagato, sabía que nunca se olvidaría de lo que le hizo, pero respondió:

—Vaaaaaale... lo haréeeeeeeeeeee.

George soltó una carcajada, luego le acarició la cara con cariño y dijo, entregándole una cajita:

—Esto es para ti.

Sakura sonrió y la abrió y, al ver lo que contenía, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Deseo que tengas esta cadena de oro blanco que me regaló mi padre el día que me marché a hacer el servicio militar —dijo George—. Era su manera de decirme que no lo olvidara y ahora es mi manera de decirte yo a ti que no me olvides.

—George... —gimió.

Cogiendo la cadena, él abrió el cierre y murmuró:

—Déjame que te la ponga.

Con las lágrimas corriéndole por las mejillas, Sakura se levantó el pelo y, cuando George se la hubo puesto, él la miró sonriendo y dijo:

—Como suponía. Estás preciosa.

Ella se le echó al cuello y, durante varios minutos, ambos se abrazaron sin decir nada. No hacía falta, las palabras sobraban. Luego George se separó de ella y le pidió, secándole las lágrimas:

—Quiero que cuando yo no esté, sigas en contacto con Linda, ¿de acuerdo?

Sakura asintió y, con un hilo de voz, murmuró:

—Por supuesto. Eso no lo dudes. Vosotros sois mi familia.

Ambos se miraron y George continuó:

—Sé que no te va a gustar lo que te voy a decir, pero no quiero que vengas a verme cuando empeore y ...

—Pero ¿qué estás diciendo?

Cogiéndole las manos, él la miró a los ojos e insistió:

—Prométeme que no vendrás, Sakura. Para mí es importante que los niños y tú me recordéis como estoy ahora y no como voy a estar. También me gustaría ahorrarle a Linda el sufrimiento que le voy a ocasionar, pero ella vive conmigo y no puedo echarla de mi lado. Sin embargo, tú debes prometérmelo.

—No puedes pedirme eso... no...

—Escucha, cariño...

—No, George —lo cortó angustiada—. No quiero prometértelo. No puedo.

—Debes hacerlo, Sakura. Necesito que lo hagas, tesoro.

Emocionada por lo que le pedía y por lo que iba a suponer no estar a su lado y al de Linda en aquellos tristes momentos, finalmente asintió.

—De acuerdo. Te lo prometo.

George la abrazó y dijo:

—Sabes que tengo hijos de mi anterior matrimonio a los que quiero con toda mi alma, pero deseo que sepas que tú y los niños sois tan importantes para mí como ellos.

—Lo sé... lo sé...

Después de un silencio muy significativo, George la soltó y, con una bonita sonrisa, emocionada, insistió:

—Y hazme caso, recupera tu pelo rosado. Estos colores serán tendencia, pero tu cabello y esos ojazos verdes que tienes son espectaculares.

Sakura lo miró y él, al ver su triste sonrisa, preguntó:

—¿Sales con alguien?

—No, aunque últimamente he estado viendo a un hombre.

—¿Te trata bien? —quiso saber él.

—Sí, George —respondió ella con una candorosa sonrisa—. Me trata muy bien, pero ya sabes que yo no quiero nada serio con nadie. Tengo tres niños y soy consciente de que quien me quiera a mí, primero ha de quererlos a ellos y eso es difícil. Muy difícil.

—No es difícil, tesoro. Quien te conozca a ti y a los niños se enamorará perdidamente de vosotros.

—Eso era antes, George. Ahora ya no hay caballeros como tú por el mundo.

—Los hay, cariño —afirmó él divertido—. Claro que los hay y encontrarás a uno que os querrá con toda su alma. —Sakura se encogió de hombros y él prosiguió—: Cuando ese hombre aparezca, debes permitir que entre en tu corazón y confiar en él. Lo que te hizo ese indeseable en el pasado no tiene por qué volver a ocurrir. Debes confiar en alguien para ser feliz, cariño; si no lo haces, llegará el día de mañana, los niños crecerán y tú te verás sola.

—Queda mucho para eso —replicó al pensar en sus pequeños.

—Sakura, mírame. —Cuando lo hizo, George dijo—: No sé si será el hombre con el que estás ahora u otro, pero sé que el día que conozcas a la persona ideal para ti, él no te dejará escapar, porque tú, cariño mío, eres una chica muy especial. Y como el día va de promesas, quiero que ahora me prometas que cuando ese hombre llegue, le vas a permitir entrar en tu corazón, te vas a enamorar de él y vas a ser feliz.

Incapaz de negarle aquello, Sakura suspiró y, conteniendo las ganas de llorar que le estaban entrando de nuevo, dijo, al tiempo que se tocaba la cadena de oro blanco que le había regalado:

—Como el día va de promesas, te lo prometo.

George sonrió, la abrazó de nuevo y murmuró:

—No lo olvides, Sakura. Me lo has prometido.

Durante varios días, disfrutó de la compañía del hombre y la mujer que la habían sacado de su calvario, para atesorar en su corazón todo lo que pudiera de George. Y por las noches, cuando se metía en la cama, pensaba en Itachi. ¿Se acordaría de ella aquel pelinegro?

Después de cuatro días en Nevada, con todo el dolor de su corazón, Sakura se tuvo que marchar. El momento de la despedida no fue agradable para ninguno. Los niños no intuían nada, pero ellos tres sabían que nunca más se volverían a ver. George la abrazó e, intentando sonreír, le hizo saber cuánto la quería y cuánto esperaba de ella. Sakura se pegó a él, no quería apartarse, hasta que George le susurró algo al oído, le dio un beso en la frente y, tras guiñarle un ojo, entró en la casa, donde lloró en soledad.

Rota de dolor, pero disimulando para no alterar y alarmar a los niños, fue al aeropuerto, acompañada por una demacrada Linda. Allí le hizo prometer a esta que la llamaría todos los días, le dijo que para ella estaba disponible las veinticuatro horas del día y cuando la mujer le hizo entender con todo su amor que todo estaba bien y que debía regresar a Los Ángeles, Sakura cogió un avión junto a los críos llena de pena y regresó a su hogar. La vida, como le había dicho George al oído, tenía que continuar.

La primera noche que trabajó en un evento, Itachi apareció y, al verla, sin importarle que estuviera trabajando, preguntó molesto:

—¿Dónde te habías metido?

Ella respondió con disimulo, comprobando que nadie los mirase:

—Espérame a la salida. Nos tomamos una copa y te lo cuento.

Y así fue. Él la esperó y ella, con toda la pena del mundo, le contó que había ido a ver a unos familiares en Nevada y la triste situación de George. Itachi la consoló.

Con el paso de los días, él comenzó a interesarse más por su vida, pero Sakura hacía lo que podía para evitar contarle ciertas cosas. No le había dicho nada de los niños y, aunque sabía que le gustaban, por cómo hablaba de sus sobrinos, explicarle de sopetón que ella tenía tres era un poco complicado.

En más de una ocasión, tras unas horas de sexo sin límites con él, con sumo gusto se habría quedado a pasar la noche, pero sabía que no debía. Sus pequeños demandaban su presencia y, le gustara o no, ellos eran lo primero en su vida y debía regresar a casa y ser una buena madre.

Una mañana, recibió una llamada en el restaurante. Era Patricia, para darle el nuevo teléfono y dirección del local de las citas exprés. El negocio le iba bien y había cambiado de sitio. Mientras hablaba con ella, sentada a la barra, cogió una servilleta de papel y lo apuntó todo. Durante el resto de la mañana trabajó sin descanso y, cuando fue a cambiarse al finalizar su jornada, metió el papel con los datos del nuevo local en el libro que llevaba para leer en el autobús siempre que el coche le fallaba.

Al salir a la calle, se encontró con que Itachi estaba esperándola. Sorprendida, se acercó a él, que la besó encantado. Feliz por aquel maravilloso encuentro, Sakura le preguntó:

—¿Qué haces aquí?

Él le quitó el libro y el bolso de las manos, los echó en su descapotable y, mirándola a los ojos, preguntó:

—¿Qué te parecería venir esta noche conmigo a una gala de música?

Ella lo miró incrédula e Itachi insistió:

—Venga, dime que sí. Ponte un vestido bonito y acompáñame.

Le habría encantado decirle que sí, pero respondió:

—No puedo. Hoy trabajo.

Itachi la miró y, frunciendo el cejo, replicó:

—No, hoy no trabajas. No tienes ningún evento, y lo sé porque me lo dijiste hace dos noches.

Tenía razón. Esa noche no trabajaba sirviendo, pero sí tenía que ir al local de citas exprés de su amiga Patricia. Lo hacía cada quince días y esa noche le tocaba. Por eso, inventándose una mentira, contestó:

—Tienes razón. Pero ha salido un servicio y lo he aceptado.

—Vamos a ver, cariño, ¿por qué trabajas tanto? —preguntó él—. No entiendo que tengas que ir todas las mañanas al restaurante y todas las noches con el catering. ¿Cuándo vas a disfrutar un poco de la vida?

Sakura lo besó y respondió:

—Cielo, yo no tengo tanto dinero como tú. Y ya te dije que los mortales trabajamos para vivir.

—Yo soy un mortal y trabajo para vivir —replicó él—. Pero a diferencia de ti, intento gozar del fruto de mi trabajo dejándome tiempo libre.

Acorralada por sus palabras, finalmente solo vio una salida: enfadarse con él.

Por ello, cogiendo su bolso del coche, contestó:

—Mira, guapo, lo que yo haga o no con mi vida, mi tiempo libre o mi trabajo es cosa mía. ¿Acaso te digo yo algo de tu trabajo? No, ¿verdad? Pues haz el favor de respetar tú el mío. Y si te digo que trabajo esta noche, es que trabajo esta noche y no se hable más.

Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó caminando, ante la atónita mirada de Itachi, que en esta ocasión no fue tras ella. Pero ¿qué le había dicho para que se enfadara tanto?

Ofuscado, se metió en su coche y maldijo. Solo quería estar con ella un poco más. Pensó en arrancar el vehículo e ir a buscarla, pero al bajar la vista vio que se había dejado el libro. Lo cogió y, cuando lo abrió por la primera página, vio una servilleta con la fecha del día, una dirección, un teléfono y un «¡A las nueve!».

¿A las nueve?

Sin dudarlo, cogió su móvil y llamó. Rápidamente supo que era un local de citas exprés y que aquella noche había un evento. Tras apuntarse al mismo con un nombre falso y aceptar rellenar una ficha con sus datos por internet, al colgar, maldijo al saber dónde estaría Sakura aquella noche.

¿Qué hacía ella teniendo citas exprés?

Tras estar unas horas con los niños, Sakura se puso una blusa y una minifalda negra y se encaminó hacia el bar de su amiga Patricia. Pensó en Itachi, y en lo mal que le había hablado, cuando lo único que quería era que lo acompañara a una gala musical. Al salir del evento le enviaría un mensaje e intentaría hablar con él. A diferencia de ella, él sí le había dado el número.

Una vez llegó al local, se puso su pegatina sobre la camisa y, tras saludar a Naruto, Patricia dio las instrucciones y comenzó la velada.

Como siempre, Sakura soportó uno tras otro a los tíos que intentaban ligar con ella durante siete minutos y, tras el primer descanso, al sentarse para la segunda ronda, se quedó sin palabras al ver a Itachi ante ella.

—¿¡Wendy !? —preguntó enfadado.

—Chissssss...

—¿Esto es un trabajo? —insistió ofuscado, mirando su pegatina.

Sin ganas de montar un revuelo, ella susurró:

—Pero ¿qué haces aquí?

Irritado por su salida, siseó:

—La pregunta correcta sería, ¿qué haces tú aquí? Además de trabajar en el puñetero Mono Rojo, un lugar al que odio que vayas, ¿también lo haces aquí?

—¡Esto no es El Mono Rojo!

—No sé qué es peor —gruñó Itachi enfadado.

Al ver que Naruto se acercaba a ellos, Sakura volvió a chistarle, pidiéndole que bajara la voz.

Naruto, que había reconocido a Itachi nada más entrar este por la puerta, se acercó a ellos y preguntó:

—¿Hay algún problema?

Itachi se desesperó al verlo. ¿Él también estaba allí? Y, sosteniéndole la mirada, replicó:

—Ninguno. ¿Y tú tienes alguno?

Sakura le pidió a Naruto que se marchara y, cuando lo hizo, gruñó enfadada.

—No vuelvas a hablarle así a Naruto, ¿entendido?

Itachi la miró sin responder. Estaba furioso por todo, cuando ella dijo:

—Escucha, la dueña es mi amiga y me paga para...

—¿Para ser señuelo de hombres? ¿Para eso te paga? —la cortó malhumorado.

—Dicho en esos términos suena fatal.

Cada instante más molesto por lo que ella respondía, siseó, celoso perdido:

—¿Dónde te has dejado los pantalones vaqueros?

—Aquí no suelo traerlos —contestó Sakura—. Como tú dices, soy un señuelo para los hombres.

Boquiabierto por su poca vergüenza, fue a responder cuando ella preguntó:

—¿Se puede saber cómo te has enterado de que estaría aquí?

Itachi dejó el libro sobre la mesa y, abriendo la primera página, dijo:

—Fecha, dirección, hora y teléfono. Solo he tenido que llamar y rellenar una estúpida ficha por internet para apuntarme. Por el amor de Dios, Sakura, ¿me puedes decir qué narices haces aquí?

Ella lo miró, sin duda estaba muy enfadado.

—Ya te he dicho que mi amiga es...

—Quiero saber por qué lo haces. ¿Tanto necesitas el dinero?

Intentando salir del paso, Sakura asintió y dijo:

—Tengo una deuda con el banco y he de pagarla. Por eso trabajo tanto.

Al oír eso, Itachi suavizó la voz.

—Cariño, ¿y por qué no me lo has dicho? Yo podría ayudarte a pagar lo que sea.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no.

Itachi se agarró a la mesa, ofuscado.

—¡Serás cabezota!

Al ver su expresión desesperada, le sonrió y, arrugando la nariz como a él le gustaba, murmuró:

—Pero te gusta que lo sea, ¿a que sí?

Itachi la miró e intentó seguir enfadado, pero al ver su sonrisa, preguntó:

—¿A qué hora termina esto?

—Quedan dos rondas más y después nos podremos ir.

Finalmente, Itachi sonrió. Aquello era de locos. Y, divertido, musitó:

—A quien le diga que he dejado de ir a una gala importante por venir a este lugar, ¡no se lo creerá!

Mirando a su alrededor, Sakura vio que todas las mujeres lo observaban, incluso alguna parecía haberlo reconocido, y, con cierto escozor de celos, murmuró:

—¿Y lo que estás ligando, qué?

Él la miró fijamente y afirmó:

—A mí no me interesa nadie, excepto una loca con el pelo de colores que tengo delante y a la que cuando pille a solas le voy a dar su merecido.

—Hummm... quién fuera esa loca —se mofó divertida.

En ese instante sonó la campanilla del cambio de pareja y Itachi dijo:

—Controla a los tíos. Al de gafas de antes casi le parto la cara cuando ha intentado cogerte de la mano.

—Hasta luego, número cinco —contestó Sakura, despidiéndolo con la mano—. Espero que sigas pasándolo bien.

Pero a partir de ese instante, la que no lo pasó bien fue ella. Desde que había descubierto que Itachi estaba en el bar, ya no podía dejar de mirarlo, igual que el resto de las mujeres. Todas se morían porque llegaran sus siete minutos y Sakura no dudó de que sería el hombre más votado aquella noche en la web.

Cuando por fin terminaron las cuatro rondas de citas, Naruto se acercó a ella y, con disimulo, mientras le daba una cerveza, preguntó:

—¿También te lo traes aquí?

—Naruto, ¡calla!

Él, celoso y sin ganas de bromear, la cogió del brazo para que el otro hombre lo viera y dijo, acercándose a ella:

—Ese hombre solo te dará problemas. ¿No ves que es un ricachón que busca lo que busca?

Molesta, ella respondió:

—Basta, Naruto. No digas eso.

Él la soltó y, suavizando su tono de voz, murmuró:

—Cara bonita, yo solo quiero que seas feliz.

Sakura sonrió con complicidad y respondió, sin percatarse de que Itachi los observaba:

—Y yo quiero que tú seas feliz.

Después de charlar un rato y relajarse, Sakura se encaminó hacia la barra, donde Itachi estaba con una rubia muy guapa. Al ver que sonreían, preguntó:

—¿Lo pasáis bien?

La rubia, sacudiendo el pelo con coquetería, sonrió sin decir nada, mientras Itachi respondía divertido:

—Increíblemente bien. ¿Cómo te llamabas?

—Wendy —dijo Sakura, con ganas de machacarlo.

—¿Como la de Peter Pan? —se mofó él. Y volviéndose hacia su acompañante, añadió, con una encantadora sonrisa—: Wendy, te presento a mi amiga Agatha. Es una preciosa a la par que interesante profesora de instituto.

La mujer, encantada por aquella deferencia, se sintió importante y susurró:

—Itachi, qué adulador eres, por favor.

Poniendo los ojos en blanco, Sakura bebió un sorbo de su cerveza y, con disimulo, cuchicheó:

—Creo que voy a vomitar.

Divertido al escucharla, Itachi pensó en hacerla rabiar por haberlo hecho ir allí y por su conversación con Naruto.

—¿Qué queréis tomar? —preguntó.

—Un gin tonic —dijo la profesora—. Pero no muy cargado, que luego digo tonterías.

«¡Será simple, la tía!», pensó Sakura y, mirando a Itachi, contestó:

—Yo nada, tengo mi cerveza y, además, ya me voy.

—¿Te vas? Oh, qué pena —se burló él y, tras pedir el gin tonic de la profesora, añadió—: Con lo interesante que se presenta la noche en este bonito lugar.

Sin creerse que realmente quisiera tomar algo con aquella mujer, lo miró y, dejando la cerveza en la barra, dijo:

—Os dejaré solos. Adiós, que lo paséis bien.

—Hakuna Matata, Wendy —respondió Itachi.

Al oírlo decir eso, se paró, lo miró y sintió unos deseos irrefrenables de contestar. Sin duda se estaba riendo de ella. Tras hablar con Patricia y pagarle esta con disimulo, salió a la calle sin mirar atrás.

Mientras caminaba hacia la parada del bus por la solitaria calle, no se podía creer que Itachi hubiera ido allí. Pero menos se podía creer aún que ese idiota se hubiera quedado ligando con la profesora del gin tonic.

De pronto, el sonido de un coche acercándose lentamente la hizo mirar. Era él. Paró un poco más adelante, se bajó y se apoyó en el capó. Sakura se aproximó y lo miró furiosa mientras decía:

—¿Sabes?, si por mí hubiera sido, te habrías metido el Hakuna Matata por...

No pudo decir más, porque él la agarró, la acercó y la besó con auténtica pasión. Aquellos besos llenos de locura y desenfreno era lo que más les gustaba a ambos y, una vez se separó de ella, la cogió de la mano y dijo:

—Si vuelves a venir a este sitio a dejar que otros hombres liguen contigo, tú y yo vamos a tener un grandísimo problema. Mañana mismo me dirás qué le debes al banco para que esto se acabe, ¿entendido?

Sakura no respondió, pero sonrió, e Itachi, abriéndole la puerta del coche esperó a que entrara. Una vez él lo hizo por la otra puerta, fue a arrancar y Sakura se fijó en el llavero.

—¿Qué es? —preguntó.

Itachi cogió el llavero y se lo enseñó.

—Una llave.

Sakura tocó aquella pequeña llave y leyó:

—«Para siempre». ¿Qué significado tiene esta llave para ti?

Itachi sonrió y pensaba explicarle que era cosa de su madre, pero ella se la quitó de las manos y dijo:

—Si la quieres recuperar, ¡bésame!

Itachi aprovechó la invitación rápidamente y, tras besarse con auténtica pasión, Sakura se sentó sobre él, echó el asiento hacia atrás, y mientras le desabrochaba el pantalón susurró:

—Te deseo.

Itachi, tan caliente como ella, le chupaba la oreja mientras murmuraba:

—Estamos en medio de la calle. Alguien nos puede ver, por no decir que, si la prensa me pilla, se puede liar gorda.

Sin embargo, sin cejar en su ataque y dispuesta a conseguir su propósito, Sakura respondió, mientras se retiraba la braguita para introducirse el duro pene de él:

—Con un poco de suerte, espero que pase esa profesora con cara de seta y nos vea. Quiero que sepa que soy y o quien disfruta de ti y no ella.

Itachi soltó una carcajada y, mirándola de frente, preguntó, mientras notaba cómo su pene se empapaba de sus fluidos.

—¿Celosa?

Al darse cuenta de lo que había dado a entender con sus palabras, Sakura fue a quitarse de encima de él, pero Itachi no la dejó, sino que la agarró de los brazos e insistió:

—¿Estás celosa?

Estuvo tentada de mentir, pero finalmente respondió, hundiéndose en él:

—Cuando he visto cómo te comía con los ojos, ella y el resto de las mujeres, sí.

Itachi tomó su boca y, tras un beso abrasador, la agarró de las caderas y dijo entre dientes, mientras la penetraba una y otra vez:

—Pues imagina cómo me he sentido yo al ver que esos hombres, uno tras otro, se sentaban contigo, te miraban y tú les sonreías. Y cuando también he visto a ese tal Naruto en el local... ¿Acaso crees que yo no me pongo celoso?

Sakura cerró los ojos. Aquella posesión era increíble.

—Abre los ojos y mírame —pidió él—. A mí también me gusta que me mires.

Su voz... su orden... el momento... todo ello hizo que lo mirara y, con un hilo de voz, Itachi susurró, parando sus acometidas:

—Sabes que me gustas, ¿verdad? —Sakura asintió con miedo y él añadió—: Pues quiero que sepas que soy un hombre al que no le gusta que nadie toque lo que es suyo, y, no sé por qué, pero ya te considero algo mío.

Hechizada por lo que oía, Sakura acercó la boca a la de él y susurró:

—Recuerda que sigues teniendo las tres «N».

Extasiado, Itachi movió las caderas con rotundidad para penetrarla de nuevo, lo que a ambos los hizo jadear. Y entonces, ella murmuró:

—Aunque reconozco que ahora tienes también la gran «M». —Él la miró y Sakura, enloquecida, susurró de nuevo—: ¡De mío!

—Me gusta tener esa gran «M» —respondió él, buscando su boca.

Aquella posesión la estaba volviendo loca y, dispuesta a disfrutarla al máximo, movió las caderas adelante y atrás con auténtico frenesí, mientras se miraban a los ojos, confirmando lo que ambos acababan de afirmar.

Sentirse el uno dentro del cuerpo del otro era maravilloso, y notar cómo sus manos se agarraban para que no escapara ni una pizca de placer, los estaba trastornando.

Sin descanso, continuaron con su juego peligroso y cuando llegaron al clímax, Itachi la besó y murmuró contra su boca:

—¿Qué estamos haciendo en medio de la calle?

Con una sonrisa llena de sensualidad, Sakura echó la cabeza hacia atrás y respondió:

—Una locura.

—Llevaba sin hacer esto desde que tenía diecisiete años —soltó Itachi con una sonrisa.

Sakura no respondió. Cuando ella había tenido alguna cita rápida con un hombre, en ocasiones habían terminado en el asiento de atrás de cualquier coche. La economía no daba para más. Instantes después, Itachi abrió la guantera y ella se pasó al asiento del copiloto. Se limpiaron en silencio y cuando acabaron, él preguntó:

—¿De verdad sigo teniendo para ti esas tres «N»?

Divertida al ver su entrecejo fruncido, Sakura lo besó y exclamó:

—¡Mira que eres tonto! —Y, mirándolo a los ojos, añadió—: Pues claro que no, cariño, pero siento decirte que yo sigo sin ser Angelina Jolie.

—Me gustas más tú. Y ahora que ambos tenemos claro lo que sentimos el uno por el otro, ¿me darás tu móvil y tu dirección?

Sakura dejó de sonreír y, tras pensarlo, dijo:

—No.

Sin entender esa absurda negativa, Itachi insistió desesperado:

—Estoy jugando limpio contigo. Sabes que, si quisiera, solo tendría que levantar un teléfono y ...

—Si lo haces, no volveré a quedar contigo.

Arrancó el coche, desconcertado.

—¿Adónde vamos? —preguntó Sakura.

—A un apartamento que tengo en Melrose Hill —contestó sin mirarla.

Sin decir nada más, llegaron a aquella elegante parte de la ciudad. Una vez dejaron el coche en el garaje de la casa, a Sakura se le cayó el bolso al suelo al salir del vehículo. Rápidamente, Itachi la ayudó a recogerlo todo y al ver un cochecito rojo, se lo mostró y preguntó con guasa:

—¿Para jugar en tus ratos libres?

Al ver el juguete en sus manos se quiso morir, pero se lo quitó con rapidez, lo guardó de nuevo y respondió con la mayor naturalidad posible:

—Es del hijo de mi amigo Genma. Lo olvidó en casa y lo llevo en el bolso para devolvérselo.

Itachi sonrió y, sin darle más importancia, tendió la mano y ella se la cogió.

Esa actitud protectora suya le gustaba y no iba a desaprovecharla.

Tras abrir él la puerta del impresionante apartamento, Sakura silbó. Era precioso y minimalista y, con los celos llamando a la puerta de su corazón, preguntó:

—¿También lo utilizas como picadero?

A Itachi no le hizo gracia la pregunta y replicó:

—¿Me puedes explicar por qué narices no confías en mí?

Al ver cómo la miraba, Sakura se retorció las manos y empezó a decir:

—Mira, Itachi, hay cosas que tú no sabes y ...

—Pues ¡cuéntamelas!

Ella lo miró. El momento había llegado y, cerrando los ojos, dijo:

—Mi vida no ha sido fácil. Antes que tú hubo alguien que me rompió el corazón y cuando yo...

El timbre del móvil de él la interrumpió. Al ver de quién se trataba, Itachi se disculpó:

—Es mi padre. He de contestar.

Sakura asintió y mientras él hablaba por teléfono, se quiso morir. Había estado a punto de decirle lo de los niños, pero esa llamada la había interrumpido y ahora no sabía si sería capaz de seguir donde lo había dejado.

Itachi habló un par de minutos más sin quitarle ojo y cuando colgó, dejó el móvil sobre la mesa y preguntó:

—¿Por culpa de ese hombre que te rompió el corazón es por lo que trabajas tanto? La deuda del banco viene de él, ¿verdad?

Comparar a sus gemelos y a su hermana con una deuda del banco era un poco fuerte, pero consciente de que trabajaba por y para ellos, asintió e Itachi dijo:

—No puedes juzgar a todas las personas por lo que otros hicieran. No sé quién era ese idiota, ni lo que te hizo, pero yo no soy así. Quiero estar contigo. Quiero poder ir a buscarte a tu casa, ayudarte a pagar esa deuda, ir al cine o a cenar solos y poder disfrutar de fines de semanas juntos sin que tengas que trabajar tanto como lo haces. ¿Acaso no te has dado cuenta todavía de eso?

Sakura no contestó. Lo de «solos» nunca podría ser, porque ella no estaba sola. Pero que él le estuviera diciendo aquello era como poco lo más halagador que había escuchado nunca. Durante unos segundos, Itachi la miró a la espera de que añadiera algo más y, al ver que no lo hacía, le enseñó la llave que colgaba del llavero del coche y dijo:

—Antes me has preguntado qué significa, ¿verdad? — Sakura asintió y él prosiguió—: Mi madre nos regaló una llave igual a cada uno de sus hijos. Según ella, esta es la llave de nuestro corazón y se la debíamos entregar a la chica que entre en él.

—Oh, Dios, ¡qué detalle más bonito! —murmuró Sakura emocionada.

—Hace unos años —siguió contando Itachi—, yo se la entregué a una mujer. Era preciosa, lista y lo pasábamos muy bien juntos. Me enamoré como un tonto y, además de la llave, le entregué mi vida. Cuando la llevé a Puerto Rico para que conociera a mi padre, él me advirtió de que ella no era como yo la veía. No le hice caso hasta que un día mi padre le ofreció una cantidad de dinero por dejarme y ella aceptó.

—¿En serio? —susurró Sakura.

—En serio —ratificó Itachi—. Solo buscaba la fama que mi apellido le podía aportar.

—Joder... —murmuró incrédula.

—Cuando todo eso ocurrió, me enfadé mucho con mi padre. Bueno, la verdad es que estuve un tiempo sin hablarle. Pero en cuanto lo pensé con detenimiento, me di cuenta de que el amor me había nublado la razón y en ella solo veía lo que yo quería ver y no lo que veían mi padre y todos los demás.
»Pasado un tiempo, esa mujer dejó de importarme y los regalos que le hice me daban igual. Solo quería la llave de mi madre y, cuando la recuperé, nunca se la he vuelto a dar a nadie. Es más —añadió, clavando sus inquietantes ojos en ella—, nunca hablo de este tema y ahora lo estoy haciendo contigo porque creo que tú eres diferente. ¡Especial! Y me gustaría hacer tantas cosas contigo que no veo el momento de poder llevarlas a cabo. Por suerte, los dos estamos solteros y sin hijos. No nos ata nada y podemos disfrutar de la vida. Pero hasta que tú no te quites ese lastre o esa deuda que llevas a tus espaldas, no vamos a poder hacerlo. Y si ese lastre es ese imbécil, olvídate de él, porque aquí estoy yo para cuidarte y protegerte como te mereces.

—Ay, Diosito.

Itachi sonrió al oírla y preguntó:

—¿Impresionada por saber que me muero por ti?

Sakura asintió y él la besó y murmuró:

—Pues créetelo, preciosa. Estoy loco por ti y nada de lo que me digas me podrá impresionar.

Al pensar en sus hijos y en su pasado supo que eso sí lo impresionaría. Y sin saber por qué no aprovechaba aquel momento para sincerarse, Sakura, abrazándolo, murmuró:

—Dame tiempo, Itachi, por favor. Solo te pido eso.

Él asintió sin dudarlo. Y, deseoso de que volviera a sonreír, dijo mientras se sentaba en el cómodo sofá y le entregaba un sobre que se sacó de la chaqueta:

—Ábrelo. Me dijiste hace unas noches que te gustaba Bruno Mars, ¿verdad?

Ella se sentó encima de él, asintiendo. En el sobre había dos entradas Vip para un concierto y sonrió al verlas, pero al mirar la fecha, dijo:

—No puedo ir. Ese viernes trabajo en El Mono Rojo.

Al oír el nombre del local, a él le cambió la cara.

—Odio que trabajes en ese local. No me gusta cómo te miran los hombres, ni lo provocativa que tienes que ir vestida. Además, eso de que a las doce de la noche te tengas que subir a la barra a repartir tequila no me hace ninguna gracia. —Y al ver el gesto divertido de ella, preguntó—. ¿Te gustaría verme a mí en esa tesitura?

Sakura lo pensó. Si Itachi hacía eso, estaba claro que todas las mujeres del mundo intentarían meterle mano y respondió:

—Creo que no. Soy celosa.

—Pues yo también soy celoso. Y quiero que dejes ese trabajo. Estoy dispuesto a pagarte lo...

—¿Que me vas a pagar? —lo interrumpió ofendida.

—Sí.

—¡No digas tonterías!

—Sakura, no estoy diciendo ninguna tontería. Piénsalo, por favor.

Vio su gesto serio y supo que para él era importante que no fuera a aquel local. Así que, sabiendo que en Harry Events podría trabajar esos viernes, dijo:

—Vale. Te prometo que no trabajaré más allí.

—Gracias —contestó él, y la besó. Y, señalando las entradas que tenía en las manos, añadió—: En cuanto al concierto de Bruno, irás aunque sea lo último que yo haga en este mundo.